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Full text of "Brenda"

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Biblioteca  de  Autores  Urugtuiyos 


BPUARDO  ACEVEDO  DÍAZ 


BRE 


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MONTEVIDEO 
A.  Barreiro  y  Ramos,  editor 

25  de  Mayo,  esquina  Cámaras 
1894 


BRENDA 


A.   BARREIRO  Y   RAMOS,    Edit 


LIBRERÍA,    PAPELERÍA   Y   ENCUADERNACIÓN 

ClllX  26  I>K  HATO  Tí  cIhaKIB 


Biblioteca  de  Autores  Uruguayos 


•-COBRAS    EN    VENTAm-* 

EN  FORMATO  EN  8." 

ZOBRiLu  DE  SíN  MiRTÍK  ¡ JuiN ). —TABARÉ. —  (Poema)  I  ele- 
gante Tolumen  impreso  en  Fnrfa  con  lodo  lujo,  adoruído  eoo 
iiD  hermosa  nltato  del  autor  al  agua  fuerte. —  Precio  con  una 
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A.  MaoabiBob  Cervantes.— palmas  Y  OMBÚES.  — (Poesías), 

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C.    L.    FoBOBiiio.- ARTIGAS.  — (JMouueDtoe),  1    tomo.    .    .    .    >  I.fiU 

EN  FORMATO  EN  12." 

Ca^s  María  RauIrez.  —  ARTIGAS. —  ( Documentos  Jaaíiñcalá- 

T08),    1    lomo .2.00 

LOS   AMORES  DE   MARTA.  — 2  lomos >  2.B» 

■Fbancibco  Badií.— estudios  LITERARIOS.— 1  tomo.     ....  l.BO 

ESTUDIOS  CONSTITUCIONALES.- 1  tomo 2. 0» 

Bassúh  Cahkabco,— COLECCIÓN   DE  AHTÍCDLOS.-l  tomo.    .    .1.80 

Eduardo  Acevxdo  Díaz,  — BBENDA.  — 1  tomo l.GO 

ISMAEL.  — 1  lomo »  1.20 

NATIVA.— 1  lomo .1.20 

GRITO  DE  GLORIA. —  1  lomo .1.2» 


Benjamín  Fernández  y  Medina 

CIENTOS  DEL  PAGO.  —  ( Noielas  uiuguayaa),  1  tomo  de  SOO 
pllginas  con    el  retrato  del  autor.  Pncio  i  la  rústica.    .    .    .    ) 

CHARAMUSCAS.— (Eicenu  fllpoi  del  Druguaj,  con  on  prologo 
de  Fnmdsco  Butid),    1  tomo  i  la  nliüca    ..''....    i 


Biblioteca  de  Autores  Uruguayos 


EDUARDO  ACEVEDO  DÍAZ 


BRENDA 


MONTEVIDEO 
A.  Barreiro  y  Ramos,  editor 

25  de  Mayo,  esquina  Cámaras 
1894 


Derechos  reservados. 


Imprenta  Artística,  de  Dornaleche  y  Beyes 

OaUé  18  dé  Julio,  mma.  77  y  79 


(^   L^onceíxyián 


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DEL  EDITOR 


LA  CRITICA  Y  EL  ROMANCE 


&i  el  plan  de  mut  nueva  edición  de  las  novelas  del  sefior  Ácevedo  Días, 
entró  como  era  de  consiguiente  el  propósito  de  incloir  á  Brbnda.  en  la  oo- 
lección  de  sus  obras  completas.  Por  orden  cronológico,  ésta  fué  la  pri* 
aaera  producción  que  dio  á  las  su  autcnr,  expresamente  escrita  para  La 
JAKJitffi'de  Buenos  Aires  que  la  insertó  en  su  folletín,  lanaándola  mtfs 
tnrde  á  la  cireidadón  en  libro. 

Esa  edición  se  agotó  en  pooo  tiempo,  tras  de  una  aoogida  bien  lisox^am 
•pmoi  el  autor. 

Scdidtado  por  nosotros  el  asentimiento  necesario  para  reimprimir  Bbknda, 
flOBjnntamente  con  las  demás  obras  del  señor  Acevedo  Días,  éste  nos  ob* 
Mrvó  que  era  su  deseo  no  darle  sqnii^^<^  edición,  y  que  la  exdula  del 
^an  convenido. 

Ufo  podramos  confiMinamos  con  esta  determinación,  y  nos  penúltimos 
Insistir  en  que  ella  fuese  reconnderada  én  obsequio  á  las  raeones  que  ex- 
ponfsraoe,  y  que  atendibles  ó  no,  inclinaron  al  fin  el  ánimo  del  autor  en 
■entído  fiivovable. 

£n  una  de  sus  cartas,  el  señor  Acevedo  IXaz  nos  impuso  de  los  motivos 
que  le  haMan  asistido  pam  no  acceder  al  principio  á  nuestro  reclamo,  y 
aos  antorisó  para  que  hiciésemos  el  uso  que  jusgáramos  más  acertado  de^,^ 
la  precitada  carta.  ó^^ 


DEL  EDITOR 


Hemos  creído  que  algunas  de  las  consideraciones  en  ella  expresadas, 
tendrían  excelente  colocación  en  la  portada  del  Ubro ;  y  sin  vacilar  las  re- 
producimos en  seguida,  como  encaje  digno  del  proemio. 

Véanse  aquí: 

«Herido 'por  la  censura  que  niega  todo  en  cU)8oltUo,  decfa  en  cierta  oca- 
sión el  malogrado  Maupassant,  refiriéndose  al  romance  en'  general : 

«En  medio  de  frases  elogiosas^  encuentro  regularmente  ésta,  bajo  las 
mismas  plumas: 

—  El  más  grande  defecto  de  esta  obra  es  que  ella  no  es  un  romance 
propiamente  hablando. 

«Se  podría  responder  por  el  mismo  argumento: 

—  £1  más  grande  defecto  del  escritor  que  me  hace  el  honor  de  juzgarme, 
es  que  él  no  es  un  crítico . 

« ¿  Cuáles  son  en  efecto  los  caracteres  esenciales  del  crítico  ? 

«Es  menester  que,  sin  partido  escogido,  sin  opiniones  preconcebidas,  sin 
ideas  de  escuela,  sin  relaciones  con  ninguna  familia  de  artistas,  él  com- 
prenda, distinga  y  explique  todas  las  tendencias  más  opuestas,  los  tempe- 
ramentos más  contrarios,   y  acepte  las  soluciones  de  arte  más  diversas. 

«Luego,  la  crítica  que,  después  de  Manon  Leaoaut,  de  Pablo  y  Virginia, 
de  Don  Qujiote,  de  Wefter,  de  Las  afinidades  electivas,  de  Clarisa  Har- 
lowe,  de  Emilio,  de  Cándido,  de  Cinq-Mars,  de  Rene,  de  Los  tres  mosque- 
teros, de  Mauprat,  de  El  Padre  Qoriot,  de  Colomba,  de  El  rojo  y  el  negro, 
de  MademoiseUe  de  Maupin,  de  Nuestra  Señora  de  París,  de  Salambó,  de 
Madame  Bovary,  de  Adolfo,  de  M.  de  Camors,  de  L'a^sommoir,  de  Sapho, 
y  otros,  osa  todavía  escribir:  *éste  es  un  romance  y  aquél  no  lo  es» j  paró- 
cerne  dotado  de  una  perspicacia  que  se  asemeja  demasiado  á  la  incompe- 
tencia . » 

«De  muy  variadas  críticas  ha  sido  objeto  Brbnda,  mi  primer  ensayo 
dado  á  la  publicidad  asistido  acaso  de  la  osadía  propia  de  los  fervores  ju- 
veniles de  que  fué  legítimo  fruto ;  y  no  pocos  de  esos  juicios  alentaron  el 
esfuerzo  y  favorecieron  la  obra,  juzgándola  como  un  objeto  de  arte  que  se 
somete  á  la  crítica  no  subordinada  á  escuela  alguna,  ni  á  propósitos  pre- 
concebidos,  libre  de  preoeupa/ñonea  y  tendencias  hostiles,  según  la  regla  que 
indicaba  como  piedra  angular  de  aquélla  el  inteligente  autor  de  Pierre  et 
Jean;  y  una  crítica  así  fué  la  que  hicieren  entre  otras  autoridades  para  mí 
respetables,  Mitre,  Yedia,  Estrada,  Tobal,  Magaríños  Cervantes,  teniendo 
en  cuenta  aquella  especie  de  argument  fourehu  del  inimitable   romancista. 

«Los  juicios  de  escritores  noveles, — y  como  tales  más  imbuidos  en  la 
moderna  teoría,  —  negaron  á  Biucnoa  en  cuerpo  y  alma  considerándola  ser 
extra -terrestre  ó  visión  vestida  de  Spirita  nacida  y  fecundada  á  manera  de 
anémica  flor  de  invierno  entre  cristales  de  roca. 

«Si  criticoB  muy  distinguidos,  pues,  la  aplaudieron  á  su  aparición  brin- 
dándole lisonjeras  fitises  como  á  doncella  que  se  presenta  engalanada  de  no- 
via, otros  la  hallaron  demasiado  poética,   romáfUica,  sentimental,   casi  in- 


LA  CRñ'ICA  Y  EL  ROMANCE 


verosfinil ;  algunos  se  rieron  de  sus  ideales  j  castidades ;  yarios  censuraron 
sarcásticamente  la  rareza  de  los  nombres  de  los  personi^es,  si  bien  otros 
advirtieron  que  esas  extravagancias  de  detalle  no  afectaban  al  plan  ni  al 
argumento;  no  &ltó  quien  afirmase  con  aplomo  que  Brkmda  no  era  más 
que  un  remedo,  ó  cosa  peor !  de  un  libro  de  Víctor  Hugo,  que  yo  de- 
claro no  conocer,  á  pesar  de  baber  leído  todos  los  de  aquel  ilustre  escritor ; 
no  pocos  la  consideraron  pura  fantasía  que  se  esfumaba  cu  la  página  final 
como  una  evocación  de  poeta  enfermo ,  rubia  Mireya  sólo  propia  para  exal- 
tar vírgenes  soñadoras ;  en  España  la  reprodujeron  de  cuerpo  entero  y  pu- 
siéronla en  verso  y  música ;  del  folletín  pasó  al  libro,  de  éste  al  folletín  de 
nuevo  allende  el  mar,  luego  al  libreto;  abora  vuelve  al  libro,  según  las 
intenciones  de  Y.,  para  hacerla  más  sedentaria  tras  de  correr  tanto  mundo 
inmaculada  y  limpia . 

«Ni  por  esas  la  ubicará  V.,  en  mi  sentir,  y  creo  que  caerá  envuelto  en 
mi  derrota,  ahí  al  menos,  donde  ni  una  sonrisa  benevolente  la  saludó  á 
su  aparición. 

«Y  sin  que  lo  que  subsigue  sea  pretender  imposibles  comparaciones, 
sino  simplemente  citar  modelos ,  añadiré  este  comentario ,  que  no  defensa : 
los  malos  hados,  ó  críticos,  hallaron  en  Bre>'da  diálogos  á  semejanza  de 
discursos  académicos,  amor<3a  como  idilios  vagarosos,  ese  mas  propias  dQ 
dramas  líricos,  y  á  la  postre  cosas  que  no  eran  do  esto  mundo ;  y  ninguna 
de  estas  cosas  han  encontrado  según  parece  en  el  comienzo  de  El  En- 
sueño del  grau  Zola  que  tiene  puntos  de  analogía  con  el  comienzo  de 
Brenda,  así  como  no  han  creído  romántUxi,  ni  mucho  menos,  á  la  Elnri- 
queta  de  El  desastre;  ni  han  juzgado  idealistas  los  cuadros  de  Mireya  del 
renombrado  Mistral,  ó  algunos  diálogos  de  Pepita  CH/ménex  del  insigne 
Yaiera ;  ó  muchas  escenas  de  Sotilexa  del  notable  Pereda ;  ó  ciertos  paisa- 
jes romancescos  del  sagaz  Pérez  Galdós;  y,  sin  ir  más  lejos,  todas  las 
pinturas  de  tipos  y  caracteres  en  Caramurú  del  inspirado  Magariños  Cer- 
vantes .  Dijeron  más :  que  Brenda  no  tenía  nada  de  la  tierra  y  del  clima," 
ni  siquiera  la  belleza  fisica,  ni  pertenecía  á  escuela  literaria  alguna,  ni  me- 
recía el  honor  de  ser  leíd»  por  su  fondo  y  por  su  forma. 

«Era  claro.  No  había  que  tener  presente  estas  sentencias  del  mismo  in- 
fortunado Maupassant  á  quien  mató  el  propio  exceso  de  vida  en  el  ce- 
rebro: 

«¿Existen  reglas  para  hacer  un  romance,  fuera  de  aquellas  por  las  que 
una  historia  escrita  deba  llevar  otro  nombre? 

«Si  Don  Quijote  es  un  romance,  ¿El  Rojo  y  el  Negro  es  otro?  Si  Monte- 
Oristo  es  un  romance,  ¿L^J-ssommotr  es  también  uno?  ¿ Puede  establecerse 
una  comparación  entre  Las  Afinidades  electivas  de  Goethe,  Los  tres  mos- 
queteros de  Dumas,  Mad.  Bovary  de  Flaubert,  M.  de  Gamors  de  Feuillet 
y  Oerminal  de  Zola  ?  ¿  Cuál  de  esas  obras  es  un  romance  ?  ¿  Cuáles  son  las 
famosas  reglas ?  ¿De  dónde  proceden ?  ¿ Quién  las  ha  establecido ?  ¿ £a  vir- 
tud de  qué  principio,  de  qué  autoridad  y  de  cuáles  razones? 

« Parece,  sin  embargo,  que  esos  criticos  saben  de  una  manera  cierta,  in- 


BEL  EDJTOB 


dudable,  qué  es  lo  que  oonstítuye  un  romance  y  qué  es  lo  que  á  éste  dis- 
tingue de  otro  que  no  lo  es.  Esto  simplemente  siguifica,  que,  sin  ser 
productores,  se  han  enrolado  en  una  escuela  y  desde  allí  rechazan,  á 
modo  de  romancistas  ellos  mismos,  todas  las  obras  concebidas  y  ejecuta- 
das fuera  de  su  cstétíca.» 

En  tributo  á  las  nuevas  corrientes  de  ideas  literarias,  ya  que  no  á  re- 
glas que  no  existen  ni  existir  pueden  sin  desnaturalizar  el  género  que  ha 
reemplazado  á  la  epopeya,  yo  pude  haber  trazado,  en  vez  de  los  de  una 
pulcra  doncella,  los  perfiles  que  esbocé  más  tarde  en  Cata  y  Giriaca  del 
Combate  de  la  tapera,  en  Felisa  6  Sinfora  de  Ismael,  ó  en  Jacinta 
de  Gbito  de  gloria,  heroínas  de  chiripá  y  blusa  de  tropa  que  al  fin  he 
visto  no  desmerecen,  en  osadía  al  menos,  de  aquellas  heroínas  del  Ariosto 
bellas  y  soberbias,  que  se  andaban  á  toda  rienda  en  sus  bridones  por  va- 
lles y  riberas  buscando  acorrer  en  el  peligro  á  sus  desfallecidos  caballeros, 
combatiendo  con  sus  rivales  á  espadón  y  lanza  y  regresando  á  las  perdi- 
das á  sus  castillos  para  mudarse  de  ropas,  si  es  que  alguna  buena  dueña 
se  las  tenía  limpias  y  planchadas. 

Pero,  si  bien  es  verdad  que  se  modelaban  entonces  en  mi  mente  esas 
figuras  de  realidad  palpiitante  con  toda  la  crudeza  de  sus  formas  y  el  ca- 
lor de  sus  instintos,  de  bronceadas  pulpas  y  Q^bczas  de  loba,  había  antes, 
y  permítaseme  la  expresión,  que  castigar  la  concepción  personal  del  arte, 
pagando  el  diezmo  al  noviciado. 

Besultó  Brenda  vestida  de  tules,  y  para  los  malos  hados  pareció  moiga 
que  dejaba  el  claustro  y  se  aventuraba  en  un  mundo  ya  muerto  para  ella 
en  alas  de  un  misticismo  que  sólo  vivía  entre  cuatro  muros,  entre  rejas, 
entre  éxtasis  y  salmos,  sin  lazo  ni  vínculo  alguno  con  las  luchas  y  tem- 
pestades de  la  vida,  sola  en  sus  ensueños  vii-ginales,  única  en  sus  raptos 
de  deliquio,  sin  ejemplo  en  sus  austeras  castidades,  sombra  blanca  de  los 
lagos  de  leyenda  más  que  hechura  humana  de  plácida  belleza ;  y  como  no- 
tase que  la  desconocían  y  desairaban  donde  pudo  aparecer  amable  ficción 
siquiera;  que  la  repudiaban  como  á  ente  no  esculpido  en  carne  ó  fundido 
en  molde  de  vulgar  estructura,  ocurrióseme.  y  «n  mis  adentros  la  dirigí 
osla  íkase,  que  el  gran  poeta  inglés  pone  en  boca  de  uno  de  sus  héroes 
más  románticos — y  acaso,  el  más  humano! — dirigida  á  la  pobre  doncella 
de  dorada  cabellera  y  alma  de  candores  que  le  brindaba  el  tesoro  de  sus 
cariños  entrañables;  finase  que  Salvini  dejaba  escapar  de  sus  labios  con  la 
solemne  entonación  de  una  sentencia  de  muerte: — *va  in  un  convento  i» 

«Y  después  de  todo  esto,  quiere  V.  ser  su  i«editor ! . . . . 

«Sea.  Yo  no  puedo  renegarla  por  defectuosa  que  baya  venido  al  mundo, 
pues  que  se  afirma  como  verdad  que  el  hijo  defwme  de  nacimiento  se  atrae 
maytnmente  el  cariño  do  su  padre,  y  con  especialidad,  si  el  vastago  per- 
tenece al  sexo  débil.  No  puedo  desconocer  mi  propia  oto&,  aunque  la  crí- 
tica heeha  de  ella  y  con  la  cual  «e  fonaaifo  otro  volumen,  rechace  su  uno- 
tura,  y  no  le  dé  ubicación  bajo  cUma  si  en  teaitro  alguno ;  pero,  al  t<^rir 
su  r^iüfrosión  ha  de  aervirae  Y .  premiiir    en  la  portada  que  lo  deeorito 


LA  CRÍTICA  Y  EL  ROMANCE  ^5 


en,  Brxnda, — ya  que  no  es  de  la  tierra  nativa  ni  cosa  que  se  le  parezca, 
lo  que  macho  siento  por  la  nativa  tierra  que  en  mis  mocedades  me  ima- 
giné capaz  de  todas  las  piuezas  j  abnegaciones  que  alU  se  narran,  ó  de 
incubarlas  7  nutrirlas,  ha  de  servirse  Yd.  decir,  repito,  que  todo  pasa  en 
el  cpafs  de  los  ensuefios»,  j  con  esto  la  novela  quedará  ubicada  conve- 
nientemente. 

«Algo  más  he  de  i>edir  á  Y.  que  tan  buena  voluntad  ha  mostrado  en 
dar  segunda  vida  á  mis  obras. 

«Y  es  que  apareje  á  ésta  cuanto  antes  Ismael,  %ue  según  infiero  por  las 
críticas  tiene  fuerte  sabor  de  la  tiemí,  á  fin  de  que  los  bufidos  de  su 
brioso  redomón  7  el  estridor  de  sus  espuelas  al  presentarse  coioo  envuelto 
en  rá&gas  de  pampero,  disipen  en  lo  posible  la  impresión  desfavorable  de 
aquellos  devaneos  infecundos.» 

Esto  diee  el  ilustrado  escritor  don  Eduardo  Acevedo  Díaz: 
¿  Qué  podríamos  decir  nosotros  que  no  fuera  pálido  ante  su  frase  mode- 
lada en  estilo  clásico,  que  hace    de  él  uno  de  los  primeros,  sino   el  pri- 
mero, de  nuestros  brillantes  literatos  nacionales? 


BRENDA 


VELUT  UMBRA. 


En  una  casa  situada  en  las  afueras  de  Mon- 
tevideo, á  altas  horas  de  una  noche  de  verano 
que  lucía  algunas  estrellas,  y  cuyo  aire  tibio  for- 
maba nebulosas  con  los  vapores  flotantes  de  la 
niebla  al  rededor  de  los  reverberos,  cruzaban 
por  el  patio  varias  sombras  calladas  é  inquietas, 
personas  que  andaban  sobre  la  punta  de  los  pies 
comprimiendo  sus  alientos  y  evitando  el  más 
leve  rumor.  Algo  grave  ocurría.  En  ese  hogar 
frío,  en  efecto,  una  mujer  moribunda  luchaba  aún 
por  conservarse  al  cariño  de  los  suyos,  asida  á 
los  últimos  hilos  de  la  vida,  como  quien  puede 
estarlo  á  las  ramas  delgadas  y  flexibles  de  un 
arbusto  espinoso,  que  crujen   y    se    doblan    por 


8  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


instantes,  á  medida  que  el  cuerpo  sin  fuerzas  y 
aterido  gravita  más  hacia  el  abismo.  Todo  respi- 
raba esa  soledad  abrumante  que  invade  de  súbito 
el  ánimo,  y  que  precede  al  vacío  que  deja  un 
dolor  severo.  En  el  campo,  en  las  arboledas,  en 
las  granjas  vecinas  no  se  percibía  ruido  alguno: 
tan  sólo  en  la  carretera  que  se  extendía  delante, 
las  ruedas  de  algún  carro  que  pasaba,  á  inter- 
valos, lentamente,  interrumpían  la  quietud  de 
aquellas  horas.  La  casa  solitaria  parecía  una 
tumba.  í^ero  el  espíritu  estaba  lleno  de  zozobra 
y  agitado  allí  dentro,  en  presencia  de  un  cuadro 
que  se  renueva  todos  los  días,  y  cuya  impresión 
sin  embargo  no  se  borra  nunca.  ¡Tan  difícil  es 
acostumbrarse  á  la  idea  de  que  una  vez  ha  de 
convertirse  nuestro  cuerpo  en  polvo,  y  de  que 
hay  un  sueño  sin  ensueños,  bajo  el  dosel  de  una 
noche  eterna ! 

El  médico  había  mirado  á  la  enferma,  la  úl- 
tima vez,  desde  lejos,  con  expresión  indefinible 
y  actitud  helada;  esa  expresión  que  indica  el 
deseo  de  no  asistir  al  último  suspiro  que  la  cien- 
cia no  ha  podido  retardar,  y  esa  actitud  que 
denuncia  la  impaciencia  de  abandonar  un  sitio 
en  donde,  al  olor  de  la  droga  del  recipe,  va  á 
seguirse  el  más  especial  aún,  de  un  cadáver. 
Después  había  dicho,  al  retirarse: 

—  El  sistema  está  muy  alterado,  y  es  difícil 
restaurar  por  estos  medios  las  fuerzas  perdidas. .  . 

Velaba    el   mísero    descanso,  mudo    é  inmóvil 


BRENDA  U 

junto  á  la  cabecera,  un  joven  á  quien  apenas 
apuntaba  la  barba,  y  en  cuyo  semblante  de  ras- 
gos acentuados  y  viriles  se  esparcía  la  sombra 
de  una  pena  rígida.  Sus  ojos,  de  un  reflejo  firme 
y  enérgico,  fijos  en  el  lecho  de  la  doliente,  de- 
nunciaban un  carácter,  á  la  vez  que  los  profun- 
dos anhelos  de  una  pasión  filial  intensa  y  con- 
centrada. Con  la  cabellera  revuelta  y  caída  en 
paite  sobre  la  fi-ente  amplia  y  tersa,  el  lab^o 
contraído  y  los  brazos  cruzados,  parecía  esperar 
el  final  de  un  sueño,  precursor  de  aquel  otro 
sin  fatigas  ni  delirios. 

La  lámpara  arrojaba  desde  el  fondo  del  gabi- 
nete una  claridad  mortecina.  De  vez  en  cuando, 
él   inquiría    con   solicitud    extrema   los    menores 
estremecimientos  de  la  enferma,  cuya  respiración 
entrecortada  no  era  más  que  un  leve  hálito.   El 
rostro  de  la  enferma   se  sonrosaba  á   intervalos 
ligeramente,  para  recobrar  bien  presto  una  pali- 
dez marmórea;  las   mejillas   hundidas  no   tenían 
ya  carnes,  y  la  piel  pegada  á  los   huesos,  arru- 
gada y  seca,  permitía  ver  algunas  venas  violáceas 
en  donde  parecía  moverse  apenas  la  sangre.  La 
ñia  humedad  de  sus  sienes  trasmitía  una  impre- 
sión penosa  á  la  mano  que    buscaba   con   triste 
afán  el  latir  de  la  arteria  empobrecida.  Notábase 
en  los  labios  cárdenos  un  ligero  temblor,  y   era 
entonces  cuando  se  crispaban   las  manos   surca- 
das por  largas  huellas  color  de  plomo,  al    opri- 
mir la  del  joven  con  fuerza  misteriosa. 


10  E.  AGEVEDO  DÍAZ 


Desde  luego,  su  sueño  era  corto  y  levísimo,  á 
pequeñas  treguas.  En  esos  lapsos  dolorosos  le- 
vantaba sus  párpaflos  hasta  la  mitad  de  las  ór- 
bitas, y  detenía  en  el  rostro  del  hijo  sus  ojos 
azules,  iluminados  por  el  delirio.  Pero  su  boca 
permanecía  muda.  Ya  no  articulaba  acentos. 

Después  de  las  tres  operóse  una  reacción  fa- 
vorable. Acordóse  el  joven  de  que  el  médico  había 
recomendado  cierta  dosis  de  éter  para  ayudar  á 
reanimar  aquel  organismo  deshecho.  Pero  las 
perlas  se  habían  concluido.  Alguien  le  reemplazó 
en  ese  instante  en  su  puesto  y  resolvióse  á  sa- 
lir. Miró  una  vez  más  á  la  enferma,  y  de  allí 
se  apartó  con  paso  indeciso,  como  si  presintiera 
toda  la  amargura  que  le  reservaba  el  regreso. 

Atravesó  el  patio  maquinalmente,  en  momentos 
en  que  descendía  más  densa  la  bruma;  y  á  poco 
vióse  en  la  carretera. 

¿Adonde  iba? 

Aquello  ya  no  tenía  remedio. 

Caso  común,  pero  cuyos  efectos  sólo  se  sien- 
ten bien  cuando  lastiman  la  fibra  propia.  ¡El 
dolor  personalísimo  es,  á  no  dudarlo,  el  gran  do- 
lor comprendido!  En  esos  instantes  en  que  se 
confunden  todos  los  pesares  para  formar  un  solo 
sufrimiento,  grave  y  profundo,  siempre  una  débil 
esperanza  alienta  y  consuela,  y  grato  es  á  quien 
halaga,  el  llevarla  al  corazón  de  los  demás. 

Llenó,  pues,  en  la  farmacia  más  próxima  el 
objeto  que  lo    llevaba,   y  resolvió   regresar   por 


BRENDA  11 

una  calle  oscura  que  abreviaba  el  camino.  Esa 
calle  le  era  muy  conocida.  Acostumbraba  á  tran- 
sitarla diariamente,  cuando  iba  y  regresaba  del 
centro  de  la  ciudad,  no  sólo  porque  reunía  las 
ventajas  de  la  recta,  sino  también  porque  se 
la  habían  hecho  interesante  ciertas  circunstancias 
y  detalles  locales,  que  para  otros  pasaban  inad- 
vertidos. Era  la  suya,  una  de  esas  preferencias 
excéntricas,  que  rara  vez  varían;  un  hábito 
constante,  y  hasta  una  exigencia  del  gusto.  Por 
lo  demás,  la  calle,  á  excepción  de  una  cuadra, 
compuesta  de  edificios  nuevos  y  elegantes  con 
jardines  al  fondo,  no  presentaba  nada  de  notable; 
y  el  mismo  número  de  familias  era  muy  redu- 
cido. Nunca  se  había  preocupado,  pues,  el  joven, 
de  descubrir  en  esa  vía  solitaria  algún  rostro 
bello  ó  cabeza  seductora,  que  sirviese  de  aliciente 
á  su  pasaje  cotidiano ;  la  única  que  llamara  su 
atención,  desde  un  mes  atrás,  era  la  de  una  niña  de 
diez  á  doce  años,  blonda,  blanca,  de  correctísimos 
perfiles,  que  llevaba  luto,  y  á  quien  solía  ver  de 
regreso  de  la  escuela,  ó  sentada  con  un  libro  en 
las  manos,  junto  á  la  ventana  de  una  de  esas 
casas  airosas  y  esbeltas  á  que  nos  referimos,  que 
el  arte  moderno  erige  por  encanto  en  los  más 
apartados  sitios.  Pero  sólo  la  había  mirado  como 
un  modelo  escultural,  digno  del  más  delicado 
gusto  estético,  sin  sentir  otra  emoción  que  la  de 
admiración  de  la  belleza ;  persuadido,  al  contem* 
piarla,  que  la  naturaleza  superaba  al    genio   del 


12  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


artista,  cuando  hacía  obra  de  filigrana  en  carne 
y  nervios. 

En  la  noche  de  que  hablamos,  si  él  hubiera 
retrasado  pocos  minutos  su  pasaje  por  el  sitio 
en  que  ella  habitaba,  la  habría  visto  salir  á  la 
calle  en  medio  de  la  mayor  desolación,  y  correr, 
hasta  perderse  en  las  sombras,  arrastrada  por 
una  fuerza  superior  al  miedo  y  al  escrúpulo,  en 
busca  quizás  de  un  auxilio  que  consuela  siempre 
á  la  inocencia,  aunque  junto  á  él  camine  y  con 
él  penetre  sonriendo  irónico  en  la  estancia  triste, 
el  ángel  del  sepulcro. 

Debían  encontrarse,  sin  embargo. 

Hemos  dicho  que  el  joven  había  resuelto  su 
regreso  por  la  vía  solitaria,  como  andaba  á 
prisa,  pronto  se  puso  en  ella. 

A  sus  espaldas,  las  luces  de  la  ciudad  dor- 
mida formaban  en  la  atmósfera  una  nube  rojiza 
al  irradiar  en  el  impalpable  tul  de  la  neblina, 
que  contrastaba  con  las  purísimas  líneas  de  la 
parte  de  cielo  despejado,  hacia  el  levante,  pare- 
cidas á  pintorescas  fajas  de  un  chai  de  baya- 
dera;  y  á  otro  rumbo,  tinieblas  salpicadas  con 
las  últimas  estrellas  pálidas  y  temblorosas,  cual 
esas  esperanzas  que  titilan  en  ciertas  horas  en 
la  penumbra  de  la  duda. 

Una  vez  en  aquella  calle,  oyó  de  pronto  al- 
gunas voces    de  alguien  que  se  quejaba. 

Creyó  haber  escuchado  mal  y  se  detuvo. 

Los  lamentos  se  repitieron  de  una  manera  dis- 


BRENDA  13 


tinta,  y  entonces  pudo  percibir  en  la  vereda 
opuesta  una  pequeña  sombra^  proyectada  contra  el 
muro  de  una  casa  silenciosa. 

No  le  quedó  ya  duda  de  que  alguno  lloraba 
allí.  Los  que  sienten  el  vacío  de  algo  irreparable 
y  se  encuentran  así  al  azar,  simpatizan  sin  es- 
fuerzo y  danse  la  mano  con  cariño.  En  este  en- 
cuentro, por  atracción  instintiva,  suele  haber  un 
consuelo.  El  infortunio  vincula  y  á  veces  forma 
hermanos. 

Al  aproximarse,  se  halló  delante  de  una  niña 
acongojada  y  llorosa,  á  quien  no  impuso  el  fan- 
tasma negro.  La  luz  del  farol  dio  de  lleno  en 
el  rostro  del  joven,  y  en  el  de  ella,  que  se  ha- 
bía vuelto  con  presteza  al  ruido  de  sus  pasos. 

La  niña  llevaba  luto.  Un  gran  crespón  negro 
cubría  su  cabeza  y  algunas  guedejas  color  de  oro 
de  su  cabello  asomaban  por  las  sienes.  Tenía  el 
rostro  muy  bello,  aunque  cubierto  de  esa  blanca 
palidez  que  los  organismos  delicados  conservan 
desde  el  albor  de  la  vida. 

¿Qué  hacían  allí  aquellas  tristes  auroras? 

Así  que  el  desconocido  se  acercó,  cesó  ella  de 
sollozar,  clavando  en  él,  sin  moverse,  sus  ojos 
grandes  y  oscuros,  que  enjugaba  á  veces  con  el 
extremo  del  pañuelo  que  le  servía  de  cofia. 

Ambos  parecieron  reconocerse. 

—  ¿Por  qué  llorabas?  —  preguntó  aquél. 

Ella  ocultó  el  semblante  entre  sus  manos  delga- 
das y  nerviosas,  balbuceando  algo  incomprensible. 


14  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


El  joven  cogió  su  cabeza  entonces  con  dul- 
zura, y  la  apoyó  en  el  pecho,  sin  que  la  niña 
opusiera  resistencia ;  pero  bien  pronto  ésta  la  echó 
hacia  atrás,  apartándose  suavemente,  y  dejando 
ver  su  semblante  inundado  por  las  lágrimas. 

— Mi  madre  está  muy  mala, — dijo. 

—  ¡Ah!  Y  ¿qué  deseas? 

—  Busco  al  médico ....  He  llamado  á  esta 
puerta  mucho  tiempo  y  nadie  responde.  ¿Es  que 
no  vive  ahí  el  médico,  señor?  ¡Ya  estoy  cansada 
de  llamar ! 

Había  en  su  voz  toda  la  confianza  ingenua  del 
que  espera  y  reposa  en  la  bondad  extraña. 

Penetróse  el  joven  de  aquella  grande  aflicción 
á  que  su  espíritu  no  era  ajeno,  pues  que  se  en- 
contraba, por  una  triste  coincidencia,  en  estado  de 
medir  su  profunda  intensidad. 

Era  aquélla,  en  efecto,  la  casa  de  un  médico» 

En  letras  negras,  sobre  chapas  de  bronce  cla- 
vadas en  la  madera,  se  podía  leer  un  nombre  y 
un  título. 

Veíase  luz  en  el  consultorio,  á  través  de  las 
rendijas  de  la  ventana.  El  médico  había  vuelto 
de  un  sarao  hacía  pocos  instantes. 

La  niña  observaba  al  compañero  que  le  depa- 
raba la  suerte,  con  honda  ansiedad. 

Lanzó  de  pronto  un  suspiro,  mirando  al  cielo, 
y  murmuró  entre  un  sollozo: 

—  ¡Se  hace  tarde!.  .  .  .¿Quiere  usted  llamar  á 
esa  puerta? 


BRENDA  15 

^   ■  ■  »^^i^^—       --—  i^l.  ■  ■■■■■.■■■■■ll  ■■■■  ■»  ■  ■■  lili»! 

Llamó  él  en  el  acto,  pero  nadie  acudió. 
La  infeliz  cogió  su  mano,  agüitada  y   nerviosa, 
agregando  con  hondo  desaliento: 

—  Otra  vez ....  A  usted  tendrán  que  abrirle. 
El  joven,  callado  y  adusto,  insistió  de  un  modo 

recio;  la  puerta  permaneció  cerrada.  En  cambio 
abrióse  la  ventana  del  consultorio  y  un  hombre 
apoyó  la  cabeza  en  la  reja,  para  examinar  aten- 
tamente el  grupo,  tanto  como  podía  permitírselo 
la  semi  oscuridad  del  sitio.  El  joven  cambió  con 
él  un  diálogo  rápido  y  animado.  El  médico  in- 
quiría hechos  y  causas,  de  mal  talante. 

A  breve  momento,  y  cuando  la  niña  con  las 
manos  juntas,  triste  y  suplicante,  asomaba  su  pá- 
lido rostro  al  rayo  de  luz,  como  una  tierna  ima- 
gen de  desolación,  aquel  hombre  se  negó  en  tér- 
minos rudos  á  socorrer  en  esa  hora  la  desgracia, 
cerrando  tras  de  sí  la  ventana  con  violencia. 

El  joven,  indignado,  reprimió  un  movimiento  de 
cólera,  volviendo  á  fijar  una  mirada  atenta  en  las 
chapas  de  bronce.  Parecía  que  quería  grabar  bien 
en  la  memoria  el  nombre  allí  escrito. 

—  Es  preciso  que  te  vuelvas, —  dijo  luego  con 
calma. — La  buena  madre  querrá  que  su  ángel  esté 
á  su  lado.  .-. .  ^ 

—  ¿Sin  el  médico?  —  prorrumpió  la  pobre  cria- 
tura aterrada. 

—  Pronto  será  de  día,  y  podrás  conseguir  que 
vaya,  no  éste,  á  cuya  puerta  has  llamado  en  vano, 
sino  otro  más  noble  y  bueno. 


IG  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


¿Dónde  vives? 

—  Vd.  sabe . .  .  .  ¡  Allá  1 

Y  extendió  su  mano  hacia  el  rumbo  que  lle- 
vaba el  joven,  dejándola  caer  con  desaliento. 

—  ¡Ah,  sí!.  .  .   Recuerdo.  Ven. 
La  niña  echó  á  andar  á  su  lado. 
Caminaban  en  silencio. 

De  vez  en  cuando  ella  se  detenía,  á  pretexto 
de  molestarle  alguno  de  los  lindos  zapatitos  que 
resguardaban  sus  pequeños  pies;  pero  en  reali- 
dad parcí  volver  su  rostro  compungido  y  obser- 
var si  la  puerta  se  había  abierto.  No  podía  per- 
suadirse de  tan  cruel   impiedad. 

Seguía  después  su  marcha,  alzando  los  ojos  á 
su  misterioso  acompañante,  con  aire  de  angustia 
resignada. 

—  ¿Tienes  padre? — preguntó  éste. 

—  Murió  en  la  guerra,  hace  meses,  —  respondió 
con  melancólica  seriedad.  —  Iba  solo  y  fué  al  pa- 
sar un  río. 

El  joven  sintió  una  conmoción  extraña. 

—  Y  ¿cómo  sabes  tú  eso? 

—  Le  hizo  recoger  herido  una  buena  señora 
que  se  hallaba  en  su  estancia  y  que  vio  el  he- 
cho desde  el  balcón.  Ella  nos  lo  contó  todo,  des- 
pués .... 

— Démonos  prisa  en  llegar, — repuso  el  joven, 
dominado  por  una  emoción  fuerte  y  penosa,  que 
pareció  agravar  el  estado  de  su  ánimo. 

A  los  pocos  momentos,  la  niña  se  detuvo  á  la 


BRENDA  17 


entrada  de  uno  de  los  eleg-antes  edificios  á  que 
hemos  hecho  referencia.  En  ese  instante,  una  de 
las  sirvientas,  que  salía  sin  duda  en  su  busca, 
lanzó,  al  verla  una  exclamación  de  contento. 

— Aquí  es,  —  dijo  la  niña  temblando. 

La  puerta  estaba  entreabierta.  En  el  fondo  de 
un  zaguán  de  paredes  estucadas,  percibíase  una 
claridad  viva  dé  gas,  que  alumbraba  dos  ó  tres 
cabezas  afligidas. 

El  joven  saludó  en  silencio  á  la  huérfana,  de- 
teniendo en  su  rostro  una  mirada  dulce  y  com- 
pasiva. Ella  entróse  mirando  hacia  atrás  con  un 
gesto  inexplicable,  y  los  ojos  puestos  en  el  joven. 
Este  se  detuvo  un  instante,  hasta  ver  desapare- 
cer á  la  pobre  rubita  en  el  interior  de  aquella 
morada,  como  la  suya,  perturbada  y  triste. 

Cuando  siguió  su  camino  iba  absorto  y  pen- 
sativo. De  esa  cavilación  vióse  pronto  libre,  al 
pasar  por  delante  de  una  ventana,  por  cuyos  in- 
tersticios salía  un  ligero  resplandor.  Sintió  que 
la  niña  lloraba.  Apresuró  entonces  con  violencia 
el  paso,  como  si  hubiese  oído  allá  á  lo  lejos  una 
voz  que  le  llamaba.  .  .  .y  se  despedía. 

Entró  bien  pronto  en  el  camino  de  las  quintas. 

Espléndidas  coronas  de  azul  y  escarlata  habían 
reemplazado  al  blanco  y  tenue  rosa  del  alba ;  la 
niebla  en  descenso  se  desgarraba  en  anchos  gi- 
rones rozando  el  suelo  en  caprichosas  volutas,  y 
las  gotas  depositadas  en  las  hojas  caían  para  des- 
vanecerse en  el  manto  de  esmeralda  de  los  pra- 


18  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


dos.  Rumores,  estridulaciones,  concentos,  gorjeos, 
susurros,  armonías  semejantes  á  risas  infantiles, 
luz  y  calor,  vida  y  movimiento,  exuberancia  de 
savia  estival,  lozanía  y  brillo  de  juventud,  riqueza 
de  colores  y  de  frutos,  músicas  y  aromas  agres- 
tes confundidas:  ¡qué  hermosa  se  presentaba  la 
naturaleza    en  aquella  magnífíca  mañana!.  .  . . 


ZELMAR 


En  el  estío  de  187  ...  .  Raúl  Henares  habitaba 
en  uno  de  los  sitios  más  pintorescos  de  las  cer- 
canías de  Montevideo.  La  casa -quinta  ocupaba 
una  posición  alta  con  vistas  deliciosas  á  diversos 
rumbos,  y  la  circuían  bosquecillos  de  árboles  fru- 
tales, á  su  vez  resguardados  por  largas  paralelas 
de  sauces  de  lujoso  verdor.  La  belleza  del  con- 
junto, la  corrección  de  los  detalles,  la  armonía 
de  las  líneas  y  la  elegancia  de  las  formas,  de- 
nunciaban en  el  edificio  fuerte,  sobrio  de  adornos 
y  relieves,  higiénico  y  proporcionado,  la  morada 
y  la  obra  de  un  ingeniero  de  buen  gusto  y  ta- 
lento. A  un  flanco,  á  manera  de  seto,  se  exten- 


BRENDA  19 


día  una  línea  de  tunas  é  higueras  silvestres^  lu- 
gar de  cita  de  los  bulliciosos  tordos,  que  acudían 
en  bandas  desordenadas  en  la  época  del  celo  á 
disputarse  sus  amores  y  esparcirse  como  negros 
presagios  sobre  los  terrenos  de  labranza.  Al 
frente  veíase  el  mar,  cuyas  irritadas  olas  en  días 
de  tormenta  cubrían  todo  el  lecho  de  arenas  de 
las  playas  para  romperse  luego  contra  deformes 
peñas,  asemejándose  con  sus  dilatadas  crestas  de 
bullente  espuma  á  considerables  escalones  de  ji- 
netes adornados  de  penachos  blancos,  que  vinie- 
ran á  estrellarse  á  toda  brida  contra  sólidos  cua- 
dros de  veteranos.  Detrás,  á  poca  distancia,  di- 
visábase otra  hermosa  quinta,  cuya  vegetación 
simétricamente  distribuida,  indicaba  una  mano  in- 
teligente y  cuidadosa.  En  medio  de  tupidas  ar- 
boledas, surgía  una  casa  blanca  y  risueña,  que 
servía  de  estancia  estival  á  una  familia  opulenta, 
si  bien  compuesta  sólo  de  dos  miembros, — se- 
gún el  dato  comunicado  á  Raúl  por  su  domés- 
tico Selim,  que  en  materia  de  indagaciones  mi- 
nuciosas de  vecindad  no  desdecía  de  la  costum- 
bre (le  sus  congéneres. 

Algún  tiempo, hacía  que  Raúl  Henares  habi- 
taba aquel  sitio,  sin  que  hasta  entonces  hubiese 
tenido  ocasión  de  contraer  alguno  de  esos  vín- 
culos pasajeros  ó  durables  que  la  proximidad 
forma  entre  personas  que  residen  dentro  de  una 
zona  determinada. 

No  le  faltaban,  sin  embargo,  deseos  de  descu- 


20  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


brir  el  secreto  de  la  casa  solitaria,  y  el  rostro 
de  cualquiera  de  las  dos  damas  que  en  ella  ha- 
cían vida  veraniega ;  pues  damas  eran,  y  este 
detalle,  bien  importante  por  cierto,  bastaba  á 
azuzar  su  interés. 

Confiaba  satisfacerlos  por  medio  de  uno  de 
esos  encuentros  que  la  casualidad  proporciona 
en  la  estación  de  campo,  y  que  no  ofrecen  el 
inconveniente  de  la  observancia  de  fórmulas  exi- 
gibles  en  otro  teatro. 

El  no  tenía  tampoco  motivos  de  contar  con 
amistades  y  relaciones  francas  y  familiares.  Po- 
cos meses  habían  transcurrido  desde  su  regreso 
de  París,  en  donde  cursó  ingeniería,  y  obtuvo 
con  las  mejores  notas  su  diploma. 

Los  años  de  ausencia  fueron  compartidos  con 
Zelmar  Bafil^  su  amigo  y  compañero  de  la  in- 
fancia, á  quien  una  circunstancia  imprevista  obli- 
gara á  abandonar  sus  estudios  de  medicina,  al 
concluir  el  sexto  año.  Con  él  volvió  á  Montevi- 
deo. Bafil  se  proponía  someterse  á  prueba  ante 
la  facultad  de  Buenos  Aires,  y  recibir  en  ella 
su  título  académico. 

Algo  debemos  decir  sobre  él,  ante  todo  por 
exigirlo  así  el  interés  de  nuestro  relato. 

Era  Zelmar  uno  de  esos  raros  jóvenes  de  ta- 
lento y  originalidad,  para  quienes  no  presenta 
rigores  la  lucha  por  la  vida.  Animoso,  despreo- 
cupado, espiritual  y  sincero,  consideraba  el  obs- 
táculo, por  insuperable  que  fuera,  inferior  al  es- 


BRENDA  21 


fuerzo;  su  mayor  placer  consistía  precisamente 
en  encontrarse  enfrente  de  lo  difícil.  Tenía  el 
don  de  imponerse,  ó  de  congraciarse  al  menos  el 
afecto  extraño.  Heredero  de  una  valiosa  fortuna, 
confiaba,  no  obstante,  más  en  sus  fuerzas  que  en 
su  herencia,  creyendo  que  la  dignidad  personal 
necesitaba  de  los  golpes  de  la  suerte  para  acri- 
solarse y  adquirir  verdadero  temple,  del  mismo 
modo  que  en  la  edad  media  sin  espaldarazos 
ajustados  y  precisos,  nadie  podía  considerarse  ar- 
mado caballero.  A  favor  de  este  criterio,  tenía 
derecho  á  pensar  que  él  -era  una  excepción  no- 
table entre  la  muchedumbre  de  seres  opulentos ; 
alcanzaba  á  penetrarse  de  la  triste  inferioridad 
de  la  riqueza  material  ante  los  triunfos  decisivos 
de  la  inteligencia  y  de  las  grandes  pasiones  en 
acción,  y  de  lo  mísero  y  deleznable  del  orgullo 
exagerado  que  imagina  en  medio  de  la  abun- 
dancia poder  más  que  la  idea, —  única  fuerza  in- 
destructible que  agiganta,  glorifica,  inmortaliza 
ó  avergüenza,  humilla  y  abate  al  nacer  humilde 
y  difundirse  después  como  una  ola  de  luz,  por 
la  misma  atmósfera  en  que  se  remueve  y  palpita 
la  inmensa  vanidad  envuelta  en  estéril   pompa. 

Sabía  de  memoria  á  Saint-Evremont,  á  Heine 
y  á  Alfredo  de  Musset;  pero  nunca  había  ceñido 
su  conducta  á  las  exageraciones  de  estos  últimos. 
Amaba  el  placer,  sin  apurar  la  dorada  copa  del 
sensualismo  hasta  el  extremo  de  ver  la  borra  en 
el  fondo.  Ajustaba  el  gusto  de  sus  embriagueces 


22  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


á  cierta  regla  higiénica;  el  límite  de  lo  dulce  y 
el  principio  de  lo  amargo  determinaban  la  reac- 
ción, y  lo  hacían  sobrio.  Las  uvas  habían  de 
gustarse  sin  hollejo,  el  licor  sin  residuos  extraños, 
y  la  mujer  sin  impurezas.  La  ley  del  goce  era 
el  uso  conveniente,  llevado  hasta  donde  su  elas- 
ticidad lo  permitiera ;  aquella  que  podría  dar 
de  sí  el  arco  de  Eros  sin  crujidos,  ó  la  teoría 
epicúrea  en  su  acepción  legítima. 

De  inteligencia  clara  y  bello  espíritu  de  ob- 
servación, bastábale  á  veces  un  simple  detalle  para 
formular  un  juicio  exacto  sobre  cuestiones  arduas ; 
lo  que  le  hacía  decir  con  gravedad  que  enhe- 
braba agujas  á  la  luz  de  las  estrellas.  Realista 
por  sistema,  vehemente  por  temperamento,  su 
educación  científica  unida  á  una  voluntad  enér- 
gica, templaba  la  crudeza  de  sus  arranques  y  el 
rigor  de  sus  opiniones,  y  era  por  esto  simpático 
y  atrayente  aun  para  aquellos  que  no  lo  cono- 
cían. Encauzado  en  la  corriente  de  las  nuevas 
ideas  positivistas,  no  daba  importancia,  sin  em- 
bargo, á  la  hipótesis,  ni  aceptaba  aquéllas  en 
absoluto,  reservándose  un  criterio  individual  en 
la  apreciación  reflexiva  de  ciertos  problemas  so- 
ciales y  psicológicos. 

En  medicina  nunca  se  había  resuelto  á  abrazar 
decididamente  sistema  alguno ;  en  su  sentir  de- 
bía reposarse  en  el  estudio  y  observación  práctica 
y  constante  de  los  hechos,  males  y  medios.  Por 
el  hecho,  creía  de  buena  fe  que  esta  ciencia  ha- 


BRENDA  23 

bía  adelantado  muy  poco  desde  el  tiempo  de 
Hipócrates,  constituyendo  en  sus  aplicaciones 
prácticas  una  sucesión  de  esfuerzos,  que  diferían 
escasamente  en  sus  resultados;  los  sistemas  no 
salían  del  círculo  primitivo,  y  la  pericia  actual 
carecía  hasta  de  la  novedad  y  del  misterio  en 
que  se  envolvía  la  sabiduría  antigua.  Con  este 
motivo,  dirigía  una  vasta  visual  á  las  épocas  real- 
zadas por  médicos  y  químicos  de  genio,  desde 
Herófilo  que  disecó  criminales  vivos,  según  Ter- 
tuliano, hasta  Boerhaave,  que  tenía  por  clientes 
á  los  reyes,  enseñó  clínica  y  trató  en  vano  de 
conciliar  escuelas  discrepantes.  Recreábase  así 
su  memoria,  en  conversaciones  familiares,  en  re- 
correr los  dominios  de  la  ciencia,  desde  sus  pri- 
meros tortuosos  senderos,  resucitando  nombres 
ilustres  é  ideas  capitales,  que  apenas  se  han  mo- 
dificado: al  de  Asclepiades  con  su  teoría  del  pa- 
saje de  los  cuerpos  por  los  poros,  y  sus  remedios- 
ambrosías,  que  deberían  de  ser  sin  duda  alguna, 
como  pastillas  de  chocolate  ó  cabellos  de  ángel; 
al  de  Paracelso,  que  en  su  vida  errante  estudia 
la  naturaleza  en  sus  mismas  fuentes  de  sempi- 
ternos dualismos,  mira  con  altivez  á  griegos  y 
árabes,  echa  el  primer  germen  robusto  de  la 
química  médica  y  da  amplitud  á  la  farmacopea, 
utilizando  las  virtudes  secretas  del  reino  mineral ; 
al  de  Van  Helmont,  que  rechaza  todas  las  doc- 
trinas, reniega  de  la  medicina,  enfermo  de  sarna, 
—  dolencia  que   le    arranca  un  empírico  con  un 

3 


24  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


remedio  sulfuroso  mercurial,  que  no  era  por  cierto 
el  néctar  de  Asclepiades,  —  vuelve  á  su  profesión 
por  la  química,  como  quien  vuelve  al  punto  de 
partida  por  una  senda  inexplorada,  busca  una 
panacea  universal  para  combatir  el  absurdo  en 
la  ciencia,  — expedición  de  argonauta  en  los  rei- 
nos de  la  utopía,  —  se  engolfa  en. el  mar  de  las 
dudas  y  de  los  misterios,  como  los  soñadores  de 
la  piedra  filosofal  y  del  movimiento  perpetuo,, 
asigna  á  cada  órgano  del  cuerpo  humano  una 
vida  diferente,  y  descubre  en  vez  de  la  realidad 
de  su  ensueño  el  aceite  de  azufre  y  el  espíritu 
de  asta  de  ciervo;  al  de  Hoffmann  el  Excelso^ 
que  se  prestigia  con  su  licor  anodino,  y  aumenta 
el  solidismo  viviente ;  al  de  Stahl,  médico  pro- 
fundo, lleno  de  inspiraciones  místicas,  químico 
ilustre,  campeón  del  animismo,  que  nos  exhibe 
al  alma  como  causa  superior,  inmediata  y  directa 
de  todos  los  fenómenos  propios  de  la  vida;  y  en 
pos  de  estos  nombres  venerables,  los  de  otros 
muchos,  que  son  como  aureolas  superpuestas  en 
la  cima  del  monumento  que  á  la  ciencia  han  ido 
levantando  las  edades.  Todos  estos  sabios  emi- 
nentes, á  pesar  de  sus  inmensos  esfuerzos,  no 
habían  conseguido  identificarse  en  ideas  y  teorías; 
y  sus  sistemas  han  reinado  por  épocas,  sustitu- 
yéndose los  unos  á  los  otros  con  igual  éxito.  La 
verdad  completa  en  la  nobilísima  profesión  mé- 
dica no  era  patrimonio  de  ninguno. 

Bafil    hallaba    elementos  en  la  fisiologfía  para 


BRENDA  25 


corroborar  la  opinión  de  que,  aparte  de  los  gran- 
des vacíos  que  en  medicina  dejaban  tras  de  sí  los 
debates  entre  altas  autoridades,  aun  subsistían 
problemas  insolubles;  problenías  que  llevábamos 
en  nuestro  organismo,  fundfifás  en  sus  funcio- 
nes normales.  Así  para  explicamos  el  origen  de 
ciertos  fenómenos,  había  que  ampararse  á  una 
causa  vital,  tan  indefinible  como  oscura;  y  á 
esa  causa  desconocida  debía  atribuirse  en  la  san- 
gre la  disolución  de  la  fibrina  cuando  la  vida 
acaba,  el  papel  de  los  ganglios  desde  que  se  dejó 
de  considerárseles  como  pequeños  cerebros,  la 
actividad  nerviosa  desde  que  se  redujo  á  sombra 
la  teoría  del  fluido  eléctrico,  los  movimientos  del 
corazón  y  contracciones  musculares. 

Un  velo  impenetrable  parece  cubrir  su  « ra- 
zón primitiva  y  absoluta».  ¿Lo  habían  levan- 
tado acaso,  Virchow  y  Bichat,  en  la  misma  defi- 
nición de  la  vida?  La  vida  explicada  como  una 
actividad  de  la  célula,  no  se  nos  presenta  más 
definida  que  cuando  se  asegura  que  es  el  con- 
junto de  las  funciones  que  resisten  á  la  muerte. 
Bemard  afirmaba  que  la  causa  inmediata  de  sus 
fenómenos  no  se  encontraba  en  la  psiji  de  Pitá- 
goras,  ni  en  el  alma  fisiológica  de  Hipócrates,  ni 
en  el  espíritu  de  Ateneo,  ni  en  el  arjeo  de  Pa- 
racelso,  ni  en  el  anima  de  Stahl,  ni  en  el  prin-- 
cipio  vital  de  Barthez:  discernía  el  triunfo  á  las 
propiedades  vitales  de  Bichat. 

—  «  Yo  me  permitiré,  —  añadía   Bafil,  —  ir  más 


26  E.  ACBVEDO  DÍAZ 


alia  que  el  respetable  Bernard;  no  me  quedo 
con  ninguna  teoría,  y  renuncio  á  comprender 
aquella  causa.  No  me  atrevería  á  decir,  en  cuanto 
á  sistemas,  que  el  verdadero  sea  el  fisiológico- 
medical  que  hace  intervenir  el  alma  como  causa 
y  acción  en  los  fenómenos  de  la  economía;  ó  el 
que  atribuye  nuestros  males  á  la  alteración  de  los 
humores;  ó  el  que  los  refiere  á  las  lesiones  de 
las  partes  sólidas  del  organismo,  porque  la  difícil, 
é  intrincada  ciencia  de  que  emanan  tales  doctri- 
nas, opiniones  y  sistemas,  puede  anunciar  por 
boca  de  alguno  de  sus  intérpretes  ante  el  último 
que  prevalezca  con  efímero  reinado,  esto  mismo 
que  un  profesor  anunciaba  al  frente  de  uno  de 
sus  innumerables  trabajos  científicos:  «  Esta  me- 
moria anula  todas  las  precedentes». 

Lo  cierto  es  que  al  templo  de  Esculapio, — 
aquel  que  tuviera  por  maestro  un  centauro, — 
se  entra  casi  siempre  con  la  turbación  y  la  duda 
en  el  ánimo;  como  si  la  verdad  que  se  busca 
como  norte  y  guía  luminosa  del  criterio  científico 
se  hubiese  eclipsado  con  el  centauro  entre  la 
obscuridad  de  la  vida  y  el  misterio  de  la  muerte. 

Los  romanos  arrojaban  los  esclavos  enfermos  á 
un  islote  del  Tíber,  y  á  muchos  de  ellos  los  curaba 
allí  la  naturaleza,  —  médico  primitivo,  agreste 
y  sencillo,  —  cuyas  poderosas  facultades  de  ac- 
ción y  reacción  bastaban  á  reconstituir  los  orga- 
nismos abatidos  y  desgastados  por  la  ímproba 
labor.  Servir  de  auxiliares  á  este  médico  imper- 


BRENDA  27 


sonal  é  irresponsable  que  propinaba  las  pana- 
ceas en  estado  de  materia  prima,  y  baños  en  las 
fuentes  á  la  luz  del  sol,  y  oxígeno  vital  en  el 
aire  libre,  y  alimentos  sanos  en  el  seno  de  los 
bosques,  era  ya  bastante  aun  para  los  grandes 
maestros. 

Ayudándola,  seguiremos  nosotros  como  ellos, 
á  tres  mil  años  de  distancia.  Salvo  algunos  pro- 
gresos de  detalle,  ese  largo  período  no  nos  se- 
para del  alfa  de  la  ciencia;  aunque  muchos  se 
imaginen  que  hemos  llegado  al  omega. 

Eso  sí,  del  cirujano  que  curaba  al  gladiador  en 
el  spoliarium,  al  cirujano  actual  que  amputa  un 
miembro  sin  perjudicar  al  tronco,  la  diferencia 
es  notable.  La  cirugíu  avanza  y  se  perfecciona 
para  honor  del  profesorado.  La  medicina,  ha 
dicho  un  sabio,  mientras  se  limite  al  arte  de 
cuidar  los  enfermos,  no  es  una  ciencia:  es  un 
tanteo;  lo  que  hace  que  ella  concluya  por  caer 
en  el  capricho  y  lo  arbitrario.  Bosquillón,  entrando 
una  mañana  en  su  sala,  dijo  á  los  estudian- 
tes de  su  clínica  estas  palabras  tan  conocidas: 
«¿Qué  haremos  hoy?  Mirad,  vamos  á  purgar 
todo  el  costado  izquierdo  de  la  sala,  y  á  sangrar 
todo  el  costado  derecho. »  En  cirugía  felizmente 
no  hay  que  buscar  «  soluciones  en  las  más  gran- 
des profundidades  de  los  misterios  de  la  vida,» 
según  la  frase  del  mismo  sabio;  la  duda  des- 
aparece y  cesa  la  inseguridad.  Se  sondea  y  se  tra- 
baja en  carne  viva,  se  enderezan  entuertos  y  se 


28  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


recomponen  huesos.  I.a  mano  del  cirujano  inte- 
ligente que  se  posa  en  la  gangrena  y  mutila  el 
miembro,  arranca  un  grito  de  intenso  dolor:  pero 
ese  grito  es  el  de  la  vida  que  renace  y  que  sólo 
difiere  en  el  vigor,  del  que  lanza  el  hombre  al 
nacer.  En  las  salas  del  hospital  me  he  sentido 
más  de  una  vez  indeciso,  atribulado  y  escéptico 
al  fin  en  presencia  de  esos  casos  fatales  que  pro- 
vocan la  anemia  al  cerebro  ó  las  cavernas  en  los 
pulmones,  ó  de  pacientes  que  luchaban  brazo  á 
brazo  con  el  ángel  negro,  sin  otro  consuelo  que 
relegarse  al  « islote  del  Tí ber  »,  ni  otra  esperanza 
que  los  aires  puros,  aguas  termales  ó  cambios 
de  clima .... 

Pero  en  verdad  nunca  experimenté  satisfac- 
ción mayor,  ni  admiré  tanto  el  poder  que  dan 
el  estudio  y  el  talento,  como  en  presencia  de 
un  enfermo  de  anemia  extrema,  cuyas  venas  eran 
ya  invisibles;  cuyo  pulso  filiforme  pasaba  de 
ciento  treinta  y  cinco  grados,  cuyo  rostro  lívido 
y  miembros  inermes  denunciaban  pronta  termi- 
nación;—  á  quien  un  cirujano  grave  y  tranquilo 
abrió  la  vena  ya  incolora  junto  á  la  arteria  hu- 
meral, sin  que  de  ella  brotasen  más  de  dos  ó 
tres  gotas  de  sangre  miserable,  haciéndole  la 
transfusión  directa,  de  otra  pura  y  robusta  que 
llevaba  calor  al  pecho  y  consuelo  á  las  entra- 
ñas; y  devolviendo  por  último  á  un  ruin  Lázaro, 
fresco  y  lozano  á  las  alegrías  del  mundo.  Tuve 
desde  entonces  una  fe  profunda    en    estos    mila- 


BRENDA  29 

^os  del  arte,  que  suelen  operarse  con  la  misma 
exactitud  que  un  trabajo  matemático;  y  de  ahí 
mi  consagración  especial  á  la  cirugía,  que  tan 
ilustre  ha  hecho  el  nombre  de  tantos  apóstoles 
de  la  ciencia.» 

De  esta  índole  eran  las  conversaciones  de  Zel- 
mar  en  ciertos  días.  Henares  le  escuchaba  aten- 
tamente, y  se  vengaba  luego  disertando  sobre 
cosas  de  ingeniería,  que  le  traían  preocupado.  Los 
túneles,  canales,  vías  férreas,  puentes  flotantes» 
aguas  corrientes,  nivelaciones,  caminos  reales  y 
hasta  molinos  harineros,  surgían  en  fantásticas 
creaciones  como  arterias  y  protuberancias  de  otro 
organismo,  cuyas  formas  era  necesario  modificar 
en  beneficio  de  nuestras  necesidades.  La  escuela 
politécnica  desenvolvía  gravemente  sus  planos  y 
gráficas  demostraciones  exactas  y  precisas,  como 
un  contraste  á  las  dudas  y  vacilaciones  que  su- 
gerían los  problemas  de  la  medicina. 

A  pesar  de  estimarse  mucho  ambos  amigos, 
disentían  en  modo  de  ser,  y  en  ideas,  á  ocasio- 
nes, y  si  bien  Zelmar  concluía  generosamente  por 
ceder,  no  lo  era  antes  de  recordar  á  Raúl  la 
imagen  del  filósofo  espiritualista  para  aplicarla 
al  carácter  de  uno  y  otro. 

—  Aunque  la  comparación  es  un  poco  mate- 
rial,—  decía,  —  y  de  ello  tiene  la  culpa  el  viejo 
griego  soñador,  tú  eres  el  caballo  blanco,  y  yo 
el  caballo  negro,  flotando  en  los  aires:  símbolo, 
de  inexplicables  anhelos  y  de  ideales  vagarosos. 


30  E.   ACEVEBO  DÍAZ 


el  uno;  el  otro,  emblema  de  amargas  realidades 
y  de  dolores  positivos.  Sabes  que  van  unidos.  En 
vano,  con  las  crines  revueltas,  las  narices  dilata- 
das y  el  ojo  encendido  —  ¡romántico  corcel!  —  el 
blanco  puja  por  lanzarse  al  infinito,  como  si  fuera 
propio  perderse  en  el  vacío  y  servir  á  nadie  de 
satélite,  sin  gloria  ni  beneficio.  El  caballo  negro 
con  el  ala  firme,  tendido  el  cuello,  hinchados  los 
músculos  por  el  esfuerzo  —  ¡bizarra  caballería! — • 
puja  para  abajo,  buscando  por  instinto  noble  la 
corteza  en  que  ha  de  afirmar  los  cascos.  La  cor- 
dura de  la  intención  tiene  que  centuplicar  sus 
fuerzas,  pues  raro  es  el  instinto  que  supera  al  de 
la  conservación  propia  ;  y  por  el  hecho,  el  blanco 
ha  de  ceder  á  la  larga,  antes  que  le  sobrevenga 
la  cinchera,  como  se  dice  en  veterinaria. 

Por  esto,  agregaba,  no  me  aflige  tu  obstinación 
sobre  ciertas  cosas,  y  dejo  el  éxito  al  tiempo. 
No  quieres  persuadirte  de  que  en  la  región  de 
los  ideales  y  de  las  utopías,  es  donde  los  espíri- 
tus más  superiores  se  mueren  de.  nostalgia.  Pero 
he  de  vigilarte  siempre,  mi  querido  amigo;  tú  te 
apasionas  y  te  reservas  poco.  Los  puros  y  blan- 
cos ensueños  de  la  fantasía  excitada,  no  están 
demás:  sirven  de  velos  al  pudor,  y  hasta  cierto 
punto,  educan  y  morigeran  el  instinto,  suavizán- 
dolo por  algún  tiempo ;  mas  no  me  negarás  que 
al  final  de  los  poéticos  desvarios.  Venus  está  de- 
trás de  toda  esa  muselina,  y  se  transparenta .  .  .  . 
La  materia  hermosa,  fuerte  y  arrogante,  llena  de 


BRENDA  31 


fibras  templadas  y  de  palpitaciones  vigorosas» 
constantemente  mantenidas  por  un  músculo  sano 
y  robusto,  refractario  al  histérico  y  á  la  melan- 
colía :  ahí  tienes  mi  Prometeo.  Puede  soportar 
sobre  su  dorso  todo  el  peso  de  la  vida  sin  do- 
blar nunca  la  cerviz.  No  entiendo  de  otro  modo 
la  grandeza  moral.  Medita,  pues,  sobre  el  hipo- 
grifo  negro:  él  es  la  lucha,  el  valor,  la  fuerza, 
•la  audacia,  el  denuedo,  la  abnegación,  y  hasta  el 
pensamiento,  de  que  lo  hizo  símbolo  el  filósofo» 
que  buscan  afrontarse  con  todas  las  más  opues- 
tas pasiones,  en  la  adversidad  y  en  el  combate, 
aunque  queden  desgarradas  todas  las  fibras  y  di- 
sipados todos  los  sueños;  que  la  existencia  es, 
como  debía  ser,  dada  la  imperfección  de  nuestro 
organismo,  un  compuesto  de  pecados  y  de  pure- 
zas que  acompañan  al  hombre,  en  implacable 
brega  confundidos,  hasta  el  borde  del  sepulcro- 
No  me  cansaré  de  inculcarte  que  dejes  á  un  lado 
juicios  hipotéticos,  y  que  no  te  preocupes  mucho 
de  lo  que  no  se  ve  ni  se  palpa,  como  hacen  los 
médicos  con  ciertas  enfermedades  diabólicas  que 
penetran  sin  saberse  cómo  por  un  órgano  cual- 
quiera, y  se  esparcen  á  manera  de  fluido  por  todo 
el  sistema,  destruyendo  nervios  y  tejidos.  Mira: 
tu  teoría  del  alma  humana  me  recuerda  á  un  po- 
bre cisne  enfermo,  en  cuyo  albo  cuello  vi  una 
vez  enlazadas  con  apretados  anillos,  varias  víbo- 
ras negras.  El  ave  hermosa  cuanto  infeliz,  nivea 
como  la  ilusión  de  una  virgen,  habíase  quedado 


82  E.  ACE\'^DO  DÍAZ 


inerte,  con  las  alas  tendidas  y  el  pico  abierto, 
mirando  al  cielo!  Pon  en  la  balanza  los  ideales, 
las  dudas  y  preocupaciones  de  nuestro  ser,  y 
compara. 

—  De  otro  punto  de  vista,  —  añadía,  —  tu  modo 
de  sentir  y  tu  fe  profunda  en  hechos  que  ven- 
drán, fuera  del  cálculo  positivo,  pero  que  eviden- 
temente nunca  suceden,  deben  traer  perjuicio  á 
tu  reputación  científica.  ¿Qué  ha  de  decirse  sino, 
de  un  ingeniero  que  se  ocupa  simultáneamente 
del  idilio,  de  la  espiral,  de  la  curva,  de  una  ope- 
ración geodésica  •  cualquiera,  y  de  la  trama  de  un 
poema  más  ó  menos  dulce  y  sentimental?  ¡Co- 
sas de  antaño!  Es  forzoso  reaccionar. 

Raúl  no  se  disgustaba  por  esto,  á  partir  de 
que  su  amigo  exageraba  un  poco  y  lo  decía  todo 
con  vehemente  sinceridad. 

Jamás  le  interrumpía  en  tales  desahogos  ex- 
pansivos, á  no  ser  cuando  le  ponía  en  el  caso 
de  defender  sus  actos  y  resoluciones.  De  esa  ma- 
nera conservábase  inalterable  una  amistad  que 
databa  del  colegio,  y  que  no  había  tenido  otra 
tregua  que  la  de  algunos  meses  de  vida  militar, 
antes  de  su  traslación  á  París,  para  seguir  los 
esudios  de  ingeniería. 

Por  lo  demás,  Zelmar  Bafil  era  un  bizarro 
joven  de  veinticuatro  años,  ojos  y  cabellos  negros, 
tez  de  un  ligero  color  moreno,  y  mirar  inteli- 
gente y  atrevido.  Alto,  robusto  y  bien  confor- 
mado, unía  á  su  persona  ese  aire    de    distinción 


BRENDA  33 


irreprochable  que  viene  desde  la  cuna,  que  no 
se  compra  ni  se  canjea,  que  no  logra  disipar  la 
misma  pobreza  vergonzante,  y  que  acrece  y  da 
su  sello  especial  al  hombre  en  contacto  frecuente 
con  la  sociedad  escogida. 

Zelmar  se  veía  diariamente  con  Raúl. 

Caía  la  tarde  de  un  día  caluroso,  cuando  su 
voz  alegre  y  vibrante,  y  el  ruido  de  su  break, 
advirtieron  al  joven  ingeniero  de  su  llegada. 


II 


PASO  DEL    MOLINO 


Encontrábase  Raúl  Henares  inclinado  sobre 
su  mesa  de  estudio,  en  el  gabinete  del  fondo, 
observando  ciertos  diseños  y  dibujos,  cuando 
Zelmar  entró  ruidosamente  según  era  su  cos- 
tumbre, exclamando  con  una  voz  de  un  precioso 
timbre  claro  y  vibrante : 

—  ¡  Te  haces  más  misántropo  cada  día !  Deja 
libros  y  planos,  que  la  hora  de  la  labor  debe 
haber  pasado  ya  en  tu  reloj ;  y  vamonos  á  dar 
una  gira  por  el  camino  del  puente.  La  tarde  está 
espléndida,  y  no  acepto  excusas. 


84  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Sonrióse  Raúl,  doblando  lentamente  un  plano 
topográfico  que  había  absorbido  hasta  ese  mo- 
mento su  atención,  después  de  oprimir  con  fuerza 
la  mano  de  su  amigo.  Levantóse  luego  y  con- 
testó; 

—  No  puedo  rehusarme,  pues  á  la  par  que 
placer  en  acompañarte,  siento  en  realidad  deseos 
de  movimiento.  ¡  A  tus  órdenes ! 

—  Seguiré  haciéndote  presentaciones  de  simple 
vista,  y  al  trote  largo  del  tronco,  como  quien, 
se  limita  á  indicar  los  detalles  resaltantes  de 
una  feria.  Ya  sabes  que  nuestros  círculos  son 
reducidos,  y  que  no  se  trata  de  recorrer  aquellas 
avenidas  parisienses  en  que  los  rostros  diferentes 
aparecen  y  se  ocultan  en  un  torbellino  cada  vez 
más  vertiginoso  y  creciente,  en  medio  del  cual 
uno  concluye  por  aturdirse.  Aquí,  el  conjunto, 
por  seductor  que  sea,  no  absorbe  los  detalles,  y 
las  cabezas  encantadoras  sobresalen  en  la  con- 
fusión, á  manera  de  las  altivas  copas  de  palmas 
diseminadas  á  lo  largo  de  los  bosques  que  fes- 
tonean nuestros  ríos.  Las  hay  tan  erguidas,  que 
para  cogerles  el  fruto,  puedo  asegurarte  que  es 
necesario  atacarlas  por  la  base  ó  escalar  las  ci- 
mas con  riesgo  de  vértigo. 

, — Alguna  te  obliga  á  ese  criterio. 

—  Tal  vez.  No  ignoras  cuánto  me  halaga  lo 
difícil. 

El  hreak  que  estaba  á  la  puerta  lucía  un 
tronco    de   magníficos   alazanes,    primorosamente 


BRENDA  35 


enjaezados,  que  Selim  tenía  de  las  riendas,  re- 
primiendo sus  impaciencias  y  escarceos.  Los  dos 
jóvenes  se  colocaron  en  la  delantera.  Zelmar  co- 
gió las  bridas,  agitó  el  látigo,  y  la  pareja  arrancó 
veloz  sacudiendo  con  brío    las    crines. 

En  poco  tiempo  recorrieron  el  trayecto  que 
separaba  la  quinta  de  la  calle  de  la  Agraciada, 
aun  cuando  el  espacio  era  considerable.  Allí 
hubo  que  moderar  el  paso,  ante  un  crecido  nú- 
mero de  ginetes,  tílburis,  landos,  cupés  y  ame- 
ricanas que  en  pintoresco  desorden  se  dirigían 
al  Paso  del  Molino. 

El  hreak  se  detuvo  junto  á  un  lando  ocupado 
por  dos  damas,  con  quienes  cambió  Zelmar 
atento  saludo.  La  una  de  fisonomía  semejante  á 
muchas,  no  preocupó  la  mirada  de  los  jóvenes ; 
la  otra  despertó  interés  en  Raúl  por  más  de  un 
concepto.  Presentaba  una  carta  de  introducción 
demasiado  estimable  en  su  figura. 

Era  una  joven  de  rostro  hermoso  y  expresivo, 
cuya  mirada  viva  y  brillante  partiendo  como 
flecha  de  luz  de  dos  pupilas  negras  y  profundas, 
revelaba  un  pensamiento  altivo  y  una  imagina- 
ción inquieta;  como  algo  de  orgullo  y  soberbia 
su  labio  inferior  un  tanto  saliente,  de  un  encar- 
nado subido,  al  recogerse  para  dar  paso  á  al- 
guna sonrisa  fugaz  y  fría,  que  formaba  graciosos 
hoyuelos  en  las  mejillas  tersas  de  un  tinte  pu- 
rísimo, en  notable  contraste  con  las  obscuras  on- 
das de  su  cabello. 


36  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Elegante,  airosa  y  esbelta,  de  movimientos  rá- 
pidos y  desenvueltos,  esta  joven  parecía  deber 
atraer,  más  que  por  las  condiciones  de  su  be- 
lleza, por  la  fuerza  y  los  arranques  de  su  carácter 
que  se  reflejaban  en  el  rostro  móvil  é  inteligente 
cual  brillos  misteriosos  en  la  superficie  de 
un  agua  diáfana  é  insondable.  Estas  irradiacio 
nes  externas  de  un  alma  ardiente,  hacen  presen- 
tir á  veces  un  exceso  de  energía  en  las  pasiones. 
Imponen  ó  subyugan. 

Cuando  el  carruaje  ya  se  movía,  acercó  ella  su 
mano  blanca  de  afilados  dedos  al  seno  alto  y 
turgente,  como  para  aproximar  á  su  rostro  !a 
perfumada  flor  que  habíase  honrado  con  tan 
delicioso  nido;  y  detuvo  sus  ojos  llenos  de  refle- 
jos en  el  compañero  de  Zelmar  con  aire  de 
viva  curiosidad.  En  seguida,  la  visión  pasó. 

— Interesante  mujer, — dijo  Raúl. — A  juzgar  por 
su  figura,  creo  que  de  ella  me  has  hablado  al- 
guna vez. 

— En  efecío, — contestó  Bafil,  azuzando  el  brioso 
tronco.  Es  Areba  Linares,  sobrado  ingeniosa  y 
rara  para  ser  muy  sensible. 

— No  lo  parece,  y  tu  frase  encierra  historia. 
Concluye  el  esbozo. 

— Siempre  que  en  Areba  ha  nacido  ó  albo- 
reado siquiera  un  sentimiento  de  amor,  dícese 
que  ha  hecho  intervenir  una  reflexión  fría,  y 
ahogádole  en  germen.  De  ahí  que  se  le  consi- 
dere   como  una  Medea  á  su  manera,  que  sofoca 


BRENDA  M 


sin  piedad  los  ensueños  ó  impulsos  de  su  ser- 
Sus  íntimos  no  la  extrañan.  Has  visto  que  esa 
joven  es  hermosa,  atrayente,  de  luces  y  sombras 
dig^nas  de  una  tela  de  mérito;  debo,  por  mi  parte, 
añadir  que  es  espiritual,  de  gustos  artísticos 
y  capaz  de  narrar  con  talento  ciertas  historias 
del  centro  elegante  en  que  se  agita. 

—  Rasgos  de  mujer  dominante. 

— Exactamente.  Pero  á  pesar  de  todo,  ha  re- 
sistido siempre  á  la  lisonja  y  al  halago,  estre- 
llándose las  pretensiones  de  muchos  admiradores 
en  su  desdén  ó  indiferencia.  Esto  ha  exacerbado 
todos  los  anhelos  y  apetitos,  como  puedes  supo- 
nerlo, y  preparado  campañas  cuyo  éxito  nadie 
se  aventura  á  presagiar.  Ella  ríe,  y  lo  hace  bien; 
la  escena  del  mundo  es  de  máscaras.  Bajo  ese 
aspecto  de  su  carácter,  que  es  el  principal,  podría 
servir    de  modelo  á  un  literato  en   libro  de  sen- 

sacióo. 

Conoces  el  dicho  de  Rabelais:  más  vale  escri- 
bir risas  que  lágrimas,  porque  lo  propio  del  hom- 
bre es  la  risa. 

— Debería  serlo;  el  error  está  en  atribuirle  en 
propiedad    lo   que   no   posee,  sino  á   intervalos, 
como  la  naturaleza  sus  aromas  y  colores. 
¡Empezó  la  geometría  en  el  espacio! 

— ¿Quién  es  ése  que  cabalga  en  dirección  á 
nosotros?  —  preguntó  Raúl  volviendo  la  cabeza 
hacia  un  ginete  de  garbo  y  brío  que  sujetaba  su 
corcel  junto  á  un  carruaje,  en  ese  instante. 


:38  E.   ACEVEDO   DÍiZ 


— I  Ah !  ése  es  mi  conocido  el  Dr.  Lastener  de 
Selis  que  cursó  en  el  extranjero  y  ahora  es  mé- 
dico de  moda. 

— ¿Cirujano  notable? 

— No  diré  yo  tanto;  la  preocupación,  más  que 
la  ciencia,  suele  hacer  la  fama  de  un  facultativo. 
Bien  sabes  que  el  hombre  de  calidades  se  ve 
siempre,  aunque  no  se  exhiba;  me  lo  figuro  de- 
lante de  una  linterna  de  Rhumkorff  bañado  de 
arriba  abajo  por  el  chorro  de  luz  eléctrica,  y  á 
la  muchedumbre  en  la  sombra.  Ahí  le  tienes. 
No  ignoras  tampoco  que  son  muchos  comun- 
mente los  que  se  acogen  á  una  profesión  cual- 
quiera, con  aptitudes  ó  no  para  su  ejercicio  ó 
apostolado ;  no  siendo  pocos  los  casos  en  que  los 
más  ineptos  llegan  á  adquirir  una  posición  es- 
pectable sobre  los  idóneos  y  dignos.  Nada  sería 
esto,'  si  la  patente  no  exonerara  de  reproche  se- 
rio á  la  insuficiencia,  como  la  bandera  neutral 
de  todo  peligro  á  la  mercancía ;  y  de  aquí  que 
acaezca  que  con  mejores  títulos  no  otorgados  en 
parte  por  autoridad  falible,  véanse  algunos  en 
la  necesidad  de  elevar  á  la  altura  del  mérito 
propio,  á  otros  de  haldas  largas  y  poca  ciencia. 

Y  ¿  por  qué  extrañarlo,  si  rara  vez  es  la  cali- 
dad la  que  se  impone?  Dicen  que  en  las  demo- 
cracias la  mayoría  hace  ley;  pero  el  beneficio 
común  de  las  instituciones  acarrea  facilidades 
que  impiden  sobresalir  una  ó  más  espigas  á  las 
otra9  en  el  campo  de  la  labor,  al  menos  sin  ajar- 


BRENDA  39 


las,  y  éste  es  el  efecto  pernicioso  del  exceso  de 
virtud   que   en   sí    contiene    el     principio    de   la 
igualdad.  Así    como  es  de  raro  el  talento  de  ini- 
ciativa y  audacia,  es  de  vulgar  la  acción   osada 
de  lo  mediocre,  á  quien    auxilia    un    favoritismo 
inevitable  de  circunstancias,  ó  una   blandura  ca- 
ritativa y  piadosa.  Recorre  sino  la  escala  de  las 
actividades  humanas,  desde  la  política,  que  se  va 
haciendo  una  ciencia  lucrativa,   hasta    la   última 
profesión  útil,  y  díme  si    en    rigor    predomina    ó 
no  en  cada  una  de  ellas  el  elemento  que   reem- 
plaza con  el  tanteo  y  la  osadía  la  falta  de  otros 
medios  superiores  en  el  combate  por  la  existen- 
cia. Y  volviendo  al  caso,  puedo  asegurarte    que 
en  su  profesión,  éste  de  que  te  hablo,  favorecido 
en  algo  por  facultades  de   relativo    valor,   y    en 
algo  por  el  error   común  de    apreciación,   se   ha 
visto  de  repente  en  el  cuadro  de  luz,  y  en  él  se 
mantendrá    hasta   que   la   novedad   de    la   moda 
pase.  Es  rico  y  ha  ocupado  elevados  puestos.  La 
posición  equivale  á  medio  talento. 

Henares  escuchaba  al  parecer  atentamente, 
pero  en  realidad  preocupado  con  algún  recuerdo 
surgido  por  las  palabras  de  Zelrtiar.  El  nombre 
de  Lastener  de  Selis  se  mezclaba  en  su  memo- 
ria á  algún  hecho  particular  de  su  vida,  antes 
de  su  viaje  á  París,  de  una  manera  vaga  y  obs- 
cura .... 

Rodaba  el  break  por  un  declive  cubierto  de 
arena    y   conchilla,    á  lo  largo  de  las  quintas  y 


•i 


40  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


caprichosos  palacios  de  verano,  siguiendo  preci- 
samente la  huella  que  dejaba  el  lando  de  Areba: 
Lastener  de  Selis  pasó  á  largo  galope,  sujetó 
bridas  delante  del  lando  y  descubrióse,  para  se- 
guir luego  su  carrera  hacia  el  puente. 

—  ¿  Inicia  también  él  campaña  ?  —  preguntó 
Raúl. 

—  Por  ahora  se  reserva.  Hay  quien  le  atribuye 
una  pasión  vehemente  por  una  bellísima  joven 
llamada  á  heredar  una  gran  fortuna,  calculada 
en  millones.  Aparece  recién  y  llámase  Bren  da 
Delfor.  Te  advierto  que  es  huérfana  y  se  halla 
bajo  la  tutela  de  una  anciana  viuda  que  la  ha 
adoptado  como  hija. 

Es  amiga  de  Areba,  aun  cuando  difieren  no- 
tablemente en  carácter  é  inclinaciones.  En  ver- 
dad afirmo  que  no  concibo  la  alianza  de  un  ca- 
rácter tan  realista  con  otro  sentimental,  aun  bajo 
la  forma  de  simple  vínculo  amistoso.  El  hecho 
es  que  se  estiman  mucho  y  se  quieren  en  la 
misma  medida. 

—  Azuza  los  caballos,  —  dijo  Raúl,  —  ya  que  has 
azuzado  mi  curiosidad.  Deseo  encontrar  nueva- 
mente los  ojos  de  esa  mujer. 

Zelmar  movió  el  látigo,  riendo  en  silencio.  Los 
fuertes  alazanes  en  soberbio  balance  tomaron  el 
gran  trote  y  fueron  á  detenerse  al  costado  iz- 
quierdo del  lando. 

Ofrecíanse  á  !a  vista  por  todos  lados  delicio- 
sas perspectivas.    Parecían  rebosar  la  animación 


BRENDA  41 

y  el  placer  en  las  hermosas   casas  que   convier- 
ten en  un  edén  aquellos  lugares  predilectos. 

En  medio  de  la  espléndida  vegetación,  ornada 
con  las  galas  primorosas  del  estío,  surgían  las 
delicadas  creaciones  del  arte  en  forma  de  ele- 
gantes torrecillas,  atrevidas  agujas,  blancas  pi- 
lastras, airosos  pabellones,  columnas  y  capiteles, 
cuyas  formas  esbeltas  doraba  el  sol  poniente,  for- 
mando en  los  cristales  de  los  miradores  como 
enormes  planchas  de  oro  con  sus  fantásticos  re- 
flejos. Y  más  altos  que  las  copas  de  los  gran- 
des árboles  cruzados  por  una  banda  de  luz,  dis- 
tinguíanse los  mástiles  de  cien  naves  adornados 
de  vistosos  gallardetes,  meciéndose  en  suave  co- 
lumpio sobre  las  aguas  de  la  bahía. 

El  antiguo  puente  del  Molino  y  todas  las  pró- 
ximas avenidas,  puntos  concéntricos  de  la  cita, 
presentaban  una  animada  escena  en  que  se  de- 
tenían ó  cruzaban  ginetes,  carretelas  y  victorias 
en  perpetua  agfitación. 

El  lando  de  Areba  se  detuvo  breves  instantes 
en  el  centro  de  la  bulliciosa  escena.  Luego  siguió 
hacia  el  Prado,  llevando  á  Lastener  de  Selis  junto 
á  la  portezuela.  Gran  parte  de  la  concurrencia 
empezó  á  afluir  hacia  aquel  sitio,  en  brillante 
oleada. 

El  break  de  Zelmar  se  estacionó  á  un  lado  de 
la  avenida. 

—  ¿No  has  observado, — decía  el  joven,  —  la 
expresión  rara  de  sus  ojos  cuando  en  tí  se  fija- 


42  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ron?  Paréceme  que  empiezas  á  herir  el  sensorio. 

—  Me  exhibo  recién,  y  por  el  hecho  ha  de  fa- 
vorecérseme con  algunas  miradas  de  curiosidad. 
Las  mujeres  están  siempre  dispuestas  á  observar 
con  benevolencia  lo  desconocido ;  y  por  otra  parte 
tú  has  negado  á  esa  joven  la  facilidad  de  impre- 
sionarse como  las  demás. 

—  Así  es, — replicó  Bafil,  encendiendo  un  cigarro 
habano,  después  de  brindar  con  otro  á  su  amigo. 
La  novedad  tiene  su  atractivo.  Pero,  pensando  á 
veces  si  Areba  sería  capaz  de  alimentar  un  ideal, 
me  he  contestado  que  en  todo  caso  lo  sería  un 
hombre  como  tú. 

—  Gracias :  ¿  volvemos  á  las  singularidades 
opuestas  ? 

—  Precisamente,  aquí  sucedería  lo  que  en  los 
fenómenos  físicos :  fuerzas  contrarias  se  atraen. 
Lo  dudoso  sería  que,  por  lo  mismo,  el  estrago 
no  fuera  la  consecuencia  final. 

—  Desecha  toda  inquietud ;  el  lance  parece  re- 
servado al  doctor  de  Selis. 

Al  pronunciar  estas  palabras,  Raúl  púsose  de 
pie  mirando  al  extremo  de  la  vía,  y  añadió: 

— Algo  grave  ocurre  allá,  pues  noto  tumulto 
y  dispersión  de   carruajes  y  ginetes. 

—  ¡De  Selis  corre  junto  á  un  coche  desboca- 
do! —  exclamó  Zelmar.  —  Vas  acertando. 

— Vienen  hacia  aquí.  Preparémonos. 
En  el  fondo  de  la  avenida,  en  efecto,  se  había 
producido   extraordinario    desorden.  El  lando  de 


BRENDA  43 

Areba,  saliendo  de  la  confusión  con  terrible  ce- 
leridad, hasta  el  punto  de  percibirse  apenas  los 
rayos  de  las  ruedas  y  las  llantas  bruñidas  que 
lanzaban  chispas  entre  una  nube  de  arena,  se 
precipitaba  con  furia  en  la  avenida^  arrollándolo 
todo  al  esfuerzo  de  dos  tordillos  negros  llenos 
de  espuma  y  de  pavor.  El  conductor  había  sido 
lanzado  violentamente  á  una  orilla  del  camino, 
y  rotóse  la  lanza  en  su  delantera  en  el  choque 
contra  el  poste  de  hierro  de  una  encrucijada. 

El  vehículo,  fino  y  elegante,  crujía  en  el  furor 
de  la  carrera,  á  los  botes  vigorosos  de  los  ca- 
ballos, despidiendo  astillas.  Parecía  que  iba  á 
quebrarse  por  completo  á  una  nueva  sacudida, 
concluyendo  á  la  vez  con  la  existencia  de  las  dos 
damas  aterradas,  que  con  los  brazos  enlazados  al 
cuello  y  la  cintura,  lívidas  y  temblorosas,  espe- 
raban el  minuto  fatal  del  desastre. 

A  la  derecha  del  lando  abríase  un  foso  algo 
profundo,  lleno  de  agua,  y  de  poca  extensión, 
que  precedía  á  una  tapia  de  escasa  altura,  cu- 
bierta de  enredaderas  silvestres.  Los  caballos 
asustados  y  heridos  en  el  pecho  por  Jas  duras  as- 
tillas del  rejón,  se  dirigieron  con  ímpetu  terrible  á 
la  parte  del  foso,  precipitados  por  las  voces  y 
galopes  de  los  que  venían  detrás. 

El  doctor  Lastener  de  Selis,  á  fuer  de  buen 
ginete,  había  logrado  por  dos  veces  echar  mano 
del  rendaje  del  tronco  desbocado,  desviándolo  un 
tanto  del  peligro,  y  desgarrándose  con  ol  guante 


44  E.  ACEVEDO  DfAZ 


la  piel;  pero  en  una  nueva  tentativa,  su  pala- 
frén cogido  por  las  ruedas  se  encabritó,  negán- 
dose á  la  brida  y  al  látigo. 

Todos  los  ojos  anhelantes  y  los  labios  trému- 
los, indicaban  la  violencia  de  la  emoción.  Pre- 
sentíase un  desenlace  desastroso  El  carruaje  ro- 
daba sobre  los  guijarros  con  espantosa  rapidez 
y  el  vuelco  era  inminente  al  borde  del  foso,  en 
donde  el  más  atlético  esfuerzo  muscular  no  se- 
ría bastante  á  detener  la  furiosa  carrera. 

La  desesperación  y  el  vértigo  dominaban  ya 
á  las  dos  jóvenes.  Una  ansiedad  profunda,  de 
esas  que  obligan  á  velar  las  pupilas  á  impulsos 
del  terror,  oprimía  todos  los  ánimos.  Parecía  que 
todo  iba  á  concluir. 

De  repente  Areba  desprendió  sus  brazos  del 
cuello  de  su  amiga,  y  arrojó  un  grito  ahogado, 
extendiendo  las  manos  crispadas  y  temblorosas 
hacia  adelante .... 

El  break  de  Zelmar  había  sido  lanzado  á  es- 
cape. 

Momentos  antes,  Raúl  había  empuñado  las 
riendas  con  -vigor,  murmurando: 

—  ¡  Van  á  sucumbir  ! 

—  ¿Y  qué  piensas  hacer? 

—  Evitarlo  de  cualquier  modo .... 

—  ¡El  choque  puede  ser  funesto! 

—  Verás  que  no ... .   Fustiga  y  déjame  obrar. 

—  ¡Me  vences    por  ésta  vez!  —  exclamó  Bafil. 
Y  bien:  ¡sea! 


BRENDA  45 

-— — 

Arrojó  un  grito  enérgfico,  y  descargó  el  lá- 
tigo. 

La  fogosa  pareja  arrancó  como  una  centella, 
en  formidables  sacudidas,  bajo  la  fuerte  mano  de 
Raúl,  y  se  dirigió  con  la  violencia  de  un  ariete 
sobre  el  tronco  de  tordillos  negros,  cogiéndolo 
por  un  flanco,  con  los  pechos  y  la  lanza,  antes 
que  el  lando  líegase  á  la  hondonada.  El  choque 
fué  terrible :  uno  de  los  tordillos  se  desplomó 
ensangrentado,  trabando  al  otro  con  el  correaje, 
mientras  saltaba  en  astillas  con  los  bujes  y  la 
loriga  la  delantera  del  lando  ya  detenido,  y  los 
poderosos  alazanes  rechazados  por  el  choque, 
hacían  retroceder  el  break  en  parte  destrozado, 
para  rodar  por  el  suelo  destilando  por  las  nari- 
ces una  'espuma  de  sangre. 

La  violencia  arrancó  á  los  jóvenes  de  sus 
asientos,  haciéndoles  caer  de  rodillas  sobre  la 
arena;  pero  sólo  los  valerosos  tiros  sufrieron  los 
efectos  de  la  fuerte  colisión. 

Mientras  Areba  y  su  amiga  recibían  oportuno 
auxilio,  ambos  jóvenes  pusiéronse  de  pie,  estre- 
chándose las  manos  con  cariño.  Algunos  ligeros 
rancajos  habían  dejado  en  ellas  surcos  sangrien- 
tos. 

.  Zelmar  pasóse  un  pañuelo  por  la  frente,  y  dijo 
con  gravedad: 

—  Ahora  afirmo  que  eres  recalcitrante. 


46  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


III 


LA.    LOSA   NEGRA 


El  dos  de  Noviembre  fué  un  día  hermoso  y 
apacible.  La  afluencia  considerable  de  gente  que 
llenaba  por  completo  las  anchas  aceras  de  la  calle 
1 8  de  Julio,  en  continuo  y  agitado  vaivén,  man- 

■ 

tuvo  por  largas  horas  una  animación  inusitada 
en  los  suburbios  y  en  el  cementerio  central, 
punto  en  que  se  detenía  la  concurrencia  para 
rendir  ofrendas  á  los  muertos.  El  itinerario  era 
forzoso,  en  ese  día  consagrado  por  la  costumbre 
popular. 

Una  cita  tácita  y  solemne  reunía  en  el  recinto 
fúnebre  á  pobres  y  opulentos,  alegres  y  tristes, 
humildes  y  soberbios,  honrados  y  viciosos,  cul- 
tos é  ignorantes,  escépticos  y  creyentes,  cual  si 
todos  hubiesen  acordado  persuadirse  una  vez  más 
de  la  nivelación  absoluta  que  de  las  grandezas  y 
pequeneces  humanas  hace  la  madre  tierra  al  abrir 
sus  antros  de  eterno  reposo.  A  lo  largo  del  tra- 
yecto resaltaban  los  contrastes  que  luego  se  disi- 
pan al  refundirse  en  el  misterio  de  la  nada ;  aque- 


BKENJ>A 


Has  extrañas  degradaciones  de  fisonomías  y  esa 
diversidad  de  trajes  que  un  escritor  notaba  en 
antigua  ciudad  populosa,  y  que  hacían  de  cada 
trozo  de  barrio  un  mundo  distinto,  y  de  toda  la 
zona  recorrida  una  larga  escala  de  costumbres. 

Cierto  que  esto  se  veía  en  un  teatro  más  mo- 
desto ;  pero  también  lo  es  que  por  doquiera  que 
more  el  hombre  lo  acompañan  las  diferencias  de 
raza,  estado  ó  destino.  La  blusa  del  obrero  al- 
ternaba con  la  levita  del  propietario;  el  sencillo 
vestido  ele  percal,  sin  adornos  ni  crujidos,  con  el 
de  rica  seda;  las  lujosas  prendas  y  atavíos  de  raso 
y  plumas  negras,  con  los  tenues  velos  y  humildes 
crespones  que  cubrían  en  parte  cabezas  de  jó- 
venes frescas  y  lozanas  como  flores  recién  ba- 
ñadas por  el  rocío.  No  de  otro  modo  alternaban 
las  coronas  tejidas  de  filigrana  de  oro  y  guir- 
naldas de  finas  perlas  en  panteones  de  regia 
pompa,  con  las  pálidas  rosas  y  jazmines  naturales 
esparcidos  sobre  las  blancas  piedras,  dispersos  y 
ya  mustios,  sin  duración  mayor  que  el  perfume 
mismo  de  una  vida,  disipado  á  veces  con  una 
ilusión  ó  esperanza  en  las  borrascas  de  juventud. 
De  todas  las  desigualdades  en  roce,  de  todas  las 
intenciones  en  contacto,  de  tan  distintas  existen- 
cias en  proximidad  sensible,  quizás  surgía  un 
pensamiento  único  y  levantado  desde  el  interior 
de  las  almas  como  expresión  del  culto  que  cada 
memoria  guarda,  y  que  á  adquirir  forma  seme- 
jaría al  alto  ciprés  de  apiñadas  hojas  que  remonta 


48  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


en  los  aires  su  copa  melancólica,  como  símbolo 
de  una  plegaria  eterna  que  pide  para  las  tumbas 
la  profunda  paz  del  infinito. 

La  necrópolis  presentaba  un  aspecto  intere- 
sante y  poético.  Por  la  mañana  había  caído  una 
ligera  lluvia,  cuyas  gotas  cristalinas  pendientes 
de  las  hojas  de  los  robustos  coniferos,  se  desli- 
zaban todavía  sobre  la  arena  de  las  sendas  en 
vividos  cambiantes.  Numerosas  aves  pequeñas 
mezclaban  sus  gorjeos  en  tranquila  posesión  de 
los  claveles,  rosales  y  madreselvas;  las  golondri- 
nas rozabnn  sus  negras  alas  trinando  en  las  ci- 
mas de  los  árboles,  y  de  todos  los  ámbitos  ve- 
nían ecos  y  cantos,  esparciendo  alegre  concierto 
por  el  fúnebre  paisaje.  Música  menos  grave  que 
la  del  órgano  y  el  salmo  bajo  las  bóvedas  de  los 
templos;  pero  sí  dulce,  espontánea  é  inocente 
con  que  artistas  alados  é  impecables  celebran  al 
despuntar  cada  mañana  la  misa  solemne  de  los 
espacios  para  terminarla  en  medio  de  la  tristeza 
del  crepúsculo;  hora  en  que  las  leyendas  le- 
vantan á  los  muertos  y  bajan  en  flébil  vuelo  los 
genios  invisibles  de  la  noche,  á  departir  con  ellos 
los  problemas,  que  sella  dura  é  implacable  la 
piedra  del  sepulcro. 

Esta  presencia  de  las  plantas  y  de  los  pájaros, 
es  la  sonrisa  cariñosa  con  que  la  naturaleza 
reemplaza  el  recuerdo  y  la  gratitud ;  pues  no  son 
muchos  los  que  conservan  de  sus  ternuras  pasa- 
das   perfume    más    delicioso    y   casto,    ni    en    el 


BRENDA  49 

idioma  del  corazón  frases  más  suaves  y  elocuen- 
tes que  ofrecer  como  excelso  tributo  en  un  canto 
funeral.  La  tierra,  conjunto  de  inmensos  despo- 
jos de  los  cuales  vivimos,  acoge  los  que  la  pie- 
dad sepulta,  y  se  nutre  á  su  vez.  La  vil  materia, 
que  al  corromperse  da  vida  á  la  oruga  y  llena 
el  aire  de  emanación  mefítica^  da  también  á  la 
raíz  de  las  plantas  la  fecunda  savia  que  produce 
embriagante  aroma,  como  si  tratase  de  no  re- 
pugnar á  los  vivos  perfumando  con  su  espíritu 
sutil  la  atmósfera  que  rodea  su  miseria ;  y  en  el 
interior  de  huecos  cráneos  por  donde  pasara  qui- 
zás como  un  turbión  la  sangre  poderosa  y  una 
llamarada  el  pensamiento,  y  se  anidasen  tempes- 
tades, concede  asilo  al  ave  tímida,  emblema 
del  ser  impecable,  que  allí  celebra  tranquila  la 
noche  blanca  de  sus  bodas. 

En  el  día  de  que  hablamos  circulaban  en  nu- 
merosas bandas,  ó  aislados  grupos,  los  pequeños 
cantores  del  aire,  convidándose  al  amor  en  me- 
dio de  complicados  trinos  y  susurros ;  mas  estos 
delicados  músicos  recogiéronse  de  improviso  en 
los  lugares  solitarios,  y  enmudecieron  las  arpas 
caprichosas,  una  vez  que  allí  afluyó  la  concu- 
rrencia humana  diseminando  por  todos  los  ámbi- 
tos el  rumor  extraño  de  sus  dolores,  pasiones  y 
vanidades.  Pareció  entonces  que  los  muertos  se 
quedaban  solos. 

Hasta  la  caída  de  la  tarde,  conservó  la  cere- 
monia su    esplendor.  Las  clases  sociales  confun- 


50  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


didas  desfilaron  delante  de  las  tumbas  cubiertas 
de  galas  y  ofrendas,  á  paso  mesurado  y  grave 
continente  múltiples  veces,  con  la  oración  en 
los  labios  y  algo  de  vago,  confuso  y  lejano  en 
el  espíritu,  que  no  era  sino  el  fantasma  cada  día 
más  incoloro  y  tenue  de  existencias  extinguidas ; 
y  con  los  últimos  cánticos  sagrados  que  en  gra- 
ves notas  resonaban  bajo  la  cúpula  de  la  ro- 
tunda, fuéronse  luego  retirando  en  grandes  gru- 
pos, hasta  dejar  desierta  la  mansión  del  descanso. 
Sobre  sus  huellas  impresas  en  la  arena  queda- 
ron pétalos,  cintas  negras  y  verdes  hojas,  y  en 
los  mármoles,  jaspes,  columnas  y  mausoleos,  á 
manera  de  flamantes  adornos  en  un  día  de  fiesta, 
un  cúmulo  de  coronas  y  de  flores  en  que  ri- 
valizaban la  sencillez  y  el  artificio  y  se  confun- 
dían laureles,  siemprevivas,  falsas  perlas,  doradas 
placas,  cristales  límpidos,  fragantes  ramos,  y  suel- 
tos nardos  y  pensamientos,  aquí  y  allá  arroja- 
dos al  pasar,  entré  lánguidos  suspiros.  Tras  de 
los  últimos  grupos  que  salían,  los  guardianes  em- 
pezaron á  recoger  las  guirnaldas  de  oro  que  se 
exhibieran  por  un  momento,  y  á  levantar  los 
paños  de  terciopelo  sembrados  de  lágrimas  de 
plata,  en  los  pequeños  altares  de  los  ricos  pan- 
teones. 

A  las  siete,  sólo  se  veían  algunas  personas  re- 
zagadas que  se  movían  con  lentitud  entre  los  ár- 
boles, absortas  en  la  meditación  y  algún  recuerdo 
reciente  y  palpitante. 


BRENDA  51 

La  bella  feria  había  concluido,  dejando  espacio 
y  soledad  al  dolor  callado  de  cercana  fecha  que 
se  increpa  y  subleva  ante  el  olvido,  y  esclaviza 
el  ánimo,  destemplando  una  á  una  todas  sus 
fibras. 

Los  postreros  rayos  solares  herían  débilmente 
las  cúspides  de  las  pirámides  y  conos  de  piedra, 
y  á  los  profusos  rumores  del  día  seguíase  en  una 
atmósfera  saturada  de  emanaciones,  ese  helado  si- 
lencio que  parece  surgir  de  la  sombra  en  que 
se  destacan  inmóviles  y  rectos  los  tristes  cipre- 
ses  y  álamos  gigantes. 

Uno  de  aquellos  paseantes  solitarios,  saliendo 
del  segundo  compartimiento,  más  sencillo  que 
el  primero  en  el  número  y  calidad  de  mármoles 
y  adornos, — detúvose  á  examinar  con  atención  las 
obras  artísticas  que  dan  verdadero  realce  y  sun- 
tuoso aspecto  á  este  lugar  privilegiado  del  her- 
moso jardín  fúnebre.  Seguía  á  treguas  su  paseo, 
observando  acaso  que  todas  las  grandes  pasiones 
humanas,  como  todos  los  fanatismos,  tenían  allí 
su  tipo,  su  símbolo,  su  atributo ;  el  amor,  la  amis- 
tad, la  abnegación,  el  sacrificio,  la  gloria,  el  mar- 
tirio, como  la  proeza  obscura,  las  hazañas  som- 
brías, las  memorias  siniestras,  reproducidas  á  per- 
petuidad en  el  granito  ó  en  el  bronce,  antes 
de  haberse  oído  y  acatado  el  fallo  severo  é  ina- 
pelable de  la  historia,  que  es  la  que  funde  e 
molde  de  los  inmortales. 

En    medio   de  este  examen  minucioso  y  déte- 


52  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


nido,  llamó  especialmente  su  atención  de  pronto 
un  epitafio  modesto,  grabado  en  un  sepulcro 
de  basamento  negro.  I-eíase  en  la  lápida  un 
nombre  y  una  fecha.  Esta  última  evocaba  re- 
cuerdos en  la  mente  de  todo  aquel  que  hubiese 
sido  actor  en  los  terribles  dramas  de  las  gue- 
rras civiles.  El  paseante  parecía  hallarse  en  este 
caso ;  le  impresionó  la  cifra,  pero  el  nombre  nada 
dijo  á  su  memoria. 

Raúl  Henares,  —  que  él  era,  —  no  pudo  sus- 
traerse al  leer  esa  fecha  á  alguna  reflexión  pe- 
nosa, corno  si  en  realidad  el  secreto  de  aquella 
tumba  se  ligara  en  cierto  modo  con  las  aventuras 
de  sus  primeros  años  juveniles.  No  pudo  menos 
que  recordar  que  en  fecha  igual,  hacía  ya  mucho 
tiempo,  arrastrado  por  la  corriente  de  la  época 
y  su  entusiasmo  generoso,  combatía  en  las  filas 
de  un  partido,  creyendo  con  fervor  que  el  medio 
violento,  como  el  látigo  de  Jesús,  debía  emplearse 
siempre  contra  la  demencia  en  el  poder;  y  si 
algún  episodio  dramático  reproducía  constante- 
mente su  memoria  en  ciertas  horas,  era  el  de  esa 
fecha  grabada  en  el  mármol  negro,  para  él,  tan 
llena    de   emociones    imborrables. 

Circuía  el  sepulcro  una  verja  de  hierro,  y  ha- 
llábase al  final  de  una  calle  de  árboles  umbríos, 
separados  de  trecho  en  trecho  por  esbeltas  co- 
lumnas blancas.  Nadie  había  puesto  allí  una  flor» 
y  la  pequeña  pirámide  de  jaspe  como  la  lápida 
tendida  en  su   base    estaban    desnudas   de   todo 


BRENDA  53 

ornamento.  Mansión  aislada,  en  medio  de  tan- 
tas ofrendas  tiernas  y  fastuosos  homenajes. 

Quizás  fuera  Raúl  el  único  que  allí  se  hubiese 
detenido.  Largos  instantes  permaneció  inmóvil  y 
caviloso,  inclinado  sobre  la  verja,  con  la  vista 
fija  en  e\  epitafio.  Del  sitio  al  fin  se  arrancó, 
para  encaminarse  á  otra  tumba  que  ya  había 
visitado  una  hora  antes,  y  de  la  cual  parecía 
querer  despedirse  al  partir. 

Apenas  cumplido  ese  deseo,  llamaron  su  aten- 
ción, á  breve  espacio,  dos  personas  que  se  habían 
detenido  junto  á  un  ciprés,  y  que  recién  pene- 
traban en  el  recinto. 

Era  una  de  ellas  señora  ya  anciana,  de  sem- 
blante noble  y  distinguido,  á  que  daba  mayor 
realce  una  cabellera  muy  blanca,  abierta  al  me- 
dio de  la  frente  surcada  por  los  años.  Notábase 
en  sus  ojos  un  cansancio  extremo,  que  su  joven 
compañera  persistía  en  atenuar  con  cariñosa  so- 
licitud, haciéndola  aire  con  un  abanico  negro, 
en  tanto  que  la  mantenía  de  la  cintura  con  su 
brazo  izquierdo,  apoyada  en  el  tronco  del  ár- 
bol. 

Aquella  joven  era  muy  bella,  y  singularmente 
pálida.  Diríase  al  primer  golpe  de  vista  un  ob- 
servador atento,  que  reunía  en  su  conjunto  to- 
dos los  perfiles  y  detalles  del  tipo  más  selecto 
y  del  organismo  más  delicado.  La  nítida  blancura 
de  su  rostro  y  de  sus  manos,  que  hacía  resaltar 
sobremanera  un  traje  negro  de  irreprochable  ele- 


54:  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


gancia  y  sencillez,  daba  un  interés  especial  á  su 
esbelta  figura.  Alta  y  delgada,  flexible  y  donosa, 
de  un  pie  pequeño  y  bien  modelado,  traía  al 
recuerdo  ciertas  pinturas  ideales  del  arte  supe- 
rior. Tenía  el  cabello  dorado,  como  el  que  os- 
tentan las  vírgenes  de  los  artistas  de  genio. 
Sus  hermosas  trenzas  se  descubrían  en  parte 
bajo  el  crespón  ligeramente  plegado  hacia  atrás 
con  natural  coquetería,  y  caído  sobre  una  de  las 
sienes. 

Sentaba  bien  esa  especie  de  sombra  á  las  pu- 
rísimas líneas  de  su  semblante.  Parecían  al 
principio  negros  sus  ojos,  circuidos  bajo  los  pár- 
pados inferiores  por  ligeras  ondas  obscuras,  pero 
en  realidad  eran  de  un  azul  sombrío  más  pro- 
fundo que  el  del  zafir,  de  una  dulce  é  inefable 
expresión,  velados  por  sedosas  y  luengas  pesta- 
ñas. Notábase  sin  embargo,  en  ese  rostro,  lleno 
de  serenidades  y  encantos,  como  un  reflejo  de 
pasadas  amarguras;  acaso  de  esas  que  en  la 
historia  de  los  hogares  nacen  con  los  supremos 
infortunios,  y  no  abandonan  sino  á  largos  lapsos 
á  un  alma  capaz  de  afectos  profundos  y  dura- 
deros. 

Raúl  experimentó  al  contemplarla  un  estre- 
mecimiento extraño,  una  de  esas  sensaciones 
rápidas  cuyo  origen  no  se  explica  á  veces,  que 
nos  dominu  por  completo  en  un  momento  deter- 
minado, y  que  concluyen  por  introducir  en  el 
ánimo  una  •  preocupación    tenaz    y    persistente. 


BRENDA  Qi) 

Una  secreta  atracción  le  impulsó  adelante  hasta 
el  punto  de  aproximarse  á  pocos  pasos  del  inte- 
resante grupo. 

La  anciana  parecía  haber  sido  víctima  de  un 
ataque  inesperado,  si  bien  de  leves  consecuencias, 
á  juzgar  por  su  aspecto.  Tosía  con  alguna  fatiga,  y 
tenía  inclinada  la  cabeza  sobre  el  seno  de  la  joven. 

Raúl  se  acercó,  con  el  sombrero  en  la  mano, 
y  ofreció  cortesmente  su  ayuda,  un  tanto  tré- 
mulo é  indeciso. 

Al  eco  de  su  voz,  suave  y  simpático,  alzó  la 
joven  la  mirada  sorprendida,  fijándola  en  el  ros- 
tro de  su  interlocutor.  Algo  semejante  á  un  tem- 
blor agitó  su  cuerpo,  y  destellaron  sus  grandes 
pupilas  viva  luz. 

La  conmoción  había  sicU)  recíproca.  ¿Unía, 
acaso,  algún  vínculo  á  aquellos  dos  seres?  Los 
dos  se  contemplaron  breves  momentos  con  cierta 
ansiedad  visible. 

Haciendo  un  esfuerzo  para  reponerse,  la  joven 
rompió  por  último  el  silencio,  con  un  acento  en 
que  se  notaba  cierta  aflicción. 

—  Esto  no  es  nada,  señor.  Pronto  pasará. 

—  Advierto,  no  obstante,  quebranto  en  esta  se- 
ñora, y  quizás  pudiera  ser  útil .... 

Ella  le  miró  sonriente,  viendo  venir  la  reacción, 
y  replicó  con  dulzura: 

—  Gracias,  ya  está  bien.  Padece  un  poco,  y  se 
empeñó  en  que  viniésemos  al  cementerio,  á  pe- 
sar de  mi  resistencia. 


56  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Quería  que  colocáramos  juntas  una  corona  en 
la  tumba  de  mis  padres, — agregó  luego,  como  si 
dirigiese  la  palabra  á  un  amigo. 

—  j  Ah !  Esta  señora,  entonces .... 

Raúl  se  detuvo  turbado.  ¿  Con  qué  derecho  in- 
quiría cosas  íntimas? 

— Es  mi  noble  protectora,  murmuró  la  joven 
con  aire  de  ingenua  confianza,  estrechando  con- 
tra su  pecho  la  cabeza  venerable. 

Henares  dio  un  paso  atrás  para  retirarse. 

Ella,  que -le  observaba  atentamente  con  esa  in- 
sistencia singular  que  revela  un  interés  marcado, 
dijo  en  voz  baja  y   triste: 

—  ¿Tiene  Vd.  también    sus  muertos  queridos? 

—  Es  cierto.  A  ninguno  excluye  esta  casa  del 
recuerdo. 

En  ese  instante  la  anciana  levantó  la  cabeza 
y  aspiró  el  aire  con  placer,  como  si  hubiese  arro- 
jado lejos  de  sí  un  peso  intolerable.  Parecía  no 
haber  escuchado  nada.  Cuando  al  divagar  sus 
ojos,  se  detuvieron  en  Raúl,  recién  se  animaron 
con  un  brillo  inusitado. 

¿Renovó  en  ella  la  presencia  del  joven  alguna 
impresión  de  otro  tiempo,  ó  trájole  á  la  memoria 
ya  debilitada  por  los  años,  alguna  reminiscencia 
importuna  ? 

Era  posible.  La  impresión  había  sido  en  la  jo- 
ven agradable,  casi  placentera;  pero  lo  fué  en 
ella  de  disgusto  y  desazón. 

Sus  labios  se  removieron   como   para    pronun- 


BBEKDA  57 


ciar  una  frase,  y  sombreóse  algo  su  frente.  Todo 
fué  rápido,  disipándose  en  el  momento. 
La  joven  se  apresuró  á  decir: 

—  El  señor  se  ha  acercado  á  nosotras,  madre, 
temiendo  fuera  grave  el  accidente. 

—  ¡  Ah!  exclamó  la  señora  cogiéndose  al  brazo 
de  la  niña^  y  haciendo  á  Raúl  un  leve  saludo. 
Agradezco  mucho,  caballero.  .  .  . 

Henares  inclinóse  y  se  alejó  lentamente. 

Ningún  transeúnte  se  veía  en  los  senderos,  y 
empezaban  á  tenderse  las  primeras  sombras.  Raúl 
se  paró  en  el  extremo  de  aquella  calle  silenciosa 
que  conducía  á  la  puerta  de  salida,  sobre  cuya 
arcada  una  campana  de  bronce  enviaba  por  in- 
tervalos al  espacio  como  un  eco  de  oraciones. 
Desde  allí  se  volvió  para  mirar  otra  vez  á  las 
dos  damas  y  conocer  el  término  de  su  excursión 
solitaria.  La  joven  le  miraba  también,  de  pie 
junto  á  una  verja. 

Como  lo  había  supuesto,  sin  darse  clara  razón 
de  ello,  se  habían  detenido  delante  del  sepulcro, 
ante  el  cual  meditara  él  momentos  antes,  y  en 
cuya  lápida  negra  había  leído  este  nombre,  junto 
á  la  fecha  que  tanto  le  preocupó:  Pedro  Del- 

FOR. 

Coincidía  este  detalle,  insignificante  al  princi- 
pio, con  otro  que  acababa  de  suscitarle  viva  sos- 
pecha. En  la  corona  de  aromas  y  jazmines  que 
la  joven  llevaba  al  brazo,  vio  inscrito  en  un  corto 
lazo  de  seda  negra,  este  otro  nombre :  Brenda. 


58  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Sabía,  pues,  lo  bastante.  Aquella  joven  debía 
ser  la  amiga  de  Areba,  y  la  misma  de  quien  le 
había  hablado  Zelmar,  en  su  paseo  por  el  puente 
del  Molino.  Algo  más.  Imaginábase  haberla  visto 
en  rueños;  haberla  conocido  un  día.  ¿De  dónde 
provenía  esta  creencia?  Era  una  alucinación 
quizás.  Algunos  años  de  ausencia  de  su  país, 
en  el  que  aun  era  desconocido,  no  le  habían  de- 
jado el  derecho  de  mantener  vínculos  y  afec- 
tos duraderos.  ¡  Casi  todo  era  extraño  y  frío  para 
él!  Las  memorias  de  su  hogar  ya  disperso,  y  de 
los  primeros  años  de  su  juventud,  consagrados  á 
las  aulas,  y  en  parte  á  los  azares  de  la  vida  mi- 
litar, fuera  lo  único  que  llevase  al  extranjero, 
para  traer  en  cambio  á  su  regreso  un  caudal  de 
ciencia  y  de  ricos  sentimientos  que  le  asignasen 
un  puesto  meritorio  en  la  sociedad  de  su  patria. 

Su  corazón  estaba  entero;  respiraba  grandes 
alientos.  Un  carácter  firme  y  enérgico,  una  vo- 
luntad resuelta  y  tenaz  en  los  propósitos,  como 
en  la  acción,  lo  habían  preservado  de  las  gran- 
des corrupciones  morales  y  de  las  costumbres 
pervertidas. 

Sentíase  con  aptitudes  para  dar  temple  á  sus 
pasiones,  como  á  un  acero  que  ha  de  recibir  cho- 
ques; cualidad  nada  vulgar  que  denuncia  en  el 
ánimo  una  guardia  permanente.  Así,  cuando  más 
de  una  vez  se  le  había  ocurrido  penetrarse  y 
leerse  á  sí  mismo,  mérito  raro  en  todos  los  tiem- 
pos, se  halló  siempre  intacto  como  espada  de  fá- 


BRENI>A  59 


brica  que  espera  la  hábil  diestra  que  ha  de  esgri- 
mirla. 

En  aquellos  instantes,  bajo  una  emoción  des- 
conocida, que  podía  traducirse  efecto  de  causas 
complejas,  mediatas  y  lejanas,  en  que  se  delinea- 
ban confusos  recuerdos  junto  á  nuevas  perspec- 
tivas para  su  espíritu,  presintió  las  delicias  del 
amor,  y  los  azares  y  vicisitudes  de  una  lucha. 
Regocijóse  de  su  fortaleza,  que  el  estudio  de  las 
matemáticas  había  coronado  de  sólidas  almenas; 
sin  pretender  por  esto  que  él  fuese  uno  de  los 
tipos  más  aptos  para  disputar  el  triunfo  sin  con- 
trastes en  la  batalla  de  la  vida.  ¿Qué  armadura 
de  carne  resiste  á  ciertos  golpes  morales,  lanza- 
das sutiles  de  la  suerte,  que  penetran  en  el  pe- 
cho sin  arrancar  una  gota  de  sangre?  Ninguna, 
bien  lo  sabía.  Pero  tampoco  él  ignoraba  que  la 
facultad  de  descubrir  la  intención  en  el  pensa- 
miento de  los  que  pueden  dañarnos,  era  una  co- 
raza incontrastable  ante  la  cual  tenían  que  em- 
botarse los  mejores  proyectiles. 

Al  asaltar,  pues,  su  ánimo  aquellos  presenti- 
mientos, sintió  la  necesidad  de  recogerse,  de  me- 
dir nuevamente  sus  fuerzas  y  de  concentrar  una 
mirada  investigadora  en  los  puntos  obscuros  ó  du- 
dosos de  la  escena  que  se  abría  ante  sus  ojos. 

Ibase  pensativo,  en  verdad  preocupado. 

Cuando  subió  en  su  carruaje,  notó  la  presencia 
de  un  lacayo,  que  se  paseaba  en  la  plazuela» 
junto  á  una  elegante  victoria. 


60  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Pertenece  á  las  señoras  que  acaban  de  en- 
trar,—  dijo  Selim,  observando  su  interés. 

—  Lo  presumía.  ¡En  marcha! 


IV 


UN  PUNTO   MATEMÁTICO 


Mientras  rodaba  el  carruaje  hacia  la  quinta, 
tentado  estuvo  Raúl  en  diversas  ocasiones  de  or- 
denar á  Selim  que  esperase  la  victoria  para  se- 
guir su  rumbo.  Pero,  antes  de  dejar  la  calle  de 
Yaguarón,  el  experto  sirviente,  adivinando  lo  que 
pasaba  por  el  ánimo  del  joven  á  quien  había 
visto  asomarse  varias  veces  por  la  portezuela,  in- 
quiriendo algo  en  el  trayecto  recorrido,  aventuró 
una  frase. 

—  La  señora  de  Nerva  es  vecina  del  señor, — 
dijo,  sacudiendo  el  látigo  sobre  la  pareja  de  ai- 
rosos zainos. 

— Bien  informado  pareces, — repuso  Henares 
halagado  á  la  par  que  sorprendido. — Luego  ¿es 
ésa,  la  señora  viuda  de  Nerva? 

—  Sí,  señor.  Habita  con  la  señorita  que  la 
acompaña,  la  quinta  que  está  al  frente.  Son  per- 


BRENDA  61 

• 

sonéis  solas,  pero  es  mucha  la  servidumbre.  Lo 
sé  por  Zambique,  que  es  de  mi  relación. 

— Me  basta  el  primer  dato. 

Lo  que  acababa  de  comunicársele,  era  sobrado 
interesante,  para  que  no  hicieran  fuerza  en  su  es- 
píritu ciertos  incidentes  á  que  no  había  dado  im- 
portancia hasta  entonces,  y  que  en  aquel  mo- 
mento adquirieron  en  su  imaginación  un  vivo 
colorido.  Recordó  que  á  altas  horas,  en  noches 
calladas  y  serenas,  había  tenido  oportunidad  de 
oir  armonías  de  piano;  y  que  más  de  una  vez 
se  sintió  dulcemente  impresionado  al  escuchar- 
las, por  la  elección  de  los  motivos  y  la  maestría 
de  la  ejecución.  ¿Quién  podt.i  ser  el  intérprete  de 
esas  piezas  escogidas,  clásicas  <>  sentimentales,  cu- 
yas notas  vibraban  ahora  más  que  nunca  en  sus 
oídos,  sonoras  y  melodiosas,  como  si  recién  bro- 
taran del  noble  instrumento?  El  nombre  de 
Branda  asomaba  á  sus  labios,  no  podía  ser  otra 
que  ella.  Preguntábase  entonces  por  qué  él  ha- 
bía mirado  con  indiferencia  tan  distinguida  vecin- 
dad, y  á  qué  hechos  casuales  se  debía  que  en 
alguna  ocasión  no  hubiese  descubierto  el  nido 
encantador,  circuido  de  flores,  y  casi  al  alcance 
de  su  mano.  Reprochábase  este  frío  retrai- 
miento, y  se  decía:  si  su  alma  fuera  tan  bella 
como  lo  es  su  gentil  figura!.  . .  .  Quien  arranca 
tales  armonías  delicadas,  haciendo  vagar  en  el 
ambiente  de  la  noche  los  ensueños  de  Schubert 
ó  de  Bellini  dando  nueva    frescura,   por  decirlo 


62  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


así,  á  sus  ideales  artísticos,  debe  tenerla  blanca  y 
pura  como  una  luz  de  estrella.  Suave  estrella, 
con  un  nimbo  de  oro  por  cabellera  y  un  infinita 
azul  por  esperanzas! 

Persistía  en  su  duda.  ¿La  había  visto  él  brillar 
alguna  vez? 

No  sabía  por  qué;  pero  á  través  de  los  años,, 
allá,  cuando  él  era  todavía  niño,  creía  ver  ei> 
el  fondo  de  sus  primeros  infortunios,  ya  borrados,, 
algo  que  alumbraba  débilmente  sus  recuerdos  y 
se  vinculaba  á  sus  emociones  recientes  de  una 
manera  misteriosa. 

Era  un  punto  en  el  espacio. 

Sin  darse  cuenta  de  ello,  mortificábalo  el  pen- 
Sarniento  de  la  amistad  estrecha  que  Zelmar  atri- 
buía á  Areba  y  Brenda. 

La  hermosa  joven  á  quien  su  amigo  adornaba 
de  resaltantes  calidades  de  ingenio  y  cultura,  pero- 
también  de  un  fondo  de  indiferencia,  que  es  la  in- 
capacidad de  amar  y  de  sentir  los  goces  y  tor- 
mentos de  la  pasión,  se  le  representaba  en  la 
mente  después  del  último  episodio,  bajo  las  fases 
rígidas  y  multiformes  de  la  más  complicada  figura 
geométrica. 

¿Qué  lazos  de  profunda  simpatía  podían  exis- 
tir entre  las  dos  jóvenes?  Imaginábase  un  lirio  in- 
clinado sobre  la  superficie  tersa  y  transparenté  de 
una  laguna  insondable;  una  tímida  gacela  junto 
á  una  leona  nubil;  un  copo  de  blanca  espuma  en 
la  cresta  de  una  ola  inquieta  y  sombría.  Diferían 


BRENDA  03 


en  temperamento  y  en  criterio:  frialdad  y  cálculo 
de  una  parte;  de  la  otra,  pasión  y  sencillez.  Al- 
gebra y  poesía,  ecuación  é  idilio.  ¿Qué  afecto  se- 
rio y  duradero  podían  generar  estos  contrastes, 
que  no  fuese  uri  vínculo    híbrido    y    deleznable? 

Tal  vez  Zelmar  hubiera  exagerado  respecto  de 
una  y  otra;  quizás  hubiera  afirmado  también  un 
hecho  cierto.  Discrepando  en  ideas  frecuente- 
mente, ¿no  mantenían  ellos  una  amistad  sincera 
y  firme?  La  excepción  podía  extender  su  bene- 
ficio, del  mismo  modo,  á  la  de  Areba  y  Brenda. 

Su  amigo  le  había  precedido  en  los  centros  de 
sociedad  escogida,  y  ese  antecedente  le  daba  de- 
recho para  analizar  tendencias,  definir  hábitos  y 
clasificar  caracteres;  al  propio  tiempo  que  á  in- 
dicar el  mejor  uso  á  las  facultades  de  su  espí- 
ritu, en  un  teatro  que  resiste  todavía  al  exceso 
de  refinamientos  y  desmedidas  exigencias  de  con- 
vención, muy  distinto  en  este  sentido  al  de  otras 
sociedades,  cuyo  ambiente  aristocrático  llega  á 
semejarse  á  la  atmósfera  enrarecida,  en  que  los 
gases  respira  bles  se  restringen  y  reclaman  exce- 
lentes condiciones  biológicas  de  cada  uno  de  sus 
actores. 

Bajo  ese  aspecto,  hacía  plena  justicia  á  la  so- 
ciabilidad de  una  república  que  vive  del  trabajo ; 
pero  no  dejaba  de  sorprenderle  la  presencia  de 
ciertas  costumbres  extrañas  á  la  sencillez  nativa, 
que  flotaban  sin  ser  asimiladas  por  el  conjunto. 

De  regreso  del   extranjero,    en    donde   propia- 


64  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


mente  se  había  formado,  sin  que  á  su  vez  asimi- 
lase las  preocupaciones  y  defectos  que  en  medio 
de  su  cultura  caracterizan  á  las  grandes  socie- 
dades^ encontrábase  en  el  caso  ahora,  de  conceder 
por  el  momento  á  los  juicios  y  opiniones  de  Zel- 
mar  un  grado  de  autoridad  indispensable,  para 
entrar  con  su  apoyo  en  un  terreno  desconocido. 

Creía,  sin  embargo,  que  en  el  asunto  que  le 
preocupaba,  su  amigo  podía  haberse  engañado  de 
buena  fe.  Las  ideas  positivistas  de  Zelmar  no  ex- 
cluían una  sinceridad  profunda:  pensaba  y  obraba 
con  firmeza,  por  inspiración  propia,  y  con  claro 
conocimiento  de  la  naturaleza  humana,  que  había 
estudiado  en  la  teoría  y  en  la  práctica  por  la  ín- 
dole propia  de  la  profesión  á  que  pensaba  con- 
sagrarse. Pero  su  misma  severidad  de  criterio 
para  sondar  conciencias,  debía  hacerle  incurrir 
más  de  una  vez  en  error. 

Resistíase  el  joven  á  creer  que  una  mujer  de 
atractivos  seductores,  rebosante  de  vida  y  vigor 
moral,  para  quien  cada  sentimiento  pudiera  ser 
un  poema  en  acción,  se  amparase  en  el  instante 
mismo  de  las  grandes  emociones  á  una  lógica 
triste,  glacial,  estéril,  en  pugna  con  todo  arran- 
que apasionado,  más  próxima  á  la  misantropía 
que  al  buen  sentido,  especie  de  Valkiria  para  el 
amor  sexual,  ó  de  planta  marina  espléndida  y 
sin  perfume.  En  verdad  que  este  interés  sobre 
la  personalidad  incomprensible  de  Areba,  sólo 
era  en  Raúl  relativo,  en  cuanto  ella  podía  ligarse 


BRENDA  65 


con  Brenda  Delfor;  presentía  que  iba  á  encon- 
trarla en  su  camino,  y  que  al  final  hallaría  algo 
bien  diferente  á  un  prisma  de  muchas  caras,  ó 
á  una  máscara  de  piedra,  ó  á  un  caso  patológico 
común. 

Momentos  hacía  que  había  dado  otro  giro  á 
sus  reflexiones,  cuando  el  carruaje  se  detuvo  á 
la  puerta  de  la  casa-quinta,  ya  entrada  la  noche. 

Una  escalinata  de  mármol  conducía  al  vestí- 
bulo, elegantemente  enlosado  y  guarnecido  de 
distintas  plantas.  A  la  derecha  estaba  la  sala  de 
recibo,  adornada  de  buenas  telas  y  un  hermoso 
mobiliario,  con  ventanas  ojiv^ales  frente  á  las 
columnas  del  pasaje,  y  por  lejanas  perspectivas, 
las  playas  y  las  ondas.  Seguía  el  dormitorio,  em- 
bellecido en  sus  detalles  por  diversos  objetos  de 
gusto  delicado;  luego  el  comedor,  en  que  des- 
collaban ricos  bronces,  y  dos  grandes  jarrones 
llenos  de  magníficas  flores;  y  por  último,  cua- 
drando el  patio  provisto  de  árboles  é  ilumi- 
nado en  su  punto  céntrico,  en  que  se  ele- 
vaba una  pequeña  fuente  de  mármol  jaspeado 
con  dos  surtidores,  una  pieza  de  estudio,  con 
ventana  al  campo  y  vistas  á  la  quinta  de  Nerva. 
Delante  de  esta  ventana,  hacia  la  izquierda,  brin- 
dando grata  sombra,  elevaba  su  copa  un  ombú 
frondoso  y  gigante,  al  pie  de  cuyo  tronco  aso- 
maban las  raíces  á  flor  de  tierra,  á  manera  de 
formidables  culebras  que  sepultasen  sus  cabezas 
en    los   enormes    huecos   de  su    base  carcomida. 


66  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Entre  otras  dependencias,  á  la  parte  lateral,  no- 
tábase una  cochera,  con  gran  portada,  por  donde 
Selim  hizo  penetrar  luego  su  vehículo. 

Raúl  bajó  junto  á  la  verja,  subió  la  escalinata 
y  atravesó  lentamente  las  habitaciones,  sentán- 
dose á  la  mesa,  que  le  esperaba  servida,  siempre 
silencioso  y  meditabundo. 

Media  hora  después,  pasaba  á  su  salón  de  es- 
tudio. Estaba  inquieto  y  desasosegado. 

Una  vez  aUí,  cogió  maquinalmente  diversos 
periódicos  que  se  veían  esparcidos  sobre  la  mesa 
y  que  ya  había  leído  por  la  mañana.  Contenían 
referencias  y  detalles  de  la  aventura  del  Paso 
del  Molino,  más  ó  menos  exagerados  por  la  fan- 
tasía de  los  cronistas,  y  descritos  con  curiosas 
variantes.  Dos  diarios  serios  la  narraban  con  es- 
tricta verdad.  Al  parecer  el  hecho  había  encon- 
trado repercusión;  Raúl,  especialmente,  había  sido 
objeto  de  honrosas  demostraciones  por  parte  de 
las  familias  interesadas.  Se  creía  en  el  principio 
de  un  romance;  pues  era  inverosímil  hasta  la 
misma  sospecha  de  un  supremo  desprendimiento. 
¿Cómo  suponer  que  nadie  exponga  su  vida  por 
una  mujer  joven,  hermosa  y  opulenta,  sin  que 
haya  mediado  el  móvil  propulsor  de  una  recom- 
pensa proporcionada  al  sacrificio  ?  Esta  hipótesis 
parecía  la  más  fundada,  á  partir  de  las  circuns- 
tancias especiales  que  precedieron,  al  suceso,  y 
de  la  calidad  de  los  personajes  que  en  él  desem- 
peñaron un  papel  trascendente. 


BRENDA  GT 


Recogiendo  tales  impresiones  en  una  nueva 
lectura  de  los  periódicos,  no  dejaba  de  felicitarse 
el  joven  de  aquel  acto  generoso,  que  sin  haber 
sido  sugerido  por  la  intención  divulgada  á  ca- 
pricho, venía  á  realzar  su  personalidad  descono- 
cida y  á  esparcir  en  su  modesto  retraimiento 
como  un  aroma  de  dulces  afectos  y  simpatías. 
Pero  esta  satisfacción  sólo  halagaba  al  amor  pro- 
pio. No  era  en  rigor  el  hecho  sensacional  que 
semejantes  efectos  produjera,  el  que  absorbía  su 
ánimo ;  otros  más  modestos,  obscuros  y  hasta  pue- 
riles, que  rozaban  no  obstante  sus  fibras  íntimas, 
sin  conexión  alguna  con  el  episodio,  habían 
puesto  á  prueba  su  memoria,  lanzándola  á  bus- 
car como  un  punto  matemático  preciso  en  la 
confusión  de  líneas  del  pasado,  el  origen  ó  an- 
tecedente necesario  de  las  raras  emociones  de 
aquel  día.  Estaba  persuadido  de  que  ellas  se  li- 
gaban con  el  recuerdo,  eslabones  de  una  cadena 
interrumpida  en  su  principio,  que  se  reanudaban 
por  una  causa  ocasional,  para  concluir  tal  vez 
en  una  pasión  profunda.  Aquel  punto  lejano  que 
lucía  en  su  memoria  le  recordaba  en  su  influen- 
cia sensible,  los  fenómenos  de  aberración  produ- 
cidos por  la  refrangibilidad  de  una  luz  blanca. 
Parecíale  á  veces  que  esta  luz  blanca  adquiría 
las  formas  de  Brenda,  más  niña  y  más  infeliz .... 

Largos  instantes  permaneció  inmóvil,  con  la 
mirada  vaga  y  perdida,  ora  deteniéndola  en  las 
nutridas    columnas   de  los   periódicos,    ya   en   el 


68  E.   AC^VEDO  DÍáZ 


espacio  de  cielo  que  se  extendía  al  frente  limi- 
tado por  la  ventana  y*  cubierto  de  vapores.  Ardía 
sobre  la  mesa  de  mármol  una  lámpara  con  pan- 
talla de  tela  azul,  que  irradiaba  sobre  las  pare- 
des del  gabinete  una  luz  violácea,  y  hacia  afuera 
algunos  rayos  débiles.  De  repente  el  joven  arrojó 
con  viveza  los  diarios  que  había  conservado  en 
la  mano,  y  se  levantó,  llevándola  á  la  sien 
como  iluminado  por  una  revelación  súbita.  A 
pasos  lentos  dirigióse  en  seguida  á  la  ventana, 
cuya  celosía  acabó  de  descorrer,  y  clavó  sus 
ojos  en  la  quinta  vecina,  que  dibujaba  en  las 
sombras  sus  grandes  árboles,  á  manera  de  mu- 
dos y  trémulos  fantasmas. 

¿Qué  pretendía  descubrir  allí? 

Reinaba  un  viento  tempestuoso  de  la  parte 
del  mar,  y  deformes  nubes  negras  interceptaban 
la  difusa  claridad  de  las  alturas:  nada  podía,  pues, 
percibirse  en  el  fondo  tenebroso ;  pero  en  la  mente 
de  Raúl,  obscura  también  hasta  entonces,  cruzó 
alguna  aparición  blanca  y  serena,  tan  visible  y 
fugaz  como  una  estrella  errante.  El  hecho  es  que 
él  extendió  la  mano  hacia  aquel  sitio  solitario, 
y    murmuró    sonriendo  de  una  manera  singular: 

—  ¡  Ella  era! 


BR£NI>A  (K) 


TEMAS     ÍNTIMOS 


En  la  tarde  del  día  siguiente,  Zelmar  entraba 
al  gabinete  de  estudio  de  Henares,  á  quien  no 
había  visto  desde  aquel  día  en  que  ocurriera  el 
lance,  tema  obligado  de  todas  las  conversaciones. 
Como  era  natural,  la  de  los  dos  jóvenes  versó 
sobre  el  hecho.  Zelmar  se  hallaba  de  vena,  y  el 
comentario  fué  detenido. 

—  Debí  empezar  por  pedirte  mil  disculpas, — 
dijo  Raúl,  abriendo  un  paréntesis  al  diálogo.  —  Co- 
nozco que  expuse  tu  vida,  y  contrarié  acaso .... 

— Nada  de  eso.  Los  hombres  son  hijos  de  las 
circunstancias,  y  por  esa  vez  me  venciste;  he 
quedado  envuelto  simplemente  en  un  episodio 
romancesco,  cuyas  consecuencias  sólo  á  tí  en  el 
fondo  favorecen.  Fui  héroe  por  fuerza. 

— Bien  sé  que  en  tu  corazón  honrado  jamás 
prevtilecen  las  tendencias  egoístas,  y  que  sin 
necesidad  de  mi  iniciativa  habrías  acometido  solo 
empresa  más  ardua. 


70  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Zelmar  hizo  un  movimiento  de  hombros,  y  sa- 
cándose sus  guantes  de  hilo  color  Ula,  observó  : 

— No  vives  en  tu  época,  y  por  lo  mismo  tú 
tocas  siempre  los  extremos.  Tienes  la  rigidez  de 
la  secante,  que  en  algo  se  asemeja  á  un  lanzón 
de  caballero. 

Apoyó  Raúl  con  suavidad  y  sonriendo,  la 
diestra  en  el  brazo  de  su  amigo. 

—  Defectos  de  temperamento  en  todo  caso,  — 
dijo. —  Aparte  de  eso,  ¿no  crees  que  alguna  coo- 
peración prestan  á  nuestro  carácter  los  hábitos, 
la  educación,  el  clima,  la  índole  propia  del  país 
en  que  uno  ha  nacido?  La  hidromiel  del  uso, 
de  la  tradición  y  de  los  instintos  locales,  vale 
tanto  en  la  formación  del  hombre  como  la  leche 
de  la  nodriza.  Uno  empieza  á  alimentarse  desde 
niño  con  entusiasmos  y  pasiones  ardientes,  cuyo 
calor  rodeii  la  misma  cuna,  dejándose  después 
poco  espacio  á  los  cálculos  y  egoísmos  de  esa 
cultura  refinada,  que  apenas  despunta  en  nuestras 
sociedades  incipientes. 

— Mucho  de  verdad  hay  en  eso, — repuso  Bafil 
con  acento  reposado ;  —  pero,  ni  el  suelo,  ni  los 
antecedentes  dé  raza,  ni  las  preocupaciones  cons- 
tantes que  tanto  influyen  en  el  desarrollo  de 
los  caracteres,  son  parte  á  evitar  que  las  nuevas 
corrientes  reemplacen  los  instintos  de  que  hablas 
con  un  criterio  frío  y  positivo,  ni  á  inhibir  á  un 
hombre  de  calidades  que  amolde  su  conducta  al 
espíritu  de  la  época.    Precisamente   lo  que  nece- 


BREKDA  71 

sitamos  es  esa  segunda  cultura  del  buen  sentido 
que  viene  detrás  de  las  pasiones  extremas,  como 
iba  Sancho  en  pos  del  pobre  caballero,  para 
mezclarla  á  la  de  origen  y  contener  los  excesos 
<ie  energía,  de  ambición  ó  de  fiereza  que  des- 
bordan como  espumas  de  nuestra  sangre.  Su- 
pongo no  pretendes  que  siga  siendo  nuestro 
alimento  espiritual,  el  vicio  de  herencia,  exacta- 
mente lo  mismo  que  el  tuétano  de  leones  y 
panteras  para  los  héroes  antiguos. 

—  De  ninguna  manera.  Tú  en  cambio,  tendrás 
que  convenir  en  que  si  algo  se  pierde  de  la  esencia 
primitiva,  mucho  queda;  y  esto  es  lo  que  forma 
-el  fondo  del  carácter  de  las  sociedades.  Los  ele- 
mentos que  en  lo  sucesivo  se  le  incorporan  pue- 
den modificarlo,  pero  no  extinguir  el  tipo  origi- 
nario. Los  que  hemos  permanecido  algunos  años 
•en  el  extranjero  podríamos  servir  siempre  de 
agentes  intermediarios  de  las  costumbres  que 
andan,  vagan  y  se  radican  al  fin ;  pero,  lo  que 
<ie  la  patria  hemos  llevado  en  el  corazón  y  en 
-el  alma,  jamás  se  cambia,  ni  se  da  ni  se  altera. 
La  ley  que  preside  la  evolución  fatal  no  destruye 
propiamente,  ni  mutila:  conserva  y  perfecciona. 
Por  eso  nuestra  sociedad,  pasible  como  todas,  de 
fenómenos  extraños  y  transformistas,  cuya  gesta- 
ción laboriosa  apenas  trasciende,  no  ha  perdido 
todavía  en  el  fondo  y  en  la  vida  exterior,  ese 
sello  especial  de  sencillez  que  la  distingue  y  la 
hace  amable  aun  al  extranjero. 

6 


72  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Por  lo  que  á  mí  afecta,  he  renunciado  hace 
mucho  á  la  salsa  negra. 

— Así  que  la  sustituyeron  los  espartanos  por 
el  manjar  del  sibarita,  perdieron  el  músculo;  y 
con  él,  los  triunfos  de  la  firmeza  y  de  la  auda- 
cia. Entre  nosotros,  casi  todos  la  saborean,  sin 
darse  cuenta  de  ello.  Los  hábitos  son  modestos, 
como  la  esfera  en  que  vivimos;  satisfacemos  sin 
lujo  nuestras  necesidades,  y  nos  atraemos  ele- 
mentos extraños,  más  por  lo  que  ellos  puedan 
servir  á  robustecer  una  sociabilidad  inconsistente 
y  á  conservar  lo  ya  adquirido,  que  por  lo  selecto 
de  su  calidad :  elementos  ganados  para  la  lucha 
y  no  para  el  deleite,  que  fortalecen  el  músculo 
brutal  del  trabajo  como  una  corriente  de  sangre, 
más  que  la  oculta  fibra  de  los  goces  delicados 
y  de  los  anhelos  artísticos. 

Tan  sencillo  se  presenta  el  conjunto,  que  ape- 
nas se  bosquejan  las  grandes  vanidades,  signos 
evidentes  de  los  estragos  del  gusto.  De  mí  sé 
decir  que  en  mi  corto  tiempo  de  permanencia, 
no  me  he  hallado  ante  un  poliedro,  al  dete- 
ner una  mirada  reflexiva  sobre  el  cuadro.  La  vi- 
sual ha  resbalado  en  líneas  y  perspectivas  risue- 
ñas, y  detenídose  muchas  veces  en  ojos  de  ex- 
presión franca  y  comunicativa,  en  sonrisas  dulces 
y  gratas,  en  rostros  hermosos  llenos  de  claridad, 
en  cuerpos  graciosos  y  gentiles,  en  mujeres  de  una 
belleza  seductora  que  esparcen  á  su  paso  como  un 
perfume  de  poesía,  y  en  las  que  imposible  fuera 


BRENDA 


no  palpitasen  los  sentimientos  adorables,  que 
creen  casi  desterrados  el  moralista  y  el  sociólogo 
en  los  grandes  focos  sociales.  Esa  sencillez  de 
que  te  hablo,  parece  preservarlas;  la  sencillez  á 
que  se  atribuye  con  razón  el  mérito  de  salvar 
los  rasgos  más  puros  de  la  naturaleza  humana 
y  los  tonos  elevados  de  la  pasión,  sin  mezcla  ni 
conflictos,  y  que  hace  resurgir  de  nuestra  vida 
interna  y  de  familia,  todo  lo  noble  y  delicado 
que  mantiene  intacto  el  secreto  del  asilo. 

Pues  bien:  eii  hechos  de  esta  índole  me  fundo 
para  avanzar  que  entre  nosotros  poco  ha  abdi- 
cado el  corazón  de  sus  bellas  y  naturales  pro- 
pensiones, y  que  hay  algo  en  lo  íntimo  de  nues- 
tro ser  que  nos  es  peculiar,  ingénito,  propio,  cu- 
yos impulsos  genera  y  estimula  una  ley  de  raza 
y  de  herencia. 

¿Persistirías  en  negar  entonces,  esta  esponta- 
neidad singular  de  nuestro  carácter,  en  arran- 
ques por  lo  mismo  sinceros,  —  del  género  de 
aquel  en  que  tú  y  yo  expusimos  la  vida? 

Zelmar,  que  en  ese  momento  modulaba  con  se- 
riedad un  aire  de  ópera  en  la  ventana,  con  las 
manos  en  los  bolsillos,  se  volvió  con  rapidez 
diciendo: 

—  Vas  ahondando  mucho  el  tema,  á  fe  mía;  y 
ahora  te  encuentras  en  el  peristilo,  temo  que  en 
breve  me  lleves  en  el  ascensor  á  un  corona- 
miento ideal  inesperado.  Pero  no  me  disgusta  un 
encaje  como  promedio,  que  dé  realce  á  la  aven- 


74  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


tura;  al  final,  presiento,  concluiremos  por  colo- 
car como  adorno  en  lo  más  alto  la  estatua  de 
Areba,  esculpida  en  mármol,  helada,  severa,  pero 
hermosa  y  correcta.  Objetaré,  ahora;  y  al  ha- 
cerlo, has  de  permitirme  que  mi  pensamiento 
discurra  libremente  y  varíe  de  formas  é  inten- 
ción, según  convenga;  le  daré  así  en  sus  fases 
cierta  similitud  con  los  dibujos  y  flores  capricho- 
sas y  raras  que  deben  adornar  un  frontis  de  edi- 
ficio ideal,  que  uno  así  es  el  que  tú  levantas 
con  manifiesto  abuso  de  tu  habilidad  de  inge- 
niero. 

Desde  luego,  para  completar  tus  juicios,  has 
debido  añadir  que  no  hay  virtud  que  por  exceso 
no  genere  hábitos  perniciosos.  Virtudes  y  vicios 
pasan  sucesivamente,  por  orden  lógico,  del  aduar 
á  la  aldea,  de  la  aldea  á  l^  villa,  de  la  villa  al 
pueblo,  del  pueblo  á  la  ciudad,  con  todos  los 
buenos  ó  malos  sabores  del  terruño,  y  la  parti- 
cularidad de  que  en  toda  capital  ó  metrópoli  de 
la  importancia  que  sea,  las  virtudes  merman  y 
los  vicios  acrecen  en  proporción  geométrica  á 
medida  que  la  vida  regalada  se  difunde,  se  pro- 
paga el  lujo  y  la  austeridad  de  carácter  afloja  y 
se  disuelve  como  la  sal  en  el  líquido.  Es  el  pro- 
ceso serio  y  gradual  de  la  transformación  interna. 
Las  necesidades  psíquicas  que  un  nuevo  estado 
provoca,  reclaman  satisfacciones  distintas  y  au- 
mentan las  tendencias  malsanas.  La  faz  social 
primitiva   entonces   se    va  borrando  y  desapare- 


ciendo  bajo  una  nueva  levadura;  á  la  ingenui- 
dad de  un  periodo  pasajero  se  sucede  la  inten- 
ción sagaz,  pomposas  ostentaciones  á  las  formas 
sobrias,  un  patriotismo  irresoluto  á  la  pasión  vir- 
gen y  estoica  del  sacrificio;  y  como  las  virtu- 
des privadas  dan  su  oxígeno  á  las  virtudes 
cívicas,  del  mismo  modo  que  el  aire  puro 
al  pulmón  robusto,  lógico  es  pensar  que  viciada 
la  fuente,  tiene  que  difundirse  por  todo  el  cuerpo 
colectivo  una  vida  menguada  y  enfermiza.  Por 
eso,  yo  no  me  sorprendo  de  que  en  sociedades  que 
pasan  estas  crisis,  y  donde  se  logra  derribar  un 
Régulo,'  por  raro  capricho  de  circunstancias, 
la  parte  sana  se  procure  otro,  prefiriendo  la  per- 
versión de  uno  solo  al  vicio  de  los  más.  ¿Será 
que,  según  lo  afirmaba  un  publicista,  el  buen 
sentido,  la  razón,  estén  siempre  de  parte  de  las 
minorías  ? 

Pero,  me  llamo  al  punto  de  partida,  para  for- 
mular opiniones  concretas.  Apelo  á  tu  memoria. 

Alguna  vez  en  las  capitales  europeas,  de  por 
sí  pequeñas  naciones  de  fábricas,  palacios  y  tu- 
gurios, donde  todo  ha  pasado  por  el  crisol  de 
más  subidos  refinamientos,  ¿te  asombraste  acaso 
de  aprender  á  no  extrañar  ciertos  fenómenos  in- 
creíbles, efectos  de  una  moral  desconocida  y  de 
dramas  psicológicos  sombríos  que  destruían  en 
una  hora  toda  una  herencia  de  virtud  y  de  ho- 
nor:—  conjunto  de  deslices  fatales,  tristes  infide* 
lidades,    profundas    caídas,    sangrientas  censuras^ 


76  í:.  acevedo  díaz 


amargas  injusticias,  lúbricas  torpezas  dignas  de 
la  fusta  de  Rabelais,  el  más  terrible  de  los  bu- 
fones; ó  del  anatema  rígido  de  Hugo,  el  inco- 
rruptible apóstol  de  los  poetas?  ¿Te  sorprendiste 
de  la  fragilidad  de  convicciones,  de  lo  accesible 
de  las  conciencias,  de  los  triunfos  del  impudor, 
del  servilismo  empedernido  y  de  las  bajezas  del 
talento,  esclavo  de  los  apetitos  sensuales?  ¿Te 
espantó  la  llaga  cancerosa  de  la  miseria  y  del 
vicio,  junto  á  los  placeres  y  delicias  de  las  cla- 
ses elevadas,  el  predominio  absoluto  de  errores 
seculares  sobre  las  almas  del  enjambre  y  el  im- 
perio permanente  de  la  fuerza  que  debilita  la 
energía  del  trabajo,  y  se  sustenta  no  obstante 
de  sus  sudores?  ¿Llegó  á  hacerte  estremecer  la 
monstruosidad  de  ciertos  delitos  infando'^,  la 
usurpación  de  las  fortunas  privadas,  las  enormes 
quiebras  fraudulentas,  las  lúgubres  tragedias  del 
amor  y  el  adulterio,  las  pasiones  absorbentes  del 
lujo,  del  juego  y  de  la  orgía?  Pues,  lo  que  allí 
sucede  no  puede  extrañarte  que  ocurra  en  todas 
partes,  en  mayor  ó  menor  escala.  La  naturaleza 
humana  no  varía,  y  sí  apenas  se  escuda;  el  mismo 
apetito  virgen  suele  alcanzar  los  extremos  de 
apetito  estragado,  y  si  á  esto  agregas  los  gustos 
de  relajación  que  se  importan  á  manera  de  un 
virus  ó  sobrevienen  por  acto  espontáneo  con 
la  decadencia  de  las  costumbres,  te  convencerás 
de  que  actualmente  no  existe  sociedad  alguna 
sencilla   que   no   haya  sido  presa  de  lo  ilícito  y 


BR£KDA  77 

corruptor.  Basta  en  el  organismo  invadido,  un 
bacillus  para  el  contagio,  un  esporo  para  la  re- 
producción. No  hay  atmósfera  social  que  no  esté 
cargada  de  corpúsculos,  ni  generación  nueva  que 
no  los  absorba  febril  y  delirante,  con  todo  el 
fuego  de  la  sangre  y  la  impetuosidad  de  los  de- 
seos, en  tanto  baja  la  antigua  los  últimos  pel- 
daños con  el  rostro  ajado  y  las  piernas  temblo- 
rosas, llena  de  hastío  y  desencanto. 

No  por  otras  causas  se  observa  en  los  centros 
selectos  de  las  mismas  sociedades  limitadas,  en 
estrecho  contacto  con  las  viejas,  esa  fría  política 
que  encubre  todos  los  móviles  desde  la  vanidad 
más  pueril  hasta  el  más  cruel  egoísmo ;  círculos 
donde  debe  penetrarse  por  lo  mismo,  con  el  co- 
razón preparado  para  el  amor  como  para  el  pe- 
sar. Cierta  propensión  imitativa,  que  su  índole 
cosmopolita  entraña,  hace  suyos  las  tendencias, 
debilidades  y  defectos  cuya  faz  externa  brilla  y 
ofusca  á  la  distancia.  Así,  distraídas  de  su  natu- 
ral crecimiento  las  fuerzas  propias  de  la  tierruca, 
se  injerta  en  nuestro  organismo  la  savia  que  ha 
de  producir  la  variedad  ó  el  sub-género  consi- 
guiente: una  sociedad  americana  vestida  á  la 
europea. 

¿No  son  ellas^  acaso,  superiores  á  la  doncella 
que  el  buen  escudero  criaba  para  condesa? 

La  nuestra  no  es  ninguna  Cenicienta,  en  la  fa- 
milia de  las  repúblicas.  ¡  Oh !  que  asoman  las  gran- 
des vanidades,  no  lo   dudes;  y  que  las  acciones 


78  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


caballerescas  encuentran  espíritus  prevenidos  con- 
tra el  móvil,  menos  puedes  desconocerlo.  Se  vive 
ya  de  lo  real.  Lo  sublime  andante,  provoca  iro- 
nías. ¿  Creerás  que  no  ha  faltado  quien  te  critique 
por  la  aventura  ?  La  belleza  unida  á  los  millones^ 
—  se  ha  dicho, — bien  vale  un  lance  peligroso;  y 
por  la  puerta  de  la  gratitud  salen  los  favores.  ¡  Por 
ahí  anda  un  caballero  que  busca  radicarse !  ....  Y 
se  entra  en  tu  conciencia  sin  escrúpulos,  se  habla 
se  comenta,  se  exagera,  se  prejuzga,  se  absuelve 
y  se  censura;  cosas  todas  de  tu  sociedad  sencilla^ 
que  no  lo  es  tanto  para  torcer  los  móviles,  des- 
naturalizar la  intención,  y  difundir,  bien  urdida,  la 
sospecha. 

Raúl,  que  había  escuchado  á  su  amigo  sin  des- 
plegar los  labios,  observó  impasible : 

—  Creo  eso  muy  natural.  Una  sociedad  modesta^ 
de  toques  y  perfiles  hermosos,  en  mi  opinión,  á 
pesar  de  la  tuya  tan  franca  y  sinceramente  emi- 
tida, daría  prueba  de  exiguo  gusto  é  indiferencia, 
si  no  la  preocupase  la  novedad.  De  ella  hacen 
vida  el  espíritu,  y  juegos  de  elegantes  frases  los 
salones.  Debo  con  todo  presumir  que  Areba  Li- 
nares, —  esa  interesante  mujer  que  parece  una  ex- 
cepción en  nuestro  medio,  á  juzgar  por  tus  infor- 
mes, —  aprecie  bajo  otros  aspectos  un  acto  en  el 
cual  has  compartido  el  riesgo  ....  Tal  vez  es- 
perase con  algún  derecho  de  tí,  la  iniciativa  y 
las  consecuencias. 

—  Se   sabe    que    la  arrojada  acción  te  corres- 


BRENDA  79 


ponde,  pues  yo  mismo  te  he  discernido  el  mérito. 
Areba  es  una  personalidad  excéntrica,  con  su 
cortejo  de  adoradores,  que  ella  alimenta  con  mi- 
radas y  sonrisas ;  pero  dudo  que  su  corazón  haya 
dejado  de  pertenecerle.  Puedes  creer  que  no  hay 
ningiin  preferido,  y  que  por  mi  parte  no  he  aven- 
turado empresa  contra  un  cristal  de  roca. 

—  En  verdad, — repuso  Raúl  entre  sonriente  y 
caviloso,  —  concibo  claramente  á  una  mujer  im- 
bécil, de  físico  admirable,  realzado  por  galas  so- 
berbias, que  interprete  una  frase  galante  por  in- 
juria y  la  gracia  más  espiritual  por  ironía,  que 
viva  encastillada  en  pueriles  pensamientos  y  en 
el  más  obcecado  amor  propio,  sin  perspicacia 
bastante  para  distinguir  el  mérito  ni  valorar  los 
efectos  de  su  amistad  ó  simpatía  ;  y  la  concibo 
como  un  nido  de  vulgar  sensualismo,  en  que  sólo 
se  mueven  los  vibriones  de  una  existencia  mór- 
bida, obscura  é  infeliz.  Pero  no  puedo  explicarme 
todavía,  como  otra  de  las  cualidades  de  Areba, 
juegue  un  papel  pasivo  en  los  torneos  de  amor, 
cuando  debiera  figurar  en  el  número  limitado  de 
sus  reinas  escogidas. 

—  Es  un  carácter.  A  un  entendimiento  delicado 
reúne  un  poder  de  dominio  sobre  sí  misma  que  le 
es  peculiar,  mezcla  de  orgullo  y  de  superioridad, 
de  sombra  y  de  luz,  semejante  á  una  planta  er- 
guida en  el  valle  obscuro,  cuya  copa  sola  dora  el 
sol.  Nadie  le  ha  conocido  preferencias  definidas: 
su  idiosincrasia  la  preserva.   De  esta  disposición 


80  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


particular  juzgarás  alguna  vez,  si,  como  imagino, 
hallas  de  tu  agrado  el  deseo,  que  ella  no  disi- 
mula^ de  cultivar  tu  amistad. 

—  No  tengo  mayor  interés,  —  dijo  Raúl  fría- 
mente,—  en  precipitar  esa  aproximación.  La  de- 
jaremos al  tiempo. 

—  Querría,  sin  embargo,  por  mi  parte,  que  te 
acercases  á  ella, —  replicó  Bafil,  con  cierto  tono 
singular; — y  la  oportunidad  ha  de  ofrecerse  en 
estos  días.  La  temporada  de  campo  ha  reunido 
como  de  costumbre  en  la  zona  de  Atahualpa  y 
Paso  del  Molino,  gran  número  de  familias  con  la 
mejor  porción  del  bello  sexo,  dignas  de  hacer 
competencia  á  las  más  frescas  corolas,  y  con  este 
motivo  se  anuncian  saraos  en  la  casa-quinta  del 
señor  Samuel  Stwart,  miembro  espectable  del 
comercio,  y  aquí  establecido  desde  muy  joven, 
en  que  abandonó  New-York.  Su  familia,  ligada 
á  las  principales  de  Montevideo,  cuenta  á  la 
de  Areba  entre  las  de  mayor  intimidad.  La  oca- 
sión no  puede  ser,  pues,  más  propicia,  y  me  re- 
servaré allanarte  el  camino,  aunque  tú  no  necesitas 
batidores. . . .  Conque,  ¿aceptas  y  vendrás  conmigo ? 

—  No  debes  dudarlo. 

— Tienes  valor  en  plaza,  y  to  inicias  con  el 
atractivo  de  esa  novedad  á  que  te  has  referido. 
Se  diluirán  sobre  tí  miradas  de  luz,  se  han  de  di- 
bujar ante  tus  ojos  cien  sonrisas  provocativas,  y 
llegarán  á  tus  oídos  palabras  y  voces  vagas,  un 
tanto  confusas,  pero,  de  clara  intención.  En  reali- 


BltENDA  81 


dad,  un  objeto  á  la  moda  tiene  fases  y  relieves 
que  nadie  ha  percibido  antes,  y  que  aun  cuando 
se  hayan  antes  percibido,  se  notan  ahora  con 
asombro.  .  .  .  Estos  ingresos  inesperados  á  la  es- 
cena, absorben  todos  los  espíritus,  si  ella  es  limi- 
tada; y  su  prestigio  opera  comunmente  el  fenó- 
meno de  suplantar  en  el  acto  y  sin  violencia,  unas 
personalidades  por  otras. 

—  Bien  sabes  que  no  buscaré  el  éxito,  ni  el 
entusiasmo  de  que  hablas,  y  cuya  corta  duración 
sé  estimar. 

— No  importa:  eso  no  privará  que  seas  el  blanco 
de  todas  las  apreciaciones  sensatas  ó  de  todos 
los  comentarios  pueriles.  Areba  será  el  intérprete 
del  criterio  general.  Por  mi  parte,  he  declinado 
un  honor  que  no  merezco,  pues  fué  tuya  la  ini- 
ciativa, sin  que  esto  importe  declarar  á  la  dama 
indigna  del  sacrificio.  ¡Sea  todo  por  ella! 

Pero,  á  fuer  de  leal  y  franco,  debo  confesar 
que  no  lo  habría  hecho  por  la  compañera,  aquella 
joven  de  busto  especial,  cuello  largo  y  facciones 
salientes,  de  una  tez  morena  subida,  ojos  redon- 
dos, vivaces  y  pobladas  cejas  negras,  con  la  ca- 
bellera crespa  y  amotinada  sobre  la  frente  comba, 
y  un  lunar  color  café  cerca  del  labio  inferior 
grueso,  colgante  y  encendido,  á  manera  de  casco 
de  granada  madura.  Te  lo  aseguro,  á  fe  mía : 
tengo  mejor  gusto  estético. 

Me  recordó  un  caballo  de  ajedrez  en  medio  del 
tablero  revuelto,  en  actitud  de  jaque  doble.  ¡  Tam- 
bién heroína  de  por  fuerza  como  tantas ! 


82  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Debes  creerme :  me  subleva  la  presunción  del 
jaque. 

No  pudo  menos  Raúl  de  reir  sin  escrúpulo, 
ante  esta  ocurrencia  genial  de  su  amigo,  pues  la 
pincelada  había  sido  de  mano  maestra,  á  juzgar 
por  sus  reminiscencias  sobre  la  persona  á  que 
Zelmar  aludía. 

—  Areba,  ya  es  cosa  distinta, —  continuó  éste; 
una  diva  bien  vale  que  dos  hombres  se  expongan 
ciegamente  y  rueden  por  la  arena,  siquiera  sea 
por  capricho  ó  lujo  de  valor;  pero  lo  que  es 
por  aquel  hipocampo,  el  asunto  habría  tenido 
ecos  lamentables  en  la  crónica. 

Para  mayor  calamidad,  somos  vecinos.  ¡  Es  el 
colmo ! 

—  Fuerte  prevención  parece  que  le  tienes. 

—  ¡Calla,  un  ídolo  egipcio  junto  á  una  diosa 
de  Fidias,  ó  si  quieres  una  garza  mora,  irguién- 
dose  al  lado  de  un  cisne  blanco  y  elegante!  Lo 
peor  no  es  eso  y  conviene  que  te  instruyas.  Ju- 
lieta, considerada  del  punto  de  vista  de  la  moral 
social,  es  una  de  las  tantas  intérpretes  correctas 
de  la  censura  agria,  ó  de  la  hipocresía  gazmo- 
ñera, el  cant  del  setentrión,  que  derrama  cal  viva 
ó  llanto  de  saurio  sobre  las  faltas  expiables,  ó 
el  infortunio  simple,  según  la  naturaleza  del  caso. 
Representa  una  de  las  formas  ocultas  de  tu  so- 
ciedad ingenua  é  inocente,  como  si  dijéramos  la 
malicia  vigilante  y  erguida,  á  manera  de  sierpe 
atenta  al  rumor.  Pero  no  la  quiero  mal,  aunque 


BRENDA  8B 


siempre  riñamos.  Es  traviesa,  suspicaz,  cuculina 
y  vanidosa;  me  entretiene,  y  parece  que  ella  se 
solaza  escaramuzando  conmigo.  Su  señor  padre, 
el  abogado  don  Matías  Camandria,  la  exhibe  en 
todas  partes  como  un  dije  primoroso ;  y  pues  con- 
viene que  te  instruyas,  he  de  informarte  de  algo 
sobre  este  caballero. 

Don  Matías,  en  su  treintena,  fué  un  hombre 
de  buena  talla,  ancho  de  espalda  y  de  cuello,  de 
gravedad  abdominal,  barba  negra,  ya  bastante 
calvo,  estudiante  de  los  irltimos  bancos,  y  letrado, 
con  un  punto  de  mayoría,  después  de  dos  pos- 
tergaciones injustas,  en  su  sentir!  Con  esto,  ya 
digo  que  no  era  un  jurisconsulto,  ni  un  abogado 
inteligente,  como  tantos  que  honran  su  título  y 
constituyen  altas  promesas  entre  nosotros;  pero^ 
ahí  verás.  Apenas  se  caló  mi  hombre  el  bonete 
académico,  y  púsose  tieso  y  rígido,  —  que  no  con- 
venían aires  torcidos  á  un  intérprete  del  derecho, 
—  cuando  ocurriósele  mandar  grabar  en  sus  cha- 
pas de  bronce  la  pequeña  inscripción,  cuyo  texto 
auténtico  vas  á  oir:  Doctor  Matías  E,  Camandria 
— Abogado  de  la  matricula,  —  Se  halla  en  actttu- 
des,  por  sus  profundos  estudios,  y  su  diploma,  de 
desempeñar  con  la  misma  competencia  y  acopio  de 
erudición,  desde  el  cargo  de  Teniente  Alcalde  hasta 
el  de  Presidente  de  la  República  inclusive ;  sin 
excluir  el  de  consejero  por  vida,  en  el  Estado,  Con* 
gresos  interfiacionales,  Academias  y  Liceos, — 
Tiene  estudio  abierto,  en  el  barrio  aristocrático  de 


S4  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


la  ciudad,  junto  d  los  tribunales,  al  habla  directa 
por  teléfono  con  los  Jueces  inferiores  y  superiores, 
que  muchas  veces  necesitan  de  sus  luces  y  sabidu- 
ría para  dirimir  los  más  gravísimos  conflictos  so- 
bre estatutos  Real  y  Personal, —  Consultas  gratis 
d  los  pobres.  —  Las  mujeres  litigantes  deberán  ve- 
nir munidas  de  memorándum, 

—  Te  chanceas. 

—  Nada  de  eso:  he  tenido  el  original  en  mi 
poder.  Pero  don  Matías  es  hombre  de  suerte,  y 
no  faltó  quien  lo.  disuadiera  de  semejante  ocu- 
rrencia. No  transcurrió  mucho  tiempo  sin  que  su 
posición  mejorase,  y  hoy  es  un  magistrado  de 
nota,  entre  los  que  sólo  ven  las  exterioridades; 
de  ahí  que  se  permita  decir  que  su  aventajada 
hija  merece  por  compañero  algo  más  que  un 
abogadillo  ramplón  ó  doctorzuelo  menesteroso, 
todavía  sin  levadura  de  ley,  de  los  que  pululan 
al  rededor  del  gran  banquete  público  en  busca  de 
una  silla  desocupada,  en  defecto  de  pleitos,  de 
competencia  y  de  dignidad.  Y  observa  que 
esto  dice  quien  dejó  que  las  dictaduras  le  usur- 
pasen su  oficio  más  de  una  vez,  á  pretexto  de 
que  así  era  más  cómoda  y  barata  la  justicia. 

La  hija  se  considera  copartícipe  de  la  repu- 
tación equívoca  del  padre;  y  por  su  propia  ini- 
ciativa bocinera,  aparece  como  versada  en  cien- 
cias y  conocimientos  arduos,  capaz  de  mantener 
el  contrapunto  en  cualquier  debate  de  trascen- 
dencia.  Para  mí  tengo,    sin    embargo,    que    esos 


KKENDA  85 


estudios  profundos  han  de  ser  un  pozo  artesiano ' 
de  ilusiones  perdidas. 

—  La  tratas  con  crueldad. 

— Es  lo  real  y  verídico;  no  puedo  yo  hacer  á 
Julieta  de  otro  modo,  sin  corregir  la  naturaleza. 
Las  tareas  en  la  sala  de  disecciones,  me  han  de- 
jado la  maña  de  descarnar.  No  creas  que  ella 
renuncie  á  vengarse  bien:  ya  la  has  visto  al  lado 
de  Areba  con  sus  aires  de  buen  tono,  partici- 
pando en  cierto  modo  de  los  triunfos  de  su  amiga, 
y  lo  que  es  más  intolerable,  mezclada  por  el  su- 
ceso á  un  principio  de  romance.  ¡Ya  la  tienes 
buena ! 

Raúl  extendió  el  brazo,  sonriendo,  hacia  un 
jarrón,  y  dijo : 

—  Por  lo  pronto  me  aproxima  á  tu  Julieta  ese 
espléndido  ramo  de  jazmines  que  ves  ahí,  de  cuya 
ofrenda  debes  participar. 

—  Muchas  gracias.  Ya  me  lo  presumía.  ¡Qué 
iniquidad ! 

Bafil  aproximó  la  nariz  al  perfume,  y  la  retiró 
con  gesto  displicente.  Miró  en  seguida  el  reloj, 
añadiendo  con  viveza : 

—  ¡Las  siete  en  punto!  Tengo  compromiso  á 
esta  hora,  y  te  abandono.  Adiós.  Te  avisaré  el 
día. 

Estrechó  luego  la  mano  de  su  amigo,  y  dijo 
al  salir: 

—  Observa  bien  el  interior  de  esas  flores,  Raúl, 
no  sea  que  alguna  culebrilla  negra  se  agite 
dentro. 


86  E.  ACEVBDO  DÍAZ 


VI 


SONÁMBULA 


Largos  momentos  permaneció  Raúl  pensativo, 
de  pie  frente  á  la  ventana,  sintiendo  tal  vez  no 
haber  revelado  á  su  amigo  sus  impresiones  del 
día  anterior,  en  grata  confidencia.  Silencioso  y 
meditabundo  siempre,  descendió  al  jardín  y  en- 
caminó sus  pasos  por  una  alameda  que  termi- 
naba en  un  soto  de  matas  y  malezas,  línea  di- 
visoria de  la  propiedad  de  Nerva.  Sentíase  con 
disposición  de  aspirar  buenas  ráfagas  de  la  fresca 
brisa  que  soplaba  de  las  playas,  trayendo  el  ru- 
mor de  las  olas. 

¿Acaso,  con  fuerza  superior  á  sus  hábitos,  al- 
gún impulso  secreto  le  arrastraba  á  esos  sitios 
solitarios,  de  donde  partían  en  esa  hora  armo- 
nías de  piano,  vibrando  todas  las  noches  á  la 
distancia  de  una  manera  dulce  y  encantadora? 
Era  posible.  Nunca  le  había  parecido  aquella 
soledad  tan  llena  de  seducciones,  ni  sus  menores 
detalles  tan  conmovedores  y  bellos.  En  esos  ins- 


BBENDA  87 

tantes,  la  naturaleza  se  exhibía  poética  y  solemne 
al  reclinarse  majestuosa  en  su  lecho  de  sombras. 

La  brisa  producía  en  las  hojas  su  concierto 
de  murmullos,  harto  leves  para  dudarse  de  la 
suavidad  de  sus  besos ;  no  resonaba  el  monótono 
canto  que  brota  de  las  lagunas  como  una  queja 
de  la,  creación  que  vive  bajo  el  limo,  ni  los 
tristes  aullidos  que  se  alzan  en  las  huertas  al 
son  de  las  cadenas :  la  calma  era  profunda.  Dis- 
traíase á  veces  la  mirada  en  el  fondo  de  los 
cielos,  cuando  surgía  una  chispa  de  oro  para  per- 
derse sin  ruido  en  el  mar  inmenso,  donde  navega 
la  duda  en  bajel  sin  brújula;  ó  en  los  puntos  lu- 
cientes de  la  tierra,  caprichosos  grupos  de  luciérna- 
gas, que  vagaban  en  fantásticos  juegos  formando 
grandes  columpios  de  luz  amarillenta,  ó  se  cer- 
nían en  rápidos  volteos  y  pálidos  nimbus  sobre  las 
cimas  de  los  árboles.  En  las  higueras  obscuras  y 
espinosos  agaves  habían  ya  escondido  sus  cabe- 
zas bajo  el  ala  los  negros  tordos,  y  sólo  algún  ave 
nocturna  de  pluma  blanda,  fina  y  callado  vuelo, 
lanzaba  sus  resoplidos  lúgubres,  manteniéndose 
en  la  altura  con  las  alas  en  perpetuo  movimiento, 
enclavada  en  un  punto  del  espacio,  como  un 
pensamiento  triste  palpitando  en  el  vacío. 

A  medida  que  Raúl  avanzaba,  aumentaba  la 
dulce  emoción  que  no  había  pretendido  sofocar 
en  su  pecho ;  una  irresistible  simpatía  señalábale 
el  asilo  discreto,  oculto  entre  los  grandes  árboles, 
como  punto  céntrico  de  sus    actuales  preocupa- 


88  E.  ACBVEDO  DÍAZ 


dones  y  acaso  de  sus  futuros  afectos.  Creía  sen- 
tir ahora  en  aquellos  lugares  una  atmósfera 
amable,  perfumes  desconocidus  y  ecos  interesan- 
tes que  parecían  promesas  de  palabras  ardientes 
y  ternuras  delicadas. 

Sonreíase  ante  la  ilusión  de  un  camino  sem- 
brado de  rosas  deshechas;  de  un  ambiente  sin 
rumores  discordantes;  y  de  un  amor  puro  y  se- 
reno sin  el  pecado  de  los  excesos  sensualistas, 
ni  el  exceso  de  idealismo,  que  desprende  al  án- 
gel de  la  carne. 

Quería  para  su  amor  una  levadura  humana,  y 
no  un  misticismo  vaporoso ;  el  amor  que  sueña,, 
que  alienta,  que  encariña,  que  enternece,  que 
conmueve  lo  íntimo  con  la  sensación  del  beso» 
que  suaviza  las  rudezas  del  arranque,  que  calma 
el  instinto  exasperado,  que  ríe  ó  solloza  en  las 
horas  de  paz  ó  de  duelo,  que  conserva  las  ilu- 
siones caras  ó  engendra  otras  nuevas,  que  aduna 
el  deleite  frágil  al  goce  moral,  las  fruiciones  psí- 
quicas á  un  ideal  permanente  del  espíritu ;  an- 
siaba un  amor  así,  que  acompaña  y  estimula, 
que  no  mutila  otros  amores  como  él  profundos» 
no  fruto  de  los  sentidos,  ni  tampoco  forma  intan- 
gible de  un  éxtasis  ó  de  una  abstracción ;  río 
providente  cuyo  origen  puede  ignorarse,  pero 
que  fecunde  siempre,  aunque  el  cauce  enjuto  al- 
guna vez  y  abrasado  reciba  sólo  á  intervalos  la 
sed  de  vida  de  su  limo  misterioso.  Amor  senci- 
llo   y    verdadero,   fuerte   vínculo    de   naturaleza. 


BRENBA  89 

honda  afinidad  de  sentimientos  llamados  á  con- 
fundirse y  formar  un  solo  fiel  de  dos  vidas,  equi- 
librando las  purezas  y  debilidades  del  hombre, 
de  manera  que  la  carne  no  pese  más  que  el 
espíritu,  y  que  la  razón  no  calle  cuando  se  in- 
crepe el  instinto  en  pos  de  una  ilusión  que  muere. 

Y  sonreía,  ante  la  perspectiva  de  una  pasión 
semejante,  pensando  que,  tal  vez,  siendo  posible 
y  adecuada  á  la  capacidad  del  sentimiento, 
propia  de  un  anhelo  mesurado,  armónica  con  el 
criterio  severo  de  lo  real,  no  tuviese  en  rigor 
más  brillo  ni  duración  que  tantos  afanes  y  ener- 
gías que  ponen  á  prueba  el  temple  de  un  ca- 
rácter firme  y  noble,  sin  más  efecto  que  arreba- 
tarle en  estériles  luchas  la  esencia  de  su  vigor. 
Con  todo,  no  era  ésta  sino  una  mera  presunción 
sugerida  por  la  sospecha  de  perversiones  mora- 
les, que  no  había  palpado,  y  que  él  reducía  á  un 
círculo  estrecho,  en  la  sociedad  en  que  vivía. 

¿  Por  qué  negarse  al  placer  de  acariciar  el  pen- 
samiento de  una  felicidad,  que  humanamente 
debe  incluirse  en  el  secreto  de  nuestro  destino, 
y  buscarse  á  través  de  las  crudezas  de  la  vida, 
como  se  busca  en  medio  de  las  arenas  ardientes 
el  agua  refi*igerante  en  el  oasis  de  reposo  ? 

Si  es  verdad  que  las  pasiones  muy  raras  veces 
dejan  de  hacerse  la  aridez  por  delante,  cuando 
no  el  vacío  que  engendra  el  hastío  ó  la  indife- 
rencia, no  es  menos  cierto  que,  una,  fertiliza, 
genera  y  triunfa  casi  siempre:   el    amor    de    lo 


90  E.  A0£V£S>O  DÍAZ 


humano — contenido  en  los  límites  de  la  realidad 
palpitante,  sin  negarle  raptos  sublimes  ó  embe- 
lesos superiores  al  fugaz  deleite  de  la  fruición 
sensual.  Sin  este  sentimiento,  delicadamente  pu- 
lido por  la  educación,  el  culto  del  bien,  de  lo 
bello  y  de  la  gloria,  carecería  del  fervor  que 
acompaña  á  esa  fe  luminosa,  cuyo  plácido  rayo 
nos  viene  á  través  de  la  mujer.  Y  así  como  ese 
amor  existe  en  plena  armonía  con  nuestras  fa- 
cultades y  deseos,  sin  que  pueda  confundirse  en 
ningún  caso  con  los  delirios  del  vicio,  debe  haber 
entonces  para  él  una  humanidad  sensible  y  pen- 
sadora, muy  diferente  á  la  porción  que  refina  en 
cierto  modo  los  apetitos  de  la  bestia,  para  re- 
volverse y  hozar  en  su  propio  fango  deletéreo. 
Acariciaba  Raúl  la  idea  de  que  esta  dicha  re- 
lativa no  era  un  imposible,  especialmente  en  la 
sociedad  de  su  país,  nueva,  lozana  y  robusta, 
donde  el  rudo  embate  de  pasiones  funestas  no 
había  logrado  aniquilar  en  los  hogares  las  vir- 
tudes austeras  y  los  delicados  anhelos  del  espí- 
ritu. Por  natural  asociación  de  ideas,  traía 
andando  á  su  mente  las  imágenes  de  dos  mu- 
jeres, que  se  diseñaban  bajo  formas  é  impresio- 
nes distintas  y  qué  parecían  resumir  dos  fases 
de  la  sociabilidad  de  su  patria.  La  una  Areba, 
que  representaba  á  sus  ojos  el  elemento  varia- 
ble que  crece  y  se  desarrolla  dentro  de  los  gus- 
tos é  inclinaciones  de  las  clases  laboriosas 
venidas  de  otros  climas,  que  se  vinculan  á  nuestro 


BRENDA  01 

suelo  y  van  alejándose  de  sus  fuentes  primitivas 
en  proporción  al  grado  de  influencias  locales. 
Esta  bella  rosa  mosqueta,  no  dejaba,  sin  embargo, 
de  deberlo  todo  al  sol  de  la  tierra. 

La  otra,  Brenda,  presentábasele  como  una 
expresión  pura  y  correcta  de  la  familia  antigua, 
sin  otros  lazos  de  cohesión  con  la  nueva,  que 
los  formados  lentamente  por  comunes  ideales  y 
aspiraciones.  Con  dificultad  podría  escogerse  en- 
tre el  derivado  y  el  tipo  primitivo  en  cuanto  á 
belleza,  como  discernirse  en  plantas  de  selección 
natural  é  inconsciente  el  premio  á  la  mosqueta 
6  á  la  rosa  pálida!.  .  Pero  el  orgullo  debía 
ser  en  una  el  complemento  de  lo  extemo;  en  la 
otra  la  sencillez  adorable.  ¿Sería,  en  efecto,  aquella 
alma  algo  de  extraño  y  fantástico  cual  una 
armonía  de  Wagner;  sería  ésta  algo  de  dulce 
y  tierno  como  una  trova  melodiosa? 

En  esos  momentos  sonó  un  aire  de  Sonámbula. 
Raúl,  poniendo  atención  á  las  melodías  que 
escapaban  del  teclado  bajo  la  presión  de  una 
mano  maestra,  volvióse  á  sonreír,  como  si  en 
realidad  hubiesen  sido  aquéllas  una  contestación 
precisa  y  adecuada  á  la  fórmula  de  su  soliloquio. 

Fuese  acercando  lentamente  hasta  llegar  al 
cerco  formado  de  arbustos  entrelazados  por 
alambres.  Percibíase  en  el  centro  de  la  quinta, 
en  parte  oculta  por  el  tupido  follaje  de  grandes 
manzanos,  una  glorieta  cubierta  de  madreselva, 
con  dos  entradas,  de  doxide  partían  sendeoros  de 


92  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


fina  arena.  Destacábanse  á  los  flancos  hermosos 
medallones,  verdaderos  criaderos  de  flores  escogi- 
das que  embalsamaban  fuertemente  el  aire.  Una 
fuente  de  piedra  rústica  sin  pulimento,  dejaba  es- 
capar de  la  boca  de  un  pez  de  conchilla  y  greda 
un  hilo  de  agua  cristalina,  semejante  á  un  arco  de 
acero  á  la  luz  lunar,  que  caía  con  un  murmurio 
leve  en  su  taza  de  granito. 

Aunque  próximo,  no  se  alcanzaba  á  dominar 
el  edificio  desde  aquel  sitio  á  causa  del  ramaje ; 
pero  la  claridad  que  sah'a  de  una  ventana  de  la 
fachada  principal  permitía  distinguir  la  verja  de 
hierro  sostenida  por  pilares,  y  en  gran  parte 
invadida  por  plantas  trepadoras.  Nada  de  pompa 
en  aquella  mansión  de  campo :  todo  parecía  res- 
pirar el  mismo  gusto  sencillo  de  los  jardines  la- 
terales. Apenas  les  servían  de  adornos  algunas 
estatuas  de  caprichosos  minerales  del  país,  dis- 
persas entre  los  árboles,  asomando  en  el  follaje 
sus  cabezas  y  bustos  á  manera  de  furtivos  pasean- 
tes que  se  hubieran  detenido  y  quedado  inmó- 
viles, al  sentir  el  rumor  de  sus  propios  pasos. 

x\poyado  en  el  seto  escuchó  Raúl  hasta  su 
conclusión  el  trozo  de  ópera;  y  por  algún  tiempo 
se  mantuvo  allí,  extinguida  ya  la  última  nota, 
como  embargado  por  una  dulce  atracción.  Caía 
sobre  él  toda  la  sombra  proyectada  por  varios 
árboles  sin  frutos,  que  por  lo  mismo  parecían 
haber  hecho  alianza  sólida  y  estrecha  confun- 
diendo  sus  torcidos  brazos  en   apretados  anillos 


BRENDA  93 

y  enmarañada  trama.  Al  observar  esta  red  singu- 
lar, el  joven,  que  tenía  su  pensamiento  en  los 
obstáculos  secretos  del  futuro,  creyó  ver  en  esa 
alianza  de  los  árboles  estériles  el  fiel  trasunto  de 
la  que  celebrarían  contra  él,  tal  vez  muy  pronto, 
los  espíritus  sólo  aptos  para  el  enredo  y  la 
intriga  en  los  bastidores  de  la  comedia  social. 

Asaltáronle  presentimientos  vagos ;  á  su  influjo 
pensó  en  el  regreso,  y  decidióse  á  hacerlo,  cuando 
de  súbito  el  ligero  roce  de  una  falda  sobre  la 
arena  del  sendero  .cercano  le  retuvo  en  su  sitio. 
Perfectamente  encubierto  c<>mo  lo  estaba,  no 
hesitó  en  observar,  avistando  bien  luego  en  la 
callecita  de  arena  una  sonii)ra  blanca  que  se 
dirigría  á  la  glorieta  á  pasos  retardados. 

Una  vez  en  el  centro  del  claro  que  formaba 
la  luna,  esa  sombra  se  detuvo  irresoluta;  y  pudo 
entonces  Raúl  reconocer  á  Brenda,  en  poético 
descuido,  con  los  ojos  inclinados  y  sueltos  los 
dorados  cabellos.  Breves  instantes  permaneció 
ella  así:  echó  luego  atrás  su  hermosa  cabeza 
como  para  aspirar  mejor  el  aire  puro  de  la  noche, 
y  en  esa  actitud  que  descubría  una  garganta 
admirable,  la  claridad  plateada  iluminó  aquel 
rostro  de  azucena,  que  Raúl  soñara  haber  visto 
en  otros  tiempos. 

La  joven  entró  á  la  glorieta.  Encaminóse  de 
repente  al  cercado,  hacia  el  sitio  en  que  se  en- 
contraba Raúl,  y  deteniéndose  á  pocas  varas  de 
él,  extendió  sus  lindas  manos,  separando  las  ra- 


94  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


mas  con  sigilo;  Felizmente  aquel  lugar  era  de- 
masiado sombrío  y  no  podía  ser  visto.  La  red 
protectora  encubría,  sus  menores  estremecimien- 
tos. Estaba  más  cerca  de  lo  que  él  hubiera  ima- 
ginado, momentos  antes,  la  causa  de  sus  emo- 
ciones ! 

Brenda  asomó  por  entre  dos  arbustos  su  bella 
cabeza,  con  rapidez,  temerosa  de  la  obscuridad,  y 
en  actitud  de  volver  pronto  sobre'  sus  pasos. 

Desde  allí  no  podía  distinguirse  más  que  la 
casa  de  Raúl.  ¿Dirigía  á  ella  su  mirada?  La  lám- 
para ardía  en  el  gabinete  de  trabajo,  y  un  pálido 
rayo  de  luz  teñía  las  ramas  salientes  del  ombú 
y  se  dilataba  hacia  el  campo. 

Allí  tenía  puestos  sus  ojos.  .  .  . 

Conservó  algunos  instantes,  trémula  y  agitada, 
los  gajos  entre  sus  dedos,  y  arrancóse  de  impro- 
viso á  su  contemplación,  alejándose  con  presteza 
á  lo  largo  de  la  arboleda. 

Viola  Raúl  cruzar  frente  al  pabellón,  sin  ruido,, 
ligera  y  vaporosa,  y  perderse  en  el  bosquecillo,. 
entre  aquellas  imágenes  de  piedra  que  asomaban 
sus  cabezas  con  aire  de  grave  misterio  veladas- 
por  guirnaldas  y  espirales  de  yedras. 

Reprodújose  entonces  en  su  memoria  la  de  una 
niña  que  vestía  luto,  entrevista  en  una  noche  de 
bruma  á  altas  horas,  á  la  puerta  de  un  cónsul* 
torio,  donde  implorara  en  vano  el  auxilio  de  la 
ciencia  para  la  amada  madre,  que  como  la  de  él 
sucumbía    Algunos    años    habían     transcurrido 


BRS39DA  i.»5 


desde  el  doble  deceso,  y  aquel  vínculo  de  común 
desgracia  parecía  reanudarse  á  la  distancia  para 
servir  de  precedente  necesario  á  una  *  profunda 
simpatía. 


VII 


ESTRELLA    DE  MAR 


Cuando  Zelmar  dejó  á  Raúl,  bajó  preocupado 
las  gradas  del  vestíbulo,  puso  un  pie  en  el  estribo 
de  su  carruaje,  y  antes  de  subir  hizo  una  seña 
al  cochero,  que  se  acercó  para  recibir  ciertas 
instrucciones  en  voz  baja.  En  seguida  el  vehí- 
culo arrancó,  rodando  sin  estrépito  sobre  un  suelo 
de  tierra  firme. 

Empezaban  á  cubrir  todos  los  objetos  las  pri- 
meras sombras.  El  carruaje  siguió  por  la  calle  de 
Cebollatí,  vía  despoblada  y  solitaria,  apenas 
favorecida  por  algunos  setos  y  ombúes  ramonea- 
dosy  hasta  la  de  Santa  Lucía,  no  menos  triste  y 
obscura,  llena  de  huecos  y  sotos,  terrenos  incultos 
y  altas  yerbas  secas  y  amarillas.  A  lo  lejos 
veíase  una  que  otra  luz  oscilante  de  coches  que 
cruzaban  por  caminos  más  frecuentados,  ó  el  ful- 


9G  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


gor  color  sangre  de  las  linternas  convexas  de  los 
tranvías. 

Una  vez  en  la  calle  de  Santa  Lucía,  dobló  á 
la  derecha  y  prosiguió  su  rápida  marcha  pi)r  la 
de  Isla  de  Flores,  de  manzanas  retaceadas  y  fa- 
roles dispersos,  á  manera  de  escuchas,  especial- 
mente en  las  proximidades  del  cementerio  Cen- 
tral, que  parecía  trasmitir  á  aquellos  barrios  si- 
lenciosos de  una  tranquilidad  profunda,  como  una 
sombra  fría  y  funeraria. 

Se  deslizó  por  esa  calle  largo  trecho  sobre  un 
afirmado  enriscado  y  difícil,  propio  para  tumbos 
y  vaivenes,  hasta  llegar  á  la  de  Andes,  que  re- 
corrió breve  espacio.  En  la  usina  del  gas  brilla- 
ban vivas  luces  que  esparcían  en  redor  una  cla- 
ridad blanca  y  extensa,  en  tanto  que  de  lo  alto 
de  su  chimenea,  prolongada  pirámide  perdida  en 
las  tinieblas,  se  desprendían  otras  de  tinte  rojizo 
entre  una  pequeña  humaza  azulada. 

El  carruaje  se  detuvo  en  la  callecita  de  Va- 
lles, estrecha  y  reducida.  Esta  forma,  con  la  de 
Miní,  sobre  un  terreno  mal  repartido,  ocho  rec- 
tángulos con  edificios  desiguales  y  angostos  en 
su  mayor  parte,  y  ambas  corren  paralelas  á  la 
de  Isla  de  Flores  hasta  el  pequeño  cabo  ó  punta 
de  tierra  en  que  concluye  la  tortuosa  calle  de 
Cindadela,  divisoria  de  la  ciudad.  Las  dos  calle- 
juelas tienen  entrada  por  la  calle  de  los  Andes, 
y  salida  hacia  la  costa  por  los  claros  de  la  de 
Ciudadela,  formando  con  las  adyacentes  un  án- 
gulo casi  recto. 


BRENDA  97 


Se  notaba  en  la  de  Valles  á  esa  hora,  poco 
movimiento.  Uno  que  otro  transeúnte,  cruzando 
las  aceras,  y  algún  organillo  haciendo  oir  en  la 
esquina  desapacibles  sones^  constituían  toda  su 
animación.  Por  la  de  Andes  solían  atravesar  cua- 
drillas de  obreros  con  las  blusas  al  hombro  para 
soportar  mejor  el  peso  del  pico  ó  la  pala,  los 
sombreros  raídos  en  las  nucas,  callados  y  sudoro- 
sos, dirigiéndose  á  paso  lento  y  uniforme  hacia  las 
posadas  favoritas,  donde  formar  mesa  redonda,  y 
escanciarse  el  grueso  vino  tinto,  propio  para  lle- 
nar de  vapores  densos  el  cerebro  y  matar  la  pena 
más  gruesa  aún  de  la  jornada. 

Zelmar  bajó  rápidamente  del  coche,  y  dijo  sin 
detenerse : 

—  Puedes  regresar. 

Mañana  á  las  seis  ven  á  esperarme  en  este 
mismo  sitio. 

En  seguida,  desandando  parte  del  trayecto,  en- 
caminóse hacia  la  costa,  deslizóse  por  la  rampa^  y 
volviendo  sobre  la  izquierda,  se  detuvo  á  corta  dis- 
tancia, ante  una  casa  modesta,  con  frente  y  venta- 
nas ai  río. 

Toda  esa  costa  al  este,  y  en  su  prolongación 
hacia  el  sud,  resguardada  al  final  de  los  declives 
por  murallones  provistos  de  mesillas  y  peldaños 
de  gneiss,  que  terminan  en  el  terreno  peñascoso 
de  la  orilla,  marca  el  estuario  ó  constituye  verda- 
deramente el  litoral  sinuoso  en  que  se  percibe  de 
una  manera  sensible  el  doble  movimiento  de  las 


98  E.    ACBVEDO  DÍAZ 


aguas  marinas.  El  caudaloso  río  no  mantiene  ya 
allí  con  el  océano  la  porfiada  lucha,  y  su  co- 
rriente marcha  con  el  paso  tardo  é  inseguro  del 
paladín  abrumado  por  la  fatiga  de  muchas  horas 
de  combate  rudo.  La  extensión  acuosa  empieza  á 
dilatarse  á  todos  rumbos  gradualmente ;  y  el  do- 
rado de  los  fondos  dulces  retrocede  en  sus  excur- 
siones atrevidas,  apenas  siente  el  sabor  amargo 
del  líquido  en  que  sobrenadan  las  medusas  y  to- 
ninas, apuntan  rudimentos  de  algáceas  y  corali- 
nas, y  asoman  más  adelante,  cerca  del  cabo,  las 
aletas  dorsales  de  algunos  escualos  vagabundos. 
En  días  de  tormenta  las  verdosas  olas,  encrespa- 
das y  buUentes,  levantando  ó  sumergiendo  como 
frágiles  corchos  las  barcas  de  los  pescadores,  en 
sus  lomos  indomables  y  en  sus  movibles  curvas, 
parecen  reclamar  los  derechos  del  océano  al  rom- 
perse con  imponente  furia  en  las  rocas  del  lito- 
ral, cuyas  eminencias  rasan  y  salvan  en  masas  de 
brillante  espuma. 

La  casa  frente  á  la  que  se  detuvo  Zelmar  do- 
minaba desde  sus  ventanas  la  líquida  llanura,  y 
grandes  grupos  de  peñascos,  hacinados,  que  for- 
maban una  costra  consistente,  cubierta  de  protu- 
berancias deformes,  negras  y  erizadas. 

Era  ya  entrada  la  noche,  cuando  el  joven  llamó 
suavemente  á  la  puerta. 

—  ¿El  señor  Bafil?  —  preguntó  alguien  con 
acento  quedo,  entreabriéndola  con  lentitud. 

-  El  mismo,  Gertrudis. 


BSBüflIA  09 

¿Ocurre  novedad? 

— Ninguna,  —  respondió  una  ni  ujer,  dejándole 
el  paso  libre,  y  cerrando  tras  él  la  hoja. 

La  pobrecilla  sentía  impaciencia,  y  me  ha  in- 
terrogado por  Vd.  varias  veces. 

Un  reverbero  alumbraba  desde  el  fondo  del  za- 
guán esta  escena. 

La  llamada  Gertrudis  era  una  persona  de  cua- 
renta años,  más  ó  menos;  fisonomía  colorada  y 
llena,  pelo  de  un  rubio  deslustrado,  boca  lasciva, 
desprovista  de  algunos  dientes,  ojos  redondos  y 
perspicaces,  con  cejas  ralas  y  casi  blancas;  nariz 
de  vómer  muy  hundido,  anchas  fosas  y  sin  duda 
de  olfato  fino,  y  frente  de  piel  rugosa  con  hue- 
llas de  paño. 

Medida,  reposada,  discreta  en  sus  modales  y 
expresiones,  tenía  el  aire  marcadísimo  de  un  tro- 
taconventos. Debía  ser  hábil  para  llenar  las  for- 
mas, husmear  los  desfallecimientos  de  la  inocen- 
cia y  tentar  al  candor  en  cierto  cuarto  de  hora 
en  que  la  mirada  está  absorta  en  el  abismo. 

Respiraba  esencia  de  romero.  Vestía  decente- 
mente traje  de  seda  negra,  con  escote,  y  lucía  en 
su  cuello  grueso  y  algo  escoriado,  una  cadenilla 
de  oro  con  relicario. 

Aunque  se  había  dado  escofina,  nada  disimu- 
laba lo  tosco  y  grotesco  de  su  persona.  El  polvo 
aplicado  á  su  rostro  y  cuello  formaba  lincas 
blanquizcas  en  las  sajaduras,  dejando  al  descu- 
bierto las  partes  rojas  y  amoratadas,  semejantes 


10()  E.  ACBVEIK)  DÍAZ 


á  verdugones  rehacios  al  emplasto  y  al  colorete. 
En  la  diestra  ostentaba  una  sortija  con  piedra 
de  ágata,  en  que  se  leía  la  palabra  Recuerdo. 
Dábase  aire  con  un  abanico  adornado  de  plumas 
de  flamenco  y  cisne,  y  conversaba  encima  del 
oído  manteniendo  con  la  mano  izquierda  levan- 
tada la  falda,  en  actitud  de  la  que  cree  que  aun 
conserva  tesoros  codiciables. 
Zelmar  miró  su  reloj,  y  dijo: 

—  En  verdad  me  he  retrasado,  y  lo  siento;  pero 
estoy  en  tiempo  de  reparar  la  falta. 

—  La  mesa  está  dispuesta,  y  ella  aguarda. 
Puede  Vd.  entrar. 

Gertrudis  acompañó  á  Zelmar  á  través  de  una 
salita  y  un  retrete,  que  se  encontraban  en  tinie- 
blas, y  se  detuvo  ante  una  puerta,  diciéndole 
siempre  en  su  voz  baja  y  meliflua: 

—  Ahí  está  la  hermosa. 

Me  vuelvo  y  dejo  á  Vd.  libre. 

Y  aquella  mujer,  en  cuyo  acento  se  conocía  un 
origen  extranjero,  empujó  dulcemente  al  joven, 
desapareciendo    luego   sin  ruido  en  las  sombras. 

Apenas  puso  Zelmar  su  mano  en  el  pestillo, 
abrióse  de  súbito  la  puerta,  demasiado  tiempo 
cerrada  á  la  impaciencia  del  amor,  y  una  joven 
se  arrojó  en  sus  brazos,  estrechándole  con  ar- 
diente  cariño. 

—  ¿Por  qué  has  venido  tan  tarde?  —  preguntó 
con  solicitud  extrema,  volviendo  á  enlazar  el 
cuello  de  su  amante. 


BRENDA  101 


i  Cuántos  días  hace  que  no  nos  vemos! 

El  la  besó  en  la  boca  diciendo: 

— Perdóname,  pues  que  me  reconozco  culpable. 
Pero  si  no  hubiese  demorado,  r  tendrías  esta  oca- 
sión de  reprocharme,  y  yo  de  prodigarte  mayor 
afecto,    si  posible  fuere? 

—  ¡Oh,  sí!  Yo  lo  quiero  todo.  Estoy  temblando 
no  sé  por  qué,  y  ahora  que  tú  has  llegado,  siento 
más  grande  este  temblor  .... 

Vamos    á  cenar. 

—  Perfectamente,  —  dijo  Zelmar  arrojando  su 
sombrero;  —  el  amor  no  excluye  el  apetito,  y  es 
regla  higiénica  no  dejar  transcurrir  la  hora.  De- 
secha ideas  tristes.  Cantarela,  pues  me  duele  esa 
zozobra,  y  siéntate  aquí,  á  mi  lado,  alegre  y  ex- 
pansiva como  en  otras  horas,  para  probar  del 
mismo  manjar  y  libar  de  la  misma  copa. 

La  joven  sonrióse  y  tomó  asiento,  abando- 
nando una  mano  entre  las  de  su  querido. 

—  Quisiera  estar  así  para  agradarte, — repuso 
luego;  — ¡pobre  de  mí!  Tengo  miedo  al  pensar 
en  la  vuelta  de  mi  padre  y  de  Gerardo,  que  le 
acompaña,  y  á  quien  él  me  quiere  dar  por  ma- 
rido. 

Ciñó  con  sus  manos,  al  decir  esto,  la  cabeza 
del  joven,  mirándole  en  los  ojos  con  ternura. 

Zelmar,  que  se  había  quedado  un  momento 
pensativo,  la  atrajo  hacia  sí  suavemente,  hasta 
unir  su  rostro  al  de  ella. 

—  ¿Será    muy  pronta  esa   vuelta? — preguntó. 


Ilf2  E.  ACBVEDO  DÍAZ 


—  Hace  mucho  que  se  fueron  á  la  pesca 
de  lobos,  pues  necesitaban  de  su  trabajo  con  ese 
motivo  en  la  isla;  y  por  otro  lado,  daban  poco 
entonces  las  pesqueras  de  la  costa.  Esto  los  de- 
cidió y  se  dieron  contentos  á  Li  vela. 

Mi  padre  me  recomendó  sus  redajas  y  la  red 
grande  de  jorrar,  cuyas  mallas  yo  componía 
siempre  tendiéndola  en  las  toscas  bajas  de  la 
playa .... 

En  eso  estaba  una  tarde,  cuando  me  conociste. 

Y  retiró  lentamente  la  joven,  cabeza  y  manos, 
fijando  otra  vez  en  su  amante  unos  ojos  negros, 
rasgados  y  expresivos,  de  pobladas  pestañas  y 
cejas  de  crespón,  llenos  de  ese  brillo  y  fuerza 
misteriosa  que  revelan  la  voluntad  y  pasión  ar- 
diente. 

Tenía  Cantarela  la  tez  morena,  pequeña  la 
boca,  rojo  subido  el  labio  y  muy  blancos  los 
dientes;  una  nariz  fina,  una  ligera  sombra  sobre 
el  labio  superior  formada  por  un  vello  diminuto, 
sedoso  y  suave,  y  fugaces  tintas  de  rosa,  espar- 
cidas en  las  mejillas,  que  eran  como  otros  tantos 
besos  de  la  brisa  de  las  playas,  daban  al  con- 
junto esa  gracia  é  interés  que  aumenta  el  en- 
canto de  la  juventud  y  del  amor.  Su  hermosa 
melena  negra,  caída  en  onda  sobre  la  frente,  y 
recogida  por  detrás  en  gruesas  trenzas,  podía  ser- 
virle de  manto.  La  cintura  delgada,  la  espalda 
algo  estrecha  y  el  seno  saliente  y  mórbido,  com- 
pletaban las  formas  de  esta  ondina,  arrancada  á 


BRENDA  103 


SU  elemento  amargo  por  el  prestigio  de  la  ilu- 
sión. El  sol  y  el  viento  de  la  ribera  habían 
rasado  su  piel,  sin  dejar  en  ella  rastro  sensible; 
pero  en  cambio  los  peces  al  saltar  veloces  de  la 
barredera  á  la  barca  ó  á  la  arena,  habían  hin- 
cado más  de  una  vez  las  punzas  de  las  aletas 
en  sus  manos  dejándoles  ligeras  huellas.  Con 
todo,  aquellos  dedos  que  sabían  arrancar  bran- 
quias y  tejer  redes,  eran  hábiles  también  para 
improvisar  bucles  en  la  cabellera  de  su  querido. 

Amaba  con  vehemencia,  sin  reserva,  sin  es- 
crúpulos, sin  cálculos,  con  todo  el  corazón.  Y 
así  quería  ser  querida !  Entregarse  sin  interés,  cre- 
yendo en  la  sinceridad  ajena  como  en  la  propia, 
era  par%  ella  lo  natural;  aquel  elegante  y  gallardo 
mancebo  se  sentía  satisfecho  de  sus  caricias,  y 
como  ella  debía  ser  siempre  la  misma,  nada  más 
embriagador  que  ese  eterno  delirio! 

Zehnar  volvió  á  oprimir  su  mano. 

—  ¿Por  qué  sospechas  tan  mal  de  mí? — con- 
testó en  tono  insinuante  y  persuasivo.  —  Desde  el 
día  que  recuerdas  reinas  en  mi  corazón,  que  pa- 
reces haber  envuelto  en  sal  marina  para  reser- 
vártelo todo  entero ;  ingrato  sería  si  no  com- 
pensara tu  amor  con  otro  idéntico,  y  ofreciese  á 
tus  deseos  más  mínimos  dulce  satisfacción.  ¿  No 
estás  contenta  en  este  asilo?  ¿Temes  el  regreso 
de  los  ausentes?  ¿Te  es  ya,  acaso,  odioso  el  sitio 
en  que  nos  vimos  y  donde  empezamos  á  amar- 
nos? Si  así  fuera,  pronuncia  una  sola  palabra,  y 

8 


104  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


tendrás    todo,   que  yo  no  he  de  abandonarte.    Y 
ahora,  ¡un  beso  en    ese  labio  de  coral! 

—  Uno,  no. .  .  . 

—  ¡Entonces  muchos! 

En  la  tarde  vine  con  la  cabeza  que  me  ar- 
día ;  y  era  porque  al  pasar  me  miraban  con 
mal  gesto  los  hombres  de  la  orilla,  como  si  en- 
contraran alguna  vergüenza  negra;  y  al  pensar 
que  pronto  no  me  querrías,  sentía  andando,  una 
pena  que  me  hincaba  el  pecho  como  un  cuchillo. 

—  Nádate  importen  esas  gaviotas  grises,  amán- 
dote yo,  y  no  recuerdes  que  bajaron  á  tu  estela, 
lanzando  sus  roncas  quejas.  Acerca  bien  tu  silla 
y  cenemos. 

La  joven  pasóse  la  mano  por  los  ojos,  como 
para  ahuyentar  amargas  preocupaciones,  y  que- 
dóse silenciosa. 

Aromadas  flores  de  vivos  matices  rodeaban  en 
artística  guirnalda  la  mesa. 

La  atmósfera  saturada  de  perfumes  contribuyó 
con  los  líquidos  generosos  á  excitar  la  fantasía, 
á  medida  que,  la  cena  tocaba  á  su  término,  y  mil 
palabras  dulces  se  cruzaron  envueltas  en  ternezas. 
Relegáronse  al  olvido,  sin  mucho  esfuerzo,  las 
dudas  y  presentimientos  que  habían  embargado 
el  ánimo,  y  empezaron  á  germinar  las  ideas  in- 
coherentes,   entre  frases    sentidas  y  apasionadas. 

De  una  misma  copa  bebieron  los  amantes, 
echando  cada  uno  en  ella  su  porción  de  dicha, 
para    saber    quién  se  la  libaría  toda;  y  disputa- 


BRENDA  105 


ronse   la    copa,   besándose   en   los    labios,   hasta 
que  sorbió  al  fin  Cantarela  su  último  resto. 

Reía  y  parecía  feliz.  Sus  ojos  estaban  húme- 
dos y  lucientes,  el  seno  palpitante  y  entreabierta 
la  boca,  ornada  de  perlas. 

—  ¡  Cómo  bramaba  anoche  la  tormenta !  —  ex- 
clamó de  súbito,  y  parecieron  velarse  aquéllos 
con  una  sombra. 

¡Pobres  de  los  que  andaban  en  el  mar! — Tú 
no  sabes  eso ....  se  piensa  entonces  en  la  Vir- 
gen, y  se  reza  .... 

No  quiero  pensar;  hay  aquí  mucho  veneno 

—  I^as  flores  embriagan  sin  sentirlo,  —  dijo  Zel- 
mar  enlazando  su  cintura  con  el  brazo  izquierdo, 
mientras  libaba  con  la  diestra  una  copa  de  cham- 
pagne. 

Los  ojos  de  Cantarela  brillaron  con  un  fulgor 
sombrío,  y  sin  contestar  nada,  arrastró  á  su 
amante  al  retrete,  que  se  conservaba  en  tinieblas. 
Zelmar  cedió  sin  resistencia,  empeñado  en  cantar 
una  romanza  cuya  letra  había  olvidado  en  ese 
momento. 

Dirigfióse  á  la  ventana,  con  paso  firme,  y  la 
abrió  por  completo.  Zelmar  volvió  á  enlazar  su 
talle,  atrayéndola  con  dulzura,  y  ella  dejó  caer 
la  cabeza  en  su  hombro,  aspirando  con  fuerza  el 
aire  fresco  y  puro  de  la  ribera. 

La  noche  estaba  estrellada  y  tranquila. 

Percibíase  apenas  el  escarceo  de  las  olas  al 
lamer  mansamente  las  peñas  de  la   costa,  deste- 


106  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


liando  pálidos  reflejos ;  y  á  la  distancia,  en  el 
fondo  obscuro  del  horizonte,  las  luces  rojas  ó  azu- 
les de  algunas  naves  que  entraban  á  marcha 
lenta  en  la  bahía. 

Mecíanse  varias  barcas  en  suave  cabeceo  en  las 
pequeñas  abras  de  la  costa,  ceñido  el  paño,  y  su- 
jetas á  la  maroma ;  en  tanto  que  otras,  haladas 
sobre  terrenos  areniscos,  semejaban  extraños  ce- 
táceos muertos,  depositados  allí  por  la  marea. 

De  improviso  hizo  resaltar  la  solemnidad  de 
este  silencio  un  canto  lejano  modulado  con  un 
tono  acompasado  y  melodioso,  cuyas  voces  eran 
claras,  vibrantes  y  bien  distribuidas,  extendiéndose 
á  lo  largo  de  la  orilla  como  una  plegaria  llena 
de  fe. 

Cantarela  se  estremeció,  alargando  su  brazo 
hacia  afuera  con  un  movimiento  rápido  y  ner- 
vioso. 

Era  un  coro  de  pescadores. 

Una  de  esas  barcarolas  ó  playeras  graves  y 
profundas,  en  que  suelen  descollar  voces  de  un 
timbre  soberbio,  mezcladas  á  las  bajas  notas  de 
pechos  enérgicos  y  cavernosos  parecidas  á  ru- 
mores de  ondas,  himnos  del  mar  inspirados  por  la 
tristeza  de  las  playas,  la  majestad  de  las  aguas,  la 
magnitud  del  peligiK),  la  aridez  de  las  rocas,  el  ca- 
lor  de  las  arenas,  la  fosforescencia  de  las  espumas, 
la  placidez  de  la  bonanza,  ó  la  furia  de  las  tormen- 
tas; y  cantadas  con  sentimiento  que  conmueve,  en 
la  hora  silenciosa  del  descanso,  sobre  las  peñas, 


BRENDA  107 

con  la  mirada  perdida  en  la  linea  de  las  dos  in- 
mensidades, sin  otra  música  que  el  monótono 
son  de  la  marea  y  el  columpio  de  las  barcas  al 
impulso  de  la  brisa;  cánticos  sencillos  y  sono- 
ros que  arranca  el  cansancio  de  la  lucha,  y  que 
consuelan  y  retemplan  para  la  lucha  de  mañana, 
en  que  se  levará  al  nacer  el  sol  el  ancla,  con  una 
esperanza  nueva. 

Sobresalía  entre  aquellas  voces  una  argenbna  y 
melodiosa,  de  una  frescura  y  vigor  admirables,  á 
través  de  la  distancia,  que  daba  al  coro  melancó- 
lico encanto. 

La  pescadora  se  había  quedado  inmóvil,  casi 
anhelante^  con  el  oído  hacia  la  ribera. 

—  i  Esa  voz! — murmuró, — ¿no  la  conoces? 

—  Podrá  ser:  es  muy  simpática.  Pero  dudo  que 
alcance  al  do  sobreagudo. 

—  No  me  siento  bien  aquí. 

—  ¿Hay  también  veneno  en  la  brisa  de  las  pla- 
yas ?  —  preguntó  Zelmar.  riendo  y  cerrando  la 
ventana. 

No  le  daremos  entonces  paso;  y  ven  á  mí  sin 
angustia,  mi  más  caro  afecto.  Al  pasar,  la  habré 
oído  tal  vez,  pero  todos  mis  sentidos  estaban  segu- 
ramente concentrados  en  otra  parte,  y  era  en 
aquella  donde  vivía  la  más  linda  mujer,  en  todo 
el  largo  de  las  costas,  oculta  como  una  concha 
delicada.  La  amé,  y  la  ofrecí  todo  un  tesoro  «de 
sentimientos  que  ella  aceptó,  dejando  entre  las 
toscas  redes  los  míseros  ensueños  de  una  exis- 
tencia obscura. 


108  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


¿Te  has  arrepentido,  acaso? 

—  iOh,   no!.... 

Puso  ella  la  mano  en  la  boca  del  joven,  y 
por  un  momento  permanecieron  estrechados,  en 
voluptuoso  deliquio. 

Ya  no  hablaron  más. 

Media  hora  después  un  silencio  profundo  rei- 
naba en  la  cámara  obscura. 

Oíase,  en  tanto,  á  lo  lejos,  el  canto  de  los  pes- 
cadores, menos  alto  y  sonoro,  pero  más  triste  y 
sentido,  dilatándose  en  monótonas  cadencias  por 
la  soledad  del  mar. 


VIII 


RAYOS    DORADOS 


En  la  mañana  siguiente,  entre  risueño  y  pen- 
sativo, el  joven  tomó  asiento  en  su  carruaje,  que 
le  esperaba  en  el  sitio  designado. 

Pensativo,  decimos,  porque  las  impresiones  de 
la  noche,  en  su  sentir,  diferían  un  poco  de  tan- 
tas otras  análogas  por  él  experimentadas,  y  de 
las  que  no  había  conservado  muy  prolija  me- 
moria. Era  ya  esto  un  motivo  de  preocupación  ; 


BRENDA  109 

ciertas  aventuras  suelen  concluir  en  drama.  En 
sus  gustos, — según  él  los  calificaba,  —  había  con- 
sultado siempre  la  « variedad  »  sin  comprometer 
la  energía  de  sus  pasiones  en  luchas  decisivas, 
aun  cuando  fuera  de  su  agrado  consumir  en  su 
misma  raíz  las  ajenas,  por  completo.  Conser- 
varse entero,  conmover,  sin  sentir  fuertes  emo- 
ciones en  realidad,  importaba  una  resolución  de 
conciencia  difícil  de  sufrir  quebranto.  Creía  ga- 
rantirse ó  por  lo  menos  preservarse,  con  su  se- 
gunda educación,  de  las  traiciones  del  senti- 
miento. 

Por  esta  vez,  sin  embargo,  temía  haber  ido 
más  allá,  en  los  entusiasmos  de  su  amorío,  y 
no  dejaba  de  inquietarle  la  sospecha  de  compli- 
caciones futuras,  muy  posibles,  dado  el  carácter 
de  la  pasión  que  había  inspirado.  A  pesar  de 
eso  le  halagaba  su  conquista,  y  se  decía  con 
cierta  complacencia  que  Cantarela  era  quizás 
«la  única  playera  que  no  olía  á  pescado  »,  aun- 
que hubiese  crecido  entre  redes,  ó  sepultádose 
muchas  veces  entre  espumas  de   salobres  ondas. 

En  estos  amores  ligeros,  de  cariño  áspero,  de 
afanes  mal  disimulados,  de  exigencias  sin  me- 
sura,  en  que  por  una  parte  se  da  todo,  como 
único  medio  de  llenar  la  capacidad  de  una  pa- 
sión ingenua,  y  por  la  otra  no  se  impone  tributo 
sino  á  la  fantasía,  para  mantener  una  temporada 
de  celo  y  de  apetito  no  bien  repleto;  en  esos 
poemas  de  último  orden,  por  decirlo  así,  en  que 


lio  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


la  correspondencia  es  nula  en  el  fondo,  y  apenas 
creíble  en  la  forma,  como  tantos  vínculos  vul- 
gares á  que  se  da  importancia  en  la  vida  de 
ella  careciendo,  suele  suceder  que  el  corazón 
apasionado  concluya  por  dominar  al  que  no  lo 
está;  que  la  amante  eleve  al  seductor  hasta  su 
nivel,  y  que  de  una  manera  insensible  destruya 
su  superioridad  y  le  haga  siervo  de  su  propia 
ligereza,  más  por  los  escrúpulos  que  la  preocu- 
pación social  suscitaría  en  un  espíritu,  de  suyo 
escéptico  en  otro  género  de  lances,  que  por  el 
amor  de  la  carne,  la  diver»ón  de  les  sencidos  6 
la  fiebre  del  placer.  Aun  en  los  caracteres  cí- 
nicos nótase  el  fenómeno  de  una  sensación  do- 
lorosa  ante  la  fuerza  del  reproche,  si  bien  pro- 
venga con  frecuencia  de  otros  más  dignos  de 
él,  lo  mismo  que  puede  producirla  el  escalpelo 
al  penetrar  en  un  órgano  lesionado  Y  es  porque 
hay  algo  parecido  á  una  violencia  moral  en  el  ca- 
riño que  no  se  retribuye,  el  que  cuando  no  logra 
atar  con  cadenas  de  oro,  tiene  en  su  apoyo  las 
mismas  preocupaciones  y  temores  del  que  lo  ha 
provocado. 

Zelmar  recordaba  aquellas  palabras  de  Gabriel 
Riquetti,  de  tan  clara  verdad,  en  sus  cartas  á 
Sofía: — Cuando  una  mujer  se  entrega  por  com- 
pleto á  un  amante,  debe  haber  conocido  bien  al 
hombre  que  su  amor  le  ofrecía.  El  don  de  su 
aprecio  y  su  confianza  han  precedido  necesaria- 
mente   al  de  su  corazón. 


BRENDA  111 


Ya  es  mucho  que  la  mujer  penetre  en  las  re- 
cámaras y  circunvalaciones  del  pensamiento  del 
hombre  á  quien  se  prodiga,  y  vaya  allí  mismo  á 
sorprender  los  planes  del  futuro  y  las  infidencias 
del  presente,  armada  de  esa  pasión  celosa  y  vi- 
gilante que  todo  atisba  y  nada  perdona,  en  ob- 
sequio á  su  natural  egoísmo. 

En  estos  y  otros  pensamientos  semejantes,  iba 
absorto,  cuando  vino  á  apartarle  de  ellos  un  in- 
cidente pa^ajerb. 

El  coche,  que  había  rodado  por  la  calle  de 
Andes,  detúvose  4e  pfonto  al  llegar  á  la  del  1 8 
de  Julio,  para  dar  paso  á  un  elegante  cupé  que 
conducía  á  una  dama.  El  encuentro  fué  inespe- 
rado y  de  sensación. 

Zelmar  se  apresuró  á  asomar  la  cabeza,  des- 
cubriéndose con  respetuoso  afecto. 

En  seguida  pensó: 

Viene  de  misa.  ¿Adonde  irá? 

La  dama,  que  era  Areba  Linares,  al  contestar 
aquel  saludo  con  una  sonrisa  graciosa,  conclu- 
yendo de  ajustarse  un  guante,  reiteró  alguna 
orden  á  su  cochero. 

Mientras  el  carruaje  de  Zelmar  seguía  su  mar- 
cha al  centro,  el  cupé  continuó  hacia  el  este  por 
los  rieles  de  la  ferrovía,  cruzó  por  delante  del  ce- 
menterio inglés,  y  cambió  en  Médanos  de  rumbo. 
A  breve  trayecto  por  esta  calle,  prosiguió  veloz- 
mente por  la  de  Estanzuela,  en  dirección  á  la 
quinta  de  Orfila  de  Nerva. 


112  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Los  sitios  que  el  cupé  recorría  han  sufrido 
transformaciones  notables  de  algunos  años  atrás, 
especialmente  los  comprendidos  en  la  zona  ribe- 
reña, hasta  el  Buceo. 

Estos  lugares,  que  conoció  Azara,  y  que  alum- 
braron los  vivaos  de  las  tropas  británicas,  des- 
pués de  gloriosos  combates,  eran  á  principios 
del  siglo  terrenos  agrestes  é  ,  incultos,  de  pinto- 
rescas colinas,  cubiertos  de  médanos  y  mato- 
rrales sombríos,  en  los  que  apenas  se  alzaban, 
bajo  tiro  de  cañón  de  la  ciudadela,  algunos  edi- 
ficios dispersos  de  irregulares  proporciones.  De 
una  parte  hacia  el  levante,  casas  aisladas,  la  es- 
cuela práctica,  el  horno  de  Viana  y  el  matadero 
de  Sierra ;  hacia  el  mediodía  el  cuartel  de  Blan- 
dengues y  corrales  de  Silva,  y  más  al  este  los 
de  Martínez  y  de  Pérez,  y  el  cuartel  de  los  In- 
dios, con  una  que  otra  población  solitaria  de  pe- 
sada arquitectura,  en  sus  cercanías. 

El  tiempo  ha  pasado  su  mano  sobre  esas 
construcciones  de  una  sociedad  vieja,  dejando 
apenas  en  pie,  como  vestigio  melancólico,  alguna 
obra  ruinosa,  de  aspecto  conventual,  con  sus  pa- 
lomares de  antaño,  sus  corredores  húmedos  y 
obscuros,  sus  enrejados  de  presidio,  sus  paredes 
de  caserna  de  una  solidez  extraordinaria,  y  sus 
chimeneas  rectas  y  macizas,  por  donde  parece 
aún  escaparse  el  humo  de  las  veladas  coloniales. 

Bajo  la  acción  del  progreso  y  del  cambio  que 
corrige  ideas  y  costumbres,    el  panorama   ofrece 


BRENDA  113 


hoy  muy  diversas  perspectivas  y  paisajes  deli- 
ciosos. Han  desaparecido  con  los  lugares  desier- 
tos esos  edificios  negros  y  tnstes,  diseminados 
en  las  alturas,  á  manera  de  centinelas  de  piedra 
de  la  tradición,  vigilantes  y  fieles  á  la  consigna, 
hasta  caer  á  fragmentos  bajo  el  pico  del  obrero. 
El  gas  alumbra  los  antiguos  matorrales  conver- 
tidos en  paseos;  el  riel  de  acero  trepa  las  co- 
linas y  se  desliza  por  las  pendientes ;  blancas  y 
alegres  moradas  se  elevan  en  la  espesura  de  ve- 
getaciones lujuriosas,  con  toda  la  belleza  y  ga- 
llardía del  arte;  fábricas  y  escuelas  se  levantan 
junto  á  las  capillas  y  monasterios  de  moderna 
arquitectura,  como  indicando  que  hay  una  acti- 
vidad febril  y  creadora  capaz  de  absorber  las 
fuerzas  que  la  preocupación  ó  la  inercia  des- 
vían y  esterilizan  por  el  momento ;  el  buen 
gusto  se  ha  difundido  con  la  vida  regalada,  y  ha 
impreso  su  sello  en  las  casas  de  campo,  jar- 
dines, avenidas,  sitios  de  recreo,  formando  vías 
de  comunicación  fácil  y  estrecha  con  la  ciu- 
dad antigua,  cuya  traza  incorrecta  y  tortuosa, 
contrasta  singularmente  con.  el  plano  topográfico 
de  una  parte  de  la  nueva,  y  cuyas  escasas  con- 
diciones higiénicas  impulsan  á  las  familias  de 
regular  fortuna  á  buscar  más  puro  ambiente  en 
los  suburbios  en  la  temporada  ardorosa  del  estío. 
La  casa- quinta  de  la  señora  Orfila  de  Nerva, 
como  la  que  habitaba  Raúl,  reunían  en  su  con- 
junto sencillo  y  elegante,  todos    los    encantos   y 


114  K.   ACEVEDO  DÍAZ 


alicientes  propios  para  una  temporada  festival, 
cerca  de  la  costa,  y  perpetuamente  acariciadas 
por  la  brisa  marina.  El  retiro  era  allí  solitario, 
agradable  y  tranquilo;  verdaderas  mansiones 
campestres,  sin  el  bullicio  ensordecedor  de  la 
ciudad,  y  sin  la  soledad    monótona    del  desierto. 

Como  de  costumbre,  hallábase  Brenda  de  pie 
desde  muy  temprano  esa  mañana. 

Recorría  Ja  quinta  con  un  gajo  de  nardo  lleno 
de  flores  en  la  mano,  y  un  sombrero  de  pajilla 
de  anchas  alas,  suspendido  del  brazo  con  una 
cinta  de  moaré,  cuando  le  anunciaron  la  visita 
de  su  amiga. 

Corrió  en  el  acto  á  su  encuentro  con  el  rostro 
radiante  de  placer.  Era  para  ella  muy  grata  la 
presencia  de  Areba,  á  quien  la  ligaba  esa  dulce 
é  interesante  amistad  que  tanto  embellece  y  tiñe 
de  brillantes  colores  las  horas  de  la  mujer,  po- 
niendo de  relieve  sus  sentimientos  tiernos  y  acen- 
drados, mientras  la  sombra  de  pasiones  absor- 
bentes no  empaña  el  cristal  de  sus  purezas,  ó 
marchita  la  edad  la  fe  del  corazón. 

Prodigáronse  caricias,  y  muchos  de  esos  besos 
armoniosos  que  las  mujeres  lindas  se  dan  en  los 
labios,  sin  reserva,  y  con  naturalidad  encantadora. 

—  Vengo  á  pasar  contigo  el  día,  —  dijo  Areba. 
—  ¿Me  aceptas? 

—  Debiera  decirte  que  no,  para  que  no  te  se 
ocurran  esas  cosas.  Sabes  cuánto  gozo  con  tu 
presencia,  y  qué  agradables  momentos  nos  pro- 


BRENDA  115 


porcionas.  Verás  qué  contento  el  de    mi    madre, 
que  no  te  esperaba  hoy  ciertamente. 

—  Me  agradan  las  sorpresas:  ¿sigue  bien? 
Brenda  hizo  un  gesto  de  disgusto. 

—  Se  ha  restablecido  de  sus  últimos  quebran- 
tos,—  contestó  luego,  con  acento  en  que  se  tras- 
lucía alguna  pena;  -— »pero  ha  quedado  bastante 
débil  y  abatida .... 

—  Eso  es  natural  al  salir  dé  una  dolencia,  y  no 
veo  motivo  de  alarma.  Tú  estás  bien  siempre, 
querida  amiga :  ¡  cada  día  más  bella ! 

Brenda  se  puso  encendida,  y  sonrióse. 

—  ¿Será  porque  te  regale  esta  flor,  Areba?  La 
pondré  en  tu  seno,  y  verás  como  aparece  menos 
linda  que  tu  rostro. 

Y  arrancando  del  gajo  un  nardo  lleno  de 
aroma  y  de  frescura,  lo  colocó  en  el  pecho  de 
su  amiga,  poniéndose  delante  de  ella,  y  buscando 
con  los  suyos  los  bermejos  labios  de  aquella 
hermosura  altiva,  que  sólo  parecía  enternecerse 
al  suave  halago  de  una  amistad  profundamente 
sincera  y  delicada. 

—  ¡Aduladora!  nada  me  dejas  que  decirte, — 
repuso  Areba  con  voz  blanda  y  cariñosa,  levan- 
tándose el  velo  blanco  que  cubría  sus  ojos  de 
grandes  y  profundas  pupilas,  para  fijarlos  mejor 
en  el  célico  semblante  de  Brenda. 

Luego  puso  sus  manos  en  los  hombros  de  la 
joven,  y  agregó  con  un  suspiro : 

—  Hoy  tocarás  el    piano,    y    yo  cantaré:    ¿te 


IIG  E.   ACBVEDO  DÍAZ 


parece  bien  ?  Escogeremos  la  música  de  Schubert 
y  de  Weber,  que  tanto  te  gusta,  y  que  impre- 
siona á  tu  noble  protectora ;  esa  música  que 
nunca  envejece  y  que  subyuga  siempre.  . . . 

—  ¡Oh,  sí!  la  elección  no  puede  ser  más  acer- 
tada y  ella  prueba  tu  buen  gusto.  ¡Qué  hermo- 
sos momentos  vamos  á  pasar!  Recorreremos  el 
jardín  y  toda  la  quinta,  la  choza  de  Zarnbique, 
el  estanque,  la  huerta ;  y  después  iremos  á  la 
costa  para  conversar  con  los  pescadores,  y  recci- 
ger  conchillas  y  piedrecitas  de  colores  en  la 
playa .... 

—  No  tendré  tal  vez  tiempo  para  tanto,  mi 
amada  Brenda;  pero  algunas  de  mis  horas  te 
pertenecen.  Hablaremos  de  tí,  de  tus  sueños,  de 
tus  esperanzas,  de  tus  dichas .... 

—  Y  tú  me  narrarás  con  más  reposo  que  la 
última  vez  el  episodio  del  paso  del  Molino,  en 
que  tan  expuesta  estuvo  tu  vida,  y  del  que  aún 
se  habla  como  de  un  tema  preferente. 

—  ¿Por  qué  no?  —  dijo  Areba,  tratando  de  di- 
simular una  emoción.— -No  olvidaré  el  menor  de- 
talle de  aquellos  que  haya  podido  dominar  con 
mi  vista,  y  que  conserva  fielmente  mi  memoria. 
¡Bien  hiciste  en  no  acompañarme  aquel  día! 

Bien.  .  .  .¿dije? 

Y  Areba  quedó  un  instante  en  suspenso. 
Pero,  muy    pronto    añadió   entre    risas   armo 
niosas : 

—  La  pobre  Julieta  hubo  de  ser  también   víc- 


HRENDA  117 


tima  de  aquel  suceso;  no  puedes  imagfinarte 
cuánto  sufrió  en  los  momentos  críticos ;  y  aún, 
mucho  después,  parecía  que  le  habían  puesto 
apagadores  en  la  voz .  .  .  .  ¡  Pero  luego  conversa- 
remos de  esto!  Llévame  ahora  adonde  está  la 
buena  anciana,  que  ansio  verla. 

-  i  Vamos  allá! 

Y  las  jóvenes,  cogidas  del  brazo,  atravesaron 
con  rapidez  el  espacio  que  las  separaba  del  ves- 
tíbulo, enlosado  primorosamente,  penetrando  en 
seguida  en  un  gran  patio  rodeado  de  corredores, 
sostenidos  por  finas  columnas  estucadas,  como 
las  paredes.  Cubrían  el  suelo,  en  caprichosas 
formas,  gran  número  de  plantas  de  mérito,  cir- 
cuidas de  boj ;  en  el  centro  una  fuente  con  ba- 
samento de  mármol  estriado  despedía  dos  cho- 
rros de  agua,  á  los  dos  flancos;  y  trepaban  las 
madreselvas  y  enredaderas  de  coral  por  las  co- 
lumnas, en  pintoresca  confusión  con  otras  de  flo- 
recillas  azules  y  encarnadas.  Un  gran  globo  de 
vidrio  color  violeta,  pendía  de  la  airosa  arcada 
del  medio,  y  á  los  lados  dos  canastillos  capri- 
chosos, figurando  largos  nidos  de  colibríes,  llenos 
de  claveles  del  aire. 

Oíase  canto  de  canarios,  prisioneros  en  precio- 
sas jaulas  de  formas  chinescas  que  colgaban  de 
los  arcos,  rozándose  con  el  follaje  terso  y  verde 
de  los  naranjos ;  y  uníanse  á  sus  gorjeos  seduc- 
tores las  notas  de  barítono  de  un  cardenal  blanco 
con    penacho    rojo,    que    hinchaba    su    garganta, 


118  E.   ACEVEDO  Df.4Z 


firme  en  un  palillo,  allá  en  el  extremo  opuesto, 
como  escuchándose  ufano  y  satisfecho,  á  pesar 
de  los  trinos  melodiosos  que  encantaban  el 
espacio. 

—  j Cuántos  como  ése  pululan  por  ahí!  exclamó 
Areba,  que  no  pudo  menos  de  fijar  su  atención 
en  la  petulancia  del  cantor  mediocre. 

—¿Has  visto? — dijo  Brenda,  riendo  con  albo- 
rozo.—  Es  lomas  engreído;  pero  se  ha  hecho 
querer,  y  hay  que  dispensarle  los  mimos. 

Las  plantas,  en  su  colocación,  formaban  un 
exágono  regular,  con  senderos  de  arena  y  con- 
chilla. Uno  de  éstos  partía  del  extremo  del 
zaguán,  en  línea  recta,  y  terminaba  al  pie  de  la 
arcada  opuesta,  en  cuyo  fondo  una  gran  puerta 
daba  salida  á  la  quinta.  Dos  de  los  arcos  de 
las  galerías,  situado  el  uno  frente  á  la  sala  de 
recibo,  y  el  otro  al  comedor,  aparecían  cubiertos 
en  parte  y  sustentaban  en  serie  de  lozanas  y 
verdes  coronas,  multitud  de  guías  de  plantas 
trepadoras,  cuajadas  de  flores,  en  cuyo  seno  se 
veían  dos  lámparas  con  bombas  de  cristal,  color 
rosa  y  celeste. 

Pasadas  eran  ya  las  siete  de  la  mañana, 
cuando  las  dos  jóvenes,  con  demostraciones  de 
dulce  regocijo,  entraban  en  el  dormitorio  de  la 
señora  de  Nerva,  cuyo  sueño  había  concluido. 

Fué  como  una  entrada  triunfal,  que  llenó  de 
júbilo  á  la  anciana;  y  por  largos  momentos  la 
asediaron  aquellas  dos  primaveras,  hablándole  de 


BRENDA  119 

todo,  y  comunicándole  en  cierta  manera,  con  sus 
parloteos  y  alegrías,  algo  de  ese  entusiasmo  de 
juventud  que  remueve  fibras  ya  insensibles  en 
los  últimos  lustros  de  la  existencia. 


IX 


PRIMEROS    CELAJES* 


La  señora  Orfila  de  Nerva,  viuda  de  un  hom- 
bre distinguido,  vióse  á  la  muerte  de  su  esposo 
sin  familia  y  poseedora  de  una  importante  for- 
tuna. Aunque  retirada  desde  entonces  de  los 
círculos  sociales  en  que  había  sido  objeto  de 
merecidas  simpatías,  conservaba  sin  embargo  el 
grado  de  consideración  que  se  conquista  una 
mujer  de  virtudes,  reapareciendo  en  aquéllos  de 
vez  en  cuando  para  recibir  las  mismas  elocuentes 
pruebas  de  aprecio.  Si  bien  esto  era  un  consuelo 
á  su  soledad,  lo  fué  más  la  compañía  de  Brenda, 
en  quien  concentró  sus  mayores  afectos.  Había 
vinculado  al  principio  á  su  existencia  á  la  niña 
huérfana,  inspirada  por  sentimientos  de  piadosa 
filantropía  y  como  un  tributo  á  la  memoria  del 
padre,    de  quien   su  esposo  recibiera  nobilísimos 


120  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


servicios,  propios  de  una  amistad  leal  y  sincera; 
pero,  á  medida  que  avanzó  el  tiempo,  lo  que 
sólo  había  sido  objeto  de  un  acto  de  conciencia, 
convirtióse  en  verdadera  pasión.  Un  cariño  acen- 
drado reemplazó  al  vacío  del  aislamiento.  El  ge- 
neroso corazón  de  la  anciana  pudo  compensarse 
sin  esfuerzos  de  las  horas  amargas  de  pasados 
duelos.  Brenda  reunía  todas  las  preciosas  cali- 
dades de  esas  almas,  tanto  más  elevadas  y  aus- 
teras, cuanto  han  conseguido  salir  ilesas  del  seno 
del  dolor  y  la  desgracia,  en  pos  de  una  lucha 
tenaz  y  ruda.»  ¡Raro  ejemplo!  Pero  no  es  sólo  el 
brillante  el  que  soporta  la  prueba  del  fuego:  hay 
joyas  de  carne  de  mayor  valía,  que  la  tentación 
acosa  y  rodea  en  medio  de  la  miseria  y  de  la 
noche,  sin  lograr  que  su  virtud  flaquee  ó  em- 
palidezca su  brillo.  Han  nacido  como  la»  perla 
solitaria,  y  en  su  crecimiento  noble  se  mantienen 
ocultas  y  adheridas,  en  el  interior  de  su  alcázar 
de  nácar,  donde  resisten  el  olaje  de  las  pasiones 
y  la  presión  fatal  de  fuerzas  ciegas  para  lucir 
más  tarde  puras  y  hermosas  en  las  guirnaldas 
del  amor  y  de  la  dicha.  Brenda  pertenecía  á  esas 
naturalezas  exquisitas  y  delicadas,  cuya  sensibi- 
lidad profunda  ofrece  á  la  vejez  doUente,  la  lum- 
bre y  el  calor  vital  que  amengua  el  frío  de  sus 
años.  Su  cariño  entibiaba  y  removía  las  fibras 
como  un  aliento  de  primavera:  había  adquirido 
el  hábito  de  amar  más  en  la  hora  del  rigor  de  la 
suerte,  que  en  los  días  plácidos  y  serenos,  y  nunca 


BRENDA  121 


se  había  preocupado  de  sí,  sin  pensar  á  la  vez  en 
el  deber  de  conservar  entero  el  culto  á  su  noble 
protectora.   ¡No   conocía    todavía   ningún  drama 
íntimo    de  conflicto  de  deberes !  Era  amada  con 
pasión  entrañable.  Orfila  de  Nerva  había  sabido 
concentrar    en    su    corazón  recogido    y  envuelto 
entre   los   pliegues   del    recuerdo,    el    caudal    de 
ternuras  no  ]  prodigadas  por  sino  de  la  suerte,  y 
que  ella  debía  gozar  más  tarde  sin  reservas.  Por 
esto  mismo,  sin  duda  en  el  exceso  de  su  cariño 
y   creyendo   reinar    sin     rival    en    aquella    alma 
joven  é  ingenua,  la  anciana  se  proponía   la  feli- 
cidad   de   su   pupila    sobre  la  base  de  una  obe- 
diencia  respetuosa  que  Brenda  no  desmintió  en 
sus  días   tranquilos.     Pensaba   no   proceder   con 
egoísmo  de  esta  manera.  Una  niña  honesta,  según 
las  reglas   de   las   antiguas   costumbres   y  de  la 
educación  de  otras  épocas,  tenía  asignada  en  los 
proyectos  de  la   potestad   doméstica    la  elección 
casi  irrevocable  de  su  destino.  Lógica   inflexible 
la  de  aquel   corazón  viejo,  y  en  el  fondo  tiemí- 
simo;    no   recordaba    quizás   que   también   tuvo 
pasiones   vehementes  y  espontáneas;  y   por  eso, 
hablando  más  en  ella  la  dura  práctica  del  tiempo, 
parecía  dispuesta  á  reñir  los  ideales  juveniles,   á 
burlarse  mansamente  del  ensueño  y  hacer  gesto 
desdeñoso  á  la  ilusión  dorada.  Algo  de  positivismo 
frío  y   severo  se   mezclaba  al  cariño  inefable,  el 
último  tal  vez  que   le  hacía  grata  la  vida;  y  al 
prodigarlo  sin  reserva,  le  agregaba  un  poco  del 


122  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


criterio  suspicaz  del  desengaño  de  que  hiciera  en 
'el  mundo  abundante  cosecha.  Imaginábase  así  que 
podía  indicar  la  fórmula  de  la  ventura  posible 
y  evitar  á  la  joven  las  asperezas  y  dificultades 
del  problema,  sin  tener  presente  que  toda  natu- 
raleza virgen  debe  á  la  prueba  del  dolor  su  tri- 
buto, aunque  fuere  dejando  la  mayor  parte  de 
sus  bellos  ideales  á  lo  largo  del  camino.  ¡Cuan 
difícil,  sin  embargo,  podría  ser  una  transición 
suave  de  la  actual  dicha  apacible  á  una  felicidad 
futura,  sin  pesares,  sin  obstáculos,  sin  fantasías 
peligrosas. 

Brenda  había  sido  instruida  y  educada  con 
esmero.  La  solicitud  de  su  protectora  siguió  siendo 
extrema  á  este  respecto.  Inteligente,  juiciosa  y 
contraída,  la  joven  pudo  alcanzar  ese  grado  de 
instrucción  que  no  sería  impropio  calificar  de 
sólida  y  eficiente,  dados  los  horizontes  que  por 
lo  común  se  asignan  al  desarrollo  intelectual  de  la 
mujer  en  otras  partes,  y  que  hanse  ensanchado 
en  Montevideo  hasta  el  punto  de  ofrecer  una 
carrera  honrosa  al  sexo  débil.  La  señora  de  Nerva 
no  la  proporcionó  sino  en  parte  esta  educación 
que  ella  traía  ya  de  su  primer  hogar;  pero  en 
cambio,  al  contemplarla,  adunó  á  sus  beneficios 
la  de  los  sentimientos  morales  y  estéticos.  Brenda 
cultivó  la  música  y  la  pintura,  inclinándose  más 
á  aquélla  que  parecía  guardar  mejor  armonía 
con  su  espíritu. 

El  mágico  arte  constituyó  uno  de  sus  placeres 


BRENDA  123 


predilectos,  á  la  vez  que  el  grato  solaz  de  la 
anciana.  Cuando  acompañaba  á  Areba  en  el  piano, 
y  se  confundían  en  deliciosa  conjunción  formando 
un  solo  idioma  indefinible  los  sonidos  de  las 
teclas,  bajo  dulce  ó  vigorosa  pulsación,  y  las 
notas  arrebatadoras  del  canto  entonado  con  una 
voz  fresca,  llena  y  melodiosa,  la  señora  de  Nerva 
caía  en  embeleso  como  si  los  ecos  de  aquel  li- 
rismo seductor  esparcieran  en  la  atmósfera  miles 
de  átomos  impalpables  del  recuerdo.  Recién  en- 
tonces surgían  en  su  memoria,  pálidos,  los  muer- 
tos ideales  de  juventud. 

De  las  predilecciones  de  Brenda,  nada  se  sabía; 
pero  era  notorio  que  la  señora  de  Nerva  consi- 
deraba digno  y  ventajoso  su  enlace  con  el  doctor 
Lastener  de  Selis,  que  había  logrado  de  tiempo 
atrás  cierto  ascendiente  en  su  espíritu,  en  su  ca- 
lidad de  médico  de  cabecera  y  de  antiguo  amigo» 

No  se  ignoraba  tampoco  que  Brenda  había 
respondido  á  las  reiteradas  insinuaciones,  con 
estas  simples  palabras: 

— Sabes  que  soy  dichosa:  ¿por  qué  quieres 
arrancarme  de  tu  lado?  Tiempo  hay  de  pensar 
en  lo  otro,  cuya  necesidad  no  siento,  y  cuyos- 
desconocidos  goces  no  cambiaría  por  los  actuales. 

Y  el  tiempo  había  pasado  sin  que  la  joven  se 
manifestase  abiertamente,  y  sin  que  la  señora  de 
Nerva,  por  su  parte,  insistiera  en  sus  maternales 
exhortaciones.  No  era  dudoso,  sin  embargo,  qu& 
en    la    época   á   que   nos  referimos   se  hubiesen. 


124  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


renovado  con  alguna  exigencia.  Brenda  tenía  sus 
momentos  de  melancólico  retraimiento,  como  si 
algo  de  grave  y  solemne  inclinara  su  espíritu  á 
la  meditación. 

^  ¿Qué  de  extraño,- -  recordando  los  beneficios 
pasados,  y  reconocida  al  favor  del  presente,  — 
que  la  joven  sostuviera  una  lucha  quizás  superior 
á  sus  fuerzas  entre  los  designios  formales  de  su 
protectora  y  los  secretos  impuleos  de  su  propio 
corazón  ? 

Esto  era  posible,  como  posible  es  que  de  cau- 
sas en  apariencia  ínfimas  y  pequeñas,  cuando  no 
desconocidas,  nazca  el  infortunio,  sobrevenga  el 
drama  y  se  perturbe  la  paz  de  la  familia. 

De  una  existencia  cómoda,  la  joven,  todavía 
niña,  había  pasado  á  la  orfandad  y  al  aislamiento; 
y  de  esta  amarga  situación,  á  una  vida  de  opu- 
lencia en  que  un  amor  extraño,  pero  sincero  y 
profundo,  reemplazaba  bien  los  halagos  del  pri- 
mer hogar.  En  este  último  período  era  que  había 
fijado  recién  sus  ojos  en  el  mundo,  que  le  ofrecía 
sinnúmero  de  encantos  y  misteriosos  deleites,  y 
comprendido  que  su  deuda  de  corazón  sólo  po- 
día ser  cubierta  por  excesos  de  ternura  y  de  res- 
peto. Explicábase,  pues,  la  tribulación  de  su  es- 
píritu, que  ella  ahogaba  en  la  más  discreta  re- 
serva, y  en  un  absoluto  silencio. 

En  la  mañana  de  que  hablamos,  on  instantes 
en  que  Brenda  no  se  hallaba  presente,  la  señora 
de  Nerva  dirigiéndose  á  Areba,  díjole  en  tono  de 
afectuosa  confianza: 


BRENDA  125 

— Bien  sé  que  Vd.  anhela  como  yo  la  felicidad 
<le  mi  pupila,  y  no  ignora  que  ella  aun  se  mues- 
tra irresoluta.  Conoce  Vd.  mis  propósitos,  á  cuya 
realización  nada  se  opone,  y  en  los  que  á  mi  jui- 
cio se  funda  el  futuro  bienestar  de  Brenda.  Esta 
dolencia  que  me  aqueja  y  no  me  abandona,  me 
hace  pensar  seriamente  en  esas  cosas,  y  cuento 
para  el  éxito  con  la  excelente  intervención  de  Vd. 
!Ella  es  dócil  y  accesible,  y  su  amistad  mucho 
puede.  Sueño  con  esta  criatura,  Areba;  es  mi 
único  afán,  mi  sola  preocupación  y  mi  último  ca- 
riño. Sus  escrúpulos  de  niña  serán  disipados  fá- 
cilmente al  menor  esfuerzo  de  su  parte,  y  espero 
de  Vd.  tan  señalada  bondad. 

Areba  escuchaba  entre  atenta  y  pensativa,  pa- 
sando entre  sus  dedos  la  borlilla  del  abanico. 

Pareció  animarse,  cuando  la  anciana  aproxi- 
mándose bien  á  ella,  añadió  en  voz  muy  baja, 
como  temiendo  ser  oída: 

—  He  notado  que  algo  de  nuevo  pasa  por  el 
ánimo  de  Brenda,  y  mucho  me  aflige  que  no  sea 
eso  efecto  exclusivo  de  mis  cariñosos  consejos, 
j  Quizás  yo  me  engañe,  y  dichosa  serial  Pero  al- 
gunas cosas  han  pasado  que  me  tienen  inquieta, 
y   tiemblo  á  la  idea  de  un  amor.  . . . 

Interrumpióse,  y  se  volvió  con  presteza  para 
cerciorarse  de  que  estaban  solas,  con  el  índice  en 
los  labios,  y  el  gesto  especial  de  quien  titubea 
en  revelar  un  secreto. 

Brilló  la  mirada  de  Areba,  que  murmuró  solí- 
cita é  impaciente : 


126  E.  ACaEVEDO  DÍAZ 


— De  un  amor,  decía  Vd. ... 

—  Sí:  ¡de  un  amor  imposible! 

—  Es  grave. 

—  Lo  considero  así,  y  por  eso  me  apresuro  á 
prevenir  las  ocurrencias.  ¿Puedo  contar  con  el 
prestigio  de  su  afecto? 

En  ese  momento  apareció  Brenda  en  el  um- 
bral, abriendo  y  cerrando  un  quitasol  de  raso  ce- 
leste. 

—  Ya  estoy  pronta,  querida  amiga,  —  exclama 
con  alborozo,  —  para  una  gira  por  la  quinta.  An- 
daremos entre  los  árboles,  mientras  el  sol  no- 
queme;  de  aquí  hasta  la  choza  de  Zambique,  y 
de  allí  el  regreso :  ahí  tienes  mi  itinerario.  ¿  Ver- 
dad que  es  bastante,  madre,  para  lo  que  resta  de 
la  mañana? 

—  Así  es,  —  contestó  la  anciana  sonriendo;  — 
pero  tengan  cuidado  con  Ja  cachimba,  y  no  se 
aproximen  demasiado  al  estanque  grande  del 
fondo.  .  . . 

—  Iremos  con  juicio,  —  dijo  Areba  levantándose^ 
y  arreglando  ligeramente  su  tocado.  —  Está  tan 
puro  el  aire  de  la  mañana,  que  invita  de  veras  al 
ejercicio. 

La  señora  de  Nerva  las  acompañó  hasta  la  ar- 
cada, é  hizo  allí  una  seña  expresiva  á  Areba,  al 
dejarlas. 

Las  jóvenes  se  internaron  en  la  quinta,  por  una 
calle  de  árboles  frutales,  hojosos  y  sombríos. 

—  ¿Son  agradables  las   vistas   vecinas? — pre- 


BRENDA  127 

gnntó  Areba  con  aire  distraído.  —  Nada  me  has 
dicho  sobre  el  particular,  y  éste  es  un  detalle  muy 
importante  para  la  que  como  tú  pasa  todo  el  ve- 
rano en  el  campo. 

—  Todas  las  vistas  son  muy  bellas, —  respondió 
Brenda,  cuyo  semblante  se  tiñó  de  un  fugaz  car- 
mín;—  y  difícilmente  podría  indicarte  preferencias. 
Aparte  de  las  colinas  y  médanos  que  se  extienden 
más  allá  del  estanque,  que  se  encuentra  al  fondo, 
todos  los  alrededores  están  llenos  de  quintas  y 
chacras  muy  bien  cultivadas.  Después,  la  costa, 
que  es  tan  pintoresca.  ¿No  te  gustan  las  olas, 
y  el  aire  de  la  playa? 

—  Sí,  —  repuso  Areba  meditabunda; — todo  eso 
rae  halaga  por  momentos.  La  naturaleza  es  como 
una  persona  á  quien  hemos  visto  desde  muy  ni- 
ños, y  que  se  conserva  á  nuestros  ojos  casi  inal- 
terable con  singular  artificio,  á  pesar  del  tiempo 
que  ha  destruido  nuestras  ilusiones,  sin  convertir 
en  calva  su  cabeza,  ni  en  caverna  su  boca.  Esta 
especie  de  Fausto  se  hace  monótono,  á  semejanza 
del  solterón  empedernido  cuyas  gracias  pasan  de 
moda ;  y  es  preciso  refugiarse  en  la  soledad,  con 
nuestras  tristezas  profundas,  para  encontrar  algo 
de  nuevo  en  el  cuadro  de  todos  los  días,  y  en  los 
contrastes  de  todas  las  horas.  En  medio  de  la 
alegría,  ó  por  lo  menos  de  satisfacciones  natura- 
les que  nos  rodean,  en  sociedad  ó  en  familia,  el 
espíritu  se  preocupa  más  de  lo  que  le  afecta  de 
cerca  y  ha  de  constituir  su  contentamiento   más 


128  E.   ACEVEJX)  DÍAZ 


duradero;  así  acaece  que  se  busque  en  lo  real  lo 
que  resalta  y  proviene  del  refinamiento  de  gusto, 
y  puede  identificarse  con  nuestro  ser  .  .  .  Díme : 
¿No  se  te  ha  ocurrido  cosa  semejante,  al  pen- 
sar en  un  hombre,  que  es  encarnación  y  no  som- 
bra, que  has  visto,  que  has  hablado,  cuya  mano 
has  estrechado  tal  vez,  sin  notar  en  ella  el  hielo 
del  mármol,  sino  el  dulce  calor  de  la  sangre  que 
comunica  otra  vida  á  las  venas,  y  despierta  emo- 
ciones desconocidas  hasta  entonces? 

Al  decir  esto,  la  joven  fijó  en  su  amiga  una 
mirada  penetrante  y  extraña,  que  produjo  en  ésta 
alguna  turbación. 

--Parece  que  hubieras  amado  mucho,  Areba, — 
respondió  Brenda  estrechándole  la  cintura  con  su 
brazo  con  fuerza  nerviosa,  mientras  hacía  girar 
en  el  aire  con  el  izquierdo  la  sombrilla. 

—  Sabes  que  me  consideran  indiferente,  ó  por 
lo  menos  demasiado  vanidosa,  para  entregar  sin 
lucha  mi  corazón.  Las  grandes  comodidades  que 
me  rodean,  no  bastan  á  desviar  la  sospecha  in- 
digna de  que  uso  balanza  en  amores  que  aún 
no  he  sentido,  pero  que  me  han  atribuido  siem- 
pre, pretendiéndose  haber  sondeado  mis  senti- 
mientos íntimos;  y  pienso  á  veces  que  se  desea 
que  yo  represente  el  papel  que  se  me  asigna,  y 
que  mucho  temo  concluya  por  agradarme.  Pero 
no  se  trata  ahora  de  esas  cosas.  Hablemos  de  tí, 
pues  á  ello  consagro  estos  instantes.  No  has  con- 
testado todavía  á  mi  pregunta. 


BRENDA.  129 

Guardó  Brenda  un  breve  silencio,  y  luego  dijo 
con  acento  tembloroso: 

—  Allí  cerca  del  seto  hay  un  banco  de  piedra, 
cubierto  ahora  por  la  sombra  de  altos  naranjos. 
Si  quieres  nos  sentaremos  en  él,  y  conversaremos 
sin  fatiga,  antes  de  ir  á  la  choza.  Lo  único  que 
puede  molestamos  es  la  marímbula  de  Zambique, 
pero  tal  vez  no  esté  hoy  tan  filarmónico. 

—  ¿Qué  es  eso? 

—  El  instrumento  músico  del  viejo  negro,  que 
tú  no  sabes  es  casi  todo  su  idioma,  pues  él  habla 
poco  ó  casi  nada,  hasta  el  punto  de  entenderle 
nosotras  solas. 

—  Bien:  iremos  al  banco  de  piedra. 

¡  Qué  hermosos  árboles !  Se  siente  uno  con  pla- 
cer aquí. 
¿El  seto  adonde  vamos,  mira  hacia  el  mar? 

—  -  Sí ...  .  pero  hay  otra  quinta  por  medio,  que 
sin  embargo  no  priva  por  completo  de  la   vista. 

— ¡Ah!  Y  ¿qué  familia  ocupa  esa  quinta? 

—  Familia.  .  .  .  ninguna.  Parece  ser  un  hombre 
solo. 

— ¿Joven? 
-Sí. 

—  ¡Qué  vida  solitaria! 

Debe  pasar  horas  muy  melancólicas  ese  joven, 
querida  amiga,  aun  cuando  el  romanticismo  le 
absorba. 

— Tal  vez. .  . . 

Sonrojóse  Brenda  al  pronunciar  esta  frase. 


130  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Una  leve  sonrisa  entreabrió  los  labios  de  su 
amiga,  quien  mudando  de  tono,  se  apresuró  á  de- 
cir alegremente: 

—  Desde  aquí  veo  una  parte  del  seto,  y  algu- 
nos pitacos  gigantescos  que  mucho  me  agradan 
porque  reúnen  colibríes  en  sus  flores  amarillas. 
¡Lleguemos  cuanto  antes! 

Precipitaron  ambas  el  paso,  y  en  pocos  mo- 
mentos estuvieron  junto  al  sitial  de  piedra;  pero 
apenas  acababan  de  sentarse,  cuando  resonó  á 
cierta  distancia  una  detonación,  seguida  de  un 
silbido  suave  y  de  un  ruidoso  aleteo,  como  de 
ave  de  vuelo  tardo  y  pesado. 

Segundos  después,  una  hermosa  perdiz  salvaba 
el  seto  con  las  alas  tendidas,  que  arrolló  bien 
presto,  para  caer  verticalmente  sobre  el  musgo 
delante  de  las  jóvenes,  destilando  sangre  por  el 
pico. 

Recogióla  Brenda  en  el  acto,  y  pasó  con  ca- 
riño su  mano  por  el  sedoso  plumaje,  levantando 
la  vista  hacia  el  seto,  trémula  y  afligida. 

— ¡Pobrecilla!  —  prorrumpió  Areba  con  su  aire 
abstraído.  —  ¡La. han  herido  en  la  entraña! 


BRBNDA  131 


X 


LOS   ESTEROS   DE   CARRASCO 


A  algunos  kilómetros  de  Montevideo,  hacia  el 
críente,  los  campos  presentan  una  sucesión  de 
oteros  más  ó  menos  elevados,  que  domina  el 
brazo  del  agrónomo.  El  cultivo  de  la  costra  ara- 
ble, á  todos  rumbos,  ha  reemplazado  la  dehesa  del 
pastoreo;  las  pacíficas  vacas  lecheras  al  ganado 
arisco;  y  regadas  vegas,  caseríos  y  villorrios,  á  las 
antiguas  propiedades  de  riqueza  pecuaria.  La  se- 
milla y  el  grano,  la  verde  gramínea  y  la  espiga 
dorada,  germinan,  brotan  y  se  elevan  donde  antes 
crecían  el  trébol,  la  gramilla  y  el  árido  cardo  de 
penachos  azules;  surgfiendo  á  la  vez  con  la  agri- 
cultura que  todo  lo  suaviza,  -empezando  por  la 
dura  costra  que  reposa  sobre  el  limón  pam- 
peano,—  las  pequeñas  industrias  productivas,  que 
atraen  nuevos  agentes,  y  útiles  más  perfectos  á  la 
labor  fecunda. 

En  los  contomos  de  los  esteros  de  Carrasco, 
nótase  ese  aspecto  risueño  de  vida  y  de  trabajo. 
Estos  sitios  fueron  en  otros  años  los  predilectos 


132  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


de  los  buenos  cazadores,  y  por  entonces,  los 
perdigueros  levantaban  fácilmente  de  los  altos 
pastizales  excelentes  piezas  de  caza  menor  y  po- 
blaban las  ciénagas  numerosas  becasinas.  Pero, 
en  la  época  á  que  nos  referimos,  el  monte  no 
presentaba  sino  anchas  brechas;  y  el  álveo  del 
arroyo  no  escondía  sus  ondulaciones  de  culebra 
entre  el  doble  festón  de  producción  arbórea,  que 
el  hacha  del  leñador  ha  ido  talando  lentamente. 

Solían,  sin  embargo,  bajar  alh'  retozando  los  pa- 
tos silvestres,  y  otras  aves,  codiciadas  siempre 
por  su  hermoso  plumaje.  Esta  circunstancia  es- 
timuló á  Raúl  á  trasladarse  al  sitio,  antes  de 
apuntar  el  alba  de  aquel  día. 

Era  la  caza  una  de  sus  pasiones  favoritas,  y  ha- 
cía periódicamente  excursiones  lejanas,  en  busca 
de  campos  abundantes  en  perdices  y  piezas  ma- 
yores. 

Esta  vez  había  limitado  hasta  allí  su  paseo,  y 
escogido  la  parte  menos  frecuentada  de  la  orilla, 
—  parajes  que  visitaran  poco  los  numerosos  ca- 
zadores que  usaban  todavía  las  viejas  armas  de 
baqueta  y  pistón,  el  cuerno  de  la  pólvora  g^ruesa 
y  el  largo  municionero  de  resorte  y  piel  de  ca- 
bra, señalando  su  trayecto  con  un  reguero  de 
humeantes  tacos  sobre  las  secas  yerbas.  —  Como 
su  objeto  no  era,  á  semejanza  de  muchos  de  es- 
tos aficionados,  cazar  con  perdigones  de  plata,  se 
esforzó  en  recorrer  los  sitios  más  solitarios  á  la 
par  que  pantanosos,  propicios  á  las  aves,  cubier- 
tos de  juncos  ó  de  nutridas  masiegas. 


BRENDA  133 


No  se  explicaba  él,  bien  claro,  el  motivo  de  ha- 
ber limitado  hasta  aquellos  esteros  su  excursión; 
pero  la  verdad  es  que  temía  alejarse  demasiado 
del  lugar  de  su  residencia,  quo  ofrecíale  encan- 
tos mayores,  y  oportunidad  quizás  al  regreso  de 
pasear  sus  vistas  por  los  vecinos  jardines. 

En  tales  lugares  sorprendióle  la  aurora;  una 
aurora  de  estío,  fulgurante,  tibia  y  serena,  con 
nubecillas  de  coral  sobre  un  fondo  de  zafir. 

Habíase  sentado  al  pie  de  unos  talas,  al  ace- 
cho de  los  patos  que  pasaban  de  vez  en  cuando, 
en  parejas  ó  en  grupos  sobre  el  arroyo,  con  las 
alas  arqueadas,  en  engañosa  actitud  de  descen- 
der, lanzando  roncas  notas,  al  dirigir  el  movible 
cuello  á  uno  y  otro  ribazo  con  manifiesta  in- 
quietud. 

En  vuelo  lento  y  majestuoso,  que  contrastaba 
con  la  rapidez  de  estos  palmípedos,  solía  venir 
entre  ellos  alguna  cigüeña  blanca  de  manchas 
negras  y  dentado  pico;  ó  algún  fenicóptero  de 
alas  color  de  fuego  y  pecho  albo -rosa  flotando 
en  el  espacio  como  suspendidas  por  el  aire,  á 
manera  de  enormes  pandorgas  teñidas  de  brillan- 
tes colores. 

Agitábase  todo  en  derredor,  cual  si  al  aparecer 
la  aurora,  una  onda  prodigiosa  de  vida  se  hu- 
biese desprendido  del  horizonte,  bañando  los 
paisajes  en  oxígeno  y  luz  nueva.  Era  un  des- 
pertar risueño  y  seductor,  con  cuadros  llenos 
de  variedad  é  interés. 


134  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


En  un  árbol  partido  por  su  cúspide,  en  forma 
de  cilindro  oblicuo,  y  provisto  aún  de  algunas 
ramas  de  escasas  hojas,  veíanse  dos  nidos  de 
lodo,  á  poca  distancia  el  uno  del  otro;  moradas 
ingeniosas  que  los  pequeños  arquitectos  conso- 
lidan con  cerdas  y  hebras  vegetales,  con  un  ta- 
bique que  resguarda  los  huevos  de  la  hembra  y 
separa  los  compartimientos  destinados  al  sueño 
de  los  esposos. 

Las  puertas  de  estas  viviendas  singulares, 
rara  vez  miran  al  oriente :  ya  se  fabriquen  sobre 
las  ruinas,  ó  en  el  extremo  de  los  troncos  ver- 
ticales, ó  en  la  horqueta  del  sauce  melancólico, 
ó  en  el  robusto  brazo  del  pitaco  adornado  de 
ramilletes  dorados,  tan  parecidos  á  charreteras 
flamantes  sobre  un  paño  verde -obscuro, 

—  ¿  Temen  acaso  los  horneros  rojos  la  lluvia 
de  rayos  de  fuego,  durante  las  primeras  horas 
del  día?  Hacíase  Raúl  con  interés  esta  pregunta, 
sin  encontrarle  respuesta  satisfactoria,  mientras 
salían  en  doble  pareja  los  horneros,  y  se  colo- 
caban sobre  el  cieno  endurecido  para  saludar  de 
consuno  la  mañana,  con  esos  agudos  cantos  que 
tan  bien  remedan  irónicas  y  nerviosas  carcajadas. 

Algo  más  lejos,  y  sin  preocuparse  de  aquel 
concierto  bullicioso,  otra  ave  cogida  con  sus 
largas  uñas  á  la  corteza,  en  posición  vertical, 
con  las  alas  flojas  y  la  cola  abierta  en  forma  de 
tijera,  horadaba  con  su  duro  pico  el  tronco  de 
un  sauce, — ejemplar  hermoso,   que   deslizaba  las 


BRENDA  .  135 

guedejas  de  su  verde  cabellera  hasta  la  superfi- 
cie tranquila  del  agua  en  lánguido  desmayo. — 
El  ave  buscaba  el  corazón  del  árbol,  para  bifur- 
car  luego  el  camino  hacia  abajo,  y  construir  allí 
su  nido,  como  un  perito  hábil  que  mide  exacta- 
mente un  ángulo  recto,  curioso  detalle  que  hizo 
sonreír  al  joven,  pensando  que  de  todos  los  se- 
res alados,  fuera  éste  quizás  el  único  que  no 
•empleara  Ja  curva. 

Ocurría,  en  tanto,  una  escena  pintoresca  en  un 
grupo  de  árboles,  que  formaban  isleta,  sobre  la 
ribera. 

Dos  ó  tres  criaturas  descalzas,  traviesas  y  ma- 
drugadoras como  las  aves,  que  habían  salido 
poco  antes  de  un  cobertizo  próximo  con  las  ro- 
dillas á  la  vista,  las  greñas  secas  y  enmarañadas 
sobre  las  sienes,  el  codo  al  aire,  la  blusa  pren- 
dida con  un  botón  encima  de  la  carne,  y  el 
semblante  lleno  de  polvo,  pero  alegres  y  robustos, 
se  entretenían  en  coger  pichones  de  loros,  pren- 
didos á  las  ramas  de  los  espinillos ;  en  cuya 
operación  se  servían  de  largos  gajos  provistos 
«n  las  extremidades  de  un  pequeño  escobillón 
de  lana,  recogida  en  los  zarzales,  que  introducían 
con  la  mayor  algazara  en  los  nidos  colgantes  y 
guarnecidos  de  punzas  y  espinas.  Los  loros  se 
aferraban  con  sus  largas  garras  al  escobillón,  y 
salían  entre  rabiosos  chillidos,  atrayendo  á  los 
grandes,  que  revoloteaban  coléricos  á  poca  al- 
tura, en  movible  banda  de  esmeralda  de  preciosos 
y  metálicos  reflejos. 

10 


136  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Muy  cerca  de  allí  otro  de  los  niños  daba  fuego 
con  un  yesquero  á  un  haz  de  ramas  secas,  colo- 
cado debajo  de  un  camuatí,  á  fin  de  espé^ntar 
las  avispas  y  atraparse  los  panales. 

El  humo  que  subía  en  gruesas  volutas,  Jlegó 
á  las  narices  de  algunos  loros,  que  vinieron  á 
estornudar  ruidosamente  cerca  del  cazador,  en  el 
viejo  tronco  de  los  horneros. 

La  violación  del  domicilio  produjo  una  pro- 
testa airada,  que  fué  desoída ;  y  con  este  motivo, 
trabóse  la  lucha  á  pico  y  garra  sobre  los  nidos ; 
intervino  en  ella  el  carpintero  creyéndose  agre- 
dido, ó  por  el  solo  prurito  de  bregar,  dejando 
algunas  plumas  en  el  combate ;  y  quedaron  por 
el  momento  victoriosos  los  monos  emplumados, 
concluyendo  en  paz  sus  interrumpidos  estornudos. 
Mas,  á  poco  volvieron  los  horneros  con  refuerzo, 
animóse  el  carpintero  magullado,  y  recomenzaba 
la  lucha  encarnizada,  formándose  en  el  aire  un 
grupo  compacto,  en  pintoresco  entrevero  de  plu- 
majes y  colores,  cuando  un  guijarro  diestramente 
lanzado  de  la  honda  por  uno  de  los  pequeños  va- 
gabundos derribó  maltrechos  varios  de  los  com- 
batientes, dando  fin  á  la  batalla. 

Raúl,  que  se  había  puesto  de  pie,  apoyado  en 
el  cañón  de  su  escopeta  de  fábrica  inglesa, 
tendió  una  mirada  á  lo  largo  del  ribazo,  en 
busca  de  algo  más  interesante  para  él.  Fuera  de 
algún  cauno  chavaría  que  vagaba  pesadamente, 
hundiendo   en   el   lodo   sus   piernas   encarnadas. 


BRENDA  137 

huesosas  y  torcidas,  ninguna  pieza  de  caza  se 
veía  entre  las  plantas  acuáticas,  donde  retozaban 
las  gallaretas  negras  en  amena  conversación,  co- 
mo buenas  comadreras  de  los  lugares  bajos  á 
quienes  nunca  falta  asunto  que  tratar  en  asam- 
blea. 

Percibíase  en  la  orilla  opuesta,  una  garza 
blanca  que  parecía  espuma  de  leche,  íirme  so- 
bre una  de  las  zancas,  y  la  que,  satisfecha  ya 
sin  duda,  ocultaba  el  cuello  entre  las  dos  alas, 
para  volverlo  á  estirar  de  vez  en  cuando,  y  for- 
mar una  curva  de  alabastro,  al  hundir  su  afilado 
pico  amarillo  en  el  plumaje,  y  poner  en  fuga 
los  avisugos. 

Hacíale  compañía  una  espátula  elegante,  de 
rosada  vestidura,  que  á  su  vez  sumergía  en  el 
cieno  su  verdoso  pico  de  cuchara,  agitada  y  ner- 
viosa, sin  dejar  de  dirigir  á  cada  momento  sus 
ojos  coralinos  á  la  sospechosa  vecindad. 

En  complemento  del  paisaje,  multitud  de  ave- 
cillas oscuras  y  humildes,  con  bullicioso  contento, 
picoteaban  los  insectos  aglomerados  sobre  los 
hongos  que  nacen  y  crecen  en  los  troncos  caí- 
dos. 

Se  .elevaba  el  sol  en  el  horizonte  entre  rojizos 
velos,  empezaban  á  zumbar  sordamente  el  tábano 
y  el  estro ;  y  los  ictinos  voraces,  brotando  en  le- 
giones de  los  sitios  blandos  y  húmedos,  se  de- 
tenían delante  de  las  dulces  flores  agrestes,  tré- 
mulas las  alas,  color  del  hielo  de   los  pantanos. 


138  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


El  aire    se   hacía  denso;   y  ya  era  hora    de   re- 
gresar. 

Ante  la  hermosa  túnica  de  ilusión  de  la  espá- 
tula, —  á  falta  de  piezas  nobles,  —  Raúl  se  sintió 
con  deseos  de  satisfacer  los  instintos  de  cazador, 
y  por  dos  veces  levantó  el  arma  con  móvil  si- 
niestro. 

Pero,  de  improviso,  una  bandada  de  patos  pi- 
cazos se  abatió  tumultuosamente  en  eLagua  en 
compacto  regimiento ;  algunos  humedecieron  ape- 
nas las  puntas  de  las  plumas,  advertidos  del  pe- 
ligro, y  levantáronse  los  otros  en  línea  vertical, 
graznando  con  pavor. 

La  evolución  fué  tardía,  porque  el  cazador  se 
había  echado  ya  la  escopeta  á  la  cara.  Resonaron 
dos  descargas  con  breve  intervalo,  dirigida  la 
una  á  la  superficie  del  arroyo,  y  la  otra  al 
vuelo,  quedando  numerosas  víctimas  removién- 
dose temblorosas  en  las  aguas,  teñidas  de  gra- 
nate. 

Todavía,  al  revolverse  en  las  alturas,  veloces 
y  azorados,  sin  tino  ni  rumbo,  dos  de  los  pal- 
mípedos  que  llevaban  granos  de  plomo  en  las 
entrañas,  doblaron  de  súbito  la  cabeza  hacia 
abajo,  como  tirados  de  un  lazo  de  acero,  cayendo 
en  línea  recta  con  sordo  golpe  sobre  el   campo. 

Raúl  extrajo  las  cápsulas,  y  volvióse,  al  con- 
cluir de  colocar  nuevos  cartuchos  en  las  recá- 
maras de  su  escopeta. 

A  pocos  pasos  de  él,  con  los  dos  patos  en  la 


BBENDA  139 


mano,  encontrábase  uno  de  aquellos  diablillos 
que  habían  librado  batalla  con  los  loros  y  avis- 
pones, y  que  acababa  de  acudir  presuroso  al 
ruido  de  los  disparos. 

—  Gracias,  —  dijo  Raúl,  —  cogiendo  las  piezas 
que  le  alargaba  el  oficioso  recién  venido,  y  co- 
locándolas en  su  saco  de  caza. 

¿  Cómo  te  llamas  ? 

—  Roberto  me  llamo,  para  servir  á  Vd. 
-De  ello  ya  tengo  prueba.  ¿Sabes  nadar? 

—  Un  poco. 

Ese  es  un  remanso,  y  hay  hondura. 

Dijo  esto  Roberto  con  un  mohín  expresivo,  que 
indicaba  no  serle  desconocido  el  arte,  acercán- 
dose al  ribazo,  donde  se  detuvo,  rascándose  con 
el  dedo  mayor  de  un  pie  el  tarso  del  otro,  y  con 
la  diestra  la  mollera. 

Sonrióse  Raúl,  mirando  con  fijeza  el  semblante 
abierto  y  despejado  del  pequeño  sagaz,  y  añadió: 

—  Medio  real  cuesta  cada  pato,  y  allí  hay 
ocho. 

—  ¡No  es  por  interés,  señor!  ¡Aquí  hubo  de 
irse  al  fondo  uno  no  hace  mucho !  Pero  voy  á 
probar.  Los  patos  son  diez .... 

Y  así  hablando,  tiró  de  la  blusa  y  del  calzón 
deshilachado,  en  un  momento ;  dio  un  salto  hasta 
el  borde  del  arroyo,  humedeció  dos  de  sus  de- 
dos, —  con  los  que  se  hizo  en  la  cara  la  señal 
de  la  cruz,  —  echóse  en  el  pecho  un  poco  de 
agua  y  se  arrojó  de  cabeza,   escurriéndose    bajo- 


140  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


la  superficie  como  un  pejerrey,  —  en  balance  flexi- 
ble y  gracioso,  —  hasta  asomar  sus  mojadas  re- 
negridas greñas  por  entre  las  anchas  hojas  de 
un  camalote.  Pronto  entró  al  remanso,  y  minutos 
después,  él  y  las  piezas  estaban  en  la  orilla. 
Raúl  cumplió  la  promesa  con  usura. 

—  Tus  medios  reales  han  ganado  interés,  sim- 
pático Roberto,  —  le  dijo ;  —  pues  has  tenido  que 
perseguir  hasta  entre  dos  aguas  á  los  heridos. 
Aquí  tienes  el  premio. 

Roberto,  —  que  se  había  escurrido  á  dos  manos 
el  cabello,  y  puéstose  las  ropas  con  la  misma 
facilidad  con  que  se  desvistiera,  — recogió  el  di- 
nero sin  escrúpulo. 

Luego  repuso  con  la  mayor  ingenuidad: 

—  Para  que  vea  Vd.  Suelo  deslizarme  así, 
entre  dos  semanas,  sin  encontrarme  con  un  vin- 
tén. Hoy  es  distinto.  ¡  Había  habido  hueva  en  el 
remanso ! 

Ri:se  Raúl  de  la  ocurrencia,  echóse  la  esco- 
peta al  hombro  y  se  alejó  diciendo : 

—  Adiós  Roberto.  Espero  que  nos  volveremos 
á  ver. 

Encaminóse  en  seguida  á  pasos  largos,  con  el 
morral  pendiente  de  un  costado,  á  una  colina 
próxima.  Pocas  cuadras  más  allá  encontrábase 
Selim  con  el  carruaje.  Raúl  hízole  una  seña. 

Selim  era  un  cambujo  vigoroso  de  veinte  años, 
en  cuyo  rostro  resaltaban  los  rasgos  del  indio  so 
bre  los  del  negro,  acentuados  y  enérgicos,  con  sus 


BRENDA  141 

pómulos  salientes,  los  labios  delgados,  el  hueso 
frontal  un  poco  hendido  en  su  parte  superior  y 
enarcado  de  una  manera  notable  sobre  las  cuen- 
cas ;  ojos  negros,  pequeños  y  brillantes,  de  mirar 
rápido  y  vivo,  bigote  ralo,  crespo  y  retorcido,  y 
cuello  ancho  y  robusto  bien  plantado  en  un 
tronco  formidable  por  lo  macizo  del  esqueleto  y 
del  músculo.  Difícilmente  se  encontraría  mejor 
conductor  de  cuadriga  en  un  juego  olímpico,  ni 
.^.uriga  más  diestro  en  una  confusión  de  vehículos 
de  plaza.  Sabía  afirmarse  bien  en  los  lomos  de 
un  redomón,  y  sujetar  por  el  bocado  un  tronco 
rebelde,  y  aun  correrse  por  la  lanza,  hasta  ceñir 
con  sus  dedos  cortos  y  fornidos,  á  manera  de 
tenazas,  las  narices  de  los  potros,  que  al  fin 
daban  con  ellas  en  los  guijarros,  llenos  de  roja 
espuma.  Había  nacido  en  medio  de  las  sierras 
de  los  Tambores,  en  una  de  aquellas  habitaciones 
pajizas  levantadas  sobre  algunas  rocas  de  las 
vertientes,  colgantes  del  abismo,  sacudidas  por 
las  rachas  de  los  ventisqueros,  como  iin  nido 
de  buitre;  y  aunque  habíase  trasladado  desde 
muy  joven  á  Montevideo,  contrayendo  otros  há- 
bitos y  costumbres,  conservaba  algo  de  las  ener- 
gías indómitas,  propias  de  la  savia  semisalvaje 
que  circulaba  por  sus  venas. 

Astuto,  leal  y  entendido,  granjeóse  desde  el 
principio  la  simpatía  de  Raúl,  por  quien  él  sen* 
tía  respeto  y  afecto  profundo. 

Acudió  en  el  acto  al  llamado,  guiando   un  li- 


142  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


gero  breaky  á  propósito  para  excursiones  de  este 
género. 

Raúl  le  dio  el  morral. 

—  Pesa,   —dijo  Selim. 

— ^Muy  poco,  apenas  una  docena  de  patos. 
Sólo  he  hecho  dos  disparos. 

—  Eso  dije  yo,  señor.  El  monte  va  perdiendo 
hasta  los  escondrijos,  y  la  caza  está  huida;  si 
quedan  nutrias  y  aves  viajeras,  ya  es  mucho- 
aventurar.  Perdices,  ¡  ni  el  rastro ! 

—  Así  es.  De  becasinas,  ni  una  pluma. 

El  cambujo  se  refregó  sus  anchas  narices^ 
arreglando  el  rendaje,  y  añadió  con  un  cierto 
aire  de  malicia: 

—7 En  el  baldío  de  Zambique,  del  lado  acá  de 
la  quinta,  en  donde  abundan  los  rastrojos,  suelen 
silbar  perdigones. 

—  Déjame  allí, —  repuso  secamente  Raúl. 
Selim    dirigió    con    la  mayor   gravedad    á   los 

caballos  una  palabra  imperiosa,  y  el  break  arrancó 
con  rapidez. 

Eran  ya  cerca  de  las  ocho  cuando  llegaron 
al  sitio.  Bajóse  Raúl  con  su  escopeta  y  morral 
vacío,  ordenando  á  Selim  que  se  fuese  por  un 
camino  vecinal ;  y  él  se  entró  al  baldío,  salvando 
de  un  salto  una  zanja  estrecha,  y  ya  casi  ce- 
gada por  los  aluviones. 

Por  allí  vagó  algunos  minutos,  hallando  en 
efecto  regular  número  de  perdices  entre  muy 
viejos  rastrojos,  pues  hacía  meses  que  nadie  cul- 


BREKDA  148 

tivaba  aquel  terreno.  Fué  bastante  afortunado 
para  apoderarse  de  todas  ellas,  y  recorría  todavía 
los  extremos,  cuando  sintió  cansancio  y  sed. 

A  fin  de  aplacarla,  antes  de  efectuar  el  re- 
greso, á  lo  largo  del  seto,  —  camino  el  más  corto 
para  llegar  á  su  morada,  —  buscó  con  la  vista 
en  rededor,  algún  edificio.  Había  uno  cercano, 
seto  por  medio,  y  dirigióse  á  él,  resueltamente, 
trasponiendo  los  agaves  por  un  portillo  angosto, 
que  daba  entrada  á  una  huerta  espaciosa  y 
atendida  con  esmero,  á  juzgar  por  su  aspecto 
halagador. 


XI 


ZAMBIQUE 


En  la  parte  este  de  la  quinta  de  Nerva  se  al- 
zaba una  especie  de  choza  africana,  de  forma  có- 
nica y  paredes  de  adobe,  coronada  por  una  cús- 
pide pajiza.  Constaba  de  una  sola  pieza,  con  una 
puerta  tosca  y  una  ventanilla  de  dos  vidrios  azu- 
les, encuadrados  en  un  marco  de  pino  blanco  sin 
postigo.  Algunos  medallones  de  flores  silvestres 
arreglados  con  cierta  simetría,  y  cinco  ó  seis  sau- 


144  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


ees  rodeaban  esta  choza.  Las  enredaderas  comu- 
nes en  los  cercos  serpenteaban  en  el  frente  y  cu- 
brían la  entrada,  formando  una  bóveda  capri- 
chosa de  la  cual  pendían  moradas  campanillas, 
en  cuyo  hojoso  centro  fabricaban  los  colibríes 
sus  complicados  nidos,  semejantes  á  delicadas  es- 
carcelas que  guardasen  finísimas  perlas. 

El  interior  presentaba  un  aspecto  pintoresco. 
En  un  extremo  veíase  un  lecho  singular,  consis- 
tente en  una  piel  vacuna  bien  extendida  y  su- 
jeta en  cuatro  estacones  de  guayabo,  á  medio 
metro  del  suelo,  un  colchón  delgado  de  paja,  y 
un  cobertor  de  algodón  de  fuertes  colores,  con 
borlillas  negras.  Había  junto  á  esta  cama  una 
mesa  llena  de  extraños  objetos  y  utensilios,  yer- 
bas, al  parecer  medicinales,  márcela  hembra  y 
apio  cimarrón,  separadas  en  pequeños  manojos, 
vajilla  de  latón,  ollas  de  tierra  cocida,  y  ejem- 
plares dispersos  de  periódicos  é  ilustraciones,  en 
curiosa  mezcla  y  desorden. 

En  el  medio,  y  contorneando  el  grueso  madero 
que  sustentaba  el  peso  de  la  choza,  una  banqueta 
circular  que  servía  sin  duda  de  asiento  perma- 
nente; del  madero  pendían  diversos  objetos:  so- 
gas, cañas  de  gramíneas,  diferentes  clases  de  ma- 
tes de  retorcidos  picos,  sombreros  viejos,  bolsas 
de  lona,  espuelas  de  grandes  rodajas,  y  hasta  un 
par  de  botas  de  media  caña,  con  las  punteras 
abiertas  y  el  hilo  formando  arco  dentario,  á  ma- 
nera  de    fauces   de  un   pez  hambriento.  En  este 


BRENDA  145 


raro  museo,  las  arañas  tejían  vastas  telas  con- 
céntricas. 

Pero,  lo  más  curioso  del  ajuar  consistía  en  un 
instrumento,  —  convenientemente  colocado  bajo 
el  ventanillo,  —  que  va  desapareciendo  ya  con  la 
generación  importada  en  otras  épocas  de  las  ri- 
beras africanas,  y  que  constituía,  por  decirlo  así, 
toda  la  delicia  del  arte  musical  congo  ó  cafre, 
para  el  canto  y  la  danza.  Tal  instrumento,  con 
sus  monótonos  sones,  trasladaba  la  mente  del  ne- 
gro á  los  climas  del  trópico,  bajo  la  sombra  del 
baobab  y  de  los  datileros  del  oasis:  cual  si  re- 
medara en  cierto  modo  los  rugidos  de  los  leones 
en  el  cardizal  ardiente  y  en  la  estepa  desolada, 
ó  las  broncas  quejas  de  la  pantera  en  sus  no- 
ches de  amor  y  celo  entre  los  juncos,  á  la  ori- 
lla de  aquellos  grandes  ríos  inmóviles  plateados 
por  la  luz  de  las  estrellas,  que  se  perdían  en  la 
inmensidad  del  desierto  en  curvas  gigantescas 
como  fiel  trasunto  del  destino  incierto,  oscuro 
y  vago  de  una  raza  infeliz.  Sus  ecos  parecían 
recordarle  así  los  aires  de  la  tierra,  rumores  del 
edén  salvaje  donde  se  desenvuelven  los  dramas 
de  la  sociedad  primitiva,  ó  roncos  lamentos  de 
esas  pasiones  sensuales  que  marcan  el  límite  in- 
termedio del  instinto  y  de  los  nobles  anhelos  del 
ideal  humano. 

Los  primeros  esclavos  y  los  viejos  libertos  no 
conocían  otra  música  más  agradable  á  sus  oídos, 
y  conservaron  por  largos  años  una  costumbre 
que  parecía  suavizar  el  rigor  de  la  nostalgia. 


146  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Ese  instrumento  tosco  y  grosero  era  la  ma- 
rimba. 

Consistía  aquélla  de  que  hablamos,  en  una  olla 
de  hierro  de  regulares  dimensiones,  vieja  y  car- 
comida, con  un  pie  de  menos,  si  bien  reempla- 
zado por  otro  de  espinillo;  y  cubierta  perfecta- 
mente con  piel  de  carnero  curtida,  estirada  de 
modo  que  no  hiciera  arrugas,  y  ceñida  al  ancho 
cuello  de  la  marmita  con  los  tientos  'que  se  usan 
en  el  campo  para  trenzas  de  apero,  y  que  en  esta 
última  forma  resisten  en  la  extremidad  del  lazo 
toda  la  pujanza  soberbia  de  un  toro.  Muchas  ve- 
ces habíanse  posado  allí  las  manos  del  tocador, 
á  juzgar  por  las  huellas  que  se  notaban  en  la 
piel  y  cierto  detrimento  en  el  medio,  donde  pre- 
cisamente debían  apoyarse  los  pulgares  y  el  ín- 
dice con  más  vigor  y  consistencia.  La  marimba 
parecía  contar  algunos  años  según  el  aspecto. 

El  habitante  de  esta  choza,  y  el  dueño  de  este 
extraño  tambor  era  un  negro  senil,  llamado  Zam- 
bique. 

Ninguno  tan  curioso  como  este  ejemplar  de  la 
raza  africana,  ni  nada  más  tristemente  oscuro  que 
su  historia.  Arrebatado  de  su  patria  en  edad 
adulta,  y  en  época  en  que  la  mercancía  humana 
se  estimaba  á  trescientos  duros  por  cabeza,  ha- 
bía sido  esclavo  por  muchos  años  de  la  familia 
de  Nerva.  Siguiendo  la  suerte  de  los  libertos,  á 
quienes  se  impuso  luego  una  contribución  de  san- 
gre y  de  servicios  que  no  difería  mucho  del  ex 


BRENDA  147 


tributo  del  trabajo  ímprobo,  batióse  en  largas 
guerras,  de  las  que  conservaba  como  recuerdo 
una  tercerola  de  pedernal,  tan  pesada  como  una 
culebrina,  y  algunas  cicatrices  profundas  en  su 
piel;  y  concluyó  por  volver  á  buscar  apoyo  en 
los  que  más  que  amos,  habían  sido  sus  bienhe- 
chores, con  esa  gratitud  singular  que  absorbe 
todos  los  sentimientos  y  se  constituye  en  inspi- 
radora y  consejera  permanente  en  el  fondo  de  las 
almas  atormentadas,  para  quienes  el  mundo  es 
tan  pequeño,  que  no  tiene  para  ellas  sitio  dispo- 
nible. 

Zambique  no  podía  dar  razón  de  la  fecha  de 
su  nacimiento;  pero  afirmaba  que  él  no  era  de 
este  siglo. 

Se  le  veía  con  frecuencia  cruzar  cerca  de  la 
playa,  adonde  recurría  en  busca  de  pescado  fresco, 
vestido  de  calzón  corto, — pues  no  le  llegaba  al 
tobillo,  —  y  pie  desnudo ;  camisa  rayada  á  listas 
rojas,  levita  negra  de  doble  botonadura,  legado 
de  sus  señores,  y  sombrero  alto  de  felpa  en  forma 
de  tubo,  de  ala  estrecha,  cuya  data  era  dudosa 
é  imposible  de  constatar.  Un  aro  de  plata  en  la 
oreja  izquierda,  era  el  único  lujo  que  se  permitía. 
Observábase  en  su  fisonomía  una  expresión  cons- 
tante de  extrema  mansedumbre  y  de  triste  hu- 
mildad. Llevaba  con  donaire  el  sombrero  de  felpa 
sobre  una  cabeza  ancha,  de  occipucio  lleno  de 
prominencias  y  deprimido  en  el  frontal,  provista 
todavía   de  algunos  mechones  lanudos  color  ce- 


148  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


niza  esparcidos  acá  y  acullá  en  el  cráneo  relu- 
ciente, á  manera  de  yerbas  de  la  piedra  en  una. 
toscci  ennegrecida.  Ángulo  facial,  sesenta  y 
ocho  grados.  Su  mirada,  casi  sin  brillo,  ani- 
maba apenas  dos  pupilas  color  de  plomo,  ro- 
deadas de  un  velo  rojizo  que  simulaba  en  la  cór- 
nea amarillenta  una  lágrima  de  sangre  inyectada, 
y  expandida;  pero  era  dulce  y  bonancible,  sin 
reflejos  siniestros.  Algo  peculiar  le  distinguía  de 
los  demás  de  su  clase,  que  no  eran  por  cierto  las 
sajadura  de  su  rostro  en .  ambas  mejillas,  hechas 
á  navaja,  verdaderas  huellas  de  barbarie  que  las 
razas  desgraciadas  llevan  hasta  el  sepulcro.  El 
detalle  consistía  en  cuatro  ó  cinco  verrugas,  que 
de  mayor  á  menor  bajaban  una  en  pos  de  otra 
desde  el  nacimiento  de  la  frente  hasta  el  de  su 
aplastada  nariz,  de  anchas  fosas,  remedo  de  un 
rosario  de  bellotas  ó  de  cuentas  negras  de  muy 
regulares  formas  y  magnitud  decreciente  en  pro- 
porción, hasta  alcanzar  la  última  el  tamaño  de 
un  guisante. 

Este  archipiélago  de  excrecencias  notables 
daba  extraña  singularidad  á  la  fisonomía  de  Zam- 
bique,  especialmente  cuando  una  sonrisa  dilataba 
sus  grandes  labios  y  le  obligaba  á  descubrir  un 
diente  y  dos  colmillos  de  una  blancura  extraor- 
dinaria. 

Al  apuntar  el  alba,  y  después  de  medio  día, 
bajo  el  sol  ardiente,  cuando  sólo  se  escuchaba 
el  canto  de  la  cigarra  ó  el  zumbido  de  las  lan- 


BRENDA  149 


gestas  en  las  espigas  y  cardos,  Zambique  ha- 
cía oir  su  tambor,  acompañando  el  movimiento 
de  sus  dedos,  tardo  y  monótono,  con  cierta  can- 
tinela ahuecada  y  bronca.  Si  se  hubiesen  escrito 
las  palabras  de  este  guirigay,  no  hubieran  sido 
más  descifrables  que  un  jeroglífico  casi  borrado.' 
Difícilmente  un  concierto  de  los  tipos  gruñones 
de  que  habla  I.andois,  producido  con  toda  la  fuerza 
de  sus  ancas,  élitros  y  antenas,  podría  dar  idea  de 
los  ecos  de  la  marimba  de  Zambique.  Tenían  algo 
del  trueno  en  lontananza,  y  del  fuego  graneado 
por  hileras. 

La  primera  vez  que  percibió  Raúl  aquel  ruido 
ó  música  cafre,  preguntó  á  Selim  de  dónde  pro- 
venía. 

-  Del  fondo  vecino,  señor,  —  dijo  el  doméstico. 
—  Es  el  viejo  gorila  que  golpea  el  tamboril. 

Raúl  veía  siempre  pasar  á  Zambique  por  de- 
lante de  sus  ventanas,  hablando  solo,  y  mirando 
con  fijeza  el  suelo,  encorvado  y  abatido,  como 
un  ente  que  considera  estar  de  más  en  la  colmena, 
y  que  aun  resiste  á  la  dura  ley  de  la  lucha,  por 
algún  vínculo  superior  al  egoísmo  del  último 
descanso.  Según  la  versión  de  Sclim,  sucedíale 
con  frecuencia  cosa  distinta,  una  vez  dentro  del 
seto  de  la  quinta,  cuando  tropezaba  en  el  sendero 
de  su  choza  con  una  joven  pálida  y  bella,  que 
era  sin  duda  la  reina  de  aquellos  sitios.  Zambi- 
que descubríase  entonces  con  respetuoso  cariño, 
balbuceaba  las  más  sonoras  palabras  que  apren- 


150  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


diera  del  idioma  nacional,  se  sonreía,  y  arrancaba 
solícito  hermosas  margaritas  y  florecillas  celestes 
para  obsequiar  á  la  paseante  solitaria.  Selim  creía 
que  esta  joven  era  á  quien  él  veneraba  más  en 
la  tierra,  con  todo  el  fervor  supersticioso  de  su 
raza. 

Parece  que  ya  se  extinguió  con  la  antigua  ser- 
vidumbre ese  género  de  lealtad  noble  y  conse- 
cuente, muy  distinta  á  la  obediencia  muda  im- 
puesta por  el  rigor  de  la  cadena,  y  que  nacía 
para  perpetuarse  al  calor  de  los  hogares  lo  mismo 
que  la  planta  invariable  cuyo  verde  risueño  no 
empalidece  al  soplo  de  los  tiempos.  En  el  alma 
del  viejo  negro  había  una  siempre  verde:  la  gra- 
titud, que  engendra  al  amor,  la  abnegación  y  el 
sacrificio. 


XII 


LA  PIEZA   DE  MÉRITO 


El  extraño  edificio  á  que  se  acercara  Raúl, 
era  la  choza  de  Zambique,  en  terreno  de  Nerva. 

El  viejo  negro  se  encontraba  á  algunas  varas 
de  la  puerta,  sentado  en  una  osamenta  de  buey 


BREKDA  151 


de  que  él  había  improvisado  una  banca;  despojo 
arrancado  á  algpin  médano,  ó  terreno  de  aluvión, 
notablemente  aumentado  de  volumen  por  la 
acción  de  la  humedad  ó  de  las  sustancias  terreas, 
y  desprovisto  de  cornamenta,  que  algún  sabio  de 
afición  habría  confundido  fácilmente,  —  como  ya 
ha  sucedido,  —  con  la  cabeza  de  algún  ejemplar 
de  raza  prehistórica. 

Zambique  hacía  ramojos  con  todo  afán  y  es- 
mero. Ceñía  su  frente  un  pañuelo  encarnado,  que 
sin  cubrirle  por  completo  la  cabeza,  dejaba  ver 
en  el  cráneo  varios  rulillos  cortos  y  plomizos.  Con 
la  vista  baja  y  fija  en  su  obra,  no  advirtió  la  en- 
trada del  joven. 

Dirigióle  éste  la  palabra,  parándose  á  poca  dis- 
tancia. 

Al  sonido  de  aquella  voz,  Zambique  pareció 
conmoverse,  arrojó  el  ramojo  y  púsose  de  pie. 

En  seguida  acercó  la  mano  trémula  y  callosa 
á  sus  ojos  fatigados,  para  formar  visera,  y  miró 
al  rostro  de  su  interlocutor  con  curiosidad. 

Raúl  estaba  apoyado  en  la  escopeta,  y  á  su 
vez  lo  miraba  con  aire  de  dulce  benevolencia. 

Removiéronse  los  labios  de  Zambique  para  bal- 
bucear algunas  frases  ininteligibles,  en  las  que  se 
mezclaban  palabras  claras  á  otras  de  un  dialecto 
extraño. 

Raúl  sólo  entendió  al  principio,  las  de  su  mer- 
ced y  capitán,  pronunciadas  y  repetidas  con  hu- 
mildad, como  títulos  aplicados  en  prueba  de  re- 

II 


152  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


conocimiento  y  gratitud  por  hechos  pasados,  á. 
los  que  se  ligaba  indudablemente  la  personalidad 
del  joven. 

Empezando  á  interesarle  los  guiños,  momos  y 
visajes  que  usaba  el  negro  decrépito,  —  verdade- 
ras muestras  de  afecto  expresadas  con  una  viveza 
de  movimientos  en  él  inusitada,  —  Raúl  empleó 
medios  ingeniosos  para  hacerlo  explicar  con  cla- 
ridad, consiguiendo  al  fin  que  se  manifestase  de 
una  manera  comprensible.  Zanibique  parecía  sor- 
prendido, cual  si  su  memoria  ya  muerta  para  toda 
recuerdo  que  no  fuese  el  de  beneficios  recibidos^ 
hablara  súbitamente  á  su  conciencia  de  una  deuda 
que  nunca  se  prescribe,  y  que  va  ganando  inte- 
reses hasta  el  último  momento  de  la  vida. 

Sus  amoricones  eran  tan  expresivos  como  elo- 
cuentes, y  con  una  verbosidad  pasmosa  habló  va- 
rias veces  de  una  batalla,  en  medio  de  cuyas  pe- 
ripecias su  caballo  había  caído  en  la  hondonada. 

—  ¡Ah!  —  exclamó  Raúl  al  oir  este  detalle,  y 
fijándose  con  mayor  atención  en  las  curiosas  fac- 
ciones del  negro,  —  ya  recuerdo . . . .  |  Hace  años 
de  eso! 

Zambique  se  amorró,  contando  con  los  dedos. 
Luego  levantó  la  mano,  y  con  una  sonrisa  seme- 
jante á  una  mueca,  que  enseñaba  sus  tres  dien- 
tes firmes  y  muy  blancos  todavía,  murmuró  en 
voz  bronca  y  apagada: 

—  El  capitán  ^ra  niño;  pero  de  á  caballo  y 
guapo. 


BBENDA  153 


Tras  de  estas  palabras,  dirigióse  con  pasos  in- 
seguros hacia  el  montón  de  ramojos,  recogió  del 
suelo  una  cuchilla  corta  y  la  esgrimió  nerviosa- 
mente, como  amagando  con  ella  á  algún  vencido 
imaginario,  que  estuviese  imposibilitado  de  defen- 
derse. 

Sonrióse  Raúl,  y  dijo: 

—  Fué  un  mal  trance  el  de  aquel  día,  en  que 
tuve  la  suerte  de  auxiliarte.  Veo  que  eres  agra- 
decido, y  eso  me  place. — Por  única  retribución 
te  pido  ahora  un  poco  del  agua  de  tu  cachimba. 

Zambique  arrojó  el  arma  con  presteza  y  se  en- 
tró en  la  choza  sin  decir  palabra.  A  poco  volvió 
á  aparecer  con  una  vasija  de  barro,  piporro  ó  bo- 
tijo de  asa  y  pico,  y  se  encaminó  siempre  callado 
y  trémulo  sin  mirar  al  joven,  hacia  el  fondo  del 
jardincillo. 

Raúl  le  siguió,  sintiendo  agolparse  á  su  me- 
moria en  impetuoso  tumulto,  episodios  de  otro 
tiempo  que  habían  reposado  en  sus  recónditos,  y 
que  aquel  encuentro  removiera,  como  una  piedra 
caída  sin  saberse  de  dónde  en  la  laguna  tran- 
quila. 

Cachimba  se  llama  en  Cuba  á  la  pipa  de  fu- 
mar, y  entre  nosotros  sabido  es  que  se  denomina 
así  á  un  pozo  vertical,  á  flor  de  tierra,  bordeado  en 
su  boca  por  trozos  de  gneis  malamente  unidos, 
y  cuya  agua,  un  tanto  transparente,  de  un  color 
de  caña,  tiene  un  sabor  peculiar  amargo  y  sali- 
troso, pero  de  una  frescura  propia  de  los  manan- 


154  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


tiales.  En  los  lugares  solitarios  de  los  alrededo- 
res de  Montevideo,  se  ven  todavía  algunas  de 
estas  cachimbas,  formadas  muchas  veces  por  la 
filtración  subterránea  de  las  aguas  de  los  arro- 
yuelos  en  los  esteros,  junto  á  los  albardones  y 
terrenos  arenosos. 

Zambique  sumergió  la  vasija  en  el  pozo  sin 
brocal,  y  la  brindó  con  respeto  al  joven,  con 
mano  convulsa,  la  mirada  baja  y  cierto  aire  de 
contento  íntimo,  unido  á  esa  actitud  propia  del 
que  trata  con  un  superior  y  ha  adquirido  el  pe- 
noso hábito  de  creerse  sin  derechos. 

Raúl  bebió  con  gusto,  y  devolvió  la  vasija  di- 
ciendo : 

— Mucho  celebro,  Zambique,  este  encuentro,  y 
más  aún  el  grato  recuerdo  que  de  mí  has  con- 
servado tanto  tiempo.  Eso  prueba  tu  excelente 
corazón.  —  ¿Eres  aquí  feliz? 

—  Siempre  viví  tranquilo.  Ahora  está  enferma 
el  ama,  y  la  niña  triste. 

Al  expresarse  así  nubláronse  los  ojos  del  li- 
berto bajo  una  emoción  de  pena.  El  joven  lo  sa- 
ludó con  cariño,  y  se  preocupó  á  su  vez.  Aquellas 
palabras  lo  pusieron  sombrío. 

Cuando  salía,  ciertos  pensamientos  y  reminis- 
cencias acudieron  en  tropel  á  su  cerebro.  La  agra- 
dable sorpresa  experimentada  por  una  demostra- 
ción de  reconocimiento  que  estaba  él  lejos  de  es- 
perar, fruto  de  uno  de  tantos  gérmenes  del  bien 
arrojados  sin  cálculo  ni  egoísmo  en  el  camino  de 


BBENDA  155 

la  vida,  desvanecióse  bien  pronto  para  ceder  su 
puesto  en  el  ánimo  á  otro  género  de  impresiones. 

Al  hablar  consigo  mismo,  caminando  á  paso 
lento  por  la  orilla  del  seto,  reproducía  en  su  me- 
moria las  escenas  angustiosas  y  terribles  en  que 
se  produjo  el  hecho  á  que  había  aludido  Zambi- 
que.  Algo,  en  efecto,  hizo  entonces  por  él.  Pero 
este  recuerdo  se  enlazaba  con  el  de  otro  incidente 
grave  del  mismo  día,  que  levantaba  como  un 
fantasma  en  su  imaginación  herida,  la  figura  de 
un  bizarro  caudillo,  muerto  en  combate  singu- 
lar....  ¡  Pocos  recuerdos  tan  claros  y  de  tan  fuerte 
colorido ! .  .  .  .  Bien  plantado  en  la  montura,  altivo 
y  ceñudo,  cabeza  de  león  sobre  un  tronco  de 
atleta,  blanco  el  rostro  adornado  de  barba  negra, 
mirada  dominante  é  imperiosa,  brazo  enérgico,  y 
palabra  dura  y  breve  como  punta  de  puñal. 
No  supo  él  nunca  el  nombre  de  este  adversario 
vencido;  mas  de  vez  en  cuando  venía  su  som- 
bra á  interponerse,  como  en  el  momento  actual, 
oscureciendo  las  risueñas  perspectivas  de  una 
existencia  serena  y  henchida  de  esperanzas. 

Había  recorrido  largo  trecho  con  la  escopeta 
al  hombro,  bajo  la  influencia  de  estas  impresio- 
nes morales,  cuando  vino  á  distraerle  la  presen- 
cia de  una  hermosa  perdiz  entre  las  yerbas,  rea- 
vivando sus  entusiasmos  de  cazador. 

El  ave  huía  con  la  celeridad  de  un  reptil  en 
medio  de  caprichosas  ondulaciones,  lanzando  un 
silbido  flébil  y  continuado,   é   irguiendo   á  veces 


156    .  E.  ACEVEDO  DfAZ 


SU  elegante  cabeza  entre  el  césped,  después  de 
echarse  azorada  por  breve  instante,  creyéndose 
bien  oculta  detrás  de  ligeras  matas  ó  endebles 
tréboles,  para  incorporarse  de  nuevo  á  la  proxi- 
midad del  peligro,  y  proseguir  agazapándose,  su 
curiosa  fuga,  enhiesto  el  movible  cuello,  por 
los  sitios  más  cubiertos.  El  silbido,  los  movimien- 
tos serpentales,  las  rastrerías  de  la  fuga  de  esta 
culebra  con  plumas,  según  la  hipótesis  de  Dar- 
win,  tan  verosímil  quizás  como  la  que  se  refiere 
á  la  metamorfosis  de  la  magnolia  en  cisne,  —  ex- 
citaron el  ardor  del  cazador,  que  obligó  á  la  pieza 
á  levantarse  para  dispararle  al  vuelo.  Sucedió  así, 
si  bien  el  ave  herida  no  cayó,  prolongando  sus 
volidos  regular  distancia  hasta  cambiar  de  rumbo 
y  atravesar  el  seto,  en  donde  fué  á  desfallecer — 
descendiendo  de  súbito,  al  voltear  á  plomo  la  ca- 
beza. 

La  juzgó  Raúl  perdi¡da,  y  siguió  su  marcha  sin 
detenerse,  aunque  lamentando  que  la  pieza  que 
él  reputaba  de  mérito,  como  real  el  tiro,  dado 
el  lugar  del  episodio,  no  hubiese  caído  á  su  frente. 
Ya  sabemos  en  qué  manos  se  había  refugiado, 
moribunda. 

Avanzaba  la  mañana,  y  con  ella  el  deseo  del 
pronto  regreso.  Apresuróse  el  joven,  atravesando 
la  distancia  en  línea  recta,  á  pesar  de  los  peque- 
ños charcos  del  tránsito,  que  podía  desafiar  im- 
punemente con  sus  largas  botas  color  ante,  de 
vivo  contraste  con  el  azul  marino  del  traje  que 
había  escogido  para  su  excursión. 


BBENDÁ  157 

Iba  á  pocos  pasos  de  la  línea  de  pitas  que  á 
aquella  altura  dividía  las  dos  propiedades,  sin  se- 
parar la  vista  de  la  quinta  colindante,  por  atrac- 
ción más  fuerte  que  su  voluntad. 

Al  tropezar  sus  ojos  con  el  bellísimo  grupo  que 
formaban  las  dos  jóvenes,  junto  al  banco  de  pie- 
dra, no  pudo  menos  de  experimentar  un  senti- 
miento de  placer,  tan  vivo,  cuanto  era  de  inespe- 
rado. 

Vio  á  Brenda  de  pie,  con  la  perdiz  herida  en- 
tre sus  manos,  y  conservando  todavía  en  su  acti- 
tud la  aflicción  del  primer  momento;  de  Areba 
sólo  percibía  el  busto. 

Este  cuadro  encerraba  para  él  un  interés  pro- 
fundo, y  pudo  deleitarse  muy  de  cerca,  hasta  con 
sus  menores  detalles; — pues  tan  selecta  era  la 
cantidad  como  la  calidad  de  las  bellezas  allí  reu- 
nidas, que  el  acaso  le  ponía  delante  en  un  mi- 
nuto feliz. 

¡El  clavel  del  aire,  al  borde  de  un  abismo  lleno 
de  poético  misterio! 

Brenda  estaba  pálida,  inmóvil,  con  los  ojos  fijos, 
reflejando  en  su  semblante  una  emoción  conte- 
nida, y  haciendo  resbalar  suavemente  su  mano 
por  el  plumaje  del  ave.  A  la  vista  de  Raúl  hizo 
un  movimiento  como  para  arrojarla,  que  reprimió 
en  seguida. 

—  Actitud  de  compasión  y  pena,  —  se  dijo  el 
joven. —  ¡Pero  á  ella  se  ha  sucedido  una  dulce  ex- 
presión de  simpatía! 


158  £.  AGEVEDO  DÍAZ 


T^  cabeza  de  Areba  se  erguía  sobre  el  seto, 
firme  y  altanera,  mirándole  con  insistencia.  Al 
verla  en  esa  posición,  llena  de  orgullo  y  de  re- 
serva, fría  y  severa,  parecióle  que  alguien  ace- 
chaba verdaderamente,  al  paso,  su  destino.  Pre- 
sintió fuerza  y  soberbia.  Por  primera  vez  la  en- 
contraba después  de  la  aventura,  y  creía  hallarla 
en  rebeldía  con  el  peso  de  la  gratitud. 

—  El  ángulo  facial  de  esa  cabeza,  —  pensó  ex- 
tremeciéndose,  —  alcanza  bien  á  las  reglas  consa- 
gradas por  la  estatuaria  antigua! 

Un  saludo  mesurado  y  respetuoso  había  acom- 
pañado á  estas  rápidas  reflexiones. 

Cuando  el  joven  pasó,  Areba  volvió  su  mirada 
incisiva  y  penetrante  como  aguja  pasada  al  fuego, 
hacia  su  amiga,  en  momentos  en  que  ésta  le- 
vantaba los  párpados  ornados  de  largas  hebras 
de  oro,  para  dirigirla  otra  tímida  y  suave,  como 
una  luz  serena  y  azulada. 

Brenda  la  apartó,  dando  un  suspiro ;  y  la  per- 
diz cayó  muerta  de  sus  manos. 


BRBNDA  159 


XIII 


CREPÚSCULO  DE  LA  TARDE 


Desde  algunos  años  atrás  llamaba  la  atención 
en  la  sociedad  de  Montevideo  cierto  médico,  á 
quien  habían  dado  fama  algunos  triunfos  relativos 
á  su  profesión.  Se  le  concedían  cualidades  su- 
periores, y  esto  era  bastante  para  asignársele  un 
puesto  distinguido  en  los  buenos  círculos  socia- 
les, que  en  realidad  ocupaba,  con  el  brillo  pro- 
pio de  quien  había  venido  con  diploma  de  Eu- 
ropa y  escuchado  en  la  cátedra  la  palabra  de 
Brocea  y  otros  sabios  notables,  y  recibido  de 
ellos  elogios  y  frases  de  aliento.  En  verdad,  el 
doctor  Lastener  de  Selis  era  un  hombre  feliz:  lo 
que  Juvenal  llamaría  hijo  de  gallina  blanca. 

Al  principio  había  vivido  obscuro,  en  medio  de 
esas  medias  tintas  del  retraimiento  que  parecen 
favorecer  el  desarrollo  gradual  y  paulatino  de 
los  gérmenes  de  ambición  y  profundos  anhelos, 
especie  de  bómbices  laboriosos  que  en  el  silen- 
cio y  la  sombra  van  fabricando  lentamente,  y 
sirviéndose   hasta   de   la  misma  retama,  sus  ad- 


160  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


mirables  capullos  color  de  oro.  Nada  se  decía 
de  ese  período  más  ó  menos  largo  de  su  primer 
profesorado,  y  la  novedad  debió  empezar  desde 
su  iniciación  en  los  centros  de  buen  tono,  que 
no  acostumbran  á  indagar  el  pasado  cuando  les 
interesa  ó  seduce  el  esplendor  del  momento.  De 
Selis  sabía  que  el  desliz  ó  la  caída  una  vez  des- 
vanecido el  prestigio,  es  lo  único  que  puede  in- 
ducirles á  mirar  atrás  para  recoger  lo  que  de 
ilícito  ó  reprochable  se  ha  sembrado  en  el  ca- 
mino, y  acumularlo  sin  piedad  sobre  el  que  ha 
decaído  en  el  favor.  El  criterio  común  suele  así 
fascinarse  ó  sentirse  deslumhrado  ante  lo  que 
cree  una  fuerza  en  acción,  un  poder  prestigioso, 
una  superioridad  consagrada;  sella  el  labio  en 
presencia  del  mérito  que  se  le  impone  sin  es- 
fuerzo, y  sólo  lo  despliega  azuzado  por  los  ému- 
los y  por  el  goce  del  instinto  maligno  que  ve- 
geta en  el  fondo  de  la  naturaleza  humana,  así 
que  el  hechizo  se  evapora,  el  talento  se  humilla 
y  el  carácter  se  quiebra.  ¡  Recién  entonces  se 
recuerda,  se  comenta  y  se  ríe  con  franca  ironía ! 
El  doctor  de  Selis,  personaje  obligado,  estaba 
tranquilo  á  este  respecto,  persiguiendo  con  há- 
biles combinaciones  el  medio  eficiente  de  con- 
servar la  supremacía  conquistada,  por  un  enlace 
ventajoso  y  envidiable  que  diera  mayor  solidez 
á  su  posición  social.  De  este  criterio  frío  y  po- 
sitivo, sin  atmósfera  de  ilusiones  pueriles,  pro- 
metíase resultados  matemáticos ;  nada  había  para 


BRENDA  161 

^ 

él  como  la  realidad  de  las  cosas,  es  decir,  lo  que 
se  ve  y  se  palpa,  ni  método  más  acertado  que 
el  experimental,  partiendo  del  concepto  de  que 
basta  un  buen  procedimiento  científico  para  ren- 
dir un  corazón,  pasando  por  encima  de  sus  ino- 
centes ensueños  y  de  sus  ideales  candorosos. 

Para  encontrar  la  verdad,  como  el  amor,  el 
sistema  era  infalible,  aun  cuando  había  que  pro- 
ceder conforme  á  reglas  y  leyes,  por  medios  de- 
licados y  tacto  exquisito,  especialmente  en  el  úl- 
timo caso,  á  fin  de  no  comprometer  el  éxito,  es- 
tudiar el  carácter,  los  sentimientos,  los  deseos, 
avanzando  como  en  la  disección  que  descubre 
poco  á  poco  la  estructura  de  un  organismo,  sus 
partes  constitutivas,  el  secreto  de  sus  relaciones 
recíprocas  y  el  de  las  circunstancias  diversas  que 
se  vinculan  á  la  vida  fisiológica;  y  ceñir  al  re- 
sultado sus  pruebas  ingeniosas  de  amante,  lo 
mismo  que  ajustaba  su  habilidad  facultativa  á 
los  preceptos  anatómicos  teórico-prácticos  al  son- 
dar la  fuente  misteriosa  de  los  males.  La  pana- 
cea aplicada  á  un  caso  patológico,  debía  con- 
cordar moralmente,  según  su  sistema,  con  el 
medio  de  vencer  repugnancias  y  escrúpulos  pue- 
riles. El  corazón  de  una  mujer  virgen,  dulce  y  sen- 
cilla no  podía  ofrecer  al  doctor  de  Selis  más  re- 
sistencia que  la  de  un  músculo;  las  grandes 
palpitaciones  del  sentimiento  no  eran  sino  mo- 
vimientos más  ó  menos  acelerados  de  la  sangre, 
que  podían  regularse  fácilmente ;  los  blancos  en- 


162  E.  ACEYEDO  DÍAZ 


sueños  que  todo  lo  llenan  en  las  profundidades 
del  alma,  y  fuera  de  ella,  en  la  atmósfera  satu- 
rada de  aromas  que  rodea  la  cabeza  poética  de 
una  bella  enamorada,  eran  entusiasmos  de  la 
imaginación  que  recién  empieza  á  sentir  las  en- 
gañosas caricias  exteriores,  sin  deleite  más  ver- 
dadero que  el  de  la  flor  de  nieve  en  cuyo  cáliz 
se  anida  por  vez  primera  un  rayo  de  sol  prima- 
veral; la  voluntad  de  querer,  la  elección  en  el 
amar,  esa  fuerza  de  irresistible  simpatía  que  arras- 
tra un  corazón  á  entregarse  á  un  dueño  soñado 
y  apetecido  con  toda  la  ternura  extrema  que  ha 
aumentado  la  ilusión,  era  una  facultad  ficticia 
que  cedería  por  sugestión  al  desvanecerse  los  mi- 
rajes de  la  fantasía  inocente  y  sobrevenir  la  amarga 
realidad  del  mundo  por  una  de  las  puertas  se- 
cretas del  desencanto. 

Una  hipnotización  recíproca:  ¡tal  vez  eso  sea 
el  amor !  Pero,  en  el  fenómeno  no  entra  por  nada 
el  fluido  de  unos  ojos  cuya  expresión  no  se  busca 
ó  es  indiferente;  ni  suplanta  el  yo  frío  y  apá- 
tico del  que  calcula  á  la  fuerza  irresistible  del 
que  siente,  ni  alumbra  otra  lámpara  de  magne- 
sio que  la  que  arde  en  el  altar  de  dos  almas 
apasionadas,  invisible  para  todos  menos  para 
aquellos  que  se  buscan  entre  la  muchedumbre  y 
se  creen  solos,  confundiendo  al  mirarse  en  un 
solo  hilo  de  luz  sus  vínculos  de  atracción,  —  por 
donde  se  envían  latidos,  ternuras,  cariños,  adio- 
ses  inefables,  en  raudo  vuelo,  más  trémulos  y 
ardientes  que  los  átomos  del  aire. 


BRENDA  163 

El  doctor  de  Selis  tenía  buen  cuidado  de  no  di- 
vulgar sus  teorías  sobre  el  amor,  resguardándose 
de  toda  sospecha  con  ese  aspecto  grave  y  repo- 
sado que  caracteriza  á  casi  todas  las  profesiones 
liberales,  y  que  no  excluía  én  sus  maneras  la 
distinción  peculiar  que  interesa,  ni  el  decir  inge- 
nioso que  seduce.  Era  hombre  de  escuela,  ó  de 
sistema,  si  se  quiere,  diestro  en  dominar  situa- 
ciones y  en  hallar  la  solución  airosa  en  los  ca- 
sos difíciles.  Un  raciocinio  maduro  precedía  to- 
dos sus  actos  de  importancia,  y  aparentaba  con- 
vicciones que  estaba  lejos  de  abrigar,  sobre  todo 
en  política,  escollo  de  los  médicos  que  no  han 
estudiado  nunca  ninguna  enfermedad  social,  y 
que  difícilmente  encuentran  alteración  en  el  pulso 
del  ente  colectivo,  aunque  la  fiebre  pase  de  cua- 
renta grados.  No  se  daba  cuenta  de  que  el  anfiteatro 
era  distinto,  que  el  enfermo  era  invisible,  y  el 
remedio  una  idea,  más  ó  menos  oportuna  y  feliz. 
La  idea  en  acción  contra  otras  ideas,  también  es 
una  medicina  eficiente  en  casos  determinados! 
Esto  no  privaba  que  el  doctor  de  Selis  ocupase 
una  senaturía  y  salvara  el  decoro  del  gremio, 
manteniéndose  serio  é  inconmovible  en  medio  de 
todos  los  cambios  de  situación  que  él  atribuía  á 
las  pasiones  malsanas,  demagógicas  ó  guerreras, 
naturales  en  un  temperamento  nacional  rehacio  á 
la  disciplina,  cuya  modificación  en  sentido  favo- 
rable, esperaba  de  los  gobiernos  paternales  que 
suprimen  toda  libertad  para  salvar  mejor  los  de- 


164  E.  AC3BYSDO  DÍAZ 


rechos  del  hombre,  y  toda  ley  tutelar,  para  sal- 
var sus  principios  genitores. 

En  política,  salvo  excepciones,  estos  médicos 
no  curan.  Son  los  médicos  que  enferman.  Su  cien- 
cia desaparece  ante  los  espasmos  ó  delirios  de  la 
opinión,  que  ellos  consideraban  como  una  bur- 
buja de  lucientes  colores,  antes  de  conocerla  y 
experimentar  el  vigor  de  sus  aplausos  ó  protestas. 

El  doctor  Lastener  de  Selis  frisaba  en  los  treinta 
años,  estatura  regular,  cabello  castaño,  rostro  de 
piel  blanca  y  tersa,  un  tanto  espartano  de  bigote, 
nariz  de  noble  curvatura,  y  ojos  pardos,  vivaces 
y  penetrantes.  Tenía  el  defecto  de  contemplarse 
mucho  en  sus  frases  y  opiniones,  creyendo  que 
era  condición  precisa  de  su  profesión  el  abusar 
en  cierto  grado  de  conocimientos  poco  vulgares. 
Su  boca  de  labios  finos  y  delgados,  recogida  en 
sus  extremos,  en  forma  de  abrazadera  musical, 
denotaba  esa  expresión  volteriana,  que  en  deter- 
minadas y  análogas  entidades  parece  manifestarse 
con  una  especie  de  silbido  tenue  por  las  peque- 
ñas y  cerradas  curvas  de  los  lados,  cuando  con- 
versan y  sonríen  nerviosamente.  Diñase  á  veces, 
que  por  esas  válvulas  estrechas  se  escapa  un 
aire  envenenado.  En  cambio,  el  conjunto  de  sus 
dotes,  la  elocuencia  del  concepto  y  el  arte  de 
agradar,  disimulaban  bien  las  cualidades  poco 
simpáticas  de  su  carácter  ó  de  su  físico. 

Era  este  caballero  el  que,  en  la  tarde  del  mismo 
día  en  que  Raúl   hiciera  su  excursión  á  los  es- 


BKENBA  165 

teros,  se  encontraba  en  la  quinta  de  la  señora  de 
Nerva,  en  compañía  de  las  dos  jóvenes,  y  en  el 
mismo  sitio  en  que  las  dejamos  por  la  mañana. 
Después  de  su  concierto  de  piano  y  canto,  y  de 
alg-unos  desahogos  expansivos,  las  dos  amigas  ha- 
bían resuelto  pasear  por  la  quinta,  recorrer  sus 
sitios  más  pintorescos  y  la  choza  de  Zambique, 
eligiendo  á  su  regreso  como  punto  de  descanso 
el  del  banco  de  piedra.  El  doctor  de  Selis,  que 
había  reconocido  á  su  enferma  y  dispuesto  lo 
conveniente  á  su  estado  actual»  se  sintió  con  ex- 
celentes disposiciones  para  el  paseo  á  que  fuera 
invitado,  y  del  que  se  prometió  agradables  re- 
sultados. 

Habíase   formado  grupo  junto  á  los  naranjos. 

Brenda  estaba  cavilosa  y  seria,  y  entretenía 
sus  lindas  manos  modificando  á  capricho  una 
piocha  de  plumas  de  garza. 

Areba  debatía  con  el  doctor  de  Selis  la  pro- 
cedencia de  unos  huevos  de  diferentes  formas  y 
tamaños,  distribuidos  en  un  collar  curioso,  regalo 
de  Zambique,  de  matices  muy  hermosos  y  ex- 
traños. Los  había  esféricos,  ovales,  ovados  y  ovi- 
cónicos,  percibiéndose  apenas  el  paso  de  la  he- 
bra. 

—  Parece  un  rosario  de  bruja,  — decía  Areba.  — 
Ya  sé  que  éste  es  de  perdiz;  tal  vez  de  una  que 
hemos  visto  morir  esta  mañana,  y  que  causó  á 
Brenda  mucha  pena.  Diga  Vd.,  doctor,  ¿de  qué 
ave  será  éste,  oval?  Parece  que  fuera  de  pájaro 
selvático  .... 


166  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


— Es  de  gavilán,  señorita. 

—  Poco  simpática  es  esa  especie, — repuso  Areba 
con  sorna; — nunca  dejan  en  paz  á  las  palomas 
más  jóvenes.  Vea  usted  este  globular  . . , ,  y  este 
otro  de  tinte  rosado. 

— Más  bello  es  ese  pequeñito,  que  se  pierde 
en  el  conjunto  como  una  perla  oblonga.  Si  lo 
coloca  Vd.  en  el  hueco  de  su  mano,  producirá 
la  ilusión  completa,  pareciéndonos  verla  en  su 
concha  de  nácar,  recogida. 

—  Gracias  por  el  molusco,  doctor;  que  el  ná- 
car nada  gana.  Es  de  colibrí. 

Brenda  puso  á  un  lado  la  piocha,  y  mirando 
al  caballero,  preguntó  con  aire  candoroso: 

— ¿Y  qué  es  una  ilusión? 

El  doctor  de  Selis  se  puso  sobre  sí,  un  tanto 
contrariado,  y  preparábase  á  contestar,  cuando 
Brenda  se  levantó  de  pronto  y  corrió  hacia  el 
seto,  exclamando  con  infantil  regocijo : 

—  ¡Mira  Areba,  qué  bellas  mariposas!  ¡Nunca 
he  podido  hacerme  dueña  de  una  celeste!  .... 
Pero  esta  vez  no  escapará  • .  . 

En  ese  instante  habían  cruzado,  en  efecto,  en 
graciosos  volteos  por  el  aire,  juguetonas  ó  irri- 
tadas, confundiendo  sus  diminutos  cuerpos  en 
estrechos  abrazos,  una  dañáis  color  café  con 
manchas  rojas  y  blancas  en  el  festón,  y  otra  del 
género  morfo  de  un  celeste  suave  y  delicado. 

Rióse  Areba  sin  escrúpulo  y  murmuró : 

—  ¡Rara  coincidencia! 


BRENDA  167 


Sin  esperar  la  respuesta  del  doctor  de  Selis, 
Brendd.  se  lanzó  tras  ellas  llena  de  entusiasmo; 
los  brillantes  lepidópteros  se  separaron,  quedando 
sólo  la  dañáis  al  alcance  de  la  joven.  La  mari- 
posa hacía  esfuerzos  rápidos  y  violentos  para 
huir,  ora  ondulando  hacia  arriba,  ora  descen- 
diendo en  desesperados  volteos,,  hasta  rozarse  con 
las  altas  yerbas  que  bordeaban  el  seto;  pero  al 
fin,  ya  fatigada  y  rendida,  fué  presa  de  sus  tem- 
blorosas manos,  merced  á  una  red  tendida  con 
el  tul.  Volvióse  Brenda  jadeante  y  encendida, 
con  el  sombrerillo  de  paja  casi  suspendido  de  sus 
doradas  crenchas  en  desorden ;  mas,  al  mirar  por 
•entre  sus  dedos  de  marfil  el  extremo  de  un  ala, 
ya  sin  el  destellante  polvo  que  constituía  su  pri- 
mitivo encanto,  escapó  á  sus  rojos  labios  una  ex- 
presión entre  alegre  y  pesarosa  : 

— ¡Ay,  qué  mustia  está! 

—  ¿Cuál  fué  la  víctima?  —  preguntó  Areba 
riendo  todavía,  pero  de  una  manera  extraña. 

—  La  de  color  café,  que  yo  no  quería. 

£1  doctor  de  Selis,  que  se  había  avanzado  unos 
pasos  al  encuentro  de  la  joven,  pareció  satisfe- 
■cho  del  desengaño,  y  dijo  con  acento  sentencioso, 
^n  el  que  iba  envuelto  el  amor  propio  herido : 

—  ¿No  quería  Vd.,  señorita,  saber  lo  que  era 
una  ilusión?  La  respuesta  es  elocuente,  y  de- 
cirse puede  que   palpa  Vd.  la  realidad. 

Brenda  volvió  á  mirar  con  tristeza  á  la  pobre 
prisionera,   y   levantando   el   brazo  la  lanzó  con 

u 


168  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


fuerza  al  espacio.  Como  azorado  de  su  corta  es- 
clavitud, el  lepidóptero  se  remontó  á  grande  al- 
tura en  prolongada  espiral,  perdiéndose  entre  la. 
arboleda. 

La  joven  se  frotó  las  manos  con  suavidad,  ele- 
vando sus  ojos  al  doctor  de  Selis. 

—  ¿Esa  es  una  ilusión? — preguntó  con  voz  me- 
surada y  grave. 

—  Al  menos,  de  las  que  menos  viven. 

Brenda  volvió  lentamente  su  cabeza  encanta- 
dora hacia  la  morada  de  Raúl,  como  si  buscara 
el  azul  del  mar,  y  moviéndola  con  una  gracia^ 
que  no  se  define,  dijo  dando  un  golpecito  coi> 
su  menudo  pie  en  el  césped: 

—  ¡Ah,  no! 

El  doctor  de  Selis  aventuró  una  sonrisa. 

Areba  sintió  una  punzada  en  medio  del  pecho. 

Caía  ya  la  tarde,  llena  de  lejanos  y  confusos 
rumores,  una  de  esas  tardes  melancólicas  de 
sombras  vagas  y  flotantes,  y  uno  que  otro  canta 
alegre  en  medio  de  las  oscilaciones  de  la  luz. 
moribunda. 

Los  árboles  duplicaban  en  el  suelo  su  gigan- 
tesca estatura,  en  fantásticas  siluetas;  plegaban 
sus  corolas  las  moradas  campanillas  de  las  tre- 
padoras del  seto ;  y  en  lo  alto  de  las  pitas,  in- 
móvil y  esponjado,  el  chingólo  solitario  repetía 
sus  monótonas  notas,  como  una  oración  del  cre- 
púsculo. 

Areba  dijo: 


BRENDA  169 

—  Ya  es  hora.  ¿Volveremos? 
El  doctor  de  Selis  se  inclinó. 

—  Como  gustes,  —  contestó  Brenda. — Si  parece 
á  Vds,  bien,  daremos  la  vuelta  al  estanque,  ese 
sitio  que  tanto  te  ha  agradado,  Areba. 

—  Convenido,  querida  amiga.  Suplico  el  favor 
de  su  brazo,  doctor,  pues  la  falta  de  costumbre 
me  hace  fatigoso  el  ejercicio. 

—  Entonces  no ... . 

—  Al  contrario :  quiero  adquirir  el  hábito. 

—  Excelente  resolución,  —  repuso  el  doctor  de 
Selis,  ofreciendo  galantemente  su  brazo  á  la 
joven. — Eso  hará  á  Vd.  bien,  en  definitiva.  Puede 
Vd.  observarlo  en  Brenda,  que  en  este  momento 
nos  da  una  nueva  prueba  de  su  actividad  infa- 
tigable. 

— Así  es,  —  dijo  Areba  con  gesto  risueño, 
viendo  á  la  joven  alejarse  un  poco,  en  pos  de 
algún  brillante  insecto  alado. 

Conserva  aún  sus  aficiones  de  niña. 

—  Algo,  sin  embargo,  denuncia  ya  sus  graves 
preocupaciones  de  mujer,  —  replicó  de  Selis  pen- 
sativo. 

—  ¿Lo  ha  advertido  Vd. ?  Paréceme  que  eso 
tiene  mucho  de  cierto. 

—  Feliz  del  que  pudiera- penetrar  sus  secretos 
sin  pecar  de  imprudente. 

—  No  es  tan  difícil.  Hay  cosas  que  se  denun- 
cian por  sí  mismas,  como  Vd.  lo  ha   observado. 

—  ¿Será  que  ella  sienta  amor? 


170  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Quizás.  La  habilidad  estaría  en  cortar  la 
corriente  antes  que  desborde. 

Areba  sintió  un  rápido  temblor  en  el  brazo 
de  su  caballero. 

—  Entonces  ¿hay  un  principio  de  vida  nueva 
cuyo  origen  podría  buscarse  •  fuera  de  las  rela- 
ciones de  familia? 

—  Eso  creo.  Un  ingeniero  ha  tendido  sus  hilos 
telefónicos  por  estas  cercanías,  y  entiendo  que 
no  es  de  los  que  quedarían  rezagados  para  echar 
un  puente  sobre  el  abismo. 

—  Lo  presumía,  sin  atreverme  á    manifestarlo. 

—  El  amor  con  ayudk  de  la  ciencia  se  hace 
muy  refinado  é  ingenioso,  según  he  oído  decir  á 
Vd. ,  y  es  el  caso  que  el  rival  no  ha  hecho  otra 
cosa  que  aguzar  el  ingenio  toda  su  vida.  Esto 
duplica  en  mi  opinión  la  potencia  y  justifica  de 
la  otra  parte  una  alianza  que  mantenga  el  equi- 
librio de  la  lucha,  con  la  igualdad  de  condiciones. 

—  Estoy  dispuesto  á  sellarla,  si  la  potencia 
amiga  ha  de  ser  Vd. 

—  No  veo  inconveniente  en  que  la  concerte- 
mos,—  repuso  Areba  con  una  sonrisa  forzada,  y 
sintiendo  en  el  fondo  una  angustia  indecible.  — 
Pero  parta  Vd.  del  concepto  de  que  no  se  van 
á  contrariar  simples  devaneos  juveniles,  y  que 
es  preciso  tomar  en  cuenta  el  corazón,  cuyos 
impulsos  no  se  aquilatan,  ni  se  miden  en  su  in- 
tensidad profunda,  por  más  que  los  que  piensan 
como  Vd.  no  crean  en  las  pasiones  insondables 
y  durad^as. 


BRENIiA  171 


—  Empezaré  por  modificar  mis  ideas  al  res- 
pecto, como  una  concesión  al  aliado. 

Una  sonrisa  irónica  se  dibujó  en  los  labios  de 
la  joven. 

—  ¡  Siempre  el  cálculo  en  el  fondo !—  se  dijo.  La 
mano  descamada  oculta  bien  sus  dedos  armados 
de  ventosas  bajo  el  guante,  y  el  ojo,  el  fulgor 
de  la  ambición  en  la  retina. 

Luego,  con  la  vista  fija  en  Brenda,  que  se 
acercaba,  agregó  con  firmeza: 

—  Concesión  á  la  verdad. 

—  Sea. 

Aproximóse  Brenda  radiante  de  placer,  y  apar- 
tándose las  guedejas  de  la  frente  húmeda: 

—  ¡  Me  burlan  las  mariposas  !  —  exclamó,  res- 
pirando buena  porción  de  perfumado  ambiente, 
de  modo  que  al  entreabrir  su  boca  deliciosa, 
quedó  al  descubierto  un  correcto  arco  dentario, 
de  una  blancura  que  hacía  resaltar  aún  más  el 
coral  de  sus  encías. 

Cogióla  Areba  de  la  mano,  diciendo : 

—  ¡  Eres  infatigable,  amiga  mía  !  A  fin  de  que 
no  vuelvas  á  abandonarnos,  colocaremos  al  doc- 
tor de  Selis  en  el  medio.  Apelo  á  su  galantería. 

—  Perfectamente  —  repuso  Brenda  con  senci- 
llez. —  Haremos  columna  por  esta  callecita  de 
arena. 

Apresuróse  de  Selis  á  tomar  la  posición  desig- 
nada, y   marcharon  breves  instantes   en  silencio. 
Recayó  luego  la  conversación  sobre  la  señora 


172  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


de  Nerva,  cuya  dolencia  resistía  al  régimen,  si 
bien  no  revistiera  una  gravedad  alarmante. 

El  doctor  de  Selis  aprovechó  la  oportunidad  para 
disertar  acerca  de  la  influencia  de  las  fuertes 
impresiones  morales  en  el  ánimo  de  la  enferma, 
y  de  la  necesidad  de  evitarle  toda  desazón  in- 
conveniente. El  estado  de  su  salud  era  deli- 
cado, y  exigía  un  tacto  exquisito  para  prevenir 
que  se  alterase  por  cualquier  motivo,  teniéndose 
muy  presente  lo  avanzado  de  su  edad  y  la  na- 
turaleza de  la  dolencia. 

—  Feli/Tiente,  —  prosiguió,  —  el  cariño  filial 
siempre  afectuoso,  tierno  y  esmerado,  tiene  una 
participación  activa  y  eficaz  en  toda  mejoría 
radical,  especialmente  en  casos  como  éste,  por 
la  solicitud  extrema  que  provoca  en  los  nobles 
seres  la  conservación  del  vínculo  irreemplazable 
que  amenaza  romperse.  Una  anciana  enferma 
reclama  en  el  afecto  y  en  la  cura,  la  misma 
contemplación  y  la  misma  delicadeza  de  cuida-: 
dos  que  un  niño  anémico ;  y  mayor  todavía 
aparecerá  el  celo,  si  no  se  olvida  que  la  recons- 
titución es  lenta  y  difícil,  dadas  las  condiciones 
del  organismo  que  ha  pasado  por  todas  las  crisis, 
y  abandonado  á  períodos  gran  parte  de  sus  fuer- 
zas, como  un  tributo  rendido  á  los  años  y  vici- 
situdes violentas  de  la  vida.  El  espíritu  de  la 
ancianidad  doliente  exige,  pues,  halagos,  ternuras 
y  complacencias,  en  razón  directa  de  la  dosis 
considerable  de   natural   egoísmo   que  domina  y 


BREKDA  173 

.acalla  todos  los  sentimientos,  concentrando  como 
•en  un  foco  que  le  dará  dulce  calor,  necesario  al 
irío  de  sus  venas,  las  caricias  inagotables  de  esa 
pasión  filial,  honda  y  sincera,  que  no  la  contra- 
ría, y  que  todo  lo  sacrifica  al  deber  y  al  culto 
■del  hogar,  deshojando  hasta  su  misma  corona  de 
•esperanzas  en  aras  de  la  gratitud  y  del  amor. 

Las  jóvenes  escuchaban  silenciosas,  con  esa 
atención  respetuosa  que  se  dispensa  al  que  tiene 
alguna  autoridad  para  merecerla. 

Cuando  el  doctor  de  Selis  hizo  una  pausa,  Areba 
miró  con  rapidez  y  al  soslayo  á  su  amiga,  opri- 
miendo suavemente  el  brazo  del  caballero. 

Brenda  seguía  el  paso,  con  dignidad  y  rostro 
tranquilo.  Ni  una  sombra  leve  obscurecía  su  fi-ente. 

Dieron  vuelta  por  el  estanque,  lleno  de  pece- 
cillos  de  vivos  colores,  cuyas  escamas  relucían  en 
el  agua  serena;  mientras  se  deslizaban  en  otro 
compartimiento,  separado  de  aquél  por  una  divi- 
sión de  alambre  de  finísima  trama,  —  como  ele- 
gantes esquifes  alados,  provistos  de  timón  que  ja- 
más conduce  al  escollo,  —  algunos  gansos  blancos 
manchados  de  canela,  y  dos  cisnes  de  cuello  ne- 
gro, cuyos  plumones  habían  sido  retaceados  por 
la  tijera  de  Zambique. 

Al  dirigirse  hacia  la  casa,  Brenda  dejó  resba- 
lar por  la  barandilla  de  hierro  su  mano  izquierda, 
acortando  el  paso,  con  la  mirada  perdida  en  las 
doradas  copas  de  los  árboles. 

Areba  fijó  sus  ojos  en  el  doctor  de  Selis,  do 
una  manera  significativa  é  insinuante. 


174  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


De  Selis  volvió  sobre  el  tema,  con  acento  suave- 
y  persuasivo.  Sus  palabras  eran  discretas  y  elo- 
cuentes, fluyendo  llenas  de  brillo  y  colorido;  al- 
guna vez  atrajo  sobre  sí  aquellos  relámpagos  azu- 
les que  nunca  buscaban  el  verdoso  resplandor  de 
sus  pupilas. 

—  Bella  piedad  la  del  amor  filial, — que  así  se 
sobrepone  á  las  mismas  seducciones  de  una  dicha 
incierta,  aunque  brindada  quién  sabe  por  qué  labio- 
pérfido,  para  consagrarse  por  entero  al  deber  y  al 
reconocimiento, — como  se  sustrae  al  halago  de 
las  ficciones  que  la  fantasía  aumenta  y  reviste  de 
lucientes  galas,  al  influjo  de  una  sonrisa  ó  de 
una  frase  calculada  para  sembrar  estériles  ensue- 
ños en  el  fértilísimo  campo  de  la  inocencia,  y  fe- 
liz de  la  madre  tierna  á  quien  tal  amor  evita  pe- 
nas en  el  descenso  de  la  vida,  fiel  á  sus  manda- 
tos, accesible  á  los  deseos,  dócil  al  consejo  elevado- 
y  concienzudo,  que  señala  al  candor  los  peligros^ 
su  puerto  seguro  á  la  esperanza,  á  la  mujer  lo 
augusto  de  su  destino, — revelando  á  su  corazón 
sensible  é  inexperto,  el  secreto  de  paz  y  de  ven- 
tura. 

En  el  poema  de  la  familia,  todo  esto  consti- 
tuye,—  cuando  el  culto  es  sincero,  —  esa  belleza 
y  esa  bondad  selectas  que  los  bardos  creen  sólo 
patrimonio  de  sus  heroínas  místicas  é  ideales. 

—  Como  en  la  leyenda  de  Locki  y  Segün,  por 
ejemplo, — prorrumpió  Areba  con  un  dedo  en  el 
labio. 


*  BRENDA  175 

—  Exactamente. 

— ¡Oh,  alma  carnal  I — pensó  la  joven:  —  ¡cómo 
mientes  y  te  engañas! 

— En  el  caso  que  nos  interesa,  —  continuó  de 
Selis,  procurando  disimular  la  emoción  de  su 
voz, — el  facultativo  reposa  por  completo  en  la  en- 
fermera: la  panacea  apenas  devuelve  la  salud; 
pero  es  ella  quien  puede  prolongar  una  existen- 
cia que  ve  el  cielo  en  sus  ojos,  luz  en  sus  ca- 
bellos y  absorbe  aroma  en  sus  palabras. 

—  Gracias  por  ella, — dijo  Brenda  con  dulzura. — 
Las  daría  también  por  mí,  si  me  reconociera  en 
esa  hada  tan  bella  que  Vd.  ha  esbozado  con  poé- 
ticos conceptos. 

—  Esbozo,  en  verdad,  Brenda:  difícilmente  se 
conocería  bien  en  él  al  modelo. 

—  ¡Cómo  canta  el  cardenal!  —  exclamó  Areba 
mordiéndose  los  labios  y  volviendo  el  oído  en  di- 
rección á  la  casa. —  ¿  No  le  sientes,  amiga  mía,  gor- 
jear con  entusiasmo? 

— Sí,  que  le  oigo,  —  respondió  la  joven  son- 
riéndose  á  su  pesar; — las  atenciones  que  con  él 
se  gxiardan  lo  estimulan.  Razón  hay  para  espe- 
rar que  se  prodigue. 

—  Luego,  ¿ha  logrado  hacerse  querer? — pre- 
guntó el  doctor  de  Selis  con  finura.  -¡Cierto  que 
canta  con  primor! 

Las  jóvenes  guardaron  silencio.  Entraban  ya 
en  la  arcada  que  conducía  al  patio.  La  señora 
de  Nerva   ocupaba   una  silla  de   hamaca  en   el 


176  E.  ACEVEDO  DÍiZ 


corredor  del  frente,  descansando  su  cabeza  en  lo 
alto  del  respaldo. 

Incorporóse  con  visible  contento  para  recibir 
un  beso  de  Brenda,  é  investigar  con  la  mirada 
el  semblante  de  Areba.  Le  pareció  indiferente  y 
frío. 

En  ese  instante  cambiaba  algunas  frases  rápi- 
das y  en  medio  tono  con  de  Selis:  era  sin  duda 
la  ratificación  del  pacto. 

—  Celebraremos  conferencia  en  el  día  indicado, 

—  concluyó  diciendo  Areba.  —  La  tarea  es  ardua. 
El  doctor  de  Selis  se  inclinó  en  señal  de  asen- 
timiento, y  despidióse  en  seguida  de  las  damas, 
recomendando  á  la  enferma  el  mayor  cuidado  de 
su  persona. 

Momentos  después,  apoyada  en  Areba  y  Brenda, 
la  anciana  se  dirigía  á  la  sala  de  recibo. 

— Antes  de  irme,  querida  amiga,  —  decía  Areba, 

—  deseo  oir  nuevamente  el  Stdndchen  de  Schu- 
bert.  No  sé  porqué  me  parece  que  no  hay  sitios 
más  hermosos  y  solitarios  que  éstos,  y  por  lo 
mismo  más  escogidos,  para  deleitarse  sin  perder 
una  nota,  con  las  brillantes  armonías  de  esa  se- 
renata, que  se  creería  compuesta  para  reunir  en 
tu  verjel  todas  las   hadas  del  silencio. 

—  ¡Ay!  más  bellas  son  las  arpas  de  la  noche, 
que  ellas  pulsan  cuando  una  está  dormida, — res- 
pondió Brenda  con  un  aire  dulce  é  ingenuo. 

—  ¡Anda,  soñadora,  que  tienes  la  cabeza  toda 
llena  de  visiones !  —  exclamó  Areba  entre  risas  ar- 
moniosas. 


BRENDA  177 


—  Así  es, — repuso  la  anciana,  reprimiendo  un 
acceso  de  tos.  [La  juventud!. . . .  Vd.  debería  co- 
municarle un  poco  de  su  criterio  tan  sensato  é 
inteligente,  que  le  sentaría  muy  bien. 

—  ¡Ah!  ¿que  me  sienta  mal  eso,  madre?  yo 
creía  que  no  era  triste  pensar  en  lo  que  debería- 
mos ser,  después  de  habernos  preocupado  en  las 
horas  de  afán  de  lo  que  puede  afligir  á  los  que 
amamos. 

—  Calla^  mi  corazón,  esas  cosas  que  no  entien- 
des; y  siéntate  al  piano,  que  no  es  la  hora  de 
tus  hadas. 

Brenda  obedeció.  La  anciana  y  Areba  ocupa- 
ron un  canapé  colocado  junto  á  la  ojiva  que  daba 
al  jardín. 

Resonaron  preludios  raros  y  caprichosos.  A 
poco  las  teclas  dieron  trinos;  sucediéronse  luego 
los  primeros  compases,  melancólicos  y  graves; 
después  un  raudal  armónico,  como  un  hervor  de 
intensos  anhelos  que  se  elevaran'  en  coro  y  roza- 
sen al  vibrar  la  dormida  fibra  del  sentir  profundo. 

Areba  miraba  las  plantas,  la  mano  puesta  en 
la  mejilla,  absorta  al  parecer  en  sus  recuerdos.  La 
anciana  seguía  el  compás  con  un  movimiento  im- 
perceptible de  los  dedos,  la  cabeza  baja  y  el  gesto 
triste. 

De  pronto  salió  de  esa  abstracción,  como  de  un 
sueño,  volviéndose  hacia  su  joven  amiga. 

—  ¡Y  bien!  —  susurró  muy  bajo. 

Areba  desahogó  su  pecho,  y  movió  la  cabeza 
de  uno  á  otro  lado. 


178  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Las  cosas  están  al  principio, — respondió  en 
el  mismo  tono,  arrellanándose  en  el  canapé. 

—  ¿Será  inútil  todo,  entonces? 

—  No  me  atrevería  á  suponer  tanto.  La  obra  es 
del  tiempo  y  de  la  reflexión. 

Siguióse  un  breve  intervalo  de  silencio. 

La  serenata  tocaba  á  su  fin,  y  empezaban  á 
descender  las  sombras. 

La  joven  se  acercó  á  la  señora  de  Nerva,  y 
resbaló  á  su  oído  estas  palabras: 

—  Haré  cuanto  pueda.  . .  .  Por  el  momento,  la 
vigilancia  debe  recaer  en  la  choza:  Zambique  dijo 
hoy  algo  á  Brenda  que  le  produjo  emoción,  pero 
en  ese  lenguaje  raro  que  le  es  peculiar.  El  pobre 
negro  adora  á  la  que  él  llama  su  reina.  Esas  tris- 
tes almas  se  dan  por  entero  á  la  dicha  de  las 
que  veneran,  y  cierran  sus  labios  con  la  llave  de 
las  tumbas.  Ya  me  comprende  Vd.  Sería  un  Ga- 
leoto  temible. 

Las  escasas  cejas  de  la  anciana  se  contrajeron 
con  una  expresión  de  enojo,  y  un  ligero  temblor 
agitó  sus  labios  secos  é  incoloros. 

Perdíanse  en  el  aire  tranquilo,  flébiles  y  dulces, 
á  manera  de  súplicas  envueltas  en  una  ilusión 
que  se  renueva,  las  últimas  notas  del  Stdndchen. 


BRENDA  179 


XIV 


«LA  MADREPORA» 


En  las  primeras  horas  de  una  noche  tormen- 
tosa, un  morador  situado  cerca  de  la  punta  de 
Piedras  Negras,  que  se  dibuja  al  norte  de  la  del 
Buceo  como  un  lomo  de  saurio  hundido  en  el 
cieno,  habría  visto  deslizarse  á  la  luz  de  los  re- 
lámpagos, sobre  las  aguas  agitadas  y  sombrías, 
una  sumaca  frágil  y  ligera,  con  una  luz  á  mitad 
del  palo,  luchando  con  las  fuertes  rachas  del  sud- 
este. Aunque  recogida  en  parte  la  latina  vela  de 
polacra  que  llevaba  á  proa,  sin  gavia,  lisa  y  fina, 
como  un  pez  sin  escamas,  saltaba  sobre  las  olas 
siniestras  con  una  velocidad  asombrosa,  á  manera 
de  langosta  de  mar  sorprendida  en  la  superficie 
por  la  borrasca,  que  pugnase  por  volver  á  la  quie- 
tud de  los  fondos. 

Tenían  éstos  pocas  brazas  entre  Piedras  Ne- 
gras y  la  ensenada  de  Santa  Rosa,  de  empinados 
cantiles  y  áridos  médanos.  La  ocasión  no  era 
oportuna  para  arribar  á  aquellas  rocas  cortadas 
á  pico,  en  donde  se  de3hacían  mugiendo  las  a^uas 


180  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


turbulentas ;  y  la  sumaca  navegando  de  bolina  ra- 
saba las  crestas  con  maniobra  firme  hacia  el  Bu- 
ceo, cuya  punta  se  prolonga  en  anchas  faldas  cen- 
tenares de  metros  rio  adentro,  y  remata  en  un 
arrecife  áspero  y  riscoso  cubierto  por  el  flujo. 
A  la  claridad  diurna,  en  situación  idéntica,  y  al 
chocar  de  las  ondas  en  los  flancos,  habríase  po- 
dido comparar  con  un  cetáceo  lleno  del  verdín 
submarino,  de  cabeza  sembrada  de  púas,  hun- 
dida en  la  marea ;  y  cuyas  aletas  enormes  batie- 
ran con  furor  los  bajíos,  convirtiendo  las  encona- 
das olas  en  lluvia  de  espumas. 

Ningún  resplandor  bajaba  del  cielo.  Espesos  va- 
pores corrían  al  levante,  rasgados  de  vez  en  cuando 
por  rojizos  centelleos  de  sordas  explosiones,  cu- 
yos ecos  se  extendían  á  lo  lejos,  haciendo  tem- 
blar la  atmósfera^  cual  si  pasasen  en  vertigino- 
sas trayectorias,  gigantescos  proyectiles  trabados 
por  la  misma  cadena.  Imponentes  espirales  verdi- 
negros se  erguían  soberbios  y  amenazadores  so- 
bre la  borda,  orlados  de  blancas  ampollas  rebra- 
mantes, y  espumeando  al  rostro  de  los  audaces 
marineros;  crujían  el  costado  y  la  popa  al  em- 
bate violento  y  combinado  de  la  ráfaga  y  de  la 
ola,  y  la  mojada  lona  se  encogía  é  hinchaba  con 
estrépito,  después  de  sacudirse  y  azotarse  contra 
las  cuerdas  y  el  mástil;  y  ora  se  sumergía  la  proa 
hasta  desafiar  con  el  bauprés  en  su  misma  base 
el  oleaje  iracundo,  en  tanto  aleteaba  el  timón  en 
el  vacío,  ora  se  levantaba  en  el  movible  y  mons- 


BRENDA  181 

truoso  lomo  entre  un  torbellino  de  niebla,  rechi- 
nante el  aparejo,  como  un  potro  que  se  encabrita 
y  eleva  alto  la  cabeza  de  alborotadas  crines  en- 
tre una  nube  de  polvo,  tasca  el  freno,  dobla  los 
corvejones  y  sienta  en  el  suelo  la  grupa,  para 
reincorporarse  con  terrible  balance  haciendo  bri- 
llar en  el  aire  sus  uñas  de  hierro. 

En  medio  de  aquellos  tumbos  formidables,  y  de 
aquellos  ruidos  pavorosos,  la  débil  embarcación 
parecía  próxima  á  zozobrar:  habíase  apagado  la 
luz  del  farol  á  los  redobles  del  viento,  las  tinie- 
blas formaban  por  delante  un  solo  abismo  con 
las  aguas;  y  al  enroscarse  con  indecible  furia 
las  impetuosas  olas,  rompíanse  en  cascadas  sobre 
la  borda  saltando  hechas  pedazos  por  encima  del 
frágil  leño,  para  convertirse  en  rocío  al  batir  de 
las  enormes  alas  de  la  tormenta. 

Algo  servía,  sin  embargo,  de  guía  seguro  á  la 
mísera  nave. 

Distinguíase  á  un  flanco,  brillando  á  intervalos 
como  un  bólido  encendido  que  eclipsasen  nubes 
negras,  enhiesto  en  la  cúspide  ie  un  coloso  de 
cuarenta  metros  sobre  el  haz  de  las  aguas,  res- 
plandeciente á  gran  distancia  para  indicar  al  ma- 
rineo su  derrotero,  un  faro  de  foco  poderoso  que 
giraba  impasible  en  lo  más  alto  de  graníticos  pe- 
ñascos, señalando  á  todos  los  rumbos  el  peligro- 
del  escollo  y  los  bajíos  del  naufragio.  La  linterna 
refulgente  incendiaba  con  sus  rayos  las  movibles 
colinas  de  la  furiosa  oleada,  y  cual  ojo  rojizo  de 


182  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


la  tempestad,  —  que  pestañease  por  instantes  al 
sordo  golpe  de  los  encontrados  elementos, — pa- 
recía observar  cómo  se  estrellaba  con  estruendo 
la  masa  líquida  al  pie  de  la  altiva  colunma,  ha- 
ciendo temblar  las  deformes  rocas  que  la  sus- 
tentan. 

La  embarcación  seguía  corriendo,  casi  arriado 
el  velamen  por  completo,  desflocadas  las  jarcias 
y  aumentado  el  lastre  con  gran  cantidad  de  agua. 

Una  voz  exclamó  de  repente: 

—  La  farola  pestañea. 

El  que  había  hablado  aludía  sin  duda  á  uno 
de  los  intervalos  de  obscuridad  en  la  revolución 
del  faro. 

—  La  isla  queda  á  barlovento,  —  dijo  otra  voz 
enérgica.  —  ¡  Firme  á  la  caña ! 

El  que  primero  había  hablado  volvió  á  clamar 
en  medio  de  los  rugidos  del  huracán: 

—  ¡Cuidado  con  el  islote  de  la  Luz! 

— Está  negro  como  una  angustia, — repuso  la 
voz  enérgica.  —  ¡  Arría  el  resto.  Carolo ! 

Cinco  hombres  iban  en  la  sumaca,  pescadores 
de  la  costa  sud,  sufridos  é  intrépidos.  De  vuelta 
de  la  isla  de  Lobos,  les  había  sorprendido  la 
borrasca  á  pocas  millas  de  la  ribera,  y  obligádo- 
les  á  navegar  de  bolina,  corriéndose  á  lo  largo 
de  la  costa,  erizada  de  peligros.  Pero  llevaba  el 
timón  Gerardo,  el  más  hábil  y  valiente  marinero 
de  los  que  cruzaban  la  zona  del  mediodía,  eniaena 
perseverante  y  ruda,  en  pos  de  esa  fortuna  triste 


BRENBA  183 

<}ue  persigue  el  pescador,  y  que  á  cada  instante 
se  desvanece  entre  las  brumas  como  un  hada^  va- 
porosa de  las  algas. 

Sus  compañeros  le  querían  y  respetaban.  En 
•esta  emergencia  peligrosa,  se  revelaba  esa  fe  en 
una  obediencia  sin  réplicas,  que  daba  mayor  se- 
guridad á  la  maniobra. 

En  tanto,  era  necesario  evitar  el  arrecife  riscoso 
•del  Buceo  á  sotavento,  y  el  islote  de  la  Luz  á  la 
otra  borda,  situado  á  poca  distancia,  y  en  ese  mo- 
mento batido  de  flanco  con  imponentes  choques 
y  circuido  hasta  muy  arriba  de  su  nivel  por  una 
especie  de  humaza,  que  formaban  en  el  aire  las 
despedazadas  moléculas  del  agua. 

El  sondeo  da  en  ese  canal  una  profundidad  me- 
•dia  de  cuatro  á  cinco  metros. 

A  los  lívidos  resplandores  eléctricos,  podíase 
percibir  en  aquella  noche,  á  manera  de  ancha  es- 
tela, una  superficie  blanquizca  y  bullidora  en  el 
•centro  cerrentoso;  mientras  se  dilataban  á  los 
lados  rodando  en  espantoso  culebreo  inmensas 
sábanas  sombrías  para  escurrirse  en  roncas  cata- 
ratas en  las  concavidades  de  las  peñas  ó  por  en- 
cima de  las  mesetas  con  la  violencia  del  torrente. 

El  pasaje  tenía  que  ser  veloz  por  la  doble 
fuerza  del  viento  y  las  aguas;  la  sumaca  pasó 
por  allí  como  una  saeta,  evitando  el  escollo  de 
la  punta  del  Buceo,  y  deslizóse  casi  descubriendo 
la  quilla,  dominada  á  lo  lejos  por  la  claridad  del 
faro,    con   rumbo    á  las  piedras  del  Buen  Viaje, 

13 


184  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


distante  tres  millas,  cabezas  de  cachalotes  que 
sobresalen  á  regular.^tura  en  tiempo  de  bonan- 
za, y  que  en  la  hora  de  esta  aventura  temible 
asomaban  apenas,  entre  un  hervidero  de  espumas. 

Era,  sin  embargo,  allí, — en  un  fondeadero  para 
cala  de  tres  metros  cómodo  y  resguardado,  que 
abarcaba  la  extensión  comprendida  entre  las  pie- 
dras y  la  restinga  de  Punta  Brava,  barrida  per- 
petuamente por  las  mareas, — en  donde  los  intré- 
pidos pescadores  pensaban  hallar  refugio  y  echar 
el  ancla,  al  abrigo  de  ráfagas  violentas  y  de  olea- 
jes tumultuosos,  cuya  intensidad  parecía  dismi- 
nuir por  momentos. 

Ya  cerca,  en  efecto,  de  los  grandes  peñascos,, 
la  embarcación  caminaba  con  menos  ligereza i 
habíase  descorrido  al  sud  una  parte  de  la  lóbrega 
cortina,  y  sucedíanse  con  más  frecuencia  inter- 
valos de  calma,  en  relación  á  los  ímpetus  del 
viento  poco  antes  de  formidable  vigor. 

— jPon  el  anclote  á  la  pendura,  y  afloja  la 
gúmena,  Carolo!  —  ordenó  Gerardo  con  acenta 
firrne  y  vibrante. 

El  pescador  así  nombrado,  salió  á  la  banqueta 
afirmándose  á  la  borda,  y  destrincó  el  ancla  con 
extrema  diligencia. 

— Está  listo  el  anzuelo  de  dos  lengüetas. 

— Echa,  y  ¡á  pescar  la  tosca! 

El  arpón  de  hierro  se  deslizó  al  fondo,  pero  na 
consiguió  amarrar  la  sumaca,  que  seguía  arras- 
trada en  dirección  á  la  restinga,  con  una  velocidad 
todavía  considerable. 


BRENDA  185 

Ibase  á  picar  el  ancla  cuando  ésta  pareció 
aferrarse  por  la  banda  de  estribor,  paralizando 
el  movimiento  acelerado  de  la  nave,  que  revol- 
vióse en  fuertes  sacudimientos,  y  embarcó  más 
de  una  ola  amarga. 

--¡Mordió! — dijo  Carolo  alegremente,  y  devol- 
viendo el  líquido  al  mar  con  una  vasija  de  madera; 
en  cuya  operación  sus  brazos  y  los  de  sus  com- 
pañeros se  movían  con  una  celeridad  asombrosa. 

— No  es  así, — repuso  Gerardo ; — La  Madrépora 
empieza  á  garran    Leva,  y  ¡  todo  á  babor ! 

La  sumaca  arrastraba  en  efecto  el  ancla  por 
un  fondo  de  arena,  y  luego  entre  dos  aguas, 
al  verilear  á  lo  largo  de  la  restinga,  si  bien  á 
prudente  distancia  de  los  bajíos  pedregosos.  Con 
todo,  su  marcha  era  más  lenta;  cedía  el  viento, 
y  las  ondas  no  se  agolpaban  con  la  misma  furia. 

Trincado  nuevamente  el  anclote,  alargóse  un 
rizo  y  se  formó  una  ampolla  en  la  vela.  La  cele- 
ridad aumentó  en  proporción,  pero  sin  grandes 
salteos  ni  columpios :  el  pequeño  barco  mantenía 
ahora  menos  empinado  el  costado  de  babor,  en- 
derezándose por  minutos,  á  medida  que  aflojaba 
el  vendaval. 

Estaba  próxima  la  Punta  Brava,  con  su  res- 
tinga encubierta  de  ásperos  y  escarpados  riscos, 
apéndice  de  una  lengua  de  tierra  que  convida  á 
arribar  al  navegante  inexperto,  penetrando  en  las 
aguas  en  suaves  ondulaciones;  arrecifes  ocultos, 
pérfidos  y  temibles,  en  acecho,  sobre  los  cuales 
corre  sin  ruido  el  agua  mansa. 


186  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Pero  el  timonel  de  Lxi  Madrépora  conocía  bien 
los  riesgos  y  las  asechanzas  siniestras  de  los 
bajíos,  en  sitios  por  él  recorridos  para  buscar  pro- 
fundidades convenientes  á  las  redes  de  jorrar ;  y 
gobernaba  con  seguridad  y  firmeza,  guiado  por 
los  fulgores  de  la  farola,  inmóvil  é  impasible 
sobre  la  caña,  á  pesar  de  la  fiereza  de  los  em- 
bates contra  su  capote  impermeable  que  concluía 
en  punta  al  cubrir  su  cabeza,  —  sobre  la  cual 
saltaban  en  vano  con  el  estridor  de  fuertes  ale- 
tazos, fragmentos  de  olas,  á  modo  de  raudos 
engrosados  por  el  légamo  por  encima  del  granito 
inerte  é  inconmovible. 

Debajo  de  la  capucha  endurecida,  podían  des- 
cubrirse á  la  claridad  eléctrica,  unas  facciones 
varoniles  tostadas  por  el  sol  y  el  viento;  perfiles 
vigorosos  de  juventud,  audacia  y  resolución,  do- 
minando el  conjunto  ese  aire  especial  de  triste 
conformidad  con  su  suerte  que  caracteriza  los 
actos  de  ciertos  hombres,  serenos,  mansos  y  re- 
signados, rudamente  sufridos,  mientras  no  se  les 
hiere  esas  fibras  más  duras  que  la  desgracia,  que 
reposan  sin  estremecimiento  alguno  hasta  la  hora 
de  prueba. 

Tendido,  en  el  hueco  formado  por  el  combés 
de  popa,  en  cuyo  extremo  más  abrigado  brillaba 
una  linterna  de  vidrio  convexo,  podía  verse  tam- 
bién un  hombre  viejo,  al  parecer  enfermo,  en- 
vuelto en  una  manta,  con  la  cabeza  reclinada 
en   un  rollo  de  cabos.  Alguna  inquietud  se  tras- 


BRENDA  187 


lucía  en  su  semblante  demacrado,  de  rasgos  pro- 
minentes, barba  canosa,  cejas  espesas,  largas  y 
revueltas,  y  ojos  vivaces  muy  encajados  en  las 
órbitas,  —  esos  ojos  hundidos  en  los  últimos  cama- 
ranchones del  cerebro, — según  la  frase  de  Cer- 
vantes. 

Este  hombre  se  llamaba  Cario  Roveda,  pes- 
cador de  la  costa  sud,  y  era  dueño  de  La  Ma- 
drépora, — Sintiéndose  mal  de  salud  en  la  costa 
de  Maldonado,  en  el  segundo  viaje  que  realizara 
en  esos  días,  pensó  en  el  regreso,  y  sus  compa- 
ñeros se  apresuraron  á  poner  la  proa  hacia  los 
Pocitos  y  la  Caleta. 

La  linterna  colocada  en  el  fondo  del  camarote, 
alumbraba  con  sus  reflejos  otros  tres  marineros 
que  se  movían  en  la  cubierta  baja,  bañándolos 
de  claridad  amarillenta  hasta  la  mitad  del  pecho. 
Tenían  algo  de  fantásticos  aquellos  troncos  ilu- 
minados y  aquellas  cabezas  negras  sumergidas 
en  las  sombras,  que  se  agitaban  sin  cesar,  cual 
lúgubres  visiones  semi-teñidas  de  fósforo,  cabal- 
gando entre  ruidos  pavorosos  sobre  los  lomos  de 
la  tempestad. 

Sólo  uno  permanecía  quieto  y  sombrío  en  el 
combés,  con  la  mano  convulsa  en  la  caña  del 
timón,  y  el  ojo  bien  abierto,  fijo  en  las  tinieblas, 
procurando  como  la  procelaria  audaz  descubrir  y 
evitar  los  peñascos  al  rozarse  rauda  y  veloz  con 
las  olas  irritadas.    Era  Gerardo. 

¿Echaría  de  nuevo  el  ancla  cerca  de  los  veri- 


188  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


les,  en  donde  la  sonda  señalaba  á  no  dudarlo 
en  esos  momentos  más  de  siete  metros,  ó  lleva- 
ría á  embicar  La  Madrépora  á  la  arenosa  ense- 
nada de  los  Pocitos? 

Tal  vez  no  fuese  necesario  lo  último,  pues  la 
tormenta  se  disipaba  por  instantes.  La  mar,  sin 
embargo,  seguía  gruesa  y  rugiente.  Con  todo, 
una  fuerza  misteriosa  impelía  al  joven  pescador 
hacia  aquel  rumbo;  y  quizás  se  había  felicitado 
en  lo  más  íntimo  de  llevar  por  vehículo  á  la 
borrasca :  ¡  el  mejor  tren  expreso  de  un  ausente 
ardoroso  y  apasionado  que  aspira  pisar  cuanto 
antes  la  ribera ! 

La  embarcación  pasó  con  felicidad  la  brava 
punta,  —  tumba  de  marinos,  —  ilesa  en  el  casco, 
gallarda  y  esbelta,  si  bien  con  alguna  relinga 
flotante,  pues  el  viento  había  rasgado  el  paño  en 
varios  sitios  en  su  hora  de  mayor  violencia.  Las 
últimas  ráfagas  cruzaban  á  intervalos  silbando, 
y  en  ellas  envueltas,  como  si  precisasen  de  tan 
enorme  hálito  de  vida,  gaviotas  color  de  niebla. 

De  pronto  Gerardo  llamó  á  Carolo. 

— Empuña  la  caña, — dijo.  —  El  viento  amaina, 
y  las  nubes  ruedan  lejos,  pero  el  agua  hace  gemir 
todavía  la  sumaca.  ¡Afirma  bien  ! 

— De  buena  nos  libró  Dios,  para  que  yo  lo 
eche  todo  á  perder.  Vete  confiado. 

Gerardo  se  deslizó  al  entrepuente,'  y  quedán- 
dose afirmado  con  las  manos  en  el  borde,  bajó 
la  cabeza  para  mirar  á  Cario  Roveda,  diciendo: 


BRENDA  189 

— Algo  se  ha  movido  La  Madre'pora,  patrón 
■Cario,  para  no  haberle  hecho  sentir  mayor  mo- 
lestia. £  Cómo  va  el  cuerpo  ? 

— Así,  así.  Algún  cuidado  tuve,  pero  tú  lleva- 
bas la  caña,  y  esto  me  daba  fe.  ¡  Valiente  timo- 
nel ! .  .  * .  Se  unía  la  pena  de  no  ayudarte,  á  los 
achaques  que  me  duelen.  ¡  Allá  va  el  posma  para 
la  pobre  Cantarela ! 

—  Ansiedad  tendría,  si  supiera  la  mala  loba 
•que  hemos  pescado,  repuso  Gerardo  con  emoción. 

— No  puede  pensar  que  la  vuelta  sea  tan  pronto 
y  le  daremos  sorpresa.  ¿  En  dónde  se  aferra  ? 

— No  sé,  patrón  Cario.  La  mar  está  fuerte. 
Echaría  el  anclote  á  la  entrada  de  la  Caleta,  á 
sotavento  si  amarrase. 

— Aferra. 

Gerardo  calló. 

Luego,  dirigiéndose  á  Carolo,  mandó  con  voz 
robusta : 

— ¡  Virar  para  avante  ! 

Despasó  bien  pronto  el  viento  por  la  proa,  á 
pequeñas  rachas,  produciendo  en  el  aparejo  ese 
rumor  tan  semejante  á  los  bufidos  del  toro  que 
acomete  con  furia  y  se    detiene   de  súbito. 

La  embarcación  hizo  la  bordeada  con  éxito. 
Percibíanse  muy  próximas  las  luces  de  la  ciudad, 
•en  las  calles  que  concluían  en  la  costa,  cuando 
Gtírardo  echó  el  ancla  á  cierta  distancia,  con  el 
corazón  palpitante  por  algo  extraño  á  los  peli- 
gros de  esa  noche. 


190  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


El  hierro  arañó  las  piedras,  y  á  poco  se  afirmó^ 
en  tanto  los  marineros  ceñían  el  paño  y  daban 
luz  al  farol  rojo  de  proa. 

—  ¡  Bien  por  Gerardo !  —  exclamó  Carolo. 

—  Mañana  hay  que  cumplir  la  promesa .... 

—  i  Sí :  la  cantata  en  las  peñas  antes  del  des- 
canso ! 

—  Bien  festá,  —  dijo  Gerardo  con  acento  tem- 
bloroso. —  Cantaremos. 

Media  hora  después,  una  lancha  tripulada  por 
pescadores  animosos  y  resueltos,  los  conducía  á 
la  orilla.  Los  aguardaban  en  ella  brazos  cariño- 
sos y  ardientes  simpatías.  Las  mujeres  salían  á 
las  puertas  para  dar  la  bienvenida,  rodeadas  de 
prole  tan  numerosa  como  sus  redes.  No  se  veía 
allí  á  Cantarela.  Los  ojos  de  Gerardo  miraban 
todo  desierto:  nada  significaba  para  él,  sin  ella,, 
la  dulce  fraternidad  de  la  ribera. 

Cario  Roveda  fué  llevado  á  su  morada  hu-^ 
milde. 

¡  Estaba  sola !  Se  sentía  allí  una  atmósfera  fría, 
como  si  en  mucho  tiempo  no  se  hubiera  encen- 
dido el  hogar.  El  viejo  pescador  registró  el  pri- 
mer departamento  con  ojos  febriles,  lleno  de  sos- 
pecha  y  de  zozobra.  Las  redajas  estaban  colgadas 
en  sus  sitios,  los  muebles  bien  distribuidos,  el 
pavimento  limpio,  las  relingas  de  grandes  corchos 
y  plomadas  para  redes  nuevas,  dispuestas  con 
orden  y  simetría,  á  lo  largo  de  las  paredes.  Todo 
indicaba  el  celoso  esmero  de  otros  tiempos. 


BRENDA  191 

Roveda  había  entrado  á  su  domicilio  apoyado 
en  el  brazo  de  Gerardo  y  de  Carolo.  Tres  ó  cua- 
tro pescadores  que  le  precedieron,  de  pie  y  silen- 
ciosos, observaban  con  las  frentes  bajas  aquel  nido 
sencillo  y  pulcro,  pero  abandonado  y  yerto! 

El  patrón  Cario  dirigióse  al  de  mayor  edad, 
preguntando  con  profunda  extrañeza: 

—  ¿No  está  aquí  Cantarela? 

—  Marchóse  hace  días. 

—  ¿Y  adonde? 

A  esta  nueva  pregunta,  turbáronse  los  rostros 
y  cambiáronse  miradas  en  silencio.  Los  ánimos 
parecían  confundidos  y  tristes. 

—  ¡  Todos  callan  ! 

¿  Qué  dices  tú,  Marcelo  ?  —  insistió  el  patrón 
Cario,  trémulo  y  sofocado,  presintiendo  algo  muy 
grave  en  aquella  reserva. 

—  ¡  Oh,  yo  nada  digo ! .  .  .  .  Ella  se  fué  sin  decir 
tampoco  nada.... Hace  tiempo  que  se  iba  ca- 
llada tu  hija,  y  en  estos  días  muy  pocos  la  han 
visto  en  la  costa .... 

El  viejo  pescador  movió  á  uno  y  otro  lado  la 
cabeza,  con  indecible  pena,  mirando  con  desvarío 
todos  los  semblantes. 

Gerardo  experimentó  una  cosa  parecida  al  des- 
garre de  una  extraña. 

El  que  había  hablado  volvióse  hacia  el  com- 
pañero más  próximo,  confuso  y  pálido,  sepultando 
la  tosca  mano  en  su  pelo  desgreñado,  como  pi- 
diéndole auxilio. 


192  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Este  estrujó  lentamente  la  gorra  entre  sus  de- 
dos, moviendo  á  su  vez  la  cabeza  con  la  vista  en 
el  suelo,  y  murmurando  entre  dientes; 

—  ¡  Yo  he  visto  á  ella.  .  .  junto  á  la  rampa ;  mas 
no  sé ....  ¡  Por  ahí  anda  algún  cangrejo  de  mar ! 

Carlos  Roveda  dejó  caer  la  cabeza  sobre  el 
hombro,  tras  una  rápida  convulsión,  y  quedó  con 
los  labios  cárdenos  y  los  ojos  enormemente  abier- 
tos ;  flaquearon  ális  piernas  y  extendió  temblando 
la  diestra  arrugada  y  callosa,  que  agitó  con  la 
congoja  del  náufrago  en  el  vacío. 

¡  Se  le  iba  todo  su  consuelo ! 

Pareció  luego  serenarse,  y  pasóse  abiertos  por 
el  rostro  los  nudosos  dedos,  cual  si  quisiera  es- 
pantar una  quimera,  y  prorrumpió  por  fin,  seña- 
lando un  extremo  de  la  pieza: 

—  Allí  rezaba  cuando  yo  me  iba .  .  . ,  ¡  Mira  Ge- 
rardo si  la  vela  ha  ardido ! .  .  .  . 

Sobre  una  mesita  de  pino  veíase  un  cuadro  re- 
presentando una  Virgen  entre  nubes,  y  debajo 
una  roca  con  una  ancla  encima,  combatida  por 
las  olas.  Tenía  delante  una  bujía  de  sebo,  que 
no  había  sido  encendida. 

Gerardo  miró  el  grabado,  ornado  al  través  con 
una  ramita  de  palma ;  en  seguida  la  bujía,  pálido 
y  ceñudo. 

—  ¡  Ya  no  hay  rezos  !  —  dijo  con  amargura. 

Los  ojos  del  viejo  pescador  rebosaron  de  lá- 
grimas; quiso  arrojar  una  imprecación,  pero  un 
nudo  se  atravesó  en  su  garganta:  apenas  salió 
un  quejido. 


BRENDA  193 


XV 


PERSONAJES   ETERNOS 


Empezaban  recién  á  extenderse  las  ligeras  som- 
bras de  una  tarde  apacible,  cuando  el  ingeniero 
Raúl  Henares  atravesaba  á  pasos  lentos  por  de- 
lante del  seto  de  la  quinta  de  Nerva.  Discurría  á 
solas  sobre  graves  compromisos  de  su  profesión. 
Su  palabra  ya  empeñada  de  tiempo  atrás,  con  una 
empresa  de  ferrocarriles  establecida  en  Río  Gran- 
de, á  la  que  había  prestado  servicios  de  importan- 
cia, le  obligaría  muy  en  breve  á  abandonar  Mon- 
tevideo por  un  mes ;  contábase  con  su  concurso 
para  robustecer  el  de  otros  ingenieros,  como  él 
llamados  á  practicar  los  estudios  de  una  vía  férrea 
en  proyecto.  Este  viaje  debía  coincidir  con  el  de  su 
amigo  Zelmar  á  Buenos  Aires,  ante  cuya  facultad 
de  medicina  pensaba  rendir  el  joven  sus  pruebas 
y  coronar  su  carrera.  Preocupaba  á  Raúl  el  plan 
de  la  labor  que  iba  á  emprender  y  lo  arduo  de 
los  trabajos  encomendados  por  la  empresa  cons- 
tructora ;  con  este  motivo,  se  dibujaban  ante  sus 
ojos  como  en  un  mapa  ideal,  áridos  terrenos,  pe- 


194  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


dregosas  serranías,  ríos  de  alvéolos  profundos,  va- 
lles estrechados  por  cinturones  de  cerros,  senderos 
escabrosos,  mesetas  elevadas,  y  por  ilación  ló- 
gica de  imágenes  é  ideas,  difíciles  desmontes^ 
lentas  nivelaciones,  pesada  fábrica  de  puentes 
colgantes  con  sus  cadenas  de  atar  colosos  y  enor- 
mes pilastras.  .  .  .  Con  todo,  la  tarea  que  se  le 
reservaba  á  él  personalmente,  sólo  debía  detenerlo 
un  mes.  ¿  Cómo  conciliar  sino  el  compromiso  con 
el  interés  apasionado  que. le  inducía  á  disminuir 
el  plazo  de  la  ausencia  en  lo  posible  ? 

La  verdad  es  que  la  preocupación  cesó  muy 
pronto  de  molestarle,  cuando  ocurriósele  gozar  un 
momento  de  los  encantos  del  paisaje  que  se  des- 
plegaba á  su  vista  poético  y  tentador,  cual  si  le 
ofreciera  alguna  sorpresa  grata  en  el  secreto  asilo 
de  sus  arborescencias.  Los  sentimientos  dulces 
reemplazaron  entonces  á  las  ideas  y  cálculos 
científicos.  Con  la  cabeza  descubierta  para  refres- 
car la  frente  húmeda,  apoyóse  en  el  seto  diviso- 
rio, compuesto  en  esa  parte  de  apiñados  arbustos 
engrosados  por  diversas  enredaderas  silvestres  que 
se  elevaban  en  espirales  por  los  delgados  troncos, 
y  se  bifurcaban  horizontalmente  hasta  enlazar  las 
mismas  hojas  de  los  agaves,  que  en  seguida  er- 
guían sus  agudas  púas  en  todas  direcciones,  á  ma- 
nera de  bayonetas  dispuestas  contra  ataques  de 
caballería. 

En   esa   posición,    notó    á   Brenda   en   el  sen- 
dero de  arena,  sin  que   se    le    hubiese    ocurrido 


BRENDA  .    195 


ininutos  antes  la  posibilidad  de  que  se  realizara 
su  presentimiento.  La  emoción  fué  viva :  no  podía 
compensarse  mejor  su  afectuoso  interés.  El  piano 
no  había  resonado,  pero  ella  se  presentaba  á  su 
vista,  y  era  la  más  hermosa  melodía  que  pudiese 
halagarle  alma  y  sentidos. 

Vestía  la  joven  de  color  celeste,  con  sencilla 
elegancia.  Traía  en  el  pecho  algunas  flores  que 
aspiraba  de  vez  en  cuando,  muda  y  pensativa, 
como  si  en  realidad  dijeran  y  recordaran  todo, 
al  prodigar  su  perfume  en  venganza  de  su  muerte 
temprana:  encantos  de  la  niñez,  primeras  ilusio- 
nes, dolores  precoces,  deliquios  del  candor,  nos- 
talgias de  la  orfandad,  preludios  de  la  dicha,  dul- 
ces sensaciones  de  alma  enamorada.  . .  .  Las  flo- 
res son  como  caracteres  gráficos  con  que  la  na- 
turaleza escribe  sobre  su  tapiz  verde  esperanza, 
la  palabra  «juventud».  Por  eso  es  que  todas  en 
conjunto  ó  cada  una  de  ellas  por  separado  ha- 
blan al  sentimiento  de  la  mujer  en  un  lenguaje 
elocuente  y  embriagador.  No  la  cautiva  menos 
una  violeta  humilde  que  una  magnolia  soberbia. 
Todas  son  productos  de  una  savia  que  no  se 
agota,  y  de  un  consorcio  perennal.  jEl  ensueño 
de  una  virgen  sería  ser  como  una  flor!  Nunca 
les  halla  más  riqueza  de  colores  ni  belleza  más 
perfecta,  que  cuando  siente  más  conmovido  su 
ser  por  el  fuego  de  la  pasión:  con  sus  confiden- 
cias íntimas,  depositarlas  de  suspiros  y  lágrimas 
en  el  seno  ó  en  la  almohada,  en  las  altas  horas, 


196  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


sin  causar  nunca  rubor  á  las   santas    castidades. 

Brenda  íbase  aproximando  al  sitio  en  que  se 
encontraba  Raúl,  con  la  mirada  vaga  al  parecer, 
pero  dirigida  á  aquél  donde  él  vivía. 

Inadvertida  ó  deliberadamente,  habíase  colocado 
esta  vez  en  paraje  en  que  podía  ser  visto,  si  la 
joven  asomaba  el  rostro  por  algún  claro  de  los 
arbustos  próximos.  Al  menos  no  pensó  en  mo- 
verse: parecióle  su  conducta  natural  y  honesta, 
poniendo  á  su  conciencia  por  juez.  Estaba  aUí  por- 
que le  arrastraba  un  prestigio  poderoso,  á  cuya 
atracción  creía  no  deber  oponer  resistencias,  que^ 
por  otra  parte,  él  se  hacía  la  grata  ilusión  de  no 
suscitar.  Si  no  procedía  por  otros  medios  para  lle- 
gar al  fin,  era  sin  duda  alguna  por  razones  que 
él  mismo  no  precisaba  matemáticamente,  pero  que 
le  inducían  á  suspicacia,  respecto  al  criterio  de 
las  personas  que  rodeaban  á  la  joven.  De  todos 
modos,  dos  almas  que  se  comprenden  no  necesi- 
tan sino  de  sus  fuerzas  propias  para  encontrarse: 
en  su  concepto,  eran  como  dos  arroyos  de  opues- 
tas nacientes  que  bajan  en  hilos  delgados  de  las 
faldas  graníticas  hasta  el  llano  estéril  que  salvan 
veloces;  cruzan  praderas  en  incansables  curvas^ 
engrosan  en  el  camino,  saltan  por  encima  de  las 
piedras  ó  las  evitan  cambiando  su  corriente,  rele- 
gan la  broza  á  los  ribazos,  y  van,  por  último, 
límpidos  y  susurrantes  á  unir  sus  caudales  en  es- 
trecha alianza  y  á  confundirse  en  el  río,  para  ro- 
dar siempre  y  mezclarse  en  el  ancho  mar  de  las 
pasiones,  de  las  calmas  y  de  las  tormentas. 


BRENDA  197 

El  hecho  es  que  Raúl  no  pudo  seguir  haciendo 
filosofía  sobre  esta  materia,  y  que  de  pronto  se 
sintió  sobrecogido.  El  caso  era  imprevisto. 

Una  mano  blanca  había  aparecido  apartando 
con  cuidado  las  ramitas,  casi  á  su  lado,  y  en  se- 
guida  una  cabeza  seductora ....  El  comprimió  el 
aliento.  Ella  miró  hacia  la  ventana  sombreada  por 
el  ombú,  haciendo  sobresalir  en  el  seto  su  gallardo 
busto. 

No  me  ha  visto,  —  se  dijo  formalmente  Raúl, 
cruzándose  de  brazos  para  reprimir  un  poco  los 
golpes  dentro  del  pecho. 

De  repente  los  ojos  de  Brenda  vagaron  en 
torno ;  y  al  percibirlo  tan  cerca  de  ella,  pálido  y 
silencioso,  en  actitud  de  ruego,  ahogó  una  excla- 
mación de  sorpresa,  mezclada  de  ingenua  expre- 
sión de  afecto,  ¿Seria  aquél  un  acto  inocente? 

—  jAh!  ¿estaba  usted  ahí?  —  dijo,  como  si  se 
conocieran  hacía  mucho  tiempo,  deteniendo  en  el 
rostro  del  joven  sus  grandes  ojos,  donde  se  pin- 
taban el  rubor  y  la  simpatía. 

—  Y  por  ello  pido  á  Vd.  perdón,  si  he  osado 
perturbar  sus  paseos  solitarios .... 

—  De  ningún  modo.  La  buena  vecindad  nunca 
molesta. 

—  ¡  Cuánto  agradezco  á  Vd.  esas  palabras ! .  .  .  . 
Desde  aquella  casa  he  escuchado  siempre  con  pla- 
cer las  armonías  del  piano;  me  seducían  de  una 
manera  singular,  —  don  privilegiado  de  quien  las 
arranca.  Pero  eso  no  era  suficiente.  Quería  gozar 


198  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


del  encanto  más  de  cerca,  y  adquirir  el  hábito  de 
aproximarme  á  cierta  hora,  en  que  por  lo  gene- 
ral se  hacían  oír. 

—  Se  ve  que  gusta  Vd.  mucho  de  la  música.  .  .  . 
Me  cree  Vd.  una  profesora,  y  no  es  así.  Hay  teclas 
que  se  ríen  á  veces  de  mis  dedos,  en  vez  de  que- 
jarse. Prueba  de  mi  insuficiencia ....  Parece  que 
la  música  tiene  tantos  amigos  como  hay  de  co- 
razones sensibles.  ¿No  cree  Vd.? 

— Así  es.  De  mí  sé  decir  que  me  deleita.  ¿No 
piensa  Vd.  que  es  un  consuelo  para  alegres  y  tris- 
tes, por  más  que  los  primeros  aparenten  estarlo 
siempre? 

Brenda  inclinó  la  cabeza  cpn  inquietud,  guar- 
dando silencio.  Parecióle  sin  duda  que  había  aven- 
turado mucho.  Luego  dio  algunos  pasos  indecisa, 
y  miró  hacia  la  verja. 

Raúl  avanzó  unos  pasos,  á  su  vez,  suplicando .  .  . 
Ella  se  detuvo  temblorosa. 

—  Hermosa  música  la  de  su  voz,  Brenda,  —  dijo 
el  joven.  —  He  soñado  que  hace  años  la  oí ...  . 
¡  No  sé  si  sólo  será  sueño ! 

Brenda  volvió  á  acercarse  con  lentitud,  callada, 
fijas  en  el  joven  sus  pupilas  de  un  azul  sombrío, 
y  en  el  semblante  retratada  una  emoción  indeci- 
ble. La  había  conmovido  aquella  invocación  al  re- 
cuerdo. 

—  Y  la  oí  al  pasar,  siendo  yo  muy  joven ;  en 
hora  de  desgracia ....  Han  pasado  los  años,  pero 
no  se  ha  oscurecido   la   memoria;     brilla  el   re- 


BRENDA  199 

I 

■cuerdo,  cual  luce  allí  la  estrella  del  crepúsculo . . . 
Brenda  sofocó  un  suspiro,  y  repuso  con  acento 
^ulce,  ledo  y  trémulo,  alzando  los  ojos  á  la  es- 
trella : 

—  Sí ... .  Pero  hoy  la  noche  está  serena.  No  hay 
nieblas  como  entonces:  ¿verdad? 

—  Cierto.  Aquella  era  muy  oscura  y  fatídica, 
sin  piedad  ni  paz.  Por  otra  parte,  ¡noche  bendita! 
pues  en  ella  se  reveló  el  secreto  de  un  destino 
futuro .... 

—  ¡  Calle  Vd. !  —prorrumpió  ella  volviendo  á  un 
lado  su  semblante  de  lirio; — el  recordar  le  enar- 
dece. .  .  .  Yo  lloraba:  ¿y  cómo  no  hacerlo,  si  me 
dolía  toda  el  alma?  Vd.  estaba  caílado.  ¿Por  qué 
callaba  Vd.?  Fué  bueno  conmigo,  y  esto  nunca  lo 
pude  olvidar. 

—  ¿Podía  yo  acaso  ser  de  otro  modo?  Vi  á  una 
niña  sollozante,  y  acerquéme. 

Tenía  Vd.  el  velo  de  crespón  que  llevaba  en  la 
cabeza,  todo  lleno  con  la  niebla.  Pensé  después 
cómo  tendría  el  corazón  apenado;  y  cuando  puse 
la  mano  en  el  mío,  me  persuadí  de  que  compartía 
con  el  suyo  el  mismo  pesar. 

—  Mi  madre  murió  esa  noche. 

—  La  mía  también. 

El  seno  de  Brenda  palpitó  con  violencia,  y  más 
aún,  cuando  dijo  con  aire  grave: 

—  Creí  entonces  adivinar  la  causa  de  su  amar- 
gura: tenía  Vd.  la  cara  amarilla,  así  como  los  ci- 
rios, lo  que  proviene,  según  dicen,  de  estar  junto 

14 


200  E.   ÁCEYEDO  DÍ A? 


á  los  que  mueren ....  Esa  noche  fué  muy  cruel 
para  mí.  Comprendí  recién  entonces  que  estaba 
sola;  y  después  que  mi  protectora  me  arrancó  de- 
allí,  muchos  meses  transcurrieron  sin  que  pudiese- 
darme  cuenta  de  lo  pasado ....  Pero  ¿  qué  interés 
tienen  estas  cosas? 

—  ¡Oh,  mucho!  ¿Puede  Vd.  dudarlo?  Yo  con- 
servé  siempre  en  mi  memoria  hasta  el  menor  de- 
talle de  aquel  suceso,  y  á  Vd.,  á  quien  vi  sufrir. 
¡Cuan  grato  es  reproducirlos  ahora  á  la  distancia h 

La  joven  se  había  callado  un  tanto  confusa  é 
inquieta.  Mas  tras  una  breve  pausa,  balbuceó 
como  impelida  por  un  sentimiento  de  gratitud: 

—  Cuando  las  noches  tenían  niebla,  yo  me  acor- 
daba  ... 

—  Continúe  Vd.  —  dijo  Raúl,  observando  que  las 
mejillas  de  Brenda  se  teñían  de  rosa  é  inclinaba 
la  vista  quizás  arrepentida  de  sus  confidencias. 

—  Sí,  me  acordaba  de  su  noble  conducta  en 
aquella  ocasión,  y  me  decía  si  ya  no  volvería  á 
verle  para  expresarle  mi  reconocimiento. 

—  ¿Por  qué?  Mi  mejor  satisfacción  fué  la  de 
volver  á  encontrar  á  Vd.  en  mi  camino,  tranquila,, 
amada  y  dichosa.  A  poco  recordé  aquel  trance,  y 
reprodujese  nuevamente  en  mi  mente  la  imagen 
de  la  pequeña  huérfana.  El  acaso  nos  puso  en- 
tonces al  uno  junto  al  otro,  errantes  por  la  misma 
pena,  como  niños  sonámbulos;  hoy  repite  el  misma 
hecho  en  situaciones  para  los  d<.  s  distintas,  como 
si  se  complaciera  en  acercar  dos  antiguos  y  bue- 


BRENDA  201 


nos  amigos  después  de  algunos  años  de  ausencia. 
Eso  es  todo :  una  conversación  triste  interrumpida 
casi  en  la  niñez,  y  reanudada  en  la  edad  adulta 
bajo  una  faz  más  alegre  y  atrayente:  una  amistad 
vieja  en  nuestros  corazones  jóvenes  que  en  ellos 
renace  de  pronto  y  los  acerca .... 

Calló  Raúl ;  y  los  dos  se  miraron  con  asom- 
bro, sorprendidos  de  aquella  aproximación  y  de 
la  naturalidad  de  sus  actitudes  y  palabras,  pen- 
sando quizás  que  era  cierto  que  habían  encon- 
trado de  consuno  el  último  eslabón  de  un  vínculo 
amistoso,  perdido  como  el  cable  que  se  rompe  en 
lo  hondo  de  los  tiempos.  ¿A  qué  atribuir  sino 
esa  confianza  casi  familiar,  por  no  decir  íntima, 
que  revelaban  las  menores  frases  y  la  conducta 
de  cada  uno?  Cierto  que  un  sentimiento  nuevo, 
recíproco,  más  egoísta  é  intenso,  parecía  ya  en- 
volver sus  almas  en  ese  común  cendal  que  á  to- 
das aisla  del  mundo  externo,  reduciéndolo  á  un 
solo  objeto,  al  reducirse  toda  la  energía  del  sen- 
tir en  limitado  espacio,  bajo  la  influencia  cada  día 
creciente  de  la  pasión.  Notábase  en  sus  ojos,  en 
sus  frentes,  en  sus  labios,  los  signos,  manifestacio- 
nes y  reflejos  de  un  amor  que  nacía  con  fuerza, 
empezando  por  dominar  los  sentidos  y  por  agitar 
los  ensueños  de  la  mente,  dándoles  un  tipo,  una 
imagen  real,  digna  de  elevarlos  á  certidumbres 
venturosas.  Las  esperanzas  é  ilusiones  de  una 
nueva  vida  subjetiva  temblaban,  si  se  nos  permite 
decirlo  así,  en  las  pupilas  y  en  los  labios  de  los 
jóvenes,  cual  si  temieran  surgir  á  la  luz. 


202  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


El  hecho  es  que  los  dos  siguieron  diciéndose 
cosas  raras  y  mirándose  con  afán  y  deleite,  como 
si  hubiesen  olvidado  la  hora  y  el  sitio.  En  uno 
de  esos  instantes,  de  una  manera  casi  inconsciente, 
Raúl  posó  su  mano  en  la  de  la  joven. 

Brenda  sonrió,  al  retirar  lentamente  su  mano, 
las  juntó  á  la  altura  de  su  garganta  con  un  mo- 
vimiento pausado,  púsose  seria,  y  murmuró  al  fin 
con  cierta  agitación,  viendo  pasar  á  Zambique 
gruñendo  á  corta  distancia: 

— En  aquella  noche  no  tuve  miedo  alguno ;  pero 
hoy  siento.  .  . . 

— ¿Por  qué  esa  inquietud,  Brenda? 

—  No  sé.  .  .  .   ¿Vd.  no  se  marcha? 
— Si  es  una  orden,   sí. 

La  joven  dio  unos  pasos,  restregóse  las  manos 
con  ansiedad,  volviólas  á  unir  y  las  dejó  caer  ha- 
cia adelante,  observando  á  Raúl  en  silencio. 

—  Verdad,  —  dijo  éste,  — la  noche  cae. .  . . 
Saludó  ella  con  un  movimiento  seductor,   casi 

infantil,  y  se  alejó  presurosa ....  Henares  vio  per- 
derse su  vestido  color  de  cielo  entre  los  árboles, 
y  ocurriósele  pensar  en  las  hadas  que  nacen  y  se 
desvanecen  al  pálido  rayo  de  la  luna. 


BRENDA  203 


XVI 


LA   GLORIETA 


El  ensanchamiento  de  fronteras  siguióse  bien 
luego  al  primer  avance.  Dos  días  después,  á  la 
misma  hora,  Raúl  e'n  vez  de  detenerse  en  el  seto, 
lo  salvó  tranquilamente,  y  encaminóse  medita- 
bundo al  centro  del  jardín  en  esa  parte,  con  paso 
firme  y  sereno. 

Había  visto  á  Zambique  regando  unos  criade- 
ros, al  propio  tiempo  que  modulaba  á  media  voz 
uno  de  los  aires  especiales  de  su  marimba.  Esta 
circunstancia  desvaneciendo  sus  escrúpulos,  le  im- 
pulsó tal  vez  á  penetrar  en  el  recinto  con  ánimo 
confiado.  Zambique  dominaba  aquella  zona,  rele- 
gada exclusivamente  á  su  cuidado   y   vigilancia. 

Así  que  le  percibió  cruzóse  el  viejo  negro  de 
brazos,  siguiendo  la  regla  de  sus  mocedades 
cuando  era  esclavo,  en  presencia  de  sus  señores. 
No  eran  de  menos  valía  los  títulos  del  joven  á  la 
gratitud  y  al  respeto  del  liberto.  Ya  próximo  á 
él,  Raúl  hízole  una  seña,  como  indicándole  que 
iba  á  entrarse  en  la  glorieta. 


204  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Zambique  halló  aquello  muy  natural,  y  sonrióse, 
así  que  penetró  en  ella,  prosiguiendo  con  sus  ta- 
reas la  interrumpida  cantiga.  Había  presentido 
desde  algún  tiempo  atrás  algo  raro  en  la  atmós- 
fera y  observado  también  que  de  esa  rareza  se 
resenWa  la  reina,  como  él  llamaba  á  la  joven. 
Para  convencerse  del  fenómeno  bastáronle  algu- 
nas indicaciones  inusitad'as  de  Brenda  que  intro- 
dujeron ciertas  variantes  en  su  vida  sedentaria, 
sin  otras  preocupaciones  hasta  entonces  que  el 
amor  á  sus  bienhechores  y  el  lleno  de  sus  deseos 
y  caprichos  en  lo  relativo  al  cuidado  de  las  plan- 
tas y  selección  de  las  flores/ 

La  glorieta  era  un  asilo  poético.  Varios  cris- 
tales de  colores  defendidos  por  una  red  delgada 
de  alambre,  formaba  la  techumbre;  las  rejillas  de 
madera  en  todo  el  circuito  aparecían  escondidas 
totalmente  bajo  las  hojas  y  las  flores.  Los  últimos 
resplandores  del  día  teñían  el  interior  con  bellos 
reflejos,  cada  vez  más  tenues  y  macilentos,  á  me- 
dida que  iban  surgiendo  las  sombras.  Veíase  un 
banco  de  piedra  pulida  en  uno  de  los  ámbitos, 
de  cuyos  brazos  se  habían  apoderado  también  al- 
gunos gajos  de  madreselva,  como  protesta  en  fa- 
vor de  su  derecho  al  dominio.  Respirábase  allí 
un  aire  denso,  impregnado  de  fuertes  aromas. 

Se  encontraba  Raúl  en  una  de  las  puertas,  la 
que  miraba  al  centro  del  jardín,  cuando  observó 
á  Brenda,  junto  á  un  grupo  de  manzanos,  donde 
se  había  detenido  indecisa. 


BRENDA  205 


Recién  entonces  ocurriósele  pensar  que  su  osa- 
-día  podía  disgustarla,  y  hasta  hubo  de  resolverse 
á  abandonar  la  glorieta;  sin  embargo  de  que  al 
venir  allí  había  cedido  á  la  idea  de  que  en  lu- 
chas de  amor  el  terreno  ya  adquirido  se  conserva, 
extendiendo  la  conquista,  y  llevando  lo  más  le- 
jos posible  las  fronteras  de  convención,  hasta  ha- 
cer prevalecer  las  naturales,  si  algunas  reconoce 
la  pasión  en  sus  irrupciones  impacientes  é  irre- 
sistibles. 

Pero,  no  tuvo  oportunidad  de  realizar  su  deter- 
minación ni  de  ponerse  en  pugna  con  impulsos 
•de  esa  índole;  pues  la  joven  con  movimientos  de 
infantil  confianza  fuese  acercando,  ya  detenién- 
dose á  aspirar  ciertas  flores  del  tránsito,  ya  gi- 
rando al  rededor  de  los  medallones,  como  una 
falena  juguetona  que  se  complace  al  principio  en 
trazar  grandes  círculos  en  torno  de  una  luz  bri- 
llante. En  verdad  que  se  aproximaba  á  la  llama, 
cuyo  calor  sentía  de  lejos;  y  que  difería  mucho 
de  esas  azul -verdosas,  que  no  queman,  y  que  se 
elevan  en  el  aire  con  la  tenuidad  de  un  gas,  en 
forma  de  lágrimas  impalpables  y  luminosas. 

Zambique,  á  pretexto  de  regar  matas  de  pen- 
samientos de  múltiples  matices  que  allá  en  un 
extremo  solitario  había,  con  más  esmero  que  el 
que  muchos  emplean  para  mantener  la  frescura  y 
lozanía  de  los  del  propio  espíritu,  —  parecía  haber 
dirigpido  breves  palabras  á  la  joven  con  momos 
expresivos  y  cierto  júbilo  mal   disimulado.  Des- 


206  E.   AGEVEDO  DÍAZ 


pues,  había  cruzado  por  delante  de  la  verja  sin 
que  nada  le  dijese  la  reina,  rezongando  su  mú- 
sica extraña,  y  volviendo  á  la  faena  con  nuevo 
ahinco,  si  bien  con  el  oído  puesto  á  los  rumores- 

Brenda  caminaba,  moviendo  de  atrás  para  ade- 
lante un  abanico  que  traía  pendiente  de  la  mu- 
ñeca, y  mirando  á  todas  dircciones  con  tranquila 
continencia. 

Ya  muy  cerca  de  la  glorieta  recogió  un  poco- 
el  ruedo  de  su  vestido,  enseñando  el  pie  breve  y 
correcto;  puso  el  extremo  del  abanico  en  la  me- 
jilla, y  siguió  mirando  en  silencio  hacia  un  lado, 
ondulante  el  pecho,  —  que  en  parte  descubría 
cerca  de  la  garganta  el  nacimiento  de  sus  mór- 
bidos y  anacarados  tesoros. 

Fué  después  de  un  intervalo  regular  que  vol- 
vió la  vista  plácida  y  serena  al  joven,  que  á  su 
vez  la  contemplaba  embelesado. 

—  Vd.  no  teme  que  lo  riñan, — dijo,  saludándolo^ 
con  adorable  gesto  de  reproche,  y  apartando  nue- 
vamente sus  ojos. 

Sólo  Vd.  cruza  el  campo  á  estas  horas,  y  se  en- 
tra al  jardín  ajeno,  como  si  le  negasen  á  Vd.  flo- 

—  Imploro  su  gracia .... 

Sólo  yo  puedo  regar  la  flor -reina  que  en  este 
jardín  busco. 

Brenda  sonrió,  dio  un  paso  más,  y  abrió  el  aba- 
nico para  agitarlo  suavemente. 

Raúl  fué  retrocediendo  con   lentitud,   fijos  los 


BRENDA  207 

ojos  en  ella,  cual  si  pretendiera   atraerla  con  la 
mirada. 

Brenda  dio  otro  paso,  á  pesar  suyo  tal  vez, 
echando  el  cuerpo  hacia  atrás,  y  reprimiendo  un 
suspiro. 

— i  Qué  atmósfera  embriagadora ! — exclamó  Raúl 
con  esfuerzo,  y  una  inflexión  dulce  é  insinuante. 
Se  respira  como  en  un  ambiente  de  sándalo,  y  el 
corazón  es  ahora  un  reloj  que  marca  horas  sin- 
gulares, de  esas  cuyas  impresiones  se  deben  gus- 
tar, porque  pueden  nunca  más  volver.  .  .  . 

Hermosa,  esta  pequeña  escultura  de  mármol 
que  sobresale  en  el  pie  de  madera  colocado  so- 
bre el  banco.  Simboliza  al  parecer  un  gladiador. 
Se  ve  que  ama  Vd.  el  arte .... 

¿No  entra  \d.,  Brenda?.  .  .  .Querría  que  exami- 
náramos juntos  esa  miniatura. 

Acerados  músculos,  ademán  fiero,  ceño  que  re- 
vela fortaleza  de  ánimo  y  resolución  de  disputar 
la  vida,  como  si  en  ese  pecho  estallara  la  espe- 
ranza, asomando  á  los  labios  con  un  nombre  de 
mujer!  Me  seduce;  pero  no  conozco  al  artista.  .  . . 

¿Servirá  á  Vd.  para  meditar  alguna  vez,  este 
asilo,  mi  bella  amiga?  ¡Dichoso  pabellón  que  ha- 
brá oído  confidencias  más  gratas  que  sus  perfu- 
mes! Aromas,  silencio,  blancos  ensueños  del  can- 
dor: yo  bien  sé  que  han  hecho  aquí  alianza  se- 
creta ...  que  el  amor  sin  castidades  es  un  simple 
lujo  de  los  sentidos. 

¿Por  qué  no  se  aproxima  Vd.  más,  Brenda? ¡Es 
tan  delicioso  este  retiro! 


208  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


La  joven  siguió  avanzando,  pálida  y  silen- 
ciosa. ...  Se  detuvo  de  nuevo,  rozando  ya  sus  pies 
la  entrada,  para  mirar  hacia  atrás,  conmovida. 

Volvióla  bien  pronto  con  rapidez  al  rostro  de 
Raúl,  y  apoyó  el  semblante  en  el  marco,  con 
tal  expresión  de  suave  ruego,  que  aquél  quedó 
inmóvil  y  callado  en  el  centro  de  la  glorieta. 

Los  postreros  reflejos  del  poniente  se  difundían 
á  medias  en  aquel  sitio  y  hacían  resaltar  el  per- 
fil de  Brenda,  rielando  en  su  mejilla  de  azucena : 
húmeda  estaba  la  pupila,  ondulante  el  seno,  en- 
treabiertos los  labios,  y  lleno  de  ansiedad  el  es- 
píritu. 

Raúl  retrocedió  paso  á  paso  hasta  la  puerta 
del  fondo ;  inclinóse,  é  iba  á  salir,  cuando  ella  dijo 
dulcemente: 

—  ¡No!.... 

—  ¿Y  bien? 

Brenda  se  entró  en  la  glorieta. 

Tendió  él  su  brazo  con  impulso  irresistible ; 
y  aunque  las  blancas  manecitas  de  la  virgen  se 
juntaron  trémulas,  delante  de  él,  no  pudo  ella 
evitar  que  su  cabeza  reposara  en  el  pecho  del 
joven  y  que  su  frente  sintiera  el  calor  de  su  boca. 

—  Este  hálito  no  ha  de  marchitar  las  azuce- 
nas .... 

Es  para  ungir  la  ilusión. 

—  Bien  que  lo  he  sentido.  ¡Ay,  temo  que  la 
queme . .  . .  ! 

Hay  un  ruido . . . .   (j  Oye  Vd.  ? 


BRENDA  209 


Los  jóvenes  guardaron  silencio,  de  pie,  y  co- 
gidos de  las  manos. 

Poco  después,  Zanibique  pasó  por  delante  de 
la  puerta,  sin  mirar,  gruñendo  su  canción  afri- 
cana, y  derramando  el  contenido  de  la  regadera 
sobre  las  plantas  del  sendero,  guarnecido  de  be- 
juco. El  exceso  de  los  años  había  hecho  algo 
inseguro  su  andar;  pero  iba  tranquilo  y  alegre 
como  nunca,  con  el  sombrero  alto  de  felpa  en- 
cima de  la  oreja  izquierda,  y  desabotonada  una 
levita  sin  faldones,  que  era  la  del  trabajo  diario. 
Fué  su  pasaje  como  el  aleteo  de  un  murciélago, 
cuyo  zumbido  se  desvaneció  pronto. 

Los  jóvenes  se  miraron   con  aire  de  contento. 

Brenda  se  desprendió  sin  esfuerzo,  y  arrancó 
una  flor  de  madreselva.  La  aspiró  un  momento, 
y  diósela  luego  á  Raúl,  diciendo : 

—  Para  señalar  una  página  en  algún  libro .... 
Cuando  esté  viejita  y  sin  olor,  la  dicha  de  este 
instante  será  también  un  pálido  recuerdo, 

—  i  Oh,  no  !  todas  se  marchitan,  menos  la  pa- 
sión. 

¡  Qué  suave  contacto  el  de  ese  cabello  rubio 
en  mi  mejilla,  y  qué  destello  el  de  los  ojos  azu- 
les, que  manan  esencia  de  bondad !  ¡  Así ! .  . .  . 
Es  muy  grato  sentir  cómo  late  el  pecho,  y  cómo 
su  calor  sube.  Hay  fiebre  en  nuestras  frentes  y 
temblor  en  las  manos;  en  sus  labios  se  ha  que- 
dado una  sonrisa  tan  dulce  y  cariñosa,  que  es  en 
vano  plegarlos,  pues  volvería  á  dibujarse .... 


210  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Brenda  le  miraba  de  hito  en  hito,  sonriendo,  en 
efecto,  de  un  modo  inefable,  caída  la  cabeza  so- 
bre el  hombro  del  joven,  en  esa  actitud  de  aban- 
dono y  embeleso  que  acusa  una  absorción  de  la 
voluntad  por  el  sentimiento. 

De  pronto  Raúl  acercó  sus  labios  encendidos 
á  los  de  ella,  y  al  sellarlos  con  un  beso  ardiente, 
murmuró,  como  un  ruego,  lleno  de  misterio : 

—  j  Perdón,  Brenda  ! 

Al  sentirla  impresión,  la  joven  pareció  salir 
de  un  éxtasis ;  rechazóle  con  suavidad,  y  dio  al- 
gunos pasos  fuera  de  la  glorieta,  como  una  so- 
námbula. 

Oyó  él  luego  que  decía: 

—  j  Perdón  !  ¿  Y  por  qué  ? . , . .  * 
Ya  es  hora,    adiós....    ¡  Del    sueño    con   que 

empieza  el  amor,  no  se  debería  nunca  despertar! 


XVII 


EN   LA   CHOZA 


Preocupado  estaba  Raúl  delante  de  planos  di- 
versos extendidos  en  su  mesa  de  estudio,  pocos 
días  después  de  lo  que  queda  relatado,  y  á  la 
hora  habitual  de  sus  tareas. 


BRENDA  211 


Exigencias  de  su  profesión  le  retuvieren  toda 
la  mañana  en  la  ciudad,  destinando  unos  buenos 
momentos  á  su  amigo  Bafil,  con  quien  compar- 
tiera el  almuerzo  y  mantuviese  animadas  conver- 
saciones sobre  asuntos  de  interés.  Había  recibido 
Raúl  una  carta  de  Río  Grande,  en  que  la  em- 
presa constructora  le  pedía  tratase  de  ponerse  en 
viaje  en  esos  días,  asignándole  quince  de  espera 
á  lo  sumo,  en  virtud  de  haberse  resuelto  la  ini- 
ciación de  los  trabajos  de  movimiento  de  tierras 
y  nivelaciones  para  fines  de  mes,  y  ser  indispen- 
sable su  presencia  como  director  de  los  que  de- 
bían practicarse  en  una  zona  determinada. 

Se  estaba  á  principios  de  Diciembre,  y  desde 
luego  podíanse  aprovechar  bien  los  días  de  plazo 
acordado.  Los  amigos  convinieron  en  realizar  si- 
multáneamente su  respectivo  viaje,  para  volverse 
á  encontrar  en  Montevideo  en  la  primera  quin- 
cena de  febrero,  si,  como  creía  Zelmar,  no  se 
oponía  obstáculo  alguno  á  su  solicitud  presen- 
tada á  la  Facultad,  que  contaba  con  el  valioso 
apoyo  de  muy  influyentes  personas,  en  el  sentido 
de  abreviar  el  término  en  que  debería  someterse 
á  prueba.  Laboriosa  y  difícil  era  ésta,  por  cuanto 
tenía  que  rendir  exámenes  parciales  en  varios 
días  consecutivos,  y  luego  el  general  y  de  tesis, 
con  arreglo  á  las  severas  formalidades  que  rigen 
el  profesorado  y  consagran  el  título  de  hombre 
de  ciencia. 

Por  su  parte,  Raúl  presumía  verse  libre  en  ese 


212  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


lapso  de  tiempo,  prometiéndose  multiplicar  su  ac- 
tividad para  conseguirlo.  Sabemos  bien  que  á 
este  respecto  el  propósito  no  podía  ser  más  firme 
y  sincero;  á  juicio  del  joven,  todo  estribaba  en 
la  observancia  de  una  especie  de  procedimiento 
logarítmico.  La  simplificación  posible  en  las  ope- 
raciones más  arduas  y  complicadas,  con  éxito 
completo,  era,  á  no  dudarlo,  uno  de  los  progresos 
matemáticos.  .  .  .  especialmente  en  este  caso,  en 
que  la  regla  debía  tener  dura  aplicación.  Cierto 
es  que  en  estos  cálculos,  el  ingeniero  no  se  preo- 
cupaba mucho  de  Neper,  ni  de  los  tabúlanos  de 
Briggs  ó  Vlacq:  sencillamente  ponía  su  criterio 
científico  al  servicio  exclusivo  del  corazón,  ver- 
dadero logaritmo  hiperbólico,  tratándose  de  esos 
«  medios  proporcionales  »  que  se  llaman  pasiones 
ó  impulsos  irresistibles,  según  el  mayor  ó  menor 
vigor  del  músculo  noble. 

De  muchas  cosas  habían  hablado  los  jóvenes, 
sin  reserva,  á  no  ser  para  las  del  sentimiento. 
Sin  ofenderse  el  de  la  amistad,  los  demás  pueden 
á  veces  replegarse  delicadamente  á  semejanza  de 
ciertos  pétalos  de  flor,  en  extremo  susceptibles, 
hasta  tanto  la  mano  cariñosa  no  adquiera  la 
misma  suavidad  de  la  hoja.  Con  este  motivo,  Zel- 
mar  había  dicho,  entre  una  y  otra  ocurrencia 
frivola : 

—  Me  ocultas  algo,  porque  noto  que  no  eres 
el  mismo. . . . 

—  Y  tú  también. 


BRENDA  213 

Los  dos  amigos  se  habían  reído  en  silencio, 
como  una  promesa  tácita  de  descubrirse  en  opor- 
tunidad, sin  insistir  más  al  respecto.  Como  Raúl 
recordase  á  Areba  Linares,  en-  uno  de  los  giros 
de  la  conversación,  con  el  interés  natural  que 
inspira  una  persona  de  mérito,  Zelmar  había  re- 
plicado tranquilamente : 

—  Pronto  la  conocerás.  ¡Oh,  eterno  feníenino I 
El  lunes  se  baila  en  lo  de  Stwart,  te  refresco  la 
memoria.  Aparte  de  la  mecánica  insulsa  de  la 
danza,  ¡  qué  gratos  instantes  de  expansión  !  Me 
los  reservo,  y  te  aseguro  que  has  de  pasar  por 
entre  los  tules  de  fantasía  de  mi  jolgorio ....  Mira, 
Raúl :  que  no  se  te  ocurra  abordar  formalmente 
á  Areba:  te  lo  digo  con  la  misma  licencia  con 
que  me  permito  sazonar  el  pastel  por  medio  de 
esta  copa  de  jerez  viejo.  .  .  .  Sería  igual  que  tú 
echases  tus  rieles  sobr^  un  puente  sospechoso .... 
La  habilidad  estaría  en  que  tendieras  un  hilo 
eléctrico  que  pasara  por  encima,  rasando,  de  ma- 
nera que  ella  sola  sintiera  el  vibrante  rumor  del 
acero  zaherido  por  el  viento,  sin  recoger  ni  una 
frase  que  le  diera  luz.  .  .  .  Ya  me  entiendes:  ¡es 
un  fondo  que  asusta !  Muchas  ingeniosas  intrigas 
brotan  de  ella,  mansas,  casi  imperceptibles,  hilos 
de  agua  que  nacen  quién  sabe  en  qué  ojos  esr 
condidos  de  la  tierra ;  pero  Julieta  Camandria  es 
el  órgano  caracterizado,  como  si  dijéramos  el  hilo 
fino  y  plateado  convertido  en  raudo  que  salta 
bullicioso   y  golpea    á   la   piedra   del  escándalo, 


214  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


hasta  repercutir  en  la  trompa  más  rebelde  .... 
]  Deliciosa  é  incomparable  Julieta !  En  lo  que  no 
puede  revelarse,  está  su  fuerte  ;  el  día  en  que  no 
hubiera  secretos,  se  moría  de  nostalgia.  .  . .  ¡Cui- 
dado Raúl,  que  ella  ó  la  otra  se  haga  la  ilusión 
de  descubrirte  alguno,  ó  de  inventarlo  al  menos, 
para  rodear  tu  personalidad  de  una  atmósfera 
ficticia ! 

Algo  turbaron  el  pensamiento  de  Raúl  estas 
y  otras  frases,  proferidas  con  la  más  marcada 
sencillez  y  amistosa  afabilidad,  y  por  largas  horas 
conservó  en  el  fondo  cierta  inquietud  mortifi- 
cante que  no  le  era  fácil  desvanecer.  Tentado  es- 
tuvo de  comunicarse  con  entera  franqueza,  á  con- 
dición de  que  su  amigo  le  aclarase  los  oscuros 
conceptos,  que  hallaban  su  espíritu  tan  bien  pre- 
parado para  engendrar  dudas  y  sospechas;  pero 
la  discreción,  que  era  una  de  las  cualidades  no- 
tables de  su  carácter,  le  aconsejaba  guardar  to- 
davía algún  tiempo  el  secreto  que  Bafil  no  tar- 
daría, por  otra  parte,  en  adivinar  ó  descubrir,  si 
€s  que  ya  contra  sus  designios,  no  había  levan- 
tado una  punta  del  velo. 

Agitábase  el  joven  ingeniero  en  estas  ideas, 
doblando  y  extendiendo  planos  en  su  mesa,  con 
una  excitación  nerviosa  que  no  le  permitía  ais- 
larse y  quedarse  á  solas  con  las  rectas  y  curvas, 
líneas  y  cálculos,  demasiado  fríos  y  rígidos  para 
conformarse  con  el  demonio  interior  ó  familiar 
entretenido  en  los  instantes  de  que  hablamos,  en 


BRENDA  215 

bosquejarle  paisajes  con  pincel  de  luz,  encanta- 
dores y  atrayentes,  poblados  de  imágenes  extra- 
terrestres  de  alas  blancas  que  se  movían  espar- 
ciendo perfumes  desconocidos  al  mundo,  como 
las  del  ángel  de  Milton,  en  redor  de  otra  imagen 
de  cabellera  luminosa,  cuyos  ojos  parecían  hechos 
con  el  azul  profundo  que  resalta  en  ciertas  noches 
sin  luna  serenas  y  estrelladas  del  estío. 

Y  cuando  por  una  volición  enérgica  lograba 
que  su  vista  percibiese  clara  y  distintamente  al- 
gunos puntos  señalados  en  un  mapa  de  la  pro- 
vincia brasilera,  sin  perderse  en  la  enmarañada 
trama  de  los  ríos,  villas,  ciudades,  serranías,  la- 
gunas y  accidentes,  tan  confusa  y  entretejida 
como  una  selva  virgen  toda  enroscada  por  lia- 
nas gigantescas,  —  entonces  escribía  algunas  no- 
tas y  apuntes,  y  buscaba  en  el  estante  con  mano 
firme  y  cierta,  textos  de  consulta  y  cuadernos 
de  diseño,  reconcentrado  con  toda  gravedad  en 
el  helado  tema  matemático.  Pero,  á  semejanza 
del  jugador  de  ajedrez  que  coge  una  pieza  por 
otra  y  la  sienta,  sin  apartar  la  vista  de  aquella 
cuyo  ataque  se  presume  en  la  táctica  del  gam- 
bito, acontecióle  una  vez  que  sin  mirar  los  rótu- 
los para  no  distraerse  de  cierta  asociación  de 
idea^,  alargase  la  diestra  con  la  firmeza  que  da 
el  hábito,  extrayendo  en  lugar  del  que  quería, 
un  elegante  y  lujoso  volumen  impregnado  de  olor 
muy  distinto  al  que  exhalan  los  sesudos  libros 
de  ciencias  exactas,  por  lo  común  de  encuader- 
nación  sólida  y  prosaica  como  su  contenido. 


15 


216  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Lo  apoyó  sin  poner  atención  sobre  la  mesa,  y 
cual  si  obedeciera  al  roce  de  sus  dedos,  abrióse 
el  volumen  por  la  página  en  que  debía,  hiriendo 
entonces  su  vista  una  flor  de  madreselva  en  ella 
adherida  por  la  última  humedad  de  su  jugo  y  la 
presión  de  las  hojas;  sin  perfume  y  ya  marchita, 
pero  intacta  y  venerable  como  un  recuerdo  inde- 
leble. ¡  Indiscreto  volumen ! 

Contenía  las  poesías  de  Petrarca,  el  gran  pre- 
cursor del  lirismo  moderno  y  el  estro  más  melódico 
del  soneto,  en  cuyos  versos  el  sentimiento  del 
amor  y  la  pasión  del  patriotismo  se  elevan  á  un 
tono  que  superan  al  gusto  de  su  época.  Se  co- 
nocía al  primer  golpe  de  vista  que  sus  páginas 
no  habían  sido  vueltas  con  mucha  frecuencia,  y 
esto  habría  resaltado  abriendo  las  poesías  de 
Foseólo  y  de  Leopardi  que  ocupaban  el  puesto 
inmediato  en  el  estante;  pero  fuere  casual  ó  de 
intento,  la  flor  de  madreselva  distendida,  había 
dibujado  su  forma  con  tintes  amarillos  y  purpú- 
reos sobre  una  composición  que  terminaba  con 
estos  versos: 

Ovo  sia  chi  per  prora  intenda  aniore, 
8pero  trovar  pietá,  non  che  perdono. 

No  pudo  menos  Raúl  de  contemplar  con  pla- 
cer el  dulce  recuerdo,  y  de  fijar  algunos  instan- 
tes su  atención  en  los  versos  con  marcado  inte- 
rés. . .  .  Los  planos  se  convirtieron  bien  luego  en 
líneas  confusas  y  perdidas,  bajo  la  mirada  vaga 


BRENDA  217 

y  pensativa;  una  de  esas  miradas  sin  expresión 
ni  luz,  en  que  los  ojos  parecen  haber  vuelto  las 
pupilas  hacia  el  interior  del  cerebro,  absortas 
en  algún  cuadro  de  magia  esbozado  en  la  cúpula 
y  mantenido  por  un  excefo  de  fluido  nervioso, 
con  todo  el  vigor  del  colorido  y  la  frescura  de 
las  imágenes  de  un  lienzo  ideal. 

Las  manos  inquietas  empezaron  por  enrollar 
un  plano;  luego  otro;  después  el  mapa;  y  por 
último  cerraron  el  libro,  despacio,  con  cuidado, 
cual  si  temiesen  estrujar  una  ilusión. 

Levantóse  en  seguida  Raúl,  y  estuvo  mirando 
largo  tiempo  por  la  ventana. 

Declinaba  el  día,  nublado  y  ventoso.  Ráfagas 
tibias,  cual  si  hubiesen  pasado  por  un  foco  incan- 
descente, sacudían  con  ruido  monótono  las  ra- 
mas del  ombú  y  se  entraban  veloces  al  gabinete, 
oreando  la  frente  del  joven  y  haciendo  remolinos 
en  su  cabello.  Pero  aquellas  ráfagas,  verdaderos 
resuellos  de  fuelle,  sólo  se  producían  á  intervalos, 
presagiando  una  calma  profunda. 

Apartóse  él  de  allí. 

Algunos  minutos  después  cruzaba  á  paso  lento 
la  arboleda,  y  seguía  á  lo  largo  del  seto,  hacia 
la  choza.  Sólo  una  vez  puso  los  ojos  en  la  quinta 
de  Nerva,  sin  detenerse,  y  lo  fué  para  experi- 
mentar una  impresión  agradable.  Brenda  le  ha- 
bía visto  desde  el  sendero  de  los  manzanos.  Daba 
el  brazo  á  la  anciana  y  caminaba  con  la  cabeza 
erguida  y  ese  aire  de  severa  dignidad  que  la  mu- 


218  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


jer  emplea  para  ocultar  alguna  sombra  impor- 
tuna, ó  mirar  de  más  alto  algún  detalle  insigni- 
ficante  para  otros  ojos  que  los  suyos. 

Pronto  llegó  Raúl  á  la  choza,  en  donde,  como 
de  costumbre,  después  de  medio  día  había  reso- 
nado implacable  la  marimba.  No  estaba  Zambi- 
que  en  ella,  presumiendo  el  joven  que  á  esa  hora 
se  encontrara  inclinado  sobre  ciertas  plantas  pre- 
dilectas limpiando  sus  hojas  y  dispensándoles 
generoso  riego.  Sentóse  en  un  banco  rústico  de 
madera,  cuyos  pies  estaban  sólidamente  encaja- 
dos en  el  suelo,  y  esperó. 

Este  banco  se  descubría  apenas  entre  un  en- 
jambre de  guías  de  enredaderas  silvestres  que  en- 
volvían al  elevarse  algunos  de  sus  anillos  en  el 
glauso  follaje  de  los  agaves,  y  dejaban  flotar 
más  de  uno  de  sus  extremos  á  merced  del  viento. 
Delante  se  mecían  en  sus  tallos  combados  por  el 
peso  grandes  dalias  amarillas  y  punzóes,  lujosas 
y  sin  esencia,  como  las  frágiles  vanidades.  A  la 
izquierda  se  abría  una  calle  de  eucaliptus  que 
guiaba  al  estanque,  formando  allí  una  plazoleta 
circular,  para  extenderse  más  allá  en  línea  recta 
hasta  la  gran  puerta  del  edificio  que  daba  paso 
á  la  quinta. 

Calmábanse  las  ráfagas  del  este;  el  aire  estaba 
denso  y  caliente,  el  cielo  cubierto  de  nubes  plo- 
mizas, y  en  medio  de  la  siniestra  serenidad  rei- 
nante las  golondrinas  rasaban  el  suelo;  volvían 
las  abejas  en  tumulto  á  la  colmena,  y  los  pececi- 


BREKBA  219 

líos  del  estanque  saltaban  sobre  la  superficie, 
como  aturdidos,  anunciando  de  consuno  próximos 
fenómenos  atmosféricos. 

Raúl  se  encontraba  demasiado  sometido  á  las 
tiranías  del  sentimiento,  las  únicas  que  se  sopor- 
tan sin  protesta  y  se  arrostran  sin  humillación  ni 
pena,  para  preocuparse  mucho  de  lo  que  ocurría 
en  las  alturas,  en  esos  instantes.  Ansiaba  ver  á 
Brenda. 

Por  dos  veces  se  asomó  á  la  calle  de  euca- 
liptus  para  inquirir  algo  á  la  distancia,  con  el  co- 
razón palpitante,  poseído  de  la  impaciencia  que 
hace  rebosar  al  deseo  y  aumenta  la  excitación  de 
ánimo.  No  se  veía  su  falda  en  el  sendero  enare- 
nado. 

Así  transcurrieron  algunos  minutos. 

Decidíase  á  aproximarse  al  estanque,  cuando  de 
súbito  su  mirada  irradió  de  satisfacción,  perma- 
neciendo inmóvil  en  su  sitio  de  espera. 

Brenda  acababa  de  aparecer  seguida  de  Zam- 
bique,  saliendo  de  entre  los  árboles  por  un  flanco, 
más  bella  y  seductora  bajo  aquel  cielo  gris  y 
tristemente  envelado,  como  si  en  su  cabeza  ado- 
rable llevase  un  nimbus  luminoso  que  dorara  to- 
dos los  objetos  alrededor. 

Escapó  al  joven  una  exclamación  vehemente 
y  apasionada: 

—  ¡  Qué  hermosa  surges,  mi  bien  I 

Oyóle  ella,  y  avanzóse  esbelta  y  levantada,  con 
ese  paso  rimado  y  gallardo  que  descubre  todo  el 


220  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


pie  y  hace  ondular  la  cabellera  en  el  cuello  de 
rosa  y  perla.  Risueña,  un  tanto  pálida  y  trémula, 
le  extendió  su  mano,  diciendo: 

— Está  vendada,  no  la  oprima  Vd.  mucho. 
¡  Cuántos  días  que  no  veía  á  Vd.,  señor  Hena- 
res! 

Cogió  Raúl  aquella  mano,  cubierta  en  efecto 
en  parte  por  una  pequeña  venda,  y  sin  pronun- 
ciar palabra  la  llevó  á  sus  labios  en  un  arrebato, 
que  no  le  hubiera  sido  fácil  reprimir.  Quiso  ella 
retirarla,  pero  él  la  retuvo,  acercóla  á  su  corazón 
y  puso  encima  sus  dos  manos,  mirándola  con 
profundo  deleite. 

—  ¿Qué  hace  Vd.? 

—  Probar  con  esos  latidos  que  la  he  extrañado 
yo  mucho  más. 

—  ¿Más?. ...  Si  fuera  cierto.  .  . . 
-¿Qué? 

—  ¡  Cuánta  dicha !  Como  ahora  está,  estuvo  es- 
tos días  el  cielo  para  mí. 

Raúl  acercó  su  rostro  al  de  Brenda. 

—  Triste  como  vese  el  cielo,  alumbra  ahora  un 
sol  toda  mi  alma  y  la  enardece. 

Zambique  sin  mirar  para  nada  aquella  escena, 
inclinóse  con  la  mayor  calma,  recogió  un  pico 
delgado  de  carpir,  y  pasó  muy  cerca  de  los  jó- 
venes, lenta  y  sosegadamente.  Para  él,  parecía 
no  haber  nadie  allí. 

Al  entrarse  por  la  calle  de  eucaliptus,  cuando 
estuvo  seguro  de  no  ser  visto,  paróse  temblando. 


BRENDA  221 


dilatáronse  sus  gruesos  labios  con  una  mueca 
rara,  cerráronse  sus  ojos,  y  brotó  de  su  boca  una 
especie  de  quejido  ahogado.  Restregóselos  luego 
con  el  brazo,  empuñó  el  pico  y  siguió  su  camino, 
cantando  su  aire  africano  con  una  expresión  ex- 
traña é  indecible  de  melancolía  y  de  contento. 
En  tanto,  decía  Raúl: 

—  ¿Cómo  tuvo  Vd.  esta  pena? 

—  No  fué  mucha,  pero  al  principio  me  hizo 
sufrir.  Vea  Vd.  Cuido  un  jazmín  con  esmero :  to- 
dos los  días  lo  visito,  y  al  siguiente  de  nuestra 
última  conversación,  me  acerqué  á  la  planta  te- 
merosa de  las  hormigas.  No  había  ninguna ;  mas 
como  viese  una  abeja  de  esta  colmena  que  ahí 
tiene  Zambique,  haciendo  destrozo  dentro  de  un 
pimpollo,  blanco  que  era  una  nieve,  quise  ahu- 
yentarla, pues  estaba  yo  en  verdad  enojada .... 
y  se  estuvo  quieta,  jcomo  si  tal  cosa!  Entonces 
sacudí  las  hojas,  y  la  abeja  se  posó  aquí  y  me 
hizo  sangre , .  .  .  ¿  No  ve  Vd.  ? 

—  Sí,  que  veo  ....  El  cruel  insecto  creyó  sin 
duda,  Brenda,  que  esa  mano  era  una  azucena ;  y 
más  ha  sufrido  ella  que  la  flor  al  perder  ésta  tan 
sólo  el  polen  de  sus  estambres. 

—  Así  dijo  el  jardinero,  quien  pretendía  para 
consolarme  que  era  la  reina  del  abejar  la  autora 
del  delito. 

—  Celos  entre  reinas ....  ¿  Y  quién  curó  esa  he- 
rida? 

—  El  doctor  de  Selis,  que  vino  más  tarde.  Ase- 


222  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


guró  que  esto  no  era  de  importancia  y  que- 
pronto  estaría  bien ....  Se  ha  ido  el  poco  de  fie- 
bre. 

¡Se  pone  Vd.  triste! 

— No. .  . . 
.  — Si  la  flor  no  era  para  él, —  agregó  la  jovert 
con  acento  candoroso.  —  Mire  Vd.  La  traigo  aquí^ 

Y  llevó  la  izquierda  al  seno,  envolviendo  al 
joven  en  una  de  sus  miradas  límpidas  y  serenas, 
que  dejaba  sin  embargo  traslucir  un  dulce  enfado 
y  un  cariñoso  reproche.  El  quedó  contemplán- 
dola mudo  y  atraído,  como  si  en  ella  pusiera  sus 
ojos  por  vez  primera. 

Tenía  Brenda  recogido  el  cabello  en  redor  de 
su  cabeza,  -hasta  formar  detrás  nutridas  madejas 
que  rozaban  el  cuello  en  ondas,  y  despedían  un 
perfume  delicado,  dejando  al  descubierto  peque- 
ñas orejas  naturalmente  encendidas  por  un  suave 
carmín,  sin  adorno  alguno.  Vestía  un  traje  de 
encaje  crema  con  falda  de  volantes  guarnecidos 
de  cintas  de  otomano  azul  pálido;  y  de  este 
mismo  color  era  el  lazo  abolsado  del  cinturón^ 
Plegábase  á  la  cintura  el  elegante  corpino,  ha- 
ciendo sobresalir  las  modeladas  formas  de  su 
busto  esbelto.  Las  mangas  ceñidas,  y  algo  cor- 
tas, dejaban  ver  bajo  sus  adornos  de  blonda  crema 
parte  del  brazo  torneado,  blanco  y  terso,  sin  la 
menor  sombra  que  empañara  la  límpida  transpa- 
rencia de  su  piel.  Se  exhalaba  de  esta  hermosa 
criatura  como  un  aroma  sutil  y  embriagante  de 
verjel,  que  iba  á  la  cabeza  y  tentaba  el  vértigo. 


BRENDA  223 

Antes  que  Raúl  saliese  de  su  abstracción,  alargó 
ella  el  brazo  y  le  ofreció  el  jazmín,  después  de 
aspirarlo  en  silencio.  Cogiólo  él  con  emoción,  y 
Brenda,  apartando  lentamente  la  vista: 

—  Mejor  es  que  nos  veamos  aquí, — dijo. — En  la 
glorieta  se  respira  un  aire  demasiado  aromático, 
y  eso  hace  daño  ....  Aquella  noche  no  dormí 
bien ....  Sin  duda  por  eso.  Me  dolían  mucho  las 
sienes,  y  los  ojos  se  negaron  á  cerrarse.  Mas  ya 
pasó. 

¿Y  Vd.,  amigo  mío? 

—  Sería  casual,  pero  acompañé  á  Vd.  en  el  in- 
somnio .... 

—  ¿Ve  Vd.?  —  repuso  Brenda  con  un  ceño  ado- 
rable y  una  sonrisa  incitante.  —  A  mí  me  han 
quitado  el  jarrón  de  flores  primorosas  que  tenía 
al  lado  de  mi  cama,  y  no  ha  habido  medio  de 
recuperar  tan  grata  compañía   . ,  . 

Raúl  no  la  dejó  concluir.  Arrastróla  suave- 
mente hasta  el  banco  de  madera,  y  al  sentarse  á 
su  lado  bien  juntos,  enlazado  su  brazo  á  la  flexi- 
ble cintura,  balbuceó  trémulo  y  febril: 

—  ¡Te  engañas,  Brenda!  tus  párpados  no  se 
cerraron  porque  hubiese  excitado  el  cerebro  el 
ambiente  de  la  glorieta.  .  .  ¡Oh,  tampoco  á  mí! . . . 
¿Por  qué  no  has  dicho  que  el  hada  de  tus  en- 
sueños cesó  esa  noche  de  hablarte  de  los  deva- 
neos pueriles  y  te  inició  en  el  primer  misterio  de 
una  pasión  profunda,  ardiente,  inmensa,  que  ya 
desborda  en  mi  alma  y  me  arrastra  ciego  á  ado- 


224  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


rarte  ? . . .  .  Mira  en  mi  rostro,  lee  en  mis  ojos, 
palpa  en  el  pecho  jadeante,  y  sabrás  por  qué  el 
más  hondo  y  oculto  anhelo  brota  de  las  pupilas ; 
por  qué  late  veloz  la  arteria  y  arde  en  las  venas 
la  sangre;  por  qué  mi  brazo  hace  estremecer  tu 
tronco  de  hada,  y  mi  labio  encendido  busca  sellar 
con  fuego  en  tu  boca  la  eterna  promesa  de  amor. 
¡Amor,  dije!  ¿Llevóse  acaso  el  aura  la  esencia 
pura  que  dejé  en  aquella  glorieta  solitaria,  cuando 
abrióse  el  corazón  como  una  urna  —  ¡única  vez 
que  se  abre  y  toda  escapa  en  el  sentir  primero! 
—  para  prodigarla  en  los  altares  de  este  culto 
cuya  imagen  eres  tú? 

—  La  llevé  yo,  —  dijo  ella  con  los  ojos  húme- 
dos, tierna  y  enamorada,  poniendo  sus  manos  en 
el  pecho  del  joven,  respirando  con  fuerza  y  mi- 
rándole con  hondo  arrobamiento. 

Yo  la  llevé ....  Era  una  esencia  de  fe  más  de- 
licada que  ninguna  otra  aroma,  y  la  aspiré  casi 
sin  sentirla.  Por  eso,  es  verdad,  no  dormí;  pero 
fui  dichosa.  Tienes  el  alma  tan  noble  —  ¡oh,  yo 
bien  lo  .sé,  mi  único  amigo! — que  esa  ofrenda 
tenía  que  hacerme  creer  y  bendecir.  No  me  la 
quitarás  nunca  más,  ¿verdad?  No  tienes  por  qué 
engañarme.  Hace  tiempo,  cuántas  veces  me  decía 
en  las  horas  tranquilas :  ¿qué  será  de  él?  ¡Cuánto 
daría  por  volverle  á  ver ! . .  . .  Y  en  mis  alegrías 
yo  no  te  olvidaba,  pues  eso  no  era  posible,  que 
estaba  siempre  delante  de  mis  ojos  el  que  había 
enjugado  mis   lágrimas  ¿te  acuerdas?..    .   sí  en 


s 

I 


BRENDA  225 


aquella  noche  oscura  y  sin  consuelo.  Pero  aquel 
afecto  no  era  como  el  que  ahora  llena  todo  mi 
ser,  y  me  enajena,  haciéndome  pensar  que  dejaré 
de  sentirlo  con  la  vida. 

—  Y  yo  también,  pues  emoción  mayor  no  ha- 
bría fibra  que  resistiera.  ¡Puedes  creerlo!  Si  tu 
mirar  penetrase  en  mi  espíritu  verías  que  ninguna 
ruina  dejó  allí  otra  pasión,  de  esas  que  secan  la 
savia  y  matan  en  germen  la  esperanza  de  amar 
con  la  misma  fe.  .  .  .  Joven  me  fui  muy  lejos  á 
labrar  con  una  carrera  mi  porvenir,  dejando  afec- 
tos, amistades,  recuerdos ;  joven  regresé  lleno  de 
ansias  y  alegrías,  y  bajo  el  cielo  de  la  patria  todo 
exhibióse  extraño  á  mis  ojos,  todo  lo  que  yo  había 
amado  y  mantenido  en  mi  memoria  sin  sacrificar 
el  menor  detalle  a4  olvido ....  Afectos  profundos, 
amistades  de  los  primeros  años  de  juventud,  ex- 
tinguidos ó  dispersos;  ni  una  palabra  ardiente,  ni 
una  sonrisa  cariñosa  de  otros  tiempos,  asomán- 
dose á  algún  semblante  como  un  consuelo  á  la 
amargura  de  haber  sido  demasiado  ingenuo  gus- 
tando con  exceso  el  placer  de  la  vuelta,  tan  in- 
tenso como  el  pesar  de  la  partida ....  Fieles  sólo 
fueron  los  recuerdos,  esos  que  trasladan  lejos  el 
pensamiento  y  presentan  los  años  como  jornadas 
de  un  segundo;  cpnmigo  volvieron,  y  al  pisar  la 
ribera  renovaron  con  más  fuerza  los  cuadros  y  es- 
cenas animadas,  en  sitios  ya  perdidos  bajo  zarzas 
y  breñas ....  En  uno  melancólico  refundiéronse 
todos,  y  al  vagar  por  un  sitio  que  poco  se  fre- 


226  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


cuenta,  para  consagrarlo  tras  una  larg-a  ausencia 
esta  memoria  triste  despertó  otra  inefable  á  tu 
presencia,  compensándose  así  la  pena  de  haber 
soñado  en  las  simpatías  é  impresiones  duraderas. 
Llevabas  .una  corona  que  colocaste  en  una  losa 
negra;  tu  presencia  hizo  latir  mi  corazón,  y  yo 
que  siempre  había  amado  el  pasado,  agradecí  á 
mi  propia  fe,  porque  de  su  fondo  venía  la  luz  que 
irradiaría  en  mi  porvenir.  ¡Qué  hermosas  horas 
vinieron  después! 

De  ésta,  mi  bien,  que  parece  precursora  de  di- 
chosos días,  no  quisiera  empañar  con  una  duda  el 
miraje  del  encanto .... 

—  ¿Una  duda? 

—  Sí,  y  cruel..    .¿Podrías  tú  disiparla? 

—  ¡  Oh,  habla ! 

Y  miróle  ella  con  fijeza,  estremecida,  como  si 
rompiendo  los  lazos  del  prestigio  volviese  de  sú- 
bito á  la  realidad  fría  é  implacable,  que  estrechaba 
los  horizontes  de  su  existencia. 

—  Anhelo  conocer,  —  repuso  Raúl  con  voz  tem- 
blorosa,—  si  la  señora  que  ha  concentrado  en  tí 
sus  cariños  entrañables  no  ha  buscado  ya  tam- 
bién preferencias  á  tu  corazón .... 

Brenda  dejó  caer  su  frente  en  el  hombro  del 
joven,  guardando  algunos  instantes  silencio.  Su 
seno  palpitaba  con  violencia.  Cuando  levantó  el 
rostro,  tenía  los  ojos  llenos  de  lágrimas. 

—  ¡Lloras! 

¿Te  hice  daño,  acaso? 


BRENDA  227 

—  ¡  Ah,  no !  pero  me  recuerdas  que  al  elegirte 
como  dueño  de  mi  suerte,  contrarío  intenciones  tan 
puras,  como  santo  es  el  amor  que  las  inspira .... 
Sabes  cuan  acendrado  es  el  cariño  que  me  profesa 
aquella  á  quien  todo  debo,  y  cuan  grato  está  mi 
corazón  á  su  bondad ;  y  lucha  por  inclinarme  á 
otro  que  tú,  no  porque  de  ello  dependa  nada  que 
afecte  su  posición  ó  su  destino,  sino  porque  así 
se  lo  aconseja  aquel  amor  que  me  tiene  y  que  yo 
retribuyo  con  todas  las  fuerzas  de  mi  alma.  Mas 
¡ay!  que  ellas  me  faltan,  y  débil,  sólo  las  siento 
renacer  á  tu  lado,  ahora  que  sin  ser  dueña  de  mí 
misma,  he  llegado  á  comprender  que  no  es  la  vo- 
luntad, sino  el  sentimiento  el  que  decide  mi  des- 
tino: ¡él  me  domina  toda  y  ve,  amigo  mío,  cómo 
me  aflige  la  congoja  y  el  llanto  se  agolpa  á  mis 
ojos  sin  que  pueda  contenerlo! 

Raúl  escuchaba,  pálido  y  agitado,  estrujando 
en  su  mano  izquierda  un  guante  de  hilo,  y  dis- 
trayendo á  cada  instante  en  el  vacío  la  mirada. 

Tras  una  corta  pausa,  preguntó  con  cierta 
amargura : 

—  ¿Luego  es  cierto  que  ella  no  me  estima? 
¿No  me  engañaba  entonces  cuando  presumía,  sin 
que  lo  hayamos  hablado  nunca,  que  en  esa  casa 
todo,  menos  lo  que  hace  de  ella  un  edén,  era 
adverso  á  nuestra  dicha? 

Bajó  Brenda  la  cabeza  suspirante,  miróle  tímida, 
apenada,  y  pasó  sobre  la  de  él  su  mano  tibia  y 
suave,  sin  desplegar  los  labios. 


228  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Comprendo.  Ningún  título  me  recomienda  á 
su  valioso  aprecio;  pero,  ¿qué  importa?  Pueden 
conjurarse  todas  las  adversidades  sobre  mí:  ¡tú  me 
amas! 

¿No  lo  dijiste? — Agrega  ahora  que  no  serás 
de  otro. 

—  ¿Lo  dudas?  siempre  lo  diré.  Después  de  mi 
padre  no  amé  otro  hombre. 

A  estas  palabras,  reconcentróse  Raúl;  lenta- 
mente llevó  la  mano  al  rostro,  por  el  que  se  ha- 
bía esparcido  una  sombra  que  volviera  adusto  su 
ceño,  y  pareció  dominada  la  exaltación  de  su 
ánimo  por  alguna  impresión  moral,  súbita  y  pe- 
nosa. 

De  pronto,  atrayendo  hacia  sí  á  la  joven,  pre- 
guntó con  acento  breve  y  extraño: 

—  ¿Cómo  era  tu  padre? 

Brilló  un  relámpago  de  orgullo  en  los  ojos  de 
Brenda. 

— Joven  y  hermoso,  —  dijo.  —  Tenía  el  cabello 
muy  negro,  como  el  bigote,  el  mirar  altivo,  y  la 
cara  varonil,  llena  de  energía.  Siendo  tú  más  jo- 
ven, me  haces  acordar  á  él.  . .  . 

Retumbó  en  ese  instante  el  trueno  á  lo  lejos, 
prolongándose  el  sonido  en  la  atmósfera  cargada 
y  densa,  viniendo  á  desvanecerse  en  débiles  ru- 
mores sobre  la  choza.  Conmovióse  Brenda,  y  miró 
á  Raúl.  Estaba  éste  pensativo,  contraído  siempre 
el  ceño  y  la  frente  sudorosa. 

Zambique  apareció  en  la  plazuela,  con  la  ca- 
beza baja  y  gruñendo. 


BRENDA  229 

Al  verle,  levantóse  Brenda  dejando  sus  manos 
en  las  de  Henares,  en  delicioso  abandono.  Imitó 
Raúl  el  movimiento,  y  las  estrechó  callado,  con 
ternura. 

—  ¡Hasta  pronto!  —  dijo  ella  en  voz  baja  y  llena 
de  emoción. 

—  Sí ...  .  Quisiera  acortar  las  horas  de  soledad 
que  vienen. 

Movió  Brenda  la  cabeza  con  aire  rCvSignado,  y 
al  alejarse  la  volvió  por  última  vez  para  fijar  sus 
ojos  en  el  joven. 

El  negro,  mudo  y  respetuoso,  echóse  el  pico  al 
hombro  y  púsose  á  andar,  guardando  distancia. 
Las  sombras  se  hacían  más  densas.  Un  vivo  ful- 
gor eléctrico  le  bañó  de  claridad  azulada  ha- 
ciendo resaltar  de  perfil  los  rasgos  de  su  rostro 
y  su  figura  toda,  extravagante  y  triste,  confun- 
diéndose luego  en  las  medias  tintas  como  un  ente 
fantástico  de  ios  fondos  sombríos  de  Rembrandt. 

Raúl  se  estremeció. 

¿Por  qué?  El  mismo  no  habría  podido  decirlo. 


230  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


XVIII 


UN  SECRETO   DE  AREBA 


En  el  salón  de  recibo  alhajado  con  elegancia, 
de  una  hermosa  casa  situada  en  la  calle  de  Itu- 
zaingó,  á  las  dos  de  un  día  sábado,  paseábase  me- 
ditabunda y  un  tanto  inquieta  la  señorita  Areba 
Linares,  como  si  en  verdad  preocupase  su  espíritu 
algún  pensamiento  digno  de  serias  y  detenidas  re- 
flexiones. Con  uno  de  sus  brazos,  —  en  parte  des- 
cubiertos y  de  una  blancura  anacarada,  —  reco- 
gido bajo  el  seno,  y  la  mano  del  otro  en  la  me- 
jilla, dejando  flotar  el  extremo  de  una  pulsera  de 
filigrana  de  oro  que  lanzaba  límpidos  reflejos,  ca- 
minaba á  pasos  breves,  con  aire  grave  y  ese  mo- 
vimiento rítmico  de  cabeza  lleno  de  gracia  y  de 
majestad  que  unido  á  la  mirada  serena  constituye 
un  accesorio  interesante  del  poder  de  seducción  en 
las  mujeres  inteligentes. 

Como  de  costumbre,  Areba  había  oído  misa 
esa  mañana  en  su  capilla  particular ;  pues  la  se- 
ñorita de  Linares  tenía  sus  jmágenes  predilectas 
y  su  devoción  sistemada,  y  practicaba  el  bien  á 


BRENDÁ  231 

manos  llenas,  más  que  por  deber  ó  por  hábito, 
cediendo  á  un  impulso  espontáneo  y  generoso  de 
su  naturaleza  rica  y  original.  A  este  respecto,  la 
caridad  podía  enorgullecerse  de  una  encamación 
perfecta,  y  consolarse  á  la  idea  de  que  no  era 
solamente  en  los  bellísimos  ángeles  de  mármol 
con  alas  color  nieve,  con  que  el  cincel  de  los 
grandes  artistcis  talla  su  tipo  ideal,  donde  debe- 
ría buscársele,  acabada,  pródiga  y  magnánima. 
Areba  tenía  sus  pobres.  Únicamente  á  ellos  les 
era  dado  hablar  de  su  amor  sincero  y  adorable.  No 
podían  decir  lo  mismo  muchos  hombres  gallardos 
y  opulentos,  jóvenes  y  apasionados,  que  en  vano 
esperaron  de  ella  su  limosna  de  honrosa  prefe- 
rencia en  porfiadas  lides.  Para  éstos,  sólo  hubo, 
y  reservaba,  esas  sonrisas  de  esperanza  saturadas 
de  ironía  que  ensanchan  el  horizonte  al  propio 
tiempo  que  el  vacío,  y  mantienen  fluctuante  é 
indeciso  el  corazón ;  les  había  hecho  entrever  qui- 
zás más  de  una  vez,  la  posibilidad  del  triunfo, 
algo  así  como  un  ensayo  de  pasión  que  se  anhela 
sentir,  pero  que  está  muy  lejos  de  nacer,  en- 
tretenida en  sondar  caracteres,  en  medir  los  qui- 
lates de  sus  virtudes  ó  el  enorme  hueco  de  sus 
vanidades,  en  conglobar  las  excelencias  morales 
de  todos  escogiendo  lo  selecto,  profundo  y  du- 
radero de  cada  uno,  para  formar  el  cerebro  nu- 
trido, vigoroso  y  completo  que  debía  poner  en 
un  tronco  de  Belvedere.  A  fuerza  de  sondar  y 
de  reconocer  la  diferencia  de  los    fondos,  encon- 

16 


232  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


trando  esponjas  de  vanidad  en  unos,  perlas  dimi- 
nutas en  otros,  riscosos  relieves  en  los  más,  llegó 
á  familiarizarse  con  sus  distinguidos  admiradores 
hasta  el  punto  de  imponerles  un  sistema  de  es- 
pectativa  muy  adecuado  á  las  circunstancias,  que 
si  bien  no  excluía  la  persistencia  en  las  preten- 
siones, debilitaba  al  menos  el  entusiasmo  de  sus 
impulsos. 

Zelmar  Bafil  era  tal  vez  entre  ellos,  el  único 
que  había  merecido  delicadas  deferencias. 

Devota  y  caritativa,  Areba  era,  sin  embargo,  un 
compuesto  raro  de  calidades  acentuadas  y  poco 
comunes:  lo  humano  excéntrico.  Bajo  esta  faz, 
su  carácter  resistía  victoriosamente  á  la  palabra 
banal,,  á  la  costumbre  monótona  y  á  las  formas 
sociales  consagradas;  llenaba  sus  deseos  por  acto 
de  conciencia,  y  aun  cuando  se  doblegase  alguna 
vez  al  ritual  del  uso,  descubríase  siempre  en  su 
conducta  el  imperio  de  una  voluntad  que  puede 
obrar  aislada,  como  un  poder  invisible,  merced  á 
la  posición  que  la  afianza  y  sustenta. 

El  mundo  aparece  entonces  como  un  excelente 
teatro  de  acción  para  el  carácter,  en  estas  con- 
diciones; y  ella  lo  sabía,  pudiendo  presentarse 
en  él  tras  el  escudo  de  una  belleza  que  á  los 
veintiséis  años  parecía  haber  adquirido  brillo  y 
fuerza  admirables. 

¿En  qué  pensaba  Areba  en  el  momento  en 
que  volvemos  á  encontrarla? 

Fácil  es  el  presumirlo.   El  nombre  de  Brenda 


BRENDA  233 

. .  I      .  _      ■  I  I  ■  I  —  — — — -  ■ 

había  asomado  más  de  una  vez  á  sus  labios,  que 
se  habían  vuelto  á  plegar  en  silencio.  Esta  his- 
teria íntima  traía  á,  concurso  activo  todas  las  fa- 
cultades de  su  espíritu  sagaz,  poniendo  á  la  vez 
en  agitación  una  sensibilidad  tanto  más  excitable, 
cuanto  era  de  reprimida  y  sofocada  por  singulares 
genialidades. 

En  uno  de  sus  paseos  detúvose  frente  á  un 
espejo  colocado  en  el  centro  del  salón,  y  miróse 
suspirando  el  tocado,  que  arregló  ligeramente  en 
alguno  de  sus  detalles,  llamando  un  poco  más 
hacia  adelante  una  pequeña  onda  negra  de  su 
hermosa  cabellera.  Hallóse  bastante  bien  para  ser 
nunca  desairada .... 

Con  todo,  —  se  dijo,  —  Brenda  deslumhra.  ¿Por 
qué  negar  que  es  una  criatura  deliciosa,  capaz  de 
hacerse  querer  á  la  distancia,  aunque  se  oculte, 
con  toda  su  sencillez?  Se  denuncia  con  el  per- 
fume ....  Sin  provocar  jamás,  se  la  solicita :  |  en- 
vidiable virtud! 

Reconcentróse  luego  con  un  gesto  de  disgusto, 
sentóse  en  el  sofá,  y  siguió  en  su  soliloquio: 

Nada  dice  su  corazón;  es  natural:  le  es  indi- 
ferente. No  se  sacrifica,  y  hace  bien :  triste  debe 
ser  el  entregar  á  un  hombre  por  siempre  cuerpo 
y  alma,  no  sintiendo  ni  el  deseo  del  contacto,  á 
partir  de  lo  que  se  afirma  y  parece  lo  cierto: 
que  el  amor  es  un  altar  y  las  demás  pasiones 
sus  gradas;  culto  exquisito,  delicado  é  indispen- 
sable, aunque  sólo   se,  profese   una    hora   en    la 


234  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


vida.  Horror  causa  el  pensar  en  la  existencia  en 
común,  con  quien  una  no  quiere.  Comprendo  el 
suplicio ....  y  el  pecado.  No  se  creen  por  lo  ge- 
neral estas  cosas,  y  hay  error  funesto.  La  virtud 
está  en  saber  querer  más  que  en  ser  querida .... 
y  respecto  á  esto  último,  á  ninguna  falta  su  rayo 
de  sol  que  la  acaricie ;  pero  rara  fes  aquella  que 
no  tiembla  si  ella  no  ama ! 

¡Oh  la  tendencia  á  amar,  á  soñar,  á  adorar; 
el  afán  intenso  de  sentir;  la  aspiración  ardiente 
de  querer  algo  que  sea  tan  bello  como  la  misma 
ilusión  y  tan  real  como  el  fuego  inextinguible 
que  una  vez  siquiera  nos  devora  y  nos  consume: 
hermosos  espejimos  de  la  mente  calenturienta, 
que  hace  oir  palabras  de  dulzura  infinita,  y  gus- 
tar besos  deleitables  que  ningún  labio  puede  dar ! 
I  Bellas  cosas  I . . . .  La  mujer  de  mi  tiempo  no  ha 
nacido  para  gozarlas ;  y  sería  piadoso,  si  algunas 
fibras  ella  tuviera,  que  correspondiesen  por  ley 
fisiológica  á  otras  tantas  emociones  morales,  el 
destruirlas  de  antemano,  ó  quemarlas  con  una 
piedra  infernal.  ¿De  qué  le  sirven?  Para  ansias 
y  desvelos ;  y  á  fuerza  de  ansiar,  pierde  su  en- 
canto la  ilusión  deslucida  y  ajada  por  el  beso 
encendido  de  la  mente;  ¡y  la  vida  se  acorta! 
Reinamos,  se  afirma :  no  es  cierto.  Los  hombres 
se  han  encargado  simplemente  de  dar  otras  for- 
mas y  dorar  el  mueble  viejo  griego,  romano  ó 
árabe,  según  las  costumbres  y  los  gustos :  en  el 
fondo,  no  ha  habido  para  nosotras  más  que  una 


BKENDA  235 

sola  época,  —  con  variantes, —  como  un  problema 
de  juego  complicado. . . . 

—  El  doctor  de  Selis, —  dijo  un  criado  desde  la 
puerta,  interrumpiendo  de  súbito  las  reflexiones 
de  Areba. 

—  Hazlo  pasar. 

Levantóse  la  joven,  y  volvió  á  contemplarse 
en  la  luna  que,  al  reflejar  su  imagen  encantadora, 
reprodujo  con  toda  fidelidad  hasta  la  sombra  de 
tristeza  que  nublaba  su  frente. 

Sonrióse,  murmurando: 

¡Cualquiera  supondría  que  es  á  éste  á  quien 
deseo ! 

Se  volvió  al  ruido  de  pasos.  Entraba  el  doctor 
de  Selis. 

Areba  le  tendió  la  mano  con  amable  acogida^ 
diciendo : 

—  ¡  Puntual !  Probará  esto  un  hábito,  bien  plau- 
sible por  cierto,  ó  un  verdadero  interés  en  ini- 
ciar la  primera  conferencia .... 

—  No  excluyo  lo  uno  de  lo  otro,  señorita. 

— En  este  sillón,  doctor. . . .  Hablaremos  más 
de  cerca.  Ayer  estuvo  Julieta  y  me  pidió  le  re- 
cordase la  promesa  de  asistir  á  aquella  su  amiga 
que  padece  de  dolores  neurálgicos;  y  desde  ya 
cumplo  para  que  lo  tenga  Vd.  en  memoria. 

—  He  tenido  hoy  el  gusto  de  complacerla, 
Areba,  y  puedo  anticipar  á  Vd.  que  la  molestia 
desaparecerá  pronto,  —  contestó  de  Selis,  sentán- 
dose. 


236  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Yo  creo,  —  repuso  la  joven  riendo, — que  no 
ha  sido  precisamente  el  dolor  lo  que  ha  impelido 
á  la  enferma  á  reclamar  sus  auxilios,  sino  el  re- 
cibo del  lunes,  en  la  quinta  de  Stewart,  que  á  la 
verdad  es  tentador  como  todos  los  anteriores. 
El  plazo  era  corto,  y  había  que  emplear  la  mor- 
fina; mayor  satisfacción  para  el  médico  cuando 
la  vea  entregada  á  los  placeres  de  la  fiesta,  por- 
que debo  suponer  que  Vd.  concurrirá.  .  . . 

—  Si  es  indispensable   ... 

—  Así  lo  creo.  Mas  para  ello,  y  en  el  propó- 
sito de  favorecer  los  intereses  en  gestión,  es  ne- 
cesario que  Vd.  influya  con  la  protectora  de  nues- 
tra amiga  Brenda.  ¿  Su  restablecimiento  no  es  ya 
casi  completo? 

—  Por  el  momento,  estoy  tranquilo ;  nada  me 
induce  á  creer  que  los  ataques  se  repitan  con  la 
frecuencia  é  intensidad  de  otro  tiempo. 

—  Pues  bien :  la  oportunidad  es  propicia,  y  ese 
hecho  la  proporciona.  Convendrían,  en  mi  con- 
cepto, á  la  misma  señora  de  Nerva  esas  horas 
de  solaz,  y  estoy  segura  de  que  no  hesitaría  en  ha- 
cerlas gozar  como  otras  veces  á  su  pupila. 

—  Pondré  todo  esfuerzo  en  ese  sentido.  Pero, 
¿está  Vd.  persuadida  de  que  Brenda  no  hará 
objeción  alguna? 

—  Parece  absorberla  la  soledad ....  Vd.  bien 
sabe  que  ésta  tiene  sus  atractivos  y  sus  dulces 
fruiciones.  La  animaré  por  mi  pau'te,  aun  cuando 
pienso  que  una  simple  insinuación  de  su  protec- 
tora bastará  á  decidirla. 


BRENDA  237 

Debe  Vd.  tener  presente  el  peligro  de  aquel 
sitio.  No  hay  mejor  trazado  de  paraíso  que  la  so- 
ledad ....  entre  dos  que  se  están  contemplando 
á  cada  instante.  Los  árboles  son  buenos  confi- 
dentes. Es  del  caso  empezar  á  mudar  de  teatro, 
cuyos  bastidores  sean  más  conocidos. 

—  Me  halaga  Vd.  mucho,  Areba,  al  pensar  que 
desde  la  entrevista  formal  y  lejos  del  sitio  de  que 
Vd.  habla,  pueda  yo  influir  decisivamente  en  el 
ánimo  de  Brenda,  hasta  el  punto  de  disuadirla 
de  sus  frágiles  ensueños. 

—  El  no  irá,  si  no  va  ella,  —  se  decía  interior- 
mente la  joven  mientras  el  doctor  de  Selis  ha- 
blaba. 

—  Y  mucho  tendré  que  agradecer  á  Vd.  su 
intervención, — prosiguió  él,  como  si  adivinara  su 
pensamiento,  —  que  reputo  obra  de  un  desinterés 
digno  y  loable .... 

—  ¡Frágiles  ensueños!— le  interrumpió  Areba, 
que  había  sorprendido  una  sonrisa  sardónica  en 
los  labios  de  Lastener; — con  severidad  califica 
Vd.  las  cosas  del  sentimiento,  y  sobre  esto  ya 
hemos  departido  otra  vez  sin  uniformar  opiniones. 
Verdad  que  yo  no  he  disputado  con  el  profesor, 
sino  con  el  pretendiente,  y  es  del  caso  prevenir 
que  sigo  dirigiéndome  á  este  último.  Disculpe 
Vd.,  doctor,  si  me  permito  excluir  á  la  ciencia 
pura  de  estos  debates  familiares;  en  materia  de 
pasiones  amorosas,  la  cabeza  es  un  testigo  imper- 
tinente que   perjura   con   toda   impunidad   sobre 


238  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


asuntos  que  al  corazón  atañen,  y  cuyo  secreto 
sólo  él  es  capaz  de  guardar  ó  de  revelar  entero 
en  las  expansiones  del  sentimiento. 

Hay  mujeres  de  organismo  excepcional,  por 
decirlo  así,  dado  que  en  el  concepto  del  rea- 
lismo contemporáneo,  las  virtudes  de  nuestro  sexo 
son  como  Cornelias  solitarias  que  han  preferido 
guarecerse  bajo  la  roca  que  soporta  la  caída,  en 
vez  de  confundirse  en  el  torrente  mundanal  que 
arrastra  al  abismo  debilidades,  vicios,  abnegacio- 
nes y  grandezas,  todo  revuelto  ó  adherido,  como 
lo  está  la  carne  á  los  huesos,  pretendiéndose 
de  aquí  que  es  un  hecho  fatal  é  ineludible  pecar 
de  una  á  cien  veces  en  la  vida,  y  que  aquel 
que  en  pecado  no  incurre,  pertenece  á  un  género 
extraterrestre,  sin  misión  alguna  en  la  escala  zoo- 
lógrica.  He  estado,  pues,  en  lo  cierto,  mi  estimado 
doctor,  cuando  he  dicho  que  las  mujeres  virtuo- 
sas, tan  comunes  en  otras  épocas,  según  la  his- 
toria, han  llegado  á  convertirse  en  excepciones 
caprichosas  en  nuestros  días,  seg^n  fallo  del  cri- 
terio positivista. 

Mientras  hablaba,  Areba  extendió  el  brazo  y 
cogió  un  abanico  puesto  sobre  un  almohadón 
de  raso,  y  lo  abrió  de  súbito  con  ambas  manos, 
clavando  sus  finísimas  uñas  rosadas  en  los  ca- 
lados del  marfil. 

—  Y  cuando  un  hombre  de  ese  criterio, — pro- 
siguió diciendo  con  aire  reflexivo,  —  se  encuentra 
con  una  excepción  de  esa  especie  y  qué  reviste 


BRENDA  239 


las  formas  correctas  de  Brenda  Delfor,  el  caso  es 
de  meditarse,  empezándose  por  reconocer  que  baja 
la  carne  incitante  y  codiciable,  el  alma  de  una  vir- 
gen no  es  un  montón  de  barro. 

Los  ojos  pequeños  y  vivaces  del  doctor  de  Selis 
relampaguearon,  y  una  sonrisa  esforzada  contrajo 
su  boca  volteriana. 

—  Si  así  pensase  acerca  de  ella,  —  respondió 
con  mesura,-  no  habría  hecho,  señorita,  la  dis- 
tinción que  motiva  nuestra  alianza,  y  que  según 
veo  no  empieza  con  muy  buenos  auspicios  para 
mi .... 

—  ¡  Ya  previne  que  hablábamos  en  confianza, 
doctor!  —  exclamó  Areba  con  una  risa  nerviosa, 
y  dándose  aire  con  el  abanico ;  —  y  debe  Vd. 
imaginarse  que  éstas  no  son  sino  ocurrencias  de 
este  mi  carácter  raro  que  usted  ha  calificado 
más  de  una  vez  de  iviiosincrásico\ . . .  Desde  luego, 
á  partir  de  su  manera  de  opinar,  debemos  con- 
ceder á  Brenda  un  derecho  de  elección  incues- 
tionable y  una  capacidad  sensible,  que  muy  po- 
cos poseen  después  de  los  diez  y  nueve  años. 

—  No  lo  dudo:  es  la  edad  en  que  una  joven 
recibe  las  emanaciones  de  un  mundo  que  no  co- 
noce todavía,  como  caricias  anticipadas  de  una 
dicha  que  se  espera   y  casi  nunca  llega. 

—  Consignemos  ahora  este  hecho,  —  agfregó 
Areba,  asintiendo:  —  ella  ya  ha  elegido. 

— ¿Es  segura  la  preferencia? 
— Estoy  convencida  de  no  engañarme.  Conoce 
Vd.  al  afortunado  y  puede  juzgar .... 


240  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


De  Selis  echó  la  cabeza  hacia  atrás,  atusán- 
dose ligeramente  su  escaso  bigote,  en  actitud  de 
reflexión. 

En  seguida  aproximó  un  poco  más  su  asiento 
al  sofá,  y  dijo  con  reposo: 

—  Hay  que  esperarlo  todo  del  raciocinio  y  del 
consejo,  entonces;  ó  desistir  por  completo  de  un 
imposible.  Bien  me  represento  el  obstáculo  de 
operar  un  cambio  en  los  sentimientos  de  Brenda, 
desde  que  para  producirse  semejante  fenómeno 
sería  preciso  que  concurriese  una  causa  ó  razón 
moral  tan  poderosa,  que  por  sí  sola  desvaneciera 
el  prestigio  de  la  pasión  que  la  encadena  á  un 
destino  que  no  es  el  mío;  la  coerción  materma  en 
caso  que  se  emplease,  no  haría  sino  convertir  su 
anhelo  eii  honda  herida.  ... 

—  ¡  Vd.  ve!  — prorrumpió  Areba. — ¿Qué importa 
entonces,  que  sea  de  oro  el  estileto  que  haya  de 
sondar  su  seno?  El  dolor  tendría  que  recrude- 
cer, y  empezaría  á  apuntar  la  úlcera    ... 

Lastener  de  Selis  quedó  mirándola,  apoyada  la 
barba  en  la  diestra,  como  inquiriendo  con  sus  ojos 
de  visual  fuerte  y  penetrante  si  la  señorita  de  Li- 
nares se  proponía  pasarse  al  campo  enemigo,  en 
evidente  perjuicio  de  los  intereses  de  la  alianza. 

Haciendo  rápidos  juegos  con  el  abanico,  con- 
cluyó ella  por  chocar  suavemente  sus  varillas  en 
el  brazo  del  sillón;  asumió  un  aspecto  grave,  y 
añadió  á  media  voz: 

—  Está  Vd.  en  lo  cierto.  Únicamente  una  causa 


BRENDA  241 


poderosa  transformaría  el  carácter  de  la  pasión  y 
haría  quizás  probable  una  inclinación  acentuada 
hacia  Vd.  Entonces  Brenda  no  sería  ya  el  tipo 
de  la  poética  majestad  femenina  que  reposa  altiva 
en  un  corazón  sano  y  entero;  algo  del  aire  frío 
del  mundo  habría  debilitado  el  ardor  de  Su  fe  y 
el  vuelo  de  sus  ideales  de  niña.  . . . 

El  problema  estriba  en  hallar  esa  causa. 

El  doctor  de  Selis,  que  seguía  con  la  mirada 
fija  en  Areba,  acercó  todavía  su  sillón,  como  si 
experimentase  la  influencia  de  un  espíritu  supe- 
rior; y  continuó  escuchando  en  silencio. 

El  no  ignoraba  que  desde  la  aventura  del 
Prado,  la  joven  había  sufrido  cierto  cambio  im- 
perceptible en  su  modo  de  ser,  para  ojos  que  no 
fueran  los  suyos;  y  que  el  retraimiento  de  Raúl 
Henares  debía  aumentar  el  despecho,  cuyas  agu- 
jas mortificaban  su  sistema  nervioso,  induciéndola 
á  asumir  una  participación  activa  en  sus  amores. 
El  interés,  pues,  era  recíproco,  y  convenía  dejar  la 
iniciativa  á  Areba ;  una  sentencia  solamente  tenía 
que  recaer  en  los  dos  pleitos;  y  absolviese  ella  ó 
condenase,  la  desgracia  ó  la  ventura  alcanzaría 
en  común  á  los  dos.  ¿  Para  qué  contrariar  en  nada 
el  plan  que  se  proponía  la  joven?  Abogaba  por 
su  causa  y  la  propia;  esta  solidaridad  fatal  era 
una  garantía  de  la  rectitud  de  procederes,  aparte 
de  las  ventajas  que  la  habilidad  femenina  lleva 
sobre  la  de  un  hombre  que  no  es  amado.  De  Se- 
lis  había  creído  innecesario  por  el  hecho,  estimu- 


242  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


lar  los  móviles  que  la  agitaban ;  fría  é  indiferente 
en  apariencia,  la  aliada  que  la  suerte  le  ofrecía 
venía  encelada  y  cavilosa,  con  gérmenes  de  pa- 
sión profunda;  y  una  fina  política  le  imponía  de- 
jar hacer.  A  la  sólida  armadura  defensiva  de  una 
mujer  de  mundo,  sólo  podía  oponerse  otra  gla- 
cial y  resistente  como  el  acero,  y  ésta  era  una 
discreta  reserva  sobre  el  móvil  que  la  arrastraba 
á  la  intriga.  En  esta  disposición  de  ánimo,  de  Se- 
lis>  confiado  y  tranquilo,  acariciaba  la  creencia  de 
un  éxito  conciliable  con  sus  propósitos ;  la  llama 
que  ardía  en  el  pecho  de  Areba  y  se  reflejaba  en 
ciertos  raptos  en  sus  pupilas^  no  tardaría  quizás 
en  predisponerla  á  los  arranques  soberbios  de  la 
pasión  febril  é  impetuosa,  que  ya  retorcía  su  en- 
traña con  el  dolor  del  celo.  ¡  Excelente  lucha  en 
que  el  aliado  iba  á  disputar  su  rival,  sin  que  á 
su  vez  él  se  viera  en  el  caso  de  soltar  la  brida 
á  sus  odios!  ¿De  qué  medios  se  valdría?  Lo  igno- 
raba; pero  tenía  fe  en  Areba. 

Así  que  de  Selis  aproximó  su  asiento,  la  joven 
preguntó  con  la  mayor  naturalidad: 

—  ¿No  podría  Vd.  producir  esa  causa  de  rup- 
tura seria,  doctor? 

—  La  ciencia  no  alcanza  á  tanto,  señorita,  y  me 
place  confesarlo  en  triunfo  de  las  opiniones 
de  Vd. 

—  ¡Vamos!  eso  me  reconcilia  un  poco  con  las 
cosas  académicas;  aunque  yo  bien  conozco,  para 
honor  de  los  médicos,  que  hay  más   de   sistema 


BREKDA  243 


que  de  sinceridad  en  sus  ideas  respecto  á  temas 
de  esta  índole. 

—  Declaro  también,  Areba,  que  sólo  Vd.  puede 
proporcionar  el  hilo  como  la  heroína  griega,  y 
hacerme  entrar  sin  la  menor  timidez  en  la  oscura 
espiral,  cuyo  fin  no  veo. 

—  Me  honra  esa  confianza,  —  dijo  la  joven  son- 
riéndose  de  la  manera  que  solía  dar  expresión  ex- 
traña á  su  fisonomía.  —  Hay  tiempo  para  obrar,  y 
no  sabemos  si  en  el  fondo  se  revuelve  algún  mi- 
notauro  dormido .... 

Mire  Vd.,  doctor:  yo  tengo  el  medio  de  pro- 
vocar un  grave  rompimiento. 

De  Selis,  que  acababa  de  hacer  un  rápido  frun- 
cimiento de  cejas,  inclinóse  con  un  interés  que 
debiera  calificarse  de  ansiedad,  y  preguntó  solícito 
y  un  tanto  sorprendido: 

— ¿Un  medio?  ¿Puedo  suplicar  á  Vd.  me  lo 
revele  ? 

—  ¡Ah,  no!  —  contestó  Areba  reclinándose  mue- 
llemente en  el  sofá.  Es  un  secreto  que  Vd.  ha 
de  permitirme  reserve  por  ahora,  como  un  arma 
desconocida  que  sólo  debe  usarse  en  la  hora  del 
conflicto. 

—  No  cometeré  yo  la  falta  de  insistir ;  pero  sus 
palabras  me  autorizan  á  alimentar  una  fe  que  de- 
crecía por  grados  y  estaba  á  punto  de  extin- 
guirse. 

—  Creo  que  Vd.  haría  mal  en  no  seguir  mante- 
niéndola. Mi  compromiso  tiene,  sin  embargo,  lí- 


.■^4  S.  AOEVEDO  DÍAZ 

MtV^  marcados,  y  en  ellos  me  detendré  cuando 
J^\  jiirgue  discreto. 

De  Selis  se  inclinó,  y  púsose  de  pie  para  des- 
|to«tirse. 

—  Al  retirarme  llevo  un  consuelo,  Areba:  ¡lo 
agradezco  con  efusión! 

—  Estamos  al  principio  todavía.  Xo  olvide  Vd. 
lo  acordado  en  esta  conferencia,  mi  estimado 
doctor. 

Y  tendiéndole  la  mano  agregó: 

—  ;E1  lunes   en  lo  de  Stewart! 

—  Xo  faltare. 

Cuando  de  Solis  salió,  la  joven  se  incorporó  sus- 
pirando y  vohió  á  sus  paseos  silenciosos,  la  vista 
baja  y  abstra'd.i,  una  sombra  de  pesar  en  la  frente 
y  una  íozobra  inqiüetante  en  el  espíritu, 

¡Cuan  cierto  es,  —  se  decía  allá  en  el  fondo  de 
su  aim.»  perturK'-da,  —  que  la  mujer  da  todo  y 
agradece,  q'jc  forma  la  dicha,  y  es  la  que  sufi-e! 


BRENDA  245 


XIX 


EMOCIONES 


Areba  pasó  á  un  gabinete  pequeño,  de  mobi- 
liario de  nogal  é  impregnado  como  el  salón  de 
un  ambiente  balsámico,  muy  parecido  al  que  se 
desprende  del  traje  elegante  y  preferente  de  una 
mujer  joven,  escrupulosa  y  delicada.  Difícilmente 
podría  objetarse  el  gusto  ó  la  elección  en  los  cua- 
dros, bronces  y  libros  que  ocupaban  en  parte  es- 
tantes de  cortas  dimensiones,  colocados  en  los  dos 
ángulos  que  daban  á  la  galería;  reconocíase  al 
primer  golpe  de  vista  en  el  conjunto,  en  la  ar- 
monía y  distribución  de  los  detalles,  algo  seme- 
jante al  camarín  de  una  artista  de  talento  que  se 
ha  complacido  en  satisfacer  en  menor  escala  las 
exigencias  caprichosas  de  su  sentimiento  estético. 
No  todo  era,  sin  embargo,  profano  allí,  resaltando 
en  primera  línea  algunas  pinturas  magistrales  de 
la  escuela  italiana,  relativas  á  episodios  del  Evan- 
gelio, pasajes  de  la  Pasión  llenos  de  fuerza  y  co- 
lorido, de  un  mérito  notable,  cuya  posesión  podía 
explicarse  como  una  justa  recompensa  concedida 


246  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


á  la  creyente  fervorosa  que  ayudaba  siempre  á 
la  caridad  y  al  culto  con  dádivas  valiosas,  aun 
fuera  del  teatro  asignado  á  sus  bondades  y  mer- 
cedes. Aquellas  telas  habían  sido  enviadas  de 
Roma.  No  faltaban  el  devocionario  y  algún  otro 
libro  de  prácticas  de  iglesia,  en  el  atril  ó  facistol 
de  metal  dorado,  abiertos,  en  dos  descansos  de 
la  pulida  pirámide,  como  indicando  á  la  creyente 
sus  deberes  cotidianos  de  pensar  y  de  obrar  bien. 
Un  rosario  de  grandes  cuentas  de  marfil  con  la 
cruz  colgante  á  un  lado  del  facistol,  rodeaba  en 
varias  vueltas  un  volumen  reducido  de  tapas  de 
nácar  y  filetes  de  oro,  puesto  al  margen  de  las 
epístolas  de  San  Pablo. 

Era  en  este  retrete  solitario,  interesante  y  odo- 
rífero donde  veía  transcurrir  varias  de  sus  horas 
aquella  alma  singular,  llena  de  luces  y  sombras, 
mística  en  sus  prácticas  privadas,  noble  y  gene- 
rosa con  los  humildes  y  vergonzantes;  suspicaz, 
fría  y  severa  con  los  que  aspiraban  á  poseerla; 
rehacía  á  la  tiranía  de  ciertos  usos ;  contenta  en  su 
'altivez  dominante,  creyendo  que  ella  bastaría  á 
domeñar  la  rebelión  de  su  propia  carne  y  de  su 
sensibilidad  excitada,  el  día  en  que  su  corazón 
reclamara  herido  su  derecho  á  amar. 

Parecía  que  esta  víctima  inocente  del  orgullo 
hubiese  ya  protestado,  porque  la  joven  se  sentía 
triste  é  inquieta. 

Una  vez  en  el  gabinete,  sentóse  en  una  silla 
de  hamaca,  diciendo  á  su  sirvienta: 


BRENDA  247 


—  Advierte  á  Perea  que  puede  venir  ahora,  y 
ordena  se  prepare  el  cupé  para  las  seis. 

Pocos  momentos  habían  pasado,  cuando  apare- 
ció en  el  umbral,  comedido  y  respetuoso,  el  señor 
•don  Leoncio  Perea,  adniinistrador  de  los  bienes  de 
la  señorita  de  Linares,  de  levita  cruzada  y  mangas 
un  tanto  recogidas  hacia  el  codo,  como  hombre 
que  ejercita  con  sistema  el  brazo  en  el  pupitre ; 
cuellos  rígidos  acorazando  la  tráquea,  y  corbata 
negra  de  lazo  con  resorte.  Frisaba  este  sujeto  en 
los  sesenta  años,  seco,  acartonado  y  grave,  con 
ralos  cabellos  casi  blancos,  barba  de  hebras  cortas 
y  gruesas,  y  nariz  de  guadaña,  en  cuyo  extremo 
se  asentaban  firmes  sus  doblas  ojos,  cabalgando 
con  familiaridad,  como  si  en  rigor  formasen  parte 
integrante  de  su  fisonomía. 

—  ¿Me  trae  Vd.  el  apunte  de  las  últimas  dona- 
ciones?—  preguntó  Areba,  invitándolo  á  sentarse. 

—  Sí,  señorita.  Está  en  la  página  señalada  en 
ese  libro,  donde  todo  se  encuentra  fielmente  con- 
signado, ingresos  é  inversión,  por  orden  de  fechas. 

—  Sé  cuánto  es  Vd.  de  escrupuloso,  Perea,  — 
repuso  la  joven  paseando  por  los  números  una 
mirada  distraída. 

—  Cumplo  con  mi  deber. 

—  No  es  poco,  don  Leoncio.  Una  cierta  por- 
ción de  conciencia  en  administraciones  de  primera 
magnitud,  bastaría  á  salvar  el  decoro.  Toda  su 
conciencia  salvaría  el  crédito,  manteniendo  reser- 
vas en  la  caja. 

17 


248  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Mucho  me  favorece  Vd.,  señorita, — dijo  el 
digno  Perea,  emocionado ;  —  pero  son  muy  po- 
bres mis  aptitudes. 

—  Ricas,  al  contrario,  porque  la  austeridad 
nunca  descarría,  en  tanto  que  el  talento  abusa 
de  su  mérito,  ó  la  astucia  sin  cultura  se  apodera 
con  toda  sencillez  de  lo  ajeno,  en  épocas  anor- 
males. 

—  Entiendo.  La  señorita  habla  c  políticamente», 
en  que  los  dineros  públicos  se  van  en  mucha 
parte  por  conductos  particulares .... 

—  ¡Siento  placer  en  visar  esto,  Perea!  Me  hace 
creer  que  en  verdad  soy  buena. 

—  Todo  el  mundo  lo  dice. 

Areba  volvió  á  fijarse  con  indolencia  en  el  li- 
bro. Aparecían  en  él  sus  dádivas  á  los  meneste- 
rosos, partidas  asignadas  á  las  instituciones  de  be- 
neficencia, á  las  obras  de  templos  y  á  los  asilos 
de  huérfanos.  El  hospital  tenía  también  su  cuota 
reservada.  La  lista  era  larga  é  interesante,  sin 
echarse  en  ella  de  menos  dos  subvenciones  espe- 
ciales para  escuelas  privadas  infantiles  de  ambos 
sexos. 

La  señorita  de  Linares  cerró  al  fin  el  libro  y 
preguntó : 

—  ¿Quién  es  todo  el  mundo? 

Removióse  en  su  asiento  el  honrado  adminis- 
trador, tosiendo  un  poco  nervioso  y  levantando 
los  ojos  al  cielo  raso  en  actitud  de  recapitular 
concienzudamente.  En  seguida  contestó  algo  con- 
fuso : 


BBENDA  249 

—  Todas  las  gentes  honestas,  señorita. ;  ,  .don 
Jorge  el  boticario ;  —  Mollejón,  el  dueño  de  la  ta- 
labartería de  la  esquina; — Potrilla,  que  tiene  su 
comercio  de  lozas  y  cristales  en  la  calle  de  Cá- 
maras; —  ...  .Gavancho,  el  tendero  habilitado; — 
la  señora  Estefanía,  de  la  casa  de  modas  .... 
Hum.... 

Y  Perea  hizo  castañetear  los  dedos,  mirando  al 
suelo  en  procura  de  otros  nombres  rebeldes  á  la 
memoria. 

Areba,  en  cuyos  ojos  retozaba  la  risa  compri- 
mida, se  apresuró  á  decir: 

—  Creo,  don  Leoncio,  que  por  todos  esos  con- 
ductos vienen  á  casa  las  drogas,  monturas,  por- 
celanas, encajes,  blondas  y  vestidos ;  así  como  los 
votos  para  un  candidato  oficial  en  las  elecciones 
muchas  veces. 

—  Precisamente,  señorita ;  como  en  las  cosas 
de  gobierno,  que  son  tan  respetables  siempre .  .  . 

—  ¡  La  de  los  favorecidos !  —  repuso  la  joven 
como  hablando  consigo  misma  ;  —  ¡  grande  opi- 
nión y  valioso  mundo  el  de  los  traficantes,  que 
cambian  de  conciencia  por  lo  general,  cuando  se 
les  retira  el  favor!  La  verdadera  opinión  es 
la  de  aquellos  que  no  lo  reciben,  sin  incluir  á 
los  familiares.  El  mundo  tiene  más  egoísmos  y 
perversiones  que  virtudes,    Perea. 

El  administrador,  que  había  vuelto  á  mirar  sal 
techo,  aprobó  con  la  cabeza,  guardándose  bien 
de  desplegar  los  labios.   Se  sentía    atribulado. 


250  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¿No  ha  habido  hoy  reclamo  alguno  de  in- 
terés ? 

—  Dos  mendigos  se  presentaron,  señorita,  con 
carta  sospechosa,  é  hice  las  averiguaciones  pre- 
liminares, despidiéndolos,  á  fin  de  que  se  mu- 
niesen  de  otra  más  aceptable,  en  mérito  de  mis 
instrucciones  y  de  aquello  de  que,  á  la  sombra 
de  la  manquera  fingida  y  de  la  llaga  falsa,  an- 
dan los  brazos  ladrones  y  la  salud  borracha. 

—  Procedió  Vd.  bien,  Perea.  Ha  de  mediar  ra- 
zón para  obtener  gracia  ó  prebenda;  que  en 
estos  países  se  asientan  mejor  los  vicios  y  de- 
fectos de  otros,  que  las  virtudes  propias.  Hay 
muchos  de  esos  lisiados  fingidos  que  llegan  á 
manejar  arcas  mayores,  en  otro  orden  de  cosas, 
por  obra   de    milagro. 

—  Alguna  nueva  tengo  á  más  que  revelar, 
señorita.  Me  consta  por  informes  oficiosos,  que 
Cario  Roveda,  el  viejo  siciliano  á  quien  la  se- 
ñorita favoreció  con  la  sumaca  Madrépora,  se 
encuentra  muy  enfermo  desde  su  último  viaje  á 
Maldonado.  Como  sé  cuánto  él  la  estima  y  res- 
peta, consigno   la    noticia .... 

—  ¡Pobre  el  viejecito!  ¿Es  muy  grave  su  do- 
lencia ? 

—  Parece  que  asumió  carácter  alarmante, 
cuando  él  supo  que  su  hija  se  había  ido. 

—  ¿La  linda  Cantarela  ha  abandonado  á  su 
padre  ?  ¡  Oh,  qué  triste  es  eso !  ¿  Está  Vd.  bien 
informado,  D.  Leoncio?  Me  apena  Vd.  con  esa 
nueva. 


BRENDA  251 


—  Más  lo  estoy  yo,  señorita,  por  haber  dado 
motivo  á  ese  disgusto,  —  dijo  el  señor  Perea,  ha- 
ciendo estremecer,  al  hablar,  las  gafas  en  su 
nariz.  —  Del  hecho  no  tengo  duda. 

Guardó  Areba  silencio^  esparciéndose  por  su 
rostro  una  impresión  de  pesar.  Después  dijo  pen- 
sativa: 

—  No  obstante,  pasará  Vd.  por  allí,  y  me 
traerá  datos  circunstanciados  de  todo  lo  que 
haya  pasado  y  ocurra  por  el  momento.  Deseo 
enterarme  bien,  D.  Leoncio,  y  Vd.  debe  poner  el 
mayor  empeño  en  la  averiguación  del  asunto. 

—  La  señorita  será   complacida. 

—  Quiero  que  sea  hoy   mismo,.. 
El  señor  Perea  Se    inclinó. 

—  ¡Una  historia  oscura!  Cuando  una  menos 
piensa  sufre  desencantos,  Perea,  y  en  la  aflicción 
por  lo  ajeno  no  hay  tiempo  para  afligirse  por  lo 
propio.   I  Quién  diría  de  Cantarela  I 

—  Nadie  hubiera  pensado  mal,  —  repuso  aquél 
compungiendo,  el   semblante  afilado  y  rugoso. 

—  Vd.  nunca  se  casó,  D.  Leoncio .... 

—  Libre  quedé  por  mala  suerte,  señorita',  —  dijo 
el  administrador,  abriendo  con  asombro  sus  ojillos 
claros  y  apacibles. 

—  Ó  por  buena  quizás,  —  replicó  Areba  con 
un  suspiro  y  columpiándose  en  su  asiento,  —  que 
sólo  una  elección  certera  hace  la  felicidad  y  la 
conserva.  Vd.  debió  tener  un  buen  golpe  de  vista, 

.Perea,  en  sus  mocedades. . . . 


252  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Sacudió  D.  Leoncio  sus  escasos  cabellos,  aso- 
mando una  fina  sonrisa  á  su  boca  pequeña  y 
fruncida,  y   contestó  con    seriedad: 

— No  lo  creería  la  señorita;  pero  la  única  vez 
que  tenté  fortuna,  un  hombre  ojizaino  fué  más 
dichoso  entrometiéndose  á  destiempo. 

Miróle  un  instante  Areba  con  atención,  y  lanzó 
una  carcajada  vibrante  y  sonora,  que  puso  en 
conflicto  la  circunspecta  gravedad  del  intendente, 
á  pesar  de  serle  conocidas  las  genialidades  de 
la  joven. 

Moderóse  ella  bien  pronto,  volviendo  á  su  ac- 
titud melancólica;  en  tanto  D.  'Leoncio  pasaba 
delicadamente  un  pañuelo  de  seda  por  debajo 
de  su  nariz,  un  poco  moteada  en  sus  fosas  por 
el  rapé  y  coloreada  por  la  rinalgia. 

La  señorita  está  hoy  en  vena  de  chancearse, 
—  pensó  él;  —  pero,  yo  mucho  me  engaño,  ó  ella 
no  es  la  misma  de  hace  un    mes. 

—  Quiero  dejar  que  Vd.  aproveche  sus  horas, 
Perea,  —  dijo  Areba.  —  No  olvide  las  instrucciones 
recibidas,  y  lo  mucho  que  me  interesa  el  resul- 
tado de  sus  pesquisas. 

D.  Leoncio  hizo  un  ademán  de  seguridad, 
prometiendo  el  más  estricto  cumplimiento,  y  una 
respetuosa  reverencia;  retirándose  luego  con  el 
paso  medido  y  cuidadoso  de  aquel  cuyas  pier- 
nas ya  fiaquean,  inflando  los  faldones  de  la  levita 
en  las  corvas  con  rítmico  movimiento. 

Abstrajese  nuevamente  la  joven    en  sus  ante- 


BRENDA  253 


riores  meditaciones,  tratando  de  estimar  el  grado 
de  ansiedad  que  en  el  ánimo  del  Dr.  de  Se- 
lis  había  producido,  á  no  dudarlo,  lo  abstruso 
del  secreto;  y  lo  que  era  aún  más  importante, 
él  del  rigor  de  las  consecuencias  que  su  reve- 
lación podía  originar  en  el  período  álgido  de 
los  envidiados  amores.  Esto  la  preocupaba  se- 
riamente. Una  vez  rotos  los  vínculos  de  la  sim- 
patía, ¿quién  podría  reanudarlos,  si  el  obstáculo 
€ra  incontrastable  ?  Partida  la  roca  por  un  golpe 
eléctrico,  sus  bordes  ya  no  se  unen  jamás,  y 
poco  á  poco  se  deslíe  el  volumen  en  arena  al 
embate  eterno  de  las  olas.  Debía,  pues,  sobrevenir 
la  separación  imprevista  y  el  alejamiento  nostál- 
gico y  cruel. 

De  las  ruinas  hace  la  historia  edificios;  una 
obra  de  arte  se  reconstruye  si  de  ella  quedan  los  es- 
combros y  en  la  tradición  flotando  el  pensamiento 
del  artífice,  creador  y  perdurable;  el  lienzo  ajado 
y  descolorido  en  que  se  vislumbra  apenas  una 
imagen  de  pincel  maestro,  resucita  en  la  mente 
admirada  con  doble  vigor,  si  en  sus  rasgos  prin- 
cipales no  ha  dejado  impresa  su  injuria  el  tiempo; 
con  la  estatua  de  mármol  mutilada  que  se  arranca 
del  seno  de  la  tierra,  renace  entera  y  grandiosa 
la  inspiración  de  una  época ;  la  momia  se  preserva 
intacta,  vieja  de  tres  mil  años;  y  recrudece  cada 
día  el  dolor  de  Laocoon,  tan  acerbo  y  profundo 
como  antes  lo  imaginaron .  .  . 

Pero,  una  gran  pasión  que  deriva    y    escolla. 


254  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


¿quién  puede  volverla  á  arraigar  y  robustecer? 
Hay  algo  que  no  se  rehace,  ni  revive,  y  eso 
es  una  ilusión  perdida.  Recuerdos  sólo  quedan 
luego  que  la  memoria  alumbra  con  su  luz  sin 
calor  ni  brillo,  y  destaca  como  siluetas  informes 
entre  la  niebla  del  pasado. 

Sonreíase  Areba  al  dar  vuelo  á  su  imaginación^ 
y  hundíase  más  y  más  en  devaneos  ardientes^ 
cuando  el  reloj  dio  las  cuatro.  Levantó  la  joven  su 
cabeza  y  dispúsose  á  llamar ;  pero  en  ese  instante 
previno  su  intención  la  sirvienta,  quien  apareciendo^ 
en  la  puerta,-  dijo  con  voz  tranquila  y  sonora: 

—  El  caballero  Raúl  Henares. 

Volvióse  Areba  con  viveza,  como  si  hubiera 
oído  mal,  y  poniéndose  de  pie,  preguntó,  sofo- 
cando su  emoción: 

—  £  Quién? 
Repitiósele  el  anuncio. 

—  Que  pase,  —  contestó  con  acento  trémulo. 
Se  fué  acercando    luego  á  pasos   lentos,  y  la 

mano  en  el  seno,  al  espejo  ovalado  que  adornaba 
la  pared  del  fondo.  Hallóse  pálida  en  extremo. 
Sentía  confusión  en  la  mente  y  violentos  latidos 
en  el  pecho. 

Es  preciso  componer  este  semblante,  —  se  dijo; 
—  nunca  sufrí  tal  fuga  de  colores.  ¡Ah!....  lo 
inesperado  me  enflaquece  el  ánimo;  pero  ya  pa- 
sará, señor  Henares .... 

Momentos  después,  con  la  cabeza  inclinada  lige- 
ramente á  un  lado  y  un  aire  lleno  de  dignidad» 
Areba  se  dirigía  al  salón  de  recibo. 


BREN]>A  255 


XX 


LA   HIÉL  DEL  PECADO 


Zelmar  Baíil  había  estado  .varias  veces  en  la 
solitaria  casa  de  la  ribera,  que  servia  de  refugio 
á  Cantarela,  después  de  la  entrevista  que  cono- 
cemos. A  pesar  de  todo,  íbase  entibiando  su 
afecto  en  el  mismo  grado  en  que  aumentaba  el 
de  la  joven.  Comprendíalo  ella  así  con  ese  ins- 
tinto certero  que  la  pasión  ardiente  y  tenaz  so- 
brexcita y  aguza  en  la  mujer,  y  la  predispone 
á  nuevos  esfuerzos,  á  otros  halagos  más  seduc- 
tores, y  acaso  á  mayores  sacrificios,  que  acepta 
y  consuma  resignada  con  tal  de  que  no  se 
evaporq  el  entusiasmo  primero  por  completo,  ó 
se  extinga  la  luz  consoladora  del  amor.  En  este 
desasosiego  triste,  el  corazón  que  se  ha  dado 
todo  entero,  sin  reservar  un  solo  latido  para  un 
afecto  extraño  al  que  lo  absorbe,  no  se  explica 
cómo  pueda  exigírsele  más,  ni  encuentra  en  su 
angustia  acerba  el  secreto  de  hacerse  más  grande, 
más  cariñoso,  y  más  avasallador.  |  Todos  los  va- 
sos están  llenos  de  pasión  y  desbordan! 


256  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Y  ella,  con  el  fuego  de  la  juventud  y  el  vi- 
gor de  las  primeras  sensaciones,  había  exagerado 
su  cariño  hasta  el  punto  de  pensar  á  cada 
momento  y  de  soñar  siempre  con  él,  como  si 
nada  existiese  en  el  mundo  fuera  de  ese  culto 
sincero  é  inefable.  ¡  Cuánto  debía,  pues,  dolerle 
el  menor  síntoma  de  frialdad  ó  de  hastío  de  su 
parte!  Algunos  había  notado  con  pena  indeci- 
ble; y  por  primera  vez,  quizás,  meditó  sobre  la 
fragrilidad  de  su  suerte.  Al  acordarse  de  su  pa- 
dre, parecióle  que  ella  no  merecía  su  gracia;  y 
halló  entonces  que  aquélla  sería  muy  negra  y 
cruel,  el  día  en  que  se  retorciera  desesperado  su 
pobre  corazón. 

Trajo  á  la  memoria  otros  días  serenos.  Aque- 
llos en  que  aguardaba  á  su  padre,  pensativa  é 
inmóvil  al  caer  de  las  tardes,  sobre  las  peñas,  mi- 
rando el  mar  y  las  blancas  lonas  de  las  barcas 
que  cruzaban  á  lo  lejos  hinchadas  por  la  brisa, 
como  gprandes  aves  heridas  en  el  ala  que  levan- 
tasen su  extremo  hacia  el  cielo  flotando  á  mer- 
ced de   las    corrientes. 

Por  entonces,  los  pescadores  creían  que  ella 
empezaba  á  querer  á  Gerardo ;  y  al  levantar  sus 
redes,  se  decían: 

—  ¡  La  playa  está  muda  desde  que  él  se  fué ! 

Parecía,  en  verdad,  que  le  fuera  dulce,  —  suelta 
la  trenza  é  inclinado  el  dorso,  aspirando  el 
alisio,  —  el  poner  sus  ojos  allá  en  el  punto  del 
horizonte  en  donde  se    escondió    la    vela.    Una 


BRENDA  257 


vez  dio  á  Gerardo  una  ancla  pequeña  de  acero, 
para  que  la  llevase  prendida    en    la    gorra. 

—  I  Lo  quiere !  —  pensaron  sus  compañeros. 

Y  muchos  días  después,  observaron  que  eran 
menos  frecuentes  sus  risas  juguetonas,  y  sus 
visitas  á  las  rocas  para  escuchar  como  de  cos- 
tumbre el  canto  de  los  pescadores,  cuando,  re- 
cogidas las  redajas,  se  reunían  en  la  orilla,  con 
las  pipas  en  las  manos,  al  rayo  de  la  luna,  á 
endulzar  en  armonioso  coro  la  hora  del  descanso. 
Coincidían  estas  faltas  con  las  ausencias  de  Ro- 
veda  y  de  Gerardo. 

¡  Es  porque  él  no  está!  — murmuraban  sus  ami- 
gos. 

Sin  embargo,  un  día  Marcelo  dijo :  —  ¡  Creo  que 
algún  buzo  anda  detrás  de  la  coralina !  —  Otro  de 
los  pescadores  agregó  datos  acusadores  sobre  la 
conducta  de  Cantarela.  La  sospecha  empezó  á 
invadir  los  ánimos,  á  divulgarse,  y  á  empañar  á 
la  joven. 

Ella  notó,  por  fin,  que  la  acogían  con  preven- 
ción, y  más  de  una  vez  tuvo  que  sufrir  humi- 
llantes desdenes.  La  atmósfera  del  barrio  se  ha- 
bía hecho  casi  irrespirable:  en  cada  rostro,  un 
gesto  de  reproche,  y  en  cada  boca,  una  frase 
amarga.  Sus  horas  discurrían  solitarias,  saturadas 
de  acritud  y  llenas  de  fantasmas.  La  oscuridad 
del  aislamiento,  á  solas  con  su  Virgen,  —  á  quien 
ya  no  elevaba  por  los  que  andaban  en  la  mar  sus 
plegarias  fervorosas,  —  abría  las  puertas  al  genio 


258  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


de  la  tentación,  que  concluía  por  vencer  las  dudas. 
j  Cómo  latía  con  fuerza  su  pecho,  y  qué  ensueños 
tan  blancos  la  arrullaban  al  dormirse!  Olvidábase 
de  todo.  En  tanto  hacíase  en  los  hogares  humilde 
comentario  de  la  caída,  se  hincaba  el  diente  en  su 
deshonra  y  se  esparcía  cal  sobre  los  pobres  amo- 
res de  Gerardo. 

Y  los  días  pasaron,  y  con  ellos  las  resistencias 
del  pudor 

Una  tarde  decidió  alejarse,  para  no  volver.  Así 
mismo  la  persiguieron  las  miradas  de  desprecio; 
pero  ¿  qué  importaban  ?  Ella  se  creía  feliz. 

Ahora  que  una  convicción  amarga  penetrando 
su  espíritu  la  hacía  echar  de  menos  en  su  amante 
el  entusiasmo  de  los  primeros  tiempos,  y  la  arras- 
traba á  abismamientos  dolorosos,  sentíase  débil 
ante  esa  nube  de  recuerdos. 

¡El  amor!  ¡Cuánto  cuidado  exquisito  en  su  cre- 
cimiento noble,  y  cuánta  ternura  en  su  período 
álgido,  para  verlo  desaparecer  á  un  solo  golpe! 

Mansa  y  cariñosa  recibe  el  agua  del  mar  la 
altiva  y  ligera  nave  que  se  confía  valiente  al 
viento  y  á  la  aventura;  obra  de  lenta  labor  y 
de  ímprobos  esfuerzos,  que  lleva  al  frente  un 
símbolo  de  fe  y  al  costado  el  áncora  de  la  es- 
peranza; pero  surge  de  improviso  la  ola  for- 
midable que  enturbia  el  transparente  espejo,  y 
disipa  su  azul  de  ilusión ;  y  la  nave  arrojada  á 
los  cantiles  choca  y  se  sumerge,  llevando  espe- 
ranza y  fe  al  fondo  del  piélago  bravio. 


BRENDA  259 


Pausa,  y  no  enfriamiento  de  pasión;  tregua 
breve  y  necesaria  era  sí  la  que  hacía  Cantarela 
á  sus  afanes,  lastimada  por  los  signos  de  indife- 
rencia de  su  amante.  En  ese  intervalo  lúcido  y 
tranquilo  sintió  los  torcedores  del  pesar,  al  agol- 
parse tumultuosas  las  memorias  queridas;  mas, 
muy  pronto  volvió  á  imponerse  el  profundo  afecto, 
y  borró  todo  remordimiento,  á  impulsos  de  los 
celos,  el  monstruo  que  el  gran  poeta  inglés  pinta 
de  verdes  ojos  y  productor  del  alimento  de  que 
él  mismo  se  nutre. 

El  deseo  durable  y  violento  exaltóse  aún  más 
con  el  aguijón  inesperado.  Ocurriósele  recién  á 
ella  que  Zelmar  no  era  un  oscuro  barquero,  sin 
otros  horizontes  que  aquel  en  que  el  cielo  parece 
unirse  á  las  aguas;  y  lloró  al  pensar  cuántas 
mujeres  lindas  lo  querrían,  ofreciéndole  halagos 
y  ternezas  que  ella  no  podía  brindarle .... 

No  fué  ahora  él,  como  otras  veces,  el  que  sec6 
sus  lágrrímas,  ardientes  y  copiosas,  sino  el  enojo 
del  celo,  concentrado  y  siniestro.  Por  vez  pri- 
mera se  quejó  á  solas  de  un  dolor  desconocido, 
punzante,  agudo,  cual  si  hiriesen  á  mansalva  su 
entraña  más  noble  de  improviso  robándole  la 
quietud  y  el  sueño.  No  de  otra  manera  la  aguja 
de  acero  sepultada  en  las  carnes,  fina  y  sutil, 
que  camina  errante  por  el  cuerpo  á  través  de  los 
tejidos,  llega  á  hincarse  de  repente  en  fibra  vi- 
brante y  demasiado  sensible  arrancando  un  grito 
de  dolor. 


260  E.  ACEVEDO  DÍiZ 


Bajo  la  influencia  de  tales  torturas  morales  se 
encontraba  una  noche  Cantarela,  en  el  pequeño 
aposento  cuya  ventana  daba  á  la  costa.  Tres  días 
hacía  que  no  veía  á  Zelmar;  y  si  bien  esto  no 
podía  causarla  extrañeza,  dada  la  conducta  ob- 
servada siempre  por  su  amante,  en  esta  ocasión 
acrecentábase  su  angustia  con  la  doble  nueva 
del  viaje  proyectado  y  de  la  enfermedad  de  Ro- 
veda. 

El  aposento  estaba  en  tinieblas.  Por  la  ventana 
abierta  penetraban  agradables  ráfagas ,  de  brisa 
de  la  ribera;  y  un  rayo  de  luna  hería  el  sem- 
blante de  la  joven. 

Muy  cerca,  de  pie  y  con  los  brazos  cruzados, 
dibujábase  la  figura  de  la  suave  y  meliflua  Ger- 
trudis, menos  antipática  en  la  sombra,  que  velaba 
discretamente  sus  verdugones  y  alifafes,  á  la  vez 
que  la  expresión  cínica  de  su  rostro  convertido 
en  máscara  por  el  colorete. 

Hacía  momentos  que  conversaban,  algo  de  in- 
terés á  juzgar  por  la  actitud  de  Cantarela,  en 
cuyo  ánimo  parecían  sucederse  las  emociones 
violentas  con  un  rigor  implacable. 

Rompiendo  el  silencio  que  por  un  instante  ha- 
bía guardado,  la  joven  preguntó: 

—  ¿Decía  Vd.  que  el  mal  no  era  grave? 

—  Eso  me  aseguraron,  hija  mía.  No  tienes  por- 
qué afligirte  tanto,  pues  se  le  asiste  con  mucho 
esmero.  Nada  le  falta.  Ayer  de  tarde  estuvo  el 
señor  Perea,  que  tú  conoces,  en  casa  del  patrón 


BRENDA  261 


Cario,  y  prometió   todo    género   de   recursos    en 
nombre  de  la  señorita  de  Linares. 

—  Sin  embargo,  yo  debo  ir.  .  .  . 

—  ¡Imprudencia!  ¿Con  qué  objeto,  niña?  Las 
cosas  están  tirantes,  y  podrías  ocasionar  algún 
disgusto  serio  que  alcanzase  de  veras  á  todos 
los  que  por  tí  se  interesan.  Reflexiona  que  no 
te  perteneces,  y  que  tu  conducta  tendría  que  de- 
sagradar tal  vez  al  caballero  Bafil,  cuya  gene- 
rosidad supera  á  la  misma  ponderación ....  Lo 
demás,  en  último  resultado,  ha  de  ser  satisfac- 
torio, sin  necesidad  de  que  tú  vayas.  Advierte 
también  que  en  el  barrio  hay  ojeriza,  que  sus  gen- 
tes te  tienen  hincha  y  todavía  te  muerden  con 
envidia,  como  era  de  colegirse  una  vez  que  te 
apartases  de  la  atmósfera  de  vapores  de  pescado 
en  que  ellas  viven. 

Cantarela  movió  la  cabeza  colérica. 

—  No  me  hacía  Vd.  esas  observaciones  cuando 
iba  en  mi  busca.  .  .  . 

—  Cierto  que  no.  Pero  nunca  fué  innoble  el  ofi- 
cio de  obviar  dificultades  entre  dos  que  se  quie- 
ren ;  y  en  obsequio  á  eso,  natural  era  que  yo  sólo 
consultase  tus  deseos  y  los  de  aquel  rico  señor 
que  se  consumía  por  poseerte  sin  tener  en  cuenta 
lo  que  barruntase  la  tribu  de  barqueros.  Así  su- 
cedió que  te  decidiste  á  cambiar  de  condición, 
prefiriendo  con  buen  gusto  y  mejor  juicio  un  do- 
micilio por  otro,  que  allí  los  peces  muertos  úni- 
camente abundaban,  y  aquí  relumbraba  lo  bueno, 


262  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


y  las  monedas  excedían  á  los  peces  en  cantidad 
respetable,  por  obra  del  cariño,  que  no  de  las  ma- 
nos, sin  privaciones  ni  sudores;  pues  el  beso  amo- 
roso, hija  mía,  vale  más  cuando  gana  corazón  y 
bolsa,  que  el  trabajo  triste  y  duro  de  arrancar 
agallas  y  tejer  redes,  en  veinte  años. 

La  joven  la  miró  con  desprecio.  Después,  apo- 
yando la  barba  en  la  mano,  dijo  irritada : 

—  El  amor  me  arrastró  hasta  aquí,  no  el  in- 
terés. ¡Honrado  trabajo  el  suyo:  traficar  con  co- 
razones! Parece  que  hubiese  sido  el  de  toda 
su  vida ;  y  bien  sé  que  de  este  comercio  ha  sa- 
cado Vd.  lucro.  Si  fuera  Vd.  madre,  quizás  la 
hija  antes  de  nacer  se  enviciara  en  sus  entrañas ; 
y  al  ver  la  luz  mamara  ya  el  secreto  de  per- 
derse. 

Gertrudis  secóse  el  sudor  sofocada,  y  reprimién- 
dose, repuso  con  acento  hipócrita  y  meloso: 

—  No  hay  que  envenenarse  la  sangre,  hija  mía, 
por  palabras  dichas  sin  intención  de  ofender; 
pues  no  puedo  olvidar  que  te  debo  merecimien- 
tos y  agasajos,  por  estima  y  por  gratitud.  Es 
preciso  que  te  reportes,  porque  unas  más  que 
■otras  en  el  mundo,  somos  víctimas  de  nuestras 
mismas  debilidades,  y  á  nadie  enrostrar  las 
suyas  podemos  sin  que  sintamos  á  la  vez  que 
se  nos  sube  la  culebra  á  la  garganta  y  nos 
muerde  en  la  lengua .... 

Levantóse  Cantarela  con  ímpetu,  y  fuese  en 
silencio,  sin  mirarla.  Sufría  un  gran  dolor. 


BRENDA  263 

Sin  detenerse  ni  volver  el  semblante,  con  las 
sienes  ardiendo  y  el  ademán  convulsivo,  alargó 
el  brazo,  señalándola  la  puerta. 

Una  vez  en  la  pieza  cercana,  en  donde  ardía 
á  medias  una  lámpara,  cambióse  llorando,  sus 
zapatos  por  otros ;  cubrióse  en  parte  la  cabeza  y 
cuello  con  una  manta  ligera;  deslizó  de  uno  de 
sus  dedos,  sobre  la  mesa,  un  anillo,  recuerdo  de 
Zelmar;  y  enjugándose  el  llanto,  salió  resuelta- 
mente á  la  calle. 

El  sereno  cantaba  las  once  con  voz  llena  y 
robusta,  en  la  acera,  haciendo  oscilar  en  el  pavi- 
mento el  vivo  chorro  de  luz  de  su  linterna.  Junto 
á  él  pasó  Cantarela  veloz  como  una  sombra. 

El  guardián  nocturno  volvió  la  cabeza,  alum- 
brándola por  detrás;  compúsose  la  garganta  y 
murmuró : 

—  ¡  Buena  estampa  y  malos  pasos ! 

Oyóle  ella,  pero  siguió  su  camino  impasible. 
Se  iba  acostumbrando  á  las  palabras  duras  y  á 
los  improperios  hirientes,  ya  sin  fuerzas  para  co- 
honestarlos. ¡  Cuántas  cosas  sombrías  en  su  pobre 
cerebro !  Caminaba  bajo  una  excitación  profunda, 
atropellándose,  tropezando  con  las  piedras,  do- 
blando las  rodillas  en  cada  desnivel  del  afirmado, 
estremeciéndose  ante  las  sombras  sospechosas  y 
al  escuchar  el  escarceo  de  las  olas  en  las  toscas, 
que  parecían  hablarla  de  una  historia  reciente  con 
su  música  extraña.  Sus  penas  de  amor,  el  deber 
filial,  el  aprecio  perdido,  todo  esto  abatía  el  vi- 

18 


» 

264  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


gor  de  su  temperamento  en  aquella  hora,  re- 
tratando en  su  mente  las  imágenes  de  un  hombre 
que  no  era  ya  todo  de  ella,  de  un  anciano  en- 
fermo cuyo  nombre  mancillaba,  y  de  otros  se- 
res que  la  quisieron  pura,  y  que  ahora  ni  el  re- 
cuerdo de  esa  pureza  conservarían.  Había  sido 
desterrada  tal  vez,  de  toda  memoria.  Así  como 
uno  que  ha  muerto  ignorado,  tras  de  una  vida 
infame,  sin  dejar  dos  ojos  que  le  lloren.  Y  en 
esta  exageración  de  su  dolor,  la  joven  se  detenía 
temblando,  volvía  sobre  sus  pasos,  y  tornaba  á 
andar  agitada,  con  más  fiebre,  comprimiendo  sus 
suspiros,  y  sintiendo  que  allá  en  el  fondo  de  su 
alnm  parecía  formarse  un  vacío  más  grande  que 
la  inmensidad  de  la  noche .... 

Más  pronto  de  lo  que  ella  creía,  llegó  á  la 
casa  del  viejo  pescador.  De  la  puerta  entreabierta 
salía  alguna  claridad.  Dos  hombres  estaban  junto 
á  ella,  en  la  vereda,  apoyados  en  la  pared,  fu- 
mando en  silencio  y  sosiego.  Pronto  reconoció 
Cantarela  en  ellos  á  Marcelo  y  Carolo,  y  se  de- 
tuvo á  pocos  pasos,  emocionada  é  indecisa.  Pa- 
reciéronla sus  siluetas  las  de  dos  espectros  mu- 
dos, lúgubres  y  amenazadores,  envueltas  en  una 
humaza  espesa  y  fantástica.  Gruñó  un  perro  de 
aguas  allí  cerca  tendido,  dando  con  la  cola  en 
la  piedra. 

Marcelo  se  adelantó,  cogiéndole  por  una  oreja 
con  suavidad,  y  diciendo  con  la  pipa  en  la  boca : 

—  ¡No  hay  que  gruñir  á  la  señora.  Bagre! 
Pronto  olvidas  los  respetos. 


BKEin>A  265 

—  Buenas  noches .... 

—  j  Las  dé  Dios ! 

Carolo  mordió  su  pipa,  mirando  á  la  coeta,  sin 
moverse,  la  gorra  caída  sobre  la  sien,  y  añadió 
con  acento  frío  y  sarcástico: 

—  El  cielo  la  acompañe,  aunque  ya  no  es  hora 
de  bordejear. 

Cantarela  avanzó  hasta  el  umbral,  temblando, 
y  se  detuvo  de  nuevo. 

—  ¿Por  qué  no  entras?  — preguntó  Márcelo,  vol- 
viéndose, con  voz  ruda  —  ¡  Ahí  está ! . . . 

—  Sí,  pues,  —  argüyó  Carolo  arrojando  una  bo- 
canada de  humo,  y  dirigiendo  su  vista  de  soslayo 
á  la  joven.  —  Nadie  la  priva  de  entrar. 

—  ¡Parece  que  te  comiera  un  gusano  el  corazón! 
Ella  dio  unos  pasos  maquinalmente,  lastimada 

y  llorosa;  y  vióse  en  la  pieza  de  las  redes,  que 
tan  bien  conocía. 

La  vela  de  la  imagen  estaba  encendida,  y  rei- 
naba en  el  interior  un  profundo  silencio. 

A  su  entrada,  un  hombre  se  levantó  de  la 
banqueta  de  un  extremo,  con  los  brazos  sobre 
el  pecho.  Tenía  el  semblante  color  de  bronce, 
ajado  y  marchito,  sin  duda  por  los  insomnios; 
el  pelo  largo  y  negro  abierto  al  frente,  cayéndole 
con  descuido  por  detrás  de  las  orejas;  y  la  es- 
tatura elevada,  de  formas  vigorosas  y  fornidas, 
apenas  encubiertas  por  un  pantalón  de  hilo  crudo, 
una  camiseta  á  cuadros  de  algodón,  una  faja 
solferino  y   unas   botas  fuertes   á  media  pierna. 


266  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


á  propósito  para  andar  sobre  el  guijarro  y  la 
conchilla.  Un  pañuelo  de  seda  plomizo  anudado 
al  cuello,  y  formando  triángulo  sobre  su  dorso, 
escapular  de  atleta,  completaba  su  traje  tosco  de 
labor,  sin  colores  vivos  ni  fútiles  adornos. 

Este  hombre  miró  á  Cantarela  con  aire  huraño, 
retraído  y  taciturno,  y  la  barba  clavada  en  el 
pecho,  que  oprimía  con  sus  dos  brazos  musculo- 
sos. Ella  dejó  caer  la  manta  á  la  espalda,  ele- 
vando trémula  la  mano  y  volviendo  despacio  á 
un  lado  la  cabeza,  para  fijar  sin  brillo  sus  ojos 
en  el  suelo. 

La  había  concluido  de  imponer  aquella  figura 
apuesta  y  bizarra,  en  cuyas  facciones  viriles  pa- 
recían haber  dejado  burilada  una  dureza  salvaje, 
las  peleas  oscuras  y  heroicas  con  el  huracán  y  las 
olas.  Cantarela  sufrió  una  impresión  de  miedo  y 
dijo  al  fin,  balbuciente: 

—  ¿Puedo  verlo,  Gerardo? 

El  pescador  irguió  la  cabeza  lentamente  al  eco 
de  aquella  voz  llena  de  ruego ;  y  observó  recién 
quizás,  que  el  hermoso  rostro  de  quien  le  hablaba 
tenía  un  color  terroso,  el  párpado  caído,  el  mirar 
vago  y  los  labios  secos. 

La  puerta  de  la  habitación  del  enfermo  estaba 
entornada ;  y  en  ese  instante  podíase  percibir  un 
leve  murmullo  de  voces  de  personas  que  conver- 
saran muy  bajo,  como  evitando  perturbar  el  sueño 
del  paciente.  Estos  diálogos  cortados  y  monóto- 
nos en  la  penumbra,  junto  al  lecho  de  un  enfermo 


BRENDA  267 


grave,  sugeridos  por  Ja  duda,  la  impaciencia  ó 
el  afán  oficioso  de  los  extraños,  transformados 
en  medicastros  infalibles,  que  remedan  letanías 
de  misa  de  alba,  y  se  susurran  al  oído  entre 
suspiros  de  ansiedad  y  presentimientos  fúnebres, 
llenando  la  pobre  atmósfera  del  doliente  con 
alientos  y  bostezos  interminables,  ruidos  de  fal- 
das inquietas  y  toses  importunas,  á  la  par  que 
se  concentran  en  su  semblante  desencajado,  mi- 
radas repetidas  y  fastidiosas  que  parecen  anun- 
ciarle que  ninguno  daría  por  su  vida  ni  una  he- 
bra de  cabello ;  todos  aquellos  misteriosos  rumo- 
res, anticipos  á  veces  de  rezos  agonizantes  ó 
preludios  de  la  hora  final,  indicaron  á  Cantarela 
que  allí  había  comadres  del  barrio,  aplicando 
acaso  al  envés  las  recetas  científicas  ó  discutiendo 
la  competencia  del  facultativo  con  una  formalidad 
cómica  é  irritante. 

Si  bien  el  estado  de  su  espíritu  no  la  permitía 
este  género  de  apreciaciones,  bastóle  saber  que 
eran  manos  extrañas  y  cuidados  ajenos  los  que 
atendían  á  su  padre,  para  sentir  que  su  sangre 
afluía  con  mayor  violencia  sofocándole  el  corazón 
y  golpeándole  en  las  sienes,  en  medio  de  sordos 
zumbidos  y  contracciones  musculares. 

Cuando  volvió  á  elevar  sus  ojos  hacia  Gerardo, 
todo  su  cuerpo  se  estremecía  como  una  caña.  Ha- 
bía en  su  cara  una  sombra  de  desvarío. 

—  Duerme,  —  contestó  secamente  el  pescador. 

—  No  importa. . .  .  Esperaré  á  su  lado  que  des- 
pierte. 


268  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  A  tu  vista  su  mal  se  aumentará. 

—  Verás  que  no ....  ¡  Por  esa  Virgen  adorada ! 

—  Ya  no  alcanza  á  ella  tu  ruego.  El  patróa 
Cario  dice  que  tú  nunca  lo  has  querido. 

—  ¿Eso  dijo?....  ¡Oh,  no  I  Si  no  lo  quisiera 
tanto  no  habría  yo  venido  llorando  con  una  gran 
puntada  aquí  en  el  pecho ....  Si  cometí  delito  era 
aparte  de  amarlo  siempre,  porque  no  fui  jamás 
perversa,  que  yo  quise  con  mi  ventura  la  de 
él 

—  ¡Dichosa  te  crees! 

—  En  mi  misma  desgracia.  ¡Pobre  de  mí!. .  . . 
— Verdad.  Aquellos  días  serenos  de  las  playas 

eran  menos  felices,  porque  para  serlo  tú  era  pre- 
ciso que  perdieses  el  rubor,  de  modo  que  no  lim- 
piase tu  alma  toda  la  sal  de  las  aguas. 

—  No  reproches  la  pérdida  de  lo  que  nunca  fué 
tuyo,  que  ese  derecho  es  sólo  de  mi  padre   .  . . 

—  Nunca  cae  por  el  anzuelo  sino  manjar  bueno 
para  el  plato  de  los  ricos.  . .  ¡te  han  gustado  bien ! 
¡Y  tienda  uno  la  red  corvinera  con  confianza  para 
atraer  el  cardumen,  mientras  escoge  la  mejor  presa 
el  tiburón  que  nadie  espera,  y  por  casualidad  viene 
allá  por  el  cabo,  rompiendo  la  malla  y  dando  el 
chapuz!   ¡Buena  pesca,  por  el  infierno!  .  .  . 

Y  el  marinero  levantó  crispado  el  puño,  con 
un  gesto  de  ira  y  de  desprecio. 

Cantarela  lanzó  un  grito. 

Momentos  antes,  en  la  habitación  del  enfermo, 
tres  mujeres  allí  reunidas,  esmeradas  y  diligen- 


BRENDA  269 


tes,  después  de  abrigar  los  pies  de  Roveda  y 
arreglarle  la  almohada,  releían  una  receta  que 
llevaba  al  pie  la  firma  del  doctor  de  Selis,  cre- 
yendo entenderla  á  la  perfección  á  la  luz  de 
una  mariposa;  y  comentaban  en  voz  de  secreto 
la  sabia  medida  adoptada  por  la  más  experta  de 
las  tres  como  remedio  eficaz,  la  cual  había  con- 
sistido en  la  aplicación  al  pecho  del  doliente, — 
sin  que  el  médico  lo  hubiese  sabido,  pues  el  ex- 
perimento sólo  duró  algunas  horas,  —  de  un  em- 
plasto especial  de  yerbas  y  hojas  de  una  virtud 
prodigiosa,  á  falta  de  una  mandragora  infalible. 

A  ella  atribuían  las  solícitas  enfermeras  el  pe- 
ríodo de  calma  en  que  parecía  entrar  Roveda. 
Mas,  para  asegurar  mejor  el  éxito,  era  necesario 
poner  al  relente  el  emplasto,  que  ya  había  sido 
retirado,  á  la  claridad  de  la  luna,  y  quemarlo  en 
un  horno  al  día  siguiente,  hasta  reducirlo  á  ce- 
nizas. 

Objetaba  á  esto,  con  la  mayor  gravedad,  una 
de  las  mujeres,  que  el  temperamento  usado  hasta 
entonces  se  diferenciaba  sustancialmente  del  pro- 
puesto en  cuanto  prescribía  que  el  emplasto  de- 
bía quemarse  en  una  llama  de  vela  de  cera  des- 
pués de  dejarlo  al  sereno  toda  una  noche,  á  la 
influencia  del  cuarto  creciente. 

La  tercera  preopinante  añadió,  por  su  parte,  con 
acento  sentencioso,  que  ella  creía  también  que  de 
esa  manera  únicamente  podía  extirparse  de  raíz 
el  <  daño  »  que  habían  echado    al   patrón  Cario 


270  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


en  el  café,  ó  en  la  pipa  de  fumar;  pues  no  es- 
taba ella  muy  firme  en  si  el  espíritu  ó  ánima  mala 
hubiese  entrometi'dose  con  el  líquido  ó  el  humo, 
aunque  estaba  segura  que  había  picado  en  el  ri-^ 
ñon  al  hombre. 

Con  este  motivo  y  en  defensa  de  las  dos  tesis 
6  de  sus  proposiciones  accesorias,  trabóse  un  par- 
loteo precipitado  y  empeñoso,  mezcla  de  arru- 
llos de  palomar  y  de  enjambre  de  avispones, 
cuyo  diapasón  se  elevaba  ó  decrecía  por  inter- 
valos asumiendo  el  tono  de  la  gresca  ó  de  la  ar- 
monía, según  las  peripecias  de  la  disputa  ó  el 
mayor  ó  menor  grado  de  terquedad  en  el  ab- 
surdo, de  que  aquella  asamblea, —  como  hay  mu- 
chas,—  hacía  para  el  enfermo  cuestión  de  vida  ó 
muerte.  El  interés  particular  de  cada  una  en  el 
debate,  y  el  ofuscamiento  producido  por  la  vi- 
veza de  las  réplicas,  no  permitió  á  las  buenas  ve- 
cinas poner  atención  á  las  ocurrencias  de  la  pieza 
próxima ;  y  fué  necesario  que  el  grito  de  Canta- 
reía  llegase  hasta  ellas,  para  llamarlas  al  orden. 

Cario  Roveda  abrió  los  ojos,  dando  un  quejido 
ronco,  é  incorporóse  un  poco  sobre  los  codos,  con 
la  boca  abierta,  hundidas  las  carnes,  lívido,  y 
ese  aire  de  azoramiento  súbito  que  causa,  como 
una  conmoción  eléctrica,  lo  inesperado  ó  lo  im- 
previsto. 

— Alguno  llora  ahí,  —  dijo  en  voz  muy  baja  y 
débil. 

—  Parece  que  es  Cantarela .... 


BRENDA  271 

—  iAh!.... 

Tras  esta  exclamación  casi  ahogada,  Cario  Ro- 
veda  dejó  caer  la  cabeza  poco  á  poco  hasta  en- 
contrar apoyo ;  y  sus  ojos  se  cerraron.  Recorrió 
bien  luego  su  semblante  una  crispación  nerviosa, 
y  no  tardaron  en  asomar  bajo  los  párpados  aja- 
dos y  violáceos,  deprimidos  en  el  fondo  de  las 
cuencas,  dos  de  esas  lágrimas  que  escapan  sin 
lamento  y  que  vienen  de  lo  más  hondo. 

—  Pavera  fanciulla  /  —  murmuró. 
Quiero  verla. 

Las  tres  mujeres  se  miraron  un  momento  en 
silencio :  el  caso  era  grave  y  afligen  te.  Cambia- 
ron luego  opiniones  en  voz  baja. 

—  No  merece  eso  la  indigna,  —  dijo  una. 

—  Ella  le  echó  el  «daño»,  —  añadió  otra. 
--Va  á  sofocarlo  con  sus  humos,  —  susurró  la 

tercera,  cuarentona,  biliosa  y  llena  de  pecas. —  Pre- 
firió el  lujo  al  crepido  de  aserrar  espinazos  y 
aletas ;  y  es  capaz  de  entrarse  vestida  de  tercio- 
pelo con  todo  el  calor  que  nos  ahoga. . . . 

Abrióse  de  golpe  la  puerta .... 

Penetró  Cantarela  sin  fijarse  en  ellas,  muda  y 
ligera  como  un  fantasma,  arrastrando  su  manta, 
y  descompuesto  el  cabello,  el  mirar  sostenido  y 
firme,  —  sin  pestañeo,  las  manos  juntas  contra  el 
seno,  amarilla,  ojerosa. 

Las  enfermeras  se  retiraron  en  silencio  sobre  la 
punta  de  los  pies .... 

Tendióla  en  sosiego  el  viejo  pescador  la  dies- 


272  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


tra,  que  ella  besó  en  medio  de  arranques  y  sollo- 
zos, para  levantar  luego  la  frente  y  decir  con 
acento  de  intenso  dolor  : 

—  No  me  odies  . . . .  ¡  Cuan  quebrantado  estás ! 
Yo  vengo  á  acompañarte  y  á  servirte ....  Tú  eres 
bueno,  padre,  y  yo  una  infeliz. 

—  ¡Ninguno  te  compadece! 

—  Ninguno.  Todos  me  rechazan  y  desprecian. 
El  viejo,  con   una  voz  semejante  á  un   hálito, 

poniendo  la  mano  temblorosa  sobre  la  cabeza  de 
su  hija,  murmuró: 

—  ¡Yo  te  perdono! 

Cantarela  reclinó  su  semblante  en  el  pecho  del 
enfermo.  La  mano  callosa  seguía  posada  en  su 
cabeza,  y  por  dos  veces  se  estremeció. 

Largos  momentos  pasaron. 

En  la  pieza  próxima,  las  mujeres  hablaban  en 
un  lenguaje  vivo  y  exaltado,  y  parecía  ser  Canta- 
rela el  objeto  de  aquella  excitación.  Esta  oyó,  á 
pesar  de  su  situación  de  ánimo  y  de  la  langui- 
dez profunda  que  se  había  apoderado  de  todo  su 
cuerpo  como  una  somnolencia  abrumadora,  que 
una  decía:  —  ¡Ella  acabará  con  él! 

La  frase  la  hirió,  advirtiendo  recién  entonces 
que  la  mano  del  viejo  pescador  pesaba  como 
un  plomo  sobre  su  cráneo.  La  apartó  dulcemente; 
el  brazo  estaba  duro  y  rígido.  Acercó  su  mano 
al  pecho  y  no  latía.  Levantóse  de  golpe,  espan- 
tada, y  lo  miró  al  rostro    profiriendo  una  queja. 

Cario  Roveda  tenía  la  cabeza  caída  hacia  atrás. 


BRENDA  273 


dejando  al  descubierto  todo  su  cuello;  los  ojos 
semi-abiertos,  fijos  y  dilatados;  la  piel  dura  y  fría; 
la  boca  contraída  por  la  última  sonrisa;  inmóvil, 
tieso,  casi  helado.   Estaba  muerto. 


XXI 


EN   EL  BAILE 


En  la  noche  del  lunes,  los  elegantes  salones  de 
la  casa-quinta  del  señor  Samuel  Stewart,  en  el 
camino  de  la  Agraciada,  daban  cabida  á  una  bri- 
llante concurrencia  ávida  de  esas  emociones  y  pla- 
ceres que  reservan  siempre  un  secreto  de  deleite, 
aun  cuando  hayan  sido  con  frecuencia  saboreados. 

Terminábanse  unas  cuadrillas.  Ocupaban  el 
centro  del  primer  salón  dos  parejas  que  atraían 
todas  las  miradas,  y  que  al  interés  de  otras  ve- 
ces, unían  ahora  el  de  la  novedad,  por  la  presen- 
cia de  Raúl  Henares,  cuyo  nombre  había  servido 
de  tema  á  los  comentarios  de  anteriores  días  con 
motivo  del  percance  que  comprometió  la  vida  de 
Areba  y  de  su  amiga  Julieta.  El  joven  acompa- 
ñaba á  Brenda,  y  tenía  á  su  izquierda  á  la  seño- 
rita de  Linares  y  á  de  Selis. 


274  E.  ACE^rEDO  DÍAZ 


Julieta  había  logrado  conquistarse  á  Zelmar  á 
pretexto  de  que  éste  debía  hacerle  la  presentación 
de  su  amigo  Raúl,  como  ella  lo  deseaba:  en  medio 
de  un  intervalo,  de  modo  que  todos  los  ojos  pre- 
senciasen la  escena,  en  un  paso  complementario — 
en  tanto  descansaba  la  orquesta,  —  como  aparte 
grave  é  interesante,  ante  el  que  ninguno  podía 
mostrarse  indiferente.  Verificóse  así  el  acto,  con 
todo  el  aplomo  de  un  diplomático  por  parte  de 
Zelmar,  y  acompañamiento  espontáno  de  sonrisas 
y  murmullos  en  las  filas.  Quedó  satisfecha  Julieta 
hasta  el  punto  de  arrastrar  á  su  compañero  al 
frente,  sin  darse  la  pena  de  consultarlo.  Zelmar 
se  conformó  filosóficamente,  pensando  que  el  mal 
cuarto  de  hora  se  compensaría  bien  con  la  ve- 
cindad del  flanco.  Areba,  en  cuyo  semblante  se 
pintaban  frecuentes  desazones,  originadas  por  el 
envidiable  embeleso  de  Brenda  y  Henares,  que 
parecían  estar  solos  en  medio  de  aquel  centro  de 
expansiones  y  alegrías,  tuvo  un  momento  de  hila- 
ridad que  reprimió  sin  esfuerzo,  aun  cuando  llegó 
á  producir  escozor  en  Zelmar. 

Parecióle  que  Areba  guardaba  para  él  algunas 
severidades. 

Pero  el  caso  era  que,  aparte  de  ese  incidente, 
Julieta,  sin  dejar  de  ser  elegante  y  dama  de  cas- 
cabel por  la  calidad  del  aderezo  y  del  brocado, 
lucía  esa  noche  un  traje  singular,  como  arrancado 
del  tapiz,  cuyos  colores  contrastaban  con  el  mo- 
reno subido  de  su  rostro  y  el  lunar  más  oscuro 


BRENDÁ  275 

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todavía,  con  que  un  hada  maléfica  la  obsequió 
desde  la  cuna.  Está  circunstancia  de  detalle,  — 
si  bien  ella  no  estilaba  modas  de  antaño,  —  puso 
en  evidencia  un  capricho,  contribuyendo  á  pro- 
vocar en  la  misma  Areba  un  arranque  de  buen 
humor. 

Zelmar  advirtió  por  primera  vez,  que  su  com- 
pañera tenía  algo  de  egipcia,  —  esa  noche  más 
que  nunca;  —  y  tentado  estuvo  de  hablarla  de 
los  cocodrilianos  y  cisnes  negros  del  Nilo  Azul 
como  de  cosá^  familiares.  Pero  recordó  que  Ju- 
lieta, fuera  de  ser  en  extremo  susceptible,  había 
recibido  una  educación  enciclopédica ;  y  guardóse 
bien  de  provocar  una  disputa  de  dudosos  resul- 
tados. 

Ya  concluidas  las  cuadrillas,  Julieta  se  detuvo 
en  su  paseo  junto  á  las  columnas  de  mármol  que 
dividían  en  dos  compartimientos  el  salón,  sitio 
favorecido  por  algunos  grupos,  y  dirigiéndose  á 
Zelmar,  dijo  con  marcada  intención: 

— Parece  que  la  simpatía  de  su  amigo  Hena- 
res hacia  Brenda  Delfor  se  acentúa,  y  que  hay 
riesgo  de  que  él  sea  el  agraciado  exclusivo  de 
la  reina  del  baile.  ¡Esta  crónica  tendrá  mucho 
interés! 

¡  Sin  embargo,  —  prosiguió  bajando  la  voz  y 
procurando  atraerse  la  atención  de  los  grupos,  — 
dicen  que  hay  seria    oposición! 

Zelmar  se  encog^ió  de  hombros,  y  arrastró  dul- 
cemente á  su  compañera  lejos  de  aquel  sitio.  Em- 
pezaba á  compadecer  á    Raúl. 


276  E.  ACEVEDO  UÍAZ 


—  He  calificado,  con  justicia  en  mi  concepto, 
reina  de  la  fiesta  á  la  señorita  de  Delfor.  Convenía 
también  que  lo  declarara  ahí,  para  advertir  de  su 
hinchazón  chocante  á  Tula,  esa  rubia  pálida  que 
estaba  reclinada  en  una  columna,  fría  como  una 
piedra,  insustancial  y  vanidosa,  hasta  pretender 
para  sí  todos  los  laureles,  con  sus  ojos  de  plomo 
deslucido  y  cabellos  de  mazorca.  Vd.  la  conoce. 
¡  Carga  con  su  aire  majadero ! 

—  i  Oh    crueldad ! 

—  Es  lo  exacto.  Cuando  canta  en  el  coro,  va 
toda  de  tules  y  muselinas  blancas  con  las  tren- 
zas flotantes  para  asemejarse  á  las  imágenes  sa- 
gradas ;  en  el  paseo,  maneja  los  caballos  briosos 
con  pretensiones  de  un  Byron  con  polleras  y 
quiere  ir  siempre  á  la  delantera ;  en  el  teatro  se 
cuaja  de  brillantes  y  se  viste  de  azul  otomano, 
con  humos  de  Validé  insuperable;  y  en  el  baile 
ya  la  ve  Vd;,  disputando  á  Brenda  la  superio- 
ridad, ella  que  es  incapaz  de  interesar  con  su 
trato  á  un  hombre  de  mérito,  y  que  sólo  dice 
vaciedades  y  fruslerías  suficientes  á  desilusionar 
en  un  minuto  á  un  soñador  con  cara  de  flau- 
tista....  Siquiera  ujia,  sin  ser  tím  agraciada, 
dispone  de  ciertos  atractivos  sin  afectación.  ¿No 
le  parece  á   Vd.? 

—  ¡Quién  lo  duda! — exclamó  Zelmar  con  me- 
sura. —  La  elegancia  resalta  más  en  Vd. ;  el  cuerpo 
de  ella  es  incorrecto  y  difícil  de  disimular;  el  de  Vd. 
es  airoso  y  serpentiforme,  por  naturaleza.  Luego, 


BRENDA  277 

la  sal  sólo  es  patrimonio  de  las  morenas ;  las 
rubias,  las  Ofelias,  las  Margaritas,  no  son  más 
que  pastas  de  harina  fina  sin  azúcar,  que  los 
poetas  sazonan  con  lagrimones  de  dudosa  trans- 
parencia.    - 

— Me  place  oirlo  hablar  así,  —  dijo  Julieta  con 
coquetería; — bien  se  conoce  que  Vd.  va  en  pugna 
con  el  criterio  vulgar.  Y  ahora  he  de  decir  que 
mucho  se  habla  de  las  predilecciones  de  Vd.  res- 
pecto á  Areba,  permitiéndome  regañarle  con 
este  motivo  por  su  reserva  con  las  amigas  an- 
tiguas. 

¿Hay  algo  de  cierto? 

Zelmar  volvió  á  encogerse  de  hombros,  sin 
que  se  alterase  en  lo  mínimo  su  semblante. 

Animóse  Julieta,  golpeándose  la  falda  con  el 
abanico. 

—  Ya  es  tiempo,  caballero,  de  que  Vd.  se  pre- 
ocupe un  poco  de  la  seriedad  de  esos  rumores, 
para  confirmarlos  ó  desvanecerlos. 

Zelmar  asumió  un  aspecto  grave,  y  respondió 
con   acento  enfático: 

—  En  la  tabla  rasa  (Je  mi  espíritu,  no  he  gra- 
bado aún  ninguna  imagen  de  mujer. 

—  Muy  metafísico  está  Vd.,  —  repuso  la  joven 
frunciendo  el   labio  con    ironía. 

—  Por  el  contrario,  harto  práctico.  Me  con- 
servo simplemente.  Vea  Vd.,  lo  mismo  puede  de- 
cir aquella  su  amiga,  la  de  los  dolores  neurál- 
gicos .... 


278  E.  ACEVEDO  DfAZ 


— ¡Ah!  es  terrible  con  su  jaqueca,  y  por  eso 
abusa  de  las  perlas  de  trementina. 

Zelmar  levantó  la  nariz  con  aire  malicioso,  mur- 
murando : 

—  Nada  dije  á  Vd.  del  fuerte  olor  de  violetas 
que  he  sentido  al  pasar   por   su  lado .... 

La  joven,  desconfiada  y  prevenida  siempre  con- 
tra las  ocurrencias  de  su  compañero,  había  vuelto 
el  rostro  hacia  la  puerta  que  daba  al  jardín,  ape- 
nas viole  el  gesto. 

—  Vuelve  Areba  con  el  doctor  de  Selis,  —  dijo. 
—  ¿No  ha  notado  Vd.  lo  animado  de  su  conver- 
sación? Parece  que  trataran  asunto  de  importan- 
cia. Y  ¿  qué  se  ha  hecho  nuestra  parej¿i  del  frente 
en  las  cuadrillas?    No  la   distingo  en  este  salón. 

—  ¡  Ah,  la  preciosa  Brenda !  Está  bien  acompa- 
ñada, y  debe  encontrarse  en  la  sala  del  am- 
bigú. ...  ¡A  buen  seguro  que  no  ha  ido  á  pro- 
bar nada  de  lo  muy  delicado  que  allí  se  exhibe. 

—  ¿  Ya  tuvo  Vd.  ocasión  de  verlo  ? 

—  Ningún  hombre  de  mundo,  Julieta,  inicia  la 
danza  sin  permitirse  antes  dirigir  una  visual  so- 
bre lo  que  más  tarde  ha  de  ser  excelente  restaura- 
dor de  sus  fuerzas. 

—  ¡Qué  prosa!.  .  . . 

—  Sólida  y  sustancial.  Invito  á  Vd.  con  un  ho- 
jaldre de  jamón. 

—  Muchas  gracias ....  Estoy  casi  segura  que 
el  compañero  no  tendría  tiempo  de  obsequiarme. 

—  Verá  Vd.  que  á   todo  podrá   atenderse . . . 


BRENDA  279 


Aquello  es  un  primor  aderezado  como  en  casa  de 
sibarita,  que  hace  pensar  en  el  comedor  de  Cleo- 
patra  todo  cubierto  de  rosas  hasta  la  altura  de 
una  vara,  según  dicen  los  egiptólogos.  Decídase 
Vd.  por  el  hojaldre. 

—  Puede  Vd.  tomarlo  en  mi  nombre,  aparte  de 
una  buena  dosis  en  el  suyo;  más  ahora  que  le 
he  sorprendido  un  visaje  de  hastío  y  sueño. — 
¿Por  qué  viene  Vd.   al  baile? 

—  No  lo  crea  Vd..  interesante  Julieta;  me  siento 
con  placer  á  su  lado ....  Pero,  si  he  de  ser 
franco,  vi  hace  un  momento  abrir  la  boca  con 
la  mayor  delicia  á  aquella  señora  anciana,  que 
está  en  el  confidente  de  la  izquierda ;  y  nada 
causa  más  envidia  que  un  bostezo,  aunque  el 
mío  fué  un   barrunto .... 

Conque  iremos,  mi  encantadora  Cleopatra .... 

—  Le  tengo  advertido,  caballero  Bañl,  que  no 
le  permito  confianzas,  ni  comparaciones  odiosas. 
Está  Vd.  hoy  pesimista  en  extremo,  y  sin  apar- 
tar la  vista  de  Areba  y  de  Selis,  como  si  algo 
le  fuera  en   ello .... 

Felizmente  aquí  se  aproxima  mi  compañero  para 
la  mazurka,  que  me  resarcirá  de  sus  momen- 
tos y  á  quien  haré  confianza  de  cosas  muy  intere- 
santes que  reservaba  para  Vd. 

—  ¡  Oh !  cuánto  lamento  esta  circunstancia  que 
me  priva .... 

¿  Quién  es  ?  —  agregó  interrumpiéndose,  al  oído 
de  la  joven,  viendo   acercarse   al  candidato. 

19 


280  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Miróle  Julieta  con   enfado  y  dijo: 

—  Un  poeta  de  delicadeza  suma,  y  de  dotes 
muy  relevantes,  que  no  se  acuerda  para  nada 
del  jamón  y  del  pastel  cuando  va  con  una  dama^ 

—  Al  papamoscas   le   llaman  boyero. 

—  ¿  Qué  dice  Vd.  ?  ¡  Tiene  reputación  hecha  en 
todos  los  círculos!  —  replicó  Julieta  enconada,  y^ 
moviendo  la  cabeza  de  modo  que  agitóse  trémula 
la  flor  de  su  tocado  y  ondularon  sus  crespos 
flequillos  al  viento  de   su  cólera. 

—  ¡  Oh  sí,  conozco  su  fama !  dijo  Zelmar  con 
mucha  flema.  No  haga   Vd.   caso  de  una  broma. 

En  ese  instante  se  acercó  un  joven  solicitando- 
su  pareja.  Bafil  desprendió  suavemente  su  brazo, 
mirando  de  soslayo  y  por  encima  del  hombro- 
á  su  libertador,  con  aire  compasivo. 

Dióse  vuelta  Julieta,  ya  risueña,  y  hacienda 
un  ademán  de  amenaza  con  el  abanico: 

—  Si  olvida  Vd.  caballero  Bafil,  el  compromiso- 
de  bailar  las  primeras  cuadrillas,  olvidaré  tam- 
bién el  mío  de  narrar  á  Vd.  una  crónica  impor- 
tante. 

Zelmar,  que  se  había  quedado^ en  actitud  de 
cortesía,  entretenido  en  dar  vueltas  á  la  borlilla 
de  un  guante,  no  pudo  menos  de  sonreirse  y  de- 
cirse : 

No  recuerdo  haber  incurrido  en  tamaña  lige- 
reza. ¡Esta  mujer  es  capaz  de  arrastrar  al  pe- 
cado á  ese  inocente! 

Buscó  en  seguida  á  Areba  con  la  mirada.  Encon- 


BREADA  281 


trábase  la  joven  en  un  grupo,  del  que  formaban 
parte  Brenda,  Raúl  y  de  Selis.  A  la  derecha,  en 
un  diván  forrado  en  seda  color  granate,  estaba 
la  señora  de  Nerva,  cuyo  semblante  marmóreo, 
casi  transparente,  parecía  revestirse  por  interva- 
los de  sombras,  como  si  mantuviese  una  lucha 
de  opuestas  impresiones.  El  vestido  negro  hacía 
más  intensa  la  blancura  del  rostro.  La  expresión 
de  sus  ojos  era  fría  y  severa,  y  los  tenía  fijos  en 
Henares  y  en  Brenda,  quien  experimentaba  algo 
semejante  al  desaliento  de  la  angustia  á  cada 
encuentro  con  aquella  mirada  rígida,  honda  y 
persistente.  Ella  sabía  que  los  enojos  de  su  pro- 
tectora nunca  salían  de  ese  lenguaje  mudo,  elo- 
cuente en  su  mismo  mutismo ;  y  se  había  acos- 
tumbrado á  interpretarlo  y  comprenderlo,  de  modo 
que  jamás  los  labios  vertiesen  un  reproche.  En 
esta  ocasión  parecíale  á  la  pobre  niña  que  ella 
había  cometido  un  gran  pecado,  á  juzgar  por  la 
extraña  é  inusitada  luz  de  aquellas  pupilas  ya 
débiles  y  cansadas ;  y  en  su  zozobra,  dirigióse 
en  silencio  á  Raúl,  como  impetrándole  una  gra- 
cia, que  en  el  fondo  sólo  era  una  pena  para  los 
dos. 

Penetróse  bien  el  joven  de  ese  malestar,  á 
que  él  no  era  ajeno  tampoco,  sintiendo  cómo  se 
infiltraba  en  su  espíritu  la  corriente  fría  que  domi- 
naba el  grupo,  cual  si  en  rigor  hubiera  allí  uno 
de  más ;  y  apresuróse  á  colocar  á  Brenda  en  el 
extremo  opuesto  del  diván,  respetuoso  y  atento. 


282  E.   ACETEDO  DÍAZ 


Al  inclinarse  para  volverse,  observó  que  la 
señora  de  NerVa  había  hecho  un  movimiento 
muy  vivo  hacia  atrás,  clavando  en  él  con  nueva 
fuerza  su  vista.  Sintió  encenderse  entonces  en 
su  mente,  como  un  fuego  fatuo  que  giro  por  su 
cerebro  para  desvanecerse  muy  pronto  sin  de- 
jar rastro  alguno,  una  reminiscencia  vagu  é  in- 
decisa. .  . . 

—  ¡  Verdad  que  no  comprendo !  —  hablóse  á  sí 
mismo  con  extrañeza. 

—  ¡No  se  digna  invitarme!  —  díjose  á  su  vez 
Areba  contrariada,  viéndolo   alejarse. 

Y  lo  siguió  mirando  hasta  que  él  desapareció 
por  una  de  las  puertas  que  daban  al  jardín,  con 
ese  aire  de  despecho  y  de  enojo  reprimido  que 
realza  el  semblante  de  una  mujer   hermosa. 

De  improviso  oyóse  una  voz  alegre: 

—  ¡Señorita,   llaman  á  lanceros! 
Era  Zelmar  quien  había  hablado. 

—  Cierto  que  son  con  Vd.,  —  repuso  Areba  pa- 
sando su  brazo  al  del  joven,  y  mirando  á  de  Selis 
de  una  manera  significativa. — Doctor:  la  demanda 
aumenta,  y  no  es  del  caso  quedarse  sin  la  reina. 

Sonrióse  Zelmar  al  oir  las  últimas  palabras, 
pronunciadas  con  acento  suave  é  intencionado, 
y  dijo  volviendo  á  otro  lado  el  rostro: 

— ¿Qué  se  habrá  hecho  Raúl?  Es  parte  obli- 
gada del  cuadro,  y  hay  que  citarlo  á  comparecer. 

—  Fuese  hacia  el  vestíbulo  que  da  al  jardín, — 
respondió  Areba  disimulando  su  contento,  y  obser- 


BRENDA  283 


vando  de  soslayo  que  Brenda  tendía  á  de  Selis 
su  mano  estremecida. 

—  Es  de  suponer  que  no  haya  ido  á  filosofar, 
y  sin  ser  importunos  haremos  reclamo  de  su  per- 
sona. 

Nada  contestó  Areba;  y  encaminándose  al  ves- 
tíbulo, decíale  el  joven  con  cierto  tono  que  no  le 
era  peculiar: 

—  ¡  Cuánto  me  congratulo  de  que  Vd.  no  haya 
puesto  en  práctica  su  resolución  de  no  asistir  á 
este  género  de  fiestas! 

—  ¿Por  qué? 

—  Por  mis  íntimos  contentamientos. 

—  ¡  Ah!.  ...  Si  he  de  ser  franca,  esta  vez  estuve 
débil.  Luché,  pero  inútilmente.  Hubo  al  fin  que 
desalojar  el  ánimo  de  tristes  preocupaciones,  lo 
mismo  que  se  espantan  los  mosquitos  con  el  plu- 
mero, por  una  rendija  de  la  ventana ;  y  aquí  me 
tiene,  encontrándome  al  paso  con  los  personajes, 
las  fisonomías  y  las  escenas  de  siempre,  aun 
cuando  los  buenos  amigos  saben  romper  la  mo- 
notonía con  momentos  muy  agradables. 

—  Creo  contarme  en  ese  número,  si  no  es  ex- 
cesiva pretensión,  Areba .... 

Volvióse  la  joven  para  cerciorarse  de  si  la  otra 
pareja  seguía  sus  pasos;  y  ya  fuera  del  salón, 
convencida  de  que  así  era,  y  paseada  una  mi- 
rada inútil  en  busca  de  Raúl,   dijo  en  voz  alta: 

—  Es  delicioso  el  ambiente  que  aquí  se  respira; 
y  manifiesto  con  franqueza  mi  deseo  de  que  pos- 


284  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


terguemos  los  lanceros  y  descendamos  al  instante 
al  jardín. 

— ¡Excelente  idea!  Se  ven  muchas  parejas  en 
los   senderos. 

Brenda  y  de  Selis,  que  venían  á  pocos  pasos, 
bajaron  la  corta  gradería  de  mármol  en  pos  de 
la  señorita  de  Linares  y  de  Zeln^ar.  Caminaban 
en  silencio,  y  como  abstraídos. 

El  jardín,  al  frente,  ofrecía  un  aspecto  fantás- 
tico: globos  chinescos,  bombas  de  cristal,  luces 
venecianas  de  caprichosas  formas,  unidas  por  hi- 
los metálicos  á  las  ram^s  ocultas,  modelaban  en 
el  espeso  follaje  bellos  pabellones  de  cien  colores. 
Algunas  linternas  de  intenso  reflejo,  colocadas  en 
el  interior  de  los  grandes  árboles  con  los  lentes 
vueltos  á  los  surtidores,  convertían  en  mil  chis- 
pas de  rubíes,  záfiros  y  topacios  las  menudas  go- 
tas, improvisando  fajas  transversales  rojas,  blan- 
cas ó  azules,  según  el  color  de  los  lentes  reflec- 
tores, cual  iris  espléndidos  en  media  noche. 

Oíanse  rumores  de  voces  y  alegres  risas  entre 
los  árboles,  como  gorjeos  de  pájaros  que  se  antici- 
pan á  la  aurora  ó  sueñan  inquietos  en  las  ramas. 
Desarrollábanse  por  allí  escenas  más  variadas  que 
las  del  baile. 

Hermosos  bosquecillos  se  seguían  á  los  cua- 
dros de  plantas  de  la  plazuela;  y  uno  de  ellos 
venía  á  concluir  en  ángulo  agudo  sobre  la  misma, 
formando  dos  calles  profusamente  iluminadas,  una 
de  las  cuales  concluía  en  un  pequeño  lago  con 
puente  de  piedra. 


RR£m>A  285 


XXIÍ 


EN   LA.  AVENIDA 


— Seguiremos  por  esta  avenida  de  la  derecha, 
—  dijo  Areba,  mirando  para  atrás. 

La  de  la  izquierda  está  más  solitaria,  como  para 
xm  secreto .... 

—  A  la  verdad,  —  repuso  Bafil,  dejándose  lle- 
var por  su  compañera  y  fijando  en  ella  una  mi- 
rada ardiente,  —  que  yo  me  siento  con  disposi- 
ción de  revelar  alguno.  ¡Esta  noche  no  se  parece 
-en  nada  á  mis  otras  noches! 

—  No  pocos  de  los  que  en  el  baile  sé  encuen- 
tran, amigo  mío,  pueden  decir  lo  mismo.  De  to- 
das las  noches  mal  dormidas  y  peor  empleadas, 
<][uizás  ésta  sea  la  única  excepción,  porque  si- 
quiera se  ofrece  como  tregua  para  retemplar  el 
espíritu  con  satisfacciones  y  goces  morales,  de 
que  sólo  se  acuerdan  aquellos  que  los  han  des- 
deñado, cuando  los  placeres  bajos  y  los  deleites 
obtenidos  con  mengua  de  la  inocencia  y  el  amor, 
les  advierten  que  la  copa  se  ha  apurado,  y  que 
es  preciso  refinar  el  gusto  para  mantener  la  ilu- 


286  E.  ÁCEVEDO  DÍAZ 


sión  que  rebajaron   al   nivel  de  las  seducciones 
indignas. 

Me  refiero  á  varios  de  los  que  ahí  están,  —  con- 
tinuó Areba  con  sorna.  —  Parecen  contemplarse 
á  sí  mismos,  sin  tener  para  nada  en  cuenta  sus 
impurezas. 

—  ¡Sensualismos  en  cuerpo  y  alma!  —  arguya 
Zelmar. 

—  Habrá  Vd.  visto  que  también  hay  poetas  que 
no  dicen  nada  que  se  parezca  á  versos.  Todos 
temen  comprometerse.  Ya  no  es  el  tiempo  de 
antes,  de  ingenuidades  y  estrofas.  Si  Vd.  aban- 
dona á  uno  de  esos  soñadores  en  una  selva,  será 
capaz  de  cantar  en  loor  de  las  mismas  espinas^ 
que  otros  nos  suelen  ceñir  en  las  sienes;  pero 
colóquelos  al  lado  de  una  mujer  de  corazón,  y 
ya  los  tendrá  mudos  como  un  arpa  rota,  como 
si  la  poesía  no  más  que  emana  de  nuestro  sexo 
les  atrofiara  el  numen  y  les  matase  la  palabra 
en  la  raíz. 

—  Son  inmigrantes  de  la  altura:  en  materia  de 
amor,  se  alimentan  de  infusorios. 

Conque .... 

—  Están  otros  que  no  son  poetas:  bien  lo 
habrá  observado  Vd.  Peor  aún.  Me  fastidian  hom- 
bres que,  aparte  de  eso,  tienen  cabezas  de  chin- 
gólo. Creen  que  bastan  los  bigotes  para  ser  va- 
rones. No  les  saca  Vd.  de  la  mecánica  del  baile. 
Mueven  las  piernas  y  apenas  los  labios,  y  la  ra- 
zón es  obvia:  se  imaginan  que  en  la  gracia  de 
la  pirueta  estriba  el  secreto  del  prestigio. 


BRENDA  287 


—  ¡Tallas  de  chorlito!   Iba  á  decir.... 

—  No  por  eso  se  figure  Vd.  que  hablo  de  to- 
dos. Salvo  las  debidas  excepciones.  En  esto  de 
hacerse  querer,  las  pretensiones  son  muchas  y 
los  méritos  pocos.  Para  sacar  aquí  un  candidato, 
— me  deslizó  no  hace  una  hora  Julieta  al  oído, 
yendo  del  brazo  de  un  escribano  respetable, — 
sería  preciso  votar   con  fraude. 

—  ¡Oh  inconsolable  Julieta! 

—  No  se  burle  Vd.,  que  en  rigor  decía  verdad ; 
hay  muchos  entretenidos  en  desperdiciar  sus  años. 
Con  este  motivo  la  recordé  que  ella  hacía  mal 
en  tener  afición  tan  loca  para  embalsamar  pája- 
ros, que  así  hace  Julieta  con  sus  ilusiones ;  y  en- 
tusiasmo tan  grande  por  una  rana  que  toca  el 
violín,  firme  sobre  dos  pies,  y  que  ella  enseña  á« 
todos,  sin  advertir  que  ésta  es  una  imagen  fiel  del 
solterón  que  se  solaza  á  solas,  ¡como  hay  tantos 
en  nuestro  pequeño  mundo ! 

—  ¡Cierto  que  solazarse  á  solas  con  un  violín 
es  una  iniquidad! ....  Vea  Vd.,  Areba :  yo  estoy 
resuelto  á  no  ser  comparado  con  una  rana;  y  me 
siento  con  disposiciones  excelentes  para  abordar 
el  problema  con  toda  madurez.  No  sé  por  qué 
en  este  momento  mismo  el  corazón  se  impacienta, 
como  si  una  influencia  muy  cercana  perturbase 
la  normalidad  de  sus  funciones. 

Areba  miró  para  atrás,  sonrióse  y  apoyó  con 
más  fuerza  su  brazo  en  el  de  su  compañero,  que 
se  había  callado. 


288  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¿Quemas?  —  preguntó  con  aire  seductor  y 
levantándose  un  poco  la  falda  con  ademán  altivo. 

—  Que  me  siento  apasionado  de  veras,  mi  be- 
lla amiga,  é  impelido  de  una  vez  á  manifestarlo; 
porque  tengo  aquí  en  el  fondo  del  pecho  un  an- 
sia profunda  y  en  la  mente  excitada,  una  imagen 
que  supera  al  común  de  los  humanos,  y  se  iden- 
tifica con  sus  aspiraciones  secietas.... 

—  ¿Será  acaso,  —  le  interrumpió  la  joven  fría- 
mente, —  una  mujer  hermosa  de  tipo  hebreo,  con 
ojos  y  cabellos  muy  negros,  cintura  de  junco, 
melancólica,  pero  ardorosa  é  ingenua,  que ....  tal 
vez  no  está  aquí? 

Turbóse  un  poco  Zelmar;  mas  luego  repuso 
con  firmeza: 

—  No  conozco  ninguna  de  tales  calidades.  Aque- 
lla á  quien  yo  me  refiero  se  encuentra  á  mi  lado. 

Areba  dejó  oir  su  risa  armoniosa,  y  abriendo 
de  golpe  el  abanico,  interrogó  con  mucha  gra- 
vedad :  • 

— ¿Cuándo  se  recibe  Vd.  de  médico,  amigo  mío? 

—  ¿Tanto  interesa    eso  á  Vd.? 

—  Mucho,  ciertamente.  Necesito  de  sus  servi- 
cios profesionales  en  bien  de  mis  protegidos,  y 
quiero  que  sea  Vd.  el  médico  de  casa.  ¿Desagrá- 
dale  acaso  esta  proposición? 

—  De  ningún  modo,  y  agradezco  desde  luego 
efusivamente  ese  honor.  Marcho  en  breve  á  Bue- 
nos Aires  para  obtener  el  diploma  y  quedar  en 
seguida  á  las  órdenes  de  cliente  tan  distinguida. 


BRENDA  ,  280 


Y  sintiendo  aún  Bañl  la  acritud  y  la  dureza 
singular  del  tono  empleado  por  la  joven,  agregó 
con   acento    simpático  y   triste: 

—  ¿Por  qué  me  hace  Vd.  sufrir,  Areba? 

Puso  ella  un  dedo  en  los  labios,  y  se  detuvo 
creyendo  percibir  allá  en  la  parte  opuesta  la  voz 
del  doctor  de  Selis. 

— Volvamos  en  busca  de  Brenda, — dijo. —  Es 
preciso  que  no  se  califiquen  nuestros  actos  de 
inconveniencias. 

Las  dos  parejas  se  habí^m  separado  cuando 
bajaron  al  jardín,  al  llegar  al  ángulo  formado 
por  el  bosquecillo ;  siguiendo  de  Selis  por  la  ave- 
nida de  la  izquierda,  é  internándose  en  ella,  an- 
tes que  Brenda  pudiera  darse  cuenta  de  la  sepa- 
ración, entre  la  concurrencia  que  animaba  hasta 
allí  la  plazoleta. 

De  Selis  había  ido  revistiéndose  de  resolución 
á  medida  que  el  sitio  se  hacía  poco  á  poco  más 
solitario;  Brenda  era  presa  de  un  malestar  visible, 
y  de  vez  en  cuando  volvía  el  rostro  hacia  el 
camino  recorrido,  como  presintiendo  una  escena 
penosa. 

Había  hecho  alguna  insinuación  de  regresar,  sin 
ser  atendida,  en  presencia  de  árboles  altos  y  ho- 
josos que  aparecían  más  tupidos  por  las  enreda- 
deras que  culebreaban  en  todas  direcciones  ó  se 
exhibían  como  prolongados  setos  de  siempre  verde, 
doradas  ligeramente  por  el  resplandor  de  escasas 
luminarias  esparcidas  acá  y  acullá,  cual  enormes 


290  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


coleópteros  inmóviles  en  los  troncos.  Los  mil 
brillos  rutilantes  de  la  altura,  y  la  atmósfera  en 
calma,  el  silencio  majestuoso,  apenas  interrum- 
pido por  rozamientos  de  élitros  de  grillos  cam- 
pestres, y  uno  que  otro  trino  aislado  cuando  una 
ráfaga  leve  producía  murmullo  entre  las  hojas,  á 
manera  de  suave  beso  robado  al  sueño,  daban 
un  aspecto  solemne  á  aquel  lugar,  adonde  llega- 
ban flébiles  y  perdidos  los  ecos  de  la  fiesta,  per- 
mitiendo oír  las  estridulaciones  misteriosas,  y  las 
trovas  tenues  y  suspirantes  de  la  noche.  Lucían 
en  la  yerba  de  los  flancos  los  lampíridos  verde- 
dorados  que  cantara  Klopstock,  y  en  gran  nú- 
mero giraban  otros  en  el  aire  como  una  lluvia 
de  meteoros  diminutos,  que  concluían  por  sem- 
brar primero  de  chispas  fosforescentes  las  copas 
altivas,  y  bajaban  luego  á  confundirse  amantes  y 
encelados,  con  las  lentejuelas  de  oro  del  manto  de 
esmeralda.  Alguna  vez,  de  la  parte  del  lago  sa- 
lían notas  roncas  de  los  palmípedos,  —  preludios 
de  fagot,  —  que  anunciaban  el  alba ;  y  se  estre- 
mecía el  pequeño  mundo  invisible  bajo  su  capa 
de  césped  y  rocío,  cual  si  pasara  sobre  él  algún 
mensajero  alado  modulando  risueño  el  himno  de 
la  aurora. 

Brenda  sintió  de  súbito  el  frío  de  la  soledad, 
toda  trémula  é  inquieta.  Su  brazo  empezó  á  re- 
sistirse por  momentos,  y  al  fin  se  detuvo  con  fir- 
meza. 

—  liemos  avanzado  mucho,  —  dijo  conmovida^ 
—  y  tiempo  es  ya  de  regresar. 


^REXDA  291. 

—  Deseo  enseñar  á  Vd.  las  bellezas  del  lago 
que  está  allí  cerca,  y  que  ha  atraído  también  su 
concurrencia. .  .  ¡Por  qué  esa  obstinación!  ¿Tengo 
acaso  la  desgracia  de  no  inspirarla  confianza, 
Brenda  ? 

—  Este  lugar  está  desierto,  y  no  me  agrada. 
Bien  ve  Vd.  que  estoy  añigida.  Volvamos .... 

—  ¡Oh!  el  sitio  es  escogido,  como  para  almas 
enamoradas,  —  replicó  de  Selis  con  pasión.  Nada 
tema  Vd.  ¿Por  qué  tan  cruel  conmigo?  Yo  pen- 
saba que  en  su  pecho  ya  había  hallado  un  eco 
mi  perpetuo  ruego,  y  bien  lo  merece  el  grande 
amor  que  Vd.  me  inspira.  ¿  Habré  de  consumirme 
estérilmente  en  mi  propio  fuego,  ó  habré  de  es- 
perar que  su  corazón  acepte  con  la  misma  vehe- 
mencia la  ofrenda  del  mío? 

—  ¡No  diga  Vd.  esas  cosas  ahora  que  me  siento 
estremecida,  por  favor ! . . . .  Esos  árboles  tan  al- 
tos y  tan  negros ....  ¿  Y  no  siente  Vd.  ese  canto 
triste  ? 

— Por  favor,  digo  también,  Brenda,  ¡un  instante 
más !  i  He  cambiado  de  figura  hasta  el  punto  de 
despertar  en  Vd.  un  sentimiento  de  repugnancia 
ó  de  terror? 

—  No  es  eso ....  pero  no  me  encuentro  tran- 
quila aquí. 

I  Ruego  á  Vd.  que  regresemos ! . .  . 

—  Antes  ha  de  disipar  Vd.  las  angustias  que 
me  devoran,  aunque  sea  con  una  sola  frase  de 
cariño, —  dijo  de  Selis  con  acento  concentrado  y 
ademán  febril. 


292  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


¡Cese  Vd.  de  ser  inexorable! 

—  Si  yo  nunca  le  quise  mal .... 

—  ¡No:  otra  cosa  es  la  que  deseo,  —  exclamó 
de  SeHs  airado,  y  cogiendo  con  fuerza  la  mana 
yerta  de  la  joven ;  —  quiero  su  amor,  á  eso  aspiro 
hace  tiempo,  á  eso  anhelo  con  todo  ahinco,  y 
ahora  exijo  una  palabra  final  que  mate  la  zozo- 
bra cruel,  ó  que  destroce  de  un  golpe  mi  cora- 
zón. Hable  Vd.,  y  brote  de  su  boca  una  espe- 
ranza ó  una  repulsa,  que  yo  no  puedo  vivir  en 
la  duda,  más  amarga  que  un  tósigo  letal,  y  más 
mortificante  que  su  desprecio;  y  sus  labios  han 
de  abrirse  en  este  momento  solemne,  que  va  á 
decidir  del  mío  y  de  su  propio  destino,  ó  el  vér- 
tigo se  apodera  de  mi  cerebro  y  no  respondo  de 
mí  mismo ! .  .  .  . 

Brenda  vio  llena  de  pavor  una  llamarada  si- 
niestra en  el  rostro  del  doctor  de  Selis,  que  se 
acercó  al  de  ella,  desencajado  y  lívido,  y  sin- 
tió en  su  mano  un  estrujamiento  enérgico  y  do- 
loroso. 

Quedóse  intensamente  pálida,  y  expiró  una 
queja  en  su  garganta,  que  pareció  anudarse  con 
un  anillo  de  hierro. 

—  ¿Nada  dice  Vd.?  —  prorrumpió  de  SeHs  ex- 
citado y  violento,  sacudiendo  aquel  junco  fino  y 
endeble,  como  pudiera  hacerlo  un  viento  impe- 
tuoso. ¡Ah!  no  ignoro  la  causa  de  esta  actitud 
sin  piedad,  helada  y  soberbia. . . .  Conozco  que 
fui  imbécil  en  pretender  arrancar  de  su  pecho  la 


BRENrA  293 


pasión  que  por  otro  hombre  alimenta;  pero  él  no 
será  más  feliz,  porque  trataré  de  abrir  un  abismo 
insondable  entre  los  dos,  porque  él  no  será  suyo 
ni  Vd.  de  él,  mientras  la  amargura  que  agria  mis 
entrañas  inspire  mi  pasión  desgraciada,  bañándola 
en  la  hiél  negra  del  odio,  mientras  yo  sienta  irre- 
sistibles ansias  de  poseerla  y  de  no  permitir  que 
otro  se  goce  en  mi  dolor! 

La  joven,  demudada,  temblorosa,  con  los  pár- 
pados caídos  y  el  seno  palpitante,  parecía  no  es- 
cuchar nada. 

¡Cuan  bella  surgía  de  las  sombras,  con  su  traje 
de  baile  y  su  cabellera  undosa  y  reluciente  de 
angélica  aureola! 

De  Selis  la  atrajo  de  la  cintura,  clavando  en 
su  semblante  de  lirio  una  mirada  ansiosa  y  lú- 
brica. 

La  tentación  se  dibujó  en  su  cara  descompuesta; 
dilatáronse  sus  labios  delgados  para  dar  paso  á 
una  sonrisa  maligna,  y  le  agitó  algún  pensa- 
miento lascivo . . . .  ¡  Aquel  simple  espasmo  le  pro- 
metía la  impunidad,  y  él  estaba  dominado  toda- 
vía por  el  vértigo! 

Pero  de  pronto,  como  si  en  rigor  sintiese  en 
su  sopor  la  proximidad  de  un  peligro,  y  el  aliento 
de  una  pasión  siniestra  é  impura,  arráncase  Brenda 
de  los  brazos  que  la  oprimen  con  un  movimiento 
enérgico,  aléjase  algunos  pasos  tambaleante,  va- 
cila, cae  de  rodillas,  uniendo  sus  manos  y  lan- 
zando un  sollozo  ahogado. 


294  E.  ACEVÉDO  DÍAZ 


De  Selis  avanzó  mudo,  presa  de  una  agitación 
extrema.  ¡  Qué  funesto  delirio  bajo  su  cráneo ! 

En  ese  instante,  entreabriéronse  las  ramas  in- 
feriores  de  los  árboles,  abatidas  vigorosamente 
y  un  hombre  se  lanzó  al  sendero,  con  la  cabeza 
descubierta,  pálido  y  ceñudo. 

Toda  esta  escena  fué  breve,  rápida,  sin  inter- 
valo sensible  entre  el  pensamiento  y   la   acción. 

Brenda  se  alzó  con  un  grito  de  alegría  al  re- 
conocer á  Raúl,  y  corrió  á  refugiarse  á  su  lado^ 
temblando,  extenuada,  casi  sin  fuerzas;  y  él  la 
apoyó  la  cabeza  en  su  pecho,  diciendo  con  una 
calma  que  envolvía  profundo  desprecio: 

—  Nada  tienes  ya  que  temer. 

—  ¡  Había  estado  Vd.  escuchando  !  —  exclamó 
de  Selis  con  aire  iracundo  y  cruzándose  de  bra- 
zos, como  para  contener  un  arranque  agresivo. 

—  El  acaso  me  colocó  ahí,  —  repuso  Raúl  en 
voz  baja,  breve,  incisiva;  —  y  he  oído  sin  desearlo 
ni  quererlo.  ¡Feliz  casualidad  que  me  hizo  testigo 
de  la  infame  aventura!  Quedo  advertido  de  sus 
extremos,  y  aguardo  desde  ahora  el  cumplimiento 
de  las  amenazas,  para  darme  el  triste  goce  de 
ver  ahogar  sus  instintos  en  la  baba  de  su  propia 
locura  1 

De  Selis  quiso  abalanzarse  colérico ;  una  nube 
de  sangre  se  agolpó  á  sus  ojos.  Henares  alargó 
el  brazo  acerado  y  nervudo. 

—  ¡Ni  un  paso  más,  —  añadió  con  firmeza,  —  ó 
no  respeto  el  sitio  y  trasciende  el  vergonzoso  epi- 
sodio ! 


BRENDA  295 


Y  estrechando  de  nuevo  la  cabeza  de  Brenda, 
que  se  había  puesto  de  por  medio  desolada : 

—  ¡Así!  —  dijo  vehemente  y  enconado;  —  ¡así! 
como  en  aquella  noche  en  que  te  hallé  llorando 
á  la  puerta  de  ése  que  está  delante,  cuando  de 
él  implorabas  auxilio  para  tu  madre  moribunda; 
conócele,  si  ya  no  lo  has  adivinado :  ¡  ése  era !. .  . 
ése  fué,  el  que  sordo  á  tu  ruego  se  negó  á  asis- 
tir á  la  enferma  que  agonizaba  en  el  aislamiento ; 
y  ahora  que  lo  sabes .... 

—  ¡Ah! — exclamó  Brenda,  con  un  grito  herido, 
volviendo  sus  ojos  asombradqs  á  de  Selis  y  afir- 
mándose con  crispados  dedos  al  brazo  de  He- 
nares. 

La  inesperada  revelación  había  hecho  reaccio- 
nar todo  su  ser,  esparciendo  por  su  fisonomía 
una  expresión  dura  y  rígida,  que  dejó  el  llanto 
pronto  á  brotar  pendiente  de  sus  párpados,  como 
gotas  que  congela  de  improviso  una  ráfaga  he- 
lada. 

Lastener  de  Selis  inclinó  la  frente,  y  fué  retro- 
cediendo con  lentitud,  torva  la  mirada  y  los  bra- 
zos caídos.  Zumbaba  en  su  redor  un  enjambre 
de  recuerdos. 

—  ¡Y  ahora  que  lo  sabes, — prosiguió  Raúl 
implacable,  —  castiga  su  osadía,  confundiéndolo 
con  tu  repulsa ! 

De  Selis  sonrió  de  una  manera  sardónica  al  oir 
estas  palabras,  levantó  el  brazo  con  ademán  con- 
vulso, —  y  alejóse  silencioso  hacia  el  lago. 

20 


296  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Volvíanse  de  allí,  á  paso  lento,  algunas  parejas» 

Pocos  minutos  después  de  esta  escena,  Brenda 
y  Raúl  se  encontraban  en  la  plazuela  con  Areba. 
y  Zelman 

f-a  señorita  de  Linares  sufrió  una  impresión 
violenta.  La  sorpresa  embargó  al  principio  su  voz^ 
é  hizo  divagar  sus  ojos  por  todas  partes,  cual  si 
en  alguna  pudiese  descubrir  la  clave  del  secreto 
que  de  tal  modo  sobrecogía  de  súbito  su  ánimo. 
Ningún  indicio,  sin  embargo,  la  dio  luz. 

¡Qué  bien  afirmó  la  alidada!  —  se  dijo  con  es- 
tupor. 

Bafil,  por  su  parte,  abrió  cuan  grandes  eran  los 
suyos  con  el  más  profundo  asombro,  y  no  pudo 
menos  de  murmurar,  riendo  sin  escrúpulo: 

í  Es  un  colmo  salir  al  jardín  sin  compañera,  y 
volverse  del  lago,  nada  menos  que  con  la  reina 
del  baile ;  y  un  colmo  mayor  el  del  doctor  de  Se- 
lis,  que  ha  hecho  una  gran  perdiz,  antes  de  em- 
pezarse los  lanceros! 

—  ¿  Me  explicarás,  Raúl,  —  dijo  luego,  en  voz 
alta,  —  el  origen  de  este  enigma? 

Areba  estrujó  su  fino  pañuelo  de  manos,  febril 
y  nerviosa.  Se  sentía  seriamente  contrariada. 

—  No  reviste  el  hecho  tal  carácter,  —  contestó 
Henares  sonriendo,  reposado  y  tranquilo. — Había- 
mos acordado  con  la  señorita  de  Delfor  formar 
pareja  para  el  primer  vals  que  se  siguiese  á  los 
últimos  lanceros ;  y  de  una  manera  casual  nos 
encontramos  en  la  avenida  del  lago,   cuando  re- 


BRENDA  297 


sonaban  ya  en  el  salón  aquellas  armonías.  Me 
apresuré  entonces  al  reclamo,  y  Brenda  defirió 
galantemente,  así  como  su  compañero,  el  doctor 
de  Selis,  que  abdicó  de  un  modo  delicado  el  de- 
recho de  restituirla  á  los  salones. 

Mordióse  Areba  los  labios  con  gesto  de  incre- 
dulidad. 

Brenda  está  pálida  como  una  muerta, —  pensó. 
— ¿  Qué  habrá  ocurrido? 

—  ¡  La  señorita  de  Delfor  con  el  caballero  He- 
nares!—  dijo  de  improviso  una  voz  á  su  oído, 
llena  de  curiosidad  y  sorpresa. 

Volvióse  Areba,  encontrándose  con  el  rostro  ce- 
trino de  Julieta,  que  se  había  abierto  paso  entre 
otras  muchas  parejas  que  llenaban  aquel  sitio. 
Traía  á  remolque  á  su  joven  poeta. 

— Vi  salir  del  salón  las  dos  parejas,  y  me  su- 
puse que  buscaban  tregua  en  el  jardín,  que  está 
tan  delicioso.  Si  he  de  ser  franca,  tuve  envidia  y 
me  lancé  á  mi  vez .... 

Pero, ¿qué  pasa,  Areba?  ¡Estas  cosas  raras!  Con- 
fieso que  me  desorientan.  No  veo  aquí  al  doctor 
de  Selis. 

Y  señaló  la  hermosa  pareja  que  caminaba  de- 
lante, cambiándose  frases  en  acento  muy  bajo,  sin 
preocuparse  al  parecer  de  otro  mundo  que  el  re- 
flejado en  las  pupilas  de  dama  y  caballero. 

—  De  todo  quieres  hacer  problema,  Julieta, — 
respondió  Areba  con  una  sonrisa  afectuosa.  Lo 
que  resulta   sencillamente   del  hecho,  es  que  mi 


298  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


querida  Brenda  está  en  alza,  y  se  la  disputan  con 
ahinco.  ¡Estoy  segura  que  ha  de  llevar  fuertes  im- 
presiones de  la  fiesta! 

—  Ya  se  ve ... .  Me  felicito  por  Tula. 
¡Qué  callado  va  el  doctor  Bafil! 

—  A  la  verdad,  iba  juntando  los  extremes  de 
esta  delgada  red  cuyo  tejido  se  aprieta  por  mo- 
mentos, mi  enciclopédica  amiga;  —  por  más  que 
todo  parezca  muy  natural,  como  dice  Areba. 

Y  sin  dar  oídas  á  una  ocurrencia  picante  de 
Julieta,  se  dijo: — ¡Es  preciso  ponerse  en  guardia! 
Areba  misma  está  prevenida  contra  mí,  y  mucho 
me  temo  que  Raúl  y  yo  seamos  las  víctimas  ex- 
piatorias del  amor  y  del  orgullo. 

Subían  ya  la  gradería  marmórea  que  en  forma 
de  herradura  daba  acceso  al  vestíbulo.  Por  las 
puertas  y  grandes  ojivas  del  frente  brotaban  rau- 
dales de  claridad  y  armonías  mezcladas  al  bulli- 
cio entusiasta  y  atrayente  de  las  voces  y  risas 
sonoras.  El  baile  duplicaba  sus  encantos  y  seduc- 
ciones á  medida  que  avanzaba  con  el  alba  la 
hora  de  la  partida,  como  si  recién  entonces  se 
pusieran  en  juego  los  ocultos  resortes  del  deseo 
reprimido,  y  se  abriesen  las  válvulas  de  la  ex- 
pansión y  del  contento. 

Areba  invitó  á  Brenda  á  pasar  al  tocador,  lan- 
zando á  Raúl  una  mirada  escudriñadora  y  sos- 
tenida. 

Una  vez  allí  oprimió  la  mano  de  su  amiga,  fría 
bajo  el  guante,  y  la  dijo  con  un  acento  indefinible 


BRENDA  299 


—  Estás  muy  pálida,  querida  amiga.  Arregla 
tu  semblante  y  reprime  un  poco  las  palpitacio- 
nes violentas  que  te  agitan. 

Aquí  tienes  una  esencia  que  te  hará  bien.  Tú 
sufres:  ¿no  es  verdad? 

— No,  mi  buena  amiga;  no  tengo  motivo  de 
malestar,  y  te  agradezco  el  afectuoso  interés.  La 
fiesta  está  muy  brillante  y  me  deleita. . .  .Ya  sa- 
bes que  me  es  fácil  palidecer,  y  que  soy  algo 
nerviosa. 

—  No  tanto:  ¡aspira! — repuso  Areba,  rozando 
su  pecho  con  el  de  la  joven.  —  ¡Cómo  golpea  tu 
corazón!  Alguna  cosa  triste  te  ha  sobrecogido 
y  la  congoja  ha  dejado  un  rastro  notable  en  tu 
frente  y  en  tus  ojos,  tan  bellos.  ¿  Ya  no  me  quie- 
res? 

—  ¡Oh,  siempre!  ¿Por  qué  lo  dudas?.  ..  .Pero 
nada  tengo.  Tú  eres  la  que  pareces  no  ser  la 
misma,  mi  hermosa  Areba ....  y  yo  no  sé  si  te 
hice  algún  daño  sin  quererlo. 

—  ¡  Ninguno !  —  murmuró  Areba  estremecida.  — 
Yo  deseo  tu  dicha.  Deja  que  te  arregle  las  flo- 
res del  cabello. 

Y  la  besó  suavemente,  con  su  boca  llena  de 
calor.  Brenda  sintió  en  su  mejilla,  todavía  helada, 
como  un  botón  de  fuego. 

En  tanto,  Zelmar,  aguardando  de  pie  con  Raúl 
junto  á  la  puerta,  decía  á  su  amigo. 

—  Mañana  hablaremos.  Ya  es  tiempo  de  que 
seas   franco;   por   mi   parte    lo  seré.   Has  hecho 


300  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


una  aparición  con  ruido;  todos   los  ojos  investi- 
gan ;   se   susurran   misterios,    y  algo    preveo   de 
complicado  en  lo  futuro.  Hay  que  prepararse. 
— Bien. 

—  Me  consuela  el  hecho  de  que  no  hayas  dado 
en  un  árbol  con  el  cráneo  de  Lastener  de  Selis, 
—  pues  lo  veo  cruzar  por  los  intercolumnios  con 
la  bellísima  Tula.  Eso  prueba  que  procedes  con 
admirable  discreción  y  que  el  plan  es  mate- 
mático. Si  adviertes  que  la  señora  de  Nerva 
tiene  fija  su  vista  en  nosotros,  en  tanto  conversa 
con  el  señor  Stewart,  te  penetrarás  de  la  conve- 
niencia de  que  abandones  á  Brenda,  inmediata- 
mente de  su  salida  del  tocador.  Algunas  frases 
recogidas  al  acaso,  me  han  prevenido  un  poco 
de  lo  que  ocurre;  lo  demás  lo  adivino.  Conven- 
dría que  cambiáramos  de  compañeras ;  aunque 
muy  solicitada,  Areba  hará  de  tí  absoluta  dis- 
tinción. 

—  Acepto. 

En  ese  momento  aparecían  las  dos  jóvenes  del 
brazo  en  el  umbral:  radiante  la  una  y  fascinadora 
la  otra,  con  sus  vestidos  colores  rosa  y  marfil, 
de  correcta  armonía  con  el  tipo  de  belleza  pecu- 
liar á  cada  una.  Brenda  estaba  más  tranquila ; 
Areba  impasible. 

Varios  caballeros  esperaban  allí  cerca  su  turno, 
con  la  impaciencia  propia  de  la  vanidad  com- 
prometida. 

Zelmar  se  apresuró  á  decir: 


BRENDA  301 


—  Ha  concluido  el  vals,  Brenda.  Reclamo  ahora 
su  favor,  si  es  que  Vd.  se  iia  dignado  reser- 
varme un  lugar  en  su  programa. 

Los  jóvenes  se  miraron ;  pero  la  hesitación 
duró  poco.  Sonrióse  Areba,  y  Brenda  dio  su 
brazo  á  Bafíl. 

Raúl  se  había  acercado  á  la  primera,  quien 
sin  poner  en  ello  atención,  se  excusaba  gracio- 
samente con  otros  solicitantes.  Después  volvió 
el  rostro  con  aire  risueño,  y  tendió  su  mano  al 
joven  en  silencio.  Henares  comprendió  que  no 
se  había  ocultado  á  Areba  la  causa  de  la  evo- 
lución ;  y  aparte  de  eso,  experimentó  á  su  pesar 
la  misma  emoción  de  otras  veces,  aunque  más 
acentuada  ahora,  al  sentir  en  su  brazo  el  con- 
tacto del  de  ella. 

En  su  pasada  visita  á  casa  de  la  señorita  de 
Linares,  de  forma,  breve  y  discreta,  efectuada 
como  un  deber  de  cortesanía,  á  que  habíalo  obli- 
gado una  manifestación  de  gratitud,  los  cumpli- 
mientos y  frases  se  mantuvieron  dentro  de  los 
límites  de  una  política  fría  y  reservada.  En  el  ins- 
tante actual,  y  en  medio  de  los  entusiasmos  del 
baile,  fácil  sería  que  el  concepto  encubriese  mayor 
intención  y  el  amor  propio  alcanzara  á  rozar  sus- 
ceptibilidades mal  encubiertas. 

La  interesante  pareja,  confundiéndose  en  el 
núcleo  selecto,  sin  tomar  parte  activa  en  la  agi- 
tación de  la  danza,  mantuvo  diversos  diálogos 
animados.  Manifestóse  Areba  dulce  y  afectuosa, 


302  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


con  esa  gracia  llena  de  encanto  con  que  reviste 
sus  menores  gestos  una  mujer  que  aspira  á  con- 
quistar la  simpatía  de  un  hombre  de  mérito,  po- 
niendo de  relieve  la  faz  más  brillante  de  su  es- 
píritu y  apelando  á  los  recursos  secretos  de  la 
seducción,  cuando  no  del  amor  que  la  conmueve 
y  ansia  por  surgir,  estremeciendo  sus  fibras  y 
sus  labios  á  cada   palabra  ó  á  cada  aliento. 

En  uno  de  sus  paseos,  cambió  un  saludo  con 
Lastencr  de  Selis,  y  observó  la  fisonomía  de  su 
compañero.  Raúl  habíase  conservado  inalterable 
y  grave. 

Ella  lo  llevó  á  una  ventana  abierta,  que  daba 
al  jardín.  Paróse  delante,  y  apoyóse  con  langui- 
dez y  abandono  en  el  brazo  de  Henares,  aspi- 
rando una  flor  que  había  en  parte  deshojado  dis- 
traída. Llevaban  ya  algunos  momentos  de  si- 
lencio. De  vez  en  cuando,  notaba  el  joven  que 
ella  ponía  en  los  suyos  sus  ojos  rasgados  y  lumi- 
nosos, con  esa  expresión  profunda  que  envuelve 
todo  un  poema  de  esperanzas;  y  sufría  los  vagos 
estremecimientos  que  provoca  la  proximidad  del 
misterio  ó  del  peligro.  La  cabellera  de  la  joven, 
casi  rozando  sus  mejillas  en  cada  movimiento  lento 
y  voluptuoso,  exhalaba  un  suave  bálsamo  que  iba 
al  sentido  en  inhalaciones  sutiles ;  y  alguna  vez 
sintió  como  una  llamarada  de  fiebre,  cuando 
Areba  volviéndose  de  frente  al  salón  con  lenti- 
tud, sin  abandonar  su  brazo,  se  acercó  bien  á 
él  y   miró  por  arriba   de  su  hombro,  suspirante, 


BKENDA  303 


dejando  á  una  línea  de  su  vista  el  rostro  anaca- 
rado, y  los  labios  húmedos,  rojos,  entreabiertos. 
Quiso  desviarla;  pero  ella,  sin  moverse  y  ci- 
ñendo  con  más  fuerza  su  brazo,  lo  miró  en  las 
pupilas  con  un  reflejo  intenso  de  amor  y  de  des- 
pecho, obligándole  á  incendiarse  en  su  luz  y  á 
empalidecer  bajo  la  influencia  de  la  emoción.  Si- 
guieron los  dos  callados.  Irradió  de  placer  el  sem- 
blante de  Areba,  y  de  pronto  dqo,  con  acento  tan 
ledo  y  suave  como  un  hálito: 

—  ¿Se  acuerda  Vd.   del    tordillo  negro? 

A  esta  pregunta,  que  pareció  arrancarle  de  un 
sueño,  Raúl  experimentó  una  sacudida,  algo  se- 
mejante á  un  desgarramiento  interior,  y  transfi- 
guróse su  rostro  por  completo.  Areba  se  alarmó, 
agregando   solícita   y  con  un  fondo   de  tristeza: 

— ¡Nunca  creí  que  mis  palabras  producirían 
tal  efecto!  Dígnese  Vd.  disculparme,  si  fui  im- 
prudente  .  . .   Me  refería   al  lance  del  Prado. 

— ¡Oh,  no! — repuso  Raúl  pasando  la  mano 
por  su  sien. 

Usted  es  la  que  debe  perdonarme ....  No  he 
podido  reprimirme,  pues  sus  palabras  evocaron 
en  mi  memoria  lejanos  recuerdos,  muy  distintos 
á  aquel  que  ellas  tendían   á  despertar. 

—  ¡Singular  coincidencia! 

—  Verdad. . . . 

Me  acuerdo,  Areba.  Grande  fué  mi  dicha,  de 
poder  merecer  desde  entonces  el  aprecio  de  un 
espíritu  delicado  y  nc»ble. 


304  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Removiéronse  los  labios  de  la  joven  en  si- 
lencio.   Luego  dijo: 

—  Era  lo  menos  que  podía  dispensarse  al  au- 
tor de  acción  tan  generosa. 

—  ¿Lo  menos? 

—  Sí.  Las  mujeres  llevamos  siempre  muy  lejos 
nuestra  admiración  ó  gratitud:  para  un  momento 
de  verdadero  sacrificio  en  el  hombre  en  nuestro 
obsequio,  solemos  reservar  años  de ... .  dulce  re- 
cuerdo. 

Raúl  se  puso  pensativo.  Ella  lo  atrajo  hacia 
sí,  y  echó  á  andar  despacio.  El  joven  podía  sen- 
tir los  latidos  de  aquel  pecho  turgente,  algo 
más  precipitados  que  lo  natural,  y  descubrir  en 
Areba  un  signo  inequívoco  de  pesar  hondo  y 
dominante,  mezclado  á  su  gesto  de  altivez. 

Preocupábale  la  frase  que  había  motivado  su 
sobresalto,  y  con  ella  el  episodio  del  pasado* 
que  cada  día  revestía  nuevas  formas  en  su  es- 
píritu. 

Areba  continuó  silenciosa  un  intervalo  regu- 
lar, hasta  que  levantó  nuevamente  los  ojos  hacia 
él,  viendo  cruzar  á  Brenda  con  Bafil  por  medio 
del  salón. 

— Incomparable  como  una  diosa  está  la  huér- 
fana, —  dijo. 

Parecióle  á  Raúl  que  la  última  palabra  en- 
volvía una  ironía  cruel  y  sangrienta;  y  un  se- 
gundo estremecimiento  agitó  todas  sus  fibras. 
Sobre  esta  palabra  recalcó  Areba,  dejándola  caer 


BRENDA  305 


como  una  plomada  en  el  ánimo  del  joven.  Ob- 
servó él  también,  que  su  compañera  no  era  ya 
la  misma:  un  aspecto  glacial  había  reemplazado 
de  súbito,  al  aire  simpático  y  afable,  en  su  ros- 
tro de  líneas  esculturales.  Apeló  entonces  á  las 
energías  de  su  carácter,  para  ahogar  la  penosa 
impresión  é  imponerse  el  silencio,  recordando  las 
advertencias  de  Zelmar. 

Felizmente,  aquel  estado  violento  de  su  espí- 
ritu duró  poco.  Muchos  eran  los  admiradores  de 
la  señorita  de  Linares,  y  Raúl  fué  muy  en  breve 
reemplazado.  Areba  le  estrechó  la  mano  consa- 
grándole una  sonrisa,  y  manteniéndose  inmóvil, 
en  tanto  él  se  apartaba  algunos  pasos  para  re- 
tirarse. 

Media  hora  después,  cuando  el  baile  tocaba  á 
su  fin,  Julieta  se  acercó  á  Areba,  trayéndose  á 
priesa,  como  de  costumbre,  á  su  compañero,  que 
era  esta  vez  una  persona  seria  y  flemática,  ya  en- 
trada en  años,  del  cuerf>o  consular,  con  un  dis- 
tintivo rojo  en  el  frac  y  un  lente  en  el  ojo  iz- 
quierdo. Este  caballero  trataba  de  mantener  su 
aplomo  y  su  tiesura  en  el  remolque,  evitando  po- 
ner el  pie  en  las  faldas  de  raso,  y  haciendo  res- 
petuosas cortesías,  en  tanto  su  pareja  tirándole  de 
la  muñeca,  se  abría  camino  por  entre  la  concu- 
rrencia. 

Julieta  se  inclinó  al  oído  de  su  amiga,  con  los 
ojos  brillantes  y  el  aire  misterioso,  diciéndola : 

— Mañana  te  contaré  lo  ocurrido   en   la   ave- 


306  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


nida.  .  .  .  ¡Estoy  bien  enterada!  Me  dio  datos  Ca- 
silda, que  volvía  del  lago  delante  de  otras  pare- 
jas, y  pudo  oir  cosas  de  sumo  interés.  .  .  .Pero, 
¿has  visto  los  aires  de  Tula  del  brazo  del  doc- 
tor de  Selis?  ¡Va  hecha  una  alcorza! 


XXIII 


TRES    CARTAS 


Horas  después  del  baile,  del  que  salieron  jun- 
tos, los  dos  amigos  departían  sobre  sus  cosas 
íntimas  en  la  casa  de  Raúl,  bajo  la  influencia 
todavía  de  las  recientes  y  opuestas  impresiones. 
Comentaron  ya  sin  reservas  los  hechos  que  inte- 
resaban á  uno  y  otro,  se  expusieron  creencias  y 
certidumbres,  buscóse  el  secreto  de  dudas  y  con- 
tradicciones aparentes;  y  por  natural  encadena- 
miento de  ideas,  trataron  de  sondar  ajenos  planes 
é  intenciones. 

Zelmar  creía,  en  lo  concerniente  á  Raúl,  que 
sus  propósitos  debían  perseguirse  por  los  mismos 
medios  empleados  hasta  el  momento :  el  caso  era 
arar  hondo  en  el  corazón  de  la  joven,  antes  que 
adquiriese  forma  seria  la  oposición  manifiesta  de 


BREKDA  307 


la  señora  de  Nerva  á  sus  amores,  y  se  exten- 
diese á  mayor  radio  el  papel  activo  que  parecía 
desempeñar  Areba  en  el  drama  doméstico.  Lo  de- 
más debía  reservarse  al  tiempo.  No  dejaba  de 
preocuparle,  con  todo,  el  móvil  secreto  que  com- 
pelía á  aquélla  á  asumir  esa  actitud. 

—  Veo  oscuro,  eso, — agregaba  mirando  á  su 
amigo. 

—  Así  es,  —  había  respondido  Henares,  con  gesto 
caviloso; — yo  tampoco  me  doy  razones.  Trataré, 
sin  embargo,  de  averiguar  si  algún  hecho  de  mi 
vida  pasada,  aparte  del  que  te  he  referido,  tiene 
alguna  conexión  estrecha  con  la  historia  de  la 
familia  de  Brenda. 

—  En  cuanto  á  Areba, — proseguía  Bafil,  —  me 
explico  su  conducta  en  esta  emergencia  por  los 
impulsos  de  una  pasión  violenta  hacia  tí,  contra 
mi  antigua  opinión  á  su  respecto.  Esto  no  obs- 
tante, recuerda  la  sospecha  que  te  insinué  des- 
pués del  lance  en  el  Paso  Molino,  y  que  tú 
consideraste  inadmisible.  En  la  pasión  que  ha 
nacido  en  su  pecho,  sin  poder  expandirse,  en 
ella  reconcentrada  y  escondida,  privada  de  desa- 
rrollo, como  el  feto  que  ha  de  nacer  para  mo- 
rir con  el  primer  vagido,  entra  por  mucho  el 
amor  propio  lastimado.  En  medio  de  sus  rarezas 
y  caprichos  originales,  estoy  seguro  que  nunca 
pensó  en  el  fracaso  de  su  primera  elección:  la 
has  herido  en  mitad  de  su  soberbia,  y  debes 
precaverte.  Una  mujer  de  estas  condiciones,  de- 


308  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


sairada,  centuplica  sus  fuerzas  para  hacerse  sen- 
tir aun  en  la  hora  en  que  te  creas  á  solas  con 
el  pensamiento.  Contribuiré,  por  mi  parte,  á  tu 
defensa.  Confieso  sinceramente  que  me  siento 
arrastrado  á  quererla;  y  que,  por  ello,  me  con- 
fundo con  los  pocos  que  dicen:  á  repulsa  obsti- 
nada, pretensión  pertinaz.  Por  el  instante,  nues- 
tro estado  de  ánimo  es  idéntico:  ambos  sentimos, 
pero  no  somos  felices;  yo  no  soy  el  preferido,  y 
aquel  en  quien  ella  piensa  no  puede  pertenecerle. 
Los  dos  corazones  se  agitan  en  el  vacío,  con  la 
diferencia  de  que  el  mío  está  prevenido,  y  puedo 
á  voluntad  reprimir  sus  arranques;  mientras  que 
el  de  ella  se  debate  ya  dominado  é  inquieto, 
sintiendo  en  las  dos  aurículas  el  escozor  de  un 
dardo,  y  tarde  ó  temprano  el  corazón  lacerado  y 
abatido,  se  rinde,  aunque  valga  toda  una  guar- 
dia vieja.  La  diástole  todavía  es  mesurada  en 
mi  músculo,  educado  con  sistema;  en  el  de  Areba, 
han  de  ser  mayores  las  dilataciones.  Persistiré, 
pues,  en  el  intento  contra  tu  embozada  er^emiga, 
y  á  serte  franco,  he  de  excederme  á  mí  mismo. 
Sabe?  que  un  obstáculo  me  encela,  sin  forjarme 
ilusión  tampoco  sobre  el  éxito:  llevar  un  ataque 
contra  cuadros  dobles,  fué  siempre  en  milicia  un 
lance  serio;  pero,  no  se  me  oculta  que,  apode- 
rarse de  un  corazón  de  mujer  que  ha  elegido 
tipo,  aunque  sea  para  soñar  con  él  de  aurora  á 
aurora,  es  empresa  más  difícil,  si  esa  dama  siente, 
piensa  y  quiere  como  esta  hechura  de  ángel  re- 


BRENDA  309 


beldé.  Lucharé  con  brío.  ¡  Hermosa  victoria  sería 
la  mía  sobre  su  orgullo!.  .  .  .  Necesito  de  ciertas 
satisfacciones  psíquicas,  con  sabor  de  extraordi- 
nario; porque  en  verdad,  estoy  cansado  de  reunir 
apuntes  de  frágiles  amoríos,  para  mis  memorias 
del  Parque  de  los  Ciervos.  Esta  mujer  se  me  im- 
pone, y  parece  que  yo  no  la  conmuevo:  ¿no  te 
recuerda  una  serpiente  irisada,  fría  y  fascinadora? 

Me  dejaría  estrujar  entre  sus  anillos.  Confío  en 
que  tu  indiferencia,  en  último  resultado,  ha  de 
agregar,  por  reacción  forzosa,  buena  dosis  de 
energía  á  la  que  mi  pasión  acumulará. 

Tú  eres  el  dichoso,  á  fe  mía;  y  es  prudente  que 
te  apresures  en  la  proyectada  obra  de  tus  des- 
montes, puentes  y  terraplenes,  para  concluir  en 
seguida  esta  campaña.  Del  lance  con  de  Selis^ 
no  te  preocupes:  estoy  convencido  de  que  por 
ahora  no  tendrá  consecuencias,  porque  así  con- 
viene, en  mi  concepto,  á  los  intereses  del  dam- 
nificado ;  conserva,  sin  embargo,  la  guardia,  pues 
en  oportunidad  puede  hacértelas  sentir,  con  rigor 
de  cirujano.  Entretanto  debemos  aprovechar  el 
tiempo,  que  el  día  de  nuestra  marcha  se  aproxima. 
Para  entonces  habrá  cacharpalla  y  Brindis,  te 
lo  prevengo.  Sabes  que  eso  está  de  moda.  ¡Li- 
baremos una  copa  por  tu  dicha  y  por  la  de  to- 
das las  buenas  almas  que  han  solazado  á  más 
de  uno,  en  nuestra  vida  libre! 

Largos  momentos  mantuvieron  el  diálogo  los 
jóvenes,  concertando  proyectos  y  planes  de  con- 


310  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


ducta  adecuados  á  las  circunstancias;  y  separá- 
ronse al  fin  sin  haber  disipado  por  completo  las 
dudas  ó  malas  impresiones  que  respectivamente 
sintieran  en  la  pasada  noche. 

Cuando  Raúl  quedó  solo,  al  reproducir  en  su 
mente  las  confidencias  de  Zelmar,  advirtió  recién 
su  fondo  de  acritud;  y  llegó  á  persuadirse  de 
que  su  pasión  había  adquirido  un  incremento  y 
desarrollo,  en  vano  disimulados.  Areba  parecía 
haber  vencido,  sin  desearlo  tal  vez,  por  la  sola 
influencia  de  sus  méritos,  ó  la  arrogancia  de  su 
carácter:  este  triunfo,  sobre  un  hombre  de  las 
calidades  deBafil,  que  hacía  gala  de  reirse  del 
mundo,  con  mejor  título  quizás  que  otros  que  lo 
dicen,  mientras  pasa  y  repasa  por  su  corazón 
envuelta  en  la  sangre  una  pena  negra,  haciéndo- 
los llorar  en  las  tinieblas  como  débiles  mujeres, 
indicaba  un  grado  de  superioridad  indiscutible, 
que  podría  concluir  por  absorberlo  y  desarmarlo. 
Muy  diferente  era  este  sentimiento  imperioso,  á 
las  fragilidades  de  su  Parque  de  los  Ciervos,  como 
él  calificaba  de  una  manera  pintoresca  sus  aven- 
turas galantes;  una  resistencia  fría  y  severa  había 
bastado  á  hacerle  desconfiar  del  temple  de  su 
fibra.  Henares  pensó  que  desde  ese  momento  su 
amigo  no  se  pertenecía. 

El  recuerdo  de  Brenda  le  aisló  bien  luego  del 
pesar  ajeno.  Acercóse  á  la  mesa,  después  de  me- 
ditar algunos  instantes,  y  trazó  varias  líneas  so- 
bre un    pliego  pequeño.    Era    el   anuncio    de  su 


BRENDA  311 

próxima  partida,  delicadamente  advertido,  con, 
mezcla  de  reminiscencias  gratas,  y  designación 
del  día  en  que  contaba  estar  de  regreso.  Sus 
deberes  profesionales  le  llamaban  lejos;  pero  él 
suponía  que  la  distancia  y  el  tiempo  acercaban 
más  los  corazones,  para  aumentar  á  la  vez  el 
placer  de  sus  ansiedades;  el  reencuentro  de  los 
que  se  aman,  equivalía  á  una  doble  prueba  y  á 
un  supremo  deliquio.  Antes  de  partir  quería 
verla.  El  esperaba  acogida  para  esta  súplica,  pues 
no  debía  confiar  á  la  esquela  lo  que  con  más 
sencillez  podía  expresar  el  labio. 

Releída  la  esquela,  parecióle  bien ;  y  en  el 
instante  se  propuso  hacerla  llegar  á  su  destino. 
Abandonando  desde  luego  el  gabinete,  dirigióse 
á  la  quinta,  pues  suponía  que  le  sería  fácil  po- 
nerla en  manos  de  Zambique,  á  quien  siempre  se 
veía  cerca  del  seto. 

No  le  percibió  en  los  lugares  de  costumbre; 
pero  en  cambio  pudo  divisar  á  Brenda,  dando 
el  brazo  á  su  anciana  protectora,  y  acompañada 
del  doctor  Lastener  de  Selis.  La  señora  de  Nerva 
parecía  enferma  y  andaba  con  lentitud.  En  pre- 
sencia de  aquel  grupo,  pensó  Raúl  que  la  joven 
debía  haber  ocultado  á  la  anciana,  como  él  lo  ha- 
bía supuesto,  el  episodio  de  la  avenida.  El  mismo 
aplomo  del  doctor  de  Selis,  denunciaba  que  éste 
había*asistido  seguro  de  esa  discreción.  No  le  era 
posible  al  joven  observar  á  la  distancia  lo  que 
revelaban  las  tres  fisonomías,  y  por  consiguiente 

21 


312  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


deducir  el  género  de  impresiones  que  podía  im- 
perar en  cada  una  de  las  personas  del  grupos 
mas,  sí  le  fué  dado  convencerse,  por  ciertas  ma- 
nifestaciones y  actitudes  de  la  enferma  en  su 
paseo,  que  la  afección  que  padecía  estaba  lejos 
de  perder  su  tenacidad  de  grave  y  alarmante, 
debiéndose  atribuir  acaso  á  la  anterior  velada, 
su  sensible  desmejoramiento.  En  su  nobleza  de 
ánimo  no  se  le  ocurrió  pensar  que  aquella  vida 
podía  extinguirse  en  breve  tiempo:  sólo  agitóse 
en  el  propósito  de  aproximarse  á  ella,  en  oca- 
sión que  no  creía  muy  lejana,  para  expresarla 
sentimientos  que  debían,  en  su  concepto,  desva- 
necer una  preocupación  infundada  y  adversa  á. 
su  persona. 

Zambique  apareció  de  improviso,  por  la  línea 
de  agaves  del  fondo;  aun  cuando  de  su  aproxi- 
mación fué  Raúl  advertido  un  momento  antes,. 
por  una  especie  de  gruñido  sordo,  con  que  el  li- 
berto traducía  sus  notas  y  frases  de  marimba. 
Traía  al  brazo  un  cesto  de  mimbres,  casi  lleno  de 
frutillas  blancas  y  rojas.  Con  su  irreemplazable- 
levita  sin  faldones,  su  sombrero  alto  de  felpa  sin 
ala  y  abatido,  que  temblaba  en  el  cráneo  como- 
un  morrión  de  pelo,  y  su  pipa  de  yeso  detrás  de 
la  oreja,  el  honrado  Zambique  no  parecía  pre- 
ocupado más  que  del  suelo  en  que  sentaba  su 
planta  callosa  y  vacilante. 

El  joven  le  salió  al  encuentro,  junto  á  unos  ár- 
boles del  seto,  y  le  dijo  afablemente* 


BRENDA  813 

—  No  pasan  los  años  por  tí,  Zambique. 
¿Son  para  tu  reina  esas  frutillas? 

—  Sí,  señor. 

—  ¿Me  permitirías  colocar  este  papel  en  el 
cesto,  de  modo  que  sola  ella  lo  viese? 

— ¡Ah!  sí,  señor, — repuso  el  negro,  riendo  in- 
genuamente, con  el  sombrero  en  la  mano,  y  po- 
niendo el  cesto  al  alcance  de  Raúl. 

Este  disminuyó  en  lo  posible  el  volumen  de  la 
carta,  doblándola  y  oprimiéndola  entre  los  dedos, 
y  luego  la  colocó  en  el  cesto,  agregando: 

—  Yo  confío  en  tu  lealtad,  Zambique,  y  en  el 
amor  que  profesas  á  tu  reina.  ¡Mira  que  no  la  ha- 
gas llorar! 

El  viejo  liberto  tendió  en  silencio  la  mano  tem- 
blorosa, removió  un  poco  las  fresas  hasta  ocul- 
tar debajo  el  billete,  miró  á  Raúl  con  aire  de  res- 
peto y  humildad,  y  fuese,  sin  desplegar  los  labios. 
Parecía  muy  conmovido. 

Henares,  por  su  parte,  se  volvió  por  una  calle 
de  guindos  y  durazneros  que  terminaba  en  aquel 
sitio,  algo  más  tranquilo  y  satisfecho. 

En  ella  le  alcanzó  Selim,  con  una  carta. 

Conoció  por  su  cubierta,  que  era  del  directorio 
de  la  empresa  de  Río  Grande. 

En  ella  se  le  pedía  precipitase  su  viaje  á  la 
mayor  brevedad,  invocándose  la  razón  de  haber 
desistido  dos  de  los  ingenieros  del  contrato,  y 
ser  por  el  hecho  indispensable  su  presencia  para 
la  iniciación   de  los  trabajos   de   la  línea,  cuyos 


314  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


rielQS  debían  echarse  en  una  época  prefijada  é 
improrrogable.  Ofrecíansele  las  facilidades  nece- 
sarias á  fin  de  prevenir  todo  género  de  impedi- 
mentos, y  se  confiaba  en  que  pondría  el  mayor 
esfuerzo  personal  de  su  parte,  en  sentido  de  una 
determinación  inmediata  y  decisiva. 

Si  bien  esta  carta  contrariaba  un  tanto  sus  pro- 
yectos, Raúl  se  resolvió  á  partir  al  día  siguiente, 
aprovechando  la  salida  del  vapor  Río  de  Janeiro, 
que  hacía  escala  en  Río  Grande  y  Porto  Ale- 
gre. Al  efecto,  esa  misma  noche  dio  principio  á 
sus  preparativos  de  viaje ;  y  anunció  á  Zelmar  la 
circunstancia  imprevista,  que  le  obligaba  á  mo- 
dificar el  plan  trazado. 

En  medio  de  sus  arreglos,  sorprendióle  la  vi- 
sita de  Zambique,  que  era  portador  de  un  billete. 
Debía  ser  la  contestación  anhelada. 

No  se  equivocó.  Brenda  le  escribía.  ¡Cuan 
agradable  emoción  la  que  precede  á  la  lectura 
de  la  primera  esquela  de  una  mujer  que  se  ama! 

La  abrió,  ya  á  solas.  En  esa  carta,  dulce,  sen- 
cilla y  tierna,  Brenda  Delfor  se  condolía  de  la 
próxima  ausencia,  y  deseaba  para  su  amigo  las 
más  envidiables  satisfacciones.  Podía  alejarse  sin 
zozobra,  pues  ella  guardaría  su  fe  y  aquel  cariño 
que  nada  podría  debilitar,  enseñoreado  como  lo 
estaba  de  su  corazón.  Suplicaba,  sí,  que  el  re- 
greso no  fuera  tardío;  pues  algunos  presentimien- 
tos extraños  la  tenían  inquieta.  No  deberían  verse 
hasta  entonces:  su  protectora  no  se  encontraba 


BRENDA  315 

bien  de  salud,  y  aparte  de  eso,  algo  había  ocu- 
rrido, que  ella  no  quería  ocultarte.  La  señora  de 
Nerva,  penetrada  de  su  estado  de  ánimo,  la  ha- 
bía llamado  á  confidencias,  con  noble  solicitud; 
y  ella,  lejos  de  rehusarse,  tuvo  la  dicha  de  reve- 
lárselo todo,  sin  omitir  otros  detalles  que  los  que 
se  referían  al  doctor  de  Selis.  Su  conciencia  la 
absolvía;  la  confesión,  por  lo  mismo,  no  podía 
quemarla  los  labios.  ¿Cómo  resistirse  tampoco  á 
exigencia  tan  justa?  Bajo  otro  concepto,  sus  re- 
velaciones podían  contribuir  á  modificar  los  opues- 
tos designios  d^  su  protectora.  Esta  nada  había 
dicho,  limitándose  á  oirías  en  silencio;  pero  creía 
que  hubiese  sufrido  por  ello  gran  pena.  ¿Sería 
ella  la  causa  de  su  actual  quebranto?  Teníala 
esta  sospecha  muy  pesarosa  y  triste;  con  todo, 
confiaba  en  la  eficacia  de  sus  ternuras  y  desve- 
los para  desvanecer  aquella  sombra  de  disgusto 
y  malestar.  Concluía  Brenda  su  carta  expresando 
que  esperaría  resignada  la  vuelta  del  viajero;  para 
cuya  época  su  goce  sería  indecible,  si  él  se  dig- 
naba acercarse  á  su  venerable  bienhechora  y  ven- 
cer los  escrúpulos  cuyo  origen  no  conocía  y  la 
llenaban  de  penosos  pensamientos. 

Varias  veces  leyó  Raúl  el  billete,  con  cierto 
contento  íntimo.  Persuadióse  de  que  podía  partir 
sin  dudas  ni  vacilaciones;  tenía  en  sus  manos  una 
de  las  más  elocuentes  pruebas  de  ser  amado: 
que  una  mujer  púdica  y  bella  no  escribe  nunca 
á  otro  hombre  que  á  aquel  á  quien  ella  ha  en- 


316  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


señado  á  leer  previamente  en  el  fondo  de  su  alma, 
y  concedídole  el  privilegio  y  la  gracia  de  ven- 
cerla ! 


XXIV 


DEL  TOCADOR  AL  CUPÉ 


Abnegación  sincera,  denuedo  estoico,  intrepi- 
dez tranquila  como  si  se  tratase  de  una  actitud  de 
conquista  ante  una  mujer  hermosa:  esto  es  poco 
común,  y  por  lo  mismo  envidiable  y  atrayente. 
Comprendo  ahora  por  qué  mi  ánimo,  de  suyo  pre- 
venido, se  exalta  y  admira,  á  pesar  de  todo .  .  . , 
¡Inclina  el  corazón  de  veras!  ¿Cómo  explicarse, 
sino,  aquel  cariño  virginal,  intenso,  al  héroe  som- 
brío, en  el  drama  de  los  celos,  cariño  que  á  su 
vez  suscita  un  amor  salvaje  en  la  dura  entraña 
del  león  célibe,  embriagado  hasta  entonces  con 
el  aroma  del  desierto  y  el  humo  de  la  gloria?. . . . 
Prueba  de  que  para  un  alma  exigente,  el  amante 
debe  ser  entero;  pero  algo  más  que  el  negro  pa- 
ladín. Voluntad  firme  é  inteligencia  superior:  ¡qué 
carácter  profundo!  Únase  á  eso  el  modelo  anató- 
mico, aunque  el  rostro  no  sea  bello,  y  se  obten- 
drá un  tipo  soberbio  esculpido  en  carne ;  por  den- 


BRENDA  317 


tro  y  fuera  al  varón  fuerte,  capaz  de  ese  amor 
humano,  ardiente,  generoso,  que  desborda  y  pal- 
pita, arrastra  y  subyuga,  haciendo  gozar  y  sufrir 
•con  la  poesía  encantadora,  unida  á  la  misma  la 
iría  realidad  del  mundo.  Debieran  ser  muchos 
los  hombres  así,  en  esta  tierra  ardorosa  é  inquieta 
donde  he  nacido :  uno  he  encontrado  á  mi  paso 
en  un  minuto  de  peligro,  no  sé  si  para  persua- 
dirme de  que  no  me  engañaba  al  soñar  que  lo 
encontraría  algún  día,  tal  como  lo  había  anhe- 
lado en  mis  horas  silenciosas,  ó  para  convencer- 
me de  que  al  suspirarlo  con  tanto  ardor,  estaba 
yo  lejos  de  constituir  el  ideal  de  su  mente.  Com- 
pulsamos siempre  las  fuerzas  propias,  para  tentar 
una  victoria  sobre  el  mérito  ó  el  carácter  que 
nos  cautiva;  pero  rara  vez  incluimos  en  el  inven- 
tario ese  algo  incomprensible  y  fatal  que  inter- 
viene en  el  génesis  de  la  pasión,  ajeno  á  nuestra 
voluntad,  y  que  viene  á  ser  el  primordio  de  la 
lucha  en  que  se  goza  á  la  idea  de  ser  una  domi- 
nada y  vencida ! .  .  . . 

Así  pensaba  Areba,  una  tarde,  de  pie  delante 
■de  un  espejo,  dándose  la  última  mano  á  su  pei- 
nado. Hacía  poco  que  había  dejado  el  baño,  y  res- 
pirábase á  su  al  rededor  una  atmósfera  saturada 
de  esencias.  Concluido  el  arreglo  y  el  adorno  de 
su  persona,  en  traje  de  pgtseo,  entreteníase  en  lla- 
mar leves  y  graciosas  ondas  de  su  negro  cabello 
hacia  la  frente  tersa  y  blanca,  con  esa  natural 
coquetería  de  la  que  confía  á  los  detalles  la  mi- 


318  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


sión  de  encarecer  el  conjunto.  Estaba  muy  her- 
mosa. Zelmar  la  habría  hallado  insuperable.  Más 
de  una  ocasión  compúsose  las  cejas,  y  miróse  la 
dentadura;  concluyendo  por  anudar  de  una  ma- 
nera airosa  en  su  cuello  enhiesto  de  extrema  blan- 
cura, una  cinta  muy  delgada  de  terciopelo  negro, 
de  la  que  pendía  una  pequeña  cruz  de  oro. 

Dirigióse  después  á  la  antesala  y  allí  perma- 
neció algunos  instantes  en  actitud  de  espera. 
Mientras  se  calzaba  los  guantes  de  estación  con 
cierta  impaciencia  visible,  su  mente  en  incesante 
actividad  seguía  pidiendo  materiales  á  la  memo- 
ria y  coordinando  extraños  pensamientos. 

Mucha  fué  su  conmoción, —  se  decía, — en  la 
noche  del  baile,  cuando  le  recordé  el-  episodio 
de  los  tordillos  negros.  ¡Se  comprende!  Lo  tra- 
baja la  conciencia.  Me  singularicé  á  propósito, 
y  la  alusión  llegó  al  fondo,  de  un  modo  repen- 
tino é  inesperado.  Tentaremos  los  últimos  esfuer- 
zos, ahora  que  parece  ya  estar  él  prevenido. 
¿Cómo  hacer  para  que  el  doctor  de  Selis  gane 
terreno  ? . . . .  El  asunto  puede  complicarse  de  un 
momento  á  otro,  y  sobrevenir  un  desenlace  im- 
previsto y  fatal,  dada  la  aventura  de  aquella  no- 
che, en  la  avenida  del  lago;  porque  en  definitiva, 
los  dos  pretendientes  no  han  hecho  más  que 
postergar  un  encuentro,  de  suyo  inevitable,  que 
haya    de   dirimir   violentamente   acaso  la  doble 

cuestión  de  amor  y  dignidad Esto  sería  muy 

grave,  y  estoy  muy  lejos  de  desear  que  él  arries- 


BKENDA  319 

gue  su   vida,   que   me  es  tan  cara  como  puede 
serlo  para  Brenda. 

Areba  volvió  de  pronto  el  rostro,  al  ruido  de 
pasos.  El  señor  Perea  apareció  en  el  dintel,  sa- 
ludando con  mesura  y  respeto.  Como  viese  que 
Axeba  se  encontraba  en  disposición  de  salir,  apre- 
suróse á  dar  un  paso  atrás,  diciendo: 

—  Volveré  en  otro  instante,  señorita.  .  . . 

—  No,  D.  Leoncio:  hablaremos  de  pie. 
¿Tiene  Vd.  algo   de   nuevo  que  comunicarme 

en  lo  relativo  á  mis  instrucciones? 

— Sí,  señorita.  Con  arreglo  á  ellas  me  tras- 
ladé hoy  á  la  casa  del  finado  Cario  Roveda,  para 
atender  á  vista  de  ojos  las  necesidades  de  su 
hija.  Parece  que  las  gentes  del  barrio  han  He- 
g-ado  á  compadecerla  un  poco,  á  causa  de  ha- 
llarse enferma  y  abatida. 

—  ¡Pobre  Cantarela!   ¿Qué  la  aqueja? 

— Dicen  que  fiebre,  y  mucha,  desde  el  día  en 
que  murió  el  pescador;  de  manera  que  no  ha 
sido  posible  transportarla  á  otro  sitio.  Delira  á 
cada  hora. 

— Es  preciso  que  la  asista  un  médico  de  con- 
fianza, Perea;  y  ya  sabe  Vd.  que  el  doctor  de 
Selis  lo  es  de  la  casa.  Provea  Vd.  al  caso,  sin 
perjuicio  de  una  recomendación  particular  mía . . . . 
¿  Tuvo  Vd.  ocasión  de  verla  y  de  oiría? 

—  Sí,  señorita.  Hablaba  cosas  de  trastorno. 
Areba  quedó  un  instante  en   suspenso.  Luego 

agregó : 


320  E.  ÁCEVEDO  DÍAZ 


—  Yo  deseo  verla,  D.  Leoncio,  quizás  esta 
misma  noche,   y  Vd.  me  acompañará. 

¿  Se  atribuye  su  dolencia  á  la  muerto  del  pa- 
dre, exclusivamente? 

Perea  hizo  un  gesto  muy  grave,  acomodán- 
dose los  espejuelos  en  mitad  de  la  nariz ;  y  con- 
testó : 

—  Parece  ser,  señorita^  que  hay  por  medio  un 
amorío  desgraciado,  y  que  la  han  requebrado  con 
perfidia,  como  acaece  en   estos  tiempos. 

Mordióse  el  labio  la  joven,  murmurando,  cual 
si  hablase  consigo  misma: 

—  ¡  Hazañas  de  Zelmar ! ....  Es  cierto.  Caso  fre- 
cuente, D.  Leoncio,  en  éstas  como  en  épocas  an- 
tiguas, y  siempre  que  haya  corazones  excesiva- 
mente tiernos  y  apasionados.  Por  lo  general,  la 
mujer  no  ha  de  variar  mientras  el  hombre  no 
cambie;  una  dependencia  absoluta  perpetúa  los 
infortunios,  ó  los  prepara. . . .  ¡  Qué  crueldad  inú- 
til !  ¿  No  lo  cree  Vd.  así  ? 

—  Es  un  evangelio.  Abundan  los  mancebos 
llenos  de  impudicia,  que  atacan  á  la  debilidad 
con  arte  diabólico .... 

— Aunque  la  víctima  se  esconda  entre  las  redes, 
Perea.  Tienen  olfato  de  felinos,  los  que  cuando 
una  vez  gustan  de  carne  fresca  y  rosada,  constitu- 
yen un  peligro  permanente,  j  Lástima  grande  que 
no  haya  para  ellos  trampas  especiales! 

— Verdad  que  no  existe  escondrijo  que  valga, 
señorita;  todo  lo  husmean   esos  libertinos.  El  pro- 


BR£NDA  321 


greso  del  siglo  no  ha  hecho  mucho,  á  mi  parecer, 
por  un  invento  efícaz .... 

—  Por  el  contrario,  ha  facilitado  los  refinamien- 
tos, á  juzgar  por  lo  que  ocurre  todos  los  días, 
hasta  incitar  al  saboreo  del  fruto  ajeno ....  En  sus 
buenos  años,  D.  Leoncio,  las  mujeres  no  usaban 
escote,  ni  exhibían  la  garganta  del  pie ;  y  los  no- 
vios sólo  se  permitían  besarse  en  la  punta  de  los 
dedos,  allí  donde  se  sentían  los  últimos  estreme- 
cimientos de  la  palpitación. 

—  Muy  cierto.  Se  hacía  el  amor  á  dosis,  con  todo 
recato.  ¡Oh,  la  educación  era  correcta!  En  el  tem- 
plo, el  velo  discreto;  en  el  paseo,  los  ojos  bajos 
y  pudorosos;  en  el  baile,  nada  de  roces  incon- 
venientes. Con  las  reservas  necesarias,  andaba 
mucha  virtud  por  el  mundo.  Las  visitas  tenían 
su  hora  y  término  fijos;  de  sobremesa  se  rezaba 
el  rosario ;  al  toque  de  ánimas,  la  plegaria ;  la  ma- 
lilla y  el  dominó,  á  las  nueve;  los  enamorados 
cerca  de  los  ancianos,  para  oir  sanos  consejos. 
;  Ah,  mi  respetable  señorita,  de  aquella  moral  sólo 
quedan  vestigios! 

—  Muy  rigurosa  era.  Bello  tiempo  me  pinta  Vd., 
aquel  en  que  los  jóvenes  no  eran  capaces  de  jun- 
tarse los  labios,  ni  á  hurtadillas,  siquiera  para 
chupar  un  poco  de  miel,  con  el  mismo  derecho 
que  la  abeja  ó  la  avispa.  Un  algo  desabrida,  se 
andaba  esa  virtud . . .  ¿  Nunca  vio  Vd.  una  liga 
ceñida  á  una  pierna  hermosa,  Perea? 

Ruborizóse  bastante  D.  Leoncio,  tosiendo  con 


322  E.  ACBVEDO  DÍAZ 


dificultad   y   pestañeando  con  alguna  agitación. 
Estaba  escandalizado. 

Areba  le  miraba  á  través  del  velo  que  cubría 
en  parte  su  rostro,  con  sus  grandes  ojos  lumino- 
sos, llenos  de  malicia.  Tal  vez  Perea,  al  experi- 
mentar fuerte  temblor  en  su  flaco  cuerpecillo,  se 
condolía  en  ese  momento  de  no  ser  un  mancebo 
de  boca  encendida  como  roja  flor,  para  contestar 
debidamente  á  aquella  graciosa  y  gentil  burlona; 
pero,  la  verdad  es  que  por  su  pensamiento  honesto 
no  pasó  nada  que  pudiese  traducirse  como  un 
principio  de  pecado.  Viéndole  poco  menos  que 
aturdido,  en  el  penoso  conflicto  de  mentir  ó  de 
declarar  con  franqueza  que  él  no  había  diferido 
mucho  del  gusto  de  los  demás,  la  joven  salió  en 
su  ayuda,  preguntando  con  aire  serio: 

—  Nada  me  ha  dicho  Vd.  sobre  ese  sujeto 
D.  Diego  Lampo,  que  recomendé  á  Vd.  viese. 

D.  Leoncio  respiró  lentamente. 

—  Me  disponía  á  informar  á  Vd.,  señorita,  acerca 
del  particular.  Tuve  oportunidad  de  verle  hoy,  y 
hame  prometido  venir  mañana  á  la  hora  indicada, 
para  ponerse  á  las  órdenes  de  la  señorita. 

—  Bien.  No  olvide  Vd.  de  prevenirme  de  su 
llegada,  en  el  acto.  Lo  hará  Vd.  pasar  á  su  escri- 
torio. 

Y  como  Areba  se  dispusiese  á  salir,  dando  por 
terminada  la  conferencia,  apresuróse  el  señor  Pe- 
rea  á  retirarse. 

Mientras  recorría  la  galería  el  digno  administra- 
dor, iba  diciéndose  medio  confuso: 


BRENDÁ  323 

i  Líbreme  Dios  de  conjeturas  vidriosas !  Pero, 
¿  qué  puede  ocurrírsele  á  la  señorita,  con  un  sujeto 
de  las  entretelas,  dobleces  y  bastardías  de  Diego 
Lampo? 

Areba,  en  tanto,  condoliéndose  interiormente 
de  la  suerte  de  Cantarela,  por  quien  siempre  se 
interesaba,  hacía  al  bajar  las  gradas  una  especie 
de  proceso  de  la  vida  de  Bafil.  Diversas  eran  las 
proezas  que  lo  comprometían,  con  circunstancias 
agravantes. 

Sin  salirse  del  juicio  sumario,  vióse  pronto  la 
joven  en  la  vereda,  en  momentos  en  que  llegaba 
al  sitio  su  amiga  Julieta,  moviendo  á  todos  lados 
la  cabeza  y  el  abanico,  con  un  gesto  estudiado 
parecido  á  sonrisa,  sin  duda  para  disimular  un 
poco  el  volumen  de  su  labio  inferior  de  esponja, 
y  los  párpados  bien  levantados,  para  que  sus 
pestañas,  —  que  eran  negras  y  crespas  como  las 
cejas,  —  aumentasen  á  distancia  con  su  sombra,  el 
tamaño  de  sus   ojillos  vivaces  y  escudriñadores. 

Areba  la  saludó  afablemente,  invitándola  á 
subir. 

— No,  mi  querida  amiga,— apresuróse  á  decir 
Julieta; — me  detengo  sólo  á  saludarte.  Veo  el  cupé 
con  la  portezuela  abierta.  Voy  hasta  casa  de  Ca- 
silda, á  quien  debo  visita.  La  costumbre  me  ha 
hecho  pasar  por  aquí;  sabes  que  mis  itinerarios 
son  lijos;  y  al  efecto  me  vine  por  la  calle  25  de 
Mayo,  que  debiera  llamarse  de  Artigas.  Conoces 
mi  tema,  y  sobre  él  inculco  siempre  á  mi  respeta- 


324  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


ble  padre  para  que  influya  en  sentido  de  modifi- 
car la  nomenclatura.  El  amor  localista  ante  todo, 
y  el  buen  sentido  por  delante.  ¿  Por  qué  denomi- 
nar 25  de  Agosto  á  una  calle,  en  vez  de  Libertad, 
y  á   otra  18  de  Julio,   en  vez  del  Juramento,    lo 
que  es  más  corto  y  expresivo?  Sobre  esto  venía 
meditando,  cuando  al  llegar  á  la  esquina  de  Itu- 
zaingó   me  encontré  con  Guma.    Me  detuvo    un 
instante  la  muy  andariega,  y  conversamos  sobre 
tópicos  muy  distintos,  á  salto  de  cabra . . . .  ¿  Sabrás 
que   el   caballero  Raúl  Henares  marchóse    hace 
tres  días  al  Brasil,  y  que  su  ausencia  durará  un 
mes  ?  Muchas  cosas  se  dicen  acerca  de  sus  rela- 
ciones con  Brenda  Delfor,  y  se  susurran  misterios 
graves.  Todos  creían  que  tú  serías  la    preferida, 
y  con  este  motivo  las  nuevas  ocurrencias  han  deso- 
rientado  á  las  atisbadoras,  que  se  reputan   muy 
certeras  é  infalibles  en  sus  opiniones ....  Por  lo 
que  á  mí  afecta,  nunca  yerro  en  mis  juicios :  ahora 
mismo  decía  á  Guma  que  las  vecindades  de  campo, 
en  las  condiciones  de  los  dos  jóvenes,  traen  por 
consecuencifi  amores  de  pájaros,  y  citas  de  ramas 
ó  en  la  espesura,  como  quien  no  quiere  la  cosa . .  . 
Tú  ves,  Areba,  que  aquel  incidente  en  la  quinta 
de  Stewart,  de  que  te  hablé,  pone  al  descubierto 
el  secreto  de  monja,  que  guardaban  tan  bien,  y 
en  que  se  envolvían  los  dos  enamorados :  ¡  impo- 
sible parece  que  las  impropiedades  no  se  trasluz- 
can de  aquí  á  poco!.  .  .  .   ¿Qué  opinas  tú? 

—  ¡Qué   borbollón.    Virgen    santa!  —  exclamó 


BRENDA  325 

Areba  rompiendo  un  silencio  estudiado,  y  rién- 
dose con  la  mejor  voluntad.  —  Aun  no  tengo 
pruebas  de  los  hechos  que  me  relatas,  y  me  son 
necesarias  para  abrir  juicio  discreto.  Soy  enemiga 
de  las  conjeturas  y  de  los  prejuzgamientos .... 

—  Yo  tampoco  prejuzgo;  pero  hay  presuncio- 
nes vehementes.  No  falta  quien  dude ;  fundándose 
en  que  tú,  que  tan  íntima  amistad  tienes  con 
Branda,  nada  has  dicho. 

Areba  púsose  seria  y  repuso : 

—  Pues  que  no  quieres  subir,  pasemos  al  za- 
guán por  poco  que  sea  lo  que  tengamos  que  con- 
versar. 

¿No  lo  crees  conveniente? 

—  Como  gustes.  Distraeré  á  tu  tiempo  cinco 
minutos. 

Las  jóvenes  entraron,  deteniéndose  al  pie  de 
la  escalera. 

—  Agregan, — siguió  diciendo  Julieta,  —  que  la 
oposición  de  la  señora  de  Nerva  á  esos  amores 
es  muy  pronunciada,  y  que  tú  estás  en  el  se- 
creto. ...  ¿Es  tan  grave,  por  Dios?  Te  aseguro 
que  ardo  en  deseos  de  enterarme ....  Soy  franca 
contigo,  porque  tú  nunca  los  guardas  para  tu 
amiga.  ¡Veamos,  mi  adorada!  Una  punta  del 
velo,  no  más.  .  . . 

Miróla  Areba,  risueña,  arreglándose  un  ex- 
tremo del  que  le  cubría  en  parte  el  rostro,  y 
respondió,  poniendo  su  pequeña  mano  en  el  hombro 
de  Julieta 


326  £.  ACEYEDO  DÍAZ 


—  Estoy  tan  afanada  como  tú  en  conocer  á 
fondo  lo  que  ocurre  al  respecto.  Que  ellos  se 
han  encontrado,  al  azar,  se  han  dado  las  manos 
y  han  creado  un  vínculo  de  simpatía  ó  amor, 
no  me  queda  duda ;  y  todo  esto  es  muy  natural. 
También  es  cierto  que  la  señora  de  Nerva  no 
gusta  de  la  elección  de  su  pupila,  porque  es 
«abido  que  siempre  fué  su  designio,  —  en  el  que 
creo  persiste,  —  prepararla  un  enlace  con  el  doc- 
tor de  Selis,  quien  de  mucho  tiempo  atrás  ha 
logrado  atraerse  toda  su  estimación.  ¿Por  qué 
no  atribuir  á  esta  sola  causa  la  razón  de  su 
conducta?  Si  acaso  no  fuera  ésa,  yo  trataré  de 
inquirir  la  verdadera,  y  te  hago  promesa  de  re- 
velártela ....  cuatro  horas  antes  de  que  se  co- 
nozca en  ningún  círculo  social. 

Ya  ves,  —  añadió  Areba,  con  un  tono  ligera- 
mente irónico,  á  la  vez  que  cariñoso,  —  que  no 
es  mucho  el  término  indicado,  y  que  ha  de  pro* 
mediar  entre  el  conocimiento  de  la  noticia  y  su 
divulgación. 

— Todo  por  decirme  bachillera. . . . 

— ¡No  así! 

— Me  reconozco  algo  curiosa,  y  me  agrada 
estar  en  todos  los  enigmas  y  acertijos  sociales, 
para  no  aparecer  indiferente  al  tema  hebdoma- 
dario ó  quincenal  en  los  salones ;  pero,  no  hasta 
el  punto  que  algunos  me  atribuyen. ..  .¿Sabes 
lo  que  ha  dicho  el  atrevido  Zelmar  Bafil,  á  quien 
se  la  guardo?    Que  yo  era  la  bocina  de  la  intriga. 


BRENDA  327 

Rióse  Areba. 

— Ya  le  conoces  el  buen  humor;  raro  sería 
•en  él  un  día  melancólico.  Estuvo  ayer  á  despe- 
dirse. 

—  Sabía  que  se  marchaba. 

Pidió  órdenes  por  tarjeta,  y  ayer  mismo  par- 
tió. No  ignoras  que  va  á  recibirse  de  médico. 
.¿Conque  vino  á  despedirse? 

—  Sí,  siempre  me  dio  pruebas  de  aprecio.  Su 
relación  no  es  de  hoy. 

Mordióse  los  labios  Julieta,  con  mal  reprimido 
arranque,  replicando: 

—  Es  muy  descortés  con  otras  amigas. . .  .¡Ahora 
se  me  ocurre  por  qué  me  moteja  con  epítetos 
inusitados!  Yo  he  sido  una  de  las  que  han  di- 
fundido que  te  galantea  en  vano,  pues  que  no 
podías  perdonarle  su  afirmación  de  que  toda  la 
iniciativa  del  lance  en  el  Paso  del  Molino  se  de- 
bía exclusivamente  á  su  amigo  Raúl  Henares. 

Una  sombra  rápida  pasó  por  la  frente  de 
A.reba,  —  así  como  esas  que  proyectan  en  la  su- 
perficie  del  agua   tranquila   nubes   desgarradas. 

— Ya  ves, — dijo. —r  Tú  le  provocas,  con  motivo 
infundado,  en  mi  concepto.  A  nadie  he  dicho  si 
yo  lo  amo  ó  no. 

—  Se  supone  lo  último,  sin  embargo.  Más  avan- 
zaría, acerca  de  versiones. . . .  pero  me  lo  reservo 
por  el  momento. 

Julieta  pronunció  estas  palabras  con  cierta  ma- 
licia,  que   daba  á   su   semblante   una  expresión 

22 


328  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


particular,  pasando  sus  dos  manos  por  el  talle 
para  deshacer  alguna  arruga  del  traje,  y  dispo- 
niéndose á  irse.  El  doble  sentido  en  sus  frases 
tenía  el  inconveniente  de  disminuir  de  un  modo 
ostensible  la  poca  gracia  de  su  rostro.  Areba  se 
penetró  del  alcance  de  la  frase,  y  en  vez  de  con- 
testarla con  la  rapidez  y  concisión  que  acostum- 
braba, rompió  á  reir  con  su  risa  más  armoniosa, 
tendiéndola  la  mano,  y  acompañándola  hasta  la 
puerta. 

Allí  Julieta  se  volvió,  diciendo  con  mucha  gra- 
vedad : 

—  Entretanto,  querida,  veremos  cómo  destruye 
el  doctor  de  Selis  los  efectos  de  la  revelación  de 
Henares  la  noche  de  la  aventura .  . . .  ¡  Aquel  sí, 
que  fué  episodio  oscuro !  Te  advierto  que  el  caso 
está  previsto  en  el  código  penal,  que  consultamos 
con  mi  padre,  pues  él  mismo  no  tenía  muy  fresca 
la  memoria....   jNo  olvides  la  promesa! 

El  reloj  de  la  catedral  daba  las  cinco. 

Despidióse  Julieta,  y  Areba  quedó  un  instante 
en  el  umbral,  fría  y  pensativa.  Felicitábase  de  no 
haber  confiado  nada  de  importancia  á  la  joven; 
pues  sus  planes  y  proyectos  no  habían  tenido 
aún  sino  un  principio  de  realización.  El  viaje 
tan  imprevisto  como  oportuno  de  Henares,  y  el 
alejamiento  de  Bafil,  iban  á  permitirla  obrar  sin 
inquietudes.  El  doctor  de  Selis  debía  recuperar, 
á  favor  de  esta  ausencia,  y  del  secreto,  acaso, 
de   que   ella   era   poseedora,    el  terreno   ganado 


BREKBA  329 

sin  mayor  esfuerzo  por  su  rival ;  de  lo  contrario, 
la  campaña  estaba  perdida  irremisiblemente.  ¡  Gran 
ventura  sería  la  de  Areba,  si  su  habilidad  en 
este  drama  íntimo,  en  que  ella  desempeñaba  un 
papel  de  trascendencia,  puesto  que  su  corazón 
estaba  envuelto  en  los  hilos  de  la  intriga,  lo- 
graba destruir  un  efecto  quizás  profundo,  y  ais- 
lar la  personalidad  de  Henares  de  manera  que, 
en  su  desaliento,  buscase  al  fin  las  ternuras  in- 
decibles que  para  él  reservaba  en  el  fondo  de 
su  pecho  y  tras  el  escudo  de  su  altivez!  Ardua 
era  la  empresa ;  mas  ¿  por  qué  no  luchar  ? ,  . . . 

Areba  tomó  asiento  en  su  cupé,  diciendo  al 
cochero : 

—  ¡Quinta  de  Nerva! 


XXV 


CONFIDENCIAS 


A  aquella  misma  hora,  en  la  casa -quinta  de  la 
señora  de  Nerva,  Brenda  Delfor,  después  de  haber 
acompañado  á  la  anciana  largos  momentos  en  el 
patio,  hacía  su  paseo  de  costumbre  hasta  el  estan- 
que y  la  choza,  ya  algo  más  tranquila  sobre  el 


33C  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


estado  de  la   enferma.    La    dolencia,  declinando 
sensiblemente,  tendía  á  desaparecer. 

Caminaba  la  joven  por  la  larga  calle  de  arena 
del  centro,  reproduciendo  en  su  memoria  las 
impresiones  sucedidas  desde  un  mes  atrás.  Te- 
nía la  mente  serena  y  el  corazón  sin  congojas, 
sin  duda  porque  sobre  él  llevaba  á  manera  de 
talismán,  la  carta  de  Raúl.  El  baile  en  casa  de 
Stewart ;  sus  conversaciones  con  Henares ;  el  epi- 
sodio con  de  Selis ;  la  actitud  suspicaz  y  extraña 
de  Areba ;  la  enfermedad  de  su  protectora ;  la 
partida  de  Raúl,  y  otros  incidentes  pasados,  en- 
tretenían sucesivamente  su  pensamiento  y  la 
inclinaban  á  meditar  con  calma.  Después  del 
suceso  con  el  doctor  de  Selis,  la  repugnancia 
instintiva  que  hacia  él  había  sentido  siempre, 
había  tomado  cuerpo  y  prevenídola  para  lo  fu- 
turo. Sin  embargo,  en  las  reiteradas  visitas  que 
posteriormente  hiciera  de  Selis  á  la  quinta,  mos- 
tróse ella  inalterable,  la  misma  que  otras  veces, 
comprendiendo  que  esto  halagaba  á  la  anciana 
viuda.  Creía  la  joven  que  no  sería  compelida  á 
un  sacrificio,  nunca,  por  razones  diversas ;  la  es- 
cena del  lago  debía  haber  persuadido  á  de  Se- 
lis de  la  inutilidad  de  sus  esfuerzos,  aun  cuando 
su  conducta  actual  autorizase  á  sospechar  de  sus 
designios;  y  las  revelaciones  que  ella  hiciera  á 
su  protectora  de  su  amor  por  Henares,  parecían 
haber  modificado  los  propósitos  adversos  á  su 
destino,  á  juzgar  por  el  silencio  guardado  desde 


BRElfDA  331 


entonces  por  la  señora  de  Nerva.  Las  causas 
de  amistad  y  estimación  al  doctor  de  Selis  no 
eran  tan  poderosas  que  indujesen  á  aquélla  á 
persistir  en  un  enlace  opuesto  á  su  dicha.  Aparte 
de  esos  motivos,  ¿qué  interés  podía  intervenir  en 
la  consumación  de  un  acto  tan  violento  y  cuyas 
consecuencias  no  pudiese  ella  tal  vez  sobrelle- 
var resignada?  No  lo  concebía.  Nunca  pensó 
tampoco  Brenda  en  un  cálculo  egoísta  de  parte 
de  su  noble  bienhechora,  al  concertar  una  unión 
incomprensible;  ni  ocurriósele  en  ningún  mo- 
mento la  idea  de  que  ella  llegaría  á  ser  posee- 
dora de  una  gran  fortuna,  á  la  muerte  de  la 
anciana.  Con  todo,  el  móvil  que  inspiraba  á 
ésta,  revelaba  algún  misterio.  ¿Qué  pensaría  ella 
de  Raúl?  El  concepto  que  se  había  formado  del 
joven  no  parecía  muy  favorable,  y  así  lo  ponían 
en  evidencia  ciertas  demostraciones  elocuentes 
de  que  Brenda  no  había  podido  menos  de  con- 
dolerse. I  Un  misterio  ! .  .  . . 

Así  preocupada,  Brenda  se  detuvo,  con  la  mano 
en  la  mejilla,  frente  á  una  calle  lateral  que  con- 
cluía en  el  seto,  y  desde  donde  se  divisaba  la 
casa  de  Raúl.  La  tarde  era  tibia  y  serena.  Ni 
una  oscilación  leve  en  las  altas  copas  cónicas  de 
los  álamos,  ni  un  susurro  en  el  ramaje  espeso  y 
umbrío  de  los  bosquecillos ;  el  aire,  denso  y  tem- 
plado, oreaba  apenas  la  frente.  La  joven  miró 
largos  momentos  la  casa  solitaria,  y  el  ombú  gi- 
gante, que  extendía  sus  brazos  hacia  la  ventana 


332  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


del  gabinete  cargados  de  racimos  verde  mar: 
todo  le  pareció  triste.  ¡El  no  estaba  allí!  ¡Aquel 
árbol  inmóvil,  enorme,  aislado,  con  sus  ramas  inú- 
tiles para  el  fuego,  pero  cuyas  hojas  alivian  las 
heridas,  y  cuya  sombra  mitiga  los  efectos  de  un 
sol  abrasador,  simbolizaba  bien  la  soledad !  Brenda 
siguió   adelante,   suspirando.  ^ 

En  las  cercanías  del  estanque  halló  á  Zambí- 
que,  ocupado  en  remover  la  tierra  de  los  bordes 
del  sendero.  Al  verla,  el  viejo  negro  se  incorporó, 
abandonando  la  azada,  y  ciñéndose  su  abierta 
carmañola  negra  de  trabajo,  que  tal  simulaba  la 
raída  levita  de  recortados  faldones;  una. sonrisa 
plácida  entreabrió  sus  grandes  labios,  juntando 
los  últimos  verrugones  que  adornaban  su  frente 
y  entrecejo,  y  se  quedó  mirándola  en  una  acti- 
tud de  éxtasis  profundo. 

Le  hizo  ella  un  saludo  cariñoso  con  la  mano, 
y  fuese  á  sentar  en  un  ancho  tronco  de  euca- 
lipto, que  había  sido  cortado  por  su  base. 

Allí  se  entabló  entre  los  dos  un  diálogo  de 
frases  breves  y  cariñosas  sobre  asuntos  familia- 
res, sin  excluirse  las  plantas,  el  riego,  la  poda,  las 
flores  y  las  aves.  Zambique  se  revelaba  locuaz  y 
decidor  en  estos  coloquios  con  Brenda,  estimu- 
lado por  la  dulce  benevolencia  de  la  joven.  Era 
ésta,  acaso,  la  única  excepción  á  su  regla  de 
sobriedad  y  de  silencio.  Ella  se  complacía  en  ha- 
cerle hablar  y  sonreír;  de  manera  que  era  día 
nublado  para  el  liberto,  aquel  en  que  no  veía  á 


BREKDA  333 

la  reina.  Tan  blanca  y  tan  linda,  producíale  el 
efecto  de  una  visión  de  luz,  destacándose  del 
verde  de  los  arboleas,  con  alas  de  abeja  y  rostro 
de  imagen  bendita.  Se  había  figurado  así,  á  los 
seres  que  no  eran  de  este  mundo.  Muchas  veces, 
en  presencia  de  ella,  arrancaba  á  un  jazmín  del 
Cabo  que  él  había  plantado  y  cuidaba  asidua- 
mente, uno  de  sus  botones  á  medio  abrir,  niveo, 
delicioso,  embriagador,  y  miraba  la  flor  primero 
y  el  rostro  de  su  reina  después,  cual  si  comparase 
el  grado  respectivo  de  encanto  ó  de  belleza ;  en 
seguida  movía  la  cabeza,  con  una  mueca  singu- 
lar, y  mudo,  arrojaba  con  desprecio  el  botón  so- 
bre la  planta.  Brenda  le  reñía  suavemente.  Zam- 
bique  seguía  su  faena,  refunfuñando  contra  el 
jazmín.  En  otras,  cuando  la  joven  hacía  oir  el 
piano,  él  se  paraba  frente  á  la  ventana  del  sa- 
lón que  daba  á  la  quinta,  y  allí  permanecía  hasta 
haberse  extinguido  la  última  nota.  Parecíale  en- 
tonces que  en  el  intervalo  de  música  todos  los  • 
pájaros  habían  enmudecido.  ¿Valían,  acaso,  más 
que  sus  dedos,  sus  arpadas  lenguas  ?  Cuando  supo 
que  el  mancebo,  á  quien  él  tanto  debía,  hacía 
pensar  á  su  reina,  era  feliz  en  creer  que  los  dos 
se  habían  fabricado  expresamente  para  refundirse ; 
pero,  ¡  cuánto  le  dañaba  la  idea  de  que  ella  lle- 
gase á  abandonar  sus  jardines ! 

En  la  tarde  de  que  hablamos,  Brenda  le  diri- 
gió  algunas  preguntas  relativas  á  Raúl.  Y  al  ha- 
cerlo, con  fe  y  abandono,  asaltóla  el  pensamiento 


334  E.  ACEYEDO  DÍAZ 


de  que  aquel  mísero  ser  gozaba  de  un  privile- 
gio que  ella  no  había  concedido  á  Areba.  ¿Por 
qué?  La  joven  se  sentía  perpleja.  En  diversas 
ocasiones  hubo  de  revelárselo  todo ;  pero  un  im- 
pulso secreto  desvió  su  intención  y  no  llegaron 
á  ser  confidencias  las  esperanzas  que  aleteaban 
con  alborozo  en  los  asilos  de  su  alma.  Desde  la 
noche  del  baile  Areba  empezó  á  inspirarla  te- 
mor, ¡y  no  tardó  en  adivinar  el  origen  de  sus 
alarmas  y  desazones!  Triste  era  para  Brenda  su 
derecho  á  ser  envidiada,  especialmente  por  una 
amiga  de  corazón ;  mas  no  era  suya  la  culpa,  ni 
por  eso  debía  ella  dejar  de  quererla.  ¡  Ay,  cuando 
el  amor  viene  envuelto  en  su  iris  de  ventura, 
cómo  huyen  los  afectos  que  uno  deseara  retener! 
El  vacío  se  hace  en  rededor,  hasta  donde  alcan- 
zan los  haces  luminosos;  y  desde  lejos,  observan 
todos  los  ojos  penetrantes  esta  dicha  nueva,  á 
que  aspiran  los  pechos  sin  amores,  y  que  recuer- 
dan con  tristeza  los  corazones  ulcerados. 

El  pobre  Zambique  inválido,  negro,  senil,  ruina 
humana  que  no  tardaría  en  desmoronarse  por 
completo  al  menor  empuje  de  cualquier  borrasca 
de  la  vida,  era  el  único  que  recogía  y  guardaba 
los  desahogos,  las  puerilidades  y  los  fervores  de 
aquella  pasión  contrariada,  tanto  cuanto  parecía 
ser  de  irresistible  y  profunda.  Fox  eso  la  joven 
hallaba  más  grato  que  el  soliloquio,  el  diluir  so- 
bre aquel  ente  fiel,  oscuro  y  silencioso,  toda  la 
claridad  de  su  ilusión.   ¿No  había  sido  él  el  tes- 


BRENDA  335 

tig-o  mudo  y  discreto  de  las  primeras  entrevistas? 
Hablábale  sin  zozobra ;  tenía  ella  la  llave  del  se- 
pulcro de  piedra. 

Zambique  satisfizo  las  preguntas  que  le  hiciera 
Brenda ;  y  después  narró  el  hecho  por  el  cual 
debía  á  Raúl  la  existencia. 

La  joven  le  escuchó  con  interés,  fijos  en  él  los 
ojos,  sin  interrumpirle  en  sus  patéticas  manifes- 
taciones. 

Luego  volvió  á  interrogarle,  con  cierto  orgullo 
mezclado  á  un  goce  íntimo: 

—  ¿Fué  eso  en  un  combate? 

Zambique  contestó  afirmativamente;  y  entrea- 
briendo los  labios  hasta  descubrir  la  caverna  de 
su  boca,  imitó  con  un  ronquido  la  voz  del  cañón, 
para  oprimirlos  después,  y  remedar  el  silbido  si- 
niestro de  las  balas. 

—  ¡  Noche  de  Navidad !  —  exclamó  en  seguida. 
En  esa  brega,  niña,  murió  el  coronel  Delfor. 

Brenda  fué  acometida  de  un  estremecimiento; 
y  por  algunos  instantes  respiró  con  pena.  Pasada 
esa  emoción,  púsose  grave  y  pensativa.  En  ver- 
dad, en  ese  día  hacía  años  de  la  muerte  de  su 
padre.  Cogió,  meditabunda,  una  ramita,  y  entre- 
túvose maquinalmente  en  trazar  una  fecha  en  la 
arena.  Después  extrajo  de  su  seno  la  carta  de 
Raúl  para  releerla  despacio. 

Zambique,  empuñando  su  azada,  volvió  á  la  ta- 
rea, acompañándola  en  voz  baja  con  uno  de  sus 
monótonos  aires  africanos. 


336  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


En  tanto,  minutos  hacía  que  el  cupé  de  Areba 
se  había  detenido  frente  á  la  verja. 

La  joven  se  encontró  con  la  señora  de  Nerva 
en^  la  galería,  en  su  silla  de  hamaca  como  de 
costumbre,  aspirando  el  aire  puro  y  libre  que  le 
hacía  tanto  bien.  Estaba  su  rostro  bastante  de- 
macrado, con  huellas  visibles  del  último  que- 
branto, é  indicios  á  la  vez  de  una  absoluta  de- 
cadencia. Con  todo,  se  sentía  con  ánimo  y  exce- 
lente espíritu. 

Areba  se  enteró  de  su  estado,  siempre  solí- 
cita y  cariñosa,  congratulándose  de  hallarse  por 
el  instante  á  solas  con  ella. 

La  anciana  viuda  mostróse  amable  y  contenta. 
Aquella  visita  le  era  muy  grata  en  todo  tiempo, 
pero  aun  más  en  esa  hora.  Quería  oiría  y  ha- 
blarla también  sobre  su  asunto  de  interés  predi- 
lecto, aprovechando  la  corta  ausencia  de  Brenda. 

—  El  corazón  me  ha  dejado  en  paz  hace  dos 
días, —  agregó  luego;  —  el  mal  está  ahí,  yo  lo 
conozco;  y  aunque  no  tengo  mucha  fe  á  estas 
mejorías,    hoy   me   encuentro  tranquila. 

Después  de  un  breve  cambio  de  palabras  afec- 
tuosas, la  señora  de  Nerva  pasó  á  hablar  de  su 
pupila. 

Con  este  motivo,  puso  en  conocimiento  de 
Areba  la  confesión  de  Brenda  sobre  su  pasión 
por  Raúl  Henares,  sin  omitir  detalle  alguno; 
confesión  dulce  é  ingenua,  que  no  la  había  co- 
gido de  sorpresa,  dados  los  precedentes  que  eran 


BREXDA  337 


de  su  dominio;  pero  que,  á  pesar  de  todo,  no 
había  dejado  de  atribularla  y  entristecerla  de  una 
manera  penosa.  La  sinceridad  de  los  propósitos 
que  abrigaba  sobre  el  porvenir  de  la  huérfana, 
se  estrellaba  contra  aquella  revelación  elocuente 
de  una  naturaleza  apasionada,  que  no  parecía  ya 
dueña  de  sus  impulsos.  Sintióse  sin  fuerzas  para 
hablarla  en  tono  severo. 

—  Siempre  creí,  —  prosiguió  la  anciana,  —  que 
el  doctor  de  Selis,  por  la  estima  en  que  le  tengo, 
era  un  buen  partido  para  mi  pupila,  y  que  ésta 
se  mantenía  un  tanto  fría  é  indiferente,  por  ra- 
zones que  muchas  veces  no  se  explican  las  jó- 
venes, cuando  un  hombre  de  bellas  prendas  no 
les  ha  dado  motivo  de  odio  ó  repugnancia.  Ahora, 
natural  es  que  modifique  mis  pareceres  en  po- 
sesión de  datos  que  no  exigen  prueba.  Aflígeme 
el  hecho  de  un  desengaño  completo  para  el  doc- 
tor de  Selis;  pero  más  grande  es  mi  angustia 
al  pensar  que  Brenda,  á  quien  tanto  quiero,  vive 
ignorante  acerca  del  verdadero  móvil  que  me  ha 
inducido  y  compele  á  contrariar  sus  amores. 

Nada  opuse  á  sus  confidencias.  Mis  palabras 
habrían  podido  ser  imprudentes,  y  hasta  crueles, 
por  el  estado  de  su  ánimo.  Aquella  incertidumbre 
de  que  hablé  á  Vd.  acerca  de  la  identidad  de 
la  persona  de  ese  señor  Henares,  detuvo  mi  len- 
gua y  acalló  la  voz  interior  de  mis  recuerdos ; 
sin  embargo  de  que  insisto  en  que  mi  memoria  no 
me  engaña^  como  no  me  engañara  el  presentimiento 
que  me  asaltó  la  primera  vez  que  le  vi. 


338  E.  ACEYEDO  DÍAZ 


Areba,  que  había  oído  con  suma  atención  lo 
que  precede,  tras  una  breve  tregua  de  silencio, 
dijo  con  calma: 

—  Vd.  estuvo  en  lo  cierto.  Todas  sus  presun- 
ciones al  respecto  han  sido  confirmadas  por  ese 
sujeto  de  que  hablamos,  y  que  se  encontraba  en 
el  establecimiento  de  campo  de  Vd.,  refugiado  y 
oculto,  desde  muchos  días  antes  á  aquel  en  que 
ocurriera  el  lance  sangriento. 

—  ¿Ha  tenido  Vd.  con  él  alguna  entrevista?— 
preguntó  la  anciana,  incorporándose,  con  ansiedad. 

— Sí,  señora.  Mañana  debo  celebrar  una  segunda, 
para  la  que  lo  he  invitado,  á  fin  de  que  escla- 
rezca ciertos  puntos  dudosos  y  se  ratifique  en 
todas  sus  conclusiones.  Me  parece  un  sujeto  de 
pocos  escrúpulos  y  de  menguado  espíritu,  á  juzgar 
por  su  amor  á  la  dádiva ;  pero  creo  que  en  este 
delicado  asunto  dice  verdad,  pues  que  corrobora, 
sin  ampliar  ni  omitir,  detalle  alguno,  la  relación 
de  Vd. 

Pienso  arrancarle  su  declaración  por  escrito, 
como  testigo  ocular.  Después  de  esto,  creo  que 
nos  hallaremos  en  actitud  de  usar  del  secreto  en 
la  forma  que  juzguemos  más  acertada. 

— Luego,  ¿no  me  equivoqué  en  mis  aprensio- 
nes?—  volvió  á  interrogar  la  señora  de  Nerva  con 
viva  expresión  en  los  ojos,  y  como  dudando  toda- 
vía de  la  rigurosa  exactitud  de  los  hechos. 

— ¡  No  queda  la  menor  sombra  de  duda !  — res- 
pondió Areba  con  acento  trémulo. 


BRENDÁ  339 

¡  Raúl  Henares  fué  el  matador  de  Pedro  Delfor! 

—  ¡  Oh  !  . . . . 

Esta  exclamación  salió  del  pecho  de  la  pro- 
tectora de  Brenda  como  un  grito  de  angustia  ó 
de  dolor  inconsolable,  acentuada  y  vigorosa,  en 
un  arranque  que  era  síntesis  completa  de  preo- 
cupaciones ardientes,  de  deberes  sagrados  y  de 
memorias  queridas. 

En  pos  de  ese  arranque,  cubrióse  su  cara  de 
una  palidez  profunda,  y  quedóse  muda  y  abismada, 
cnal  si  hubiese  asomado  la  cabeza  á  la  boca  de 
una  sima  de  donde  surgiera  el  espectro  lívido 
de  Delfor,  recordándole  su  trágico  fin. 

Siguióse  una  pausa  prolongada,  en  que  las 
dos  damas  se  reconcentraron  en  sí  mismas,  para 
medir  tal  vez  la  magnitud  y  severas  consecuen- 
cias del  hecho. 

La  anciana  había  apoyado  la  cabeza  en  el  res- 
paldo, fija  la  vista  en  las  copas  de  los  naranjos, 
con  un  aire  desolado,  oprimiendo  con  sus  manos 
arrugadas  y  temblorosas  los  brazos   de   la  silla. 

Areba  se  había  recogido,  como  abstraída,  mo- 
viendo uno  de  sus  pequeños  pies,  cruzado  sobre 
el  otro,  y  alzando  á  ratos  sus  ojos  al  semblante 
de  la  señora  para  examinar  las  nubes  que  en  él 
se  esparcían  y  disipaban  por  momentos. 

Al  fin  rompió  ella  el  silencio,  diciendo  en  tono 
de  convicción : 

—  En  cualquier  caso,  será  preciso  revelar  el 
hecho. 


340  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  i  Es  verdad ! 

—  Los  sentimientos  morales,  un  escrúpulo  res- 
petable de  conciencia,  los  impulsos  naturales  de 
la  sangre,  el  culto  de  los  recuerdos,  y  más  que 
todo  eso,  el  predominio  del  deber  en  un  espíritu 
culto,  delicado  y  sensible  á  los  afectos  y  memorias 
de  la  familia,  aniquilada  por  un  hado  adverso, 
no  dejarán  de  influir  severamente  sobre  Brenda, 
y  hasta  provocar  una  reacción  favorable,  aunque 
entregue  su  pobre  alma  al  dolor  en  el  primer 
período  del  desencanto. 

— ¡  Qué  decepción  cruel ! 

—  El  caso  es  duro,  verdad.  Mas  ¿qué  hacer? 
La  pasión  gana  camino  con  una  celeridad  pas- 
mosa, y  no  da  tiempo  á  prevenir  mayores  males 
en  un  corazón  virgen  que  se  entrega  por  entero. 
Ahora  que  Henares  está  ausente,  es  la  oportu- 
nidad de  preparar  un  desenlace  lógico  y  nece- 
sario. Nuestra  querida  Brenda  sufrirá  lo  indecible, 
convengo ;  pero  al  fin  ha  de  resignarse.  La  nieve 
puede  quemar  en  parte  la  flor,  y  eso  poco  im- 
porta, si  el  cáliz  queda  intacto. 

—  Sí,  hay  que  decírselo.  . . . 

Y  la  anciana  movió  á  uno  y  otro  lado  su  ca- 
beza, con  un  gesto  de  amarga  pena. 
¿En  qué  momento? 

—  Deje  Vd.  que  yo  proceda.  Prepararé  su  es- 
píritu con  la  prudencia  posible;  que  en  toda 
afección  seria,  al  período  álgido  ó  á  la  crisis, 
deben  preceder  siempre   pequeños   sobresaltos  é 


BREKDA  341 


intermitencias  naturales  á  su  proceso.  Y,  ¿qué 
sabemos?  Al  final  pueden  surgir  con  lo  inespe- 
rado, la  paz  y  el  consuelo. 

—  ¡Cuánto  tendré  que  agradecerla,  Areba!  Yo 
me  siento  débil   . .  . 

— Repose  Vd.  en  mí.  Cuando  ella  sepa  que 
él  mató  á  su  padre,  el  golpe  no  será  tan  rudo 
que  llegue  á  romper  sus  fibras.  El  secreto  está 
en  templarlas  con  sucesivas  emociones. 

Sucediéronse  nuevos  instantes  de  silencio. 

La  señora  de  Nerva,  con  los  ojos  muy  abier- 
tos y  el  labio  caído,  parecía  como  absorta  en 
una  contemplación  ideal.  La  joven  volvió  á  su 
reposo,  dándose  aire  dulcemente  con  su  abanico 
de  marfil  y  raso  blanco,  y  poniendo  oído  al  canto 
de  los  canarios,  que  llenaban  con  sus  trinos  ar- 
moniosos todo  el  espacio  del  jardín. 

En  esos  momentos  presentóse  Brenda. 

Cambiáronse  con  su  amiga  los  cariñosos  sa- 
ludos de  siempre,  y  lamentóse  la  joven  de  no 
haber  sido  advertida  antes  de  su  llegada,  para 
gozar  de  la  hora  entera  de  su  presencia. 

Pero  en  medio  de  sus  naturales  transportes  y 
efusivos  afectos  de  la  intimidad,  no  pudo  Brenda 
menos  de  observar  en  la  fisonomía  de  su  pro- 
tectora huellas  de  emociones  demasiado  recientes, 
que  llenaron  de  sospechas  su  espíritu,  inducién- 
dola á  creer  que  alguna  relación  existía,  muy 
sensible  y  estrecha,  entre  ellas  y  sus  preocupa- 
ciones morales.  Los  presentimientos  de  la  joven 


342  E.  ACBYEDO  DÍAZ 


eran  fundados,  según  se  ve  y  si  bien  ella  no 
había  adquirido  persuasión  alguna  al  respecto, 
involuntariamente  pensó  en  su  padre  y  Raúl. 

¿Qué  vínculo  misterioso  podía  ligar  á  esos 
•dos  seres  en  su  mente? 

No  se  daba  cuenta ;  mas,  tenía  muy  grabada 
en  la  memoria  la  relación  de  Zambique,  cuya 
existencia  salvara  Raúl,  el  mismo  día  y  en  el 
mismo  combate  en  que  sucumbió  el  coronel 
Delfor. 

Desprendíase  del  relato,  que  Zambique  había 
figurado  en  las  filas  de  su  padre;  y  que  herido 
é  indefenso,  ya  á  punto  de  perecer  á  manos  de 
enemigos  implacables,  un  joven  oficial  enemigo 
se  había  interpuesto  para  evitar  un  crimen  inú- 
til. Luego,  este  joven  oficial,  generoso  é  intré- 
pido, estaba  entonces  en  el  campo  opuesto  al 
^e  Delfor! 

Llamando  así  sus  recuerdos  y  vinculándolos 
con  los  del  episodio,  cuando  entraba  al  jardín 
en  el  momento  á  que  nos  hemos  referido,  Brenda 
venía  diciéndose  con  seriedad: 

¿Por  qué  me  preguntaría  una  vez  Raúl  cómo 
•era  mi  padre?. .  . . 

De  esta  reflexión  la  apartó  la  presencia  de 
Areba.  El  aspecto  de  su  protectora,  sin  embargo, 
grave  y  taciturno,  en  aquel  día  aniversario  de 
la  muerte  de  Delfor,  la  impresionó  vivamente. 
Llegó  á  notar  que  ciertas  nubes  empezaban  á 
-extenderse  en  el  límpido  azul  de  sus  ideales. 


BRENDA  343 


XXVI 


CANTARELA 


Dejamos  á  la  joven  pescadora  caída  y  sin 
conocimiento,  delante  del  lecho  en  que  expirara 
<ie  una  manera  suave  y  tranquila  Cario  Roveda, 
-en  altas  horas  de  una  noche. 

Su  grito  de  suprema  angustia,  al  palpar  la 
lúgubre  realidad,  atrajo  inmediatamente  al  apo- 
sento mortuorio  las  personas  reunidas  en  el  de 
las  redes ;  quienes,  olvidando  en  ese  instante  sus 
prevenciones  y  severidades,  coincidieron  en  el 
impulso  espontáneo  de  lamentarse  por  el  muerto 
y  de  compadecer  al  infortunio. 

Levantaron,  pues,  el  cuerpo  inerme  de  Can- 
tarela y  lo  colocaron  en  su  propio  lecho,  en  la 
pieza  del  fondo,  por  ella  abandonada  hacía  tan- 
tos días:  la  pobre  ribereña  volvía  á  ocupar,  en 
medio  de  un  espasmo,  lo  que  creyera  dejar  tal 
vez  para  siempre,  en  medio  de  un  delirio.  Dos  ó 
tres  mujeres  del  barrio,  de  buenas  entrañas,  pro- 
vistas de  asafétida  y  vinagre,  y  de  un  celo  lauda- 
ble, emprendieron  la  tarea  de  restablecer  su  salud. 

23 


344  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


A  pesar  de  esos  esfuerzos  y  cuidados,  Canta- 
rela sólo  recobró  los  sentidos  para  ser  muy  pronto 
presa  de  una  fiebre  ardiente,  que  le  duró  en  su 
intensidad  hasta  cinco  días  después  de  la  muerte 
del  pescador.  Las  fuertes  emociones  y  amargu- 
ras que  habían  abrumado  su  organismo,  produ- 
jeron al  fin  sus  efectos,  entregando  su  cerebro 
al  vértigo  y  al  delirio. 

El  mal  sólo  empezó  á  ceder  cuando  hubo  con- 
sumido sin  piedad  aquel  cuerpo  hermoso,  á  gra- 
dos, lentamente,  después  de  una  serie  de  intermi- 
tencias peligrosas. 

Zelmar  Bafil  se  había  embarcado  para  Bue- 
nos Aires,  ignorando  este  suceso.  Antes  de  ha- 
cerlo, acudió  á  la  casita  de  la  ribera,  y  allí  fué 
informado  de  la  salida  brusca  de  Cantarela  con 
motivo  de  la  enfermedad  de  su  padre.  Limitóse 
entonces  á  dejar  en  su  gabinete  una  esquela 
de  adiós,  prometiendo  corta  ausencia,  y  partió. 
Este  billete  no  llegó  á  manos  de  la  joven,  que 
sólo  tenía  noticia  del  viaje  en  proyecto. 

Reinaba  en  el  barrio  esa  atmósfera  de  tristeza 
y  de  pesar  que  cunde  muy  pronto,  tras  un  su- 
ceso luctuoso,  á  manera  de  una  bruma  opaca 
y  resistente  por  muchas  horas  al  calor  solar. 
Los  espíritus  se  sentían  abatidos  y  habían  cesado 
en  parte  las  murmuraciones  y  censuras  crueles, 
ante  los  nuevos  episodios  desagradables. 

En  una  de  sus  últimas  excursiones  por  la  en- 
senada de  Santa  Rosa  y  los  Bajos  de  Solís  á  la 


BRENDA  345 


pesca  de  bogas,  Gerardo  fué  acometido  de  un 
mal  serio,  que  se  renovó  distintas  veces  en  lo  suce- 
sivo, y  que  concluía  por  dejarie  lívido  é  inmóvil 
después  de  frecuentes  sacudimientos  y  espasmos. 
Esto  alarmó  á  sus  compañeros,  que  nunca  lo 
vieron  enfermo.  En  una  de  estas  ocasiones,  Ge- 
rardo cayó  del  combés  al  fondo  del  barco,  en 
medio  de  convulsiones  violentas,  con  las  pupilcbs 
contraídas,  la  respiración  difícil  y  un  poco  de  es- 
puma en  los  labios.  Los  pescadores  tuvieron  que 
sostener  una  lucha  vigorosa  con  aquel  organismo 
de  acero,  que  se  movía  con  la  furia  de  un  pez 
potente  herido  de  una  lanzada. 

Ya  había  pasado  por  él  el  aura  epiléptica. 

En  el  brioso  corazón  del  pobre  joven,  todo 
lleno  de  una  pasión  férvida  y  fata),  parecía  ha- 
berse roto  una  válvula.  El  corazón  anda  como 
un  barco  contra  el  viento,  —  había  dicho  Marcelo 
aterrado,  al  poner  la  mano  en  el  pecho  del  ti- 
monel. —  Y  se  habían  vuelto  al  fondeadero,  bajo 
el  peso  de  presentimientos  fúnebres. 

Bien  pronto,  sin  embargo,  en  estos  ataques 
repentinos,  Gerardo  recobraba  su  estado  normal 
y  reiniciaba  sus  faenas,  quejándose  tan  sólo  de 
alguna  languidez  y  de  dolores  en  los  músculos. 
Sus  compañeros  no  le  referían  nada  de  lo  acae- 
cido, manifestando  verdadero  júbilo  ante  sus  rá- 
pidas reacciones. 

El  se  informaba  todos  los.  días  del  estado  de 
Cantarela ;  y  solía  permanecer  largos  momentos 


846  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


en  el  cuarto  de  las  redes,  con  los  brazos  sobre 
el  pecho,  escuchando  desde  allí  las  palabras  in- 
coherentes que  la  enferma  profería  en  su  delirio. 
Después  bajaba  á  la  costa,  y  se  unía  á  sus  com- 
pañeros dispersos  sobre  las  rocas,  plateadas  por 
la  luna. 

Una  noche  lloró  como  un  niño,  tirado  en  la 
arena,  sintiendo  en  su  cráneo  la  caricia  suave 
de  la  onda  amarg-a  que  venía  escarceando  á 
deponer  en  la  playa  su  orla  de  espuma.  Aquel 
beso  frío  del  mar  ahogó  sus  sollozos  y  absor- 
bió las  lágrimas. 

¡Qué  yertos  los  labios  de  las  hadas  marinas! 

El  había  soñado  que  una  vez  lo  besó  Canta- 
rela, con  su  boca  coralina  cuajada  de  perlas,  de- 
jando en  la  suya  el  calor  de  un  ascua;  y  al  pen- 
sar que  todo  eso  era  mentira,  alargaba  el  puño 
haciaelabismo,  barbotando  roncos  juramentos. . .  . 

¡Maldecía  de  su  suerte  negra! 

Los  pescadores  le  sorprendieron  otra  vez  con 
los  pies  dentro  del  agua,  caminando  como  un 
sonámbulo  á  lo  largo  de  la  ribera;  y  lleváronle 
entonces  al  sitio  en  que  antes  se  reunían  para 
cantar  en  coro  sus  playeras. 

Ocurría  esto  en  la  noche  designada  por  Areba, 
para  su  visita,  de  regreso  de  la  casa -quinta. 

En  ese  día  había  declinado  algo  la  fiebre  que 
consumía  á  la  joven  pescadora,  entrando  ésta  en 
un  período  de  reposo.  El  doctor  de  Selis  se  pre- 
sentó al  oscurecer,  y  previo  un   examen   prolijo 


BRENDA  347 


de  la  dolencia,  prescribió  el  tratamiento  enérgico 
que  debía  detener  con  eficacia  sus  estragos  en 
caso  de  una  recaída  grave.  Cantarela  hallábase 
en  una  especie  de  sopor,  caídos  los  párpados, 
marchitos  y  ardiendo  los  labios,  como  las  sienes. 
Su  lindo  rostro,  de  hermosa  criolla,  mostraba 
hundidas  las  mejillas  y  surcados  los  ojos  por  cur- 
vas de  un  azul  oscuro;  de  su  boca  seca  y  en- 
treabierta salía  una  respiración  corta  y  agitada, 
y  de  vez  en  cuando  alguna  palabra  vaga  y  sin 
sentido,  entre  alientos  de  fuego. 

No  obstante,  á  cierta  hora  abrió  los  ojos,  sin- 
tiendo un  grande  alivio ;  y  encontróse  con  Areba, 
de  pie  y  silenciosa  junto  al  lecho,  que  la  miraba 
con  un  aire  noble  y  compasivo,  puesta  la  mano 
en  la  cabecera,  cual  si  en  rigor  abrigase  un  in- 
terés profundo  por  su  suerte  infeliz. 

Esta  aparición  inesperada,  conmovió  á  la  en- 
ferma, que  al  principio  dudó  de  su  realidad. 

Estaba  lejos  de  saber  que  actos  personales  se- 
mejantes eran  propios  del  carácter  original  y 
extraño  de  aquella  dama  austera,  á  cuyas  lar- 
guezas debió  su  padre  el  sustento,  y  á  quien  ha- 
bía visto  en  otro  tiempo  deslizarse  en  su  hogar 
pobre  como  una  sombra  bendita  para  esparcir  en 
él,  con  ánimo  piadoso,  gérmenes  de  paz  y  de  ven- 
tura. Ahora,  aquel  ángel  tutelar  de  sus  días  de 
inocencia,  perdonando  tal  vez  lo  que  todos  con- 
denaban inflexibles,  venía  en  sus  noches  de  ex- 
piación y  de  duelo  á  derramar  en  las  anchas  he- 


348  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


ridas  esencia  pura  de  amor  y  de  piedad.  ¡Cuan 
grata  aparición,  blanca  y  serena,  en  la  hora  tristí- 
sima del  anonadamiento  !  Allí  estaba,  de  pie  á  su 
lado,  joven,  bella,  opulenta,  altiva,  digna  represen- 
tante de  las  altas  clases,  en  una  actitud  de  extrema 
bondad  y  filantrópica,  la  misma  mujer  que  tendiera 
á  sus  padres  la  mano  llena  de  beneficios,  velando 
siempre  desde  lejos  por  la  oscura  existencia  de  los 
humildes.  ¡  Había  que  convencerse !  Xo  se  encon- 
traba ella  todavía  sola  en  el  mundo. 

Así,  clavó  en  Areba  sus  ojos  brillantes,  mirán- 
dola atentamente  algunos  segundos.  Separándo- 
los luego  con  languidez,  murmuró    muy    quedo : 

—  ¡  Gracias ! .  .  .  . 

i  Qué  feliz  debe  ser  un  ángel  como  Vd. ! 
Una  sonrisa  vagó  por  los  labios  de  Areba. 

—  No  hables,  —  dijo  dulcemente,  —  que  eso  no 
hace  bien,  y  has  de  sufrir  mucho. 

—  Ahora,  no ...  .  Estoy  débil,  pero  sin  llama- 
rada en  la  cabeza.  .  . .  ¡Qué  buena  es  Vd.l  Nunca 
me  han  hablado  así ...  .  desde  que  mi  madre  murió. 

Cantarela  cerró  los  ojos,  con  un  gesto  amarg-o. 

Areba  guardó  silencio. 

Empezaba  á  oirse  un  canto  cadencioso  y  le- 
jano que  parecía  elevarse  de  la  costa  al  ritmo 
de  las  ondas,  entonado  por  voces  robustas  y  so- 
noras, cuyas  notas  llegaban  altas  á  intervalos  en 
alas  de  la  brisa,  ó  se  perdían  á  la  distancia  en 
débiles  rumores  como  los  de  una  serenata  en  la 
mar. 


BRENDA  349 


La  enferma  (Jió  un  suspiro,  y  sacando  su  mano 
enflaquecida^  hizo  un  movimiento  de  súplica,  pi- 
diendo á  Areba  se  sentase. 

Así  que  ésta  accedió.  Cantarela  la  impuso  en 
frases  breves,  entrecortadas  y  confusas,  detenién- 
dose á  cada  instante,  —  de  su  historia  de  amor,  y 
de  los  pesares  cuyo  rigor  inexorable  no  bastaba  á 
debilitar  su  pasión  por  Bafil.  Después,  pareció  re- 
signada. Areba  concretóse  á  aconsejarla  el  silen- 
cio y  la  quietud,  luego  de  oiría  con  grave  con- 
tinente y  deslizar  algunas  palabras  de  consuelo, 
en  las  que  parecía  ir  oculta  una  intención  firme 
y  resuelta  de  no  abandonarla  á  su  mísero  des- 
tino. 

Poco  después,  se  despidió,  haciéndola  promesa 
de  verla  de  allí  á  algunos  días,  y  de  enterarse 
con  frecuencia  de  su  estado.  Ella  atendería  á 
todo  durante  su  enfermedad. 

El  señor  Leoncio  Perea  disertaba,  entretanto, 
sobre  industrias  extractivas  en  el  cuarto  de  las 
redes,  con  dos  mujeres  viejas,  muy  versadas  en 
miiteria  de  pesca. 

Una  de  ellas  aseguraba  que  nada  era  tan  di- 
fícil como  el  coger  un  pez  ya  entrado  en  edad, 
que  se  hubiese  llevado  más  de  dos  anzuelos  y 
roto  otras  tantas  la  red  de  jorro*  Cebado  y  con 
extremo  amor  á  la  vida  libre,  al  llegar  á  viejo 
se  le  endurecen  las  agallas,  de  modo  que  pue- 
den romper  un  quinto  anzuelo,  si  de  ellas  lle- 
gara á  prenderse  por  casualidad. 


350  E.  ACEYEDO  DÍAZ 


Era  un  pez  mañoso  y  escamado. 

—  ¡Me  vienen  con  indirectas!  —  pensó  D.  Leon- 
cio. 

Asintió,  con  un  gravé  movimiento  de  cabeza, 
ofreciendo  un  polvo  á  sus  interlocutoras,  y  sor- 
biendo otra  á  su  vez,- ante  una  absoluta  nega- 
tiva ;  y  luego  dijo :  que  en  su  tiempo  había  suma 
dificultad  en  coger  corvinas  negras,  en  la  misma 
Punta  Brava,  sin  que  antes  los  tales  pescados 
se  diesen  de  golpes  contra  las  toscas,  hasta  que- 
dar la  carne  inservible.  De  este  modo,  nadie  las 
apetecía,  y  la  persecución  había  cesado  por  com- 
pleto. Era  bocado  poco  exquisito. 

La  aparición  de  Areba  cortó  este  diálogo  cu- 
rioso. La  joven  cambió  algunas  frases  con  aque- 
llas dos  mujeres,  que  la  hablaron  llenas  de  res- 
peto y  admiración ;  y  salió  en  seguida  con  Pe- 
rea.  Ya  en  la  calle,  detúvose  un  momento,  antes 
de  subir  á  su  carruaje,  y  dijo,  como  obedeciendo 
á  una  preocupación  que  la  había  distraído: 

—  ¡  No  cantan  ya ! 

—  Cierto,  señorita,  —  contestó  D.  Leoncio.  —  Ha 
callado  la  gente  de  mar. 

—  ¡Qué  expresiva  esa  playera! — murmuró  Areba. 
Callaron  en  lo  mejor.    Entre  esas  voces  había 

alguna  hermosa   y  sentida,    que    parecía   lamen- 
tarse. 

—  Así  es,  —  repuso  Perea,  que  no  había  dis- 
tinguido una  mejor  que  otra.  —  ¡  Una  voz  extra- 
ordinaria I 


BRENDA  351 

—  ¿Qué  timbre? 

—  Me  pareció  de  bajo  profundo. 
Reprimióse  la  joven  para  no  reir,  y  sin  agregar 

palabra  más,  ocupó  su  asiento  en  el  cupé,  desig- 
nando á  su  acompañante  el  del  frente.  Hasta  el 
instante  de  partir  el  carruaje,  estuvo  ella  con  el 
oído  atento  á  los  rumores  de  la  ribera. 

Pero  reinaba  completo  silencio. 

Era  que,  en  medio  de  su  coro  sencillo,  los  pes- 
cadores habían  sido  sorprendidos  por  un  incidente 
doloroso,  momentos  antes. 

Gerardo,  presa  de  un  acceso  terrible,  había 
caído  desde  la  peña  que  le  sirviera  de  asiento, 
y  revolcádose  en  los  guijarros  de  la  costa,  cam- 
biando por  un  alarido,  la  inflexión  dulce  y  ar- 
gentina de  su  voz,  y  sometiendo  á  ruda  prueba 
la  fuerza  muscular  de  sus  más  robustos  amigos. 

¡  Cuadro  extraño  á  la  claridad  de  la  luna,  en- 
tre las  piedras  y  al  borde  de  las  aguas,  el  que 
formaban  aquellos  hombres  en  grupo  rodando 
por  el  suelo,  como  un  solo  monstruo  de  muchos 
brazos  y  cabezas,  que  subían  ó  bajaban  en  tu- 
multo, siempre  en  compacto  pelotón,  entre  gari- 
tos sordos  y  enérgicos,  cual  si  disputasen  la  vida 
á  dentelladas  y  contorsiones  furibundas  en  la 
pendiente  de  un  abismo! 


352  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


XXVII 


LOS   RECUERDOS  DE  DIEGO  LAMPO 


Al  Otro  día,  por  la  mañana,  la  señorita  de  Li- 
nares encontrábase  en  su  gabinete  de  labor,  mue- 
llemente sentada  en  un  diván,'  y  entretenida  en 
hacer  pasar  por  entre  sus  finos  dedos  un  rosario 
de  marfil  con  cruz  de  oro.  Muy  temprano,  como 
de  costumbre,  había  oído  misa  en  la  catedral, 
en  el  fondo  de  una  nave  solitaria,  en  donde  te- 
nía su  facistol  y  silla  de  reclinatorio,  acolchada 
y  de  alto  respaldo.  También,  siendo  día  de  cier- 
tas prácticas  invariables  de  su  culto,  habíase 
confesado  con  el  obispo,  contrita  y  respetuosa. 
Pero  no  eran  estas  confidencias,  que  mueren  sin 
eco  bajo  las  anchas  bóvedas,  ni  las  absoluciones 
obispales  las  que  podían  absorber  su  espíritu  en 
la  hora  de  que  hablamos:  de  lo  que  ocurriera 
ante  el  tribunal  de  la  penitencia,  en  su  confesión 
auricular,  no  hacía  memoria.  —  La  vida,  con  sus 
hechos  positivos,  sus  severas  realidades  y  sus 
pasiones  tumultuosas,  se  entraba  en  su  mente 
envuelta  en  la  luz  de  la  mañana,  para  advertirla 


BRENDA  c53 


que  había  pasado  el  minuto,  estéril  para  otros, 
de  pensar  en  lo  extra  -  humano ;  y  así,  era  cierto 
que  no  vagaban  por  sus  labios  los  últimos  rue- 
gos de  la  oración  en  semi-tono  cual  última  es- 
piral del  incensario  ante  una  imagen,  sino  pen- 
samientos mundanales  llenos  de  acritud  y  tris- 
teza que,  al  bullir  en  su  cerebro,  la  hacían  ha- 
blar en  voz  alta,  como  si  ella  tratara  de  buscar 
en  el  sentido  de  la  frase  la  verdad  de  la  inten- 
ción. Lógico  es  creer  que  sus  ideas  del  momento 
se  vinculasen  de  una  manera  estrecha  con  otra 
especie  de  confesión,  que  ella  debía  oir  en  breve, 
de  labios  de  Diego  Lampo,  el  sujeto  que  había 
presenciado  el  episodio  de  la  muerte  de  Pedro 
Delfor. 

Con  la  cabeza  inclinada  hacia  el  hombro  izquier- 
do, por  habitud,  el  gesto  grave,  y  su  vestido  negro 
bien  ceñido  al  talle,  de  modo  que  luciesen  sus 
correctas  formas,  Areba  esperaba  con  alguna 
impaciencia  á  este  personaje,  á  quien  diera  cita, 
en  el  interés  de  que  disipara  la  menor  duda  posi- 
ble acerca  del  acontecimiento  luctuoso. 

Pronto  la  anunciaron  su  presentación. 

La  joven  dispuso  que  lo  hicieran  pasar  al  gabi- 
nete, sintiendo  cierto  íntimo  goce,  que  se  reflejó 
sin  disimulo  en  su  rostro  de  ángel  herido. 

Algo  debemos  decir  aquí  sobre  este  sujeto, 
aunque  su  personalidad  sólo  se  exhiba  para  desem- 
peñar un  papel  accesorio.  Con  todo,  en  nuestro 
concepto,  no  carece  de  interés. 


354  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Diego  Lampo  era  uno  de  esos  tipos  que  despun- 
tan de  agudos  y  que  á  su  desvergüenza  deben 
siempre  la  facilidad  de  medrar,  en  las  mismas  situa- 
ciones difíciles  y  angustiosas.  Tenía  la  conciencia 
maleable  y  dúctil,  como  el  metal  fino.  Los  rasg-os 
prominentes  de  esta  persona  extravagante,  pre- 
disponían muy  en  su  disfavor  á  primera  vista,  y 
la  hacían  antipática  en  extremo;  rasgos  de  feal- 
dad poco  común,  aumentada  por  una  perpetua 
expresión  maligna,  y  un  ceño  de  insolencia  osada. 

Mediana  estatura,  movimientos  de  hombros  con- 
tinuos, que  suph'an  la  jiba  de  Rigoletto,  —  por 
razón  de  similitudes  accesorias  y  complemento 
típico,  —  ojos  negrillos,  llenos  de  malicia,  nariz 
torcida,  casi  inverosímil,  mordida  en  parte  por  la 
viruela,  que  había  burilado  en  su  semblante  penín- 
sulas y  continentes;  lóbulos  aplanados,  sobre  los 
que  caían  algunos  rulillos  negros,  á  manera  de 
racimillos  de  saúco;  barba  corta,  labios  recogpi- 
dos,  y  esas  arrugas  extrañas  que  la  intención 
cínica  cincela  en  la  carne  á  fuerza  de  imperar 
en  el  cerebro,  y  de  traducirse  en  momos,  moris- 
quetas y  visajes  burlones;  lo  mismo  que  la  piel 
de  cabritilla,  al  perder  por  el  uso  su  tersura, 
calca  las  uñas,  nudos  y  puntas  de  huesos  de  las 
manos.  Véase  ahí  de  cuerpo  entero  á  Diego  Lampo. 
No  se  crea  por  esto,  que  era  un  personaje  en 
extremo  vulgar.  No  carecía  de  dotes.  Con  más 
suerte  que  el  héroe  de  Le  Sage,  había  recorrido 
y  explorado    todo    género   de  profesiones,  hasta 


BRflNBA.  355 


lograr  adherirse  á  un  excelente  empleo.  Simple 
oficinista  muchas  veces;  concurrente  asiduo  á  los 
despachos,  otras,  en  busca  de  oportunidades;  visi- 
tante de  redactores  y  cronistas  de  diarios,  como 
eco  autorizado  de  opinión ;  amable  órgano  de 
elogios  y  adulaciones  serviles,  en  las  salas  de 
g-obierno;  trompa  de  órdenes  de  los  poderosos  de 
circunstancias,  fuesen  ó  no,  éstos,  régulos  ó  dic- 
tadores; mantenedor  del  chiste  y  de  la  broma  biza- 
rra en  los  festines  oficiales  ó  en  las  mesas  revuel- 
tas de  los  calaveras;  periodista  declamador; 
miembro  obligado  de  los  clubs  turbulentos ;  agente 
indispensable  de  policía  secreta;  comisionista  de 
escritorio  modesto  y  empolvado,  con  puerta  á  la 
calle;  procurador  de  una  honradez  intachable, 
en  su  propio  concepto ;  proveedor  grave  y  sesudo 
en  los  momentos  calamitosos,  para  explotar  bien 
la  veta  de  circunstancias;  comodín  de  las  ante- 
salas, en  donde  sabía  entretener  á  los  dependien- 
tes de  ministerios  con  historias  sabrosas,  para 
abrirse  luego  paso  hasta  el  secretario  del  Estado 
ó  el  gobernador,  con  todo  desembarazo,  —  como 
quien  lleva  el  capital  fijo  en  su  aire  y  figura ;  — 
todo  esto  había  sido  y  había  hecho  Lampo,  con 
más  ó  menos  fortuna  antes  de  afirmarse  en  terreno 
sólido,  de  igual  manera  que  un  molusco  largo 
tiempo  soliviado  por  las  corrientes,  logra  al  fin 
adherir  su  dura  membrana  á  la  roca  protectora. 
Así,  Diego  Lampo  había  conseguido  muchas  ve- 
ces   beneficios  y  holganzas,  por  medio  del  Chiste 


356  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


y  del  gracejo,  cotizándose  sus  ocurrencias  á  mejor 
precio  que  las  del  talento  serio  y  pensador.  «  Ha- 
cer retozar  la  risa  en  todo  el  cuerpo,  y  dar  azo- 
gue á  los  sentidos, »  era  profesión  harto  lucrativa, 
para  que  él  no  la  ejerciese  en  oportunidades,  y 
se  abriera  el  camino  de  las  simpatías  y  de  los 
favores. 

En  otros  tiempos,  según  la  historia,  hacían  lo 
mismo  aquellas  entidades  de  cabeza  enorme  y 
tronco  de  enano,  de  birrete  y  talabarte,  borce- 
guíes y  guanteletes,  ya  obesos,  ya.  sin  vientre, 
espaldas  de  escuerzo,  rostro  cínico  y  osado,  con- 
trahechos y  disformes :  —  mezcla  híbrida  de  risas 
y  rabias,  frutos  del  consorcio  de  la  satiriasis  y  del 
tubérculo,  —  henchidos  de  orgullo  en  la  medida 
de  su  quinta  sangre  negra,  que  eran,  sin  embargo, 
como  pensamientos  alegres  de  los  señores  melan- 
cólicos ;  caricaturas  del  dolor  que  hacían  el  dolor 
pasable,  puesto  que  así  se  exhibía  en  carne  y  hueso, 
no  para  llorar,  sino  para  hacer  reir;  estériles  mo- 
mos lanzados  á  la  lucha  de  la  vida,  cuyo  peso 
soportaban  no  obstante  en  sus  jibas  repletas  de 
humor  negro,  en  tanto  caían  en  desgracia  y  se 
anulaban  las  personalidades  de  hierro.  Estos  per- 
sonajes se  han  ido  transformando  con  las  cos- 
tumbres, y  hasta  perdiendo  la  corcova,  por  selección, 
pudiéndose  apenas  distinguirlos  entre  la  muche- 
dumbre. Pero,  si  ha  cambiado  la  fisonomía,  persiste 
la  esencia,  y  por  ahí  vagan  muchos,  sin  destino. 

Nuestra  entidad  era  uno  de  ellos. 


BRENDA  357 

Con  ingenio,  y  ciertas  disposiciones  naturales, 
él,  como  tantos  de  su  especie,  no  tenía  la  culpa 
de  los  extravíos  de  juventud.  La  educación  que 
se  le  diera  en  un  hogar  lleno  de  preocupaciones, 
vanidades  y  ridiculeces,  obligóle,  ya  hombre,  á 
darse  una  segunda  educación,  que  sólo  conservó 
de  la  primera  el  hábito  ó  prurito  de  reirse  del 
honor  ajeno,  á  fuerza  de  haber  servido  él  mismo 
mucho  tiempo,  de  blanco  al  sarcasmo  y  al  lu- 
dibrio de  los  demás.  Vengábase  cuanto  podía, 
sin  esfuerzo  y  sin  remordimiento.  Le  servían  de 
armas  ofensivas  sus  propias  amarguras,  y  no  le 
hacían  mella  los  rudos  golpes  de  la  reprobación 
y  del  desprecio. 

De  esta  manera,  Diego  Lampo  se  había  cons- 
tituido en  personalidad  aparente  para  una  in- 
dignidad cualquiera,  ó  acto  indecoroso.  Delatar 
le  era  tan  fácil  como  encubrir  lo  ilícito,  siempre 
que  la  recompensa  alcanzara  á  la  importancia 
de  la  denuncia,  de  la  traición,  del  espionaje  ó 
de    la  intriga. 

Tales  tachas  podían  oponerse  al  testigo  que 
venía  á  constatar  la  identidad  del  matador  de 
Pedro  Delfor;  pero  justo  es  advertir  que  en  su 
declaración  no  adulteró  ni  el  menor  de  los  de- 
talles, de  los  hechos  ocurridos  en  una  época  ya 
remota. 

Decirse  puede  que  en  menos  tuvo  el  huevo 
que  el  fuero.  Estuvo  verídico,  fiel    y  correcto. 

Julieta  Camandria,  en  caso  análogo,  habría  He- 


358  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


vado  el  rigor  de  las  fórmulas  hasta  preguntarle 
si  le  comprendían  las  generales  de  la  ley. 

Areba  limitóse  á  comparar  los  datos  suminis- 
trados por  el  testigo  con  los  de  la  señora  de 
Xerva,  hasta  deducir  una  perfecta  conformidad 
en  las  deposiciones  y  adquirir  absoluta  certidum- 
bre de  los  hechos. 

Una  vez  en  su  presencia,  pidióle  que  refiriese 
nuevamente  el  lance,  y  le  explicara  la  causa  de 
encontrarse  él  en  el  establecimiento  de  campo 
de  Xerva  en  ese  día 

Diego  I-ampo,  reconcentrándose  en  sí  mismo, 
con  aire  grave,  pensó  que  era  llegado  el  mo- 
mento de  justificar  ante  todo  su  conducta  de 
entonces ;  y  en  ese  propósito,  contestó  con  acento 
reposado  y  tranquilo,  apoyando  en  la  mano  la 
barba: 

— Razones  de  un  orden  privado,  me  induje- 
ron desde  el  principio  de  aquella  guerra  á  pres- 
cindir de  un  papel  activo,  aun  cuando  mis  naturales 
ímpetus  pugnasen  con  ese  criterio,  aconsejándome 
con  vehemencia  que  ciñera  el  sable.  De  por  me- 
dio había  causal  de  fuerza;  y  era  ésta  la  de  una 
promesa  solemne  hecha  á  mi  señora  madre,  —  ya 
t:nada« — de  no  marchar  nunca  á  combate  oscuro 
y  ^n  bandera,  en  que  se  matase  por  el  solo 
prurito  de  violar  el  quinto   mandamiento. 

Aparte  de  ese  deber  filial,  respetable,  que  yo 
nv>  podía  desoir  sin  pecar  de  cruel  é  indigne, 
concuman  otros  motivos  poderosos,  que  al  rozar 


i 


BRENDA  359 

mis  firmes  convicciones,  las  advertían  de  no  in- 
currir en  claudicación  denigrante;  los  cuales  mo- 
tivos se  fundaban  en  el  sabio  precepto  de  no  quitar 
ni  poner  rey,  y  de  estarse  á  la  espectativa,  cuando 
las  simpatías  no  arrastran  de  por  sí  á  las  filas 
de  uno  ú  otro  bando,  para  servir  de  blanco  al 
cañón. 

Tosió,  aquí,  Lampo ;  repantigóse  con  aspecto 
muy  serio;  y  sabiendo  con  quien  hablaba,  se  aven- 
turó una  frase  canónica: 

—  La  causalidad  expuesta,  me  absuelve  á  cau- 
tela, por  lo  menos. 

Areba  permaneció  callada. 

—  Pero,  —  prosiguió  él,  —  lo  que  ocurría  en  mi 
foro  interno,  importaba  poco  al  beligerante  que 
resumía  el  poder,  y  fui  perseguido  de  un  modo 
implacable  para  que  prestase  mis  servicios  en 
sus  filas.  Se  buscaba  una  máquina,  y  no  un 
partidario  convencido.  Consecuente,  entonces,  con 
mis  resoluciones  y  principios  inconmovibles,  no 
pudiendo  expatriarme,  procuré  refugio  en  la  misma 
campaña  sublevada,  por  aquello  de  que  al  pe- 
ligro se  le  burla  en  casa,  y  sirvióme  de  asilo 
seg'uro  por  muchos  días  el  gran  edificio  de  campo 
de  la  respetable  señora  Orfila  de  Nerva,  grande 
alma,  honra  de  su  sexo,  —  sin  agravio  á  la  pre- 
sente,—  á  quien  la  gratitud  ha  elevado  altar  en 
mi  pecho. 

Allí  estaba  esa  dignísima  dama,  cuando  se 
libró  en    las   cercanías   la    batalla   y  se  produjo 

24 


360  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


el  episodio  de  mi  referencia.  La  refriega  fué  muy 
dura,  de  casi  todo  el  día,  y  dejó  llenos  de  san- 
gre  los  surcos.  Desde  el  ventanillo  alto  de  mi 
habitación,  próximo  á  un  balconcillo  que  corres- 
pondía á  la  de  la  señora  propietaria,  y  desde 
donde  se  dominaba  la  misma  extensión  de  campo, 
podían  verse  por  encima  del  monte,  el  ribazo 
opuesto  del  arroyo  y  las  sinuosidades  del  terreno. 
Alguna  vez  asomé  la  cabeza,  atraído  irresis- 
tiblemente por  el  belicoso  son  de  los  clarines; 
y  en  ese  momento  pasaban  por  el  frente  balas 
encadenadas  con  ruido  de  grilletes. 

—  ¡Temeridad,  hacer  muecas  al  peligro! — ob- 
servó la  joven  con  sorna,  fijos  sus  ojos  en  la 
extraña  nariz  del  narrador. 

—  No  tanto,  —  repuso  éste  en  el  acto;  —  pues 
los  proyectiles  rodaban  ya  por  el  suelo,  con  des- 
gane, trabándose  el  uno  al  otro,  como  piernas 
de  ebrio,  ó  consortes  que  resisten  y  se  arrepien- 
ten del  vínculo  indisoluble  á  media  jornada  de 
la  capilla. 

—  ¡Ah!  —exclamó  Areba,  sín  apartar  la  vista 
de  la  nariz  torcida  y  hoyosa; — creí  que  pudiera 
Vd.  haber  sufrido  allí  algpin  desperfecto. 

Continúe  Vd. 

—  El  caso  es,  que  al  caer  la  tarde  de  aquel 
día  caluroso, —  com.o  ya  he  tenido  el  honor  de 
informar  á  Vd.,  —  apareció  de  súbito  sujetando 
el  caballo  transido,  junto  al  paso  del  arroyo  que 
estaba    muy   cerca,   frente   al   edificio,  un  joven 


BRENDA  361 

oficial  que  venía  al  parecer  del  campo  de  batalla, 
con  ánimo  de  vadearlo  á  priesa ;  y  acaeció  ésto, 
en  momentos  que  por  la  parte  opuesta,  montado 
en  un  tordillo  negro  de  arranque  y  corvetas, — 
de  esos  caballos  que  gustan  de  la  pólvora  y  del 
rumor  de  las  trompas  como  los  dragones  vie- 
jos, —  se  dirigía  al  vado  otro  militar,  con  divisa 
contraria,  bizarro  y  apuesto. 

El  uno  era  Raúl  Henares ;  el  otro  Pedro  Del- 
f  or .... 

—  ¿Qué  aspecto  físico  y  edad  tendría  enton- 
ces el  primero?  —  preguntó  la  joven,  interrum- 
piéndole con  interés. 

—  Veinte  años,  más  ó  menos;  poca  barba,  de 
complexión  recia,  cabello  negro,  perfiles  enér- 
gicos, aire  atrevido  y  mucho  garbo.  Traía  espada- 
y  pistola  al  arzón. 

Le  reconocí  al  instante,  pues  habíamos  sido 
compañeros  de  aulas,  en  estudios  secundarios. 
Era  el  mismo  Raúl  Henares  de  la  clase  de  la- 
tín, enamorado  de  Ovidio  hasta  saberlo  de  me- 
moria,— librejo  que  nunca  pude  pasar,  refi-actario 
como  yo  era  al  idioma  muerto,  así  como  la  Eneida, 
otro  libritín  intraducibie  para  un  estudiante  de 
buen  gusto,  —  por  lo  que  el  presbítero  Giralt,  mi 
respetable  profesor,  solía  lanzarme  alguna  fi'ase 
mallorquína,  que  más  bien  quería  significar  ma- 
macallos   que  otra   cosa  lisonjera. 

—¿Y  bien? 

—  Al  lance  iba  ahora,  precisamente,  distinguida 


362  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


señorita.  Las  reminiscencias  agradables  se  me 
agolpan  profusas,  y  me  desvían  del  relato,  lo 
mismo  que  los  árboles  cargados  de  frutas  sabro- 
sas cuando  uno  va  por  un  camino  carretero. 

Sucedió,  pues,  que  estando  ya  el  joven  en  la 
pequeña  barranca  que  daba  acceso  al  vado,  la 
señora  de  Nerva,  temiendo  un  choque  funesto, 
cuyas  consecuencias  podía  presenciar  como  yo, 
desde  el  balcón  en  que  se  encontraba  hacía  mo- 
mentos, hízole  señas  repetidas  y  dirigióle  la  pala- 
bra varias  veces,  llena  de  zozobra,  para  que  vol- 
viese sobre  sus  pasos. 

Aunque  Henares  se  detuvo  para  mirar  al  bal- 
con  con  extrañeza,  no  accedió  al  angustioso  ruego 
de  la  anciana;  y  picando  su  caballería,  se  lanzó 
al  paso  sin  recelo.  El  coronel  Pedro  Delfor  en- 
traba á  su  vez,  por  la  parte  opuesta,  armado  de 
lanza  con  banderola,  que  denunciaba  á  lo  lejos 
su  campo  y  filas  mejor  que  una  cimera.  Tal  vez 
el  tumultuoso  tropel  de  algunos  regimientos  que 
corrían  dispersos  de  este  lado  del  arroyo,  preci- 
pitó á  Henares  á  cruzarlo  sin  vacilar;  el  hecho 
es  que,  en  mitad  del  paso,  ni  muy  largo  ni  muy 
angosto,  tuvo  lugar  el  encuentro,  resultando  mor- 
talmente  herido  el  coronel  Delfor. 

—  ¿Fué  leal  la  pelea? 

Diego  Lampo  se  acarició  suavemente  la  nariz,  y 
extendiendo  luego  la  mano,  dijo  con  acento  se- 
guro y  cierta  cómica  entonación: 

—  Y  sin    preámbulos,    señorita.   Pedro   Delfor 


BKENDA  363 

cargó  sobre  su  adversario  clavando  espuelas,  y 
logró  hundirle  su  lanza  en  el  brazo  izquierdo; 
peroi  para  su  desgracia,  Henares  no  fué  arran- 
cado de  la  silla,  y  pudo  éste  hacer  fuego  sobre 
él,  poniéndole  la  bala  en  la  frente  de  una  ma- 
nera artística  y  correcta  por  demás.  El  tordillo 
negro  dio  un  balance,  y  arrancó  hacia  la  casa, 
arrastrando  de  un  estribo  á  su  jinete  muerto, 
que  sólo  abandonó  en  una  enramada  donde  se 
entrase  ciego  y  despavorido,  abatiendo  todo  cuanto 
encontró  en  su  carrera.  Raúl  Henares  desapare- 
cía en  tanto  por  la  ribera  opuesta  á  toda  brida 
hacia  el  campo  de  la  pelea,  desangrándose,  sin 
duda,  porque  la  moharra  de  Delfor,  según  yo  vi, 
había  entrádose  en  su  carne  sin  consideración 
alguna. 

—  lluego  ¿fué  Delfor   quién  hirió  el  primero? 

—  Así  es,  si  no  me  traiciona  la  memoria,  que 
nunca  la  tuve  mala,  señorita;  excepción  hecha 
de  su  rebeldía  en  estudios  de  lenguas  muertas 
y  de  ciencias  exactas.  Lo  que  en  ella  está  en 
depósito,  sólo  sale  á  luz  cuando  conviene. 

—  Convendría  por  ahora, — replicó  Areba  pen- 
sativa,—  que  todo  lo  hablado  volviese  á  la  os- 
curidad y  al  secreto,  conforme  á  las  estipulacio- 
nes propuestas  y  mutuamente  aceptadas. 

—  A  este  respecto,  seré  de  piedra. 

—  Por  lo  demás,  mi  administrador  está  encar- 
gado de  entenderse  con  Vd.  y  de  cumplir  el 
pacto  fielmente. 


364  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Quedo  muy  reconocido  á  sus  bondades,  que 
son  ya  proverbio  para  el  común  de  las  gentes; 
pues  á  la  mano  próvida  y  regia  de  tan  nobilí- 
sima dama  debe  su  consuelo  todo  un  enjambre 
de  menesterosos. 

—  A  propósito, — dijo  Areba,  sin  atender  alas 
palabras  de  Lampo ;  —  desearía  que  Vd.  consig- 
nase por  escrito  lo  relativo  á  este  asunto,  de 
un  modo  claro  y  conciso,  y  lo  pusiera  en  manos 
del  señor  Perea  en  breve  tiempo. 

—  ¡  Perfectamente !  —  respondió  Lampo,  de  píe, 
y  haciendo  una  cortesía.  Vendrá  en  estilo  lapi- 
dario. 

Y  notando  que  la  señorita  de  Linares  no  pa- 
recía dispuesta  á  prolongar  más  aquella  entre- 
vista, pidió  con  el  mayor  respeto  permiso  para 
retirarse,  ofreciéndose  en  todo  lo  que  pudieran 
ser  estimables  sus  servicios  en  lo  futuro. 

Areba  le  despidió  con  un  ligero  movimiento 
de  cabeza,  desde  el  diván  en  que  le  había  evscu- 
chado,  observando  sus  frecuentes  cambios  de  fiso- 
nomía é  inflexiones  de  voz. 

Cuando  él  hubo  salido,  después  de  una  tercera 
reverencia,  pensó  la  joven  que  aquélla  debía  ser 
la  única  vez  quizás,  que  un  ente  semejante  hu- 
biese sido  verídico. 

Cayó  luego  en  meditaciones  serias. 

Faltaría  oir  á  él,  —  se  dijo  al  fin. 

De  todo  se  desprende  que  el  lance  fué  fatal, 
inevitable,  digno,  sin  sombras  para  los   dos.    El 


BKENDÁ  365 


defendió  su  vida.  Fué  afortunado.  La  buena  es- 
trella de  entonces  sigue  brillando  con  un  esplen- 
dor nuevo.  Es  querido.  Mató  al  padre,  sin  saber 
de  quién  lo  era,  ignorando  que  de  esa  planta 
salió  la  flor  de  su  amor  que  él  acaricia  ahora, 
pensando  hacerla  feliz,  y  ser  á  la  vez  dichoso. 
¡  Bella  ventura !  Destruido  el  tronco,  se  encuentra 
á  la  vuelta  de  los  años  con  un  vastago  tierno  y 
hermoso,  una  mujer  delicada,  dulce,  capaz  de  com- 
prenderlo y  estimarlo ;  se  miran,  se  hablan,  se 
sonríen  y  se  apasionan  sin  esfuerzo,  inocentes 
del  secreto  que  hubiese  abierto  antes  entre  ellos 
el  abismo  de  una  tumba,  y  que  ahora  puede  al 
descubrirse  poner  á  prueba  las  conciencias  y  re- 
torcer el  corazón.  ¡  Quién  sabe !  El  drama  va  á 
su  desenlace :  esperemos. 

Cuando  Brenda,  la  deliciosa  Brenda,  llegue  á 
saber  de  esta  historia,  ¿qué  mirada  para  el 
amante  soñado  y  querido,  brotará  de  sus  ojos 
tiernos  y  azules,  hasta  ahora  ávidos  y  brillantes 
por  el  fuego  de  la  pasión?  ¿qué  frase  de  sus 
labios,  donde  él  ha  posado  los  suyos  en  dulce 
deliquio  tras  una  nota  ardiente  de  amor  intenso, 
sin  ajarlos  al  encenderlos?  ¿qué  gemido  de  su 
alma  blanca  y  pura,  cuando  levante  el  recuerdo 
excitado  un  fantasma  en  su  conciencia,  pálido  y 
sangriento,  que  la  ofrezca  su  sudario  frío  para 
aplacar  el  ardor  del  corazón? 

No  sé.  Pero  hay  ciertos  escrúpulos  superiores 
al  criterio  de  una  felicidad  exclusivista,  que   es- 


3^  E.  ACEVEDO  DÍAZ 

tan  en  la  sangre  y  vienen  de  herencia,  y  se  ina- 
ponen  tiránicos  en  el  realismo  de  la  vida.  Basta. 
uno  de  esos  escrúpulos  para  rozar  las  pasiones  é 
instintos  enérgicos  que  duermen  en  el  fondo  de 
toda  naturaleza,  é  increparlos  hasta  el  odio  ó  la 
venganza  en  hora  oportuna ;  que  hay  de  sobra, 
con  un  grano  de  cal  viva  para  poner  en  ebulli- 
ción, y  enturbiar  en  su  copa  cristalina  el  agaa 
pura  y  transparente,  ¿  Qué  llegaría  á  pensar  la 
huérfana  ? 


EL   ÚLTIMO   RÉGULO 


En  uno  de  los  más  hermosos  días  de  Enero 
por  la  mañana,  Brenda  Delfor  recorría  el  jardín 
separando  con  cuidadosa  elección  las  mejores  flo- 
res de  sus  múltiples  plantas,  que  echaba  en  un 
canastillo  de  mimbres  pendiente  del  brazo,  casi 
lleno  ya  de  variados  y  ricos  ejemplares.  Debía 
ocuparse  ella  misma  de  la  confección  de  una 
guirnalda,  destinada  á  Areba,  con  aquel  esmero 
-'  arte  delicado  que  su  amiga  había  tenido  mo- 
ivo  de  admirar  otras  veces. 


BRENDÁ  367 

Con  sus  trenzas  recogidas  negligentemente,  y 
Tin  sombrero  de  pajilla  semicubierto  de  tul  ce- 
leste, con  las  alas  abatidas  á  los  lados,  y  sujetas 
por  una  cinta,  de  modo  que  preservasen  de  los 
ardores  del  sol,  la  joven  iba  de  uno  á  otro 
lado,  afanosa  y  diligente,  cortando  tallos  y  aspi- 
rando aromas  antes  de  arrojar  sus  víctimas  al 
cesto.  Creía  justo  gozar  de  las  primicias,  en  com- 
pensación de  sus  afanes. 

La  señora  de  Nerva  no  había  abandonado  aún 
su  dormitorio,  cuyas  ventanas  se  abrían  al  jardín. 

Brenda,  aprovechándose  de  aquellos  instantes, 
que  de  otro  modo  habría  consagrado  á  la  an- 
ciana, ponía  apuro  en  concluir  la  tarea.  Para  an- 
dar más  rápida  dejó  el  canastillo  en  el  sendero 
que  conducía  á  la  gran  puerta  de  la  quinta;  y 
preocupóse  de  escoger  rosas,  entre  las  más  bellas, 
y  gajos  de  nardos  dobles. 

En  esa  agradable  labor  la  sorprendió  Zambi- 
que,  lujosamente  vestido,  como  ella  nunca  lo  hu- 
biera soñado. 

El  viejo  liberto  se  exhibía  bajo  una  transfor- 
mación completa,  —  pues  era  día  de  Reyes,  —  y 
él,  el  monarca  con  mejores  títulos  y  más  amplias 
prerrogativas   entre  los  de  su  raza. 

Presentóse  erguido,  merced  á  un  corsé  que 
daba  tiesura  y  firmeza  á  su  esqueleto;  risueño 
y  alegre,  y  como  esperando  de  su  reina  una  li- 
sonja 6  una  gracia  inocente. 

Al  principio,  la   joven   se   asustó   sin   poderlo 


368  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


evitar,  ante  la  extraña  figura  que  se  ponía  á  su 
vista  de  una  manera  inesperada ;  pero,  advirtiendo 
en  el  acto  que  aquélla  no  era  una  visión,  ex- 
clamó, sin  separar  los  ojos  del  antiguo  esclavo 
é  incorporándose  de  súbito  en  un  arranque  de 
júbilo : 

—  ¡  Zambique !  ¡  Estás  deslumbrante ! 

Y  la  joven  golpeaba  sus  manos,  llena  de  en- 
tusiasmo y  contento,  corriendo  hacia  él,  para  mi- 
rarle más  de  cerca  los  galones  y  bordados,  y 
ponerle  en  el  ojal  del  frac  como  una  traviesa 
aturdida,  un  gran  clavel  rojo,  que  arrancó  al 
paso  para  obsequiarle. 

El  viejo  liberto  la  dejó  hacer  inmóvil,  con  su 
sonrisa  de  máscara,  balbuceando  frases  cariñosas 
que  parecían  gruñidos. 

Después,  sacó  de  entre  las  solapas  una  carta 
pequeña,  como  la  mejor  retribución  á  los  halagos 
de  su  reina ;  y  fué  silencioso  á  depositarla  encima 
de  las  flores  del  canastillo. 

Brenda,  que  seguía  con  la  mirada  ansiosa  sus 
movimientos,  adivinó  al  instante  la  procedencia 
de  aquel  billete,  y  lanzóse  veloz  al  canastillo 
cogió  la  carta  y  la  ocultó  en  su  seno,  poniendo 
encima  sus  dos  manos  cual  si  temiese  se  perdiera; 
y  quedándose  quieta,  blanca,  trémula,  azorada 
de  tanta  dicha : 

—  ¿  Quién  te  la  dio  ?  —  preguntó  respirando 
apenas. 

—  Selim. 


BKEXDA  369 


—  |Ah!.... 

¿Y  hoy  es  para  tí,  día  de  jolgorio?  —  siguió 
la  joven,  procurando  reprimir  los  violentos  lati- 
dos de  su  pecho. 

—  Fiesta  grande,  niña.  Iba  á  saludar  y  á  pe- 
dir permiso  al  ama. 

—  Luego  lo  harás.  ¡  Qué  gusto  va  á  tener  ma- 
dre, Zambique  I  Pareces  un  brigadier  arrogante 
y  soberbio.  Yo  te  doy  licencia  para  que  te  au- 
sentes hasta  la  hora  que  desees,  que  ella  no  te 
ha  de  reñir  por  eso,  bien  lo  sabes.  Yo  quiero 
que  goces  mucho  y  me  lo  cuentes  todo,  luego 
al  regreso,  que  vendrás  aquí  á  recibir  mis  para- 
bienes. 

Con  esta  autorización,  el  honrado  liberto  salió 
ufano  y  satisfecho,  saludando  militarmente  á  su 
reina  y  haciendo  sonar  la  vaina  de  su  espada 
en  las  baldosas.  Brenda  le  siguió  mirando,  hasta 
que  desapareció,  entre  raptos  de  ingenua  y  gra- 
ciosa alegría ;  sin  notar  que,  durante  la  escena,  se 
había  abierto  un  postigo  de  la  ventana  de  la  se- 
ñora de  Nerva,  y  cerrádose  sin  ruido  en  ese  mo- 
mento. Alguien  había  estado  observando  desde 
allí. 

En  rigor,  el  fausto  del  viejo  negro  llegó  hasta 
levantar  rumores  entre  el  resto  de  la  servidumbre. 

Nunca  había  él  desplegado  tanta  pompa. 

Vestía  Zambique  traje  serio  y  de  parada,  com- 
puesto de  prendas  de  un  general  retirado  que 
de  ellas  le  había  hecho  en  tiempos    finados   do- 


370  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


nación  graciosa,  para  su  uso  en  día  solemne 
como  el  de  Reyes.  El  donatario  procuró  siempre 
conservarlas  ilesas  contra  polillas  y  humedades; 
de  manera  que  podía  exhibirlas,  sino  intactas, 
con  alguna  decencia. 

Llevaba  entorchados  en  un  frac  militar  de  co- 
ronel mayor  de  paño  oscuro,  que  había  perdido 
mucho  de  su  frisa  en  varios  sitios,  y  no  despro- 
visto de  algunos  remiendos  en  pequeñas  ranuras; 
pero  muy  presentable  todavía,  mediante  unas 
frotaciones  con  té  y  caña  convenientemente  he- 
chas por  debajo  del  alto  cuello  y  costados.  Re- 
lucíale la  botonadura  con  escudos  de  relieve, 
sin  abollones  ni  cardenillo.  Las  charreteras  que 
adornaban  los  hombros  no  eran  de  lana  ó  de 
estambre,  sino  de  canelones  gruesos  y  fornidos 
de  gusanillo  de  oro  en  diez  vueltas  trenzado,  sin 
desflecos  ni  manchas  grises,  merced  al  cuidado 
de  su  dueño  que  las  limpiaba  siempre  con  suma 
prolijidad.  Podía  observarse,  á  este  respecto,  que 
el  cepillo  delgado  y  la  tiza  en  polvo  habían  con- 
vertido en  espejos  las  lentejuelas  y  botones  de 
todo  el  uniforme.  En  los  dos  extremos  del  cue- 
llo, forrado  en  su  interior  de  paño  rojo,  se  desta- 
caban primorosos  bordados  y  hojas  de  palma. 
Por  encima  del  uniforme  y  del  chaleco  blanco 
de  piqué  con  botoncillos  de  vivos  reflejos,  ceñía 
su  talle  de  gran  esqueleto  una  faja  deslucida 
azul  y  blanca,  y  sobre  ésta  ajustaba  un  cinturón 
elástico  á  listas,  del  que  pendía  un   espadín   de 


BRENDA  371 


•empuñadura  de  oropel  y  nácar  con  vaina  de  me- 
tal amarillo  y  dragona  respetable. 

Los  pantalones  blancos  se  habían  echado  á 
perder,  y  reemplazádolos  Zambique  con  unas 
bombachas  de  paño  color  sangre,  provistas  de 
anchas  franjas  de  oro,  que  se  escondían  con  las 
piernas  dentro  de  botas  de  grandes  campanas 
con  borlillas,  y  espolines  de  bronce.  En  cuanto 
á  la  cubierta,  él  había  preferido  al  sombrero  de 
dos  picos  de  plumas  matizadas  y  escarapela,  una 
gorra  de  torta  un  tanto  levantada  por  delante, 
con  galón  de  dos  pulgadas,  visera  de  charol  y 
filete  dorado.  —  Cubrían  sus  manos  guantes  de 
hilo  de  bastante  holgura.  En  vez  de  collarín  se- 
vero, llevaba  en  el  pescuezo  un  pañuelito  de 
borra  de  seda;  y  aparte  de  las  condecoraciones 
y  cintillos  del  pecho — de  origen  desconocido, — 
lucía  orguUosamente  en  el  ojal  del  frac,  como 
adorno  indispensable,  el  clavel  rojo  de  su  reina  en 
estrecha  compañía  con  una  ramita  de  albahaca. 

Con  este  traje  inusitado  y  estos  atavíos  fas- 
tuosos, el  viejo  liberto  podía  considerarse  como 
un  personaje  tripartito:  dragón  de  los  pies  á  la 
cintura,  mariscal  de  campo  de  la  cintura  al  cue- 
llo, y  de  aquí  para  arriba,  retinto  comodoro. 

Zambique  creía  correcto  imitar  en  los  movi- 
mientos y  modales  á  los  prototipos  del  género; 
y  por  ese  motivo  marchaba  con  aplomo  y  dig- 
nidad, majestuosamente,  con  ese  aire  de  gran- 
deza plebeya  que  descubre  al  instante  su  origen, 


372  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


en  el  modo  de  afirmar  las  plantas,  ó  en  los  afe- 
lios del  frac  en  las  corvas,  ó  en  la  sandunga  de 
las  caderas,  conforme  al  ritmo  musical  de  los 
bailes  de  academia.  Sállasele,  andando,  el  zancajo 
para  un  lado  y  la  rótula  para  otro.  Su  figura 
atraía  la  atención,  y  á  su  paso  se  aglomeraban 
los  ociosos,  diciéndose  unos  á  otros,  muy  seria- 
mente : 

«  ¡  Es  el  rey  de  Mozambique !  » 

El  honrado  negro,  que  esto  oía,  levantaba  un 
poco  más  los  hombros,  balanceándose  al  compás 
de  sus  piernas,  y  sacudiendo  el  brazo  derecho, 
de  manera  que  el  codo  se  moviese  en  ángulo  con 
la  regularidad  de  un  péndulo.  Parecía  dirigirse  á 
comandar  en  jefe  una  batalla. 

En  algunas  se  había  encontrado,  en  calidad  de 
soldado  en  el  batallón  de  libertos  de  Zufriategui, 
durante  las  gloriosas  guerras  de  la  independencia, 
y  de  sargento  segundo,  á  partir  de  la  acción  de 
Yucutujá.  De  ésta  y  otras,  conservaba  en  su  piel 
recuerdos  indelebles;  cinco  cicatrices  de  bala  y 
lanza,  certificaban  bien  su  foja  de  servicios.  En 
el  último  combate  á  que  asistiera,  revistando  en 
caballería  de  extramuros  de  Montevideo,  un  pe- 
queño casco  de  metralla  habíale  alcanzado  en 
la  cabeza  y  derribádole  sin  sentido  en  un  ba- 
rranco. Fué  entonces,  según  se  verá  después,  que 
la  intervención  de  Raúl  salvó  su  vida. 

Este  héroe  oscuro  y  olvidado,  como  tantos, 
bien  podía  darse  una  vez  el  placer,  siquiera  fuese 


BRENDA  o73 

en  día  de  Reyes,  de  vestir  algunas  horas  un 
uniforme  lujoso  y  dorado.  Con  ello  á  nadie  ofen- 
día, y  simplemente  podría  recordar  á  los  cronis- 
tas imparciales  y  concienzudos,  que  á  pesar  de 
haber  él  recibido  cinco  heridas  graves,  en  épo- 
cas en  que  se  cargaba  el  fusil  á  baqueta  y  se 
mordía  el  cartucho,  y  de  ser  pulcro  y  honesto 
como  la  misma  probidad  y  el  honor  mismo, — 
pues  á  pie  firme  las  recibiera  todas  en  línea,  — 
no  había  logrado  pasar  de  sargento  segundo,  en 
sus  recias  y  peligrosas  campañas. 

Ahora  se  veía  con  charretera  en  vez  de  gi- 
neta,  por  obra  de  circunstancias,  y  muy  dis- 
puesto á  hacer  honor  al  grado.  Tomó  á  lo  serio 
su  papel  con  el  mismo  derecho  que  otros  en  el 
mundo,  por  identidad  de  causas  concurrentes;  y 
se  infló. 

El  hecho  es  que  dentro  de  su  uniforme,  se 
sentía  soberbio  y  se  forjaba  la  ilusión  de  igualarse 
á  un  caudillo. 

Acometíale  en  ese  día  algo  muy  semejante  al 
delirio  de  las  grandezas. 

Fué  iluminándose  poco  á  poco;  apareciéronsele 
más  lúcidos  los  recuerdos,  y  excedióse  á  sí  mismo, 
en  la  fuerza  del  raciocinio.  En  su  cerebro  endu- 
recido se  reflejaron  imágenes  de  hombres  que 
fueron  semidioses  armados  de  lanzón  ó  sable,  tan 
espantables  como  fantasmas  de  fuego,  que  acau- 
dillaron gentes  y  dispusieron  de  mil  vidas  im- 
pávidos y  serenos,  quemando  todo  á  su  contacto, 


374  E.  ÁCBVEDO  DÍAZ 


lo  mismo  que  un  árbol  encendido  hace  arder  y 
estallar  todos  los  demás  árboles  del  bosque. 
Comparábase  con  alguno  de  ellos  y  se  creía  con 
idéntico  prestigio,  pensando  que  la  piel  de  los 
poderosos  podía  cambiar  como  en  diversas  ser- 
pientes de  su  país  nativo;  es  decir,  á  la  cascara 
g'ruesa,  pálida  y  deslucida  de  escamas  duras,  su- 
cederse  otra  de  brillantes  colores  y  reflejos,  que 
hiciera  más  señores  é  imponentes  á  los  hombres 
de  valor. 

A  pesar  del  encanecimiento  de  su  masa  ence- 
fálica, Zambique  infería  que  este  cambio  debía 
haberse  operado  en  él,  como  acaece  en  el  injerto, 
el  apareamiento  ó  proximidad  sensible,  ó  en  el 
cruzamiento  para  conservar  un  distintivo ;  fenó- 
menos que  al  fin  convierten  al  botón  de  rosa  en 
mosqueta,  la  gallina  batará  en  blanca,  el  conejo 
manchado  en  negro  y  el  ratón  libertino  de  apén- 
dice, en  tucutucu,  que  es  rabón.  Sus  hábitos  y 
tareas  de  criador  le  habían  dado  cierto  sentido 
práctico  acerca  de  la  selección,  ya  fuere  ésta 
natural  ó  inconsciente. 

En  su  fausto  y  posición  del  momento,  hacía 
memoria  de  que  nunca  llevaron  tales  galas  y 
arreos  magníficos  los  soberbios  de  la  campaña 
que  él  había  visto  en  sus  días  de  grandeza,  so- 
bre caballos  briosos,  negros  como  la  noche  y 
cola  blan\:a,  —  ó  blancos  como  el  alba  y  cola 
negra, —  vestidos  de  humildes  ropas  y  preseas, 
prefiriendo   poner  todo   el  lujo  en   el   rendaje   y 


BRENDÁ  375 

la  montura,  con  carona  de  cuero  de  tigre  y  bo- 
leadoras de  marfil  ó  plata,  robustos  y  forzudos, 
<ie  ceño  siniestro,  barba  cerrada,  abundosa  me- 
lena, brazo  de  guayabo  y  puño  gordo  de  dedos 
cortos,  con  pelos  á  veces  y  uñas  de  tocadores 
de  guitarra,  siempre  adherido  á  la  lan^ ;  jinetes, 
bravos,  mal  avenidos,  temerarios,  indómitos,  du- 
ros en  la  pelea  franca  y  valiente  hasta  meterse 
los  rejones  en  el  alma,  sin  encomendarse  antes 
¿  la  Virgen   siquiera  por  respeto  ó  devoción. 

Verdad  que,  prescindiendo  del  esplendor  de  los 
arreos  é  insignias,  él  no  se  andaba  por  montes 
y  sierras  sobre  los  lomos  equinos  como  aquellos 
hombres  descomunales,  señores  de  espuela  y  ban- 
derola, en  busca  de  temerosas  aventuras.  Pero 
ahí  estaba  el  secreto.  Llegar  á  la  alta  dignidad 
que  investía  aquél,  y  cambiar  de  forma  á  favor 
de  las  circunstancias,  sin  otro  esfuerzo  que  el 
de  decidirse  á  desempeñar  el  papel  que  le  asig- 
naban, y  mostrarse  imponente  en  su  corte  de 
carnaval. 

Con  este  motivo,  olvidóse  por  algunas  horas 
de  las  diferentes  transiciones  de  su  suerte:  de 
esclavo  á  liberto,  de  liberto  á  soldado,  de  soldado 
á  sargento,  de  sargento  á  jardinero  y  criador  de 
plantas;  que  ante  todo,  era  rey  de  pura  estirpe 
é  hijo  de  sus  obras,  y  con  él  rezaba  el  principio* 
de  que  « las  virtudes  adoban  la  sangre,  y  en  más 
se  ha  de  tener  y  estimar  un  humilde  virtuoso, 
que  un  vicioso  levantado  ». 

26 


376  E.  ÁCBTEDO  DÍAZ 

Así,  forzando  en  exceso  su  entendimiento,  muy 
grave  iba  Zambique  á  ocupar  su  asiento  en  el 
carruaje  detenido  por  los  setos  en  la  calle  más 
próxima.  Le  esperaban  allí  otros  reyes  nubios  y 
congos,  si  bien  de  menor  categoría,  que  con 
él  tenían  que  pasar  á  saludar  los  altos  man- 
datarios en  el  palacio  de  gobierno.  No  le  preocu- 
paban tanto  los  asuntos  de  su  reino,  como  la 
apostura  y  el  aire  que  debía  asumir  cuando  la  tropa 
de  servicio  le  rindiera  los  honores  de  ordenanza ; 
y  el  estilo  especial  á  emplearse  en  la  conferen- 
cia con  el  primer  magistrado  de  la  nación.  Estos 
eran  puntos  capitales.  Tenía  que  debatirlos  con 
los  suzeranos,  y  adoptar  al  efecto  un  tempera- 
mento definitivo. 

Al  pasar  por  delante  de  la  casa -quinta  de  He- 
nares, se  detuvo. 

Pensó  que  un  deber  de  gratitud  le  imponía  la 
obligación  de  saludarlo  en  primer  término,  y  de 
ofrecerle  sus  servicios  reales  sin  reserva.  La  opor- 
tunidad era  excelente,  para  retribuir  actos  mag- 
nánimos; y  resolvió  aprovecharla. 

Subió  la  escalinata  con  arrogancia  y  un  gesto 
de  protección,  que  puso  asombro  en  el  ánimo  de 
Selim,  parado  en  el  vestíbulo.  Zambique  cogió  el 
espadín  por  la  mitad  de  la  vaina,  y  dio  una  tos, 
sin  dejar  de  mirar  al  doméstico,  con  aire  majes- 
tuoso. 

El  cambujo  incomodado  abrióse  de  piernas  y 
echando  atrás  la  cabeza,  preguntó  con  gravedad : 

—  ¿Qué  se  ofrece,  mojiganga? 


BRENDA  377 

—  Vengo  á  saludar  á  su  merced  el  capitán, — 
contestó  Zambique,  un  poco  picado. 

—  No  está.  Cuando  vuelva  le  diré  que  estuvo 
su  alteza  ....  Deseos  me  dan  de  hacer  andar 
la  almohaza. 

i  Véanle  la  facha ! 

Selim,  cruzado  de  brazos,  rompió  á  reir  con 
estrépito,  mostrando  una  dentadura  de  lobo  de 
un  esmalte  extraordinario. 

Zambique  había  dado  un  paso  para  retirarse; 
pero  al  sentir  la  pulla,  se  volvió  con  dignidad, 
diciendo  en  voz  cavernosa  y  trémula  de  cólera: 

—  ¡  Cambujo  bozal ! 

—  ¡  Cállate  negro ! 

Zambique  dióle  la  espalda  sofocado,  y  fuese 
re  funf  uñando : 

—  Culpa  de  la  laya  de  morena  que  se  juntó 
con  el  gorrino,  y  lo  parió .... 

Las  majestades  nublas,  impacientes,  se  habían 
acercado  entretanto  con  el  cacrruaje  para  ahorrar 
camino  á  Zambique.  Traían  un  regular  cortejo 
de  curiosos  de  las  cercanías,  y  de  pilludos  que 
zumbaban  en  derredor  del  vehículo  como  un  enjam- 
bre de  moscardones.  Este  honor  sólo  se  dispen- 
saba siempre  á  los  payasos  de  los  circos,  á  los 
volatines  llenos  de  escamas  relucientes,  y  á  los 
toreros  de  trajes  vivos  y  deslumbrantes,  cuando 
subían  al  coche  que  debía  conducirlos  á  la  plaza 
de  lidia.  En  esta  ocasión,  la  costumbre  tropezaba 
con  una  novedad  poco  frecuente,  y  la  incluía  en 


Q' 


78  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


el  programa  de  los  atractivos  que  se  gustan  sin 
erogación  pecaniaria.  De  manera  que  la  volun- 
taria y  bulliciosa  cohorte  se  iba  engrosando  por 
momentos,  á  pesar  del  polvo  de  la  vía  y  del  ardo- 
roso sol  pendiente  como  un  horno  en  su  meri- 
diano, cuyos  rayos  caían  verticales  sobre  las  cabe- 
zas amenazando  su  lluvia  de  fuego  con  ataques 
fulminantes  y  repentinas  congestiones. 

En  realidad,  las  extrañas  figuras  y  atavíos  de 
los  príncipes  ó  reyezuelos  negros,  eran  alicientes 
bastantes  á  justificar  la  afluencia  del  vecindario, 
aunque  en  parte  acostumbrado  á  análogas  esce- 
nas y  parecidos  cuadros  en  otro  orden  de  espec- 
táculos públicos,  en  plena  calle  ó  plaza.  Uno  de 
estos  personajes,  á  falta  de  bicornio  ó  de  morrión 
con  crin,  ó  de  bonete  de  pelo,  llevaba  sombrero 
alto  de  felpa  con  una  piocha,  y  un  uniforme  de 
teniente  coronel  de  caballería;  otro,  algo  más 
correcto,  tenía  hundido  hasta  las  orejas  uno  de 
dos  picos,  con  presilla  dorada  y  pluma  blanca, 
pantalón  del  mismo  color  con  franja  y  sable  muy 
curvo  á  la  cintura,  ceñido  sobre  faja  granate. 
Dos  iban  de  diplomáticos  con  el  mismo  aire  de 
los  que  sirven  de  ministros  á  todos  los  gobiernos, 
vestidos  de  negro  con  distintivo  en  los  ojales, 
corbatas  y  guantes  blancos,  bien  compuestos  y 
espigados,  no  sin  cierta  gentileza  de  prosapia. 

El  protomonarca  era  Zambique,  por  la  edad 
y  la  estirpe,  y  el  mismo  arreo  militar.  Tan  alto 
cargo  le  venía  de  herencia,  no  por  elección. 


BRENDA  379 

Bien  distribuidos  los  asientos  del  carruaje,  par- 
tió éste  hacia  la  ciudad,  con  destino  á  palacio. 

Desde  ese  momento,  hasta  las  cinco  de  la  tarde, 
Zarabique  fué  el  objeto  de  obsequios  y  demos- 
traciones especiales  en  todos  los  barrios,  donde 
se  celebraba  la  fiesta  del  día  con  regocijo  y 
estrépito. 

Las  marimbas  resonaban  por  doquiera  en  esos 
barrios,  en  los  determinados  sitios  de  reuniones, 
atrayendo  numerosa  concurrencia  de  color;  y 
pocas  veces  estas  ceremonias  extravagantes,  que 
van  desapareciendo  por  completo,  revistieron  un 
carácter  tan  singular,  el  sello  originalísimo,  la 
pompa  abigarrada,  el  entusiasmo  delirante  de 
las  fiestas  presididas  por  Zambique.  El  pasó  sus 
buenas  horaé  entre  aquella  atmósfera  de  humo 
y  fiebre,  acompañando  con  palmoteos  los  ins- 
trumentos de  música  y  la  algazara  del  baile, 
que  se  hacía  en  ruedas  y  en  cuclillas,  al  son  de 
cánticos  desacordes  y  plañideros,  en  medio  de 
inhalaciones  extrañas  y  polvo  sutil  que  formaba 
bajo  los  techos  deprimidos  densos  torbellinos  ó 
espirales  dantescos;  se  permitió  dirigir  ocurren- 
cias galantes  á  las  mujeres  vestidas  de  borra  de 
seda  y  adornadas  con  flores  en  la  cabeza  y  pe- 
cho, de  colores  vivos,  que  ellas  lucían  airosas  y 
ufanas,  como  las  plantas  del  tabaco  sus  pinto- 
rescos ramilletes  rosados  entre  acres  perfumes; 
recorrió  en  ciertos  lugares  de  los  suburbios  re- 
gular  número    de    habitaciones    estrechas,  pero 


380  E.  ACEVEDO   DÍAZ 


bien  arregladas,  cuyas  paredes  grises  se  veían 
cubiertas  de  grabados  grotescos,  crucifijos  de 
madera  é  imágenes  en  repisas  con  luminarias  de 
colores  y  jarrones  de  barro  llenos  de  siemprevivas 
y  claveles,  y  en  donde  se  exhibía  el  niño  Jesús 
en  cuna  de  mimbres  provista  de  ajuar  de  algo- 
dón, entre  luces  y  flores  caprichosas;  posó  sus 
dedos  en  las  mejores  marímbulas,  sin  hallar  nin- 
guna tan  templada  y  sonora  como  la  suya,  ha- 
ciendo oir  sus  aires  africanos  con  admirable  eco 
de  rugidos  en  lo  hondo  de  una  caverna ;  tomó 
parte  en  las  danzas  principales  lleno  de  un  ar- 
dor juvenil,  y  libó  para  su  mala  suerte,  diver- 
sas copas  de  licor  en  otras  tantas  estaciones  de 
su  marcha  triunfal,  pecando  de  .intemperancia. 

El  cerebro  del  monarca,  que  sentía  ya  los  efec- 
tos de  una  fuerte  insolación,  fué  entonces  presa 
de  la  fiebre.  Sus  acompañantes  notaron,  al  caer 
la  tarde,  que  las  verrugas  de  Zambique  aumen- 
taban de  volumen;  y  esto  era  en  él  un  signo 
grave.  Resolvieron  en  consejo  volverlo  á  su  choza; 
y  así  lo  realizaron,  después  de  las  cinco. 

Zambique,  sin  embargo,  creyóse  con  fuerzas 
suficientes  al  llegar,  para  cumplir  con  el  ama, 
como  él  llamaba  por  antigua  costumbre  á  la  se- 
ñora de  Nerva. 

El  no  debía  recogerse  á  su  choza,  sin  saludarla, 
aunque  se  sintiera  enfermo. 

Despidió,  pues,  á  sus  compañeros  á  la  entrada 
de  la  casa -quinta,  muy  reconocido  á  sus  bonda- 


BREimA  381 


des,  y  dirigióse  al  patio,  con  la  mayor  firmeza 
posible  en  el  andar,  la  gorra  en  una  maño,  y  apo- 
yado con  la  otra  en  el  espadín,  para  mantener 
el  equilibrio  que  iba  perdiendo  por  momentos. 

La  señora  de  Nerva  se  encontraba  en  su  silla 
de  preferencia,  en  la  galería.  En  su  noble  sem- 
blante se  reflejaba  alguna  pena,  que  no  provenía 
tal  vez  de  su  afección  cardíaca,  y  sí,  más  bien,  de 
la  preocupación  moral  que  la  dominaba  cruel- 
mente. La  escena  ocurrida  por  la  mañana  entre 
Brenda  y  Zambique,  y  especialmente  el  detalle 
de  la  carta,  cuyo  origen  no  podía  serle  descono- 
cido, mantenía  en  agitación  su  espíritu.  Ella  ha- 
bía presenciado  todo  desde  su  dormitorio,  de  una , 
manera  casual,  al  abrir  uno  de  los  postigos  de  la 
ventana  y  sorprendídose  de  una  manera  agrada- 
ble á  la  vista  de  Zambique  con  aquel  raro  traje; 
impresión  que  se  desvaneció  muy  luego,  cuando 
le  vio  una  carta  en  la  mano,  que  pasó  al  canas- 
tillo, y  de  éste  al  seno  de  Brenda.  Las  preven- 
ciones de  Areba  la  asaltaron  entonces. 

Zambique,  pues,  había  escogido  mal  momento 
para  ofrecer  sus  respetos.  Su  señora  le  reservaba 
un  trance  amargo,  que  debía  ser  el  último  para  él. 

Apenas  ella  le  vio,  sumiso  y  humilde  con  to- 
das sus  galas  pomposas,  y  disponiéndose  á  bal- 
bucear algunas  de  las  frases  favoritas  qué  guar- 
daba para  los  instantes  en  que  quería  arrancar 
una  sonrisa  de  cariño,  extendió  el  brazo  con  im- 
perio, señalándole  la  puerta  que  daba  al  campo. 


382  E.  ACETEDO  DÍAZ 

—  ¡Vete  de  aquí!  —  prorrumpió  colérica. 
Zambique  hizo  un  ademán  de  asombro,  dando 

vuelta  á  su  gorra  con  inquietud  febril.  En  vano 
trató  de  hablar.  Su  lengua  no  obedeció.  Hin- 
■  cháronsele  aún  más  las  verrugas  de  la  frente, 
y  todos  sus  miembros  se  agitaron  con  fuerte 
temblor.  ¡Era  la  primera  vez  que  el  ama  le  ha- 
blaba así! 

La  señora  de  Nerva  se  indignó  de  verle  to- 
davía en  su  presencia;  aumentándose  su  irritación 
por  grados,  irguióse  casi  en  el  asiento  sofocada 
sin  servirse  de  sus  brazos,  y  en  un  arranque  de 
enojo  le  arrojó  al  rostro  su  pañuelo  hecho  un 
ovillo,  exclamando: 

—  ¿Qué  esperas  ahí,  estafermo? 

Zambique  dio  una  vuelta  sobre  sí  mismo,  aven- 
turó algunos  pasos  inseguros,  tendiendo  las  manos, 
como  herido  de  un  golpe  en  la  cabeza,  inclinó 
ésta  sobre  el  pecho,  lo  mismo  que  un  penacho 
de  gramínea  quebrado  por  el  viento,  lanzó  un 
sollozo  ronco,  doloroso,  y  fuese  tambaleando,  á 
tropezones,  cogiéndose  en  los  bejucos  con  los 
espolines,  aturdido  por  el  doble  dolor  que  pa- 
recía romper  todos  los  nervios  de  su  cerebro, 
velaba  sus  ojos  y  zumbaba  en  sus  oídos  con 
rumor  siniestro. 

Algo  percibió  Brenda,  de  su  gabinete,  y  salió 
afligida,  acercándose  á  la  anciana  con  los  ojos 
muy  abiertos,   preguntando : 

—  (Qué  le  has  dicho  á  Zambique,  madre? 


BKENDA  383 

—  Nada  de  particular,  hija  mía. . . .  Este  negro 
viejo  se  está  echando  á  perder. 

— ¡Ay!  yo  algo  oí,  madre.  ¡Si  supieras  cuánto 
él  te  adora!  Por  tí  diera  el  pobre  dos  vidas. 

—  Siempre  fué  bueno  y  fiel,  —  dijo  la  anciana 
conmovida. — No  te  disgustes  por  esto,  mi  corazón. 
Ve  tú  misma  y, consuélale. 

La  joven  echó  los  brazos  á  su  cuello,  con  ter- 
nura, y  la  besó  en  la  frente. 

Corrió  en  seguida  á  la  quinta,  en  donde  se 
detuvo  para  mirar  en  todas  direcciones. 

Zambique  iba  lejos,  cerca  del  estanque,  mo- 
viendo los  brazos,  cual  si  quisiera  en  sus  rápi- 
dos voleos  asirse  del  aire  á  falta  de  firmeza  en 
las  piernas. 

Sembraba  el  camino  con  sus  prendas:  había 
dejado  los  guantes  de  hilo  sobre  las  yerbas  de 
un  flanco,  el  espadín  con  sus  tiros  cerca  del 
eucalipto,  la  gorra  de  torta  suspendida  en  un 
barrote  de  hierro  de  la  verja  que  circuía  el  es- 
tanque, en  donde  se  había  apoyado  sin  duda 
para  tomar  aliento,  y  más  allá  un  ramo  pequeño 
de  rosas  y  resedá  que  traía  para  Brenda  como 
un  recuerdo  de  sus  triunfos. 

La  joven  echó  á  andar  en  pos  de  él,  llorosa, 
inclinándose  á  recoger  esos  objetos,  y  clamando 
á  veces  en  tono  de  enfado  unido  á  dulce  afecto: 

—  ¡Zambique!  ¡Zambique!.  .  .  .  ¡Espérame! 
Pero  el  liberto   seguía   su    marcha   difícil,  sin 

volver  el  rostro,    no    oyendo  quizás  aquella  voz 


384  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


tan  querida.  Un  extremo  de  la  faja  de  seda,  que 
se  le  iba  desciüendo,  le  colgaba  por  encima  de  los 
faldones  arrastrando  en  el  suelo  su  borlón  dorado. 

La  joven  al  mirarlo  tuvo  un  presentimiento 
amargo  y  aceleró  sus  pasos,  murmurando  llena 
de  pena: 

—  ¡Pobre  Zambique!. .  . .  Buen  amigo  mío  ;  yo 
no  quiero  que  te  mueras ....  Acaso  he  sido  la 
causante  de  tu  mal  momento  y  debo  consolarte. 
¡  Espérame ! 

Así  diciendo,  Brenda  reunía  en  una  mano  á 
modo  de  panoplia,  arma  y  atavíos,  y  con  la  otra 
enjugaba  sus  ojos  cuajados  de  llanto. 

Zambique  llegó  á  la  choza  arrastrando  los  pies, 
sin  fuerzas,  con  las  sienes  ardiendo  y  el  cerebro 
torturado  por  una  congestión  terrible.  Cuando 
se  echó  en  la  banqueta  circular,  apenas  pudo 
reclinarse  en  el  madero ;  y  quedóse  con  los  bra- 
zos tendidos,  casi  sofocado  por  el  corsé  que 
oprimía  su  tronco,  y  con  un  dolor  en  el  cráneo 
agudo  é  implacable.  Martirizábalo  la  luz,  tenía 
el  rostro  y  los  ojos  inyectados  de  sangre,  la 
boca  seca,  entrecortada  la  respiración ;  escalo- 
fríos frecuentes  recorrían  sus  extremidades.  El 
pobre  monarca  nadaba  en  el  abismo  del  vértigo. 

Todo  anunciaba  en  él  una  pronta  terminación. 
Despeñábase  de  la  cumbre  de  su  grandeza  sin 
que  nadie  presenciase  su  agonía,  a  semejanza  de 
la  piedra  que  se  derrumba  de  lo  alto  de  un  cerro, 
para  perderse  en  lo  sombrío  del  valle  solitario. 


BRENDA  385 


cj  Nadie?  No. 

Una  figura  de  ángel  surgió  de  pronto  en  el 
umbral;  forma  encantadora  y  bella  que  no  era 
engendro  de  su  delirio,  y  hacia  él  se  avanzaba 
blanca  y  vagarosa,  entre  esplendores  que  no  le 
ofendían  como  la  luz  del  sol. 

Cerró  los  ojos;  algo  parecido  á  una  sonrisa 
dilató  sus  gruesos  labios,  y  balbuceó  apenas,  en 
instantes  en  que  un  grito  de  angustia  hería  el  aire : 

—  i  La  reina! 

Brenda  retrocedió  paso  á  paso,  con  la  vista 
fija  y  desolada,  dejando  caer  los  diversos  objetos 
que  traía  en  la  mano ;  atravesó  la  plazuela,,  tras- 
puso de  súbito  con  pasmosa  rapidez  la  distancia 
hasta  el  estanque,  en  donde  ella  había  visto  al 
pasar,  dos  peones  de  la  quinta,  hízoles  señas  de 
que  viniesen,  y  les  señaló  la  choza,  trémula,  muda, 
vencida  por  la  congoja  y  ahogada  por  las  lá- 
grimas. 

Ella  nunca  pensó  que  los  seres  que  amaba 
pudiesen  morir. 

Los  dos  peones  se  lanzaron  veloces  hacia  la 
choza,  presintiendo  un  suceso  grave. 

También  ellos  querían  á  aquel  pobre  Zambi- 
que,  tan  inofensivo  y  humilde,  objeto  de  sus  bur- 
las amistosas,  siempre  que  se  cruzaba  al  paso 
con  su  sombrero  alto  de  felpa  y  su  levita  sin 
faldones,  callado,  respetuoso,  mísero,  huraño,  de- 
sabrido para  otros  que  su  reina,  empuñando  la 
azada  ó  la  regadera ;  6  cuando  hacía  oir  su  ma- 


386  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


rimba  en  las  horas  más  ardientes  del  estío  en 
concierto  con  las  cigarras  importunas,  los  insec- 
tos zumbadores  y  las  alegres  golondrinas  que 
formaban  con  sus  nidos  bajo  el  alero  en  redor 
de  la  choza  estrecho  círculo  de  inocencias  y  de 
amores  palpitantes. 

Cuando  llegaron,  el  cuadro  les  impuso  con  su 
solemne  colorido.  Reinaba  en  la  choza  un  silen- 
cio de  muerte. 

Zambique  estaba  en  el  suelo,  sobre  un  costado, 
las  manos  juntas,  sin  brillo  los  ojos,  los  labios 
blanquecinos,  contraídos  los  miembros,  en  una 
inmovilidad  absoluta,  —  dentro  de  un  gran  marco 
de  luz  que  arrancaba  destellos  á  su  uniforme  y  di- 
fundía en  su  semblante  lívido,  ya  menos  negro,  in- 
tensa claridad. — El  pobre  rey  de  un  día  era  cadáver. 


XXIX 


SOSPECHA 


Hasta  muchos  días  después  de  este  suceso, 
no  pudo  Brenda  resigrnarse  ante  el  vacío  que 
dejara  Zambique  en  su  vida  retraída  y  solitaria. 
El  pobre  liberto  había  sabido    granjearse  buena 


BREin>A  387 

porción  de  su  cariño,  y  llegado  á  constituir  para 
ella  un  confidente  y  un  guardián  mudo,  dócil, 
y  discreto  de  sus  amores. 

Entristecíala  en  esos  días,  la  profunda  inquie- 
tud de  los  lugares  apartados,  donde  en  otras 
horas  resonase  con  estruendo  el  instrumento  mu- 
sical de  Zambique;  y  no  se  atrevía  á  llegar  á 
la  choza  abandonada  y  fría,  que  se  levantaba 
como  una  vivienda  africana  en  el  confín  de 
aquel  oasis,  única  en  su  estructura  é  inhabitable 
en  lo  venidero.  Parecióle  un  panteón  cerrado  para 
siempre,  que  nadie  debía  violar. 

La  señora  de  Nerva  sintió  también,  sincera- 
mente, el  triste  suceso ;  y  dispuso  que  el  cuerpo 
de  su  antiguo  servidor  fuese  conducido  al  ce- 
menterio del  Buceo,  y  depositado  en  un  senci- 
llo sepulcro  de  piedra,  construido  con  ese  objeto 
en  el  pequeño  sitio  de  su  propiedad. 

La  señorita  de  Linares,  que  había  excitado 
los  celos  de  la  anciana  contra  el  infeliz  Galeoto, 
como  ella  le  llamaba,  condolióse  del  hecho;  sin 
dejar  de  pensar  que  esta  primera  víctima  del 
drama  —  la  más  inocente,  sin  haber  dejado  de  ser 
por  eso  peligrosa,  —  había  desaparecido  en  hora 
oportuna  de  la  escena.  Ya  Brenda  no  iría  á  la 
choza  ni  al  seto  de  los  agaves,  en  los  crepús- 
culos, pues  que  le  faltaba  su  fiel  custodia  negra ; 
y  se  contentaría  con  mirar  desde  lejos  la  zona  in- 
termedia de  la  quinta  á  las  playas,  sin  ánimo 
para  aventurarse  en  los  bosquecillos. 


38S  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Una  tarde,  sin  embargo,  la  sorprendió  en  el 
seto  donde  cayera  la  perdiz  moribunda,  de  pie 
y  apoyada  en  el  banco  de  piedra,  fijos  los  ojos 
en  la  extensión  de  mar,  que  de  allí  se  percibía 
azul  y  serena.  Seguía  acaso  con  su  mirada 
el  derrotero  de  algún  buqu«  á  vapor  que  sa- 
lía de  valizas,  perdiéndose  poco  á  poco  detrás 
del  horizonte ;  ó  con  ansiedad  suspirante,  la  de 
otro  que  se  dirigía  al  puerto,  remontando  veloz 
la  inmensa  curva  lejana  y  tendiendo  sobre  su 
estela  en  el  espacio  transparente,  una  ancha  faja 
de  humo  color  de  plomo.  Pero,  las  más  veces 
eran  barcos  de  pescadores  que  surcaban  á  todos 
rumbos,  infladas  las  velas ;  quizás  el  de  Gerardo^ 
que  recogía  la  red  tendida  hacia  la  costa  del 
levante,  para  volver  al  ancladero  y  plegar  el  paño 
en  la  hora  de  la  puesta,  inquieto  y  caprichoso  en 
la  virada  cuanto  debía  de  estar  de  nerviosa  y  febril 
la  mano  del  pobre  timonel. 

—  Piensa  en  Raúl  y  aguarda  su  pronto  regreso, 
—  se  decía  Areba,  al  observarla  en  aquella  acti- 
tud contemplativa. 

Mucho  de  cierto  tenía  esta  sospecha.  Henares 
prometía  á  Brenda,  en  la  carta  de  que  fuera  por- 
tador Zambique,  y  que  ella  había  leído  multitud 
de  veces,  encontrándola  en  cada  una  nuevos  encan- 
tos y  emociones,  una  rápida  vuelta  de  aquella 
hermosa  tierra  del  Brasil  llena  de  prodigiosos 
paisajes  que  subyugaban  sus  sentidos,  sólo  para 
aumentar  las  ansiedades  de  su  espíritu  y  losimpa- 


BRENDA  389 


cientes  impulsos  de  volverla  á  ver.  Añadía  que 
esto  no  podía  demorar;  y  á  más,  la  agradable 
noticia  de  que  se  presentaría  inmediatamente  de 
su  llegada  en  la  casa -quinta  de  la  señora  de 
Nerva,  aprovechándose  de  la  circunstancia  feliz 
de  ser  conductor  de  cartas  para  ella  de  dos  her- 
manas políticas,  residentes  en  Porto  Alegre,  donde 
las  conociera  en  una  de  sus  excursiones.  Creía 
él  que  su  lectura  sería  muy  grata  á  la  anciana 
viuda,  por  referirse  á  recuerdos  que  se  ligaban 
á  la  vida  de  su  esposo.  La  carta  concluía  con 
algunas  de  esas  expansiones  ardientes  y  apasio- 
nadas, propias  de  los  que  aman,  que  significan 
lo  mismo  en  todas  las  lenguas,  y  que  aun  habla- 
das y  escritas  en  todos  los  idiomas,  siempre  tie- 
nen la  elocuencia  vehemente  del  cariño  y  la  ori- 
ginalidad especial  de  quien  lo  siente  y  sabe  hacerlo 
acrecentar  en  otra  alma  á  través  de  la  distancia 
y  del  tiempo. 

De  ahí  que  Brenda  contemplase  la  mar  lejana 
con  más  interés  que  nunca,  forjándose  ilusiones 
á  la  vista  de  cada  nave  que  aparecía  de  repente 
y  cruzaba  la  zona,  para  ocultarse  al  momento 
tras  el  verde  marco  que  formaban  las  arboledas 
de  las  quintas  como  en  los  cuadros  diorámicos; 
y  enardeciendo  su  imaginación  con  la  sola  idea 
del  deleite  que  el  regreso  de  Raúl  le  reservaba. 

Nada  más  bello  que  el  ensueño  que  la  fanta- 
sía de  la  mujer  dora  en  sus  días  de  espera,  y 
que   al   anticiparle   el  goce  de  las  fruiciones  de 


390  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


la  existencia  real,  depura  el  placer,  le  exorna  con 
detalles  preciosos  y  lo  aleja  de  sus  fuentes  natu- 
rales, hasta  transformarlo  por  completo  y  redu- 
cirlo á  dulce  y  engañoso  halago  de  una  vida 
superior  á  la  positiva  y  verdadera. 

Estos  mirajes  se  disiparon  á  la  aproximación 
de  la  señorita  de  Linares.  Brenda  abandonó  sus 
.paisajes  celestes,  súbitamente  impresionada  por 
una  ráfaga  fría,  de  esas  que  á  cada  hora  llaman 
á  la  realidad  y  recuerdan  que  la  existencia  es 
lucha  severa  en  que  triunfan  siempre  las  pasio- 
nes mejor  dirigidas.  Púsose  sobre  sí. 

Venía  Areba  un  poco  agitada  y  seria. 

En  su  conversación  estuvo  llena  de  reticencias. 
Había  estado  hablando  con  la  señora  de  Nerva 
desde  media  hora  antes,  sobre  paseos,  fiestas  y 
bailes,  con  la  interición  de  entretenerla,  pues  la 
había  encontrado  bastante  marchita  y  ensimis- 
mada. 

—  Y  á  propósito,  —  dijo,  — -  ¿  hace  mucho  tiempo 
que  estás  aquí  ? 

Brenda  reveló  inquietud. 

—  ¿Por  qué  me  lo  preguntas,  Areba? 

—  No  te  alarmes.  Deseaba  saber  eso  por- 
que he  creído  observar  en  tu  protectora  nue- 
vos síntomas  de  la  dolencia  que  parecía  extin- 
guida, y  sería  prudente  precaver  que  se  acentúen. 

—  ¡Ay,  y  yo  que  la  dejé  tan  bien!  —  exclamó 
Brenda  afligida.  —  \  Corramos  allá !  ¿  Crees  que 
pueda  ser  eso  grave  ? 


BRENDA  '  391 

— No  diría  tanto.  Sin  embargo,  no  ignoras 
cuánto  ha  sufrido  de  su  enfermedad  al  corazón, 
que  parece  ser  la  que  se  renueva.  Conversando 
conmigo  se  quejó  varias  veces,  y  me  manifestó 
su  temor  de  ataques  más  violentos  que  los  an- 
teriores. Bien  pudiera  juzgarse  ésta  como  una 
presunción  infundada;  con  todo,  á  su  edad  pro- 
vecta cualquier  novedad  debe  infundir  recelo  y 
cuidado. 

Manifestóse  Brenda  muy  pesarosa. 

Sin  decir  palabra,  cogió  el  brazo  de  su  amiga, 
y  juntas,  encamináronse  rápidamente  á  la  casa. 
En  un  instante  recorrieron  el  sendero  central. 

Cuando  las  jóvenes  entraron,  la  señora  de  Nerva, 
que  aún  permanecía  en  el  corredor,  acababa  de 
ponerse  de  pie  con  intención  de  pasar  á  su  dor- 
mitorio. Se  sentía  en  realidad  desazonada^  y  con 
alguna  fatiga. 

Brenda  corrió  á  su  lado^  prodigándola  suaves 
caricias  y  ofreciéndola  su  apoyo.  La  anciana  la 
miró  con  ternura,  diciendo: 

—  Estoy  un  poco  indispuesta,  otra  vez .... 
Pero  no  te  aflijas  por  eso,  hija  mía,  que  no  ha 
de  tener  importancia. 

—  Así  me  dice  Areba,  madre,  —  contestó  la 
joven  apenada ;  —  pero  yo  quiero  que  te  recojas 
hasta  que  el  médico  disponga.  Este  malestar  que 
sientes  me  disgusta,  aunque  nada  sea  de  grave. 
^Cómo  quieres  que  no  me  aflija,  si  á  los  pocos 
minutos  de  dejarte  buena  y  tranquila,  t^  encuen- 

26 


392  E.  ÁCEVEDO  DÍAZ 


tro  demudada  y  con  fiebre?  Vas  al  lecho,  ¿ver- 
dad? ....  ¡Yo  te  lo  ruego ! 

Era  tan  dulce  y  persuasiv^o  el  acento  de  Brenda, 
que  la  anciana  no  opuso  objeción  alguna. 

Una  vez  en  su  lecho,  parecieron  disiparse  los 
amagos  de  recaída  á  las  solícitas  atenciones 
prodigadas;  y  un  sueño  oportuno  y  reparador 
se  sucedió  á  las  perturbaciones  del  momento. 

Esto  llevó  calma  y  alegría  al  ánimo  de  Brenda, 
que  estaba  en  extremo  desasosegada  y  nerviosa. 
Para  no  interrumpir  el  reposo  de  la  enferma, 
llevó  á  su  amiga  á  la  habitación  contigua,  en 
donde  podían  hablar  á  media  voz,  sin  recelo,  in- 
vitándola á  sentarse  á  su  lado  en  un  diván,  puesto 
al  frente  de  la  ojiva  que  se  abría  al  jardín. 

Suspiró  allí,  como  aliviándose  de  un  peso  mor- 
tificante; y  dijo,  en  medio  de  ese  goce  fugitivo 
que  invade  al  espíritu  al  desvanecerse  una  zo- 
zobra y  devuelve  su  luz  á  los  ojos  y  su  calor 
á  la  sangre:  ^ 

—  ¡Qué  dicha!  Se  ha  dormido  de  un  modo 
apacible,  respirando  sin  esfuerzo.  Bien  decías  que 
no  había  por  qué  alarmarse  tanto. 

Areba  contestó  con  un  movimiento  de  cabeza, 
volteando  sin  cesar  suavemente  el  abanico. 

t)espués  de  una  corta  pausa,  en  la  que  había 
estado  meditando,  fijó  la  mirada  en  su  amiga» 
diciendo  con  tono  reflexivo : 

— Estos  amagos  se  han  seguido  muy  pronto 
á  la  última  crisis,  en  la  querida  señora,  y  podría 


BRENDA  3d3 

suponerse  que  eri   ellos   influían   causas  morales 
desconocidas. 

¿No  crees  que  algún  afecto  de  ánimo  contribuye' 
al  mal,  precipitando  su  reaparición  inesperada  ? 
.    Brenda  se  estremeció. 

Sin  volver  la  vista  y  reprimiendo  su  emoción, 
repuso : 

—  Tal  vez.  Pero  la  aqueja  desde  mucho  tiempo 
atrás,  con  la  misma  intensidad  siempre.  La  muerte 
de  Zambique  la  disgustó,  y  yo  temí  por  su  sa- 
lud en  los  primeros  días .... 

—  Otras  circunstancias  quizás,  —  insistió  Areba, 

—  sin  ser  eso,  y  que  pudieran  relacionarse  contigo. 

—  ¿  Conmigo  ?  —  interrumpióla  Brenda  con  -ve- 
hemencia é  inquietud  pintada  en  el  semblante. 

—  Yo  no  sé,  pues  que  tú  nada  me  has  dicho, 

—  repuso  Areba  acentuando  sus  palabras. —  Sólo 
he  aventurado  una  frase. 

—  |Ah,  no!  —  dijo  Brenda,  turbada  y  sobreco- 
gida por  una  angustia  indecible,  al  propio  tiempo 
que  lastimada  en  lo  más  vivo.  Incurres  en  un 
grave  error,  si  supones  que  alguno  de  mis  actos 
pueda  ocasionarla  tan  grande  amargura. 

—  No  he  querido  avanzar  eso  precisamente; 
aun  cuando  no  se  me  oculte  que  tú  eres  la  preo- 
cupación tenaz  de  la  señora  de  Nerva,  y  que 
por  lo  mismo  ella  haya  notado  en  tus  senti-. 
mientos  una  tendencia  contraria  acaso  á  la  fe- 
licidad que  te  desea. 

Areba  pronunció  estas  frases  con  alguna  acri- 
tud. 


394  £.  ACEVBDO  DÍAZ 


La  joven  la  miró  con  dignidad  y  esa  expresión 
enérgica  que  el  carácter  más  dulce  sabe  comu- 
nicar al  rostro  en  momentos  de  excitación. 

—  ¿Y  bien?  —  preguntó  con  firmeza. 

—  Habría  estado  entonces  yo  en  lo  cierto,  al 
inferir  que  de  las  preocupaciones  sobre  tu  suerte 
ettianaban  sus  tristezas  profundas.  Aunque  no  me 
lo  hayas  revelado,  sé  tanto  como  ella  lo  que  pasa 
en  tu  corazón;  sin  otros  antecedentes,  bastarían 
para  denunciarte,  tus  dulces  emociones  en  el  sitio 
en  que  cayó  la  perdiz  moribunda. 

Estaba  yo  allí,  ¿te  acuerdas? 

— Sí,  —  dijo  Brenda  en  el  mismo  tono  firme  y 
resuelto ;  —  ¡  allí  estabas ! 

De  este  amor,  cuyas  menores  escenas  pareces 
conocer,  he  impuesto  á  quien  todo  lo  debo  en 
mi  orfandad,  sin  que  de  sus  labios  saliese  un  re- 
proche que  obligase  mi  gratitud  á  un  sacrificio, 
ó  por  lo  menos,  la  pusiera  en  conflicto  con  la 
pasión  que  se  ha  adueñado  de  mí.  A  tí,  nada 
dije,  es  verdad.  Pero  ¿crees  que  en  mi  afán  no 
he  deseado  cien  veces  depositar  en  tu  cariño 
todas  mis  alegrías  y  secretos,  como  un  tesoro 
que  sólo  se  entrega  á  quien  bien  se  ama  y  es- 
tima? ¡De  ese  impulso  espontáneo,  sincero,  me 
ha  apartado  sin  embargo  otras  tantas,  algún 
pensamiento,  alguna  sospecha  amarga,  cuyo  ori- 
gen no  conozco,  de  no  ser  acogida  con  una  in- 
dulgencia digna  de  mis  expansiones!  Que  no  me 
engañaba,  acabas   tú  de  indicármelo  en  tus  fra- 


BRENDA  395 

ses,  en  el  tono  de  tus  confidencias,  en  tu  sus- 
ceptibilidad herida,  cuando  yo  menos  debía  espe- 
rarlo. ¿Es  acaso  un  delito  amar?  Responda  de 
ello  mi  corazón  que  sintió,  antes  que  yo  pensase. 
Si  el  objeto  de  esa  pasión,  que  con  ser  grande  no 
entibia  otros  afectos  entrañables,  fuese  indigno 
de  mi  culto,  ya  habría  recogido  la  dolorosa  con- 
fidencia de  labios  de  mi  bienhechora; y,  ¡cuan  afli- 
gente  me  es  recibir  de  los  tuyos  un  reproche  que 
ella  no  intentó  lanzarme! 

—  ¡No  eres  justa,  Brenda! — profirió  Areba  en 
un  arranque  de  cariñosa  reconvención,  que  ella 
sabía  fingir  admirablemente.  Yo  he  estado  lejos 
de  afirmar  lo  que  imaginas;  mas  á  pesar  de  mis 
fervientes  votos  por  tu  dicha,  no  debo  halagarte 
con  frases  banq,les,  ni  hacer  ahora  una  defensa 
de  mis  sentimientos,  que  tan  mal  interpretas!  Con- 
cretándome, pues,  al  hecho  principal,  ¿ignoras  acaso 
que  tu  protectora  te  deseaba  á  de  Selis  por  es- 
poso, y  que  resiste  á  Raúl  Henares? 

El  rostro  de  la  huérfana  se  cubrió  de  una  gran 
palidez,  que  dejó  en  transparencia  sus  venas  azu- 
les al  oir  aquel  nombre  querido  en  boca  de  Areba. 

—  No  me  lo  ha  dicho,  —  murmuró  con  los  la- 
bios trémulos ;  —  pero  lo  adivinaba,  y  siempre  su- 
puse que  su  resistencia  desaparecería  cuando  él 
viniese.  Así  que  le  conozca,  ella  llegará  á  quererlo, 
porque  es  noble,  abnegado  y  bueno. 

—  ¡  Quién  sabe!  —  repuso  Areba  con  un  ajre  de 
despecho  y  de  misterio. —  Los  motivos  pueden  ser 
poderosos. 


396  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Brenda  la  miró  fijamente  en  las  pupilas,  levan- 
tando su  bella  cabeza  airada,  y  preguntó  llena 
de  una  emoción  profunda: 

— ¿Crees  que  puede  haberlos  en  contra  de  aquel 
que  por  tí  expuso  su  vida,  en  un  arranque  de 
sublime  desprendimiento? 

Los  ojos  de  Areba  resplandecieron  de  pronto 
con  un  fulgor  extraño,  y  agitósele  el  seno  vio- 
lentamente, como  si  aquellas  palabras  hubiesen 
ido  á  remover  todas  las  pasiones  encadenadas  por 
la  altivez  y  el  orgullo  en  el  fondo  de  su  alma ; 
contrajo  la  ironía  su  boca  pronta  á  despedir  á 
manera  de  dardo  emponzoñado  una  frase  crviel 
é  irreparable,  y  movióse  de  arriba  abajo  su  ca- 
beza con  un  ceño  duro  y  siniestro  de  leona  en- 
celada, que  inspiró  temor  á  Brenda.  Pero,  ha- 
ciendo un  esfuerzo  sobre  sí  misma  logró  dominar 
con  la  voz  de  su  gratitud  y  de  su  amor  desde- 
ñado, el  escozor  agudo  de  los  celos  que  sugerían 
á  su  mente  terribles  sarcasmos ;  y  limitóse  á  res- 
ponder con  acento  incisivo  y  penetrante: 

—  ¡Sí!  Razones  dolorosas :  ¡barrera  insalvable, 
tal  vez! 

Al  oir  esto,  Brenda  se  levantó  llena  de  sor- 
presa, la  mano  puesta  en  la  mejilla,  la  vista  cla- 
vada en  Areba  excitada,  confusa,  cual  si  aquella 
frase  hubiese  suscitado  en  su  cerebro  cien  ideas 
y  recuerdos. 

En  ese  instante,  el  doctor  de  Selis  apareció  en 
el  umbral. 


BRENDA  397 


XXX 


EN   LAS   COSTAS 


Dirijamos  ahora   una  mirada  á  la  ribera. 

Pasado  un  mes,  desde  el  primer  día  de  su  en- 
fermedad, Cantarela  fué  sintiéndose  con  fuerzas, 
acentuóse  la  mejoría,  volvieron  á  llenarse  sus  me- 
jillas descarnadas,  los  colores  hermosearon  el  ros- 
tro, y  abandpnó  por  fin  el  lecho  para  recuperar 
muy  en  breve  todo  el  vigor  de  su  juventud.  En 
los  primeros  días  de  convalecencia  no  quiso  salir 
del  interior  del  pobre  hogar,  complaciéndose  en 
recorrerlo  á  pasos  lentos,  callada  y  mustia, 
sin  una  lágrima  ni  una  queja.  La  acción  bené- 
fica de  Areba  se  había  hecho  sentir  en  él  con 
frecuencia.  Marcelo  solía  acompañarla,  compa- 
sivo, en  tributo  á  su  antigua  amistad  con  el 
viejo  pescador;  y  ella  compensaba  esa  con- 
ducta con  humilde  afecto  y  las  únicas  sonrisas 
que  entreabrían  sus  labios.  En  la  última  visita, 
el  doctor  de  Selis  prescribió  el  ejercicio,  indicando 
¿  la  joven  la  conveniencia  de  cortas  excursiones 
por  el  río  ó  las  pesqueras,  siempre  que  saliesen 


396  E.  AGEYEDO  DÍAZ 


botes  de  la  costa.  Le  eran  necesarios  aire  pura 
é  impresiones.  Cantarela,  sin  embargo,  no  se  ha- 
bía resuelto  á  ello.  Inspirábale  temor  y  tristeza 
la  simple  vista  de  la  ribera  y  de  las  aguas,  tea- 
tro de  sus  primeros  años  juveniles  y  amores  des- 
graciados. Las  rocas  eran  como  recuerdos  infor- 
mes y  sombríos,  que  renovaban  en  su  cerebro 
débil,  escenas  que  quisiera  olvidar.  Junto  á  ellas 
la  habían  vejado  en  otro  tiempo,  y  mostrádole 
el  puño  las  mujeres  descalzas  y  remangadas  de 
la  orilla.  Gerardo  debía  vagar  también  por  allí, 
mudo  y  fatídico,  amarrando  barcas  y  revirando 
las  redes,  ó  recorriendo  el  interior  del  casco  de 
La  Madrépora,  de  cuyo  aseo  él  cuidaba  con  pre- 
ferencia. Este  pequeño  y  airoso  barco,  que  la  jo- 
ven veía  algunas  veces  desde  el  ventanillo  del 
cuarto  de  las  redes,  columpiándose  al  suave,  vai- 
vén de  la  marea,  recogida  su  vela  de  polacra 
en  el  mástil  enhiesto,  en  forma  de  huso  de  hi- 
landera,  con  una  faja  blanca  sobre  la  línea  de 
flotación,  y  un  gallardete  ahorquillado  de  lani- 
lla azul  con  una  letra  inicial  roja  eh  el  centro, 
acariciado  en  lo  alto  por  el  alisio,  recordábale 
los  días  tranquilos  de  los  derroteros  atrevidos, 
cuando  casi  lamiendo  con  su  borda  la  espuma 
bullidora,  hinchado  el  velamen^  y  crujiendo  el 
aparejo,  dócil  la  caña  á  la  mano  de  Gerardo, 
partía  veloz  la  golondrina  de  mar,  dejando  en 
su  camino  luminosa  estela,  adonde  bajaban  entre 
notas  estridentes  las  aves  de  las  costas. 


BREXDA  399 


La  sombra  de  su  padre  se  dibujaba  entonces  en 
la  proa,  viejo,  activo  é  infatigable,  tirando  de 
los  cabos  y  atendiendo  á  la  vela,  hasta  perderse 
la  visión  en  el  sinuoso  litoral  del  oriente. 

Pero,  nada  la  perturbaba  tanto  como  el  re- 
cuerdo de  Zelmaf,  cuya  conducta  había  herido 
profundamente  su  corazón  y  disipado  todos  sus 
míseros  ensueños.  Cantarela  tenía  también  su 
fondo  bravio,  sus  instintos  ásperos  y  temibles  de 
carácter  hereditario,  junto  á  aquellas  pasiones  ve- 
hementes de  abnegación  y  de  amor  que  la  habían 
arrastrado  á  entregarse  sin  reservas.  Ciertas  ideas 
y  planes  siniestros  la  absorbían,  por  instantes.  En 
otros,  divagaba  pensando  si  ella  no  sería  injusta; 
y  formábase  el  propósito  de  volver  á  la  casita  de 
la  ribera,  arrojar  de  allí  á  la  odiosa  Gertrudis,  á 
quien  ya  no  podría  ver  sin  repugnancia,  y  espe- 
rar resignada  el  regreso  de  su  querido,  con  cien 
caricias  imaginables.  El  volvería  tal  vez  á  amarla 
cómo  antes,  en  presencia  de  los  nuevos  incenti- 
vos con  que  ella  se  reservaba  reavivar  sus  de- 
seos. Mas,  pronto  recaía  en  las  dudas  y  desespe- 
raciones crueles;  en  la  idea  constante  y  amarga 
de  que  Zelmar  necesitaba  de  otras  mujeres,  de 
otros  gustos,  de  otras  satisfacciones  que  ella  no 
podía  proporcionarle  en  su  humilde  esfera.  Ce- 
gábala entonces  una  cólera  sorda,  que  estremecía 
sus  carnes  flácidas  aún,  y  daba  á  sus  ojos  un 
reflejo  color  de  sangre.  Un  pensamiento  de  ven- 
ganza concentraba  todo  su  ser,  y  el  odio  subía 


400  £.  ACEYEDO  DÍAZ 


hasta  su  boca  para  brotar  entre  frases  saturadas 
de  veneno. 

En  ciertas  noches  de  estrellas,  tibias  y  azules, 
dejaba  el  ventanillo  con  los  ojos  llenos  de  lá- 
grimas^ é  iba  á  arrojarse  de  rostro  en  su  lecho 
entre  hondos  quejidos,  revolviéndose  irascible  co^i 
el  furor  de  una  pantera.  Las  que  la  escuchaban 
no  se  atrevían  á  acercarse,  temiendo  un  acceso 
de  demencia,  por  efecto  de  una  renovación  del 
mal  y  del  delirio.  Pero,  á  estos  arrebatos  violentos 
seguíase  una  calma  profunda,  y  un  sosiego  se- 
mejante al  marasmo.  Cantarela  s^  quedaba  quieta 
y  silenciosa,  con  el  cabello  desprendido  y  enre- 
dado, cuyas  hebras  se  caían  de  la  piel  sin  es- 
fuerzo al  arreglarlo,  lacias  y  sin  brillo.  El  sueño 
venía  bien  pronto  á  devolver  sus  fuerzas  al  or- 
ganismo y  el  reposo  necesario  al  espíritu  abatido. 

En  una  hermosa  tarde  apacible  y  sin  celajes, 
Marcelo,  el  buen  amigo  de  Garlo  Roveda,  adusto 
y  tosco,  pero  leal  y  sincero,  invitó  á  la  joven  á 
un  paseo  en  su  barca  hasta  el  sitio  en  que  se 
•había  tendido  la  red  corvinera.  Ella  se  rehusó 
al  principio,  excusándose  con  vaguedades  y  fra- 
ses sin  sentido.  Marcelo,  por  primera  vez,  se 
mantuvo  firme  en  insistir,  invocando  en  su  apoyo 
lo  ordenado  por  el  médico,  y  la  necesidad  de  un 
completo  restablecimiento;  añadiendo  que,  en 
eso  de  hacerla  gozar  de  los  aires  puros  del  agua 
salada,  era  en  lo  único  que  le  reconocía  tino  al 
médico.  Había  estado  muy  sabio.  Sobre  el  líquido 


BRENDA  401 


elemento  se  respiraba  un  vieiftecillo  sin  mezclas, 
que  parecía  venir  del  fondo,  con  olor  á  marisco, 
que  daba  contento  al  ánimo  y  fuerza  á  los  pul- 
mones. 

Cantarela  concluyó  por  ceder,  sin  expresar  la 
menor  alegría,  de  una .  manera  voltaria  é  incons- 
ciente. 

En  esa  tarde,  la  ribera  presentaba  un  aspecto 
muy  risueño  y  pintoresco.  Veíanse  esparcidas  á 
lo  largo  de  la  costa  muchas  mujeres  de  caras 
redondas  y  coloradas,  con  las  polleras  levanta- 
das hasta  las  rodillas  y  las  piernas  desnudas,  ocu- 
padas unas  en  lavar  ropas  en  las  pequeñas  cuen- 
cas de  los  peñascos,  llenas  de  agua  de  lluvia ;  y 
otras  en  tender  redajas  en  las  mesetas  de  piedra 
y  hacer  inspección  de  corchos,  relingas  y  ploma- 
das, sirviéndose  de  los  vértices  de  los  ángulos 
agudos  que  formaban  las  rocas  con  sus  erizadas 
excrecencias,  para  suspender  los  extremos  y  re- 
visar las  mallas.  Regular  número  de  criaturas 
descalzas  y  desgreñadas,  con  calzones  sostenidos 
por  tirantes  y  camisas  en  parte  flotando  al  aire, 
alegres  y  bulliciosas,  corrían  en  bandas  por  la 
orilla  con  los  pies  en  el  agua,  ya  escarbando  la 
broza  y  reuniendo  fragmentos  de  madera,  ya  per- 
siguiendo á  los  cangrejos  negros  y  rosados  que 
abrían  sus  pinzas  amenazadoras  al  buscar  refugio 
en  sus  secretos,  asilos,  ya  á  las  medusas  pesadas 
y  torpes,  que  el  agua  arrastraba  á  la  arena  en 
mansas  ondulaciones. 


402  E.  ÁCEVEDO  DÍAZ 


Los  de  mayor  edad  entre  ellos,  desprovistos  de 
ropas,  se  arrojaban  á  la  parte  honda  de  cabeza, 
desde  una  peña  algo  sumergida,  unos  en  pos  de 
otros,  formando  un  conjunto  de  pies  en  la  super- 
ficie que  se  agitaban  en  círculo  entre  la  espuma 
para  desaparecer  y  resurgir  por  momentos,  hasta 
que  salían  las  cabezas  sonrientes  y  sacudíanse  las 
cabelleras,  celebrándose  con  alegres  risas  las  bur- 
las y  juegos  entre  dos  aguas.  No  pocos  se  en- 
tretenían en  escoger  las  más  lindas  y  capricho- 
sas conchas  y  piedrecillas,  que  tentaban  con  sus 
colores  la  vista  á  través  del  líquido  transparente. 
Los  menos,  sentados  con  gravedad  en  las  peñas 
entrantes,  botaban  barquitos  de  madera  ó  cartón; 
y  alguno,  más  paciente  y  reposado,  se  mantenía 
atento  á  su  caña  de  pescar,  fijo,  el  ojillo  ansioso 
y  vivaz  en  el  corcho,  por  si  picaban  las  sardi- 
nas. 

Al  pasar  Cantarela,  acompañada  de  Marcelo, 
un  grupo  de  mozas  frescas  y  ^rollizas  que  cerca 
había,  suspendió  su  faena,  y  todas  se  incorpora- 
ron poniéndose  las  manos  sobre  los  ojos  en  forma 
de  viseras,  para  evitar  los  resplandores  del  sol, 
agitadas  y  curiosas,  mirando  á  la  convaleciente 
de  arriba  abajo  con  aire  de  malicia,  y  cam- 
biándose entre  ellas  irónicas  frases.  Más  lejos, 
desde  el  fondo  de  una  concavidad  abierta  en  las 
peñas,  no  faltó  alguna  que  profiriese  un  sar- 
casmo en  voz  hiriente,  mostrando  con  el  puño 
el  br^zo  remangado.  Uno  de  los  pequeñuelos  tra- 


BRENDA  403 

viesos,  cesando  de  súbito  en  sus  diversiones,  ex- 
clamó con  mucho  asombro : 

—  ¡.  Mira !  ¡  la  Cantarela !  ^ 

El  resto  de  la  cuadrilla  quedóse  en  suspenso, 
poniendo  cada  uno  sus  manos  juntas  detrás,  en 
actitud  de  contemplación,  como  si  se  tratase  de 
una   cosa  rara  y  extraordinaria. 

Cantarela  llegó  hasta  la  barca  con  la  vista 
baja,  el  paso  lento,  é  insensible  al  parecer,  á 
aquellas  demostraciones  de  menosprecio.  Sólo 
allí,  á  un  metro  de  las  aguas,  experimentó  un 
estremecimiento  notable,  y  volvióse  hacia  Mar- 
celo, interrogándole  con  la  mirada.  Mostrábase 
indecisa,  con  un  poco  de  fatiga,  falta  de  ánimo 
y  cavilosa. 

El  marinero  la  ayudó  á  subir,  diciendo: 

—  Siéntate  ahí,  á  popa,  que  es  más  cómodo.  De 
aquí  á  cinco  minutos   estoy  de  vuelta. 

Tras  estas  palabras,  el  pescador  se  dirigió  rá- 
pidamente hacia  la  rampla,  en  busca  de  algunos 
útiles  de  pesca,  recog^iendo  á  su  paso  ligeros  mur- 
mullos. 

De  entre  unas  rocas,  á  cuyo  pie  había  estado 
sin  duda  sentado,  salióle  Gerardo   al   encuentro, . 
y  le    detuvo.    El    aspecto    del   pescador    parecía 
tranquilo,  y  su  voz  revelaba  perfecta  calma. 

—  Te   he   visto    pasar   con    Cantarela,  —  dijo. 
¿Adonde  la  piensas  llevar? 

—  Se  ha  resuelto  á  paseo,  hasta  las  pesqueras 
de  la  Punta.    Como  necesita   de   aires   la  .triste 


404  E.  ACETEDO  DfAZ 


me   he    avenido  en  embarcarla,    con  algún  tra- 
bajo. 

Gerardo  pensó  un  momento,  y  repuso: 

—  Ocupa  tú  mi  barca,  y  déjame  la  tuya. 

—  ¿Con  la  carga? 

—  Sí.  De  otro  modo  no  habría  motivo.  Deseo 
hablar  un  poco  con  ella,  y  tú  debes  compla- 
cerme. 

Marcelo  se  acarició  la  barba  cana,  preocupado, 
diciendo  luego: 

—  Tú  habías  prometido  no  ir  hoy  á  las  pes- 
queras, y  todos  estábamos  en  ello  muy  confor- 
mes, porque  tu  salud  no  anda  bien  hace  días.  ¿  A 
qué  exponerse,  y  en  esta  ocasión  del  diablo? 
¡Maldita  idea  la  que  tuve! 

—  Fué  buena,  al  contrario,  y  te  la  agradezco 
tanto  como  ella.  Mi  cuerpo  está  sano  y  fuerte ; 
y  si  los  aires  dé  la  mar  vienen  bien  al  débil, 
igual  provecho  han  de  hacerme  á  mí,  caso  de 
que  algún  daño  leve  tenga. 

—  Sí, — replicó  Marcelo,  pasando  la  mano  por 
debajo  de  la  gorra,  que  echó  un  poco  sobre  la 
frente. 

.  Pero  el  caso  es  que  yo  me  he   comprometido 
á  acompañar  á  la  hija  del  viejo  Roveda  .... 

—  Te  disculparé,  y  no  ha  de  serla  tan  repug- 
nante mi  presencia. 

—  ¡  Oh !  por  eso,  no  digo Más,  tu  no  puedes 

embarcarte,  Gerardo ;  y  después,  es  serio  desple- 
gar velas  en  la  boca  de  la  tormenta . .  , . 


BRENDA  405 


—  No  temas.  Te  esperaré  en  la  pesquera,  sin 
novedad.  Y  mira,  ya  es  tiempo :  veo  que  Carolo 
desata  el  cabo  de  su  barca,  allá  junto  á  la  ca- 
naleta. 

Marcelo  lo  miró  con  aire  de  duda  y  descon- 
fianza, rascándose  la  nuca ;  y  moviendo  la  cabeza 
lleno  de  contrariedad  siguió  despacio  su  camino, 
murmurando  palabras  ininteligibles. 

Gerardo,  por  su  parte,  fuese  á  pasos  lentos  tam- 
bién hacia  la  playa,  sigiloso,  ceñudo,  huraño,  cual 
si  presintiera  una  mala  acogida,  ó  las  congojas 
rudas  de  un  encuentro  á  solas. 

Deslizábase  sin  ruido  sobre  los  guijarros,  de- 
teniéndose de  vez  en  cuando,  con  los  ojos  cla- 
vados en  el  suelo,  como  á  escuchar  los  latidos 
de  su  pecho  y  los  gritos  interiores  de  su  alma 
conturbada. 

Al  pisar  la  playa,  volvió  á  detenerse,  ya  cerca 
de  la  barca,  sumergido  en  honda  reflexión. 

En  aquella  playa  había  nacido  su  esperanza 
de  ventura,  allí  había  muerto  y  estaba  sepultada, 
como  el  áncora  rota  en  que  apoyaba  su  pie, 
hundida  en  la  arena  batida  y  cubierta  sin  cesar 
por  las  mareas.  Al  contemplar  ese  despojo  pa- 
reció sentir  una  conmoción  profunda,  que  dejó 
blanco  su  rostro,  algo  semejante  á  los  extremos 
arrebatos  de  rabia  terrible  que  concluía  por  aso- 
mar á  sus  labios  en  forma  de  espuma,  como  si 
en  la  rota  áncora  viese  la  fiel  imagen  de  su  co- 
razón  partido.   Instintos   encontrados   trabáronse 


406  £.  ACBYEDO  DÍAZ 


en  lucha  sorda  bajo  su  cráneo ;  una  nube  de  san- 
gre veló  sus  ojos;  vaciló  en  avanzar,  temiendo 
llevar  su  planta  al  borde  de  una  sima  insonda- 
ble; pero,  bien  pronto,  ahogando  una  especie  de 
aullido,  pasóse  la  mano  por  la  frente  cubierta  ide 
sudor,  aspiró  con  ansia  el  aire  puro  de  lá  ribera, 
y  poco  á  poco  fué  serenándose,  hasta  adquirir 
cierto  dominio  sobre  sí  mismo.  ¡Cuan  fatídicas 
eran  aquellas  llamaradas  espantosas  de  sus  pa- 
siones ! 

De  súbito,  dirigiendo  la  mirada  vaga  y  torva 
á  la  superficie  de  las  aguas,  para  observar  si  las 
surcaban  ya  los  botes,  notó  que  estaban  aún  de- 
siertas, y  encaminóse  resueltamente  á  la  barca 
de  Marcelo. 


XXXI 


LA  RED   CORVINERA 


El  mar  estaba  tranquilo,  terso,  quieto  como 
una  costra  de  hielo;  la  barca  inmóvil,  con  los 
remos  caídos  á  las  bandas;  la  atmósfera  tibia. 
Allá  en  lo  alto,  entre  sus  ondas  de  luz,  va- 
gaban con   las   alas  tendidas  en  círculos  majes- 


BBEXDA  407 

tuosos  algunas  grandes  gaviotas  de  pico  dorado, 
cuyas  notas  vibraban  claras  y  sonoras  en  el  es- 
pacio límpido  y  sereno. 

Cantarela  se  había  sentado  en  una  banc[ueta, 
junto  á  popa,  de  espaldas  á  la  playa,  débil  y 
abatida. 

Con  el  índice  en  los  labios  y  la  vista  en  la 
línea  del  horizonte,  dejó  transcurrir  largos  mi- 
nutos, sin  darse  cuenta  de  la  demora  de  Marcelo. 

Parecía  absorta  en  la  contemplación  de  aque- 
llos dos  espacios  azules,  que  la  línea  ideal  con- 
fundía como  una  alianza  de  profundidades  y 
misterios,  entre  el  abismo  y  el  vacío;  pero,  en 
realidad,  estaba  ella  mirándose  en  su  interior, 
donde  también  coincidían  por  otra  línea  ideal  las 
soledades  de  su  alma,  con  lo  incierto  de  su  des- 
tino. Su  organismo  trabajado  por  la  dolencia,  y 
su  cerebro  combatido  por  tantas  emociones,  la 
hacían  'pensar  sin  consistencia,  de  una  manera 
extraña  y  fantástica,  cual  si  todavía  las  visiones 
de  la  fiebre  cruzasen  veloces  de  vez  en  cuando, 
así  como  cruzan  las  últimas  rachas  de  una  tor- 
menta renovando  en  el  ánimo  del  marino  los 
horrores  del  conflicto. 

¿Se  habría  olvidado  de  ella  Zelmar?  ¡Qué  her- 
moso se  le  aparecía  el  seductor,  en  medio  de 
sus  penas!  Quizás,  á  su  regreso  se  arrepintiera. 
Si  no  fuese  así ....  ¡  qué  cosas  horribles  pasaban 
por  su  cabezal  Se  sentía  tentada  del  delito.  Un 
ángel  negro   que   había   visto  en  sueños,  la  ha- 

27 


406  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


bía  ofrecido  una  vez  una  redoma  de  cristal,  con 
un  licor  rojo,  y  una  espina  afilada  y  aguda  en 
forma  de  cuchillo. 

De  repente  se  estremeció  todo  su  cuerpo. 

La  maroma  se  había  desprendido  del  aro  y 
entrádose  un  hombre  en  la  barca,  que  apartóse 
en  el  acto  de  la  orilla,  tras  un  empuje  rudo  y 
calculado. 

Cantarela  se  puso  lívida,  y  quedóse  inmóvil, 
sobrecogida  por  una  sorpresa  profunda. 

Aquel  hombre  era  Gerardo. 

Estaba  pálido,  nervioso,  la  vista  algo  nublada 
y  lánguida.  Echóse  la  gorra  atrás,  y  empuñando 
los  remos  en  silencio,  azotó  las  aguas,  impri- 
miendo á  la  barca  un  impulso  poderoso. 

La  joven  se  levantó  tambaleante,  y  alargó  el 
brazo,  mirando  angustiada  la  ribera  que  se  ale- 
jaba por  momentos.  Quiso  balbucear  un  ruego, 
y  no  pudo.  Juntó  las  manos  despacio,  tembló- 
rosa,  y  alzó  sus  ojos  al  pescador  con  una  ex- 
presión tan  triste  y  suplicante,  que  éste  dejó  caer 
los  remos  un  momento,  y  mirándola,  más  pálido 
aún,  dijo  con  suavidad: 

—  Siéntate.  Vamos  á  recoger  la  red  corvinera 
no  muy  lejos,  allí  donde  han  de  reunirse  las 
otras  barcas,  y  pronto  daremos  vuelta. 

Cantarela  se  sentó  más  tranquila. 

El  pescador  pasó  por  su  frente  un  extremo 
del  pañuelo  que  llevaba  ceñido  á  su  cuello  ro- 
busto; y  callado,  rígido,   volviendo  la  espalda  á 


BRENDA  409 

la  joven,  dio  expansión^  á  un  intenso  sollozo,  le- 
vantando el  puño  al  cielo. 

Cantarela  volvió  á  temblar. 

Gerardo  oprimió  con  fuerza  los  remos,  y  la 
barca  siguió  deslizándose  con  pasmosa  rapidez 
hacia  el  levante. 

A  intervalos,  él  se  inclinaba  á  una  de  las 
bandas,  disminuyendo  el  esfuerzo,  como  si  se  sin- 
tiera languidecer  por  grados.  Después  proseguía 
la  maniobra  con  nuevo  ahinco.  Cantarela  obser- 
vaba el  acompasado  movimiento  de  los  brazos 
y  de  las  palas,  sin  desplegar  los  labios;  la  in- 
vadía una  zozobra  inmensa,  y  pensó  que  nunca 
había  ella  sospechado  un  tormento  parecido.  De 
pronto,  ya  muy  apartados  de  la  orilla,  Gerardo 
volvió  el  rostro,  cubierto  siempre  de  una  palidez 
extrema,  y  murmuró: 

—Marcelo  me  pidió  que  lo  disculpase.  Tenía 
que  guiar  otra  barca,  que  ha  de  juntársenos  en 
breve.  Me  dijo  dónde  estabas,  y  allí  vine .... 

¿Te  ha  disgustado  esto? 

—  ¡Oh,  no! 

Una  sonrisa  esforzada  se  dibujó  en  los  labios 
del  pescador,  que  siguió  bogando  con  brío  al- 
guna distancia. 

No  muy  lejos  de  la  costa,  por  la  parte  del  este^ 
y  delante  de  la  embarcación,  veíanse  ya  cerca 
varios  botes  solitarios,  de  que  partían  los  cabos 
que  sujetaban  la  red. 

Gerardo  condujo  la  barca  á  un  espacio  inter- 
medio^ y  largó  los  remos. 


410  E.  kCEVEDO  DÍAZ 


Enjugóse  las  sienes,  y  pasóse  por  la  boca  el 
pañuelo,  respirando  con  ansia  las  emanaciones  sa- 
linas. Luego  dijo : 

—  Yo  quería  acompañarte.  Marcelo  se  oponía, 
porque  no  estaba  yo  hace  días  bien  de  salud;  pero 
insistí ....  El  verte  y  hablarte,  con  ser  una  amar- 
gura, se  me  hacía  gustoso.  Tú  te  pareces  á  un  cu- 
chillo que  está  en  la  herida  hasta  el  mango,  y 
que  al  salirse  se  lleva  también  el  último  aliento. 
Por  eso  te  miro  con  placer  y  no  quiero  arran- 
carte de  la  entraña  que  has  partido,  y  te  acari- 
cio, para  que  me  dejes  vivir  un  poco  más. 

—  ¡Por  favor! 

Gerardo  fuese  adelantando  paso  á  paso,  y  se 
sentó  junto  á  ella,  sin  responder.  Su  cabello  la- 
cio, largo  y  negro  le  caía  sobre  la  frente  y  ojos, 
húmedo  y  enredado^  velando  la  mirada  torva  y 
huraña.  En  su  semblante  todo,  varonil  y  enér- 
gico, se  esparcí^  espesa  sombra  de  horrible  desa- 
liento. 

Hallóle  Cantarela  desfigurado,  melancólico,  fa- 
tídico, no  pudiendo  menos  de  experimentar  fuer- 
tes sensaciones  de  inquietud  y  congoja. 

Por  doquiera  la  extensión  desierta,  la  soledad, 
el  silencio,  sólo  interrumpido  á  ocasiones  por  el 
leve  ruido  de  los  alegres  saltos  de  los  pececillos 
en  torno  de  la  barca :  ningún  indicio  se  ofrecía 
que  anunciara  aún,  á  la  distancia,  la  venida  de 
los  otros  Descaderes. 

Dirigióse  entonces,  con  la  vista  desolada,  hacia 


BBENDA  *  411 

la  costa,  que  se  perdía  en  curvas  á  lo  largo  del 
lontananza  con  sus  orlas  de  arenas  y  peñascos; 
alcanzando  á  distinguir  sobre  la  loma  verde  que 
se  destacaba  detrás,  uno  que  otro  ginete  lanzado 
al  galope,  cuya  figura  concluía  por  desaparecer 
en  las  laderas  de  las  cuchillas,  al  son  quizás  de 
algún  aire  alegre  de  la  tierra.  La  luz  del  sol, 
viva  y  deslumbrante  doraba  los  trechos  de  playa 
circundados  de  granitos,  quebrándose  en  el  manto 
de  intensa  blancura  que  en  los  médanos  formaba 
con  su  plumaje,  una  legión  de  gaviotas.  Sobre 
una  res  muerta  en  la  barranca  se  abatían  los  ga- 
vilanes en  grupos,  disputándose  los  sitios  de  pre- 
ferencia en  el  festín,  entre  lúgubres  chillidos. 

¡Ninguna  esperanza  por  allí! 

Al  frente,  en  la  línea  del  horizonte,  distin- 
guíanse puntos  oscuros  á  flor  de  agua,  que  des- 
filaban en  batalla  mar  adentro,  que  eran  mana- 
das de  delfines  escoltados  por  algún  álbatros  va- 
gabundo; y  muy  cerca,  á  pocos  metros  de  la 
barca,  se  veía  cierto  hervor  extraño  y  continuo 
que  ampollaba  la  superficie,  como  si  debajo  se 
deslizaran  fugaces  chocándose  en  tumulto  mul- 
titud de  peces,  de  los  que  más  de  uno  surgía 
del  elemento,  brillando  con  lúcidos  destellos  en 
el  aire  para  sumergirse  de  nuevo  en  rápido 
chapuz. 

Por  un  instante,  creyó  Cantarela  que  Gerardo 
observaba  con  interés  los  progresos  de  aquel  de- 
sorden submarino ;  pero,  notó  bien  luego  que  no 


412  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


era  el  enjambre  turbulento  con  su  rica  variedad 
de  especies,  lo  que  embargaba  su  ánimo. 

El  pescador  la  había  mirado  con  fijeza  obsti- 
nada por  entre  el  pelo  revuelto  semejante  á  un 
girón  de  luto ;  y  ella  había  sentido  el  rigor  acerbo 
de  aquel  duelo,  al  recordar  su  propia  desventura* 

¿Por  qué  creer  que  su  pena  era  mayor? 

Gerardo  sacudió  la  cabeza,  cual  si  quisiera  im- 
ponerse al  amago  de  un  vértigo  y  dijo  al  fin, 
con  acento  de  amargura: 

—  Sabes  cuánto  te  quise ....  El  pobre  timonel 
soñaba  siempre  contigo  aun  bajo  la  niebla  de  la 
borrasca  y  el  rebramido  del  trueno;  linda  estre- 
lla que  alumbrabas  la  misma  noche  oscura  y  el 
derrotero  del  barco,  allá  en  el  agua  profunda  del 
cabo,  jugando  en  ella  como  una  platija .  . .  .  ]  Mira 
que  yo  era  crédulo  y  bruto ! 

Se  acercó  más  á  la  joven,  sacando  el  busto 
fuera  de  la  borda,  y  poniendo  su  mano  curtida, 
trémula  en  ese  instante,  sobre  las  rodillas  de  Can- 
tarela. Ella  puso  las  suyas  en  su  brazo,  separán- 
dosela con  un  movimiento  brusco  y  enérgico. 

La  mano  cayó  pesada  á  un  flanco,  y  un  relám- 
pago de  ira  brilló  en  el  semblante  del  pescador. 

—  Este  aire  del  mar  te  hará  bien,  —  añadió 
reprimiéndose. 

Te  siento  estremecer ....  No  tengas  miedo.  En 
la  tormenta  que  está  en  mi  cabeza,  no  hay  nin- 
gún rayo  para  tí;  que  todos  ellos  me  han  de 
partir  el  alma  .sin  dañarte. 


BRENDA  413 

Y  la  miró  febril  y  sombrío.  Sus  palabras  eran 
lentas  y  fatigadas ;  su  expresión  estúpida  y  salvaje. 

—  Ganas  tengo  de  darte  un  beso .... 

De  tus  ojos  sale  una  luz  parecida  á  la  que 
viene  á  veces  de  lo  hondo  del  agua, 

¿Por  qué  los  bajas?.  . . . 

¡  Si  tú  supieras  cómo  algo  se  me  ha  roto  den- 
tro, y  quiere  saltar  por  los  ^  míos,  como  los  peces 
de  esa  red ! . . . .  que  nunca  he  sentido  esta  ansia 
<ie  llorar  sin  poderlo,  cayéndose  el  llanto  en  las 
entrañas  cual  espíritu  fuerte  que  se  enciende  y 
me  quema  el  corazón 

.   —¡Gerardo,  por  piedad !  — prorrumpió   Canta- 
reía    con  voz  ahogada. 

No  obtuvo  ya  respuesta.  La  diestra  del  pesca- 
dor se  alzó  lentamente,  abierta  y  sudorosa,  para 
volver  á  caer  con  el  peso  del  plomo  sobre  la 
falda  de  la  joven. 

Ella  miró  aquella  mano  con  terror. 

El  rostro  de  Gerardo  fué  poco  á  poco  demu- 
dándose. De  improviso,  tras  una  violenta  sacudida, 
sus  párpados  se  cerraron,  y  la  cabeza  cayó  sobre 
el  pecho,  vencida  al  parecer  por. un  dolor  agudo. 
Sucedióse  un  temblor,  y  luego  una  espec  e  de 
letargo. 

En  medio  de  profundos  sobresaltos  y  fúnebres 
presentimientos,  Cantarela  tocó  su  mano.  Estaba 
fría. 

Volvió  entonces  á  llamarle  con  un  grito  de 
angustia;  Gerardo  continuó  mudo  é  inerte. 


414  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡Qué  horror!  —  exclamó  á  voz  herida. 
>  ¡Y  nadie  viene! 

Nada  en  efecto,  había  cambiado  en  el  solitciria 
panorama;  el  resplandor  del  sol  se  dilataba  en 
la  superficie  en  inmensa  llamarada,  y  en  la  al- 
tura se  cernían  los  audaces  cormoranes  repitiendo 
sus  monótonas  quejas  como  una  música  funeraL 
La  vista  casi  extraviada  de  la  joven  alcanzó,  sít> 
embargo,  á  percibir  dos  puntos  negros  hacia  el 
sud,  que  eran  sin  duda  los  barcos  de  Marcelo  y 
Carolo ;  pero,  cuan  lejos  se  veían  todavía.  El  au* 
xilio  iba  á  llegar  tarde. 

¿Qué  pasaba  por  Gerardo?  Lo  ignoraba;  no 
sabía  que  su  mal  extraño  era  efecto  de  la  pasiór^ 
infeliz,  y  que  aquel  desvanecimiento  siniestro  era. 
prólogo  de  una  tragedia. 

Presintió  no  obstante,  alguna  cosa  espantosa^ 
y  arrepintióse  de  haber  accedido  á  embarcarse 
¡El  abismo  parecía  abrirse  á  sus  pies! 

Llamó  á  Gerardo  por  tres  veces,  frenética,  y 
arrojó  á  su  semblante  lívido  un  poco  de  agua 
amarga. 

El  pescador  en  ese  momento  echó  atrás  la  ca- 
beza, lanzando  su  gorra  al  m;ir ;  las  pupilas  se^ 
contrajeron,  dobláronsele  los  miembros  con  fuerza 
y  los  músculos  adquirieron  la  dureza  del  hierro;, 
crujió  la  dentadura  cual  si  desmenuzara  un  vi- 
drio, y  su  mano  derecha  levantándose  temblorosa 
y  crispada,  se  asió  del  cuello  de  la  joven,  con  la 
presión  de  una  tenaza. 


BRENDA  415 


Cantarela  lanzó  un  quejido  sofocado,  y  fué 
atraída  vigorosamente. 

Ocurrió  entonces  algo  pavoroso. 

El  robusto  cuerpo  de  Gerardo,  presa  de  con- 
vulsiones epilépticas,  dio  un  salto  en  la  banqueta, 
levantando  con  él  á  la  infeliz  que  se  agitó  de- 
sesperada en  el  vacío,  y  ambos  rodaron  con  sordo 
golpe  al  fondo  de  la  barca.  Allí,  la  lucha  fué 
lúgubre  y  horrible.  Gerardo  se  había  mordido  la 
lengua  dando  un  rugido ;  de  sus  labios  violáceos 
brotaban  bocanadas  de  sangre  y  espuma ;  los  dos 
cuerpos  se  revolvían  entrelazados,  chocándose  con 
iuria  en  los  maderos,  y  la  mano  poderosa  seguía 
ceñida  á  la  piel,  como  un  resorte  férreo,  bajo  las 
contorsiones  supremas  de  la  victima,  por  cuyos 
ojos  fuera  de  órbitas  y  abierta  boca,  parecía  es- 
caparse la  última  esperanza. 

Con  to^o,  ella  había  sentido  renacer  sus  fuer- 
7as  en  aquel  lance  espantoso;  y  obluctaba  con 
una  energía  increíble,  pretendiendo  arrancar  con 
sus  dos   manos   del    cuello    los   dedos   acerados. 

Pareció  de  pronto  que  iba  á  seguirse  una  li- 
géra  tregua   al  combate  horrible. 

Pero  inmediatamente,  tras  de  un  segundo  de 
sosiego,  Gerardo  alcanzó  en  medio  de  convulsio- 
nes formidables  la  banqueta,  arrastrando  á  Can- 
tarela; cogióse  de  la  borda  con  la  nuca,  hasta 
hacer  inclinar  la  barca ;  su  tronco  atlético  formó 
como  una  arcada  de  puente,  y  á  un  empuje  de 
los  pies  apoyados  en  el  fondo,  entre  las  barras 
del  lastre,  los  dos  cuerpos  cayeron  al  mar. 


416  E.  ACEVEDO  dLvZ 


No  se  oyó  ningún  lamento.  Grandes  burbujas 
surgieron  de  la  superficie,  en  medio  de  círculos  con- 
céntricos; y  momentos  después,  recobraba  su  as- 
pecto sereno  el  agua  profunda. 

Seguían,  en  tanto,  aproximándose  los  dos  botes 
tripulados  por  cinco  pescadores.  En  uno  de  ellos 
venían  Marcelo  y  Carolo.  Estos  apuraban  la 
marcha,  hundiendo  con  vigor  los  cuatro  remos» 
cuyas  palas  al  levantarse  deslizaban  una  lluvia 
de  vividos  cambiantes  al  resplandor  solar;  hala- 
ban, uno  sentado  y  el  otro  de  pie,  sin  darse  tre- 
gua, como  si  hubiesen  distinguido  á  lo  lejos  la 
lucha  y  el  desastre,  impacientes  y  sudorosos.  Y 
así  era,  en  efecto.  Ellos  habían  presenciado  la 
caída,  con  su  vista  de  álbatros,  y  un  grito  de  es- 
tupor había  escapado  de  sus  pechos.  Vieron  tam- 
bién agitarse  en  el  aire  el  vestido  de  Cantarela 
como  una  vela  suelta,  y  sobrenadar  luecfo  un  se- 
gundo, siempre  adherida  al  cuerpo  del  formida- 
ble timonel.  ¿Cómo  llegar  á  tiempo? 

—  ¡  Gran  naufragio ! — barbotó  Marcelo  rugiente. 

—  ¡Hala  por  los  remos! — aulló  Carolo  sofo- 
cado. 

Y.  la  barca  arrollaba  las  aguas  con  la  veloci- 
dad de  una  ráfaga.  Los  que  bogaban  detrás  oye- 
ron la  voz,  desplegando  al  unísono  pujante  es- 
fuerzo. ¡Afán  estéril! 

Carolo  y  Marcelo  llegaron  los  primeros  á  la 
barca  de  Gerardo,  que  se  había  mantenido  in- 
móvil, junto  al  bote  estacionario.  Estaba  éste  in- 


BRENDA  417 


diñado  por  la  banda  de  babor,  como  atraído  hacia 
el  seno  de  las  aguas ;  el  cabo  unido  á  la  relinga 
de  la  red  aparecía  fijo  y  tirante;  los  grandes  cor- 
chos correspondientes  á  la  cuerda  de  cáñamo 
hundidos  á  una  profundidad  considerable,  é  igua- 
les boyas  de  otros  costados,  en  todo  el  largo  de 
su  línea,  se  sumergían  por  intervalos,  cual  si  las 
mallas  soportasen  el  peso  de  una  roca.  En  la 
banqueta  y  lingotes  de  hierro  de  la  barca  de  Ge- 
rardo, podían  verse  manchas  de  sangre  revuelta 
con  espumas. 

Ante  aquellas  huellas  terribles  los  pescadores 
se  miraron  consternados,  y  Marcelo,  cruzándose 
de  brazos,  lanzó  una  especie  de  alarido. 

Carolo,  que  se  había  quitado  las  ropas,  miró  el 
agua. . 

Los  aguamares  con  sus  babas  blancas  y  rojas, 
flotaban  por  doquiera  en  el  haz  apacible:  ni  un 
indicio  denunciaba  el  sitio  de  la  inmersión.  El 
pescador,  con  todo,  púsose  la  mano  en  el  cráneo, 
y  se  lanzó  á  lo  hondo  como  una  saeta. 

De  la  segunda  barca   cayó  otro  cuerpo  al  mar. 

El  resto  quedó  en  silencio,  abrumado  el  ánimo 
por  la  catástrofe,  fijos  los  ojos  en  el  líquido  agi- 
tado, cuyos  remolinos  se  extendieron  hasta  el 
centro  de  la  red. 

Momentos  después,  los  dos  pescadores  reapa- 
recieron en  la  superficie.  Carolo  volvió  á  sumer- 
girse; el  otro  subióse  al  bote,  con  desaliento.  No 
había  encontrado  nada,   sino  peces   en   tumulto. 


418  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


La  ansiedad  crecía,  cuando  de  improviso  Ca- 
rolo  surgió  de  nuevo  junto  á  la  barca,  despi- 
diendo agua  por  boca  y  fosas.  Traía  la  vista  irri- 
tada, y  venía  pálido  en  extremo. 

—  ¡Ahí  están! — dijo  con  acento  lúgubre. 

Marcelo  aprestóse  á  desvestirse;  pero  el  pes- 
cador lo  detuvo  con  una  seña.  Se  entró  en  la 
barca,  respirando  con  fuerza  algunos  instantes;  y 
agregó : 

—  No  es  preciso  ....  Vamos  á  recoger  la  malla. 
Minutos    después,   los   pescadores    callados    y 

sombríos,  retiraban  la  red  con  lentitud,  estre- 
chando el  círculo  con  las  barcas,  sin  preocuparse 
del  enjambre  de  brotólas  y  lenguados  que  ascen- 
día aleteando  y  revolviéndose  en  medio  de  los 
más  brillantes  reflejos.  La  red  debió  aglomerar 
un  número  mayor  de  peces  que  el  que  aparecía 
á  la  vista;  pero,  la  caída  de  los  dos  cuerpos  hun- 
diendo una  de  las  relingas,  había  facilitado  la 
fuga  de  las  corvinas.  Hubo  que  extraer  la  pesca 
en  parte  y  dejar  libre  una  gran  porción  de 
ejemplares  pequeños  de  aquella  fauna  moteada 
de  oro,  plata,  rubí  y  violeta,  para  asir  los  cadá- 
veres de  Gerardo  y  Cantarela. 

La  mano  terrible  no  oprimía  ya  la  garganta 
de  su  víctima;  pero  los  dos  cuerpos  estaban  uni- 
dos: los  brazos  de  Gerardo  estrechaban  contra  el 
suyo  el  busto  de  la  joven,  que  tenía  el  rostro  es- 
condido en  su  cuello  y  suelta  la  profusa  cabellera 
negra  hasta  envolver  la  cabeza  del  desventu- 
rado como  un  fúnebre  crespón. 


BRENDA  419 


XXXII 


REVELACIÓN 


Raúl  Henares  tomó  pasaje  en  Río  Grande 
para  Montevideo,  tres  días  antes  de  que  se  pro- 
dujeran los  hechos  que  quedan  relatados. 

Sus  trabajos  profesionales  habían  obtenido 
buena  acogida,  y  si  bien  recién  iniciadas,  las  obras 
quedaban  en  vía  de  gran  desenvolvimiento  bajo 
la  dirección  secundaria  de  otros  ingenieros,  en 
la  parte  que  á  él  correspondía  en  el  contrato  y 
que  se  limitaba  á  una  corta  pero  difícil  y  ardua 
zona. 

Más  de  un  mes  empleó  en  estas  tareas  labo- 
riosas, sin  flojedad  ni  decaimiento,  conciliando  los 
afanes  del  trabajo  penoso  con  las  halagadoras 
perspectivas  de  un  porvenir  lisonjero. 

Desmontar,  nivelar,  echar  puentes,  desecar  la- 
gunas, trepar  collados,  escalar  cumbres,  cegar 
torrentes,  horadar  granitos,  flanquear  sierras,  al 
golpe  incesante  y  transformador  del  hacha,  del 
pico,  de  las  máquinas  de  fábrica,  confundiéndose 
el  sudor  caliente  de  los  rostros  y  de  las  manos 


420  E.  AGEVEDO  DÍAZ 


con  la  humaza  de  la  hulla  y  el  vapor  de  las  cal- 
deras, en  esa  actividad  febril  y  verti^nosa  que 
abate  en  cada  árbol  del  bosque  viejo  un  siglo 
de  vida  vegetativa;  que  burla  al  abismo  apo- 
yando en  sus  riscosas  pendientes  los  estribos  del 
pasaje  de  hierro;  que  lleva  al  valle  salvaje  el 
despertar  de  otra  aurora,  y  el  ruido  de  ruedas 
más  rápidas  que  los  potros  soberbios  y  los  gamos 
de  sus  malezas ;  que  hace  irrupción  en  las  mon- 
tañas arrastrándose  paciente  por  sus  desfiladeros, 
en  forma  de  inmensa  culebra  de  acero  que  alar- 
gara su  cabeza  hasta  el  nido  de  las  águilas  y  de 
los  buitres;  que  hiende  moles  y  descuaja  espesu- 
ras para  que  entre  por  vez  primera  con  la  luz 
del  sol,  el  correo  misterioso  y  formidable  del 
mundo  que  piensa,  anda,  reacciona,  combate,  trans- 
forma, avasalla,  utiliza  y  proyecta  á  la  distancia 
los  rayos  de  su  foco  poderoso:  todos  estos  esfuer- 
zos, estas  empresas  audaces,  estos  prodigios  de 
la  humanidad  luchando  con  el  obstáculo  y  abriendo 
puertas  anchurosas  á  la  corriente  de  vida  que 
desborda,  en  el  campo  de  una  naturaleza  ubé- 
rrima, cuya  savia  salta  á  chorros,  á  la  menor 
presión  de  las  fecundísimas  mamarias,  eran 
fuertes  estímulos  para  su  espíritu  elevado,  que 
veía  en  la  existencia  personal,  en  otra  escala, 
los  mismos  períodos  de  fiebre,  las  mismas  bata- 
llas rudas,  los  mismos  sacrificios  y  abnegaciones» 
cuando  ella  desea  obtener  la  realización  de  sus 
ideales   íntimos   por  complemento  de  victoria,  y 


BRENDA  '  421 

esa  plácida  ventura  á  que  se  aspira  como  último 
premio,  en  pos  de  la  lucha  ardiente  que  deter- 
mina y  precisa  sus  rumbos  .fatales  con  el  triunfo 
ó  la  caída. 

Trabajó,  pues,  con  fe  y  ardimiento,  fortalecido 
con  la  convicción  de  que  era  preciso  poner  á 
prueba  todas  las  fuerzas  del  cerebro  y  del  mús- 
culo en  la  lucha  despiadada  é  implacable,  que  es 
levadura  de  virtudes,  para  gustar  sin  mezcla  de 
penas,  un  poco  del  placer  de  la  vida.  Y  volvióse 
contento,  lleno  &e  esperanzas,  henchido  de  nobles 
ambiciones,  á  aquel  su  bello  país  que  lo  atraía 
ahora  con  la  magia  de  un  encanto  y  la  realidad 
de  un  ensueño. 

Confiaba  encontrar  en  el  regreso  de  esta  se- 
gunda partida,  aquellas  gratas  ilusiones  y  goces 
que  no  hallara  al  volver  de  Europa.  Deparaba- 
selos  el  amor,  ya  que  no  las  amistades  nacientes 
ó  la  estimación  de  los  extraños  adquirida  por 
sus  méritos :  la  escena  aparecía  diferente,  ornada 
de  atractivos  seductores  á  los  ojos  de  su  alma, 
sin  aquellos  tintes  oscuros  y  vagarosos  de  otros 
días,  después  de  una  larga  ausencia.  Las  -costas 
que  la  nave  recorría,  rumbo  á  Montevideo,  ex- 
hibíanse ahora  bajo  un  aspecto  nuevo  y  encan- 
tador para  su  imaginación  apasionada,  y  compla- 
cíase en  contemplar  con  secreto  deleite  bajo  la 
tolda  sus  relieves  caprichosos,  sus  cabos  y  pun- 
tas avanzadas,  sus  coronamientos  de  fantásticos 
peñascos,    sus    empinados    cantiles,   sus   playas 


422  £.  ACETEDO  DÍAZ 


blancas  y  movibles  cordilleras  de  arena,  sus  islo- 
tes de  piedra  en  que  se  agrupaban  los  lobos  ma- 
rinos al  amor  del  sol,  sus  lejanas  lomadas  verdes 
y  serranías  azules,  detrás  de  la  línea  de  roca 
viva  que  lamía  el  olaje  espumoso  y  turbulento. 
Volaba  entonces  su  espíritu  hasta  los  sitios  que- 
ridos, después  de  resbalar  su  mirada  por  la  costa, 
las  colinas,  las  crestas  de  los  montes,  ansioso  de 
anticiparse  el  placer  de  la  grande  emoción  sus- 
pirada, y  sonriéndose  á  la  idea  de  que  la  dicha 
estaba  á  un  paso,  lo  mismo  que  para  los  ojos 
parecía  estarlo  aquel  horizonte  lleno  de  luces  y 
colores. 

Estas  impresiones  fueron  haciéndose  más  dul- 
ces y  agradables,  conforme  avanzaba  la  nave  é 
iba  descubriéndose  entre  los  celajes  de  la  tarde 
la  bella  península  en  que  se  asienta  la  ciudad 
natal.  Delineábase  con  su  enorme  mole  de  edifi- 
cios entre  contornos  dorados  y  celestes,  empinada 
con  osadía  en  las  alturas,  como  para  inquirir 
allende  el  horizonte  el  derrotero  de  los  buques 
que  traen  semilla  de  progreso,  polen  de  artes  y 
porvenir  de  razas,  é  indicarles  las  latitudes  pri- 
vilegiadas y  puertos  de  arribada  forzosa,  en  donde 
el  mismo  derecho  inviolable  protege  y  ampara 
la  virtud  y  el  trabajo,  y  la  libertad  fuerte  en  sí 
misma,  respeta  y  saluda  á  todas  las  banderas  del 
mundo.  ¡Cuan  hermosa  se  le  aparecía  ahora,  á 
través  del  prisma  de  sus  ideales,  esta  ciudad  er- 
guida y  risueña,   promesa  de  oro   en   el   grande 


BRENDA  423 

estuario,  que  incita  al  navegante  á  internarse  en 
busca  de  próvidos  y  ricos  dones  en  los  ríos  gi- 
gantescos, como  una  sonrisa  de  la  fortuna  aquende 
la  soledad  de  los  mares  \  Contemplábala  con  esa 
dulce  fruición  del  que  se  aparta  de  las  cosas 
transitorias  y  abriga  fe  en  las  lecciones  del  tiempo ; 
y  presentía  en  ella  un  vasto  emporio,  cabeza  de 
regiones,  que  debía  animar  quizás  con  el  soplo 
<íe  su  vida,  en  los  misteriosos  años  del  futuro. 

Cruzábanse  así,  patrióticas  visiones  con  sus 
-ensueños  apasionados,  á  medida  que  la  vista  iba 
dominando  el  conjunto  y  distinguiendo  los  deta- 
lies;  brillante  panorama,  al  principio,  realzado  por 
los  cuadros  y  paisajes.de  las  quintas  y  jardines 
de  los  contornos  entre  cuya  verde  espesura  se 
destacaban  aéreas  moradas  blancas;  algunas  torres, 
luego  conos  enhiestos,  iglesias  dispersas,  campa- 
narios atrevidos,  airosos  miradores,  fugaces  agu- 
jas, aquí  y  acullá  diseminadas  entre  millares  de 
azoteas;  después  el  cerro,  con  su  morrión  de 
almenas  y  su  faro  de  eclipses,  solitario  gigante 
que  enseña  á  lo  lejos  su  ojo  de  fuego,  burlando 
las  celadas  tenebrosas  d^  la  bruma  y  el  escollo ; 
el  anfiteatro  en*  seguida,  con  su  vasto  cinturón  de 
edificios,  árboles  y  palacios  de  verano,  visibles  á 
través  de  un  bosque  de  mástiles  y  vergas  que 
cubrían  la  rada,  balanceándose  al  ritmo  de  la 
marea;  al  frente,  los'  fuertes  mu  rallones  y  el  via- 
ducto de  la  playa,  por  donde  se  deslizaba  la 
locomotora   con  su  flotante  cimera  de  vapores  y 

28 


424  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


SUS  resoplidos  de  dragón  formidable;  y  más  al 
fondo,  el  montículo  legendario  en  cuya  cumbre 
se  asentaron  gloriosas  banderas  de  guerra,  punto 
estratégico  de  sitios  desoladores,  teatro  de  salvas 
y  dianas  de  victoria,  donde  se  batieron  veinte 
ejércitos  en  duelo  á  muerte  y  se  desplegó  á  cada 
lustro  aciago  el  pabellón  negro  de  las  luchas 
civiles.  Pero  este  cuadro  panorámico,  por  hermoso 
que  fuera,  no  había  logrado  agitar  tanto  su  cora- 
zón como  el  paisaje  bello  y  risueño  de  las  coli- 
nas al  naciente  que  dejara  á  sus  espaldas  al 
doblar  las  puntas  del  mediodía;  lugares  capri- 
chosos de  vegetación  lujuriante  y  suejo  de  arenas 
que  refresca  el  viento  de  las  orillas,  donde  la  na- 
turaleza parece  conservar  sus  rasgos  distintivos  en 
medio  de  los  mismos  esfuerzos  del  arte,  llenos 
de  sombra  y  callada  soledad,  aunque  animados  y 
luminosos  para  él,  por  el  encanto  que  les  pres- 
taba su  blonda  y  virginal  Armida.  Ella,  Brenda, 
estaba  allí,  y  esto  sólo  era  lo  bastante  para  que 
revistiesen  á  sus  ojos  majestad,  poesía  y  colo- 
rido. ¡Cuánto  ansiaba  el  delicioso  momento  de 
volverlos  á  ver! 

Apenas  desembarcó,  dio  orden  al  cochero  de 
conducirlo  sin  demora  á  su  casa -quinta.  Contra 
la  costumbre  proverbial  de  los  aurigas  alquilo- 
nes, éste  hizo  volar  su  vehículo  por  los  rieles  del 
tren  del  Este,  y  no  se  detuvo  hasta  llegar  á  la 
verja,  obligando  su  pareja  á  una  carrera  para  él 
fabulosa.  Raúl  le  compensó  con  largueza. 


BRENDA  425 


Todo  estaba  en  orden  en  la  casa -quinta,  desde 
la  sala  de  recibo  al  gabinete  de  estudio;  nada 
podía  observarse  á  la  escrupulosidad  de  Selim. 
El  fiel  doméstico  experimentó  gran  satisfacción 
por  el  regreso,  é  impuso  á  Raúl  minuciosamente 
de  las  ocurrencias,  —  como  él  decia, —  sin  excluir 
la  del  fallecimiento  de  Zambique,  que  describió 
con  vivos  colores,  y  su  visita,  horas  antes  del 
desgraciado  suceso.  Con  este  motivo,  añadió  en 
su  pintoresco  lenguaje,  que  desde  aquel  día  abun- 
daban los  perdigones  en  el  baldío,  sin  duda 
porque  los  ecos  de  la  marimba  no  les  ponían  ya 
miedo. 

Lamentóse  el  joven  de  la  fúnebre  nueva;  más 
aún,  al  pensar  en  la  pena  que  el  hecho  habría 
causado  en  el  ánimo  de  Brenda.  ¡Sobrábanle  á 
él  motivos  para  destinar  un  sitio  de  preferencia 
en  sus  afecciones  y  recuerdos  al  buen  Zambi- 
que! 

Informóle  también  Selim,  de  que  la  corre^^pon- 
dencia  de  Río  Grande  había  sido  entregada  en 
el  acto  de  su  recibo;  y  entre  .otros  datos,  la  no- 
ticia del  próximo  regreso  del  caballero  Zelmar 
Bafil  de  Buenos  Aires,  según  anuncio  trasmitido 
por  su  criado  de  confianza,  que  había  recibido 
orden  de  esperarle  en  el  muelle  en  la  siguiente 
mañana. 

Mucho  complacieron  á  Raúl  estos  informes. 

Apenas  se  restauró  de  las  fatigas  del  viaje 
y  húbose  cambiado  de  traje,  resolvió  trasladarse 


426  E.  AC£V£DO  DÍAZ 


á  la  casa -quinta  próxima,  munido  de  las  cartas 
á  que  hiciera  referencia  en  su  esquela  á  Brenda. 

No  podía  decidirse  á  aplazar  aquella  visita,  tan 
interesante  para  él,  de  la  que  se  prometía  dul- 
císimas impresiones.  Era  tiempo  de  definir  una 
situación  que  podría  hacer  la  inercia  intolerable, 
y  complicar  otros  sucesos  inesperados:  los  pro- 
pios impulsos  de  su  amor  le  llevaban  adelante, 
después  de  una  tregua  demasiado  larga  para  las 
impaciencias  del  corazón. 

A  pesar  de  todo,  dirigióse  no  exento  de  du- 
das y  de  extrañas  ideas  á  casa  de  la  señora  de 
Nerva;  preocupación  fundada  en  los  móviles  se- 
cretos que  inducían  á  ésta  á  resistir  á  sus  amores. 

Al  aproximarse  á  la  verja  exterior  del  edifi- 
cio sintió  precipitarse  los  latidos  en  su  pecho. 

Por  entre  los  primeros  pilares,  pudo  percibir 
una  gran  parte  del  jardín;  y  aquellos  sitios  tan 
queridos,  que  en  nada  habían  cambiado,  los  ár- 
boles altos  é  inmóviles,  la  poética  glorieta,  los 
bancos  de  piedra  pulida,  los  bustos  marmóreos 
entre  el  follaje,  los  senderos  de  brillante  arena 
de  las  playas,  las  flores  meciéndose  al  arrullo 
de  las  auras  tibias,  la  fuente  con  su  pez  de  g^eda, 
los  verdes  festones  de  bejucos,  los  criaderos  ves- 
tidos de  galas  irisadas  en  torno  de  los  que  so- 
lía deslizarse  la  falda  blanca  ó  celeste  de  Brenda, 
por  las  tardes,  hablaron  á  su  espíritu  con  el 
lenguaje  de  otros  días,  llenándolo  de  reminiscen- 
cias é  ilusiones  adorables. 


BRENDA  ,  427 


Las  dudas  y  pensamientos  importunos  se  des- 
vanecieron. Sólo  quedó  una  imagen,  que  bien 
pudiera  ser  luz,  aroma  y  melodía  en  el  circum- 
ambiente  de  sus  ideales.  No  necesitaba  más 
para  los  raptos  de  su  mente,  contenida  por  há- 
bito y  tendencia,  —  á  pesar  de  las  afirmaciones 
de  Bafil,  —  dentro  de  los  límites  de  ese  amor 
humano,  sin  extremos  arrobamientos  místicos ;  pero, 
férvido,  generoso,  profundo,  capaz  de  las  grandes 
acciones  y  sacrificios  qi^e  dignifican  y  enaltecen 
la  vida. 

Raúl  siguió  avanzando  con  más  ánimo  y  brío, 
en  pos  de  estas  alternativas  y  entusiasmos,  pro- 
pios del  estado  de  su  espíritu. 

Dos  carruajes  veíanse  frente  á  la  verja.  Este 
detalle  no  dejó  de  preocuparle  un  poco. 

Asaltóle  entonces  la  sospecha  de  algún  inci- 
dente extraordinario. 

Precedámosle  algunos  momentos  en  su  visita. 

De  pocos  días  atrás,  en  realidad,  á  partir  de 
aquel  en  que  Areba  insinuara  en  el  ánimo  de 
Brenda  una  cruel  sospecha,  la  anciana  guardaba 
el  lecho,  llegando  á  inspirar  nuevamente  su  sa- 
lud serios  temores.  Parecía  aproximarse  una  cri- 
sis peligrosa.  El  acendrado  cariño  de  Brenda  y 
su  inagotable  fuerza  de  celo,  constituían  el  gran 
consuelo  de  la  enferma  en  su  quebranto;  aunque 
los  torcedores  de  una  pena  honda  desgarraban 
implacables-  el  corazón  de  la  pobre  niña,  adqui- 
riendo sus  incertidumbres  las  formas  más  negras 


428  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


y  fantásticas  en  las  largas  y  frías  horas  de  vi- 
gilia. Dividíanlo  grandes  y  distintos  afectos,  ca- 
rísimos amores  que  empezaba  á  cubrir  lo  oscuro 
impenetrable,  al  flotar  sobre  ellos  la  duda  con 
sus  pliegues  siniestros,  sin  que  la  fuera  dado 
confiar  á  la  que  tanto  veneraba,  por  el  momento, 
las  expansiones  íntimas  de  su  acerbo  dolor. 

La  súbita  aparición  del  doctor  de  Selis,  du- 
rante su  diálogo  con  Areba,  y  cuando  ella  se 
disponía  bajo  la  influencia  de  la  ruda  emoción 
que  la  causaran  las  últimas  palabras  de  su  amiga^ 
á  precipitarse  en  brazos  de  la  anciana  para  arran- 
carla con  el  ruego  la  clave  del  horrible  secreto, 
previno  una  escena  tocante  y  conmovedora;  y 
ahogó  ella  sus  lágrimas  y  acalló  sus  penas  re- 
signándose á  esperar  con  la  vuelta  de  aquella 
salud  querida,  el  regreso  del  ausente   amado. 

Esos  dos  seres  eran  su  único  culto.  Ante  las 
revelaciones  misteriosas  de  Areba  y  su  actitud 
apasionada,  casi  irascible  é  hiriente,  deseaba  no 
pensar,  no  creer,  no  recordar,  reprimir  el  vuelo 
de  su  imaginación  y  la  actividad  febril  de  su 
inteligencia  que  pedía  á  su  memoria,  infatigable, 
materiales  de  un  pasado  ya  lejano  con  que  ilu- 
minarse entre  las  tinieblas  del  enigma.  ¿Seria 
que  Areba  amaba  á  Raúl,  y  quería  robarla  su 
dicha?  ¡Amarga  duda!  ¿Cuál  sería  aquella  ba- 
rrera insalvable  á  que  ella  aludiese  en  su  des- 
pecho, levantada  por  una  suerte  impía,  como 
una  amenaza   de  perdurable  desventura?  ¡Terri- 


BKENDA  429 


ble  incertidumbre !  Esta  última  pregunta,  hablando 
consigo  misma,  mantuvo  por  largas  horas  en 
excitación  su  cerebro ;  el  secreto  se  hacía  de  ins- 
tante en  instante  más  oscuro  y  temible,  y  ante 
él  llegó  á  cerrar  los  ojos,  como  sucede  cuando 
amaga  un  vértigo  en  la  altura  que  domina  á  un 
precipicio. 

En  su  imaginación  herida  llegó  á  reflejarse 
alguna  vez  con  todos  sus  detalles  y  accidentes 
la  última  escena  con  Raúl,  el  banco  cubierto  de 
enredaderas  frente  á  la  choza,  el  pasaje  de  Zamr 
bique,  la  e;noción  y  la  palidez  de  Henares  cuando 
la  preguntó  «  cómo  era  su  padre  »,  el  ceño  adusto 
y  triste  de  su  semblante  al  satisfacer  ella  su 
deseo;  y  en  armonía  con  estas  reminiscencias,  la 
conducta  de  la  señora  de  Nerva  para  con  él, 
sus  recelos,  sospechas  y  resistencias  silenciosas, 
la  actitud  recogida  y  llena  de  misterio  de  Areba: 
todo  esto  se  agolpaba  en  tumulto  á  su  mente 
y  se  desvanecía  pronto,  para  dejar  su  sitio  á 
nuevas  memorias  é  inquietudes. 

¡  Cuan  diferentes  preocupaciones,  qué  opuestos 
pensamientos,  qué  encontradas  emociones,  qué 
proyectos  insólitos  y  luchas  sin  tregua  en  el 
fondo  de  su   conciencia! 

¿Había,  acaso,  algún  genio  adverso  envene- 
nado el  aire  de  su  soledad? 

Sentía  en  su  cabeza  un  peso  que  la  agobiaba 
y  la  abatía,  privando  á  los  ojos  de  \su  brillo  y 
á  la  piel  dQ  su  rosa  admirable;  y  en  el  seno  un 


430  E.  ACEVEIK)  DÍAZ 


escozor  sin  alivio,  persistente,  dilacerante,  —  crue- 
les efectos  de  sus  insomnios  y  torturas  morales. 

En  todas  partes  se  notaba  su  presencia,  y  la 
servidumbre  que  la  veía  agitarse  de  continuo  y 
andar  inclinada,  silenciosa,  abstraída,  concluyó 
por  someterse  al  influjo  del  contagio,  difundién- 
dose en  la  morada  hermosa  una  gran  nube  de 
pesar  y  de  tristeza.  Si  ella,  que  era  el  encanto 
de  todos  los  ojos  y  el  tema  de  todas  las  lenguas, 
había  perdido  su  alegría,  ¿qué  ánimo  podía  apa- 
recer contento  y  feliz  mientras  la  septuagenaria 
al  recobrar  su  salud,  no  volviese  á  su  pupila  su 
esplendor  de  primavera? 

En  la  tarde  de  que  hablamos,  encontrábase  la 
joven  á  la  cabecefa  del  lecho  de  la  enferma  pa- 
áSndole  cariñosa  su  blanca  mano  por  las  sienes, 
en  el  ansia  de  que  disminuyera  la  fiebre  que 
consumía  aquel  cuerpo  frágil  y  endeble. 

Areba  estaba  cerca,  callada  y  quieta  en  su 
asiento,  con  un  brazo  apoyado  en  el  Velador  y 
la  mano  en  la  barba,  en  actitud  de  recogimiento- 

El  doctor  de  Selis,  á  la  espera  de  la  hora  de 
una  junta  con  otros  dos  facultativos,  había  salido 
hacia  momentos,  y  se  paseaba  impaciente  en  el 
vestíbulo,  moviendo  á  uno  y  otro  lado  la  cabeza 
cual  si  sostuviera  con  la  ciencia  un  debate  grave, 
en  nombre  de  la  duda  y  de  lo  imprevisto.  La 
digital  purpúrea  ¿qué  podía  contra  el  vicio  or- 
gánico ? 

En  la  habitación  de   la  enferma,  semi  oscura. 


BRENBA  431 

reinaba  ese  silencio  que  en  determinadas  horas 
parece  imponerse  á  los  mismos  insectos  alados 
que  zumban  en  el  aire. 

La  anciana  había  tenido  un  rato  de  reposo.  Al 
despertar,  nombró  á  Brenda. 

Contestóla  ésta,  con  dulzura: 

—  Aquí  estoy.  ¿Qué  me  quieres,  madre? 

—  ¡Ah!  —  murmuró  ella  mirándola  con  los  ojos 
muy  abiertos  y  una  expresión  indefinible. 

Los  dirigió  en  seguida  á  Areba. 
Esta   se    apresuró    á   preguntar   con   cariñoso 
interés : 

—  Siente  Vd.  algún  alivio  ahora,  ¿verdad? 

—  Un  poco,  felizmente.  No  tengo  la  cabeza 
pesada  y  débil  como  anoche ....  Este  corto  sueño 
ha  sido  sin  embargo  bastante  intranquilo. 

— La  fiebre  tal  vez,  madre, — dijo  Brenda,  aca- 
riciando solícita  entre  las  suyas  una  de  las  ma- 
nos  de  la  enferma.  —  No  debes  hablar  mucho,  que 
eso  puede  agravarte. 

—  En  este  instante,  no ;  y  quiero  aprovecharlo 
en  todo  lo  posible ....  El  sueño  fué  extraño, 
como  propio  del  delirio ;  pero  de  él  no  recuerdo 
nada  con  lucidez,  sino  un  detalle  interesante. 

-¿Cuál? 

—  Que  hablaba  con  tu  padre,  sobre  aquel  que 
le  quitó  la  vida. 

Brenda  experimentó  una  fuerte  conmoción,  y 
sus  mejillas  palidecieron. 

Areba  hizo  un  ademán  de  ansiedad. 


4^        '  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Eso  me  induce  á  hacerlo  ahora  contigo, — 
continuó  la  anciana  con  la  voz  trémula,  sin  apar- 
tar la  vista  de  la  huérfana,  —  por  el  cariño  que 
te  profeso  y  por  esa  memoria  para  tí  querida  y 
venerable  ....  Consuélame  la  idea  de  que  no  tie- 
nes queja  de  mí,  y  de  que  me  quieres  siempre 
con  la  misma  ternura. 

—  ¿Podías  dudarlo,  madre  mía?  —  balbuceó 
Brenda  ahogada  por  las  lágrimas. 

—  Ya  ves  que  no.  Pero  anhelo  desvanecer  en 
tu  ánimo  cualquier  duda  sobre  mis  intenciones 
acerca  de  tu  porvenir. 

—  ¡  Oh,  qué  cruel  estás !  —  dijo  Brenda  con 
acento  de  dolor; — yo  te  suplico  me  dejes  ahora 
concentrar  en  tí  mis  afanes  y  cariños .  .  . .  ¡  Olvida 
lo  que  me  interese,  por  favor! 

—  ¡No!  Es  preciso  que  me  escuches,  —  replicó 
la  anciana  temblando,  con  los  ojos  muy  anima- 
dos, y  el  ademán  febril.   Lo  exige  mi  conciencia. 

—  ¿Tu  conciencia?  —  exclamó  la  huérfana  es- 
tremecida. ¡  Oh  !  ¿  Qué  significan  esas  palabras  en 
tus  labios,  madre  mía? 

Brenda  hizo  esta  pregunta  llena  de  sorpresa. 
Habíanse  abierto  cuan  grandes  eran  sus  ojos  azu- 
les que,  fijos,  inmóviles,  empezaban  á  reflejar  los 
fenómenos  de  una  honda  tribulación.  Aquellos  le- 
janos recuerdos,  aquellas  frases  extrañas,  aque- 
llas palabras  significativas  ó  intencionadas,  por 
lo  menos,  en  aquel  instante  triste,  introducían  el 
sobresalto  en  su  ánimo,  poniendo  á  prueba  la  de- 


BRENDA  433 


licadeza  de  SUS  fibras.    {Parecía  empezar   á  com- 
prender! 

Areba  aproximóse    á  una  seña  de  la  enferma. 

Esta  oprimió  una  mano  de  Brenda  contra  su 
pecho,  cual  si  quisiese  atenuar  con  su  suave  roce 
los  golpes  rudos  y  tenaces  del  corazón ;  y  em- 
pezó á  hablar  agitada,  nerviosa,  llena  de  verbo- 
sidad, como  si  deseara  al  precipitar  sus  palabras, 
arrojar  cuanto  antes  de  sí  un  peso  intolerable. 

—  Hasta  hace  poco  tiempo,  —  dijo,  —  fué  mi 
deseo,  desinteresado  y  cariñoso,  que  tú  contraje- 
ses enlace  con  el  doctor  de  Selis,  presintiendo 
que  mi  vida  no  podría  prolongarse  mucho,  sin 
que  este  deseo  debiera  interpretarse  jamás  como 
una  violencia  moral  ó  una  imposición  indigna  del 
grande  afecto  que  te  he  prodigado  siempre .... 
Después  que  me  revelaste  sin  reservas  el  estado 
de  tus  sentimientos,  y  las  ilusiones  que  abrigas, 
respecto  de  otro  amor  que  vino  á  tí  fatalmente, 
no  podía  yo  insistir  en  mis  propósitos,  y  preferí 
guardar  silencio  para  no  marchitar  quizás  de 
pronto  aquéllas  con  vanos  disgustos  y  pesares. .  . 
al  menos,  mientras  no  adquiriera  la  certidumbre 
de  ciertos  hechos  que  consideraba  y  juzgo  deber 
de  conciencia  no  ocultarte .... 

Detúvose  un  momento:  estaba  un  poco  fati- 
gada, con  el  rostro  ligeramente  encendido  y  la 
mirada  brillante. 

Brenda,  por  cuyo  corazón  pasaban  fenómenos 
inexplicables,  hizo  un  ademán  de   ruego,    conté- 


434  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


niendo  el  llanto ;  pero  ella,  después  de  un  fuerte 
suspiro,  siguió  diciendo:  ^ 

—  ¿  Cómo  podía  yo  obligarte  ?  Dueña  eres  de 
seguir  los  naturales  impulsos  de  tus  sentimien- 
tos .  .  .  .  ¡  Nosotras  las  ancianas  nos  forjamos  á 
veces  la  ilusión  de  poderlos  dirigir  sin  pena  ni 
esfuerzo !  Es  una  ficción  con  que  nos  halaga  la 
experiencia,  esta  memoria  triste  inseparable  del 
frío  de  los  años ....  La  juventud  vive  de  pasiones, 
y  hay  que  dejarla  horizontes  y  ensueños;  pero 
debo  instruirte  de  cosas  de  otros  años,  mi  querida 
Brenda,  para  que  las  medites  á  solas  y  decidas  de 
tu  suerte  sin  hacerte  violencia,  despreocupada  y 
libremente ;  y  he  de  referírtelas  no  sólo  para  mi 
satisfacción  propia,  sino  también  en  homenaje  á 
la  memoria  de  aquel  cuyo  retrato  colocado  junto 
al  de  mi  esposo,  —  su  amigo  fiel  é  inseparable,  — 
contemplas  tú  todos  los  días  con  cariñoso  res- 
peto. 

Así  diciendo,  la  enferma  tendió  el  brazo  enfla- 
quecido hacia  uno  de  los  retratos  en  tela,  pendien- 
tes de  la  pared  del  fondo. 

Brenda  siguió  el  movimiento  con  otro  rápido 
de  su  cabeza. 

—  ¡  Mi  padre !  —  profirió,  dominada  por  una  emo- 
ción profunda. 

—  ¡  Sí,  Pedro  Delfor !  —  dijo  la  anciana  con  tono 
grave  y  solemne, —  que  hace  años  sucumbió  en 
un  lance  de  guerra.  Tú  recuerdas  bien  el  suceso, 
origen  de  tu  orfandad.   No   ignoras  tampoco  que 


BRENDA  435 


una  circunstancia  casual  me  hizo  testigo  de  la 
sangrienta  aventura . . . .  ¡  Conservo  aún  grabadas 
en  la  memoria  las  facciones  del  matador! 

Se  calló  otra  vez,  clavando  en  la  joven  su 
vista  turbada  é  inquieta,  en  que  parecían  refle- 
jarse todas  las  congojas  de  su  ánimo. 

Brenda  sintió  helársele  la  sangre  en  las  venas; 
miró  á  su  vez  á  la  enferma  con  una  expresión 
de  desvarío,  casi  atónita,  y  exclamó  en  medio  de 
fuerte  zozobra: 

—  i  Madre  querida,  concluye  por  piedad ! . .  . . 
¿Qué  relación  existe  entre  esa  muerte  y  mi  amor? 

La  anciana  ahogó  en  su  garganta  un  ronco 
sollozo,  clamando  rígida  y  angustiada: 

—  ¡  Yo  nunca  te  dije  quién  le  mató ! 

—  Y  ¿quién  fué.  Dios  piadoso?  —  balbuceó 
Brenda  retrocediendo  un  paso,  con  las  manos  ten- 
didas hacia  adelante,  y  pintado  en  su  rostro  el 
más  vivo  sentimiento  de  terror. 

La  enferma  incorporóse  de  súbito  en  el  lecho 
llamándola  á  sí,  con  los  labios  trémulos  y  vio- 
láceos, como  pidiéndola  que  viniese  á  compartir 
con  ella  su  artiargura,  y  mientras  Areba  silen- 
ciosa y  conmovida  enlazaba  con  su  brazo  la  cin- 
tura de  la  joven,  dijo  ella,  imponiéndose  por  un 
esfuerzo  supremo  á  su  pena  indecible: 

—  Le  conoces.  ¡  Se  llama  Raúl  Henares ! 

A  estas  palabras,  Brenda  arrojó  un  grito  he- 
rido, llevando  las  manos  á  su  pecho,  cual  si  allí 
hubiese  entrado  un  dardo  de  fuego ;  y  arrancan- 


436  £.  ACEVEDO  BfAZ 


dose  desesperada  de  los  brazos  de  Areba,  agi- 
tóse vacilante  y  ciega,  presa  de  un  vértigo,  y 
fué  á  caer  de  rodillas  frente  al  lecho,  posando 
en  él  su  cabeza,  que  sacudió  con  los  últimos  es- 
tremecimientos de  un  dolor  agudo  y  horrible. 

A  aquella  voz  desgarradora,  la  anciana  pos- 
trada por  el  esfuerzo  se  desplomó  en  los  almo- 
hadones lívida  y  sollozante,  murmurando  frases 
ininteligibles  y  misteriosas,  como  esas  que  vagan 
por  los  labios  ya  incoloros  y  secos  en  la  hora 
de  morir. 

Areba,  perpleja  ante  este  cuadro  afligente,  co- 
rrió al  fin  veloz  á  la  galería,  dando  paso  á  las 
sirvientas  que  á  su  llamado  acudían  en  tumulto, 
y  de  allí  al  vestíbulo,  en  busca  del  doctor  de 
Selis. 

Minutos  antes,  Raúl  Henares  había  salvado  la 
gran  puerta  de  rejas  que  daba  al  camino. 

Algo  sucedió  entonces. 

La  presencia  de  Lastener  de  Selis  operó  en 
él  una  transformación  repentina.  Desechando  todo 
escrúpulo,  atravesó  con  firmeza  el  sendero  y  su- 
bió las  gradas. 

El  doctor  que  se  paseaba  con  la  cabeza  des- 
cubierta, impaciente  y  agitado,  se  detuvo  al  verle 
venir,  haciendo  un  brusco  movimiento  de  sor- 
presa. La  visita,  á  no  dudarlo,  era  inopinada. 

Mas  reponiéndose  bien  pronto,  cruzóse  de  bra- 
zos, y  esperó. 

Una  sonrisa  irónica  se  dibujó  en  sus  finos  la- 


BRENDA  457 

bios,  animando  su  fisonomía  con  una  expresión 
de  placer  singular.  Aquel  encuentro  parecía  pro- 
picio á  sus  planes  de  desagravio  y  de  amor.  La 
fatalidad  arrastraba  á  su  adversario  á  un  trance 
amargo  y  duro,  de  cuyas  consecuencias  difícil- 
mente podría  librarse,  y  que  debía  herir  sus  fibras 
en  lo  más  hondo,  envolviendo  su  conciencia  de 
improviso  en  la  túnica  encendida  del  remordi- 
miento y  de  la  desesperación.  El  despecho  y  el 
celo  que  bullían  en  el  fondo  de  su  ser,  sin  nublar 
la  visión  clara  de  su  espíritu,  prometíanse  un 
triunfo  incomparable.  Su  rival  bajaba  al  terreno 
de  un  modo  inesperado,  y  en  hora  solemne  para 
la  huérfana,  que  en  ese  instante  ante  el  lecho  de 
la  enferma,  presentía  tal  vez  un  nuevo  y  grande 
infortunio. 

Raúl  fijó  en  él  su  mirada  al  poner  el  pie  en 
el  vestíbulo. 

El  doctor  de  Selis  se  mantuvo  quieto,  mirán- 
dole á  su  vez,  la  diestra  puesta  en  los  labios, 
cual  si  buscase  detener  la  explosión  de  sus  re- 
sentimientos;  y  volviéndose  de  lado,  dijo,  procu- 
rando  dar  á  sus  palabras  una  entonación  repo- 
sada y  fría: 

—  Llega  Vd.  en  un  instante  sólo  útil  á  la  cien- 
cia. 

—  Lo  deploro,  —  contestó  Henares  reprimiendo 
una  fuerte  sensación.  —  Pero  eso  me  estimula  á 
no  desistir  de  mi  propósito,  aunque  el  caso  sea 
g^a  ve 


438  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡  Por  demás !  Lo  singular  del  hecho,  es  que 
bastaría  á  la  anciana  enferma  el  anuncio  de  su 
visita,  para  que  se  produjera  en  ella  una  crisis 
funesta. 

—  ¿Es  el  facultativo  el  que  me  hace  una  ad- 
vertencia discreta,  ó  es  el  pretendiente  que  in- 
tenta lastimarme? 

El  joven  acompañó  la  pregunta  con  un  ade- 
mán vehemente,  y  un  sobresalto  que  no  intentó 
disimular,  dirigiéndose  á  la  entrada. 

De  Selis,  sin  contestarla,  dio  dos  pasos  hacia 
la  puerta,  diciendo  en  tono  helado  y  grave : 

—  Apele  Vd.  á  lejanas  memorias,  que  es  po- 
sible duelan  á  Vd.  recuerdos. 

Raúl  se  detuvo,  irguiéndose  altivo. 

—  Ninguno  de  ellos  me  avergüenza, —  contestó, 
midiendo  á  su  adversario  con  una  mirada  enér- 
gica y  resuelta. — ¡  Lo  propio  fuera,  que  jamás  hu- 
biese puesto  Vd.  aquí  la  planta! 

—  ¿Por  qué? 

—  Su  conciencia  lo  dirá. 

—  ¡  Error  1  Al  lado  de  la  que  empaña  la  suya, 
mis  culpas  leves  se  disipan.  \ 

—  ¿No  será  Vd.  víctima  de  una  torpe  aluci- 
nación ? 

—  Lejos  de  eso.  Lavó  Vd.  en  su  mano  una 
mancha  de  sangre,  pero  en  su  memoria  quedó 
otra  indeleble ! 

—  ¡  Aclare  Vd.  esa  frase !  —  prorrumpió  Raúl 
con  asombro,  y  conteniendo  apenas  los  impulsos 
de  su  cólera. 


BBxamjL  439 

„- 

—  ¡Fácil  es! 

Tenía  de  Selis  el  color  de  la  cera  y  creenase 
que  hincaba  sus  uñas  en  la  piel,  conteniendo  un 
arranque  violento.  En  sus  labios  morados  no  ha- 
bía desaparecido  la  sonrisa  esforzada  é  irónica 
del  primer  instante. 

— La  prueba  de  lo  que  una  tradición  oral  cuenta, 
está  aquí ;  y  tiene  á  más  por  testigo  el  hecho  en 
que  ella  se  funda,  á  una  anciana  venerable. 

Al  expresarse  de  este  modo,  de  Selis  llevó  la 
mano  al  pecho,  en  donde  sin  duda  guardaba  el 
memorándum  de  Diego  Lampo,  exigido  á  éste  por 
Areba. 

Un  recuerdo  luctuoso  cruzó  entonces  por  el 
cerebro  de  Raúl,  y  una  nube  negra  por  su  vista. 

—  ¿Qué  afirma  la  tradición? — profirió  sin  re- 
primir un  arranque  de  ansiedad  mortal. 

Su  adversario  ise  alejó  un  paso,  exclamando 
lleno  de  vengativo  encono: 

—  ¡Ella  afirma  que  en  el  vado  de  un  arroyo, 
el  coronel  Pedro  Delfor,  padre  de  Brenda,  murió 
á  manos  de  Raúl  Henares  I 

Raúl  retrocedió,  así  como  aquel  que  recibe 
un  golpe  de  maza  en  mitad  de  la  frente,  —  y  al 
golpearse  aquélla  con  extrema  violencia,  lanzó  una 
gran  voz: 

—  ¡Fatalidad! 

—  ¡Sí!  —  prosiguió  de  Selis  con  ensañamiento 
cruel;  —  ¡por  ahí  le  entró  al  padre  la  bala,  dirí- 
giájaL  por  la  mano  del  que  ahora  pretende  la  po- 

39 


440  E.  A< 


sesión  de  la  huérfana,  como  un  derecho   ó  áes-- 
pojo  opimo  de  la  victoria! 

Raúl  se  alzó  desencajado  y  convulso  sacu- 
diendo la  cabeza  con  ademán  imponente,  y  se 
lanzó  con  ímpetu  sobre  él,  gritando  de  ira  y  de 
dolor: 

—  ¡Calle  Vd.,  ó  le  arranco  la  lengua! 

Por  un  movimiento  simultáneo,  de  Selis  se  aba- 
lanzó á  su  vez,  al  proferir  una  interjección  enér- 
gica,  y  los  rivales,  cog^idos  de  los  brazos  con  ren- 
cor fiero,  se  miraron  lívidos,  frenéticos,  implaca- 
bles, buscando  aniquilarse,  con  el  solo  fulgor  si- 
niestro de  sus  pupilas. 

De  súbito,  resuena  la  voz  de  Areba,  alterada  y 
llena  de  congoja : 

—  ¡  Doctor  de  Selis,  urge  su  presencia !  ¡  Acuda 
Vd.  pronto ! 

Tras  de  estas  palabras,  la  joven  apareció  en  el 
vestíbulo  con  la  rapidez  que  imponen  los  casos 
graves  y  la  agitación  propia  de  una  hora  de  an- 
gustia. 

La  escena  que  allí  se  desenvolvía,  la  impusa 
y  sobrecogió,  arrancándola  un  grito  de  espanto  y 
de  sorpresa. 

Este  grito  contuvo  á  los  adversarios. 

Los  brazos  cayeron  de  improviso ;  los  dos  hom- 
bres se  apartaron  ceñudos  algunos  pasos  y  mira* 
ronse  silenciosos,  una  vez  más,  con  una  expresión 
de  concentrado  encono. 

Al  fin  de  Selis  entróse  mudo  y  sin  color,  mo- 


BREKDA  441 

viendo  inquieto  los  hombros,  —  cual  si  en  ellos 
se  hubiesen  posado  dos  zarpas  poderosas  y  des- 
garrádole  las  carnes. 

Areba  le  dejó  pasar,  callada,  transparente  de 
emoción,  colocándose  entre  él  y  Raúl,  que  se  ha- 
bía descubierto  un  instante,  y  daba  un  paso  para 
alejarse. 

Ella  le  miró  al  rostro,  página  viva  de  los  tor- 
mentos que  dominaban  su  alma  varonil,  y  en  su 
alma  se  confundieron  vehementes  é  intensos  el 
amor,  la  admiración,  el  despecho,  los  celos,  el 
enojo,  para  sucederle  después,  otra,  con  un  re- 
flejo de  pesar    infinito. 

Raúl  se  detuvo. 

Areba  se  acercó  más  á  él,  con  esa  audacia 
adorable  que  la  pasión  concede  y  que  estimula 
un  gran  dolor  extraño.  ¡Cuánto  daría  ella  por 
restañar  la  cruel  herida  abierta  en  aquel  noble 
pecho! 

Al  verla  aproximarse,  con  los  ojos  puestos  en 
los  suyos,  y  un  aire  de  profunda  simpatía,  suave, 
pálida,  bella,  emocionada,  el  joven  intentó  so- 
breponerse al  peso  de  su  desventura,  y  descu- 
briéndose de  nuevo,  dijo  con  acento  bajo: 

—  Séame  permitida  una  pregunta,  por  favor.... 
¿Es  para  Brenda  ese  auxilio  que  Vd.  ha  recla- 
mado? 

—  No,  —  respondió  Areba  con  premura,  y  acar 
liando  todo  sentimiento  de  despecho  ú  orgullo; — 
es  para  la  señora  de  Nerva,  cuyo  estado  inspira 
seria  inquietud; 


412  £.  ACBTBDO  DÍAZ 


—  Gracias  y  perdón,  si  he  osado  detener  á  Vd. 
en  este  momento  de  conflicto;  pero  su  bondad 
me  dio  ánimo.  De  regreso  de  un  largo  viaje, 
aquí  vine  para  cumplir  un  grato  deber,  ajeno  á 
lo  que  ocurría,  y  muy  distante  de  pensar  que  la 
suerte  me  reservase  un  amargo  sinsabor.  Me 
aparto  sin  cumplirlo;  y  al  hacerlo,  agrego  á  mi 
desdicha  propia  la  penosa  certidumbre  de  que 
aquí  se  sufre  y  se  presiente  un  suceso  irrepa- 
rable. 

Alzó  en  seguida  sus  ojos  á  Areba,  —  que  le 
contemplaba  turbada  y  suspirante,  —  y  añadió  en 
tono  de  melancólico  ruego: 

—  Si  de  labios  de  la  enferma  recogiera  Vd. 
mi  nombre  envuelto  en  un  trágico  episodio,  ¡  oh, 
que  no  se  me  condene  en  absoluto!  siquiera  en 
nombre  del  principio  de  justicia  que  permite  su 
descargo  al  reo. 

¡Sea  Vd.  piadosa!....  ¡Del  sacrificio  que  me 
impuso  un  destino  adverso,  al  arrancar  con  mi 
mano  la  vida  á  un  hombre,  en  época  apartada, 
la  conciencia  no  me  acusa,  aunque  el  corazón 
protesta  lacerado,  y  llena  mi  alma  toda  con  sus 
gritos  de  dolor! 

A  estas  palabras,  inclinó  Areba  su  'cabeza, 
uniendo  las  manos,  cual  si  aquel  hondo  duelo 
hubiese  encontrado  en  ella  un  eco  intenso  y  con- 
movido las  fibras  más  sensibles  de  su  ser. 

Saludó  Raúl,  y  de  allí  apartóse  con  la  frente 
baja,  un  brazo  recogido'  sobre  el  pecho  y  el  otro 


BRENPA  443 

doblado  hacia  adelante,  turbia  la  vista,  el  cuerpo 
erguido  y  rígido,  cual  si  todos  sus  músculos  en 
acción  conservasen  aún  la  actitud  agresiva  del 
primer  momento. 

Viole  ella  alejarse,  con  un  sentimiento  de  pro- 
funda pena;  irse  anonadado,  sin  haber  gustado 
el  placer  inefable  de  una  entrevista  con  la  que 
amaba,  como  un  pobre  viador  á  quien  se  arre- 
bata el  último  consuelo; — y  cuando  él  se  detuvo 
un  segundo,  sin  volver  el  semblante,  en  la  puerta 
de  la  verja,  oprimiósele  á  ella  el  seno  con  amar- 
g-ura  y  desaliento. 

¡Ni  una  mirada!  Por  primera  vez  las  lágri- 
mas saltaron  á  sus  ojos,  y  al  rodar,  cayeron  en 
sus  labios  como  gotas  de  fuego. 


XXXIII 


LOS   DOS  AMIGOS 


El  golpe,  como  se   ve,   había  sido  rudo. 

Müdias  horas  pasaron  antes  que  Raúl  pu- 
diera recobrar  la  calma  y  el  reposo  necesarios 
para  darse  cuenta  del  hecho  y  de  sus  consecuen- 
cias ulteriores. 


444  E.  jlceyedo  Díaz 


[  Cuan  tristes  las  primeras  qué  se  siguieron  á  la 
revelación ! 

La  noche  fué  velada,  llena  de  sombras,  de 
fiebre  y  de  pesar.  Los  abismamientos  interiores 
se  sucedieron  en  serie  no  interrumpida,  á  cada 
excitación  nerviosa,  lo  mismo  que  acaece  en  los 
días  de  duelo.  Todas  las  ilusiones  que  había 
acariciado  en  la  ausencia^  todas  las  esperanzas 
dulcísimas  que  la  pasión  fomenta  y  la  fantasía 
engalana,  surgían  y  revolaban  en  la  boca  de  la 
sima  en  que  se  hundía  su  pensamiento  ator- 
mentado, para  desaparecer  fugaces  á  cada  asomo 
de  la  amarga  realidad  de  su  destino. 

En  el  fondo  de  aquella  sima,  no  menos  oscura 
y  honda  que  un  espacio  insondable,  vio  agitarse 
la  sombra  muda  y  fatídica  del  padre  de  Brenda, 
que  se  alzaba  lenta  y  manchada  de  sangre,  para 
ahuyentar  de  su  cerebro  los  ensueños  de  ven- 
tura; y  luego^  en  los  bordes,  con  las  manos  ten- 
didas y  demudado  el  semblante  por  una  inmensa 
pena,  la  blanca  imagen  de  la  huérfana,  que  pe- 
día al  fantasma  le  revelase  un   nombre .... 

Acordábase  después,  de  la  escena  en  el  cemen- 
terio, de  la  fecha  inscrita  en  la  piedra  negra 
del  sepulcro  de  Pedro  Delfor,  de  su  encuentro 
con  la  joven,  y  de  la  impresión  que  su  presen- 
cia causara  en  el  ánimo  de  su  protectora, — re- 
novada la  noche  del  baile  en  casa  de  Stwart. 
Estas  reminiscencias  iluminaban  su  espíritu,  á 
intervalos;  hasta  que  otras,  más  lejanas,  acudiendo 


BRENDA  '  445 


-en  tropel,  concluían  por  vencer  toda  duda  acerca 
del  sangriento  episodio,  de  que  él  fuera  prota- 
gonista. Ante  ese  convencimiento  íntimo  doble- 
gábase su  ánimo  al  peso  formidable  del  recuerdo, 
y  desvanecíase  la  más  humilde  esperanza  de  pie- 
dad y  de  perdón. 

¿Podría  ella,  acaso^  imponerse  al  hecho  tre- 
mendo; á  la  ley  moral  que  lucha  con  el  sentimiento 
^n  las  profundidades  del  alma,  al  que  vulnera 
•cuando  no  domina,  y  provoca  las  reacciones  se- 
veras que  postran  y  abaten  los  organismos  de- 
licados? 

¡Y  él!  ¿Qué  podría  exigir  alamor  casto  y  puro, 
amargado  por  la  certidumbre  absoluta  de  ese 
hecho,  ú  ofrecerle  en  desagravio,  que  no  fuese 
una  corona  de  azahares  adornada  de  crespón? 

Había  que  rendirse  á  una  realidad  inflexible 
y  abrumadora. 

¡Ah!  Fácil  era  al  ingeniero  inteligente  y  hábil, 
vencer  los  obstáculos  de  la  naturaleza,  corrigiendo 
sus  formas  y  modificando  su  estructura;  abrir 
caminos  á  través  de  las  moles  de  granito  haciendo 
bóveda  inmensa  de  una  montaña;  lanzar  hilos 
por  encima  de  los  esteros  y  boscajes  espesos  y 
hundir  cables  hasta  donde  no  alcanza  el  furor 
de  las  tormentas;  descender  audaz  á  la  mina 
oscura,  á  las  criptas  pavorosas  y  á  los  declives 
de  los  torrentes,  donde  apoyar  un  machón  de 
fábrica;  desviar  las  aguas  de  un  río,  ahondar  su 
cauce   y   convertir   con  su   riego  en  -  suelo  fértil 


446  E.  AGEVCDO  DÍAZ 


una  pampa  desolada;  hacer  palacio  aéreo  de  lo 
que  fué  choza  humilde  y  espléndido  parque  de 
la  floresta  virgen;  improvisar  verjeles  llenos  de 
florescencia,  vigor  y  fecundidad  allí  donde  nunca 
creció  arbusto,  y  como  á  un  golpe  de  vara  mágica, 
erigir  monumentos  al  trabajo  y  á  la  industria 
que  difundan  en  contorno  el  calor  de  las  fragnas 
y  la  flebre  de  los  talleres :  fácil  era  todo  esto,  á 
la  audacfa  y  á  la  iniciativa  del  talento.  Pero 
¿era  posible  reanudar  los  lazos  de  una  pasión 
que  la  adversidad  destruye  ó  abate,  como  al 
echarse  sobre  él  un  puente  se  unen  los  bordes 
de  un  precipicio,  ó  vuelven  á  ligarse  arrancados 
al  abismo  de  las  aguas  los  extremos  de  un  ca- 
ble que  se  rompe? 

En  la  triste  imaginación  de  sus  amores,  hala- 
gábale la  idea  de  que  ella  lo  querría  siempre 
como  él  la  querría,  aunque  nunca  más  pudieran 
encontrarse. 

Parecíale  que  en  estas  h'neas  paralelas  del 
sentimiento,  la  regla  matemática  se  imponía  en 
rigor  de  una  manera  inexorable. 

Felizmente,  Raúl  tuvo  un  verdadero  momento 
de  goce  y  satisfacción  como  tregua  á  su  amar- 
gura, en  ese  día.  La  visita  de  Zelmar,  —  cuyo 
regreso  había  él  olvidado  en  medio  de  sus  de- 
sazones,— vino  á  confortarle  y  á  ofrecerle  la 
ocasión,  tan  rara,  y  por  lo  mismo  tan  preciosa, 
de  conceder  ensanche  y  desahogo  á  su  espíritu 
sin  temor  de   que  se   perdieran  sin  eco  sus  con- 


•-T 


BRBNDA  M 


fídencias  graves  en  el  vacío  que  el  criterio  egoísta 
é  indiferente  abre  sin  escrúpulo  ni  reserva  al 
pesar  ajeno.  ¡Ya  era  esto  bastante!  Su  espíritu, 
por  firme  y  seguro  que  fuese,  necesitaba  expan- 
dirse y  proyectarse,  buscar  en  esa  amistad  sin- 
cera y  noble,  cuyos  caracteres  distintivos  pare- 
cen irse  perdiendo  de  día  en  día,  al  paso  que 
asume  mayor  rigor  la  lucha  por  la  vida  y  los 
instintos  hereditarios,  refinándose,  reemplazan  á 
los  sentimientos  grandes  y  elevados, — las  inspi- 
raciones puras  y  felices,  que  la  tiranía  del  dolor 
no  permitía  sugerir  á  su  propia  inteligencia. 

Zelmar  se  presentó  contento,  casi  radiante,  abra- 
zando efusivamente  á  su  amigo,  inqui^riendo  con 
interés  el  éxito  de  su  empresa,  y  mezclando  á 
sus  preguntas  impresiones  personales,  llenas  de 
gracia  y  colorido. 

Raúl  lo  acogió  con  alegría  y  emoción,  signi- 
ficándole  en   sus   elocuentes    pruebas  de  afecto, 
cuan  grato  le  era  el  volverle  á  ver  en  esos  mo-  . 
mentos,   tan  nutrido   de  buena  savia  y  animado 
de  tan  envidiables  satisfacciones  morales. 

—  No  te  equivocas,  mi  querido  amigo,  —  decía 
Zelmar; — efectos  de  la  vida  porteña,  que  si  en 
mucho  difiere  de  la  parisiense,  tiene  en  cambio 
su  sabor  original.  Pero,  no  está  ahí  precisamente 
la  causa  de  este  estado  especial  de  nervios  que 
te  sorprende:  hay  varias  concurrentes,  y  á  fe 
que  muy  dignas  de  apreciarse! 

—  Te  escucho  con  placer. 


448  E.  ACEVEDO  DÍAZ 

—  Mis  exámenes,  en  primer  término ;  éxito  com- 
pleto, notas  excelentes,  felicitaciones  honrosas 
de  la  mesa,  tesis  de  sensación,  diploma  de  sufi- 
ciencia, adquirido  á  todo  rigor,  sin  balbuceo  ni 
dudas  en  la  prueba.  Así  lo  dijeron,  y  aunque  me 
esté  mal,  yo  te  lo  repito  en  confianza.  Te  ase- 
guro que  nunca  supuse  tal  denuedo  en  mis  fuerzas. 

—  Jamás  dudé  de  tu  triunfo. 

—  Los  encantos  y  placeres  de  la  gran  ciudad, 
en  seguida;  ciudad  de  agitación  perpetua,  de  inter- 
cambio enorme,  de  millones  circulantes,  de  vita- 
lidad absorbente,  de  atracción  insaciable,  foco  de 
cultura  y  de  esplendor  intelectual  nativo,  centro 
de  clases  que  la  fortuna  gradúa  y  la  igualdad 
protege,  englobamiento  de  razas  laboriosas  y  fuer- 
tes, diversidad  de  lenguas  que  se  refunden  en  el 
idioma  democrático,  ancho  asilo  de  costumbres 
de  todos  los  climas  y  latitudes,  condensadas  en 
un  grande  espíritu  nacional  que  evoluciona  y 
deriva,  utilizando  los  mismos  desechos  y  brozas 
que  arrastran  las  corrientes  migratorias  en  la  gran 
fábrica  de  la  transformación,  y  cincelando  pacien- 
temente el  tipo  singular  del  porvenir,  en  ese  pro- 
digioso conjunto  de  materiales  vivos,  soldados 
por  la  libertad  y  el  trabajo,  que  se  llama  cosmo- 
politismo ....  Pero,  mira  Raúl,  á  fuer  de  caba- 
llero, por  arriba  de  todo  eso,  están  sus  mujeres, 
como  están  las  agujas  sajonas  y  torrecillas  ele- 
gantes por  encima  del  conjunto  arquitectónico 
sólido  y  chato  de  los  barrios  populosos.  ¡  Oh,  las 


BRENDA  449 


porteñas !  Tú  las  conoces.  Cultura,  gracia,  donaire, 
atractivo,  seducción,  aticismo,  todo  ello  encuadrado 
hasta  en  los  rostros  feos,  [  que  los  hay,  por  vida 
mía!  como  si  allí  fuese  atributo  indispensable 
de  la  juventud,  lo  que  en  otras  partes  la  jiatu- 
raleza  niega  á  las  mismas  hermosuras.  Bellezas 
arrogantes,  en  plenas  actitudes  para  disputarse 
el  premio  en  concurso,  que  subyugan  al  pasar 
y  no  se  olvidan,  grabándose  en  la  mente  como 
imágenes  sobre  acero.  De  bustos  interesantes,  y 
de  cabezas  encantadoras  ¡qué  torbellino,  en  un 
paseo  por  Palermo !  Contemplándolas  una  vez 
desde  un  montículo  del  parque  ocurrióseme  pen- 
sar que  en  esas  figuras  graciosas,  agitándose  á 
una  en  espiral  de  ricas  carrozas  y  soberbios  tron- 
cos, la  delicadeza  del  gusto  estaba  en  el  examen 
recíproco  de  adornos  y  semblantes,  sin  voces  ni 
risas,  ni  otro  rumor  que  el  sordo  de  los  rodados. 
En  cuanto  á  estaturas,  te  diré:  escasas  palmas, 
muchos  lirios  de  tallo  elegante  y  esbelto,  no  pocos 
arbustos  lánguidos;  pero  en  general,  donosura, 
espiritualidad,  gusto  exquisito  para  apartar  al  ojo 
observador  de  los  defectos  y  concentrarlo  en  la 
faz  saliente  de  los  méritos. 

—  Veo  que  vas  desertando,  —  observó  Raúl, 
que  hacía  momentos  esforzaba  una  sonrisa. 

—  No  creas;  y  en  prueba  de  ello,  vengo  á  mi 
tercera  razón  de  regocijo,  que  es  la  primera  en 
grado  de  importancia :  la  buena  acogida  de  Areba. 
Acabo   de  saludarla;  nunca   la  hallé  tan  afable, 


450  E.  AC£VB1X>  1>ÍAZ 


tan  comunicativa  y  llena  de  promesas.  Baste  afir- 
mar que  mi  esperanza  se  ha  confortado,  mi  fe 
robustecido  y  elevádoseme  la  mente  al  poético 
devaneo;  el  recibimiento  fué,  más  que  cordial  y 
amistoso,  intencionado  y  sentimental.  Lamenté  un 
detalle:  la  presencia  de  Julieta.  Estuvo  agresiva, 
rebosante  de  malicia  en  sus  preguntas  y  ocurren- 
cias. En  justa  represalia,  pude  haberle  narrado 
el  sueño  que  en  la  noche  anterior  me  solazó  en 
mi  camarote;  pero,  me  tenía  Areba  demasiado 
entretenido,  para  darla  el  placer  de  una  réplica. 
En  realidad,  ajnigo  mío,  hasta  ese  sueño  me 
había  predispuesto  á  dudas  y  sospechas  graves: 
cerrado  apenas  el  párpado,  en  altas  horas,  exhi- 
bióseme  primero  Julieta,  disfrazada  de  india,  con 
plumas  de  loro  en  la  cabeza  y  cintura,  carcaj 
lleno  de  flechas  con  curaro  y  hacha  de  piedra,  á 
propósito  para  derribar  un  jaguar  de  un  solo 
golpe.  Si  bien  esta  visión  me  hizo  gracia,  y  me 
distrajo,  á  pesar  de  sus  gestos  y  vaticinios  acerca 
de  lo  que  me  reservaba  el  regreso,  lo  cierto  es 
que  no  sucedió  así  con  Areba,  la  cual  se  me  re- 
presentó silenciosa  y  fatídica,  con  una  pluma  de 
ave  en  la  cabellera,  el  pie  sobre  sandalia  y  la 
pierna  desnuda, —  como  la  Güendolen  de  la  le- 
yenda deScott, — invitándome  á  beber  en  un  vaso 
de  plomo  cierto  líquido  extraño.  Parecíame  que 
estábamos  en  máscaras,  á  juzgar  por  los  detalles ; 
y  en  rigor,  son  pocos  los  días  que  nos  separan 
de  aquellos  en   que   muchas   caretas    de   carne, 


BREIfDA  451 

II      .■      r    I  ifc     I    I  ■■     I  I    I  ■       I    »  I.   I  .  ■    -  I    ...        .1  ■ 

grraves,  tersas  y  falaces  todo  el  año,  sudan  li- 
bremente sus  rubores  bajo  los  de  seda.  El  hecho 
es,  que  esta  parte  interesante  de  mi  sueño  no 
dejó  de  impresionarme,  cuando  al  reproducirlo 
en  mi  memoria,  tuve  en  cuenta  la  conducta  de 
Areba  desde  la  noche  del  baile,  artificiosa,  sus- 
picaz y  prevenida.  Y  ya  lo  ves:  ¡me  he  encon- 
trado con  un  cambio  notable!  Reputo  de  exce- 
lente augurio  para  nuestros  amores  esta  nueva 
campaña,  en  que  empiezo  recogiendo  lauros,  ó 
por  lo  menos  marcadas  simpatías  de  parte  de 
quien  no  las  prodiga  fácilmente.  Para  tus  cosas 
íntimas,  importa  mucho  que  esta  potencia  se  in- 
cline de  mí  lado,  pues  de  esta  manera  los  gran- 
des peligros  se  neutralizan.  ¿Sabrás  que  ahora 
soy  su  médico  de  confianza? 

— Es  eso  muy  honroso  para  tí,  y  te  felicito 
de  veras,  Zelman  Tales  distinciones  dé  parte  de 
la  señorita  de  Linares  significan  elocuentemente, 
ó  una  promesa  muy  agradable,  ó  un  designio 
oculto,  dado  que  ella  se  determina  siempre  por 
los  extremos.  El  término  medió  no  parece  entrar 
nunca  en  sus  resoluciones  -prácticas. 

—  Así  es.  Pero  ¿un  designio  oculto?  no  creo.... 

Hablóme  de  un  reconocimiento  médico  que 
debía  practicarse  esta  tarde  en  el  cadáver  de  una 
mujer,  pidiéndome  me  prestase  á  acompañar  á 
de  Selis  y  otro  facultativo  en  la  autopsia.  Según 
sus  informes,  se  trata  de  un  crimen  misterioso 
por  las  circunstancias  que  lo  rodean,  y  en  cuyo 


452  *£.    ACEYEDO  DÍAZ 


esclarecimiento  la  justicia  se  preocupa  con  exce- 
sivo celo.  Añadió, — interrumpiendo  á  Julieta  em- 
peñada en  demostrarme  cuan  enterada  estaba 
siempre  de  las  tragedias  de  amor, — que  la  víc- 
tima había  sido  uno  .de  los  seres  infortunados  á 
quienes  ella  protegía;  y  que  la  interesaba  viva- 
mente el  triste  drama  en  todos  sus  pormenores, 
por  lo  que  se  había  permitido  hacer  esfuerzos 
en  sentido  de  que  yo  interviniese  en  el  recono- 
cimiento, con  éxito  satisfactorio.  Manifestó  que 
mi  regreso  no  podía,  pues,  haber  sido  más  opor- 
tuno, y  que  empezaba  por  utilizar  mis  servicios 
en  un  caso  que  la  afectaba  hondamente.  Lejos 
de  rehusarme,  agradecí  la  distinción,  prometiendo 
instruirla  mañana  en  todo  lo  relativo  al  suceso 
de  la  muerte  de  su  infeliz  protegida , . . . 

Pero,  estoy  advirtiendo,  Raúl,  que  tu  semblante 
denuncia  algo  anormal! 

Esa  palidez,  ese  gesto  de  disgusto,  esa  mirada 
lánguida,  esa  tristeza  en  el  sonreír,  esa  concisión 
en  el  hablar,  esa  actitud,  en  fin,  de  encogimiento 
y  de  reserva,  me  indican  que  tú  sufres .... 
.  — Y  no  te  engañas.  Algunas  horas  Hevo  ya 
de  dolorosa  tribulación. 

Zelmar  le  miró  con  asombro. 

— Me  he  contenido  en  lo  posible,  para  no  in- 
terrumpir tus  expansiones,  feliz  al  oirte  relatar 
con  entusiasmo  los  primores  y  emociones  de  la 
Vuelta,  que  yo  también  soñé  tan  llena  de  encan- 
tos y  nutrida   de   promesas,   desvanecidas   á  un 


BRENDA  453 

soplo  de  aciaga  suerte.  Pues  que  me  interpelas, 
y  adivinas  lo  que  en  mi  interior  ocurre,  no  debo 
seg-uir  callando,  y  he  de  confiártelo  todo.  Siento 
necesidad  de  hacerlo,  y  te   ruego   me   escuches. 

. — Estoy  ansioso,  Raúl,  —  repuso  Zelmar  apro- 
ximando su  silla,  y  disponiéndose  con  verdadero 
interés  á  recoger  sus  confidencias.  —  Mas,  ante  todo, 
dirne:  ¿es  de  tus  amores  que  se  trata?  y  esto 
pregunto,  porque  en  casa  de  Areba,  donde  hallé 
reunido  selecto  número  de  daiAas,  nada  pude 
sorprender  que  tuviese  atingencia  contigo  ó  se 
refiera  á  Brenda.  Aunque  . .  .  aguarda. .  . .  ¡ahora 
infiero!  Julieta  hablaba  á  media  voz,  á  priesa  y 
casi  febril  con  algunas  de  esas  damas,  mientras 
yo  lo  hacía  con  Areba;  sus  flechillas  bañadas 
en  cuiaro  atravesaban  la  sala  diestramente  diri- 
gidas. Luego  aquéllas  me  observaban  con  cierto 
disimulo  y  extrañó  aire  de  discreción,  y  hasta  de 
impaciencia,  agregaré,  como  si  mi  entrada  al  sa- 
lón hubiese  interrumpido  el  relato  de  una  grave 
historia.  ¡Me  explico  por  qué  los  semblantes  re-  ^ 
velaban  tan  distintas  impresiones,  y  fluía  miste- 
rio de  los  ojos  y  corrían  frases  singulares  en  el 
círculo !  Empiezo  á  sospechar  que  fueran  el  tema 
tus  amores,  es  decir,  lo  sensacional  y  reciente, 
que  otros  comentan,  expurgan  y  critican  antes 
que  aquel  á  quien  interesan  haya  podido  penetrarse 
bien,  muchas  veces,  de  la  importancia  ó  trascen- 
dencia de  sus  actos. 

—  Tal  vez.  No   sería  eso   tampoco  de   extra- 


454  £.  ACSVEDO  DÍAZ 


ñarse;  lo  que  voy  á  referirte  no  es  ya  un  secreto, 
para  los  que  pudieran  interesarse  en  conocerlo. 
Cuando  el  rigor  del  destino  abruma,  nada  escapa 
á  los  vientos  de .  la  publicidad,  ni  el  sollozo  ín- 
timo que  se  confía  al  silencio  y  á  la  noche.  De 
tal  modo  las  alegrías  ó  los  infortunios  de  un 
solo  ser,  traen  consigo  mismos  un  rumor  que 
al  propagarse,  se  entra  en  todas  las  almas,  y  des- 
pierta cien  ecos,  como  el  cuerpo  vivo  que  al  rodar 
de  lo  alto  de  una  montaña  arranca  con  sus  vo- 
ces en  las  concavidades  y  vacíos,  lo  único  que  el 
desierto  puede  dar,  en  su  alivio:  inútiles  y  vagas 
repercusiones! 

Sincero,  apasionado,  henchido  de  esperanzas, 
y  de  fe — ¡cual  se  está  una  vez  siquiera  en  la 
vida! — yo  he  sido  á  mi  regreso,  ese  viajero  que 
pierde  pie  en  la  cumbre  al  fin  de  la  ímproba 
jornada  y  vese  arrastrado  en  la  caída,  sin  fuer- 
zas ni  voluntad  para  asirse  á  los  arbustos  espi- 
nosos que  cubren  el  áspero  declive. 

¿  Recuerdas  que  más  de  una  vez  hemos  depar- 
tido acerca  de  la  causa  que  podía  obrar  en  el 
ánimo  de  la  señora  de  Nerva  para  hacer  oposi- 
ción á  mis  pretensiones? 

—¡Sí! 

—  Pues  bien:  de  esa  causa  he  de  enterarte 
ahora. 

En  la  ausencia  no  dejó  ella  de  preocuparme, 
sin  conseguir,  sin  embargo,  dominar  mi  espíritu, 
que  dividía  su  actividad  entre  las  atenciones  pro« 


BREKDA  455 

; \  ■  ,  ■  . 

pias  de  mis  tareas,  y  las  memorias  del  amor  en 
las  horas  de  descanso,  bajo  la  tienda  del  cam- 
pamento. 

Pero  lo  cierto  es  que  fué  indispensable  una 
escena  violenta,  á  mi  regreso,  para  que  yo  ad- 
virtiera el  error  en  qiie  vivía,  y  de  la  poca  im- 
portancia que  había  dado  á  aquella  conducta, 
ó  al  móvil  que  la  aconsejaba.  Me  penetré  recién 
del  alcance  de  la  duda  ó  incertidumbre  que  me 
asaltó  alguna  vez,  y  deseché  luego,,  cuando  al 
recordar  uno  de  mis  hechos  pasados, — precisa- 
mente el  del  fatal  secreto,  —  creí  descubrir  en  él 
cierta  relación  misteriosa  con  los  sencillos  re- 
cuerdos de  Brenda  sobre  la  muerte  de  su  pa- 
dre. 

¿  Podía  yo,  acaso,  por  vagas  presunciones,  ren- 
dirme á  la  terrible  evidencia  de  haber  causado 
su  orfandad?  ni  ¿cómo  esperar,  en  mi  tranquili- 
dad de*  espíritu  al  respecto,  que  más  tarde  de  Se- 
lis  me  arrojara  el  apostrofe  de  matador,  firme  y 
resueltamente  ? 

—  Luego,  ¿eso  era  cierto? — preguntó  Zelmar 
con  estupor,  recalcando  en  cada  una  de  sus  pa- 
labras. 

—  Amarga  verdad,  —  dijo  Raúl;  —  hace  años, 
en  un  lance  de  la  guerra  civil,  lance  singular  é 
inesperado,  yo  di  muerte  á  un  adversario  cuyo 
nombre  he  conocido  recién  ^hora:  ese  adversa- 
rio era  el  coronel  Pedro  Delfor,  padre  de  Brenda. 

Zelmar  se  quedó  aturdido,  mirando  á  su  amigo 
ao 


456  £.  ACEYEDO  DÍAZ 


fijamente,  sin  desplegar  los  labios.  Parecíale  aquello 
extraordinario  é  inaudito. 

—  Por  qué  causas,  y  en  qué  sitio,  lo  sabrás 
pronto,  —  continuó  Henares.  —  Antes  quiero  refe- 
rirte lo  acaecido  ayer  en  casa  de  la  señora  de 
Nerva,  adonde  me  trasladé  dos  horas  después  de 
mi  llegada  á  Montevideo.  De  ese  instante  data 
este  pesar. 

Bafil  recobró  su  serenidad  y  fuese  recogiendo 
en  sí  mismo,  callado  y  serio,  como  sucede  cuando 
se  someten  todas  las  facultades  del  espíritu  al  es- 
tudio de  un  tema  arduo  y  complicado. 

Su  amigo  hizo  un  fiel  relato  de  los  hechos, 
que  él  escuchó  atentamente. 

Así  que  hubo  concluido,  Raúl  agregó : 

—  Debo  ahora  enterarte  del  episodio,  que  á  tra- 
vés de  los  años,  viene  á  ejercer  tan  grave  in- 
fluencia en  mi  destino.  Deseo  que  lo  conozcas  en 
todas  sus  circunstancias  y  detalles,  y  lo  juzgues 
con  la  mayor  severidad  de  conciencia,  si  consi- 
deras que  así  debes  hacerlo,  desligándote  por 
un  momento  del  estrecho  vínculo  amistoso  que 
nos  une.  A  nadie  lo  he  revelado,  y  serás  tú  el 
único  que  lo  recibas  en  confidencia. 

¡Cuan  lejos  estaba  yo  de  imaginarme  en  la 
época  en  que  se  consumó  el  hecho,  —  sin  mayor 
trascendencia  entonces,  —  que  él  llegaría  á  deci- 
dir de  mi  suerte  en  lo  futuro,  como  si  constitu- 
yera un  delito  expiable  y  ominoso! 

Después  de  meditar  mucho  sobre   ese   suceso. 


BRENDA  457 

he  inferido  la  situación  difícil  del  que  escribe  his- 
toria al  ligar  circunstancias  y  escenas  separadas 
por  el  tiempo,  que  coinciden  y  se  traban  para 
poner  de  relieve  el  espíritu  y  tendencias  de  una 
época  sin  confundir  las  causas  primitivas  con  lo 
derivado,  y  dar  la  razón  de  episodios  dramáticos 
cuando  no  de  hechos  extraordinarios,  que  hagan 
surgir  del  olvido  las  pasiones  de  los  hombres,  más 
poderosas  á  veces  que  las  ideas.  La  verdad,  que 
es  su  luz,  suele  perderse  en  los  fondos  ya  sin 
ecos  del  pasado ;  y  ¡  cuánto  tino  y  sagacidad  deben 
emplearse,  al  ahondar  y  escudriñar ! 

—  Algo   análogo    sucede    al   anatómico,  —  ob- 
'  servó  Bafil,  como  hablando  consigo  mismo,  —  que 

busca  en  labor  delicada  y  paciente,  y  logra  al 
fin  coger  con  la  pinza,  entre  carnes  trituradas  y 
deshechos  tejidos,  el  extremo  de  la  arteria  que 
desangra. 

—  Sí,  —  prosiguió  Raúl,  reuniendo  sus  recuer- 
dos,—  paso  á  buscar  el  perdido  eslabón,  trans- 
portándome para  ello  al  tiempo  de  los  entusias* 
mos  ardientes,  ó  edad  en  que  nada  se  rehusa, 
cuando  una  grande  ilusión  de  la  patria,  pura  y 
radiante,  llena  todo  el  espíritu  de  ideales  y  de 
ensueños,  y  confunde  en  estrecha  alianza  las 
últimas  inocencias  del  niño  con  las  primeras  pa- 
siones del  hombre. 

Pero,  ante  todo,   lee   estas  líneas   que   escribí 
hace  años,  y  que   he  hallado  entre  mis  papeles. 
Así  que  concluyas,  reanudaré  el  relato. 


458  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Y  Raúl  dio  á  su  amigo  unas  cuantas  páginas 
manuscritas,  que  en  la  noche  había  colocado  en 
la  mesa,  después  de  pasar  por  ellas  su  vista  con 
precipitación  febril. 

Zelmar  las  desdobló  silencioso,  y  se  puso  á  leer. 


XXXIV 


EL    EPISODIO 


Épocas  singulares  aquéllas,  de  agitación  y  de 
conflicto  acompañadas  siempre  de  hermosos  es- 
pejismos é  imágenes  de  luz,  en»  que  la  ardiente 
juventud  confía  en  la  eficacia  del  sacrificio  cruento 
y  sueña  con  la  grandeza  de  una  patria  conce- 
bida fuera  del  campo  asignado  á  la  realidad; 
tiempos  azarosos  de  combate,  en  que  no  son  ex- 
traños los  que  van  al  encuentro  y  en  que  una 
sola  bandera,  flameando  en  ambas  filas,  recuerda 
al  patriotismo  que  ella  ampara  para  todos  á  su 
sombra,  el  mismo  derecho  al  aire,  á  la  tierra  j 
al  fuego! 

En  una  de  esas  épocas  nos  encontrábamos,  y 
se  desenvolvía  un  drama  sangriento;  grave  que- 
rella de  familia,  conflicto  entre  hermanos,  que  la 


BRENDA  *  459 


razón  no  había  podido  dirimir  y  se  relegaba  al 
juicio  de  Dios;  —  no  á  semejanza  de  dos  paladi- 
nes, en  los  cantos  de  la  epopeya,  que  embrazando 
la  adarga  se  acometen  y  pelean  vestidos  de 
bronce,  sin  levantarse  las  celadas,  por  la  sola 
dignidad  de  la  cimera,  sino  cara  á  cara,  en  nom- 
bre los  unos  de  sinceros  extravíos,  y  los  otros 
de  castos  ideales  y  nobilísimos  ensueños. 

Todo  el  país  ardía  en  guerra. 

Ibase  á  dar  una  nueva  batalla. 

Los  contendientes  habían  concentrado  todos 
sus  elementos  para  esta  acción  decisiva  y  deter- 
minóse lo  indispensable  para  aguzar  sus  armas, 
como  aseguran  hacen  los  leones  con  sus  garras 
al  salir  de  las  cavernas.  La  .misma  fiebre,  el 
mismo  celo,  idéntico  coraje:  todo  presagiaba  un 
choque  formidable,  y  venían  el  uno  hacia  el  otro 
los  ejércitos,  ora  á  marchas  forzadas  en  columnas 
paralelas,  ora  deteniéndose  ó  retrogradando  en 
batalla  en  busca  de  un  teatro  adecuado  á  la 
tragedia. 

En  ciertos  lugares,  el  repliegue  ó  la  contra- 
marcha de  flanco  se  hizo  difícil,  y  la  evolución 
cesó. 

El  panorama,  á  todos  rumbos,  era  alegre  y 
sonriente:  la  tierra  gorda  y  negra  ofrecía  el 
grano  de  la  abundancia,  sus  sabrosos  frutos  la 
vegetación  arbórea,  franca  hospitalidad  la  man- 
sión del  labrador.  Parecía  aquella  la  región  del 
trigo. 


460  E.  ACBVEDO  DÍAZ 


Un  arroyo  franjeado  por  ligeros  boscajes  ser- 
penteaba al  pie  de  las  cuchillas,  destacándose  en 
forma  de  hilo  plateado  en  pequeñas  planicies,  y 
perdiéndose  en  los  declives  y  hondonadas, — para 
presentar  á  lo  lejos  en  algiin  llano  de  cultivo  su 
doble  festón  de  talas,  sauces  y  espinillos  en  ca- 
prichosas isletas.  En  otra  dirección,  distinguíanse 
árboles  solitarios  junto  á  moradas  humildes,  do- 
radas mieses,  caminos  de  agaves,  grandes  parvas 
amarillentas  y  ganado  doméstico  esparcido  en 
terrenos  de  pastoreo.  La  paz,  la  tranquilidad  y  el 
trabajo  reinaban  en  aquellos  sitios,  hasta  la  lle- 
gada de  los  ejércitos ;  enormes  culebras  de  ani- 
llos de  acero,  que  debían  dejar  á  su  tránsito  sur- 
cos más  profundos  que  los  del  arado,  llenos  de 
un  riego  de  sangre  viril  y  generos¿i. 

En  parajes  semejantes,  ya  acosado  por  el  ca- 
ñón, dio  el  frente  uno  de  los  ejércitos,  como  el 
paladín  que  midiese  campo  y  sujetara  al  corcel, 
haciendo  crujir  al  volver  cara  con  fiero  estridor 
todas  las  piezas  de  su  armadura. 

Nada  más  imponente  y  majestuoso  que  el  mo- 
vimiento de  las  columnas  en  su  desfile  final,  y 
en  la  formación  de  la  línea,  cuando  deslizándose 
por  retaguardia  de  la  cabeza  ó  avanzando  de 
frente  en  perfecta  alineación,  fusiles  al  hombro, 
en  sus  cujas  las  lanzas,  empujados  los    cañones, 

s 

desnudas  las  espadas,  desplegadas  las  banderas, 
batientes  los  tambores,  —  las  dos  masas  preparan 
el  encuentro  llenas  de  fe  y  de  brío,  buscando  el 


BRENDA  4G1 

4  — 

plano  donde  harán  pie  firme  hasta  destrozarse 
con  el  plomo  y  el  acero. 

Tendiéronse  ambos  contendientes  formando  pa- 
ralelas ;  batallones  al  centro  y  fuertes  baterías  de 
campaña,  caballería  en  las  alas  compacta  y  nu- 
merosa, con  reservas  sobre  los  bagajes  y  tren  ro- 
dante. Algunos  destacamentos  de  cazadores  apo- 
yaban los  flancos,  y  otros  hacían  despliegue  al 
frente  en  guerilla,  preparando  con  sus  descargas 
aisladas  el  sangriento  drama. 

Alineados,  en  descanso,  resueltos,  en  un  terreno 
desfavorable  en  parte  para  la  maniobra,  espera- 
ban la  palabra  de  orden.  Eran  como  dos  nubes 
sombrías  cargadas  de  electricidad,  cuyo  choque 
inevitable  debía  producir  la  catástrofe  al  soplo 
de  aciagos  vientos ;  ó  encelados  colosos,  acos- 
tumbrados á  recibir  nuevas  fuerzas  de  la  madre 
tierra  en  la  caída,  prontos  á  lanzarse  el  uno  so- 
bre el  otro  para  renovar  con  vigor 'increíble  un 
combate  perdurable! 

Ya  algunos  cuerpos  humanos  tendidos  aquí  y 
acullá  sobre  la  línea  de  la  escaramuza  preliminar 
en  ambas  avanzadas,  inmóviles  y  yertos  marca- 
ban los  vacíos  hechos  por  el  plomo  de  las  des- 
cargas:— jalones  de  carne  y  rotos  huesos,. del  que 
debía  ser  para  uno  ú  otro  combatiente  el  campo 
de  la  victoria. 

A  intervalos  de  los  dos  centros  que  se  con- 
templaban mudos,  siniestros  y  airados,  partían 
relámpagos  en  medio  de  espesas  humaredas,  y  el 


462  E.  AGEVEDO  DÍAZ 


hierro  pasaba  rugiendo  por  los  claros  de  las  gue- 
rrillas, abría  brecha  en  la  línea  firme  é  inmóvil 
que  cubría  en  el  acto  el  hueco,  ó  rebotaba  en 
las  colinas  con  choque  estridente  levantando  yer- 
bas entre  una  niebla  de  polvo. 

Entonces  un  clamor  lúgubre  surgía  de  las  ma- 
sas de  las  alas,  compuestas  de  inquietos  escua- 
drones, como  si  la  guadaña  de  la  muerte  hubiese 
girado  vertiginosa  sobre  todas  las  cabezas:  vi- 
braba sonoro  en  el  espacio  el  toque  del  clarín, 
los  caballos  escarbaban  la  tierra  temblorosos  con 
sus  remos  delanteros,  y  se  sucedía  luego  un  si- 
lencio solemne  al  estampido  del  cañón. 

Cruzaban  errantes  por  la  altura  anchos  girones 
de  •  negros  vapores,  que  ocultaban  de  vez  en 
cuando  un  sol  rojo  y  candente,  á  cuyos  fuegos 
verticales  flameaban  los  aceros  y  sfe  hacían  hor- 
nillos, boinas,  gorras  y  morriones. 

Estremecifnientos  misteriosos  recorrían  la  línea. 

I  Quizás  cruzaban  por  delante  de  ella  hablando 
á  cada  combatiente  en  lenguaje  seductor,  los  ge- 
nios sonrientes  del  hogar  tranquilo,  los  recuerdos 
alados,  las  claras  visiones  de  otros  días,  llenos 
de  promesas  y  amores  venturosos:  toda  una  vida 
pasada,'  bella,  fascinadora,  adorable,  con  sus  go- 
ces, esperanzas  y  amarguras !  ¿  Por  qué,  sino, 
estaban  los  rostros  pálidos,  los  ojos  brillantes  y 
febriles,  entreabiertos  los  labios,  las  manos  ner- 
viosas, aunque  altivo  y  resuelto  el  continente? 
Es  que  oreaba  todas  las  sienes  el  aura    fatídica 


BRENDA  463 


que  precede  al  horror  de  la  pelea,  buscando  re- 
belar  la  frágil  carne  arrastrada  á  la  boca  de  los 
cañones  por  la  fortaleza  del  ánimo  y  el  senti- 
miento del  honor:  pues  el  exponer  la  vida  por 
el  mismo  amor  que  se  le  tiene,  es  la  prueba  de 
los  valientes. 

En  esa  hora  precursora  de  la  gloria  ó  del  se- 
pulcro ¡cuántos  detalles  conmovedores  se  ofrecen 
á  la  vista !  El  veterano  de  faz  curtida  examina 
melancólico  la  caja  de  su  fusil,  y  prueba  luego 
si  encaja  bien  la  bayoneta  destinada  á  abrirle 
pas'j  en  lo  recio  del  entrevero ;  el  joven  soldado 
encomienda  al  compañero  en  caso  de  suerte  más 
feliz,  un  tierno  adiós  á  la  madre  afligida  que  le 
espera ;  el  bizarro  oficial  se  acuerda  de  su  novia 
al  colgarse  del  carpo  la  dragona,  que  ella  anudó 
entre  lágrimas  y  sonrisas  en  el  puño  de  su  es- 
pada ;  las  espuelas  del  lancero  valeroso  hacen 
música  de  trémulos;  el  artillero  apoyado  en  el 
mango  del  escobillón,  calcula  las  trayectorias  de 
las  bombas  enemigas  y  el  blanco  probable  de 
sus  gruesos  proyectiles ;  el  porta  imberbe  con- 
templa la  bandera  emblema  de  leyendas  cuyo 
astil  mantiene  con  orgullo,  y  tiembla  á  la  idea 
de  que  se  rompa  como  el  hilo.de  su  vida  en  mi- 
tad de  la  batalla;  el  clarín  prueba  la  emboca- 
dura de  su  instrumento  cual  si  nunca  hubiese 
arrancado  de  él  una  nota  guerrera,  y  el  tambor 
con  los  palillos  en  la  boca  ajusta  los  parches 
de  su  caja,  presintiendo  ya  cercano  el  momento 


464  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


grrave  del  redoble.  Esta  conmoción  natural  del 
soldado,  minutos  antes  de  romperse  el  fuego,  nu- 
bla también  la  frente  del  más  bravo  sableador 
que  haya  abortado  la  leonera  de  los  caudillos. 

Es  entre  el  humo  de  la  pólvora  y  el  choque 
furioso  de  las  armas,  que  la  fibra  del  valor  fuerte 
y  templada  como  una  hoja  de  Toledo,  realiza 
prodigios,  levantando  el  rugido  del  hombre  sobre 
el  fragor  de  la  metralla,  y  más  altos  que  el 
egoísmo  y  el  peligro,  ideales  y  creencias,  pasio- 
nes y  fanatismos,  dignos  de  la  leyenda  de  vie- 
jas y  embravecidas  luchas. 

A  aquellos  estremecimientos  en  la  línea  sigue 
bien  pronto  un  pequeño  avance,  y  luego  un  nuevo 
alto  fatídico.  Acórtanse  distancias.  Las  relucien- 
tes filas  de  fusiles  de  pistón,  los  guías  tremolan- 
tes en  los  extremos  de  los  batallones,  las  ban- 
deras de  blancas  moharras  y  soles  de  oro,  las 
lanzas  enhiestas  con  sus  medias  lunas  y  airosas 
banderolas,  los  estandartes  de  seda  y  dorados 
borlones  flotando  entre  el  haz  de  los  aceros  y 
corceles  de  batalla,  —  todo  se  agita  de  improviso 
á  la  voz  de  los  caudillos,  que  en  breves  y  enér- 
gicas arengas    arrastran  las  huestes  á  la  acción. 

Estréchanse  las  filas,  baten  los  tambores  paso 
redoblado,  muévese  la  dura  recta  entre  músicas 
marciales,  llenan  los  aires  aclamaciones  soberbias, 
sables  y  lanzas  se  agitan  ^destellantes,  y  á  dis- 
tancia fija,  —  en  que  el  plomo  puede  encontrar 
la  entraña,  —  la  marcha  cesa,  inclinanse    las    ar- 


BRENDA  465 


mas  en  plano  bruñido  y  luminoso,  y  una  ser- 
piente de  fuego  se  extiende  á  lo  largo  del  muro 
humano,  con  estrépito  comparable  al  chisporroteo 
de  un  voraz  incendio  en  los  bosques. 

Percíbese  apenas  entre  la  baja  atmósfera  de 
pólvora  que  rasa  la  tierra  en  nutridas  volutas  el 
pie  de  los  combatientes,  ante  los  que  salpica  el 
plomo  ó  revienta  la  granada  esparciendo  el  es- 
trago en  las  filas  y  derribando  intrépidos  solda- 
dos, que  quedan  tendidos  con  el  puño  enhiesto 
y  la  pupila  enorme,  entreabiertos  los  labios  por 
el  último  grito  que  en  medio  del  coraje  sorpren- 
dió la  muerte.  De  vez  en  cuando  vense  pliegues 
de  banderas  entro  el  humo,  cual  fugitivas  ráfagas 
de  ruborosa  gloria,  o  brillar  las  espadas  de  los 
jefes  detrás  de  las  líneas,  que  recorren  á  saltos 
prodigiosos  sus  bridones,  ó  lucir  los  uniformes  á 
manera  de  confusos  iris  en  un  caos  de  vapores 
que  ruedan  en  veloces  espirales,  ó  estallar  en  cien 
fragmentos  los  armones  y  cureñas  al  choque  de 
las  bombas  que  cruzan  el  campo  de  batalla  como 
bólidos  encendidos  en  rápidas  parábolas  á  través 
de  la  humareda. 

Los  centros  pugnan  por  ganar  á  palmos  el 
terreno  ondulando  con  los  movimientos  propios 
del  vientre  de  un  reptil,  ante  la  violencia  del  hu- 
racán de  fuego  y  plomo  que  los  abrasa  y  ani- 
quila. En  medio  del  suelo  de  la  lidia  está  la 
llave  de  la  victoria. 

En  tanto  los  clarines    han  resonado  con   agu- 


466  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


das  notas  en  las  alas,  y  se  precipitan  á  la  carga 
los  fieros  regimientos  en  unidos  escalones,  al 
viento  el  estandarte,  las  lanzas  enristradas,  corta 
la  brida,  haciendo  retemblar  la  tierra  á  su  pasaje 
con  el  estridor  de  una  tromba,  —  para  estrellarse 
con  los  del  opuesto  bando,  disolverse,  y  confun- 
dirse en  revuelta  brega.  Torneo  sin  cotas,  sin 
yelmos  ni  broqueles,  brazo  á  brazo  y  hierro  á 
hierro,  en  que  no  es  sólo  la  fe  política  la  que 
alienta  el  brío  de  los  campeones,  que  se  buscan, 
se  llaman,  se  insultan,  se  acometen  en  tumulto, 
clavándose  ea  las  moharras  y  medias  lunas  en 
nombre  de  ún  agravio,  de  un  mártir,  de  un  re- 
cuerdo, hasta  cubrir  el  suelo  de  cuerpos  destro- 
zados y  miembros  palpitantes  sobre  los  que  han 
de  pasar  los  dispersos  á  rienda  suelta,  sin  oídos 
para  el  lamento  ni  piedad  para  el  amigo.  Los 
moribundos  se  incorporan  por  esfuerzo  supremo 
y  vuelven  á  caer  bajo  los  cascos  de  los  caballos 
que  corren  despavoridos  resoplando  con  las  na- 
rices dilatadas  en  medio  del  tropel,  ora  sin  ji- 
netes, que  han  lanzado  de  la  montura  en  el  en- 
trevero, ya  arrastrando  de  los  estribos  en  masas 
informes  los  carabineros  desarzonados  en  el  cho- 
que formidable,  ora  embistiendo  lacerados  por  la 
espuela  el  obstáculo  imprevisto  ó  el  profundo 
barranco  en  que  ruedan  y  se  trituran  caballo  y 
caballero. .  . . 

Se  estaba  en  las  horas  ardientes   de  la   lucha 
y  de  las  cargas  dignas  de  la  trompa  épica,  si  la 


BRENDA'  467 


alta  poesía  pudiera  alzar  sus  cantos  en  homenaje 
á  un  heroísmo  partido  en  dos  por  el  furor  de 
los  hermanos. 

Los  regimientos  disueltos  en  el  choque,  se 
agrupan  y  escalonan  al  toque  del  clarín ;  sucé- 
dense  las  refriegas,  los  retos,  los  lances  singulares; 
y  á  la  caída  de  un  valiente  se  arremolinan  los 
jinetes  en  redor,  formando  con  sus  rejones  tin- 
tos como  una  clava  de  guerra,  en  instante  en 
que  estalla  la  granada  sobre  el  sitio  y  con  su 
lluvia  de  mortíferos  cascos  reduce  el  grupo  de 
centauros  á  un  solo  hacinamiento  de  míseros  des- 
pojos. En  el  extremo  opuesto,  las  bayonetas  se 
defienden  de  las  lanzas  y  han  caído  algunos  es- 
calones ;  pero  los  que  vienen  detrás  se  abalanzan 
en  el  furor  de  la  carga  y-  chocan  contra  el  cuadro, 
donde  pierde  el  caballo  su  valeroso  caudillo:  la 
infantería  cede  como  una  pared  que  se  agrieta  y 
desmorona,  los  escuadrones  se  precipitan  por  la 
abertura  con  la  fuerza  del  torrente,  y  mientras 
vuelve  un  grupo  hacia,  tierra  las  bocas  de  sus 
fusiles,  desaparece  la  avalancha  á  retaguardia  en- 
volviendo el  mrque  y  las  reservas  en  pavoroso 
desorden. 

Había  llegado  á  su  período  álgido  la  fiebre 
de  la  pelea.  La  atmósfera  estaba  saturada  de 
pólvora,  y  el  ruido  era  imponente.  Uno  que  otro 
son  de  corneta,  surgiendo  en  forma  de  nota  ais- 
lada, se  imponía  apenas  al  estruendo  de  la  fusi- 
lería y  de  los  bronces. 


468  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


En  tales  momentos,  recibí  orden  de  trasmitir  la 
de  avance  por  el  flanco  derecho,  al  jefe  de  dos 
escuadrones  de  reserva,  que  debían  encontrarse 
algunos  centenares  de  metros  á  retaguardia. 

Cuando  azucé  mi  cabalgadura  se  veían  en  to- 
das direcciones  cruzar  como  veloces  fantasmas, 
amigos  y  adversarios ;  vibraban  los  laques  en  los 
aires  con  lúgubre  silbido,  enroscándose  al  caer 
cual  culebras  de  tres  cabezas  en  los  transidos 
corvejones;  y  en  las  altas  yerbas  chamuscadas 
por  el  taco  ardiendo,  vagaban  sin  rumbo  carros 
y  furgones,  destruidos  los  arreos,  desbocados  los 
troncos  y  salpicadas  las  ruedas  con  la  sangre  de 
los  heridos.  Algunas  balas  encadenadas  traspa- 
sando la  línea  en  diversas  trayectorias  y  prolon- 
gado ronquido,  picaban  *las  lomas  lejanas  espar- 
ciendo en  las  alturas  espigas  y  terrones,  para  ir 
á  sepultarse  con  sordo  golpe  en  las  faldas  de 
las  cuchillas. 

A  mitad  de  mi  carrera,  una  ancha  zanja  casi 
oculta  por  altos  cardizales  contuvo  el  ímpetu 
del  caballo,  que  se  abalanzó  de  costado,  bufando 
ruidosamente.  Allí  habían  caído  confundidos,  ma- 
chucados y  cubiertos  de  sangre  varios  soldados 
de  caballería  dispersa,  que  alcanzó  en  su  fuga 
un  tarro  de  metralla  á  la  orilla  del  barranco  en 
que  se  detuvieran,  —  sembrando  el  sitio  de  terce- 
rolas de  cazoleta,  dagas  y  astillas    de   lanzones. 

A  algunos  metros  de  aquel  osario,  sobre  una 
pendiente  suave  se  debatía  por  incorporarse,  co- 


BREN^DA  469 


gido  como  lo  estaba  por  su  cabalgadura,  un  ne- 
gro ya  viejo,  cuya  lanza  de  clavo  hundida  por 
el  regatón  en  el  cieno  de  la  cuenca  denunciaba 
á  lo  lejos  con  su  banderola  triangular  un  sitio 
de  catástrofe.  Este  soldado  estaba  ligeramente 
herido  en  la  cabeza,  con  una  pierna  debajo  del 
caballo ;  y  tanto  él  como  los  que  yacían  en  la 
fosa,  pertenecían  á  un  escuadrón  que  había  ban- 
deado la  línea  en  medio  del  desorden,  para  ser 
víctimas  de  uno  de  los  proyectiles  de  su  propia 
artillería  que  sobrepasaban  el  blanco. 

Escogí  aquel  lugar  para  mi  pasaje.  En  mo- 
mentos que  me  aproximaba,  uno  de  los  perse- 
guidores disperso  á  su  vez  en  el  frenesí  de  la 
carrera,  echaba  pie  á  tierra  con  ánimo  de  ulti- 
mar al  adversario,  cuyo  alazán  postrado  por  la 
fatiga  y  el  golpe,  sacudía  sus  cascos  en  el  aire 
amenazando  aplastarlo  con  su  peso.  Ante  la  ma- 
nifestación de  aquellos  instintos  que  sólo  debie*- 
ran  revelarse  en  la  pelea,  nunca  en  el  triunfo, 
me  indigné  increpando  al  soldado  su  conducta: 
contestóme  con  una  risa  feroz;  exigí  con  vehe- 
mencia; la  daga  brillaba  desnuda:  piqué  espue- 
las cuando  el  victimario  ponía  el  pie  en  el  declive, 
pero  en  vez  de  darle  de  punta  con  la  espada 
que  llevaba  en  la  diestra,  lancé  sobre  él  mi  ca- 
ballo derribándole  sin  sentido  á  un  golpe  de 
los  encuentros.  Socorrí  en  seguida  al  ginete  negro, 
que  arrojaba  gritos  de  gozo,  más  bien  parecidos 
á  alaridos ;   y   el   cual   saltó   con  la  agilidad  que 


470  E.  ACEVEDO  DfAZ 


da  el  temor  sobre  su  alazán,  ya  de  pie,  aleján- 
dose después  de  agitar  su  sombrero,  sin  preo- 
cuparse de  recoger  la  lanza  clavada  en  la  pen- 
diente. 

Toda  esta  escena  duró  pocos  segundos. 

Pdt  mi  parte,  castigando  recio,  salí  de  la  hon- 
donada; salvé  los  agaves  del  linde  opuesto,  y 
me  lancé  por  uno  de  los  senderos  de  un  campo 
cultivado.  Algunos  minutos  duró  el  impetuoso 
galope.  Me  había  alejado  ya  bastante  del  sitio 
del  combate,  sin  alcanzar  á  distinguir  la  tropa 
de  reserva ;  y,  suponiendo  al  fin  que  se  hubiese 
replegado  hacia  la  margen  del  arroyo,  no  muy 
distante  á  mi  izquierda,  me  apresuré  á  explo- 
rarla desde  una  alta  loma. 

Pero  fué  en  vano.  Los  escuadrones  habían 
mudado  sin  duda  de  posición  para  evitar  ser 
envueltos  en  la  vorágine,  así  que  fueran  acu- 
chillados los  fugitivos  por  la  caballería  vence- 
dora; evolución  oportuna,  según  pude  verificarlo 
pronto. 

El  suelo  retemblaba  bajo  el  galope  furioso  de 
los  regimientos  enemigos  en  desbande.  Cuando 
volví  el  rostro  divisé  bien  cerca  grandes  grupos 
de  ginetes,  á  toda  brida,  tendidos  sobre  el  cue- 
llo de  sus  corceles,  la  espuela  en  los  ijares  y 
empuñados  los  sables  curvos  en  actitud  de  dar 
frente  para  tentar  fortuna  con  la  última  carga. 

Oíase  á  lo  lejos  como  una  diana  de  victoria, 
roncos  toques  de  clarín  mezclados  á   espantosos 


BRfiNDA  471 

•clamoreos.  El  horizonte  cubierto  de  cúmulos  som- 
bríos, parecía  surcado  de  fuegos  eléctricos,  á  se- 
mejanza de  los  que  brillan  al  declinar  la  tarde 
^n  una  tempestad  de  verano. 

Zumbábanme  los  oídos,  y  sentía  las  sienes 
caldeadas  por  la  fiebre. 

Ya  no  podía  retroceder  sin  ir  á  perderme  os- 
curamente en  el  entrevero  formado  á  mis  espal- 
das por  los  que  fugaban. y  perseguían,  ciegos  y 
aterrados  los  unos,  los  otros  frenéticos  é  impla- 
cables; el  arroyo  no  ofrecía  paso  hasta  aquella 
altura,  y  resolví  buscarlo  más  abajo,  en  un  claro 
^le  árboles  que  desde  mi  posición  percibía  é  in- 
dicaba la  existencia  de  un  vado. 

Abí  era  en  realidad.  A  pocos  metros,  un  her- 
moso edificio  se  erguía  dominando  las  dos  orillas, 
y  acaso  los  más  apartados  terrenos,  desde  un 
alto  mirador. 

Apenas  detuve  el  galope,  se  abrieron  de  sú- 
l)ito  las  hojas  de  un  balcón  que  enfrentaba  el 
arroyo,  apareciendo  en  él  una  dama  anciana,  quién 
tendió  el  brazo  hacia  mí  con  ansiedad,  dirigién- 
dome frases  que  no  pude  percibir  distintamente. 
Por  un  momento  permanecí  perplejo:  pensé  en 
^1  móvil  piadoso  de  las  buenas  almas,  y  lo  agrá- 
decí  en  aquellas  horas  de  peligro.  Pero,  no  podía 
detenerme  sin  faltar  á  mis  deberes  un  minuto  más. 

En  truenos  redoblados  me  llegaba  el  ruido  de 
la  batalla;  balas  perdidas  y  sin  fuerza  salpica- 
l)an  en  los  trigos,  y  casi  encima  de  mí  resonaban 

31 


472  K.  ACEVEDO  DÍAZ 


violentas  detonaciones  de  los  que  defendían  su 
vida  en  el  desbande.  No  había  que  hesitar. 

El  declive  era  suave,  y  bajé  al  galope. 

A  los  dos  lados  se  elevaban  algunos  sauces 
llenos  de  frescura  y  de  verdor:  el  vado  estaba 
al  frente.  Mi  caballo  se  entró  en  el  agua  lodosa 
dando  resoplidos  de  ardiente  sed;  pero  ya  en 
el  medio  levantó  de  pronto  la  cabeza,  sacudiendo 
las  crines. 

Era  que  otro  ginete  acababa  de  penetrar  por 
el  extremo  opuesto,  quien  al  divisarme,  sujetó 
las  bridas  sin  volverse. 

Involuntariamente  recordé  á  la  dama  del  edi- 
ficio, que  dejaba  á  mis  espaldas,  y  deduje  la 
razón  de  su  ansiedad  y  de  su  llamado. 

El  que  tenía  delante  era  un  hombre  de  porte 
altivo,  barba  negra,  vivaz  mirada  y  ademán  enér- 
gico. Traía  una  divisa  con  lema  de  oro  distinta 
á  la  que  yo  llevaba,  sable  á  la  cintura,  y  lanza 
con  virolas  de  plata,  bien  plantado  en  la  silla, 
que  oprimía  los  lomos  de  un  fogoso  tordillo  ne- 
gro. 

Eramos  adversarios.  Nos  miramos  breve  ins- 
tante en  silencio,  con  esa  sorpresa  natural  en 
todo  encuentro  imprevisto;  y  acaso  esperando  que, 
lejos  de  nuestras  respectivas  hneas  donde  el 
mismo  ardor  estimula  los  hombres  al  combate 
y  los  hace  insensibles  al  exterminio  cierta  con- 
ciencia de  su  irresponsabilidad  en  la  acción  co- 
lectiva;— lejos  de  allí,  donde  no  es  la  intención 


BRENDA  473 

calculada  y  fría  la  que  mata,  sino  las  pasiones 
en  conjunto  y  en  común  excitadas,  hasta  el  punto 
de  ignorarse  á  qué  cuerpo  irá  la  bala,  cuando 
se  ataca  la  pieza  ó  se  muerije  el  cartucho;  —  le- 
jos del  fuego  que  se  expande  y  comunica  en  la 
multitud,  haciéndola  sentir  como  un  solo  corazón 
y  agitarse  como  un  solo  brazo,  depondríamos 
nuestras  diferencias,  en  holocausto  á  esa  idea  de 
justicia  que  reposa  en  el  fondo  de  nuestro  ser, 
oprimida  por  las  demás,  pero  que  al  surgir  é 
imponerse  á  los  rencores  y  á  los  instintos  nos 
humilla  en  la  intimidad  de  su  confidencia  ha- 
ciéndonos verdaderamente  humanos! 

No  parece  que  él  pensara  así.  La  sorpresa  duró 
poco.  Impulsáronle  quizás  mi  juventud  temprana, 
su  hábito  de  mando,  su  dominio  sobre  la  hueste, 
que  el  prestigio  arrastra  y  el  ceño  del  caudillo 
impone;  y  amagándome  con  su  lanza,  me  intimó 
que  le  abriese  camino,  ó  me  rindiera.  Ni  una,  ni 
otra  cosa  era  posible.  Yo  tenía  que  pasar  forzo- 
samente. Advertido  de  esta  decisión,  precipitó 
su  tordillo  negro  sobre  mí  con  el  mayor  denuedo, 
obligándome  á  apoyar  grupas  contra  los  árboles 
para  evitar  con  el  ímpetu  del  encuentro  el  ser 
arrancado  de  la  silla. 

Apenas  amartillé  la  pistola  que  llevaba  al  arzón, 
el  hábil  ginete  se  inclinó  sobre  el  cuello  de  su 
caballo,  infiriéndome  una  lanzada  en  el  brazo 
izquierdo  que  alcanzó  á  la  cruceta  del  hierro. 
Hice  fuego   entonces,   manteniendo  con  esfuerzo 


474  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


mi  posición  en  la  montura.  El  adversario  dejó 
caer  su  lanza,  deslizóse  por  un  flanco^  destilán- 
dole de  la  frente  un  hilo  de  sangre,  mientras  su 
corcel  asustado  daba  un  gran  bote  y  huía  arras- 
trando del  estribo  el  cadáver  entre  un  torbellino 
de  espuma. . . . 

Zelmar  en  esta  parte  de  su  lectura,  levantó 
la  vista  impresionado,  y  miró  á  su  amigo  en  si- 
lencio, pasándose  las  manos  por  las  sienes. 

Raúl,  que  había  estado  leyendo  en  su  sem- 
blante y  seguido  con  interés  la  vuelta  de  las 
páginas,  alargó  el  brazo,  y  sustrajo  suavemente 
el  manuscrito,  que  Bafil  dejara  un  momento  en 
sus  rodillas,  diciendo: 

—  Te  enterarás  después  de  lo  que  sigue.  Creo 
que  ya  has  leído  todo  lo  que  puede  rozarse  con 
el  hecho  grave  que  nos  preocupa. 

Aclararé  un  detalle:  el  ginete  negro  era  Zam- 
bique, — el  liberto  senil  que  en  otros  días  has 
visto  pasar  por  delante  de  la  quinta,  con  su  cesto 
de  fresas.  Este  ser  oscuro  y  humilde  que  fué 
mudo  testigo  de  mis  amores  y  fiel  esclavo  de 
su  reina,  ya  no  existe. 

¿Necesitaré  nombrarte  á  la  dama  de  la  casa 
de  campo,  y  al  bizarro  caudillo  muerto  en  el 
vado? 

—  Infiero  que  la  dama  fuese  la  señora  de  Nerva, 
y  Delfor,  el  caballero  —  contestó  Zelmar  medita- 
bundo.—  ¡Bravo  problema,  destino  raro,  singular 
leyenda! 


BRENDA  475 

Tras  de  estas  palabras  se  dirigió  á  la  ventana, 
y  paseando  una  mirada  por  la  campiña,  se  puso 
á  recitar  en  voz  grave  y  lenta  una  estrofa  del 
Ariosto. 


XXXV 


COMENTARIO 


Raúl  le  observaba  con  los  brazos  cruzados 
sobre  el  pecho  y  el  ceño  adusto,  en  esa  actitud 
pasiva  del  que  experimenta  todo  el  rigor  de  un 
hecho  incontrastable. 

De  pronto,  Zelmar  se  volvió  diciendo: 

— El  precedente  histórico  de  que  acabas  de 
enterarme,  hace  fuerza — ¡por  mi  vida! 

Pero,  no  me  parece  el  caso  de  rendirse  á  dis- 
creción. 

Consideremos  el  hecho  de  una  manera  aislada, 
trasladémonos  al  instante  mismo  en  que  se  con- 
sumó, desligándolo  de  su  afinidad  absoluta  con 
Brenda:  ¿qué  dice  tu  conciencia? 

—  Me  absuelve, — repuso  Raúl  con  calma. 

—  ¡Ya  es  mucho  1  Toda  la  dificultad  —  que  es 
seria  —  consistiría  en   llevar   esa   conciencia   á   la 


476  £.  AGEVEDO  DÍAZ 


mujer  que  amas.  Del  punto  de  vista  legal,  la  cues- 
tión no  admite  duda:  la  sentencia  sería  absolu- 
toria. 

—  Lo  reconozco.  En  el  caso  faltó  la  voluntad 
criminal  que  hace  odiosa  la  culpa.  Una  ley  preexis- 
tente á  las  escritas  armó  mi  mano,  porque  estaba 
en  mi  misma  naturaleza,  y  mé  lo  exigía  en  nom- 
bre de  su  conservación.  Agredido  con  riesgo  in- 
minente, estrechado  en  el  vado  por  un  fuerte  ad- 
versario, los  dos  á  solas,  inhibido  de  retroceder  so 
pena  de  morir  de  una  manera  oscura  y  miserable, 
el  lance  fué  de  defensa  legítima  y  necesaria. 

—  Por  otra  parte  una  aventura  de  guerra, 
—  observo  Zelmar ;  —  y  los  que  en  ella  se  lan- 
zan, no  ignoran  que  al  final  se  encuentra  el 
sepulcro  ó  el  laurel.  Es  un  dilema  de  hierro, 
dos  extremos  distintos,  pero  muy  cercanos  como 
la  punta  y  la  cruz  de  una  espada.  Advierte 
también  que  en  aquellos  instantes  tenías  un  de- 
licado deber  que  cumplir,  aunque  fuera  haci- 
nando cadáveres ;  complemento  notable  á  tu 
favor.  El  deber  militar  en  lances  tan  supremos, 
es  más  inexorable  que  la  rueda  de  una  pieza  á 
todo  el  correr  del  tiro  que  buscando  posición, 
estruja  y  mutila  heridos  y  moribundos,  sorda 
como  el  bronce,  inflexible  como  la  muerte  que 
oculta   en  su  ánima    sombría. 

Del  punto  de  vista  moral,  ó  á  faz  de  tus  amo- 
res, el  hecho  cambia  de  aspecto.  Me  imagino  el 
dolor  de  Brenda,  sobrecogida  á  un   paso  de   su 


BBENDA  477 


dicha  por  una  revelación  semejante,  la  lucha  tenaz 
-entre  el  recuerdo  y  la  pasión,  el  deber  y  el  sen- 
timiento, disputándose  un  predominio  imposible 
por  ahora,  si  hemos  de  creer  que  el  cariño  filial 
subsiste  en  la  intensidad  de  sus  ternuras  y  el 
amor  ha  seguido  en  ella  un  crecimiento  noble 
sólo  propio  de  los  seres  elevados.  Me  figuro  su 
aspecto  físico,  su  quebranto  visible,  sus  espasmos 
y  soledades  cual  sucede  en  las  grandes  tribulacio- 
nes, en  que  no  se  piensa  ni  se  descansa,  sino  que 
se  sueña  ó  se  delira ;  en  que  la  idea  semejante 
á  un  ave  que  no  se  posa,  se  alza,  desciende,  gira, 
se  complace  en  su  tormento  mientras  dura  la  exci- 
tación del  cerebro ;  y  deduzco  de  todo  esto,  que 
la  misma  gravedad  de  las  circunstancias  te  im- 
pone el  deber  de  esperar. 

No  hay  duelos  que  resistan  al  tiempo,  ni  obs- 
táculos insuperables  para  un  amor  verdadero. 
La  tendencia  irresistible  á  expulsar  el  temible 
huésped  del  dolor  aproxima  á  la  dicha  suspirada, 
aunque  quede  alguna  raíz  de  la  pena. 

Pero  la  persuasión  no  será  obra  exclusiva  del 
tiempo,  sino  tuya  también .... 

— Mía,  ¿has  dicho? 

—  ¡  Sí !  En  tu  lugar  yo  conservaría  toda  mi  fe, 
y  andaría  paciente  sobre  la  arena  circundada  de 
oscuros  horizontes,  convencido  de  llegar  al  fin 
al  oasis. 

Si  ella  recogiera  alguna  vez  de  tus  labios  la 
narración  del  episodio,  llegara  quizás    á    conmo- 


478  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


verse  lo  bastante  para  no  consentir  que  tú  enju- 
garas sus  lágrimas  y  calmaras  su  aflicción ;  por- 
que al  ser  verídico  y  sincero  hallarías  en  su 
ánimo  más  que  la  resistencia  tristemente  severa 
de  la  huérfana,  el  arranque  espontáneo  y  gene- 
roso de  la  mujer  sensible,  de  la  mujpr  que  en 
su  amor  primero  ha  sufrido  por  tu  culpa  sin  que 
tú  la  hayas  engañado. 

Raúl  se  incorporó  en  su  asiento  con  los  ojos 
brillantes;  y  tendiendo  el  brazo,  lleno  de  an- 
siedad : 

—  ¿Crees  eso  posible?  —  preguntó. 

—  Sin  que  me  asalten  dudas.  Agrega  una 
circunstancia  deplorable,  que  preveo,  y  sobre  la 
que  tú  mismo  no  habrás  dejado  de  meditar:  la 
de  la  muerte  de  la  señora  de  Nerva  en  plazo 
más  ó  menos  breve,  según  los  informes  que  me 
fueron  trasmitidos  por    Areba. 

Te  impondré  de  ellos.  En  la  junta  de  faculta- 
tivos realizada  ayer,  el  resultado  fué  de  v  funesto 
augurio.  Ningún  remedio  sería  bastante  heroico 
para  combatir  el  vicio  orgánico:  la  hipertrofia 
llevaba  rápidamente  la  enferma  á  su  terminación 
fatal.  Era  cuestión  de  días,  quizás  de  horas. 

Tendría  derecho  á  presumir,  por  mi  parte,  des- 
pués de  haberte  oído,  que  una  violenta  escena 
íntima,  coincidiendo  con  la  que  tuviste  con  de 
Selis  por  la  misma  causa  y  sobre  el  mismo 
hecho  en  la  habitación  de  la  enferma  haya  in- 
fluido de  un  modo  considerable  en  su  grave  es- 


BRENDA  479 


tado  físico;  y  á  ser  cierta  esta  sospecha, no  de- 
beríamos extrañar  el  inmediato  desenlace. 

Calcula  sus  efectos.  La  muerte  de  su  protec- 
tora afligirá  á  Brenda  en  la  medida  de  sus  an- 
teriores infortunios;  pero,  al  quedar  de  nuevo 
sola  en  el  mundo,  ha  de  sentir  la  necesidad  de  un 
consuelo  que  nadie  podrá  ofrecerle,  sino  aquel 
que  la  hizo  llevar  luto  desde  su  primera  juven- 
tud, y  que  es  precisamente  el  que  ella  ama  y 
no  olvidará  un  instante  en  la  soledad  de  su  do- 
lor. Estarás  presente  en  su  espíritu  y  contigo  ha 
de  soñar;  te  acariciará  á  toda  hora,  preguntán- 
dose qué  pena  ha  de  imponer  por  una  culpa 
inexpiable  á  su  noble  caballero,  besándote  en  el 
misterio  sin  permitir  que  tú  la  beses,  y  gozándose 
en  los  deliquios  indecibles  que  la  ilusión  crea 
en  los  grandes,  perdurables  amores. 

¿  Deseabas  que  te  hablase  así  ? 

—  ¡  Oh,  gracias  amigo  mío !  —  exclamó  Raúl  con 
gratitud.  —  Tus  palabras  me  llenan  de  dulces  es- 
peranzas. ^ 

Pero,  —  añadió  con  acento  bajo,  —  ellas  irradian 
al  penetrar  en  mi  espíritu,  para  desvanecerse  como 
hermosos  juegos  de  luz  al  frío  soplo  de  la  reali- 
dad .  ,  .  .    ¡  Paréceme  imposible ! 

—  ¿Imposible?  No  lo  veo  así.  No  se  trata  de 
la  Yocasta  de  Edipo,  ni  de  la  Jimena  de  Cor- 
neille,  —  á  quien  el  gran  trágico  exhibe  en  la 
terrible  actitud  de  tender  la  mano  al  matador 
de  su  padre,  mientras    llevan  á  éste   al    cemen- 


480  E.  ACEVEDO  DÍAZ 

terio ;  de  su  padre,  á  quien  el  amante  mata,  sa- 
biendo que  lo  era !  Tu  situación  moral  es  dis- 
tinta, y  el  hecho  en  que  se  funda  natural  y  ló- 
gico por  las  contingencias  del  conflicto  en-  que 
se  produjo. 

Los  años  pasan  sobre  esa  aventura  de  guerra 
civil,  el  acaso  te  acerca  á  la  huérfana,  inter- 
viene una  pasión  robusta,  y  cuando  sueñas  con 
realizar  tus  votos,  se  rompe  un  secreto  que  de- 
bió guardar  la  piedra  de  la  .tumba:  —  ¡tú  eras  el 
causahte  de  esa  orfandad ! 

Mas  como  todo  daño  se  indemniza  y  todo  in- 
fortunio se  compensa,  por  ley  natural  cuando  no 
escrita,  siempre  que  dos  organismos  selectos  se- 
pan compenetrarse,  infundirse  el  uno  al  otro  .sus 
noblezas  y  abnegaciones  profundas,  ¿  por  qué 
dudar  Brenda  de  la  dicha,  y  tú   de  su  perdón? 

Raúl  estrechó  la  mano  de  su  amigo  con  cariño, 
diciendo,  .entre  alentado  y  vacilante : 

—  Lo  meditaré. 

Mi  voluntad  es  fuerte;  pero  toda  su  energía 
no  basta  á  arrancarme  en  pocas  horas  esta  im- 
presión penosa. 

—  No  lo  niego ;  y  difícil  sería  que  otro  en  tu 
caso  dejara  de  doblegarse. 

Cuando  la  metralla  destroza  á  un  héroe  la^ 
dos  tibias,  no  es  cierto  que  su  bravura  acalle 
por  completo  los  gritos  de  la  carne:  la  entrfiña 
se  encoge  y  el  tronco  se  retuerce. 

Hay  sufrimientes    morales    que    superan    á  la 


BRENDA  481 

congoja  del  héroe.  Pero,  sin  ellos,  ¿habría  seres 
superiores  ? 

Empieza  á  meditar,  amigo   mío,  y  adiós. 

Sabes  que  un  compromiso  serio  reclama  mi 
presencia  á  esta  hora  en  cierto  sitio. 

Cuenta  conmigo  después.  Confío  hallarte  más 
tranquilo  y  mejor  dispuesto  á  mi  vuelta.  ¡  Alza 
corazón ! 

Los  dos  jóvenes  volvieron  á  oprimirse  sus 
manos,  sonriendo. 

Raúl  acompañó  á  Zelmar  hasta  la  puerta,  de- 
seándole un  feliz  éxito  en    la  misión  profesional  . 
recomendada  por  Areba. 

Bafil  dio  orden  á  su  cochero  de  conducirlo  á 
la  calle  de  Médano_s,  á  una  casita  solitaria,  de 
propiedad  de  la  señorita  de  Linares,  situada 
cerca  de  la  costa. 

A  pesar  de  los  primeros  tortuosos  trayectos, 
la  distancia  podía  ser  fácilmente  recorrida  una 
vez  que  hubiese  entrado  el  carruaje  en  la  calle 
de  CeboUatí.. 

Zelmar  miró  su  reloj.  Marcaba  las  cuatro  y 
media. 

—  Te  doy  quince  minutos,  —  dijo  al  cochero. 

El  coche   arrancó  con  la    mayor  celeridad. 


482  £.  ACEYEDO  DÍAZ 


XXXVI 


AUTOPSIA 


El  trágico  íin  de  Gerardo  y  Cantarela  sor- 
prendió á  la  señorita  de  Linares  en  medio  de 
los  graves  conflictos  por  que  pasaban  los  mora- 
dores de  la  casa-quinta  de  Nerva. 

El  señor  Perea  le  llevó  la  noticia  en  el  acto 
que  llegó  á  su  conocimiento,  penetrado  como  lo 
estaba  del  especial  interés  de.  la  joven  por  la 
suerte  de  la  infeliz  pescadora. 

No  se  hallaba  ella  preparada  para  esta  im- 
presión, y  por  lo  mismo  hubo  de  conmoverse 
hondamente. 

Pensó  en  Zelmar.  . . . 

El  joven  médico  debía  llegar  en  ése,  ó  al 
siguiente  día. 

Es  justo  que  asista  á  sus  exequias,  —  se  dijo 
Areba. 

A  él  se  debe  la  extinción  de  una  familia.  ¿  Qué 
mucho  qué  sufra  un  poco  ?  ¡  Hay  expiaciones 
severas  para  los  delitos  que  la  ley  no  pena,  y 
en    cuyo  rigor  no  creen  los   soberbios! 


BRENDA  483 

La  justicia  había  intervenido,  instruyendo  un 
sumario.  Depusieron  en  él  los  que  habían  retirado 
los  cuerpos  de  la  red  corvinera;  pero  en  sus  de- 
claraciones se  limitaron  á  los  hechos  producidos, 
hasta  el  instante  en  que  Gerardo  se  dirigió  á  las 
pesqueras  con  la  joven.  No  olvidaron  consignar 
que  su  infortunado  compañero  padecía  de  mal  ca- 
duco, desde  algún  tiempo  atrás,  y  que  en  el  día 
del  suceso  estaba  muy  pálido  y  abatido. 

El  cadáver  de  Cantarela  exhibía  signos  elo-. 
cuentes  de  un  crimen ;  y  á  los  efectos  de  un  in- 
forme médico- legal  indispensable,  designáronse 
dos  facultativos,  que  deberían  expedirse  en  el 
acto  de  practicada  la  autopsia. 

Uno  de  ellos  era  de  Selis.  Areba  le  manifestó 
su  deseo  de  que  coadyuvara  al  informe  el  doc- 
tor Bafil,  qvie  acababa  de  rendir  sus  brillantes 
pruebas  en  Buenos  Aires,  y  cuyo  regreso  se  es- 
peraba en  esos  momentos ;  para  lo  cual  ella  re- 
cabaría su  aquiescencia,  en  la  seguridad  de  no 
ser  desoída.  De  Selis  defirió  cortesmente. 

¿Podía  acaso  rehusarse  á  nada  de  lo  que  le 
pidiese  Areba,  á  cuyas  hábiles  maniobras  debía 
el  haber  asestado  un  golpe  mortal  á  Raúl,  y  de 
cuyos  efectos  una  y  otro  se  prometían  incalcu- 
lables ventajas  en  beneficio  de  sus  pasiones? 

Para  la  operación  del  reconocimiento  científico, 
Areba  había  cedido  la  pequeña  casa  de  que  he- 
mos  hecho  mención,  y  adonde  fué  trasladado  el 
cadáver  de  Cantarela,  el  día  del  suceso,  por  la 
noche. 


484  E.  ACEYEDO  DÍAZ 


Con  ese  objeto,  se  arregló  urgentemente  una 
pieza  espaciosa  con  ventanas  al  patio,  bañada  de 
luz  profusa,  proveyéndola  de  los  muebles  y  úti- 
les indispensables. 

El  cuerpo  estaba  sobre  una  mesa  de  piedra 
blanca  y  lisa,  cubierto  con  un  paño,  del  que  se 
exhalaban  sutiles  aromas,  como  si  todo  lo  hu- 
biese preparado  una  mano  de  mujer. 

Veíase  en  el  suelo  un  ataúd  forrado  de  negro 
con  chapas  de  bronce,  y  encima  de  él,  una  co- 
rona de  cuentas  negras  sin  iniciales  ni  lazos  de 
moaré;  sencilla  ofrenda  anónima,  allí  arrojada 
por  el  deber  piadoso. 

Cuando  Zelmar  llegó,  de  Selis  y  el  otro  mé- 
dico, —  que  era  un  hombre  serio  y  frío,  barbicano, 
de  pocos  cabellos,  frente  amplia  y  mirar  firme  y 
sereno,  —  examinaban  atentamente  la  cabeza  y 
cuello  de  la  víctima. 

De  Selis  tenía  los  brazos  remangados.  Sobre 
una  silla  se  veía  abierta  una  caja  de  .  cirugía, 
llena  de  esos  delicados  instrumentos  de  acero 
tan  límpidos  como  un  cristal  de  toca,  que  en  la 
mano  suave  y  segura  de  un  hábil  profesor,  pa- 
recen convertirse  en  apéndices  metálicos  de  sus 
nervios  tranquilos  ó  de  sus  dedos  de  mujer,  que 
aunque  las  toquen,  nunca  ajan  las  rosas. 

Había  sobre  la  ancha  mesa,  al  lado  del  cadáver, 
un  bisturí  y  un  cuchillo  pequeño  propio  para  el 
corte  de  partes  blandas,  que  no  debía  emplearse 
hasta  la  llegada  de  Zelmar. 


BRENDA  4S5 

Al  ruido  de  sus  pasos,  sus  dos  colegas  salie- 
ron al  encuentro,  y  cambiáronse  entre  ellos  los 
saludos  y  obligadas  frases  de  estilo.  Bafil  pidió 
disculpa  por  el  retraso  de  cinco  minutos  sufrido; 
y  dejando  sobre  un  mueble  su  sombrero,  tiró  de 
los  guantes  de  hilo  que  cubrían  sus  manos,  avan- 
zándose unos  pasos  hacia  la  mesa,  donde  fijó  su 
mirada  rápida  é  inteligente. 

La  vividez  de  la  luz  solar  ponía  de  relieve  las 
menores  líneas  y  detalles  de  la  cabeza  de  la 
muerta. 

Al  principio,  —  tan  desfigurada  estaba, — Bafil 
mantuvo  su  mirada  aguda,  profunda,  clavada  en 
aquella  cabeza,  como  inquiriendo  en  sus  perfiles 
la  razón  de  la  sorpresa  que  le  sobrecogía;  pero 
luego  que  dio  un  paso  más,  maquinalmente,  y 
arrancó  con  increíble  ligereza  el  paño  que  encu- 
bría el  tronco,  algo  semejante  á  una  conmoción 
eléctrica  crispó  todos  sus  nervios,  y  ahogó  un 
grito  en  su  garganta,  que  trascendió  en  forma 
de  espiración  ronca  y  violenta. 

Los  otros  médicos  se  miraron. 

Zelmar  permaneció  inmóvil,  con  la  vista  fija 
en  la  mesa.  Estaba .  yerto.  La  sangre  se  había 
retirado  de  la  periferie,  y  refluía  á  su  corazón  á 
saltos  tumultuosos,  al  punto  de  sentirse  casi  ven- 
cido, por  un  instante,  aquel  temperamento  enér- 
gico y  varonil  capaz  de  resistir  entero  las  más 
fuertes  luchas,  los  más  serios  sinsabores  presen- 
tidos, pero  no  lo  imprevisto! 


486  £.  ACEYEDO  DÍAZ 


La  cabeza  de  Cantarela,  —  el  semblante  her- 
moso que  él  había  llenado  de  caricias  en  sus 
horas  voluptuosas  de  muy  cercanos  días,  —  pre- 
sentaba un  aspecto  lúgubre  y  horrible. 

TQnía  la  boca  casi  abierta,  las  encías  y  los  la- 
bios amoratados,  saliente  la  extremidad  de  la 
lengua,  de  un  color  negro  de  crespón;  las  nie- 
jillas  cubiertas  de  manchas,  los  ojos  fuera  de  ór- 
bitas, la  frente  sajada,  —  cual  si  en  ella  hubiese 
alguno  trazado  círculos  con  la  punta  de  un  pu- 
ñal. Todos  los  signos  imborrables  de  una  muerte 
violenta  se  descubrían  en  aquel  rostro  alterado, 
que  era  apenas  un  trasunto  irónico  del  semblante 
encantador  del  hada  de  las  costas.  ¡Qué  expre- 
sión desesperada  en  esta  máscara  verdinegra ! 

Un  brazo  había  quedado  encogido,  y  la  mano 
parecía  llevar  sus  dedos  al  cuello,  en  parte  cir- 
cuido de  manchas  violáceas;  la  piel  de  las  sie- 
nes presentaba  pequeñas  heridas  de  labios  ó  bor- 
des incoloros,  sin  duda  por  la  acción  del  agua 
marina ;,  el  seno  estaba  intacto. 

De  Selis  se  fué  acercando  á  la  mesa;  y  cre- 
yendo interpretar  el  pensamiento  de  Zelmar,  des- 
pués de  seguir  su  mirada  penetrante  y  escudri- 
ñadora, se  apresuró  á  decir: 

—  Observa  Vd.  el  cuello.  En  realidad  he  no- 
tado también  ahí  las  huellas  de  una  mano,  que 
debe  haber  sido  de  un  vigor  nada  común.  Exa- 
mine Vd.  de  más  cerca,  y  podrá  percibir  las  se- 
ñales de  los  dedos:   aquí  se  han    cerrado   como 


BRENDA  4S7 

grandes  pinzas  de  acero,  hundiéndose  en  los  te- 
jidos y  oprimiendo  la  tráquea,  hasta  producir  la 
asfixia. 

Diré  á  Vd.  Esta  Joven  convalecía  de  una  fuerte 
fiebre  que  la  postró  por  algún  tiempo,  y  su 
físico  se  encontraba  muy,  delicado  y  débil  en  los 
momentos  en  que  fué  víctima  de  una  venganza, 
al  parecer.  Tuve  oportunidad  de  asistirla  en  su 
dolencia.  A  mérito  del  régimen  prescrito,  hacía 
ayer  su  primer  ejercicio  en  una  barca  por  el  río, 
acompañada  del  pescador  que,  con  la  de  ella, 
concluyó  su  vida.  Según  mis  datos,  este  pesca- 
dor padecía  de  epilepsia .... 

Zelmar  interrumpiéndole,  sin  prestar  atención 
á  sus  palabras,  le  miró  de  una  manera  que  hubo 
de  inspirarle  inquietud.  El  joven  esforzó  una  son- 
risa, murmurando: 

—  ¡Asfixia  por  estrangulación! 

Su  acento  era  extraño.  Parecía  hablar  consigo 
mismo,  sin  preocuparse  para  nada  de  la  presen- 
cia de  sus  dos  colegas. 

Sus  ojos  volvieron  luego  á  fijarse  con  honda, 
insistencia  en  las  facciones  de  la  muerta,  y  al- 
gunas frases  entrecortadas  salieron  como  soplos 
de  su  boca ;  verdaderos  desahogos  de  un  sollozo, 
dominado  én  su  intensidad  por  un  esfuerzo  su- 
premo. 

—  Nótanse  lesiones  interesantes, — dijo  el  mé- 
dico de  la  barba  cana,  —  en  los  parietales ;  muy 
especialmente,  en  el  izquierdo.  Se  reconoce  á  pri- 

32 


488  E.  AGEVEDO  DÍAZ 


mera  vista  que  la  cabeza  ha  sido  sacudida  con- 
tra un  objeto  sólido  y  consistente,  tal  vez  contra 
las  banquetas  de  las  bandas  ó  las  barras  del 
lastre,  y  esto  ha  debido  suceder  cuando  la  víc- 
tima sostenía  lucha  con  el  que  la  oprimía  ya  el 
cuello  con  la  fuerza  de  una  tenaza.  Advierta  Vd. 
la  pobición  de  ese  brazo,  enarcado  y  contraído, 
y  los  rasguños  en  los  dedos ;  la  víctima,  obluc- 
tando  enérgicamente,  parece  haberse  desgarrada 
la  piel  con  sus  propia^s  uñas.  En  el  parietal  iz- 
quierdo se  percibe  un  ligero  hundimiento. 

—  Cortaremos  en  esa  parte  la  cabellera,  —  re- 
puso de  Selis,  —  antes  de  sajar  la  piel  del  cue- 
llo. Creo  que  el  examen  debe  empezar  por  las 
lesiones  del  cráneo. 

En  seguida  extrajo  de  la  caja  una  tijera. 
Bafil  se  puso  bien  cerca  de  la  mesa,  más  repo- 
sado y  frío,  y  dijo  con  acento  firme: 

—  ¡  Ni  cortar,  ni  sajar! 

De  Selis  se  quedó  mirándole,  con  el  instrumento 
cortante  en  la  mano,  y  pasaYido  los  dedos  de  la 
otra  por  sus  hojas,  —  un  tanto  scwprendido. 

—  Es  necesario  en  mi  concepto, — objetó. 

—  Pero  no  en  el  mío. 

De  Selis  se  encogió  de  hombros;  el  otro  mé- 
dico movió  la  cabeza. 

Ambos  cambiaron  una  mirada  de  inteligencia. 

—  Opino  como  el  doctor  de  Selis,  —dijo  aquél, — 
y  aun  cuando  el  señor  discrepe,  el  cometido  im- 
puesto debe  cumplirse  de  una  manera  concien- 
zuda. 


BRENDA  489 

— ¡Es  elemental! — exclamó  de  Selis,  sonriendo 
con  cierta  ag^itación  nerviosa,  y  llevando  la  mano 
á  la  espléndida  cabellera  de  la  muerta. 

— Está  de  más  la  lección, — repuso  Zelmar  con 
la  frente  nublada  y  el  labio  trémulo; — mis  mo- 
tivos tendré  para  oponerme  á  que  se  profane 
ese  cadáver.  ¡Absténgase  Vd.  de  cortar! 

— ¡Caballero! 

—  ¡Extraña  conducta! 

— ¡Pese  á  los  dos! — prorrumpió  Bafil;  —  me 
opongo,  y  no  se  ha  de  hacer. 

De  Selis  puso  un  gesto  desdeñoso,  é  introdujo 
la  tijera  en  el  cabello. 

Zelmar,  rápido  y  osado,  dejó  caer  su  mano 
fornida  y  potente  como  una  zarpa  leonina  sobre 
la  de  Lastener,  arrancándole  el  instrumento;  en 
tanto  que  le  azotaba  el  rostro  con  los  guantes, 
cogidos  por  la  otra  de  las  bordillas. 

De  Selis  intentó  arrojarse  sobre  él,  iracundo ; 
pero  el  médico  grave  é  impasible  de  la  barba 
cana,  colocóse  en  medio,  y  alzó  su  voz  diciendo : 

—  ¡Nada  de  pugilato  indigno,  en  nombre  de 
la  ciencia!  Tiempo  sobra  para  lavar  ofensas,  y 
nunca  es  tarde  para  el  desagravio. 

Nuestra  misión  ha  concluido,  doctor  de  Selis ; 
respetemos  la  razón  íntima  y  secreta  que  puede 
haber  impulsado  á  este  caballero  á  oponerse  de 
un  modo  violento  al  examen  sesudo  y  científico 
del  cadáver;  pero  declinemos  en  él  también 
nuestra  responsabilidad  por  completo,    desligan- 


490  E.  AGEVEDO  DÍAZ 


donos  en  este  acto  mismo  de  un  compromiso  eno- 
joso. ¡Dígnese  Vd.  acompañarme!] 

Zelmar^  de  brazos  cruzados  junto  á  la  muerta, 
pálido  y  resuelto,  miraba  con  altivez  á  su  adver- 
sario. 

De  Selis  arrastrado  algunos  pasos  por  su  co- 
lega que  le  había  asido  fuertemente  del  brazo, 
obligó  á  éste  á  detenerse  un  instanjte,  y  dirigién- 
dose á  Bafíly  dijo,  reprimiendo  i  sus  arranques  de 
reconcentrada  cólera: 

—  ¡  Nos  volveremos  á  encontrar  mañana,  si  su 
coraje  tanto  rebosa! 

—  ¿A  qué  hora,  y  dónde? 

—  A  las  diez,  en  Toledo. 

—  ¡  Allí  estaré ! 

Los  dos  médicos  salieron. 

Cuando  Zelmar  se  vio  solo,  pasóse  la  mano 
por  la  frente  cual  si  pretendiera  calmar  así  el 
rigor  de  su  neg^a  pesadumbre. 

A  ella  se  impuso  su  fortaleza  de  ánimo,  y  re- 
flexionó. 

Reconocía  á  Areba  en  aquel  golpe  rudo, — 
¡el  designio  oculto,  quizás!  —  á  que  se  había 
referido  Raúl  por  intuición,  cuando  le  hablara  él 
de  sus  esperanzas.  El  convencimiento  llegaba  de 
súbito,  y  era  eficiente;  no  debía  persistir  más. 
Areba  no  podía  amarle;  en  cambio,  él  se  encon- 
traba en  aptitudes  de  destruir  todos  sus  proyec- 
tos. ¿De  qué  manera?  Lo  dirían  al  día  siguiente 
el  valor  y  la  destreza. 


BRENDA  491 


En  tanto,  |  qué  trágico  fin  el  de  la  pobre  Can- 
tarela !  Allí  estaba  rígida  y  yerta,  pareciendo  que 
la  habían  puesto  un  antifaz  horrible,  —  \  ella,  tan 
hermosa,  apasionada  y  ardiente  I 

Contemplábala  sombrío. 

Aquellos  ojos  saltados  y  vidriosos,  que  otrora 
trasmitiesen  á  los  suyos  el  dulce  fluido  del  amor, 
aquella  boca  que  quemó  la  de  él  con  fuego  inex- 
tinguible, aquellas  manos  que  jugaron  con  sus 
cabellos  temblantes  de  ternura,  aquel  cuerpo  es- 
belto y  flexible  que  ella  dio  en  canje  de  su  ca- 
riño y  aquella  cabellera  de  ondina,  negra  y  pro- 
fusa en  que  se  envolviera  su  busto  mórbido  en 
las  noches  de  deliquio, —  ¡qué  aspecto  lúgubre  pre- 
sentaban ! 

No  piído  el  joven  resistir  por  mucho  tiempo 
el  desnudo  realismo  de  este  cuadro ;  y  cubriendo 
con  la  manta  los  despojos,  de  allí  se  arrancó  vio- 
lentamente. 


492  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


XXXVII 


SOLILOQUIOS 


En  la  noche  del  mismo  día  en  que  ocurrió  el 
incidente,  Areba  esperaba  la  visita  del  doctor 
de  Selis.  con  esa  natural  impaciencia  de  la  que 
ha  madurado  un  plan  interesante  y  se  promete 
un  éxito  satisfactorio. 

Paseábase  por  el  gran  salón  de  recibo,  hala- 
gada por  cierto  contentamiento  íntimo  al  acor- 
darse de  Zelmar,  é  invadida  por  contradictorias 
dudas  y  opuestas  emociones  al  hacer  memoria 
de  Raúl. 

Las  pretensiones  de  Bafil  respecto  á  ella  no 
se  conciliaban  con  su  actual  estado  de  ánimo; 
aparte  de  que,  siendo  él  el  amigo  preferido  de 
Henares,  y  por  lo  mismo  el  depositario  de  sus 
confidencias,  convenía  alejarle  de  la  escena,  des- 
pués de  someterlo  á  una  prueba  de  conciencia 
y  á  un  severo  desengaño.  Este  alejamiento,  en 
concepto  de  Areba,  debía  seguirse  á  la  impre- 
sión grave,  presumible,  ante  el  cadáver  de  Can- 
tarela, á  quien  él  juzgaba  llena  de  fuerza,  loza- 


BREKDA  493 

■  ■Hi  ■         ■     II  1  ■  ■    II  I    !■  ■■  M|— •ii>iin    — B  _■■ ■•■MiBiii.K    11  II    ■■■    ■     ai     ■—^■•iva^-^M 

fiía  y  hermosura  aguardando  su  regreso;  im- 
presión harto  inesperada  y  violenta  para  no  do- 
blegarle y  abatirle,  á  pesar  de  los  bríos  de  su 
carácter  y  de  sus  escépticas  ideas  sobre  la  vida 
mundana. 

Cierto  es  que  Areba,  al  principio,  tuvo  por 
Zelmai;  acentuadas  preferencias,  distinguiéndolo 
entre  sus  adoradores  sin  reserva  alguna;  pero, 
no  lo  era  menos,  que  ese  afecto  especial  había 
empezado  á  decaer  desde  el  lance  en  el  Paso 
del  Molino,  y  concluido  por  extinguirse  al  bro- 
tar la  pasión  real  y  vehemente  engendrada  por 
Raúl  Henares,  más  que  al  trascender  y  divul- 
garse los  ocultos  amores   del  gallardo  libertino. 

Ella  lo  temía  todo  de  su  intimidad  peligrosa 
con  Raúl.  Eliminado,  en  cambio,  de  la  acción ; 
lejos  del  terreno  asignado  al  desenlace  por  ella 
previsto,  fácil  era  que  la  fuerza  misma  de  las 
circunstancias  aproximase  á  Brenda  y  de  Selis, 
é  hiciese  menos  sensible  la  distancia  entre  ella 
y  Raúl! 

Mucho  la  sonreía  esta  ilusión.  Y  ¿por  qué  de- 
jar de  acariciarla  ?  En  el  vestíbulo  de  la  casa  de 
campo,  después  del  encuentro  con  de  Selis,  He- 
nares había  tenido  para  ella  frases  respestuo- 
sas,  suaves,  sin  hiél;  frases  que  aun  resonaban 
en  sus  oídos,  como  los  lamentos  de  Brenda  du- 
rante toda  una  noche.  « Hay  un  principio  de 
justicia, — decía  él,— que  no  permite  condenar  á 
un  reo  sin  oirle Sea  Vd.  piadosa,  si  escu- 
chare que  me  condenan. » 


494  £.  AGEVEDO  DÍAZ 


Y  reproduciendo  estas  palabras  en  su  inte- 
rior, Areba  se  decia  á  su   vez: 

¿Quién  podía  condenarle?  De  labios  de  Brenda 
no  recogfí  un  solo  reproche;  que  para  todo  le 
faltaban  fuerzas,  menos  para  el  sollozo. 

No  era  capaz  de  odiar  un  hombre  que  hablaba 
así.  I  Idea  consoladora,  la  de  no  ser  odiada  I 

Dora  mis  pobres  ensueños. 

Brenda,  en  su  lucha  sorda  con  las  memorias 
venerables  y  el  cariño  y  la  gratitud  del  presente, 
cuando  parece  que  ya  expira  la  que  ha  sido  su 
segunda  madre,  sin  haberla  manifestado  otro 
deseo  que  el  de  una  unión  posible  con  de  Selis, 
quizás  se  incline  á  meditar,  y  bastaría  ese  fenó- 
meno sobre  su  sensibilidad  exaltada  para  que  el 
tiempo  preparase  é  hiciera  menos  duro  el  sacri- 
ficio. 

¿Nada  pueden  y  en  nada  influyen  acaso,  los 
grandes  deberes,  los  vínculos  estrechos  de  san- 
gre, la  voz  del  corazón  que  se  rebela  contra  el 
olvido,  la  pureza  de  alma  que  resiste  á  la  ten- 
tación ? 

Algo  se  debe  conceder  á  la  lógica  de  la  pro- 
pia vida  en  sus  combates  con  el  dolor,  á  la  he- 
rencia, al  orgullo  del  nombre,  á  los  arranques 
naturales,  á  las  exasperaciones  de  un  duelo  pro- 
fundo. 

Verdad  que  Raúl  Henares  no  es  un  delin- 
cuente para  los  demás;  pero,  para  Brenda  no 
puede  dejar  de  ser  nunca  el  matador  de  su  pa- 


BRENDA  495 


dre.  Aquí  está  el  conflicto  sin  término,  el  re- 
cuerdo indeleble,  la  pena  incurable,  Privar  que 
se  acerquen  es  lo  discreto;  será  fatal  que  se 
hablen,  se  consuelen,  se  arrullen  arrastrados  por  ' 
su  destino.  Estos  reencuentros  borran  toda  una  his- 
toria, sin  dejar  de  ella  más  que  la.parte  de  ado- 
rable claridad.  [  Oh  !  ¿  por  qué  no  dudar  ?  Vano 
sería  tal  vez  todo  empeño,  si  se  volvieran  á  ver 
antes  que  de  Selis  recuperase  la  dulce  estima- 
ción que  precede  siempre  al  consentimiento,  se 
esté  ó  no  apasionada.  Sucedería  seguramente  lo 
último,  en  caso  de  que  esa  estimación  rena- 
ciese. 

Pero,  ¿  sería  eso  posible  ?  . . . . 
Areba  se  quedó   pendiente   de  esta   pregunta, 
con  un  dedo  en  los  labios  y  una  sombra   en    el 
rostro.  Tropezaba  con  la    duda    más    seria.    Pú- 
sose luego  á  recordar. 

De  Selis  había  pasado  largas  horas  á  la  ca- 
becera de  la  enferma,  consagrándola  todos  sus 
esfuerzos  con  un  celo  recomendable  ;  y  seguía 
recurriendo  á  los  medios  más  heroicos  para 
arrancarla  á  las  garras  de  la  muerte.  En  sus 
atenciones  con  Brenda,  después  del  encuentro 
con  Raúl,  la  delicadeza  y  el  tacto  exquisito  de 
su  proceder  habían  sido  irreprochables,  hasta  el 
punto  de  haber  merecido  de  la  joven  alguna  pa- 
labra benévola. 

Esa  solicitud  cariñosa  con  la  anciana  y  esa 
conducta  delicada  con  la  huérfana,  podían  cons-' 


496  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


tituir  un  principio  ó  de  reconciliación  ó  de  armonía 
precursora  de  una  tolerancia  amistosa  que  per- 
mitiese esperarlo  toda  de  la  obra  del  tiempo;  y 
de  Selis  tenía  que  desenvolver  la  mayor  suma 
de  habilidad  en  sentido  de  precipitar  esa  acción 
é  inclinar  el  ánimo  de  Brenda  á  una  actitud  re- 
signada con  su  destino  .... 

Así  pensando,  de  pronto  Areba  se  dio  cuenta 
de  la  demora  de  Lastener. 

No  pudo  menos  de  extrañarla,  porque  él  ha- 
bía prometido  estar  allí  á  la  hora  de  costumbre. 
¿Se  hallaría,  acaso,  junto  al  lecho  de  la  señora 
de  Nerva?  Esta  sospecha  tenía  visos  de  fundada. 
El  estado  de  la  anciana  era  gravísimo,  y  exigía 
siquiera  como  un  deber  ó  un  consuelo  un  auxi- 
lio médico  permanente. 

Pero,  Areba  había  resuelto  pasar  esa  noche 
en  la  quinta  como  otras  veces;  y  desde  luego 
su  impaciencia  en  conocer  el  resultado  de  la 
autopsia  del  cadáver  de  Cantarela  y  las  impre- 
siones experimentadas  por  Zelmar,  podría  satis^ 
facerse  en  breves  horas,  así  que  ella  se  avistase 
con  el  doctor. 

Dio  sus  órdenes,  cuando  el  reloj  del  gabinete 
señalaba  las  nueve  y  media. 

Instantes  después  ocupaba  su  carruaje,  en 
compañía  del  señor  don  Leoncio  Perea,  persona 
indispensable  para  todas  las  comisiones  discre- 
tas y  delicadas,  y  por  cuyo  intermedio  la  señorita 
de  Linares  recibía  siempre  los  informes  concien- 


BRENDA  407 

zudos  que  determinaban  sus  actos  decisivos.  Era 
un  edecán  sin  reemplazo  posible,  para  sus  asun- 
tos ínfimos.  Todo  se  le  confiaba,  y  nada  salía 
de  él.  Semejante  á  una  cripta  llena  de  tesoros, 
el  secreto  de  su  boca  sólo  pertenecía  á  Areba. 

Contra  todas  sus  esperanzas,  la  joven  no  se 
encontró  en  la  quinta  con  el  doctor  de  Selis; 
cir¿linstancia  que  no  dejó  de  preocuparla.  La 
enferma  seguía  en  el  mismo  estado. 

Estos  datos  le  fueron  comunicados  á  la  en* 
Irada,  en  donde  ella  se  detuvo,  para  trasmitir 
ciertas  instrucciones  al  señor  Perea. 

Mientras  lo  hacía,  alcanzó  á  distinguir  como 
una  sombra  en  la  ventana  iluminada  de  Raúl, 
que  se  divisaba  claramente  desde  la  verja. 

Areba  sintió  una  emoción  dulce,  extraña,  in- 
definible. ¡Aquella  sombra  debía  ser  la  de  él! 
Parecía  inclinado  hacia  afuera,  inmóvil,  en  po- 
sición de  escuchar  los  ruidos  de  la  noche;  cual 
si  en  ellos  esperase  recoger  algún  eco  intere- 
sante, alguna  nota  expresiva  que  pudiese  partir 
de  la  cercana  vivienda. 

Areba  se  entró,  suspirando. 

La  sombra  que  ella  había  visto,  era  la  de 
Raúl  en  realidad. 

En  toda  esa  tarde,  desde  el  instante  en  que 
le  dejara  Zelmar,  el  joven  ingeniero  no  se  ha- 
bía movido  de  su  gabinete    de  estudio. 

Pasaba  por  esas  transiciones  de  ánimo  y  ese 
estado  de  excitación  que  se  siguen  á  los  grandes 


498  E.  AGEYEDO  DIAZ 


quebrantos^  una  vez  que  el  espíritu  ahonda  el 
problema,  ó  empieza  á  medir  el  alcance  verda- 
dero del  golpe  que  lo  ha  anonadado  en  las  pri- 
meras horas. 

Las  palabras  de  aliento  de  su  amigo  le  habían 
conmovido  apenas;  comprobándose  el  aserto  de 
que  nada  es  tan  difícil  como  llevar  la  persua- 
sión á  un  corazón  lacerado,  y  nada  tan  fácil 
como  la  recaída  en  las  cavilaciones  que  sugieren 
los  intensos  dolores  morales. 

Una  idea  le  mortificaba,  constante  y  cruel, 
una  idea  que  parecía  resumir  toda  su  vida  psi- 
cológica del  momento?  y  esta  síntesis  fatal  de 
sus  devaneos  y  pesares,  era  la  de  que  su  adver- 
sario se  hallaba  en  mejores  condiciones  que  él 
para  aspirar  al  triunfo,  tantas  veces  soñado  y 
apetecido  por  los  dos.  ¿Podía  él  ocultárselo  acaso? 
No.  I  Al  fin,  Lastener  de  Selis  no  era  el  matador 
de  Pedro  Delfor!  Contaba  á  más  con  la  influen- 
cia y  el  beneplácito  de  la  señora  de  Nerva. 

¿  Q^é  grado  de  energía  podía  oponer  la  huér- 
fana á  estas  compulsiones  morales,  que  debían 
obrar  simultáneamente  en  su  espíritu  con  mayor 
fuerza,  en  el  caso  probable  de  muerte  de  su  pro- 
tectora? Todo  bien  considerado,  el  horizonte  pre- 
sentaba oscuras  perspectivas,  ya  que  no  claros 
lincamientos  de  una  solución  cierta  é  inevitable. 

Verdad  que  á  él  le  quedaba  un  recurso  extremo, 
aunque  aleatorio, — recurso  de  fuerza  sometido  al 
azar,  que  siempre  había  desechado  con  levantados 


BRENDA  499 

sentimientos.  Ahora,  el  rigor  de  la  pena  lo  in- 
ducía á  gicaríciarlo  nuevamente,  y  á  forjarse  so- 
bre su  éxito  risueñas  creencias  é  ilusiones. 

No  hacía  cuestión  consigo  mismo,  del  derecho 
que  á  ello  le  asistía:  un  lance  personal  quedaba 
justificado  por  los  mismos  antecedentes  del  an- 
tagonismo con  de  Selis;  lance  cuya  iniciativa  no 
creyó  le  correspondiese,  mientras  pudo  reinar  sin 
sombras  en  el  corazón  de  Brenda,  pero  que,  en 
el  momento  actual,  él  debía  asumir  como  la  única 
actitud  lógica,  conciliable  con  la  gravedad  de 
los  hechos  y  lo  insólito  de  su  posición. 

Para  provocar  ese  lance,  bastaría  un  nuevo 
encuentro,  una  mirada  agresiva,  una  palabra  en- 
conada. ¡Los  dos  guardaban  serios  agravios! 

En  medio  de  su  soliloquio,  Raúl  sintió  que  en  el 
fondo  de  su  ser  se  removían  gérmenes  de  odio; 
y  acusando  á  la  fiebre  que  le  encendía  la  sangre, 
oprimióse  con  ambas  manos  la  frente,  y  fué  á 
apoyarse  en  el  alféizar  de  la  ventana,  ansioso  de 
aspirar  la  fresca  aura  de  la  noche. 

Fué  en  ese  instante,  que  Areba  alcanzó  á 
percibirte. 


504  E.  ACEVEDO  DfAZ 


fres  sensible  quebranto.  Observo  desde  hace  días 
en  tu  rostro,  en  tu  aire,  en  tus  palabras^  en  tu 
figura  misma,  que  pa«as  por  crisis  morales  nada 
convenientes  á  tu  salud;  en  este  momento  estás 
muy  pálida,  Areba ;  y  quizás  me  ocultas  que  no 
te  sientes  bien. 

—  No  lo  creas  — repuso  ella  con  firmeza.  — Efecto 
de  las  veladas.  Aparte  de  esto,  experimento 
emociones  naturales,  sentimiento,  pena,  no  sólo 
por  lo  que  ocurre  en  la  quinta  de  Nerva,  sino 
también  por  el  hecho  inesperado  que  acabas  de 
comunicarme.  De  Selis  era  un  amigo  de  méritos. 

—  Bien  lo  comprendo.  Se  duele  una  por  ac- 
ción refleja,  según  los  términos  de  moda;  y  tal 
me  acontece! 

Con  las  seguridades  que  me  das,  voy  á  de- 
jarte, pues  á  las  dos  debo  hallarme  en  casa  de 
Pepa.  Es  otra  de  las  admiradoras  de  Raúl 
Henares.  ¡Adiós,  querida  amiga!  Deseo  que  te 
tranquilices  pronto,  y  que  cesen  tus   afanes. 

—  ¡  Gracias  1  —  contestó  Areba,  rebosando  de 
amargura. 

Cuándo  Julieta  hubo  salido,  quedóse  mirando 
el  suelo,  grave  é  inmóvil,  cual  si  recién  sintiera 
sobre  sí  el  peso  enorme  de  aquella  catástrofe  no 
incluida  en  sus  cálculos  y  combinaciones. 

¡  Todo  se  derrumbaba  por  su  base  arrastrando 
ensueños  y  esperanzas !  Zelmar  abría  á  su  amigo 
la  puerta  de  la  fe,  batiendo  el  terreno  hasta  de- 
rribar el  obstáculo.    Su  acción  había  sido  profi- 


BRENDA  505 

cua.  ¡Y  era  ella  la  que  la  había  preparado  con 
propósitos  distintos ! .  . .  .  Empezó  por  reconocerse 
impotente  para  jugar  con  pasiones,  á  modo  de 
piezas  de  ajedrez;  á  la  evidencia  estaba  que 
traían  en  último  extremo  lo  imprevisto ;  y  lo 
imprevisto  podía  ser,  como  en  su  caso,  el  es- 
trago y  el  desastre.  Con  la  muerte  de  Lastener 
de  Selis  la  obra  se  destruía  en  el  instante  de 
su  coronamiento ;  Raúl  y  Brenda  volverían  qui- 
zás á  mirarse  sin  zozobras.  Ella  ignoraba,  por  otra 
parte,  qué  grado  de  intensidad  habna  alcanzado 
el  sentimiento  en  el  ánimo  de  la  huérfana  por 
la  revelación  del  secreto ;  después  de  la  violenta 
escena  en  que  esa  revelación  se  produjo,  Brenda 
se  había  reconcentrado  en  un  mutismo  absoluto, 
sólo  interrumpido,  á  no  dudarlo,  por  los  lamen- 
tos y  el  llanto  solitario. 

Pero  ¿quién  podía  leer  en  su  alma?  Si  fuese 
cierto  que  para  los  grandes  amores  no  hay  im- 
posibles, sería  natural  también  suponer  que  en 
el  fondo  de  su  corazón  llameara  el  cariño,  voraz 
é  inextinguible. 

Esta  idea  reagravó  en  Areba  la  tristeza  y  el 
desconsuelo ;  y  sintió  ansias  de  llorar. 

Levantóse  y  anduvo  vacilante  por  el  gabinete 
y  la  alcoba,  sin  saber  lo  que  hacía;  pensando 
en  él,  sintiendo  que  le  amaba  más ;  que  por  ella 
había  expuesto  su  vida;  y  pues  que  era  joven, 
hermosa,  opulenta,  grata  al  beneficio,  él  debía 
haberla  querido ....   á  no  ser  Brenda ! 


506  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Y  esa  odiosa  de  Julieta  que  se  había  estado 
complaciendo  en  hincarla  su  diente  negro  en  el 
pecho  sin  piedad,  empezaba  -á  hacerse  digna  de 
su  menosprecio;  fabricaba  sus  goces  con  el  do- 
lor ajeno.  ¡  Qué  insistencia  en  hablarla  de  Raúl, 
y  qué  intención  pérfida  y  maligna !  Toda  la  hiél 
se  le  revolvía  en  la  sonrisa  y  toda  la  hipocre- 
sía en  los  ojos.  Esta  criatura  iba  degenerando 
sin  escrúpulos,  y  amenazaba  concluir  en  monja 
revoltosa. 

Lastener  muerto ....  ¿  Quién  hubiera  podido 
prever  este  golpe,  de  manos  de  Zelmar  ? 

Raúl  no  se  gozaría  eti  el  hecho,  porque  era 
noble  y  generoso ;  mas  ¡  cuan  dichosa  fuera,  si 
pudiese  leer  en  su  pensamiento  íntimo  en  aque- 
llos instantes ! .  . . .  ¡  Ay,  no,  que  no  habría  para 
ella  ni  un  recuerdo  dulce  y  vago  en  el  fondo 
de  su  alma,  llena  toda  del  esplendor  de  Brenda 
como  de  una  luz  de  estrella! 

Areba  dejóse  caer  en  su  lecho  lentamente,  y 
permaneció  inmóvil,  con  el  rostro  vuelto  hacia 
abajo,  y  las  manos  en  las  sienes. 

Minutos  después,  un  temblor  convulsivo  agi- 
taba su  cuerpo;  y  prorrumpía  en  profundos  so- 
llozos. 

En  esa  misma  hora,  Raúl,  en  posesión  de  la 
grave  noticia,  no  experimentaba  impresiones  me- 
nos amargas;  y  precisamente,  contra  la  sospecha 
de  Areba,  era  ella  la  que  absorbía  su  espíritu. 

Una  carta  de  Zelmar,   que  tenía  en   sus    ma- 


BKBNDA  507 

nos,  se  lo  había  revelado  todo.  Esta  carta  había 
sido  escrita  á  bordo  del  Sénégal,  que  zarpaba 
en  esa  tarde  para  Europa :  era  también  un  adiós 
al  amigo. 

Bafil  describía  á  grandes  rasgos  sus  amores 
con  Cantarela ;  y  luego,  de  un  modo  sucinto,  el 
incidente  imprevisto,  el  duelo  y  la  muerte  de  su 
adversario. 

El  nombre  de  Areba  Linares  se  mezclaba  con 
frecuencia  al  relato,  y  sugería  á  Zelmar  sagaces 
reflexiones,  que  su  amigo  debía  someter  á  una 
meditación  tranquila  en  obsequio  á  sus  planes 
futuros.    Por  lo   demás,  el  terreno  quedaba  libre. 

El  lance  había  sido  rápido,  enconado  y  san- 
griento :  un  asalto,  varios  golpes  de  escuela,  una 
parada  falsa  de  Bafil,  que  facilitó  al  adversa- 
rio correr  el  acero  hasta  el  hombro  en  donde 
dejó  una  línea  de  sangre ;  y  por  último,  en  guar- 
dia baja,  una  estocada  en  el  ijar  —  que  se  diría 
en  esgrima  de  florete,  bote  de  arta  obligada  — 
pasando  el  hierro  visceras  y  entrañas  nobles, 
para  surgir  por  la  espalda  de  Lastener.  Sobre- 
vino una  hemorragia  grave,  y  en  seguida  la 
muerte.  Todo,  en  pocos  minutos.  ¡Diez  bastaron 
para  destruir  la  obra  lenta  y  laboriosa  de  Areba ! 

Zelmar  añadía: 

«  Prescindamos  de  ésta,  que  ha  de  aparecer 
negra  aventura  en  mis  memorias  del  Parque  de 
los  Ciervos.  Abandono  á  la  avidez  y  á  la  saña 
de  los  malevolentes  mi  reputación  envuelta  con 


508  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


los  despojos  de  mi  querida,  para  que  hocen  en 
ella  y  me  fulminen. 

cEl  placer  de  confundirme,  producirá  en  Julieta 
Camandría  un  baile  de  nervios  y  un  cosquilleo 
delicioso  de  lengua  por  dos  meses.  El  vinagre 
cría  vibriones ;  pero  una  mujer  fea  y  mala  propaga 
microbios.  Ya  verás  qué  ruido  ocasionará  su 
trompa,  hasta  aturdir  el  círculo  en  que  nos  hemos 
escaramuzado  con  frecuencia.  Todo  eso  no  puede 
sorprenderte.  En  pos  de  una  caída  todos  se  asoman 
siempre  presurosos  al  borde  del  precipicio,  donde 
resbalara  el  desgraciado;  y  observan  llenos  de 
curiosidad  en  que  actitud  llegará  al  fondo,  ó  en 
qué  risco  se  abrirá  el  cerebelo,  ó  qué  grito  final 
arroja,  que  pueda  darles  luz  sobre  los  móviles 
íntimos ;  pues  la  gracia  del  caer,  proscrita  al  lu- 
chador por  el  gusto  estético  antiguo,  es  también 
impuesta  hasta  en  el  suicidio,  por  la  sociedad 
moderna.  No  sé  si  he  caído  con  gracia;  pero 
me  avanzo  á  asegurar,  que  no  deja  de  tenerla, 
eso  de  concluir  con  un  semillero  de  intrigas  y 
ambiciones,  tan  difíciles  como  un  nudo  de  Gor- 
dium,  con  una  flanconada  formidable. 

«El  hecho  es  que  en  esta  lucha,  á  pesar  de 
todo,  he  conseguido  aprender  á  desconfiar  un 
poco  de  mis  propias  fuerzas.  La  agradezco  este 
progreso ....  En  cuanto  á  Areba,  ¡  espléndida 
mujer !  no  será  esposa  de  nadie,  y  es  ella  misma, 
quien  se  ha  impuesto  esta  pena:  rara,  capri- 
chosa, excéntrica,  vivirá  para  el  huérfano  y  para 


BRENDA  509 


el  mendigo.  Ellos  la  verán  envejecer  y  tal  vez 
llorar  á  la  menor  sensación  de  disgusto;  extremo 
forzoso  á  que  arriba  un  organismo  que  ha  sofo- 
cado sus  expansiones  en  medio  de  los  ardo- 
res de  la  misma  juventud.  Vigílala,  sin  embargo : 
ella  te  ama  con  todo  el  vigor  del  sentimiento, 
y  por  eso  tentó  alejarme  de  la  escena  para  que*- 
darse  á  solas  contigo  y  batir  el  campo  á  de 
Selis,  hasta  estrechar  a  Brenda  entre  el  respeto 
á  su  protectora  y  la  memoria  de  su  padre.  La 
temible  flanconada  vino  en  tu  auxilio.  Comple- 
tará sus  efectos  el  fallecimiento  probable  de  la 
señora  de  Nerva;  pero,  no  olvides  que  Areba 
ha  de  sufrir  cien  vacilaciones  antes  de  abdicar, 
y  que  los  cariños  obstinados  de  una  mujer  inte- 
ligente y  hermosa  suelen  concluir  por  atraer  y 
fascinar  el  corazón  más  duro. 

<  Mi  gira  durará  dos  años.  Voy  resignado.  Es- 
tos contrastes  no  me  abaten  ni  decepcionan.  No 
he  de  buscar,  pues,  cuadros  flamencos,  ni  la  ver- 
dad desnuda  de  las  hojas  del  Aretino  empapadas 
de  lascivia,  ni  los  voluptuosos  delirios  de  Musset, 
ni  las  risas  epilépticas  de  Espronceda  en  el  festín 
de  los  senos  palpitantes  y  de  las  carnes  rosadas 
y  calientes,  ni  las  orgías  en  que  brotan  gritos  de 
adulterio  como  un  adiós  al  amor  que  se  extingue 
y  un  saludo  al  amor  que  viene,  con  pámpanos 
en  vez  de  azahares,  y  caricias  lúbricas  en  vez  de 
castos  besos;  no  he  de  buscar  nada  que  ofrezca 
este  sabor  infernal,  este   prestigio   tentador  para 


510  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


los  pechos  sin  consuelo,  en  el  hueco  de  cuya  en- 
traña se  enrosca  la  pena  como  una  sierpe  para 
hacerlos  renegar  de  todo  pudor  y  de  toda  virtud. 
No  tengo  por  qué  aturdirme.  Mis  dolores  son 
proporcionados  á  las  resistencias  del  cerebro ;  y 
bien  pueden  ocupar  alguna  cavidad,  sin  detri- 
mento. Han  de  irse  á  su  tiempo,  lo  mismo  que 
se  van  en  estación  oportuna  las  aves  de  agüero 
que  se  asilan  en  una  ruina,  en  donde  no  han  de- 
jado de  graznar  aún  en  horas  en  que  brotaban  á 
raudales  por  las  ojivas  de  la  que  fué  sala,  rumo- 
res de  fiestas  y  alegrías.  Dichoso  sería  si  un  amigo 
como  tú  me  acompañara  en  esta  gira  á  que  el 
hábito  me  hubiera  inducido,  á  no  ser  la  necesidad. 
¡Pero  bien  sé  que  eso  no  es  posible!  Debo  con- 
cretarme á  enviarte  un  abrazo,  con  mis  votos  más 
fervientes  por  tu  dicha.  ¡Espero  verlos  realizados 
á  mi  regreso!» 

Como  hemos  dicho,  esta  carta  produjo  estupor 
en  el  joven  ingeniero ;  aun  cuando  lo  que  le  afec- 
taba personalmente  no  hubiese  dejado  fibra  al- 
guna susceptible  de  maj^ores  emociones. 

Pero  el  acontecimiento  era  grave  y  se  vincu- 
laba demasiado  con  su  destino,  para  que  él  pu- 
diera sustraerse  á  sus  efectos. 

Algxmas  horas  lo  tuvo  abstraído. 

Caía  el  crepúsculo,  cuando  arrancándose  á  sus 
reflexiones  y  á  la  sorpresa  que  le  causara  aquel 
nuevo  rasgo  caprichoso  de  la  suerte  que  elimi- 
naba á  su  rival  de  una  manera  tan  inesperada,  -^ 


BRENDA  511 


se  dirigía  al  interior  de  la  quinta  reproduciendo 
en  su  memoria  frase  por  frase  el  contenido  de  la 
carta  de  Zelmar,  y  planteándose  con  nuevos  ele- 
mentos el  problema  del  futuro. 

Pero  al  pasar  junto  al  seto,  olvidó  por  un  ins- 
tante cuanto  le  absorbía,  y  extendió  su  mirada 
por  los  sitios  linderos  que  él  había  recorrido  sin 
zozobras  en  días   venturosos. 

Allá  cerca  de  la  gran  puerta  que  daba  á  la 
calle  del  estanque,  reunidas  en  compacto  grupo, 
distinguió  varias  personas  de  la  servidumbre,  que 
parecían  comentar  algún  suceso  extraordinario. 
Si  Raúl  se  hubiese  encontrado  más  próximo  á 
ellas  habría  podido  observar  rostros  llorosos,  y 
oído  lamentaciones  que  brotaban  de  todas  las  bo- 
cas ;  pero  á  la  distancia,  estuvo  lejos  de  presumir 
que  aquél  fuese  un  grupo  de  plañideras,  limitán- 
dose á  suponer  que  se  tratara  del  trágico  lance 
en  que  de  Selis  perdiera  la  vida.  Y  al  alejarse, 
ocurriósele  una  pregunta  que  era  expresión  de 
todos  sus  anhelos :  ¿qué  fenómenos  pasarían  en 
esos  momentos  por  el  alma  de  Brenda? 

Ya  que  él  no  podía  adivinarlo,  debemos  nos- 
otros decirlo :  un  nuevo  trance  la  anegaba  en  el 
dolor,  y  era  éste  el  último  cuadro  del  drama  do- 
méstico. 

La  señora  de  Nerva  acababa  de  morir. 


512  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


XXXIX 


UN   AÑO   DESPUÉS 


Corrieron  los  días. 

A  las  tardes  cálidas  y  serenas  se  sucedieron 
bien  pronto  los  fugitivos  crepúsculos  otoñales, 
las  mañanas  de  sol  invernizo,  las  frías  auras,  los 
cielos  oscuros,  la  atmóefera  sin  golondrinas,  los 
bosques  en  escjueleto,  los  paisajes  grises,  las  hi- 
lachas de  hielo  en  vez  de  verdes  hojas  pendien- 
tes de  los  troncos  desnudos  como  barbas  de  an- 
cianos. 

Pero,  estos  cuadros  desolados  se  borraron  tam- 
bién. Pasaron  los  meses,  y  la  naturaleza  empezó 
á  sonreír  tras  un  sueño  profundo,  con  la  gracia 
de  una  mujer  bella  que  ciñe  su  cabeza  con  per- 
fumada diadema  y  se  apresta  á  seducir  desple- 
gando todas  las  galas  de  juventud  y  esparciendo 
en  su  redor  aromas,  luces  y  esperanzas. 

Volvieron  las  flores  y  las  hojas,  las  legiones 
aladas,  el  sol  resplandeciente,  el  aire  tibio  y  puro, 
los  horizontes  diáfanos,  las  copas  umbrías,  dio- 
ramas  espléndidos  con   sus  jardines  y   bosques 


BRENDA  513 

Henos  de  savia  prolífica  y  vida  exuberante:  el 
tiempo  se  reproducía  por  ley  inmutable  sobre 
ruinas  y  recuerdos,  y  los  mismos  árboles  viejos 
se  vestían  de  lujo,  echando  su  cana  al  aire  al 
beso  de  primavera. 

Nada  había  cambiado,  pues,  al  parecer,  en  las 
preciosas  quintas  de  los  suburbios,  que  volvemos 
á  visitar  después  de  un  transcurso  regular  de 
tiempo :  todo  revelaba  en  ellas  aquel  esmero  pro- 
lijo ó  artístico  cuidado  con  que  se  atienden  los 
sitios  predilectos  á  que  nos  suelen  ligar  dulces 
memorias  y  encantos. 

Las  quintas  de  Nerva  y  de  Henares,  con  su  verde 
y  espesa  vegetación  arbórea,  parecían  formar  un 
solo  bosque. 

Habíanse  aumentado  los  ejemplares  de  naran- 
jos, durazneros,  nísperos,  manzanos  y  cerezos ; 
las  higueras  y  nopales  en  estrecha  alianza  con- 
fundían las  ramas  ásperas  y  las  palas  espinosas, 
acercando  á  las  hinchadas  brevas  los  higos  chum- 
bos; los  membrillos,  ya  sin  flores  color  de  carne 
alargaban  sus  vastagos  correosos  llenos  de  ve- 
lludos frutos  hacia  el  seto,  que  cubrían  con  sus 
nutridas  hojas  verdi- plateadas ;  las  grandes  pe- 
ras sin  sazón,  encorvaban  los  flexibles  gajos  en 
compactos  grupos,  teñidas  de  solferino  y  verde- 
mar; en  los  extensos  viñedos  las  cepas  dirigían 
multitud  de  sarmientos  á  todos  rumbos  llenos  de 
racimos  apiñados,  que  aparecerían  después  blan- 
cos, oscuros  y  color  de  rosa :  ni  una  maleza,   ni 


514  '  £.  ACEVEDO  DÍAZ 


una  zarza,  ni  un  cardo  se  veía  á  lo  largo  de  los 
agaves  del  fondo,  al  final  de  cuya  línea  de  pi- 
tacos, distribuidos  á  trechos  como  guías  de  gra- 
naderos, se  percibía  el  extremo  cónico  de  la  choza 
de  Zambique,  — hasta  donde  llegaban  en  confiisas 
espirales  las  silvestres  enredaderas  cuajadas  de 
florescencia. 

Desde  la  muerte  del  liberto,  aquel  lugar  soli- 
tario no  había  sufrido  modificación  alguna.  La 
choza  conservaba  en  su  interior  todos  los  mue- 
bles y  objetos  caprichosos  que  pertenecieron  al 
fiel  negro,  sin  excluir  la  marimba,  que  se  man- 
tenía junto  al  ventanillo  empolvada  y  silenciosa 
por  siempre.  En .  cambio,  la  naturaleza  espontá- 
nea y  pródiga  fecundando  las  semillas  caídas  al- 
rededor, había  envuelto  toda  la  choza  en  un  es- 
peso manto  de  parietarias  hasta  cubrir  la  puerta 
por  completo,  cual  si  hubiera  querido  preservar 
la  oscura  mansión  de  toda  mirada  indiscreta. 

La  calle  que  conducía  al  estanque  había  sido 
cubierta  con  enormes  zarzos  de  hierro  para  sus- 
tento de  numerosas  viñas,  después  de  ser  derriba- 
dos los  eucaliptos  que  adornaban  los  flancos. 

El  estanque  parecía  un  inmenso  vivero,  por  la 
multiplicación  extraordinaria  de  sus  peces ;  en  el 
segundo  departamento,  separado  por  un  fino  tejido 
de  alambre,  las  aves  de  viva  y  hermosa  pluma 
pululaban  como  rápidos  esquifes  de  fondos  ne- 
gros, rosados,  blancos  y  cenicientos  comprometi- 
dos en  regatas  de  honor. 


BRENDA  515 


^En  una  tarde  apacible  de  verano,  una  joven 
que  vestía  de  luto,  encaminaba  sus  pasos  por  la 
calle  del  estanque,  acompañada  de  una  niña  de 
tierna  edad. 

Esta  joven  había  estado  sentada,  momentos 
antes,  en  el  banco  de  piedra  colocado  junto  al 
seto,  en  la  parte  que  daba  al  mar. 

En  el  semblante  blanco  y  bello  de  la  paseante 
solitaria,  podíanse  notar  esos  signos  inequívocos 
que  graban  en  las  facciones  los  dolores  morales ; 
esas  huellas  leves,  pero  elocuentes,  buriladas  por 
la  cavilación  de  lo  que  la  vida  enseña,  en  armo* 
nía  con  un  aire  de  resignación  noble  y  tranquila, 
de  que  sólo  son  capaces  los  organismos  selectos, 
en  las  luchas  despiadadas  del  corazón. 

Al  primer  golpe  de  vista,  seducía  esta  joven 
por  sus  encantos  sin  artificio,  de  conjunto  afili- 
granado, por  decirlo  así,  de  formas  tornátiles,  de 
perfiles  correctos,  animados  por  una  expresión 
dulce,  sencilla  y  atrayenté,  que .  daba  á  su  ca- 
beza  escultural  un  realce  admirable. 

Un  tul  negro  encubría  en  parte  su  cabellera 
rubia. 

Tenía  los  ojos  de  un  azul  profundo ;  el  seno 
alto  y  turgente;  las  manos  pequeñas,  de  afila- 
dos dedos,  color  de  rosa  pálida. 

Fácilmente  habrá  reconocido  el  lector  en  esta 
joven  á  Brendá. 

Muchas  fueron  sus  transiciones  violentas  desde 
el  día  de  la  muerte  de  su  protectora,  y  desde  el 


516  E.  ACBVEDO  DÍAZ 

instante  en  que  le  fué  revelado  el  secreto  del  en- 
cuentro trágico  y  fatal  entre  su  padre  y  Raúl, 

Cerca  de  un  año  había  transcurrido  desde  aque- 
llos sucesos;  y  aun  conservaba  frescas  las  emo- 
ciones de  entonces,  abstraída  en  el  culto  de  los 
recuerdos,  indiferente  á  los  cuadros  de  alegría 
extraña  para  ella,  concentrada  con  fervor  en  la 
esperanza  y  en  la  fe  á  que  los  propios  rigores 
del  pesar  suelen  dar  crecimiento  y  energía. 

Si  en  la  vida  psicológica  basta  para  el  goce 
una  ilusión  que  quede,  ¡cuánto  hace  un  alma  sen- 
sible por  conservarla  intacta,  por  mantenerla  siem- 
pre excitada  y  vivida  aun  en  medio  de  transitorias 
dudas  y  quebrantos! 

Brenda  había  sido  declarada  heredera  univer- 
sal de  los  cuantiosos  bienes  de  la  señora  de 
Nerva,  en  cuyo  testamento  por  acto  público  así 
se  consignaba  de  una  manera  formal  é  irrevo- 
cable, sin  cláusula  restrictiva  alguna,  como  una 
prueba  del  profundo  'afecto  que  la  dulce  huér- 
fana mereciera  en  vida  de  su  benefactora.  En  la 
misma  escritura  de  últimas  voluntades  se  desig- 
naba la  persona  que  debía  ejercer  la  tutela,  y 
que  lo  era  el  señor  Enrique  Linares,  hermano 
de  Areba. 

En  posesión  de  esa  fortuna,  ella  habíase  son- 
reído. .  . . 

¿De  qué  la  serviría? 

Sólo  para  hacer  el  bien;  y  al  pensar  así,  la 
había  consolado    la    creencia   de   que  á  su  noble 


BRENDA  517 

—  

protectora  sena  grato  el  destino  que  ella  reser- 
vaba á  sus  riquezas. 

El  mundo  había  hincado  en  sus  plantas  dolo- 
rosas  espinas;  y  solía  preguntarse,  meditando  en 
sus  recogimientos  prolongados,  cuántos  no  sufri- 
rían más  que  ella  y  habrían  menester  de  aquel 
exceso  de  opulencia. 

Por  el  dolor  propio  había  alcanzado  á  pene- 
trarse del  dolor  humano,  desprendiéndose  de  todo 
sentimiento  egoísta,  del  ensimismamiento  que  aisla 
y  no  escucha  más  que  una  queja,  que  comun- 
mente se  juzga  superior  al  lamento  del  infortu- 
nio extraño. 

Y  así  cavilando,  iba  por  fin  su  pensamiento  á 
concentrarse  todo  entero  en  Raúl;  en  aquel  ser 
amado  que  había  muerto  á  su  padre,  meses  antes 
que  él  la  encontrara  á  su  paso,  cuando  aún  lle- 
vaba luto,  y  que  no  veía  hacía  mucho  tiempo, 
sino  á  través  del  húmedo  velo  de  sus  ojos,  tal 
como  quedó  grabada  en  la  mente  enardecida  su 
imagen  la  última  vez  que  escuchó  su  habla  y  se 
extasió  al  mirarlo. 

En  los  primeros  tiempos  se  había  limitado  á 
acordarse,  ¡acordarse  siempre!  sin  el  deseo  de 
volver  á  verlo.  " 

No  podía  desasirse  del  fuerte  lazo  de  un  pesar 
rígido  y  severo. 

Después,  llegó  á  sentir  como  un.  ansia  de  mi- 
rarle un  poco,  ó  por  lo  menos  de  saber  de  él ... . 

¿Era  esto  un  crimen?  Se  estremecía,  sin  darse 


518  E.  ACEVEDO  DfAZ 


cuenta  de  su  inquietud.  Una  noche  soñó  que  lo 
había  visto,  helado  é  indiferente. 

Al  despertar,  creyó  por  largos  minutos  que 
aquello  era  cierto;  y  se  había  arrojado  del  lecho 
llorando. 

Desde  entonces,  fué  creciendo  el  deseo,  vago 
en  su  origen,  ardiente  más  tarde,  de  verle  en 
realidad;  de  oirle,  de  observar  en  su  rostro  los 
efectos  de  la  ausencia  y  los  resplandores  de  la 
pasión  que  él  parecía  sentir  en  días  venturosos 
como  una  necesidad  suprema  de  su  vida. 

Areba,  que  se  había  consagrado  con  extremo 
afán  á  las  obras  de  beneficencia,  retrayéndose 
poco  á  poco  de  los  círculos  en  que  descollase 
por  sus  méritos  indisputables,  solía  acompañar 
á  su  amiga  algunas  veces ;  sin  que  en  esas  opor- 
tunidades hubiese  abandonado  nunca  su  actitud 
fría  y  reservada  respecto  á  Raúl. 

La  muerte  de  Lastener  de  Selis,  que  había 
hecho  en  Brenda  Delfor  una  honda  impresión,  pare- 
cía haber  introducido  en  los  hábitos  y  gustos  de  la 
señorita  de  Linares  un  cambio  notable;  á  partir 
de  aquel  suceso  dramático  y  sangriento,  Areba 
concurría  al  templo  con  frecuencia,  á  los  hospi- 
cios, asilos  de  expósitos  y  misteriosos  lugares 
de  pobreza  vergonzante,  donde  derramaba  pia- 
dosa y  discreta  nobles  beneficios. 

En  la  tarde  de  que  hablamos,  acababa  de  de- 
jar á  Brenda,  cuando  nosotros  hemos  visto  en- 
caminarse á  ésta  por  la  calle  del  estanque  hacia 
la  glorieta. 


BREKDA  519 

La  niña  que  iba  á  su  lado  era  una  de  las 
hijas  de  su  tutor. 

Meses  hacía  que  la  joven  no  visitaba  la  quinta, 
y  complacíase  ahora  en  recorrer  todos  los  sitios 
predilectos  que  traían  á  su  memoria  recuerdos 
tan  dulces  y  queridos. 

A  pocos  metros  de  la  glorieta  se  paró  á  mirar 
hacia  la  casa  del  lindero. 

La  ventana  del  gabinete  estaba  abierta;  y 
este  detalle  insignificante  para  otros  ojos  que 
los  suyos,  la  conmovió .... 

En  ese  instante  la  niña  desprendióse  de  su 
mano,  y  echó  á  correr  detrás  de  una  mariposa 
blanca  con  todo  el  goce  radiante  de  la  inocencia. 

Brenda  la  observó  un  momento  alejarse,  y 
siguió  caminando  muda  y  abstraída. 

Ya  en  frente  de  la  puerta,  alzó  la  mirada,  y  en 
el  instante  mismo,  ahogó  una  gran  voz,  alargando 
el  brazo  trémula,  pálida,  fría,  como  si  una  fuerza 
eléctrica  hubiese  crispado  todos  sus  nervios. 

Un  hombre  con  la  frente  baja,  los  brazos  cru- 
zados y  el  ceño  adusto,  se  hallaba  en  medio  de 
la  glorieta. 

Era  Raúl  Henares. 

Brenda  no  se  movió  de  su   sitio. 


34 


520  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


XL 


CLEMENCIA 


Una  breve  mirada  al  pasado,  ante  tpdo. 

En  medio  de  los  inesperados  sucesos  que  á 
la  partida  de  Zelmar  sobrecogieron  á  Raúl,  ha- 
llóse éste  perplejo,  sin  resolución  bastante  para 
tentar  por  el  momento  paso  alguno  en  sentido 
de  acercarse  á  la  -huérfana. 

¡Cuan  difícil  le  hubiera  sido  eso! 

Su  espíritu  había  sufrido  quebrantos  harto 
crueles  y  dolorosos  para  determinarse,  libre  y 
enérgico,  á  asumir  actitudes  osadas,  ó  á  afrontar 
un  problema  moral  que  se  le  ofrecía  con  difi- 
cultades mayores  que  la  más  complicada  ecua- 
ción algebraica. 

Su  situación  le  sumía  en  la  inercia:  el  pre- 
sente estaba  oscuro:  lejos,  el  albor  de  la  mañana: 
fresca  y  sangrando  la  ancha  herida  en  su  pecho 
y  en  el  de  ella  I 

Resolvió  alejarse. 

Durante  dos  meses,  Raúl  viajó  por  el  interior 
del  país,  buscando  otras  impresiones,  otra  atmós- 


BRENDA  521 


fera,  otra  vida;  pero,  bajo  el  mismo  cielo,  en  la 
tierra  misma  de  la  patria,  no  le  fué  posible  de- 
volver á  su  organismo  la  calma  y  el  reposo. 

¿Los  encontraría,  acaso,  lejos  de  ella,  allá  en 
medio  de  sociabilidad  extraña,  donde  nada  rea- 
vivase las  profundas    amarguras  de  su  espíritu  ? 

Probó  apartarse  mucho. 

Después  de  algún  tiempo  de  permanencia  en 
el  Brasil,  trasladóse  á  Buenos  Aires,  recorrió  las 
provincias  del  interior  y  cruzando  la  cordillera, 
se  internó  en  Chile,  la  extraña  tierra  tendida  en- 
tre nidos  de  cóndores  y  espumas  de  océano,  entre 
paralelas  de  mares  y  montes  excelsos,  que  la  arru- 
llan con  música  gigante  de  cráteres  y  de  ondas. 

Allí  residió  largos  días,  dirigiendo  una  obra  de 
fábrica. 

Concluida  su  tarea,  pensó  en  excursiones  más 
lejanas. 

Pero,'  sintióse  débil  ¡  al  fin !  y  cediendo  al  hondo 
anhelo  de  volver  á  ver  lo  que  más  había  amado, 
decidió  el  regreso  á  las  playas  uruguayas. 

Llegado  en  medio  de  singulares  emociones,  di- 
rigióse á  su  quinta,  en  donde  se  propuso  pasar 
algunos  días. 

Selim  le  había  conservado  su  morada  con  un 
esmero  digno  de  encomio.  Todo  estaba  en  orden 
y  artísticamente  dispuesto,  desde  la  alcoba  hasta 
el  gabinete  de  estudio. 

Raúl  se  encontró  con  varias  cartas  y  tarjetas. 
Dos   de   aquéllas    eran   de   Zelmar,   dirigidas   la 


522  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


una  de  Venecia  y  la  otra  de  París.  Su  lectura 
fuéle  muy  grata,  impregnada  como  estaba  de 
aquel  espíritu  gentil  y  ático  que  tanto  distinguía 
al  joven  médico.  Pedíale  en  la  de  última  fecha, 
que  le  informase  del  estado  de  sus  cosas  íntimas 
que  él  no  podía  olvidar  ni  un  momento,  aun  en 
medio  de  los  mil  accidentes  y  seducciones  de  las 
grandes  capitales. 

Este  reclamo  arrancó  al  joven  ingeniero  una 
sonrisa  de  tristeza ;  y  como  si  le  impulsase  irre- 
sistiblemente á  una  resolución,  de  que  hubiese 
una  hora  antes  desistido,  preguntó  á.Selim,  sin 
embozo  ni  reserva  alguna  si  sabía  algo  de  la  mo- 
radora de  la  quinta  de  Nerva. 

Selim  contestó  que  hacía  mucho  tiempo  que 
sólo  habitaba  una  corta  servidumbre  la  casa  ve- 
cina, desde  el  día  siguiente  al  de  la  muerte  de 
la  señora ;  pero  que  ocho  días  atrás  había  tenido 
ocasión  al  inspeccionar  los  setos,  de  ver  sentada 
en  el  banco  de  piedra  á  la  niña  de  luto. 

Raúl  quedóse  pensativo. 

Transcurrida  media  hora,  se  levantó ;  y  resol- 
viéndose visitar  la  quinta,  bajó  las  gradas  de  la 
escalinata. 

Varias  veces  se  detuvo  en  las  calles  de  árbo- 
les, aspirando  con  placer  el  aire  tibio  de  la  tarde. 

¡  Cuántos  recuerdos ! 

Allí  estaba  la  escena  tranquila  y  solitaria  del 
poema  de  otros  tiempos,  apenas  separada  del  sitio 
en  que  posaba  su  planta  por  un  seto  de  arbustos. 


BRENDA  523 


entre  los  que  asomara  ella  un  día  su  cabeza  en- 
cantadora. 

Delante  la  glorieta  silenciosa,  por  cuyos  arcos 
cubiertos  de  doseles  de  madreselva  atravesaban 
en  raudos  vuelos  las  alegres  golondrinas;  más  allá, 
la  calle  del  estanque,  los  bosquecillos  de  naran- 
jos y  limoneros,  el  laberinto  de  sendas  festonea- 
das de  boj ;  hacia  el  fondo  la  línea  de  tunas,  el 
banco  de  piedra,  el  vértice  de  la  choza  de  Zam- 
bique,  sobrepujando  las  verdes  y  flotantes  bóvedas 
como  el  cono  de  un  templo  africano  en  medio  de 
las  florestas. 

jTodo  hablaba  del  tiempo  que  fué,  removía  fibras, 
renovaba  en  la  visión  los  mirajes  del  pasado  en- 
sueño! 

Inmóvil  estuvo  Raúl  con  la  cabeza  descubierta, 
la  mirada  fija,  fiebre  en  las  sienes,  de  pie  junto 
al  seto,  pensando  quizás  que  aquel  color  de  espe- 
ranza, flores  y  frutos,  todo  aquel  paisaje  de  en- 
canto y  de  luz  reaparecía  misterioso  á  la  vuelta 
de  un  año,  con  la  misma  facilidad  que  en  el  co- 
razón humano  la  pena  ahonda,  marchita  y  des- 
truye los  ideales  de  la  vida. 

De  pronto,  cual  si  cediese  á  un  deseo  vehe- 
mente, el  joven  so  aproximó  más  al  seto.  No  se 
veía  persona  alguna  en  el  interior  de  la  quinta 
de  Nerva,  que  él  podía  dominar  á  su  frente ;  rei- 
naba completa  soledad. 

Raúl  salvó  el  seto,  y  fuese  con  paso  firme  y 
resuelto  á  la  glorieta,  donde  se  entró. 


524  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Fué  la  suya  una  determinación  súbita,  como 
de  quien  se  siente  atraído  irresistiblemente  por 
una  fuerza  secreta  hacia  un  lugar  que  no  se  creía 
volver  á  ver,  y  que  de  improviso  se  exhibe  ante 
los  ojos  sorprendidos,  hiriendo  en  lo  más  vivo  el 
recuerdo. 

Cuando  divisó  á  Brenda,  creyó  que  soñaba. 

La  realidad  tenía  que  imponerse  pronto ;  y  una 
emoción  profunda  se  apoderó  del  joven,  cuando 
ella  al  presentarse  en  la  puerta,  extendió  su  mano 
y  sofocó  un  grito,  bajándola  luego,  con  la  ca- 
beza, para  quedarse  quieta. 

Allí  estaban  los  dos,  el  uno  muy  cerca  del  otro; 
temblantes,  mudos,  sin  moverse  un  paso,  lo  mismo 
que  aquellas  estatuas  que  se  erguían  blancas  en- 
tre yedras  y  nutridos  follajes  en  el  cercano  bos- 
quecillo. 

La  sorpresa  les  había  hecho  contener  hasta  el 
aliento. 

Poco  á  poco  fueron  levantando  las  cabezas  con 
desconfianza,  y  se  miraron  con  la  pupila  fija  y 
los  párpados  temblorosos. 

Parecía  que  querían  cerciorarse,  con  miedo, 
de  que  aquello  no  era  una  ilusión  de  los  sen- 
tidos: se  compenetraron;  y  al  mjsmo  tiempo, 
tal  vez,  creyeron  que  uno  y  otro  arrastrados 
por  su  destino  habían  puesto  intención  y  volun- 
tad para  aquella  aproximación. 

Apenas  más  tranquila,  dueña  de  sí  misma, 
Brenda  recogióse  un  poco  con   la    izquierda    el 


BRENDA  525 


crespón  que  cubría  su  cabeza;  frunció  el  labio 
y  le  miró  al  soslayo,  con  aire  inquieto  y  esa 
perplejidad  adorable  que  en  la  mujer  enamorada 
se  traduce  en  estremecimientos  y  suspiros. 

Raúl  arrancándose  de  súbito  á  su  situación 
violenta,  rompió  el  silencio,  diciendo  en  voz  baja 
y  trémula: 

—  Ha  sido  necesario  que  llamase  á  mí  todas 
las  memorias  gratas  al  espíritu ....  para  atre- 
verme á  dar  este  paso,  Brenda.  Lejos  estaba  de 
-esperar  este  encuentro,  aunque  algo  me  lo  ha- 
cía preserttir. . . . 

Quizás  este  deseo  ardiente,  duradero,  que  nunca 
se  apaga,  que  me  arrastra  y  subyuga;  acaso,  un 
ansia  profunda  é  intensa  de  ser  oído  antes  de  ser 
olvidado  por  siempre! 

La  joven  asumió  una  actitud  grave  y  severa, 
al  escuchar  estas  palabras. 

Tenía  el  semblante  casi  transparente,  el  seno 
agitado,  los  pjos  húmedos  con  una  expresión 
extraña,  que  era  mezcla  de  dolor,  de  altivez  y 
de  cariño. 

Aquella  voz  llególa  al  fondo  comg  un  arrullo 
delicioso,  en  medio  de  las  hondas  tribulaciones 
que  estremecían  su  ser;  convencida  de  que  no 
podría  odiar  ni  maldecir,  aun  cuando  á  su  eco 
se  agolparan  á  su  mente  las  sombras  de  una 
historia  fatídica  y  sangrienta! 

Como  le  mirase  muda  y  fría,  Raúl  prosiguió : 

—  Yo  bien  conozco  que  no  tengo  ya  dere- 
chos .... 


526  B.  ACEVEDO  DÍAZ 


Pero,  séame  concedido  el  consuelo  de  una  con- 
fidencia intima,  como  un  descargo  de  concien- 
cia, aunque  ella  renueve  pasadas  amarguras  ó 
encono  la  herida  abierta  por  la  más  negra  fata- 
lidad. 

Yo  diré  lo  que  pasó,  confesaré  mi  culpa,  si 
pudo  haberla  en  quien  no  tuvo  tiempo  de 
odiar; — que  no  fué  el  encono  el  que  armó  mi 
mano,  Brenda,  para  arrancar  una  vida,  en  otra 
hora  para  mí  inviolable  y  sagrada,  sino  el  grita 
de  la-  carne  y  de  la  propia  conservación,  en  me- 
dio de  toda  la  fuerza  impetuosa  de  la  primera 
juventud. . . . 

—  ¡  No  fué  el  odio !  —  balbuceó  Brenda  como 
aterida,  la  frente  plegada,  las  mejillas  ligera- 
mente sonrosadas  de  improviso,  y  los  ojos  llenos 
de  ese  fluido  que  parece  condensar  cien  emocio- 
nes. 

¡  No  fué  el  odio !  —  repetía  en  tono  muy  flé- 
bil y  dulce  cual  si  hablara  á  solas,  poniendo  su 
mano  en  el  nacimiento  del  seno  que  ondulaba 
á  intervalos  á  los  golpes  del  corazón  henchido 
de  amores  jr  de  lágrimas. 

¡  Nunca  lo  supe  bien ! . . . . 

Y  así  diciendo  levantó  los  ojos  de  azul  som- 
brío, que  puso  en  los  de  Henares,  con  una  ex- 
presión de  ansiedad  indecible. 

Animóse  Raúl  entonces,  aventurándose  en  el 
relato. 

— Pasó  aquello  en  la  guerra    ... 


BRENDA  527 

/ 

Los  bandas  estaban  enconados  y  las  pasiones 
embravecidas ;  pero,  en  el  lance  singular  de  que 
hablo,  á  solas,  en  frente  de  un  adversario  para 
mí  desconocido,  altivo  y  arrogante,  en  medio  de 
un  vaíio  estrecho,  sin  poder  retroceder  ni  avan- 
zar, porque  la  muerte  me  aguardaba  por  do- 
quiera, yo  no  estaba,  sin  embargo,  animado  de 
rencor  y  de  venganza,  ni  quise  agredir  el  pri- 
mero, aunque  el  deber  me  exigía  sacrificarlo 
todo  á  mi  paso  sin  clemencia  ni  perdón. 

Fué  preciso  que  la  lanza  del  coronel  Delfor 
desgarrara  mis  carnes  y  comprometiese  seria- 
mente mi  vida,  para  que  yo  me  decidiera  á  la 
defensa  enérgica  de  tan  fatales  resultados  para 
él;  y  eso  sucedió,  cuando  ya  la  sangre  brotaba 
á  raudales  de  mi  herida,  y  no  me  quedaba,  otra 
solución  en  el  duro  trance  que  la  de  matar  ó 
morir.  .  .  . 

—  1  Oh !  —  profirió  Brenda  cubriéndose  el  ros- 
tro con  ambas  manos  y  avanzando  un  paso  á  im- 
pulsos de  la  emoción.  —  El  ¿  hirió  el  primero  ? .  .  .  . 

—  i  Sí! 

¡  Yo  no  tenía  por  qué  odiarle ! 

Lejos  uno  y  otro  del  centro  de  la  acción,  del 
fuego  que  enardece,  del  entusiasmo  febril  que 
circula  por  las  filas,  comunicando  á  los  brazos 
una  actividad  implacable,  y  á  las  pasiones  de 
'partido  una  excitación  temible,  —  yo  pensé  al 
principio,  que  en  aquel  encuentro  aislado  uno  y 
otro  depondríamos  nuestras  diferencias  en  home- 


528  E.  ACEVEDO  DÍAZ 

naje  a]  sentimiento  de  la  fraternidad,  que  no  se 
extingue  por  completo  en  los  hombres  de  cora- 
zón ;  ya  que  el  estéril  sacrificio  de  mi  vida,  ó  su 
fin  oscuro,  lejos  de  las  líneas,  banderas  y  entu- 
siasmos de  la  batalla, —  allí  en  aquel  sitio  apar- 
tado y  solitario,  nada  añadiria  al  orgullo  del  ven- 
cedor ni  á  la  justicia  de  la  causa. 

Eramos  como  dos  dispersos  en  quienes  hubiera 
concluido  la  fiebre  del  combate,,  que  se  encuen- 
tran al  fin  de  la  jomada,  se  miran,  y  pasan,  ya 
sin  razón  de  ofenderse  ó  de   agredirse. 

Pero,  él  era  bravo  y  cedió  á  los  arrebatos  de 
la  sangre  rica  y  ardiente. 

Me   atacó,  y  me  defendí. 

¡Grave  infortunio,  á  veces,  el  de  ser  afortu- 
nado! 

¿  Sabía  yo  acaso  que  aquel  valiente  era  tu 
padre  ? 

Cuando  la  verdad  lució,  pensé  que  no  había 
castigo  mayor  que  el  conocerla,  y  que  para  este 
destino  no  se  hizo  consuelo  alguno. 

¿Qué  alma  fuera  tan  piadosa  que  restañara  en 
el  vivo,  una  herida  peor  que  la  del  muerto?. . . . 
]  Oh !  ]  Si  mi  vida  pudiera  rescatar  la  de  tu  pa- 
dre! .... 

La  voz  del  joven  era  baja,  lenta,  suave  como 
un  trémulo,  como  de  quien  reprime  profundos 
arranques  que  llegan  á  la  garganta  en  forma  de 
nudos  que  amenazan  ahogar  y  al  fin  descienden 
de  nuevo  al  fondo  del  pecho  oprimido. 


BRENDA  529 


Brenda  le  miró,  con  las  pupilas  veladas  por 
el  llanto  y  las  mejillas  encendidas,  acercándose 
á  él  por  un  impulso  maquinal,  inconsciente,  en- 
treabierta la  boca,  por  el  ansia  de  decir  algo 
que  su  leng'ua  se  negaba  á  articular;  pero  que 
su  rostro  denunciaba  á  lo  vivo. 

I.os  dos  quedaron  en  suspenso,  por  un  ins- 
tante ;  ella,  inquieta,  casi  vencida ;  él,  lleno  de 
ardor,  insinuante,  alentado  por  la  pasión  férvida 
que  trasmitía  unción  á  sus  frases  y  fuego  á  su 
mirada. 

Adelantóse  luego,  hasta  ponerse  casi  en  con- 
tacto con  la  joven  y  quemarla  con  su  aliento ; 
y  como  ella  bajase  la  cabeza  fascinada  y  suspi- 
rante, dijo  encima  de  su  oído: 

—  No  me  guardarás  odio,  ¿verdad? 

Lo  quiso  así  mi  destino  infeliz;  y  mira  en 
qué  grado  soy  culpable,  ahora  que  los  años 
han  pasado  y  el  dolor  recién  viene  á  marchitar 
la  dicha  que  soñé....  la  dicha  de  la  huérfana 
en  cambio  del  infortunio  del  padre ! 

Si  no  quemara  tu  labio  una   palabra .... 

Levíintó  Brenda  los  párpados  lentamente,  con 
una  expresión  de  amor  intenso  en  sus  ojos  y 
preguntó  febril  ^ 

—  ¿  Cuál  ? 

—  De  clemencia  y  de  perdón .... 

Puso  ella  sus  manos  temblorosas  en  el  pecho 
agitado  de  Raúl,  y  posando  en  su  hombro  la 
cabeza  suavemente,    llena    la   mejilla  de    calor, 


53i)  E.  ACEVEDO  DÍAZ 

teñido  en  grana  el  labio,  en  vano  rejirímiendo 
los  latidos  de  su  seno  que  ondulaba  con  vio- 
lencia, balbuceó  en  tono  tan  ledo  como  un  há- 
lito una  sílaba,  que  los  labios  de  su  amante  re- 
cogieron en  una  aspiración  suprema,  al  sellar 
su  boca  deliciosa  con  un  beso  de  inefable  ter- 
nura. 

¡  Aquel  beso  les  hizo  olvidar ! 

Era  síntesis  de  anhelos  reprimidos,  de  pasiones 
profundas  porque  habían  sido  contrariadas,  y 
compensaciones  de  un  año  de  ausencia. 

Enmudecieron  ;  disipáronse  las  sombras  de  las 
frentes;  buscáronse  las  manos  en  cariñosa  alianza, 
la  mano  blanca  y  pura  de  la  viígen  y  la  mano 
del  matador  ;  plegáronse  los  párpados  al  influjo 
de  un  vértigo  veloz,  y  al  estremecerse  sus  cuer- 
pos estrechados  suavemente,  unidos  los  rostros 
en  transporte  de  deliquio,  parecieron  trasmitirse 
todos  los  ensueños  y  esperanzas  reconcentrados 
hasta  entonces  en  el  fondo  de  sus  almas  por  los 
rigores  de  la  duda  y  del  quebranto. 

En  ese  grato  momento  de  amor,  de  clemencia 
y  de  perdón,  la  niña  que  acompañaba  á  la  huér- 
fana, volviendo  con  la  mariposa  en  la  mano, 
asomó  sorprendida  su  carita  de  rosa  y  púrpura, 
despierta  y  vivaz  contemplando  con  asombro  la 
escena. 

Desprendióse  la  joven,  y  vino  hacia  ella  son- 
riente. 

La  niña  miró  á  Raúl  con   aire   de   estrañeza. 


BR£NDA  531 

mezclada  de  simpatía;   y   extendiendo   á    él   su 
manecita,  preguntó  con  dulce  candor : 

—  ¿  Ese  es  tu  novio,  Brenda  ? 

—  Sí,  —  dijo  ella,  besándola  en  la  boca.  —  ¡Es 
el  que  será  mi  esposo  ! 

Y  volviéndose  á  Raúl  con  los  ojos  brillantes 
de  amor  y  de  ilusión,  agregó  antes  de  alejarse 
con  imperio: 

—  ¡  Irás  mañana  I 


XLI 


CONCLUSIÓN 


Pocos  días  después  de  esta  escena,  en  una 
capilla  solitaria  de  elegante  arquitectura  que  se 
eleva  con  sus  fugaces  agujas  en  medio  de  las 
nutridas  arboledas  del  norte,  nido  de  oraciones 
y  de  preces  íntimas,  se  desposaban  Brenda  Del-  . 
for  y  Raúl  Henares. 

Un  grupo  reducido  de  personas  asistía  al  acto, 
rodeando  la  interesante  pareja. con  ese  aire  de 
profundo  interés  y  simpatía  que  imprime  en  los 
semblantes  el  cuadro  seductor  de  una  dicha  se- 
rena y  luminosa. 


532  E,  ACEVEDO  DÍAZ 

Hacia  el  fondo  de  aquel  pequeño  templo  or- 
nado con  el  mejor  gusto  artístico,  junto  á  un 
reclinatorio  de  ébano,  dos  damas  departían  en 
voz  baja  sobre  la   ceremonia. 

Una  de  ellas  era  Julieta  Camandria,  que  no 
había  podido  sustraerse  á  la  tentación  de  pre- 
senciarla, y  que  en  los  anteriores  días  había  su- 
frido fuertes  ataques  nerviosos  al  tener  conoci- 
miento del  feliz  desenlace  del  drama. 

—  Sabrás, —  decía  inclinándose  al  oído  de  su 
compañera,  —  que  la  causa  real  de  haberse  em- 
barcado ayer  Areba  Linares  en  viaje  á  Europa, 
no  es  otra  que  este  fnatrimonio.  j  Su  orgullo  no 
ha  podido  resistir  suceso  de  tal    magnitud !  .  .  . . 

—  Se  encontrará  allí  con  Zelmar  Bafíl. 

—  ¡Nunca  le  amó  de   veras! 

Mira.  Ya  se  apartan ....  Iremos  detrás.  Xo 
quiero  que  la  novia  se  imagine  que  la  envi- 
dio. 

En  ese  instante,  la  encantadora  desposada  del 
brazo  de  Raúl,  se  adelantaba  y  salía  radiante, 
esparciendo  á  su  paso  esa  atmósfera  deleitable, 
mezcla  sutil  de  fluido  luminoso,  sonrisas  inefa- 
bles y  perfumes  de  azahares  que  difunden  siem- 
pre del  altar  al  umbral  de  salida  las  novias  de 
singullar  belleza,  como  últimas  esencias  de  que 
se  desprenden  sin  pena  ni  amargura,  la  castidad 
y  el  candor. 

—  ¡Qué  alma  de  criatura!  —  susurró  Julieta 
bien   cerca   de  su   campanera;     Ahora,   aunque 


BRENDA  533 


alguna  vez    hubiera  podido  olvidar  á  su  padre, 
tendrá  que  recordarlo  siempre  ! 

La  pareja  pasó  tranquila  y  risueña,  leyéndose 
en  sus  rostros  una  promesa  perdurable  de  paz  y 
de  ventura. 


FIN 


índice 


SVf. 


Del  Editor 1 

Bbenda 7 

L  — Zelmar 18 

II.  —  Paso  del  MoHno 33 

ni.  —  La  losa  negra 46 

IV.  —  Un  punto  matemático    ......  60 

V.  —  Temas  íntimos  ....    ^    ...    .  69 

VI.  —  Sonámbula 86 

Vn.  —  Estrella  de  mar 95 

Vm.  —  Rayos  dorados .  108 

IX.  —  Primeros  celajes 119 

X.  —  Los  esteros  de  Carrasco 131 

XI.  —  Zambique ♦  .    .    .    .  143 

XTT.  —  La  pieza  de  mérito 150 

Xin.  —  Crepúsculo  de  la  tarde 159 

XIV.  — « La  Madrépora » 179 

XV.  -T  Personajes  eternos 193 

XVL  —  La  glorieta 203 

XVn.  —  En  la  choza 210 

XVin.  —  Un  secreto  de  Areba "230 

XIX.  —  Emociones 245 

XX.  —  La  hiél  del  pecado 255 


538  ÍNDICE 


Págs. 


XXI.  -  En  el  baile 273 

XXn.  —  En  la  avenida 285 

XXm.  —  Tres  cartas 306 

XXIV.  —  Del  tocador  al  cupé 316 

XXV.  —  Confidencias 329 

XXVI.  —  Cantarela 343 

XXVII.  —  Los  recuerdos  de  Diego  Lampo    .    .  352 

XXVin.  -  El  último  E^ulo 366 

XXrX.  —  Sospecha 386 

XXX.  —  En  las  costas 397 

XXXI.  —  La  red  corvinera 406 

XXXn.  —  Revelación 419 

XXXm.  —  Los  dos  amigos 443 

XXXIV.  -  El  episodio   ..    1    .......  458 

XXX  V.  —  Comentario 475 

XXXVI.  —  Autopsia 482 

XXXVn.  -  Solüoquios 492 

XXXVm.  -  Duelo 500 

XXXIX.  —  Un  año  después 512 

XL.  —  Clemencia. .520 

XLI.  —  Conclusión 531 


A.   BARREIRO  Y   RAMOS,   Editor 


LIBRERÍA,    PAPELERÍA   Y    ENCUADERNACIÓN 

CAIXB  25  DE  MATO  T  CÁMARAS 


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un  hermoso  retrato  del  autor  al  agua  fuerte.  —  Precio  con  una 
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A.  MAQARiSfos  Cervantes.— PALMAS  Y  OMBÚES.— (Poesías), 

2  tomos  á  la  rústica - »  4.00 

C.    L.    Fbegeibo.— ARTIGAS.  — (Documentos),  1  tomo.     .    .     .    »  1..50 

EN  FORMATO  EN  12." 

Carlos  María  Ramírez.  — ARTIGAS.- (Docuii^entos  juatifieaü- 

vos),    1   tomo ^  2.00 

LOS   AMORES  DE   MARTA.  — 2  tomos »  2.50 

Francisco  Bauza.— ESTUDIOS  LITERARIOS.—l  tomo.    .    .    .  »  1.50 

ESTUDIOS  CONSTITUCIONALES.—!  tomo »  2.00 

Sansón  Carrasco. —COLECCIÓN  DE  ARTÍCULOS.— 1  tomo.    .  »  1.50 

Eduardo  Acbvedo  Díaz.— BRENDA.  —  1  tomo »  1.50 

ISMAEL.  — I  tomo »  1.20 

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GRITO  DE  GLORIA.— 1  tomo    .     .    .     .' .1.20 


Benjamín  Fernández  y  Medina 

CUENTOS   DEL  PAGO.  —  (Novelas  uruguayas),  1  tomo   do   300 

paginas  con    el  retrato  del  autor.   Precio  á  la  rústica.     .     .     .    $0.80 

CHARAMUSCAS.  — (Escenas  y  tipos  del  Uruguay,  con  un  prólogo 

de  Francisco  Bauza),    1  tomo  á    la  rústica    .     .     *     .    •    .     .    »  0.50